Leandro Fernández de Moratín (1760-1828)

 

Ahora nos vamos a meter con Moratín. Con Moratín hijo, porque el padre no nos ha hecho nada. Y ¿por qué?, se preguntarán ustedes. Pues por ser el inventor de lo que podría denominarse «arte gubernamental» o hecho desde el poder. Porque a algunos no les basta con ser malos, sino que son perversos, como es el caso del tipejo que nos ocupa.

          El tal Fernández, considerado máximo exponente del teatro español del 1700, solo escribió cinco comedias, de las cuales una (El viejo y la niña) es una refundición de otra (El sí de las niñas), que no es sino un estúpido deshojar de margaritas argumentales: me caso con el viejo, no me caso con el viejo, me caso con el viejo, no me caso con el viejo, me caso con el viejo...

          Al final, no se casa. ¡Ah, cuán importante —resume el muy majadero— es el «sí de las niñas», el consentimiento de la interfecta!

          Generaciones de feministas despistadas han querido considerar este bodrio como un panfleto en pro de la independencia de las donas. Craso error, porque ella no elige casarse con el pretendiente joven o el pretendiente viejo. Ella está dispuesta a obedecer a su madre y maridarse con quien ella le mande, o sea que rebelde y moderna no parece ser. Es el viejo el que retira su candidatura y desactiva la bomba social (acción psicológicamente increíble). Al final, todo se queda como estaba y a esta inanidad se la considera una joya del teatro burgués.

          Lo que ha de recordarse al biografiar o semblancizar a Moratín es que fue Presidente de la Junta de Teatros (o sea: Ministro de Teatro, por así decirlo), la eminencia nacional y oficial en la materia, y que empleó su poder para prohibir que se representasen en absoluto las obras inmortales de Lope, de Calderón y del resto de la panda barroca, por considerarlas malas y nocivas. Contando las quinientas que quedan de Lope, trescientas de Calderón, doscientas de Tirso, cien de Vélez, otras cien de Ruiz de Alarcón, más las de los otros, suman unos cuantos miles. Nunca nadie, antes ni después (ni el cardenal Cisneros, ni los nazis), prohibieron tantas obras literarias de un plumazo.

          La elevación de personajes de esta calaña a puestos de responsabilidad nacional es mayor motivo de vergüenza para un país que cualquier derrota en los campos de batalla, porque es mejor que los marroquíes nos quiten la isla de Perejil a que un ministro español nos quite a Calderón.

          Y, no contento con fastidiar la tradición teatral española, Moratín extendió sus impulsos censuriles a otros autores foráneos.

          ¿Recuerdan esa preciosa escena de Hamlet en la que el protagonista y Horacio se encuentran con un sepulturero? ¡Sí, hombre, cuando Hamlet toma en sus manos la calavera del bufón Yorick, muerto años ha, la besa y llora con su recuerdo! Pues Moratín prohibió esa escena porque le parecía altamente inmoral que un sepulturero cantase «mientras cavaba una fosa». Creo que no hay que extenderse más para denunciar el peligro que para la cultura representan los tontos con poder.

          Hablemos algo de sus comedias, para que no se diga.

          Su primera pieza fue El viejo y la niña. La empezó en 1783 y se estrenó en 1790. Siete años para escribir algo que se lee en una hora. No sudó mucho. Trata de un viejo que se casa con una niña. Moratín quería enseñar a los públicos que los matrimonios con tanta diferencia de edad no están bien.

          Luego compuso El barón (1787), pero era un libreto de zarzuela hecho por encargo. No era algo que le interesara especialmente. Lo hizo sin ganas y porque le pagaron muy bien.

Escribió otra obra titulada La mojigata (1791), que trataba de la educación femenina. Fue un gran éxito. Los críticos dijeron que era magnífica. Pero solo se le dio una representación.

Otra comedia suya, La comedia nueva (1792), llegó a estar siete días en cartel. Fue una de sus producciones más famosas. Su tesis dividía al teatro en dos grandes categorías: las comedias nuevas, dignas de todos los elogios y respetos, y las comedias viejas, detestables y merecedoras de que se las prohibiese. A juicio del autor, las comedias nuevas y buenas eran las suyas; y las malas y desechables, las de todos los demás. La historia transcurre toda en un rato, en un café, donde un personaje habla y cuenta lo que opina del teatro sin que pase ninguna otra cosa ni tenga lugar ninguna otra acción. Pero tan original argumento no se le ocurrió a él solo, sino que, para ser exactos, lo robó de La bottega del caffè, del italiano Carlo Goldoni.

Su obra más famosa —ya lo hemos dicho, pero lo repetimos para llenar más papel— fue El sí de las niñas (1806). Trata de un viejo que se quiere casar con una jovencita. La madre de ella quiere obligarla... (esto parece El viejo y la niña, pero no: es otra comedia distinta, solo que con la misma historia; de cinco comedias, Moratín escribió dos con el mismo argumento).

El viejo se quiere casar con la joven. Pero al final de la obra, el viejo reconoce que aquello no está bien y decide no casarse. O sea, que el autor no da ninguna solución, sino que evita cobardemente mantener una postura. Si el viejo se arrepiente de su pretensión, no hay conflicto alguno y Moratín hace perder miserablemente el tiempo al espectador obligándole a presenciar un problema que no existe. Si el viejo se empeña en casarse, entonces solo hay dos finales posibles, distintos y muy importantes: a) si la joven obedece y se casa, es una defensa de la tradición y de la sumisión femenina; b) si decide no hacerlo y se enfrenta a su madre, es una rebeldía contra lo establecido. Pero Moratín no se decidió ni por una cosa ni por la otra, pues consideró que recomendara lo que recomendara, siempre habría una parte del público que no estaría de acuerdo y se enfadaría con él y él no deseaba eso.

La conclusión es que Moratín fue un hombre sin ideales ni convicciones, un autor que tuvo en su mano la posibilidad de reivindicar claramente el derecho de las mujeres a decidir su propio destino y que en la última escena se acobardó y resolvió el conflicto haciendo que el viejo desistiera. Pero esto no nos extraña, pues estamos convencidos de que fue un advenedizo del teatro, un escritor sin vocación, de arte limitado, que aprovechó su posición de poder para intentar acabar con otros autores mejores a los que envidiaba.

En fin: no seguimos escribiendo sobre Moratín, porque se nos revuelve la bilis.


 

Reseña de La más bella del mundo, de Lola Clavero

 

Lola Clavero: La más bella del mundo, Anáfora, Málaga, 2025, 306 págs.


 

 

          Cualquier cosa que Lola Clavero quiera decirnos merece ser leída con el máximo respeto y atención, porque su calidad literaria dora cuanto toca y da lo mismo de qué género sea el libro o el tema que trate: su personalísimo estilo justifica cualquier aventura y le permite el lujo de escribir sobre lo que más le apetece en un momento dado, sin necesidad de tener en consideración otros criterios ajenos al suyo. Clavero no busca la fácil popularidad mediante temas de actualidad sino simplemente escribir y escribir tremendamente bien. Puedo asegurarles que siempre lo consigue. En otros libros suyos como La cabeza a pájaros, Un invierno en el paraíso, Masculino singular o La confesión nefanda del asesino improbable, por citar solo algunos, lo ha demostrado una y otra vez.

          La autora es una gran entusiasta y, a la vez, una voz tremendamente crítica en lo que respecta a la cultura española y, de forma específica, a la andaluza. Varias de sus obras tocan este aspecto. Aquí, en La más bella del mundo, se enfrenta al reto de biografiar con su propio estilo a la ya mítica Amparo Muñoz, primera y única española que ganó el título de Miss Mundo (1974). El libro alterna los datos biográficos fidedignos con elementos de ficción, con ese posibilismo histórico de «no fue exactamente así, pero muy bien pudo serlo». Así se consigue un retrato íntimo de la protagonista y una visión tan triste como certera de la sociedad española desde la Transición hasta los tiempos del movimiento del 15-M.

          Amparo es una joven modesta que se presenta a un certamen (Miss Costa del Sol) y acaba consiguiendo fama internacional y convirtiéndose en poco menos que un icono del  cine y de la vida social de los años setenta. Pero no todo es tan bello como pueda parecer.

La belleza, que podría parecer un pasaporte a la gloria, es también una rémora y un obstáculo para una vida plena y satisfactoria. En un mundo dominado por los hombres, la mujer juega un papel secundario y de obediencia. La presión social impide la libertad personal y la fama viene acompañada por la soledad.

La historia de Amparo —que acabó siendo dramática, con matrimonios fallidos, drogadicción y enfermedad— sirve de pretexto para la elaboración de una crónica de la época, con abundantes referencias a la apertura sociopolítica de España y la evolución de las mentalidades. Pero, además, el libro abunda en la evocación de detalles humanos y emocionales de la protagonista, más allá de su imagen de glamour inútil.

Lola Clavero es la amiga, la confidente y, sobre todo, la testigo y documentalista de esta vida turbulenta que parece un argumento de ficción, una historia de elevación y caída digna de una gran tragedia. Es una lástima que algunas historias reales tengan tan triste final. Al mismo tiempo, es una suerte que sean el origen de libros magníficos, como es este.

 

Prosa maestra

 


Un fragmento inédito del libro de Camilo José Cela Cristo versus Arizona y un trozo del sur de Utah, PARA ILUSTRAR LA TENDENCIA MODERNA DE ESCRIBIR DE FORMA DIFERENTE

  

a ver quién ha sido el bárbaro que ha roto este cristal preguntó la maestra enfadada toda la clase guardó silencio no se oía ni una mosca en las aulas queréis que me enfade insistió más vale que me lo digáis pronto óscar titubeó un poco pero acabó por levantar la mano venga insistió la maestra ha sido víctor que estaba jugando al fútbol con su balón chivato gritó víctor cuando salgamos te las verás conmigo ya basta estáis castigados los dos tú por chivato y tú por bruto estaréis tres días sin recreo me las pagarás óscar dijo víctor por lo bajini

Hamlet, príncipe de Dinamarca

 

 

La historia tiene su inicio

en Elsinor, Dinamarca.

(Ya saben dónde está eso:

en la Europa escandinava,

según se entra a la derecha.

Si no, mírenlo en un mapa).

 

Sus protagonistas son

un príncipe y el fantasma

de su padre, y un tío suyo,

y una reina casquivana

y muchos más personajes

que al autor le dio la gana

de incluir en su tragedia

por una razón muy clara:

en aquella época había

mano de obra muy barata

y, para tener actores,

con dar sólo una patada

en el suelo, salían miles

a hacer lo que hiciera falta.

 

En fin: al príncipe dicen

que su padre, el rey, en bata

se aparece por las noches

y asusta mucho a los guardias.

 

Que si no pone remedio

es muy posible que hagan

una huelga los soldados

del turno de madrugada

o que pidan incrementos

al recibir la soldada

por la peligrosidad

y visionado de ánimas.

 

Resuelto a aclarar el lío

coge Hamlet una manta

—que en enero en ese sitio

se te quedan congeladas

partes de tu anatomía

que no es correcto nombrarlas—,

se toma un té bien caliente

y va a ver qué diablos pasa.

 

La luz está medio pocha,

hay una niebla que espanta.

El padre sale y a Hamlet

casi del susto lo mata.

«Sombra, di por qué de noche

te apareces a las tantas»,

dice el príncipe. Y la sombra

responde, tras una pausa,

con voz que deja entrever

una miajilla de guasa:

«¿Qué voy a querer, estúpido?

Es obvio: quiero venganza,

que es lo que pedir solemos

 

en estos casos las almas.

¿O crees que aparezco así

para pedir ensaimadas

con chocolate, cretino?»

«Muy bien, muy bien. No hace falta

que te pongas tan irónico»,

dice Hamlet. «Venga: habla.

¿Cómo quieres que me vengue?

¿Prefieres la puñalada

tradicional o te gusta

más el cianuro en la Fanta?»

«Me da igual, aunque he pensado

que, envenenando una espada...»

«Lo has quitado de mi boca.

Ese sistema no falla.

Así lo haré, padre. ¡Adiós!»

Y, diciendo esto, se marcha

Hamlet hacia su palacio

a ver si coge la cama,

que de tantas emociones

tiene la espalda baldada.

 

Y entonces la sombra grita:

«¡Espera un poco, ¡caramba!,

que no he dicho todavía

quién ha sido el que me ultraja.»

«¡Es verdad! ¡Qué distraído

que soy! Di, ¿cómo se llama

aquel que debo afiambrar?»

«Pues es tu tío, el muy canalla,

que vertió, aleve, en mi oído

 

un tarro de mermelada

produciéndome la muerte

de una manera instantánea

para así, de esta manera,

convertirse él en monarca,

y quedarse mi corona,

mi cetro y mis cien toallas.

Y, no contento con esto,

se ligó a la suripanta

de tu madre, ¡el muy bandido!»

«Lo que me cuentas me espanta,

padre, y desde este momento

te juro por Santa Eufrasia

—que es patrona de estas tierras

y de un trozo de Finlandia—

que ya no descansaré

hasta darle una somanta

a esa pareja tan vil

y vengarte.» «¡Muchas gracias!»,

dice la sombra, y se esfuma.

 

Hamlet piensa una añagaza,

se finge loco, ama a Ofelia

que se ahoga en una charca,

la madre sospecha cosas,

el tío no entiende nada,

llegan Rosenkrantz y el otro,

se concierta un duelo a espada,

muere hasta el apuntador

y la tragedia se acaba.