LA LITERATURA PARA EL PLACER. EL ATAQUE A LOS MAJADEROS. LA SÁTIRA DEL MUNDO.
Texto completo de lo que me han
mecanografiado hoy mis cien monos.
¡A ver si mañana hay más suerte!
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El sexo, señores, es importante. Imagino que estarán de acuerdo con nosotros. A su lado, el ansia de poder, el dinero, etc. no tienen nada que hacer. Pero, a la vez, es algo muy nocivo y no decimos esto por mantener una visión puritana del asunto, ¡qué va!, sino porque desde el inicio de los tiempos ha sido causa de muchos líos y complicaciones, y ha producido a los humanos muchos dolores de cabeza (incluidos esos que algunas esposas se inventan cuando quieren dormirse pronto porque al día siguiente tienen que madrugar).
Si no existiera la atracción sexual, la Humanidad sería mejor: en nuestro mundo no habría violaciones ni crímenes pasionales ni pederastia ni trata de blancas ni esos edificios con lucecitas junto a las autopistas. Claro, que puede que sin este estímulo la gente no se tomara la molestia de reproducirse y no hubiera tampoco Humanidad, pero esa posibilidad no la queremos contemplar, pues sí la Humanidad desapareciera, ¿quién iba a comprar este libro?
En muchos tiempos y lugares, el sexo ha sido tabú. ¿Cómo que tabú? ¡Tabudísimo! Pero en este libro vamos a tratar al sexo abiertamente, como si le conociéramos de toda la vida (ya nos habría gustado). Comenzaremos con el protosexo prehistórico y llegaremos hasta los avances más sorprendentes de la moderna genética.
La libido ha sido el motor (enchufable) de la especie. El hombre prehistórico no sabía hacer la ‘o’ con un canuto (en realidad no había inventado aún ni las vocales ni los canutos), pero ya conocía el sexo[1]. Los que por «hombre prehistórico» entiendan que nos referimos a Adán y Eva no ignoran que el mito genésico contiene la mayor parte de los elementos de una historia erótica: desnudez, mordiscos, una serpiente y la tendencia a meterse donde no había que meterse (en líos). Adán, saliendo desnudo del paraíso, nos recuerda las aventuras de Casanova, cuando este era descubierto por algún marido celoso y tenía que abandonar alguna alcoba por la ventana.
Pero aparquemos el mito y consideremos la realidad. En los vasos etruscos se ven dibujos de hombres tan peludos como prehistóricos con apéndices colgantes, haciendo con otros peludos cosas inconfesables (aún no se había inventado la confesión). Los faunos y sátiros mitológicos eran igual de pilosos y su noción surgió del recuerdo colectivo de estos pedropicapiedras y pablosmármoles lascivos.
Las relaciones carnales prehistóricas estaban seguramente precedidas de trancazo en la cabeza, cuando no eran consentidas. De hecho, estamos seguros de que el cortejo de la hembra se reducía al mínimo y que los preliminares anteriores a la satisfacción rápida no duraban más que algunos pocos segundos.
Suponemos también que el hombre primitivo no era muy tiquismiquis en materia sexual y que cuando regresaba a la cueva después de un largo día de caza (generalmente infructuosa), no encontraría mucha diferencia a la hora de elegir entre madres, hermanas, hijas o la tía solterona que vivía con ellos.
En cuanto a los elementos del protoapetito sexual, imaginamos que el desnudo sería incitante, pues con el frío qué hacía durante las glaciaciones irían siempre con pieles, por lo que quitárselas debió de constituir un espectáculo digno de contemplación. Se sabe también —por las estatuillas de las vénuses que han llegado hasta nosotros— que a los hombres les gustan las gordas (y esto duró hasta la época de Rubens, bien entrado el siglo XVII).
Los menos violentos de nuestros ancestros se ganaban la simpatía de las hembras cogiendo para ellas frutas difíciles de alcanzar o guardándoles los higadillos de cualquier bicho que consiguieran matar para comérselo in situ. La hembra aceptaba el trueque y de esta manera el sexo provocó la invención de otros tres conceptos que han acompañado a la Humanidad hasta nuestros días: el cortejo, el soborno y la prostitución.
Otra suposición que hacemos (pero esta vez con la convicción de que acertaremos) es que en aquellos polvorientos días predominó el matriarcado. No podía ser de otra forma, puesto que la descendencia por línea femenina estaba clara y el responsable masculino era siempre objeto de sospecha, sobre todo en las cuevas, en las que vivía mucha gente hacinada y donde la iluminación era escasa, por lo que no era raro que tuviera lugar algo así como un vodevil prehistórico y alguien yaciera con la hembra equivocada sin que ninguno de los dos se diera cuenta del trueque.
Sobre estos tiempos no hay información[2]. Así es que solo podemos hacer deducciones a partir de los mitos. Y estos nos cuentan que en el escenario del mundo, desde que el ser humano entró, ha estado salido. Los dioses griegos no pensaban en otra cosa que en aparearse, aunque para ello tuvieran que usar cuerpos incómodos y ridículos (considérese a Zeus, por ejemplo, convertido en cisne para beneficiarse a Leda). Astarté, la divinidad fenicia, era hermafrodita: una mezclilla de Venus y Adonis. En los templos de todos los lugares abundaba la «prostitución sagrada», que es algo muy conveniente, pues produce el mismo placer que la que no es sagrada, pero suena mucho mejor.
El bestialismo también era frecuente, como nos reveló el mito de Pasífae, que no se contentaba con menos de un toro para pasar las noches (ya lo contaremos más adelante en detalle). Pero, ¡cuidado!: no vayamos a confundir el bestialismo con el animalismo, pues ambos tienen que ver con las corridas de toros, pero en distintas acepciones de la palabra.
AVISO.—Este escrito, que ya he publicado otras veces, es pura hiel y no pretende tener maldita la gracia. Los que quieran reírse absténganse de leerlo. Si no lo hacen luego no digan que no les he advertido.)
Cela gastó durante toda su vida bastante tinta para que los españoles olvidáramos que había sido censor del franquismo. Pero el hecho es que fue censor del franquismo y conviene que esto se recuerde. Le propusieron: «¿Quieres ganarte un sueldo siendo censor del franquismo?» Y él preguntó «¿En qué consiste esto de ser censor del franquismo?» Y le respondieron: «En prohibir que se publiquen cosas que, a sus autores, les ha costado mucho escribir y por las que, además, ponen en peligro sus vidas.» Y él preguntó: «¿Pagan bien por ser censor del franquismo?» Y le contestaron: «¡Psch!» Y él dijo: «Es igual. Acepto ser censor del franquismo.»
Y se convirtió en censor del franquismo. Afirmó que iba por allí de tarde en tarde, que ponía algún que otro sello y que lo hacía para mantener a su familia (con su sueldo de censor del franquismo). Quería quitarle importancia al hecho de ser censor del franquismo, pero el caso es que fue censor del franquismo hasta que dejó de ser censor (del franquismo).
No quiero que esto se olvide.
Hablemos ahora de su obra.
Como Cela fue —no lo olvidemos ni por un momento— censor del franquismo, tenía amigos en la censura. Esto le permitió sacar a la luz escritos que otros no habrían podido publicar en absoluto y hacerse famoso con ingredientes que para los demás estaban prohibidos. ¿Qué ingredientes, preguntarán ustedes? ¿Pues cuáles van a ser? Los de siempre: sexo y violencia.
En La familia de Pascual Duarte, el protagonista asesino mata a su madre tras pelear con ella. Durante el forcejeo le rasga la blusa y muerde sus pechos desnudos. Esta descripción un tanto morbosa, señores, era inconcebible en 1942 y no se le hubiera permitido a otro autor que no hubiera tenido amiguetes a causa de haber sido censor del franquismo.
¡Cuidado! Yo no estoy diciendo que Cela no supiera escribir. Lo que digo es que era un sinvergüenza literario totalmente supravalorado.
Viaje a la Alcarria es de un aburrimiento azorinesco que tira de espaldas. El viajero llega a Brihuega, se seca el sudor, se sienta a la sombra y pregunta al lugariego qué tal va la cosecha de tomates. Todo así. La peor novela costumbrista de finales del XIX es mucho mejor que esta obra.
Se hace famoso con La colmena, descripción tópica de tipos típicos, sin más mérito que la observación desde una mesa de café. Sin embargo, se la tilda de genial. Pero es una genialidad copiada de una novela veinticinco años más antigua: Manhattan Transfer de John Dos Passos. ¡Ay, la falta de cultura y de memoria histórica!
Luego, más morbo: el Diccionario secreto, donde su gusto (ahora sabemos cuál era) se dedicó a recopilar todos los insultos y las cuatrocientas mil maneras castellanas de llamar a los genitales, investigación imprescindible y urgente donde las haya.
El siguiente paso consistió en novelas de la guerra: San Camilo, 1936 ó Mazurca para dos muertos. Todas van de lo mismo. «Fulanito estaba haciendo cosas consigo mismo detrás de un árbol, cuando estalló la Guerra Civil, etc., etc.» A mí la masturbación no me parece especialmente mal en la vida real. De hecho, pertenezco a la Asociación Española para el Fomento de las Artes Autoeróticas (aunque creo que este año no he pagado aún la cuota de miembro.) Pero eso no es un tema literario. A nadie le deberían importar los exabruptos eróticos de un señor. Y ese señor no debería haberlos vendido como literatura, salvo que escribiera honestamente literatura erótica, lo cual habría sido muy digno y hubiera tenido su público.
Ya famoso, decidió tomarles el pelo a los españoles escribiendo libros consistentes en frases sin sentido puestas una detrás de otra al buen tun-tún.
Dijo que el Premio Cervantes era una mierda (sic) y luego, alegremente, lo aceptó.
*
Y ya no escribo más sobre este señor: ya me he cansado.
(Mi número de teléfono está en la guía, para que todo el que quiera me refute o me insulte, pero advierto que me va a dar lo mismo y me voy a quedar tan pancho.)
(A propósito, ¿les he dicho que Cela fue censor del franquismo?)