Las cortesanas de Roma no superaron a las griegas en palmito o en técnica, pero sí en contabilidad, flexibilidad de horarios y ofertas de 2 x 1, pues tenían un sentido práctico muy desarrollado.
Los romanos no apreciaban tanto sus dotes conversacioniles como las camiles, por así decirlo, y eran, en general, burdos en el aprovechamiento de este recurso natural.
La sexualidad estaba considerada como una necesidad básica en la ciudad de las siete colinas y por eso se excusaban los deslices extramaritales, los resbalones y todo tipo de patinaje sexual. La ley ayudaba, pero en muchos asuntos no estaba nada clara, como en el del aborto, que no era legal pero tampoco estaba prohibido, con lo cual cualquier señorita con problemas podía chapuzarse y chapotear a placer en esta laguna legal.
Ya desde sus primeros mitos, Roma se mostró proclive a salirse del puritanismo. Por escasez de hembras, tuvo lugar el rapto de las sabinas (abducción de las chicas de un pueblo vecino, como en la película musical Siete novias para siete hermanos), hecho llevado a cabo por Rómulo. De este episodio ha quedado la costumbre de meter en brazos a la recién casada en el hogar conyugal (y la de tirarla sobre la cama).
Bien es verdad que Rómulo se arrepintió luego, porque la sabina que le tocó en suerte era una harpía. Aun así, intentó compensar a las raptadas promulgando leyes de protección para las féminas. Las mujeres gozarían de (la hacienda de) sus maridos; los hombres les cederían el paso, especialmente en las puertas giratorias; se condenaría a muerte al que se mostrase desnudo ante una mujer sin que ella se lo hubiera pedido (aquí tenemos el origen del invento de la gabardina), y el esposo solo podría repudiar a la mujer adúltera, a la que hubiera envenenado a sus hijos si daban mucho la lata o a la que se hubiera apoderado de las llaves de la casa.
Esta libertad hacía la vista obesa ante la infidelidad femenina, sobre todo si el marido se había ido a la guerra o con otro. No obstante ello, nos consta que hubo en Roma padres calderonianos que mataron a sus hijas si estas se descuidaban y eran violadas.
Había multitud de fiestas eróticas (en realidad, cualquier fiesta se aprovechaba para dar rienda suelta al caballo de la libido) y, con el pretexto de adorar a Venus, a Adonis, a Príapo o a cualquier otra deidad sugerente, se organizaban orgías que duraban días enteros y generaban cantidades ingentes de basura. Estas festividades eran como un deporte nacional: se cerraban las escuelas (los maestros también tenían derecho al ocio, ¡qué caramba!), se les daba libertad provisional a los esclavos y los hombres iban por las calles sin calzoncillos, emparejándose con la primera matrona que se hallara dispuesta.
Tales expansiones ocasionaron el incumplimiento de muchos contratos maritales y el descenso de la población (no es que la población se bajase a las catacumbas, sino que se redujo), por lo que hubo que otorgar beneficios fiscales a las familias numerosas y —lo que fue más efectivo— imponerles penas a los célibes y a los esposos infecundo, todo ello —como se hacían muchas cosas por aquel entonces— «por el bien de Roma».
Les hablaríamos de las vestales, sacerdotisas de la diosa Vesta, pero como eran vírgenes, no tienen nada que aportar a esta historia del sexo, así es que nos las saltamos.
El símbolo fálico priapiano desempeñó un papel preponderante y según nos cuenta San Agustín —quien asegura que lo presenció en persona—, las matronas romanas obligaban a las novias núbiles a sentarse sobre la masculinidad monstruosa de Príapo para irle cogiendo el punto al rito. Las casadas hacían lo mismo para no quedar estériles. Este culto al órgano sexual se extendió y cuatro de cada tres mujeres romanas llevaban encima un amuleto o fetiche con esta forma (y de distintos tamaños) para alejar los infortunios y quitarse de penas. No entraremos en detalles en cuanto a sus usos.
El sexo regulado estaba a la orden del día y se sabe que llegó a haber en Roma 53.000 prostitutas que pagaban un óbolo a los ediles (no queramos saber cuántas había que no lo pagaban). En las casas de farolillo solían haber también hombres afeminados, por aquello de que «en la variedad está el gusto».
Los baños públicos eran el lugar idóneo para todo tipo de desfogues corporales. Durante la República, hombres y mujeres estaban separados, pero en la época imperial (quizá para ahorrar leña en el tepidarium) los baños se hacían en común. En la metrópoli llegó a haber 800 baños públicos. ¡Nadie se lava tanto!
Los habituales de estos lugares se sabían un código: las mujeres mostraban la palma de la mano y los hombres levantaban el índice. Así quedaba sellado el pacto y solo restaba buscar un reservado —había muchos— para llevar a cabo lo que las francesas denominaría en siglos más tarde «la bagatelle».
‘Afrodisíaco’ es el adjetivo que define lo que Afrodita le hacía a Telémaco, si hemos de creer en la Antigüedad griega, que sí hemos de creer en ella, porque los europeos no tenemos otra a la que agarrarnos. Pero en realidad, Afrodita se llamaba Afroda. Afrodita era como la llamaban cuando era pequeña. Así es que la palabra en cuestión debería haber sido ‘afrodíaco’. A partir de ahí, ya no sabemos nada del tema hasta Shakespeare que, en su tragedia Henry IV, dijo algo al respecto.
En Roma se consideraba afrodisíaco el caldo de gallina. Pero no hemos de hacerles mucho caso, porque los romanos consideraban muchas tonterías. Por ejemplo: ellos fueron los primeros en insistir tontamente en que se enseñase latín en las escuelas.
Los habitantes de la urbe, con una falta de imaginación que da grima, asociaban formas y conceptos. Aseguraban que los productos ingeribles que recordaban al falo eran sugerentes para las mujeres y que los agujereados lo eran para los hombres. Ellas se excitaban mediante el consumo de espárragos, rábanos y zanahorias, mientras ellos solo lo conseguían con las ostras y con una variedad primitiva de dónuts cuya receta, por desgracia, se ha perdido.
También consideraban que la alcachofa era una verdura que estaba bajo el dominio de Venus. El médico Dioscórides en su manga obra... (no, no «manga obra», queremos decir «magna obra», es que habíamos puesto las letras fuera de su sitio; empezaremos de nuevo.) En su manga obra... (¡Otra vez! Hoy estamos fatal.) En su magna obra (¡por fin!) titulada precisamente De materia medica escribe sabiamente: «Nolite mirari si herbas faciam vobis libidinosus», que puede traducirse como «Si te comes estas verduras, no te asombres si te sobreviene un calentón».
Muchos nombres propios ilustran la historia del sexo romano. De Flora —ostentadora del récord amoroso— hablaremos en otro sitio de este estimulante libro.
El poeta Horacio siempre tenía prisa por ligar, así es que se decantó por las meretrices, que no le hacían esperar a la segunda cita. Marcial, el epigramático, usó la mitología para justificar sus apetitos. Cuando su mujer le pilló en brazos de un efebo, le respondió que Juno también había criticado a Júpiter por la misma causa.
De Julio César se dijo que era el marido de todas las mujeres... y la mujer de todos los maridos. Por sus amores con el monarca de Bitinia, le llegaron a llamar «la reina de Bitinia», sin que él se enfadase. Su lascivia le indujo a malversar los fondos de Roma, pues estando en la Galia se compró muchas mujeres públicas con dinero público.
Los emperadores que le siguieron fueron ninfómanos declarados, a decir de los historiadores. Claro está, que muchos de estos eran cristianos y se despacharon a gusto con los emperadores idólatras, achacándoles todos los vicios posibles.
Fuera exageración o no, lo que se dice es que Octavio cometió incesto con su hija Julia y fornicó tanto por ahí que le llamaban «el padre del pueblo», en un juego de palabras fácilmente comprensible.
Tiberio (llamado Biberio por su amor a la juerga líquida) era amigo de montar tríos con posturas raras, que muchas veces le llevaron al esguince. Sus habitaciones estaban llenas de fresquitos (frescos de pequeño tamaño) de temas subidos de tono, para animarle.
Calígula incestó con sus hermanas y luego se las entregó a sus favoritos, porque le salía más a cuenta recompensarles con hermanas que con joyas o tierras. Le gustaba pasar revista a las esclavas en los festines para ajustarles el uniforme y abrocharles los botones, aunque las esclavas no llevaban uniforme ni nada puesto.
Otro depravado se supone que fue Nerón, que jugó con su madre y no precisamente al «Un, dos, tres: el escondite inglés». Violó a Rubria, una morena que era vestal, y castró al joven Sporus, con quien se casó acto seguido, aunque engañándole luego con Doriforio, un liberto con quién se tomaba todo tipo de libertades.
Cómodo fue otro que tal bailó. Tenía todas las enfermedades secretas imaginables (almorranas incluidas). Siempre mantenía cerca de sí a trescientas mujeres hermosas y a trescientos hombres robustos, y, como era de esperar, con tanta gente paseándose por palacio, el suelo se ponía perdido y había que estar fregándolo cada dos por tres.
Heliogábalo, para no ser menos que sus antecesores, inventó gran cantidad de actos libertinos que antes no se le habían ocurrido a nadie. Fue el más creativo de todos. Su especialidad era casarse con unos y con otras y repudiar a todos acto seguido.
Pero según los historiadores medievales, en cuanto Roma se convirtió al cristianismo, todos los emperadores fueron modelos de castidad y pudor virginal, perfectos padres de familia sin un solo acto ni pensamiento impuro. ¡Mira tú!

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