Ahora nos vamos a meter con Moratín. Con Moratín
hijo, porque el padre no nos ha hecho nada. Y ¿por qué?, se preguntarán ustedes.
Pues por ser el inventor de lo que podría denominarse «arte gubernamental» o
hecho desde el poder. Porque a algunos no les basta con ser malos, sino que son
perversos, como es el caso del tipejo que nos ocupa.
El tal Fernández,
considerado máximo exponente del teatro español del 1700, solo escribió cinco
comedias, de las cuales una (El viejo y la niña) es una refundición de otra (El
sí de las niñas), que no es sino un estúpido deshojar de margaritas
argumentales: me caso con el viejo, no me caso con el viejo, me caso con el
viejo, no me caso con el viejo, me caso con el viejo...
Al final, no se casa. ¡Ah,
cuán importante —resume el muy majadero— es el «sí de las niñas», el
consentimiento de la interfecta!
Generaciones de feministas
despistadas han querido considerar este bodrio como un panfleto en pro de la
independencia de las donas. Craso error, porque ella no elige casarse
con el pretendiente joven o el pretendiente viejo. Ella está dispuesta a
obedecer a su madre y maridarse con quien ella le mande, o sea que rebelde y
moderna no parece ser. Es el viejo el que retira su candidatura y desactiva la
bomba social (acción psicológicamente increíble). Al final, todo se queda como
estaba y a esta inanidad se la considera una joya del teatro burgués.
Lo que ha de recordarse al biografiar o semblancizar a Moratín es que fue
Presidente de la Junta de Teatros (o sea: Ministro de Teatro, por así decirlo),
la eminencia nacional y oficial en la materia, y que empleó su poder para
prohibir que se representasen en absoluto las obras inmortales de Lope, de Calderón
y del resto de la panda barroca, por considerarlas malas y nocivas. Contando
las quinientas que quedan de Lope, trescientas de Calderón, doscientas de
Tirso, cien de Vélez, otras cien de Ruiz de Alarcón, más las de los otros,
suman unos cuantos miles. Nunca nadie, antes ni después (ni el cardenal
Cisneros, ni los nazis), prohibieron tantas obras literarias de un plumazo.
La elevación de personajes
de esta calaña a puestos de responsabilidad nacional es mayor motivo de
vergüenza para un país que cualquier derrota en los campos de batalla, porque
es mejor que los marroquíes nos quiten la isla de Perejil a que un ministro español
nos quite a Calderón.
Y, no contento con fastidiar
la tradición teatral española, Moratín extendió sus impulsos censuriles a otros
autores foráneos.
¿Recuerdan esa preciosa
escena de Hamlet en la que el protagonista y Horacio se encuentran con
un sepulturero? ¡Sí, hombre, cuando Hamlet toma en sus manos la calavera del
bufón Yorick, muerto años ha, la besa y llora con su recuerdo! Pues Moratín
prohibió esa escena porque le parecía altamente inmoral que un sepulturero
cantase «mientras cavaba una fosa». Creo que no hay que extenderse más para
denunciar el peligro que para la cultura representan los tontos con poder.
Hablemos algo de sus
comedias, para que no se diga.
Su primera pieza fue El viejo y la niña. La empezó en 1783 y
se estrenó en 1790. Siete años para escribir algo que se lee en una hora. No
sudó mucho. Trata de un viejo que se casa con una niña. Moratín quería enseñar
a los públicos que los matrimonios con tanta diferencia de edad no están bien.
Luego compuso El barón (1787), pero era un libreto de
zarzuela hecho por encargo. No era algo que le interesara especialmente. Lo
hizo sin ganas y porque le pagaron muy bien.
Escribió otra obra titulada La mojigata (1791), que trataba de la educación femenina. Fue un
gran éxito. Los críticos dijeron que era magnífica. Pero solo se le dio una
representación.
Otra comedia suya, La comedia nueva (1792), llegó a estar siete días en cartel. Fue
una de sus producciones más famosas. Su tesis dividía al teatro en dos grandes
categorías: las comedias nuevas, dignas de todos los elogios y respetos, y las
comedias viejas, detestables y merecedoras de que se las prohibiese. A juicio
del autor, las comedias nuevas y buenas eran las suyas; y las malas y
desechables, las de todos los demás. La historia transcurre toda en un rato, en
un café, donde un personaje habla y cuenta lo que opina del teatro sin que pase
ninguna otra cosa ni tenga lugar ninguna otra acción. Pero tan original
argumento no se le ocurrió a él solo, sino que, para ser exactos, lo robó de La bottega del caffè, del italiano Carlo
Goldoni.
Su obra más famosa —ya lo hemos dicho, pero lo
repetimos para llenar más papel— fue El
sí de las niñas (1806). Trata de un viejo que se quiere casar con una
jovencita. La madre de ella quiere obligarla... (esto parece El viejo y la niña, pero no: es otra
comedia distinta, solo que con la misma historia; de cinco comedias, Moratín
escribió dos con el mismo argumento).
El viejo se quiere casar con la joven. Pero al
final de la obra, el viejo reconoce que aquello no está bien y decide no
casarse. O sea, que el autor no da ninguna solución, sino que evita
cobardemente mantener una postura. Si el viejo se arrepiente de su pretensión,
no hay conflicto alguno y Moratín hace perder miserablemente el tiempo al
espectador obligándole a presenciar un problema que no existe. Si el viejo se
empeña en casarse, entonces solo hay dos finales posibles, distintos y muy
importantes: a) si la joven obedece y se casa, es una defensa de la tradición y
de la sumisión femenina; b) si decide no hacerlo y se enfrenta a su madre, es
una rebeldía contra lo establecido. Pero Moratín no se decidió ni por una cosa
ni por la otra, pues consideró que recomendara lo que recomendara, siempre
habría una parte del público que no estaría de acuerdo y se enfadaría con él y
él no deseaba eso.
La conclusión es que Moratín fue un hombre sin
ideales ni convicciones, un autor que tuvo en su mano la posibilidad de
reivindicar claramente el derecho de las mujeres a decidir su propio destino y
que en la última escena se acobardó y resolvió el conflicto haciendo que el
viejo desistiera. Pero esto no nos extraña, pues estamos convencidos de que fue
un advenedizo del teatro, un escritor sin vocación, de arte limitado, que
aprovechó su posición de poder para intentar acabar con otros autores mejores a
los que envidiaba.
En fin: no seguimos escribiendo sobre Moratín,
porque se nos revuelve la bilis.