Dicen que en España, aparte del fútbol, hay otro deporte nacional que es la envidia. Nosotros aseguramos que hay un tercero, sobre todo entre los intelectuales y los que se las dan de intelectuales: poner verde a Echegaray.
Hay una cuarteta, inventada no sabemos por quién, que dice lo siguiente:
En Bombay dicen que hay
plaga de peste bubónica.
Hoy estrena Echegaray
y «Clarín» hace la crónica.
Mejor estar en Bombay.
Hoy en día —4 de enero de 2018, a las 7: 45 de la tarde, meridiano de Castellón de la Plana (también conocido como Greenwich, que está en la misma longitud)— no tenemos en España ningún dramaturgo que haya estrenado 67 obras de éxito, como hizo don José, ni tampoco ningún crítico teatral de la talla de «Clarín», por lo que no nos explicamos el verso.
Además, con Echegaray sucedió algo que hace que nos pongamos de su parte y le defendamos, independientemente de sus méritos o deméritos como dramaturgo. La cosa fue que tras la concesión del Premio Nobel de Literatura en 1904, muchos escritores hispanos —Unamuno, Machado, Darío y otros— protestaron en un escrito, diciendo que aquel premio estaba muy mal dado, que Echegaray no lo merecía y que, por favor, que se lo quitaran.
Esto solo puede pasar en España, en función del segundo deporte que hemos mencionado antes. A un autor francés o inglés de segunda, tercera, cuarta o incluso quinta fila al que le hubieran dado un galardón internacional se le habría erigido docena y media de estatuas en su país y se habría proclamado los cuatro vientos que era el mejor escritor mundial desde Homero hasta la fecha.
Dicho lo cual, contemos ahora quién fue y qué hizo este buen señor e intentemos verlo y ponderarlo en lo que vale o no vale y no por el juicio de los literatos que le envidiaron.
Echegaray fue un neorromántico que quiso aunar sentimientos y realidad. ¿Lo logró satisfactoriamente? Pues sí y no. A principios del siglo XX su teatro se consideró acartonado y caduco, pero entre 1870 y 1900 logró entusiasmar continuadamente a los públicos, que incluso se llevaban al teatro a sus criados para que fueran más aplaudir.
Su teatro es, indudablemente, artificial, pero esta artificialidad era deliberada. Echegaray no pretendía llevar la vida al teatro, sino hacer teatro en el teatro y que en escena se presentase todo un muestrario de pasiones exaltadas. Y, ¡claro!, sus personajes parecen estereotipos en gran medida y los sucesos más lacrimógenos pasan precisamente cuando llega el momento del clímax de cada acto. Se ha afirmado que las situaciones dramáticas que se sacaba del caletre son constitutivamente falsas y es verdad. Lo que puede decirse en su defensa es que el teatro no tiene por qué ser únicamente descripción verosímil de la realidad, puede ser también fantasía e imaginación.
Hace decirse, porque muchos no lo saben, que en el extranjero se le apreció mucho, colocándosele al mismo nivel que Ibsen, Sudemann o Björnsön. Autores como Pirandello y Bernard Shaw elogiaron mucho su dramaturgia.
Además, nos consta que la mayoría de aquellos que le denigran no le conocen ni por el forro y no han visto ni leído sus obras.
Otra cosa que queremos decir a su favor es que no fue un moralista puritano, como la mayoría de sus contemporáneos, sino que en su teatro hay un mensaje liberal y hasta revolucionario de vez en cuando. Critica la intolerancia religiosa, la hipocresía de los conservadores y, en general, las injusticias sociales que se ejercen sobre los individuos aislados. Nadie se ha parado a valorar esto.
Una de sus obras más famosas (y que más insultos ha recibido) es O locura o santidad (1877). La trama gira como un trompo alrededor de los rangos sociales y toda la pesca. Va a tener lugar la boda de una señorita con un «pollo bien» y la familia del novio no está muy contenta, porque desprecia a la chica. Para complicarlo más, el padre de la novia descubre que él era hijo de una criada y lo confiesa, para no renegar de su madre. La boda se rompe y todo el mundo dice que lo que el tipo tenía que haber hecho era callarse como un muerto y no revelar su origen plebeyo. Como ha sido honrado y confesado la verdad, toda la sociedad decide que está loco de atar y le encierran.
En esta obra hay gritos, es verdad, y escenas exageradas, pero la crítica social está ahí y no tiene por qué minusvalorarse.
Más famosa incluso fue El gran galeoto (1881), sobre el tema de la calumnia y de cómo un matrimonio se ve rotísimo por la maledicencia de las gentes. En esta obra Echegaray abusa de los signos de admiración, eso es verdad.
Muchos de sus dramas los escribió pensando en doña María Guerrero, que fue quien los estrenó. La verdad es que nos hubiera gustado ver aquellas representaciones.
Podrían citarse otras muchas comedias, como Mancha que limpia (1895), El hijo de don Juan (1892) o El loco de Dios (1901), pero a estas alturas ya nadie se acuerda de ellas y sonarían a chino.
