El teatro por dentro

 

 (CRÓNICA SECRETA)


Breves conversaciones que el hombre común nunca llega a oír: lo que le dicen entre bastidores los actores al director o al regidor de una pieza teatral antes de que se alce el telón. No hay nada inventado en esta crónica: se basa totalmente en hechos reales, como los «telefilms» que dan después de comer.

—¿Esta rubita es de la compañía?
—Sí, Juan. Es nueva, pero has actuado ya cinco o seis veces con ella.
—¡Ah!
*

—Se me ha roto el vestido por cinco sitios. ¿Alguien tiene imperdibles?
—Sí. El teatro sólo es posible a base de imperdibles.
*

—Mi nombre no aparece en los programas.
—Es que son los que sobraron del otro día, cuando no actuaste tú.
—¿Y cómo van a saber que soy yo?
—Los que te conocen, saben quién eres. Y los que no te conocen, ¿qué más da que piensen que te llamas José Pérez o Luis Sánchez?
—¡Jo! Es que yo quiero que aparezca mi nombre.

*

—Esto que te digo no te lo vas a creer: se me ha olvidado traer el traje azul que saco en el segundo acto.
—Me lo creo perfectamente.

*

—¡Ah, Pedro! En tu papel de romano, sal a escena sin gafas, no me hagas lo del otro día.

*

—¿A que me quedan bien estas mallas?
—Sí, Remigio, estás cautivador.
—Bueno, no es por presumir, pero tengo mucho de lo que enorgullecerme y a la vista está.
*

—¿Vamos a empezar ya?
—Ahora mismo.
—Bien: yo ya estoy preparado.
—Desde luego; sólo falta que te pegues el bigote.
—¡¡¡Ostras!!!

*

—Oye, ¿por dónde tengo que salir?
—Por el foro.
—¿Y cuándo?

*

—Oye: yo ¿por dónde salgo?
—Por la derecha. Siempre sales por la derecha.
—¿Cuál es la derecha?

*

—¿Me vas peinando?
—¡Pero si faltan tres horas para empezar!
—Es para estar guapa.

*

—¡Hola! ¡Ya estoy aquí!
—¡Vaya, menos mal!; creíamos que no vendrías y tendríamos que suspender.
—Pues ya ves que he llegado. Y ahora que ya sabéis que estoy aquí, me voy a tomar café.

*

—Vamos a ver: yo me voy por la puerta en el primer acto; luego vuelvo, pero me voy por aquí y ya no vuelvo a salir hasta que entro por la izquierda y me voy con todos al final. Pero lo que quiero saber es si se ha cambiado la entrada, porque entonces me hago un lío. ¿Salgo con todos por donde todos? Porque, si no, tengo que cruzar para salir.
—Sal por donde quieras, anda

*

—Fulanito ha llamado. Que está en un atasco.
—Bueno: ¡ya estoy harto! Es la tercera vez que le pasa. Empezaremos sin él y, cuando llegue, que salga y diga todos sus diálogos seguidos.

 

Las dulzuras de Escajolia

El fantasma de Canterville

 
Wilde mató dos pájaros de un tiro con esta novelita, porque se rio todo lo que quiso de los norteamericanos y aprovechó la ocasión para tomarles también el pelo a los ingleses, a los que —como irlandés que era— les tenía toda la inquina que éstos se merecían y más.
 
Las tradiciones británicas quedan hechas unos zorros y los modernismos americanos también. No hay hada como la buena literatura para poner en ridículo los estúpidos comportamientos humanos y aquí el tradicionalismo, con todo lo que ello implica, se cae del guindo definitivamente.
 
Hiram B. Otis es un acaudalado empresario estadounidense que tiene más dinero que pesa. En su país seguro que le llaman «el rey de los fideos finos» o «el rey de los clips» o «el rey del papel de lija», según lo que sea que manufacture en sus numerosas fábricas. Pero que es rey de algo, de eso estamos seguros, por más que el hombre es un orgulloso miembro del Partido Republicano.
 
El caso es que es un nuevo rico y esnob (¡pleonasmo al canto!) y quiere comprarse algo para presumir de elegante ante los vecinos de sus dos mansiones colindantes, que poseen respectivamente un pijama que usó Edgar Alan Poe (roto por varios sitios) y una garrafa de aguarrás que perteneció a Vincent van Gogh, en la que el gran artista limpiaba sus pinceles (y de la que tomaba chupitos de vez en cuando, cuando no tenía otra cosa mejor).
 
Otis decide chafar por completo a sus vecinos —tan esnobs como él— y se compra nada menos que un castillo inglés con fantasma incluido, porque comprárselo sin fantasma hubiera sido una tremenda vulgaridad al alcance de cualquiera.
 
El empresario mide nueve pies y dos pulgadas y es un hombre tremendamente activo, por lo que ni corto ni perezoso se muda al castillo con su familia, integrada por su mujer y cuatro hijos: Washington, Virginia y dos gemelos, cuyos nombres no se nos dicen, pero que, a juzgar por cómo se llaman sus hermanos mayores, muy bien podrían ser Tennessee y Wisconsin.
 
El matrimonio encuentra en la biblioteca una mancha de sangre, junto a la chimenea, en un lugar donde la tira de años ha (unos cuatrocientos), Simon Canterville le sacudió a su mujer Eleonore una puñalada por adúltera, por fea, por llevar faja y por no saber cocinar. Según cuenta la señora Umney, un ama de llaves sombría y amojamada como corresponde a este tipo de personajes (y que está siempre de mal humor porque lleva cincuenta años sin conseguir que ninguno de los sucesivos dueños del castillo le suba el sueldo), nadie nunca ha podido quitar aquella mancha. Don Otis está convencido de que nadie nunca ha frotado con suficiente fuerza, porque los ingleses —con el pretexto de que en su país hace frío— son bastante cochinos y se lavan poco ellos y mucho menos a los objetos de tu entorno.
 
Un quitamanchas de fabricación estadounidense resuelve el problema y la respetabilidad del Imperio británico queda por los suelos tras breves frotamientos.
 
El fantasma se lleva un disgusto de los de no menees, porque en aquella mancha de sangre tenía puesto su pundonor de artista, aunque fuera como fantasma asesinador.
 
Para ganar terreno delante de los nuevos visitantes, el fantasma decide interpretar aquella noche uno de sus números de más éxito: el paseo por el pasillo cargado de cadenas rechinantes. Es un procedimiento que nunca le ha fallado en los varios siglos que lleva aterrorizando a los sucesivos habitantes del castillo.
 
Pero cuando, dadas las doce, inicia su paseo asustador, provocando con sus cadenas un ruido que helaría la sangre en las venas de cualquier britano que se preciase de serlo, el americano sale de su cuarto vestido con un pijama a rayas y con un frasco de aceite para engranajes en la mano.
Con campechanía, sin dejar de mascar chicle y en un inglés infame —como típico americano que es— Otis le ofrece el aceite al fantasma para que engrase sus cadenas y deje dormir a la gente que tiene que madrugar al día siguiente. El fantasma no se sonroja porque materialmente no puede y, en medio de un paroxismo de ira, intenta desaparecer de golpe, pero antes de conseguirlo, los gemelos le arrojan a su cuatricentenaria cabeza varias almohadas con tremenda puntería.
 
El siguiente encuentro del fantasma con la familia no resulta mucho mejor. Sir Simon decide impresionar a los recién llegados con su imponente armadura, pero la armadura pesa mucho y el fantasma tiene problemas para ponérsela él solo (en vida solía ayudarle un escudero). Las piezas caen al suelo junto con el fantasma, provocan un ruido de mil demonios y Otis empieza a enfadarse con aquel espectro inoportuno que le ha despertado cuando estaba soñando con algo que no contamos, porque era obsceno.
 
La señora Otis se compadece del aristócrata finado y le ofrece una pomada para los rasguños que se ha hecho en la rodilla al caerse al suelo, mientras los implacables gemelos atacan al ser espectral con sus tirachinas, en cuyo uso son bastante expertos.
La situación va de mal en peor. El fantasma hace aparecer de nuevo cada noche la mancha de sangre, que es cuidadosamente limpiada cada mañana. Los pequeños le tienen frito: ponen cuerdas en los pasillos para que tropiece, enjabonan el barandado para que se resbale, le tiran cubos de agua por la cabeza y le hacen mil perrerías. El fantasma coge una depresión de órdago y se plantea emigrar a Australia en busca de nuevas oportunidades laborales, por si allí aún se respetan las tradiciones.
 
El siguiente punto de giro de la historia es que la mancha de sangre aparece un día de color verde, lo que la hace perder toda su dignidad.
 
Virginia, la hija, se encuentra al fantasma por casualidad y éste, lloroso, le confiesa que ha ido pintando la mancha de sangre con sus témperas, pero que, cuando se le acabó el color rojo, tuvo que recurrir al verde con la esperanza de que los Otis fueran daltónicos y no se dieran cuenta. Luego le cuenta sus cuitas. Tras su esponsicidio, sus cuñados le dejaron morir de hambre y de sed, encadenado a una pared con grilletes y con un cántaro de agua y un plato de comida a la vista, pero lejos de su alcance (¡ya hace falta mala uva!). Y ahora la familia Otis no le toma en serio y los gemelos lo atormentan. Desearía morirse y, si no lo hace, es porque ya está muerto. Virginia se compadece.
 
El fantasma le pide que le ayude, pues si reza por él o hace cualquier otra mangarciada semejante, el hechizo se acabará y su espíritu obtendrá la paz. La chica lo hace —más que nada para acabar con el ruido que no deja a la familia conciliar el sueño— y la historia termina felizmente.
 
Entendemos que este final feliz era el que el lector esperaba, pero a nosotros —hemos de confesarlo— nos hubiera gustado más que el fantasma tuviera poderes más tremebundos y que hubiera echado con cajas destempladas de su castillo a toda aquella panda de energúmenos americanos al grito de «Yankees Go Home!»

 

Gentes de mal vivir

 

SÁTIRAS, SEMBLANZAS, VERSOS Y ENTREVISTAS DE FICCIÓN. (E-book y libro).
 

 

El primer trabajo de Jardiel

 

En 1921, con veinte añitos, Jardiel inició su carrera de periodista. Entró como «colaborador» en La Acción, pero —según cuenta él mismo— no parece que colaborara mucho.

          Agustín Bonnat, redactor-jefe del diario, quiso poner a prueba las habilidades del nuevo «fichaje» y darle una oportunidad de lucirse con algo fácil.

          —Vamos a ver, Enrique... —parece ser que le dijo—. Tengo un trabajo para ti.

          —Vd. dirá, jefe —repuso Jardiel.

          El otro le explicó lo que deseaba de él.

          —Ha habido un accidente en la Plaza de Toros de Madrid. Un toro se saltó ayer la barrera y mató a Regino Velasco, uno de los aficionados que presenciaba la corrida. Éstas son sus señas —dijo, entregándole un papelito—. Ve allí y «haz» el entierro.

          El incipiente periodista marchó a la casa del finado y se encontró con una familia sumida en el dolor y la desesperación. Dio el pésame, se tomó algún que otro bocadillo —como era costumbre entonces— y regresó al periódico.

          —¿Qué? —preguntó Bonnat— ¿Qué has averiguado?

          El joven redactor se apresuró a contarlo.

          —Pues, parece ser que el toro se saltó la barrera y acometió a don Regino Velasco, que presenciaba la corrida, matándole.

          —¿Y qué más? —quiso saber el otro.

          —Pues nada más.

          Hubo una pausa trágica.

          —Pero, ¡eso ya lo sabíamos antes!

          —Ya lo sé.

          —¿Y no traes más noticias? ¿No te has enterado de nada más? —rugió, más que preguntó, Bonnat.

          —No, señor.

          —¿Y por qué no —el redactor-jefe no salía de su asombro.

          —Pues, verá Vd.: la familia estaba desolada, tenía un disgusto morrocotudo y, la verdad, me ha parecido de muy mal gusto el importunarles con preguntas en un momento tan delicado.

          A partir de aquel momento, no volvieron a mandar a Jardiel a ningún sitio.

 

Balzac, el genio sin un franco

 


De entre aquellos de ese oficio

consistente en poner letras

unas detrás de las otras,

llenando planas enteras

de frases, con el propósito

de que alguien llegue y las lea,

uno de mis preferidos

es esa figura obesa

con pinta de tabernero

que logró una fama inmensa

describiéndonos las lacras

de la sociedad francesa

y que se llamó Balzac

(Honorato, por más señas).

 

¡Qué tío inmenso! Escribió

las novelas por docenas

con la ambiciosa intención

de contar la vida entera

de todo el mundo en el die-

cinueve, sin dejar fuera

ni profesión ni estamento.

Quiso contar la manera

en que en Francia se vivía

en una inmensa Comedia

humana, más divertida

que la del Dante (una empresa

no en extremo complicada),

llegando a escribir sesenta

o setenta folletines

de los más variados temas.

 

(Y sigo en prosa, porque me canso de buscar rimas.)

 

La vida de Balzac puede resumirse en una sola palabra: deudas.

(Voy a hablar muy seriamente. Le propino una patada al humor, lo mando allá, a un rincón de la habitación, y prescindo de él por unas líneas para escribir algo en serio. El humor me mira con ojos resentidos desde el suelo, pero yo no le hago caso. Y es que hay autores, como Balzac, que merecen publicidad. Y yo voy a hacérsela.)

Ya nadie se acuerda de él (pero es que la gente tiene mala memoria).

Ya nadie le lee (pero es que la gente tiene mal gusto).

Balzac es, en su tiempo, la magnificencia con bigote, el cronista de un mundo. Se propone contar todo su siglo y casi lo consigue; solo le falta vivir unos años más. Su obra es inmensa, a lo largo y a lo ancho.

Vive siempre de préstamos, por empeñarse en tomar café a diario. Los acreedores le persiguen y más de una vez tiene que darles esquinazo huyendo por una ventana construida ex profeso para ello. Compensa su pobreza con su fantasía. Moja pan duro en un cuartillo de leche e imagina que come suculentos manjares. Hace pintar muebles de mentira en sus paredes, para creer que sus habitaciones eran lujosas. Suple a la vida con la ficción.

La manera en la que intenta salir a flote es buscando una profesión lucrativa, con la que ganar dinero con rapidez, pero aún no se habían inventado las concejalías de urbanismo. Por eso, en 1824, abre una imprenta para elaborar no solo libros sino también invitaciones, tarjetas de visita, folletos, prospectos, catálogos, propaganda, calendarios esquelas, anónimos insultantes, folletos calumniadores, estampitas de San Vicente de Paul y rellenos para galletitas de la suerte de restaurantes chinos.

Las gentes entran en aquella pequeña y oscura imprenta de la rue de Marais y ven a un hombre gordo y sudoroso, con el pelo sucio y desgreñado, desaliñado, con la ropa arrugada y un aspecto mísero de pequeño comerciante. Algunos no saben que se hallaban ante el mayor escritor de su siglo. Otros sí lo saben, pero se limitan a decir: «¡Parece mentira! ¡Pero qué guarro es este tipo!»

En aquel taller la actividad de Balzac es incesante. Pero el negocio no funciona y tiene que ir despidiendo a sus trabajadores y haciendo él mismo todas las labores imprimiriles. Embadurnado de tinta y de aceite, sale a la parte delantera a darles la mano a los clientes.

Imprime una buena cantidad de obras clásicas francesas para venderlas a precios populares. Pero elige un tipo de imprenta tan diminuto que no se puede leer y nadie quiere comprar aquellos libros.

Los obreros piden sus jornales y Balzac no tiene efectivo. Intenta pagarles en especie, pero los trabajadores se niegan a que se les retribuyan sus esfuerzos con obras antiguas de Fenelon y La Fontaine. Balzac tiene que pedir nuevos préstamos y su deuda aumenta todavía más.

Finalmente, en 1827, la Imprimerie Honoré Balzac quiebra estrepitosamente y su dueño se encuentra diez veces más entrampado que cuando empezó.

Así es la vida de los genios

Algunos señores de peluca empolvada, de cuyos méritos ya no nos acordamos, le negaron la entrada en la Academia Francesa a él, el mayor escritor de su siglo.


 

Moby Dick

 

He citado en una taberna a Herman Melville para una entrevista, pero el famoso autor (famoso hoy: en sus tiempos no le conocía casi nadie) no ha tenido el buen gusto de acudir, quizá por llevar allá más de ciento veinte años muerto o por alguna otra razón. Así es que he tenido que conformarme con entrevistar a uno de sus personajes, para cubrir mi sección en el suplemento cultural semanal del Daily Telegraph, que no he sabido nunca porque se llama telégrafo, si no deja de ser un periódico vulgar y corriente.

Conseguir hablar con un personaje parece algo más difícil que hablar con su autor, pero no es así. Los escritores suelen ser muy soberbios y, en cambio, sus criaturas se muestran mucho más accesibles, probablemente debido al hecho de que saben que ya no van a aparecer en ningún otro libro, por lo que aprovechan toda ocasión de lograr fama. (Los personajes recurrentes, tipo Sherlock Holmes, no entran en esta categoría.)

Yo quisiera haber hablado con el capitán Ahab, el cachalotero, pero estaba de viaje, por lo que tuve que enterarme del suceso provoca de Ismael, el narrador de la historia mobydickeña. Había otro personaje peculiar: el arponero caníbal Queequog, pero no me he atrevido a por darle por temor a pronunciar incorrectamente su nombre y a que probara en mí sus habilidades en una u otra categoría (o en las dos sucesivamente).

Una cita de las más conocidas de nuestra literatura inglesa es esa que dice « Call me Ishmael» [Llamadme Ismael], con la que comienza el libro, lo que da una idea muy aproximada de la falta de nivel de nuestra literatura inglesa.

Como fuere, tengo ante mí a Ismael y a una botella de ron, que se supone que es lo que beben todos los marineros que se precian. Comienzo mi interrogatorio.

—Mucho se ha dicho sobre esta novela y su proceso de creación —adelanto—, pero seguro que todo es mentira. ¿Qué nos puedes decir usted de la historia de Ahab, contada por Melville?

—Antes de nada —me responde Ismael, tras arrearse varios lingotazos a costa del Telegraph—, antes de contarle todo lo que usted quiera, deseo hacer constar que siempre he estado avergonzado de haber aparecido en una novela tan mala como Moby Dick. Lo hice porque Melville no me sacaba en otras: no pude elegir. Los personajes trabajamos en lo que podemos y aceptamos aparecer en cualquier sitio, al igual que hay actores que no le hacen ascos a trabajar como taxistas o camareros.

—Lo comprendo —le tranquilizo— y no se lo tendré en cuenta. Empiece.

—Bien. pues les contaré que yo me enrolé en el «Pequod», mandado por Ahab, que era un puritano de aquí te espero.

—¿Puritano?

—Él se consideraba a sí mismo pío, para justificarse. Como estaba empeñado en matar a esa ballena, por motivos personales, se esforzó por creerse que el animal representaba al Mal, así con mayúsculas, y que él mismo, Ahab, era el Bien. Es lo que suelen decirse los que quieren matar a algo o a alguien sin sufrir remordimientos.

—Prosiga.

Ismael lo hizo, no sin antes ronearse un poco más.

—El barco aquel estaba lleno de indeseables. Yo no, claro. yo siempre fui una persona decente, puesto que era blanco. En cambio, en la tripulación había un tahitiano, un piel roja, un portugués y ¡hasta un negro! ¡Figúrese que compañía! ¡La hez social!

No sabiendo qué decir, asentí con la cabeza.

—La expedición tenía como objeto la venganza —prosiguió—. Ahab era muy descuidado y había perdido una pierna...

—¿Tanto? ¿Tan descuidado como eso?

—Digo que, como era descuidado, se acercó demasiado a una ballena en medio de una cacería y un coletazo del animal hizo saltar por los aires. Se trituró una pierna al caer y la tuvo que sustituir por otra de hueso.

—¿No de madera?

—No. Ahab sería lo que fuere, un cochino desde luego, porque le olían mucho los pies, pero a original no le ganaba nadie. Además, las piernas de madera eran más caras.

—¿Y de ahí su deseo de venganza?

—Yo creo que sí. Aunque no falta quien dice que, si se pasaba la vida embarcado, no era para perseguir a aquel monstruo que le había dejado cojo, sino que lo hacía porque no quería estar mucho tiempo en tierra, ya que debía dinero a mucha gente en casi todos los puertos conocidos.

—Comprendo. Cuénteme algo de la ballena —le insté.

Ismael apuró sin ningún apuro otro vaso de ron y se dispuso a contestar.

—Como guste. No era en realidad una ballena, sino un chacalo... un calacho... ¡Diantres, que no consigo decirlo bien!

—Un cachalote —apunté.

—¡Eso! Sólo que era un cachalote alpino.

—¿Alpino? —pregunté—. Sería albino.

—Sí, claro. Ahab le bautizó como Moby Dick, vaya usted a saber por qué.

(‘Dick’ es el diminutivo de Richard, lo que equivaldría a Ricardito. Coloquialmente la palabra designa también al miembro masculino, siendo el equivalente semántico de ‘pito’. En cuanto a ‘Moby’, podría ser un diminutivo de ‘mob’, muchedumbre, con lo que nos quedaríamos con «una muchedumbre de ricarditos» o bien «el pito de muchos». Hasta aquí llega la especulación de los filólogos. De todas maneras, ninguno de los dos nombres parece muy adecuado para una ballena blanca.)

 

—¿Y qué sucedió luego?

—Pues nada muy interesante. Realmente la novela iba principalmente de detalles de la vida marinera de la época y del comercio de aceite, pero todo muy mal contado. La serpiente de mar, de Julio Verne, sin ir más lejos, es una relación mucho más interesante de la caza de los a zateceos... cecateos... cezateos...

—Cetáceos.

—Usted lo ha dicho. Volviendo al tema: usted no ignora que en Inglaterra promocionamos mucho a nuestros autores, sean buenos o malos.

—De eso ya hablaremos después. Reláteme el final de la aventura.

—Pues nada: encontramos al chaca... a la ballena aquella —la lengua se le trababa cada vez más por efecto de la ronización— y Ahab le saltó encima, se puso a caballo sobre su lomo, le clavó un arpón como pudo y se fue al infierno con ella. Nadie sintió demasiada pena, la verdad.

—O sea, que se tomó su venganza pero pereció en el intento.

—Efectivamente, y moriría feliz seguramente, por haber acabado con el bicho y por haberse librado de tener que pagarnos nuestros sueldos a los marineros. Ya le he dicho que...

—Sí, ya hemos hablado de Ahab y su sentido del deber, vamos, de lo que estaba acostumbrado a deber. Hábleme ahora de la novela.

El personaje acabó la botella, pidió otras dos y continuó su relato, exaltándose progresivamente.

—¡Ese Melville era un imbécil, con perdón! —exabruptó—. No le gustaba escribir. Quería ser rico y famoso con la literatura, pero no le gustaba escribir.

—¿Es cierto que la narración está basada en hechos reales? —quise saber.

—¡Naturalmente! El Herman de todos los diablos era incapaz de inventarse nada y se limitó a «fusilar» una historia que ya estaba escrita por ahí: la crónica periodística de lo que le sucedió al ballenero «Essex», de Nantucket, en 1820.

—¿Me está diciendo que se limitó a novelar un escrito de viajes ya existente?

—Ni más ni menos.

—¿Eso es cierto? ¿Está usted seguro?

—¡Ya le digo! —aseveró Ismael, aprovechando la pausa para desbotellizar un poco más de líquido.

—En su novela, el barco también zarpaba de Nantucket.

—¿No le digo que carecía por completo de imaginación? En fin: escribió la historia muy mal. La publicó en 1851 y el editor acabó suicidándose, porque no vendía nada en cincuenta años. Los críticos le aconsejaron que cambiara de profesión, que se dedicará a cualquier otra cosa menos a escribir, y hasta se ofrecieron a recomendarle para diversos empleos, en un intento desesperado de que abandonara la literatura.

—Pero Melville es famoso.

—Se hizo luego. Eso fue después, ya en el siglo XX, cuando le presentaron como una gloria nacional, una vez que la gente se hubo olvidado de su fracaso.

—¡Vaya! Yo no sabía eso. Siempre creí que Melville había tenido éxito en vida.

—¡Qué va! No lo tuvo. Y como su novela no gustó, en vez de intentar escribir otra mejor, abandonó la literatura para contento de los críticos y se metió a funcionario.

—Siga, por favor.

—Aprovechando los contactos de su mujer, que pertenecía a la alta sociedad, le hicieron inspector de aduanas en Nueva York y a eso se dedicó el resto de su existencia. En su familia se pusieron muy contentos con este nombramiento, pues el que estuviera fuera de casa durante el día era un alivio para todos, teniendo en consideración su mal genio.

—¡Vaya, vaya!

—Era un pájaro de cuenta el Melville, como le digo. cuando se vio sin recursos, dio un braguetazo importante, pero luego se supo que maltrataba a su mujer e hijos. También azotaba a los sirvientes. ¡Se dio a la bebida! —dijo Ismael, mientras se bebía otro vaso colmado de ron, como si aquel fuera el más terrible de los vicios—. No respetaba ni a los lectores, a los que consideraba completamente tontos.

—¿Y eso? Explíquese.

—¿A qué otro motivo puede deberse que dedicarse en su libro cuatro páginas largas a contar lo que es una ballena, dando incluso las definiciones que aparecen en los diccionarios?

Al llegar a aquel punto, yo le había perdido ya todo el respeto a Melville, a Ahab y, ¿por qué no decirlo?, también a Ismael. Así es que no pude contenerme y le ataqué:

—No pongo en duda ni por un instante todo lo que me ha contado —comencé—. Tanto Melville como Ahab parecen gentuza, ya real ya imaginaria. Pero usted, amigo mío, no les va a la zaga.

—¡¿Cómo dice?!

—¿Le parece a usted que es propio de un hombre de bien hablar tan mal de su padre?

—¿De mi padre? —dijo Ismael, con los ojos como dos platos soperos.

—¡Claro está! Melville es su progenitor. Él le creo. Sin él, no estaría usted hoy aquí bebiéndose la tercera botella de ron.

—¿Vamos ya por la tercera? ¡Cómo pasa el tiempo! —exclamó. Y, tras una pausa, añadió —: Tiene usted razón. Soy el hijo natural de Melville: no lo puedo negar. Pero la verdad es que nunca le interesé. Me creó solo para que fuera testigo y contará un suceso. ¡Él solo pensaba en Ahab! ¡Era su protagonista! ¡Su preferido!

—Y como Ahab era también hijo de la imaginación de Melville, ¡pues era su hermano de usted! —rematé.

Ismael prorrumpió en sollozos.

—¡Pero, hombre, no llore!

—¡Melville no se molestó en contar nada sobre mí! —balbuceó el marinero sin dejar de gimotear—. En la segunda parte de la novela casi ni aparezco. ¡Y nunca me volvió a sacar en otros escritos posteriores, como hacen otros muchos autores con los personajes con los que se encariñan! ¡Mi padre nunca me quiso! ¡Ah! ¡nunca fui lo bastante bueno para él! ¡Y Ahab siempre me trató muy mal, dándome órdenes todo el rato y haciéndome fregar la cubierta incesantemente! ¡Y nunca le parecía lo bastante limpia!

El marinero derramó lágrimas equivalentes por lo menos a las tres botellas que se había echado al coleto.

No había nada más que hacer. Ismael había cogido una merluza (algo lógico en un pescador) y le había dado llorona. Dejé pagada una cuarta ronda ronera y abandoné aquel tugurio para irme a redactar este escrito, ya que quería entregarlo a tiempo de que saliera en la edición del domingo y que me lo pagaran cuanto antes.