El sexo en el siglo XX

El XIX fue el siglo más hipócrita que pueda uno echarse a la cara, todo pudibundez, puritanismo, rubor y candor. Se podía hacer cualquier porquería dentro de las casas, siempre que no trascendiera. El disimulo se convirtió en arte.

          La gazmoñería campó por sus respetos: se les pusieron hojas de parra a las estatuas y ropas a las mascotas (perros, gatos y canarios). Los parlamentos ordenaron la expurgación de muchos libros y se prohibió la lectura de un montón de autores, Shakespeare incluido (y también Daniel Deföe, porque su Robinson iba por la isla medio desnudo), habida cuenta de que habían resultado ser unos terribles corruptores. A las vírgenes estuvo a punto de pedírseles que se sacarán un carnet al efecto para demostrar su estado. Los burgueses iniciaron una nueva cruzada en favor del matrimonio como base moral de la sociedad, pese a que estos enlaces eran siempre de conveniencia. La moral victoriana atacó al vals, porque en él era inevitable que las parejas se tocaran las manos al menos, lo que podía provocar —a decir de muchos puritanos— orgasmos involuntarios en medio de los salones.

          Si una mujer iba al médico con un problema de ovarios, no podía indicar el lugar donde le dolía, sino que tenía que decir algo así como «por debajo de la cintura», con lo que el galeno se apresuraba a mirarle el tobillo, por si se había hecho un esguince.

          Para controlar que nadie sacará los pies del plato (se nos ocurre otro cliché parecido, pero no lo usamos por parecernos de mal gusto), se creó la policía de costumbres o brigada del vicio, cuerpo para el cual «costumbres» y «vicio» eran evidentemente sinónimos. Sus miembros no creían que existieran buenas costumbres.

          De hecho, surgió otra lacra social: las casas de citas, que eran algo así como lugares para la prostitución amateur, algo que el gremio prostituil llevo muy mal. Muchas damas empingorotadas recibían de buena mañana una carta o un «continental»[1] y aportaban para aquellos antros para verse con sus amantes o amantas, que de todo había. Los maridos creían que se habían ido a hacer shopping y que tardaban más de lo habitual, por lo que no se extrañaban ni lo más mínimo.

          Por su parte, el mundo profesionalizado fue haciéndose más y más sofisticado. En las casas de libertinaje había un «menú» de vírgenes, viudas, rellenitas, exóticas, menores y más variedades de carne fresca que en la carnicería o charcutería de la esquina. A las rameras se les obligaba a lavarse a menudo con estropajo y jabón «Lagarto» o la marca equivalente según su país y la policía las sometía a controles y palpaciones esporádicas. Tenían que pagar también sus buenos impuestos y tener al día su cartilla con fotografía y todos los sellos administrativos imaginables. Pese a ello, su labor seguirá siendo ilegal y si pillaban a alguna en horas laborables, le caía un buen castigo, aunque no así al acompañante; era la doble moral de la que hemos hablado antes.

          Los proxenetas prosperaron asimismo y aquel «nuevo oficio» (aunque no era tan nuevo) se hizo más apetecible entre las clases trabajadoras que el de carpintero, albañil o fresador, por poner algunos ejemplos.

          Este ten con ten con la prostitución no fue regular. De pronto las esposas de los ministros sufrían un ataque de moralitis aguda y el gobierno efectuaba entonces una «caza de prostitutas» implacable. Las detenía y sin juicio ni gaitas escocesas las deportaba a lejanas colonias.

          Las mancebías, por ello, no eran seguras, por lo que muchas emprendedoras decidieron independizarse y trabajar por su cuenta. Estas fueron las llamadas «leonas», que vivían en el entorno de los teatros y que, como su apodo indica, se peinaban poco.

          Otro aspecto de la pudibundez afectó a las artes autoeróticas, denominadas onanismo y también... (no lo vamos a decir).

          Según se inculcaba en la juventud, los autotocamientos conducían a la ceguera, a la muerte, a la locura, a la idiotez y a la impotencia en ese orden. Aquello era un vicio horrendo (sobre todo en los hombres; con las mujeres hubo más manga ancha, lo que llevó un siglo después a la costumbre de que no se viese mal que dos chicas fueran juntas a los lavabos en cualquier sitio público). Tan grave parecía la cosa en el caso de los varones que se fabricaron para los muchachos recalcitrantes unas jaulas especiales en las que el miembro quedaba aprisionado y en la que un timbre avisaba de cualquier erección voluntaria o involuntaria.

          No faltaron médicos que aseguraron que el autoerotismo no era un «vicio» humano, puesto que estaba comprobado científicamente que los ciervos, los carneros, los monos y hasta los elefantes se masturbaban. La reacción de los demás mor(t)ales no se hizo esperar: elevaron un escrito a las autoridades municipales de sus ciudades para que no se exhibieran estos animales en los parques zoológicos, para evitar cualquier contemplación ocasional de esta actividad «tan natural». La comunidad científica dijo que el autoerotismo era, de alguna manera, inevitable, ya que el ser humano estaba expuesto involuntariamente a sueños voluptuosos. Las ligas morales indicaron entonces que debería prohibirse dormir.

          Las creencias en las nefastas consecuencias del onanismo se las había inventado un buhonero charlatán del siglo XVIII que escribió un opúsculo llamado Onania y que vendía un tónico para desacostumbrar a los «viciosos» de este hábito. Los médicos, empero, insistían en que el onanismo no tenía los malos efectos que se le achacaban, causaba menos cansancio que las relaciones sexuales completas y hasta fortalecía el sistema inmunológico y prevenía las enfermedades de la próstata. Pero nadie hizo caso de los médicos, porque las asociaciones de mujeres morales siempre han sabido mucho más que nadie de estas cosas.

          Los científicos comenzaron entonces a meter baza en esto del sexo (antes siempre habían sido el colectivo menos participativo) y la sexualidad se convirtió en asunto de debate en círculos más elegantes que antaño. El pastor anglicano Thomas Malthus (1766-1834), viendo cómo sus congéneres se dedicaban de lleno y con entusiasmo creciente a las actividades reproductivas —por así llamarlas—, apuntó que los humanos aumentan su número más aprisa que los recursos y que un día u otro habría que reducir la población por medios que de seguro no serían agradables. Como solución, propuso el matrimonio tardío y la continencia absoluta, aparte de sugerir a las mujeres el uso de la conocida excusa del dolor de cabeza. Fue entonces cuando se comenzaron a reevaluar los métodos anticonceptivos y se «redescubrió» la fecundabilidad temporal, algo que Sorano de Éfeso —el gran ginecólogo de la Antigüedad— ya había utilizado muchos siglos antes en la antigua Roma (que entonces no era antigua, sino que estaba bastante nuevecita).

          Malthus tuvo otra idea genial, corolario de la de la continencia absoluta: si el género humano no tenía relaciones sexuales, tampoco se contagiaría de las malditas enfermedades venéreas[2]. En efecto: las enfermedades sexuales seguían causando estragos. La sífilis y la blenorragia no se empezarían a curar con éxito hasta inicios del siglo XX, por lo que no hablaremos de ellas aquí, pues aún no les toca salir.

          La idea romántica de que el amor era lo más importante de todo en la vida pero que más que placeres provocaba dolores y tristezas sirvió como punto de partida para que cuajara el yogur del masoquismo, una nueva perversión sexual que se puso muy de moda en aquel siglo lleno de suicidas y quejicas.

          La poesía, el teatro, los folletines, todo rezumaba sangre, lágrimas y penas sin cuento, por lo que a nadie le extrañó que el sufrimiento se convirtiera en un nuevo elemento sexiamoroso. Leopold de Sacher-Masoch (1836-1895) fue un aberrante autor de aberrantes novelas en las que abundaban las escenas degradantes, humillaciones sexuales y los adverbios acabados en «-mente».

          Esta contrapartida del sadismo consistía en asociar el goce sexual al dolor físico, pues no se podía ser buen amante sin sufrir. Si tu amada (o amado o amadi) te azotaba con un látigo con púas, tu libido se exacerbaba. Si te pegaba con un palo en la cabeza, tú te dabas con un canto en los dientes (de pura satisfacción). Estas prácticas resultaban un poco ridículas. Cuando eras pequeño y una mujer de mediana edad (tu maestra) te pegaba, llorabas; ahora estabas dispuesto a pagar cantidades exorbitantes de dinero porque te maltratara una mujer de mediana edad. ¡Incongruencias de la vida!

          Como fuere, el masoquismo tuvo su momento y llegó a incluir actos verdaderamente repugnantes, como el lamido de ceniceros, la coprofagia (o deglución excreméntica), la necrofilia (solo al alcance de los enterradores y de los estudiantes de Medicina que se quedaban en el hospital después de las clases) o la lectura de los libros de autoayuda de Paulo Coelho.

          El estudio de la homosexualidad como anomalía también produjo ríos y lagunas de tinta. Karl-Heinrich Ulrichs (1825-1895) estudió sistemáticamente el asunto por primera vez allá por el 1862. Se habló de «inversión sexual» (que no es hacer el sexo cabeza abajo, como se detalla en el Kama sutra), de «desviación sexual» (que no es irte un rato a una mancebía cuando vas de camino a la oficina) y, finalmente, de homosexualismo, término que no apareció hasta 1869 (no sabíamos dónde había estado metido antes).

          Se usaron entonces otras palabras como ‘sodomita’, de referencia bíblica (aunque no sabemos qué hacían en Gomorra), ‘uranista’ (se ignora en realidad mucho sobre ese planeta, por lo que nos parece un término poco preciso), ‘urningo’ (esto lo inventó Ulrichs y no sabemos lo que significa ni de qué raíz viene) y otros vocablos más suaves, siempre que no se empleen en el aumentativo. El médico berlinés Magnus Hirschfeld (1868-1935) quiso popularizar para la homosexualidad el término de «tercer sexo», bastante respetuoso, y pidió la protección legal de los homosexuales, pero no consiguió ni lo uno ni lo otro.

          Los estudios sobre el tema llegaron a dos conceptos nuevos: el de bisexualismo (la posibilidad de que te agrade el solomillo sin que dejen de gustarte los salmonetes) y el intersexualismo (que tengas fases; o sea: que tu gusto en materia de cama oscile entre uno y otro sexo según el año en que te pille y el lugar en donde te encuentres). Por ejemplo, si pasas meses en un barco, años en la cárcel o toda tu vida en un convento es muy probable que tus gustos sexuales se vean determinados por el medio más que por la genética.

          Se habló también del ambisexualismo, la idea de que con el tiempo todos seríamos bisexuales, noción basada en el concepto del hermafroditismo. El doctor J. Rutgers preconizó esta teoría y vaticinó que en unos siglos los dos sexos se igualarían, aumentarían los senos de los hombres y los bigotes de las mujeres. Finalmente, en las civilizaciones superiores, los homosexuales serían más y acabaría por imponerse al resto por la teoría de la supremacía del más adaptable. Se han escrito algunas novelas de terror con esta premisa.

          Fue en este siglo cuando el gran Sigmund Freud (1856-1939) comenzó a meter las narices en los traumas eróticos infantiles y a culparlos de todos los males de los hombres adultos. No seremos nosotros los que hablemos mal de Freud, porque Freud nunca habló mal de nosotros (que sepamos). Así es que le otorgaremos valor a sus descubrimientos, que se vieron complementados con los de sus seguidores. Por ello, son muy corrientes para el hombre actual nociones como la del «complejo de Edipo», el «complejo de Electra» y el «complejo de Eritipómenes», menos conocido pero también necesario para entender algo de los vericuetos siempre misteriosos del alma humana.

          Y para acabar este siglo (antes de que el siglo acabe con nosotros) con una nota optimista y un tanto humorística, haremos alusión a los mormones, la secta denominada «Iglesia de los Santos del Postrer Día» (o del postre del día, según otra traducción). La fundó en 1827 Joseph Smith (1805-1844), que parece uno de esos nombres ficticios que das en las recepciones de los moteles cuando vas con una chica para que nadie sepa quién eres.

Según Smith, ellos eran los descendientes de las diez tribus de Israel desaparecidas. ¿Qué tenía esto que ver con el hecho de que sus acólitos pudieran tener varias mujeres? Nunca se ha sabido, pero así es. Brigham Young (1801-1877), sucesor de Smith, tuvo diecisiete mujeres y cincuenta y dos hijos, para bautizar a los cuales tuvo que utilizar todos los nombres que aparecen en la Biblia. (Para los nombres de los nietos tuvo que recurrir a Las aventuras de Tom Sawyer y a la guía telefónica del Estado de Utah.)

Parece ser que los mormones creían de buena fe que Moisés fue polígamo y usaron este dudoso dato como justificación. Excusamos decir que en esta comunidad no se conocía la prostitución, básicamente porque sus miembros varones no disponían de mucho tiempo libre.



[1] Los telegramas decimonónicos.

[2] Argumento equivalente para decir que si dejáramos absolutamente de comer durante el resto de toda nuestra vida, acabaríamos muriéndonos igualmente, sí, pero nunca de una indigestión.

La era de la fusión

 


Dicen que estamos en la era de la fusión.

Y, como nuestros prejuicios nos impiden fusionar culturas y hacer de una vez por todas un saludable mestizaje, fusionamos otras cosas para parecer modernos.

Por ejemplo, las artes.

Hablando de fusiones (y no me refiero a los holdings que controlan el mundo) hay que recordar que no son fáciles de hacer. La primera que se intentó, entre la música clásica y la carpintería, todos saben qué resultados produjo: artistas que, en vez de tocar el violín, tocaban el serrucho, lo cual indudablemente tiene mucho mérito, pero que es algo que, pese a ser muy difícil, suena horroroso, para qué nos vamos a engañar.

Fusionar una música con otra es más resultón y yo, en principio, lo apoyo. Queda luego por determinar qué variedades son más resultonamente fusionables y cuál es el destino que les espera al rock-flamenco, al bossanova-jazz, al jota-country, al vals-chacarera, al tango-seguidilla, a la sardana-milonga o al gregoriano-chachachá.

Cuando se mezclan varias artes, la cosa es más complicada. Bien es verdad que Rafael Alberti pintó muy bonitamente sus poemas, con letras de diseño. Manuel Machado escribió bellos sonetos inspirados en cuadros. Hay otros ejemplos.

Pero también existen imposibilidades que es mejor no explorar. Me temo, sin embargo, que todo lo hacible se hará y artistas en búsqueda de originalidad a toda costa, igual que representan cuentos, bailarán cuadros, pintarán sonatas, recitarán vidrieras, filmarán cornucopias, declamarán objetos decorativos, interpretarán arcos de medio punto, tallarán chistes, cantarán bodegones, dibujarán óperas y edificarán minués. Todo eso llegará.

En cuanto al teatro, que es lo que mejor conozco, será por ser excesivamente tradicional, pero no aplaudo a esas compañías «transgresoras» que actúan poco y emplean otros recursos para llenar el tiempo de sus espectáculos. Tampoco aplaudo a quienes, en lugar de actuar, te cobran por ponerte vídeos, prender fuegos artificiales o darte bocadillos de mortadela en medio de la función. Mucho menos aplaudo que se haga intervenir a los espectadores. Todo ello me parecen recursos de relleno en el mejor de los casos o para que el público no se vaya.

Indudablemente, si ves una obra buena, al día siguiente puede que lo comentes con los compañeros de oficina o puede que no. Si te hacen subir al escenario o si te regalan un bocadillo, de seguro que lo recordarás y contarás. Es publicidad para necios.

Lamentablemente, muchas de estas compañías de teatro han renunciado a los dones de Talía y a la bendición de San Ginés, patrón de comediantes; se limitan a usar ese foro para lucir sus habilidades de tragasables, comedores de fuego, zancudos o nudistas. Son los actores-ensalada, como yo los llamo, puesto que a algunos se les tiran tomates de manera organizada y otros se revuelcan en aceite.

Pero son tímidos y cobardes en su transgresión.

Si lo que quieren es ser distintos y famosos sobre un escenario, sin tener que actuar, yo propongo a esas compañías y como complemento a sus espectáculos, que se pele al cero a los espectadores que tosan demasiado y que al que le suene el teléfono en medio de la función se le embree y emplume colectiva y lúdicamente.

Ninguno de los asistentes olvidará nunca esas veladas.

Romance de Gerineldo

 

 

Hubo un tipo en la Edad Media

que se llamó Gerineldo,

y se ligó a una princesa

que estaba buena, cual queso,

pero que acabó muy mal,

pues el rey cogió un mosqueo

de aúpa y, con un mandoble,

mandobló y le cortó el cuello.

Aunque esta bonita historia

se encuentran el Romancero,

como imagino que nadie

la ha leído, yo la cuento

y así se ahorra el lector

leerla él y perder tiempo.

 

En un reino pequeñito

—porque no todos los reinos

eran grandes: los había

de muy pocos «kilométros»—,

con contrato indefinido

trabajaba de copero

Gerineldo (aunque también

almohazaba a los jamelgos

e incluso hacía horas extra

dándole cera a los suelos,

que los dejaba lustrosos

como si fueran espejos,

porque en asuntos de frote

el joven era un experto).

 

Pues un día, la princesa,

aburrida en su aposento

y con ganas de... (ya ustedes

se imaginan lo que quiero

decirles); pues bien, la chica

vio que era bastante apuesto

el criado: que era sólido,

recio, con un esqueleto

ancho (parecía un armario

ropero de cuatro cuerpos)

y que tenía tabletas

de chocolate en el pecho,

y se le antojó probarlo

por comprobar si, en efecto,

tan fuerte cual lo de fuera

era duro lo de dentro.

 

Cual quien no quiere la cosa,

se puso un jubón estrecho

con un escote que era

más enorme que el océano

Pacífico y que enseñaba

mucho más que cien maestros,

y en un lugar solitario

y oscuro salió a su encuentro,

diciéndole, coquetona:

«Mi pulido camarero:

como a mi servicio estás,

que me sirvas mucho quiero».

«Y yo, ¿para qué le sirvo?»,

quiso saber el mancebo.

«Cuando vengas a mi alcoba

esta noche, te lo muestro).

 

Gerineldo queda pati-

difuso al escuchar esto.

Pero como cuando pasan

rábanos, hay que comerlos,

no quiere desperdiciar

esta ocasión de himeneo

sin pasar por vicaría,

lo que es regalo del cielo

y cosa poco frecuente

en el planeta tercero.

 

Esa noche se prepara:

se baña, se lava el pelo,

se da acondicionador

y crema (que es algo metro-

sexual), estrena calzas,

viste calzado de cuero

porque no se oigan sus pasos

y un jubón de ciertopelo,

y así vestido, hecho un brazo

de mar (sí: del mar Tirreno,

que esta acción pasa en Italia),

se mete en el aposento,

se mete en un gran peligro

y mete lo que podemos

imaginar, sin que haga

falta mencionar el miembro.

 

Pero hete aquí que el monarca

se ha cenado unos pimientos

que no le han sentado bien,

por lo que no coge el sueño,

sale del cuarto, pasea,

oye ruido y cuchicheos

y el rechinar de unos muelles

con un ritmo muy concreto.

(El lector sabe que este

anacronismo que meto

es por mejorar la historia,

que el colchón en el Medievo

no usaba muelles, que aún

no se había hecho este invento).

 

En fin: el monarca encuentra

dormidos a ella y al ello,

tras de consumar las cópulas,

consumidos del esfuerzo.

Como el rey es muy dramático,

al tiempo que muy teatrero,

en vez de atizarles fuerte

con su espadón allí mesmo,

lo deja en medio de ambos

y se va de allí en silencio,

para que, cuando despierten,

les dé una angina de pecho.

 

A la mañana siguiente

—que era un cuatro de febrero

(el Día Mundial contra el Cáncer)—,

un crudo día de invierno

que había nevado y hacía

siete grados bajo cero,

Gerineldo va su estancia

de regreso, con más miedo

que vergüenza, porque ha visto

la real espada en el lecho.

De puntillas y descalzo

vuelve a su cuarto muy quedo,

pero sale el rey de pronto

y le da un susto tremendo.

«Gerineldo, ¿de do vienes

tan temprano, que hace fresco

y cogerás un catarro

que te estarás mes y medio

en la cama con cuarenta

de fiebre y grande moqueo?».

«Del jardín vengo, señor».

«¿Del jardín? ¿Por qué?». «Pues... esto...

Bajé a coger unas flores...».

«¿Cómo?» «Para vuestro almuerzo».

«Pero yo no como flores»,

dice con recochineo

el rey. «Son para adornar

la mesa». «Perfecto, pero,

si bajaste a coger flores,

¿dónde están, que no las veo?»

«No había flores». «¿No había flores

en el jardín? No lo creo».

«Lo que digo es la verdad,

¡oh, mi rey!: os lo prometo.

A causa de la nevada,

todas las flores han muerto».

«¿Y has ido al jardín descalzo

a caminar sobre el hielo?»

«Es que he hecho la promesa

al bendito San Marcelo

si me ayuda a que me toque

la lotería del reino,

a ir descalzo a todas partes

por muy frío que esté el suelo».

«¿Y desde cuándo mantienes

ese voto?» «Un año entero

hace que lo cumplo». «¿Y llevas

siempre, por lo que estoy viendo,

los zapatos en la mano,

aunque no pienses ponértelos?»

 

El rey durante dos horas

de interrogatorio intenso

disfruta como un enano

con el gran padecimiento

del criado metedor.

Pero, cansado del juego

de para el ratón ser gato

y para el gato ser perro,

dice que lo sabe todo

y no le ha gustado un pelo.

«Gerineldo, ¡mientes más

que un líder en Congreso!

Sé que te has beneficiado

a la Infanta, muy benéfico,

y por lo bien que dormíais,

sé que tuviste un gran éxito.

No me lo ha chivado nadie,

porque lo he visto con estos

ojos y, como testigo,

he puesto mi espada en medio

de los dos, porque veáis

que yo estuve allí. Por cierto:

he de volver a cogerla

sin falta, aunque lo haré luego,

pues con esa misma espada

he de cortarte el pescuezo».

 

Gerineldo se resigna

a ir de excursión al infierno,

porque lo que manda el rey

fuerza es obedecerlo.

«Tengo una última pregunta»,

dice el monarca, muy serio.

«Dispare su majestad»,

dice, compungido, el reo.

«¿Qué tal estuvo? ¿Te hallas

arrepentido de hacerlo

o, piensas, por el contrario,

que vuestro multisobeo

seguido por hipercópulas,

pluriorgasmo y megasexo

te merecieron la pena,

aunque hayas de morir luego?»

Lo que responde el criado

suena muy filosofero:

«Las cosas buenas no duran;

los goces del universo

tal como vienen se van

y te dejan descontento.

La Infanta está suculenta

de comer si estás hambriento;

pero tras darle al manjar

cuatro bocados y un tiento,

dos pellizcos y un lamido,

te quedas saciado y lleno

y no querrías repetir

aunque te dieran un premio.

El amor carnal es cosa

que solo dura un momento

y que se acaba enseguida.

Buscarlo es cosa de necios

y quien muere por probarlo

es un cretino completo».

 

«Si la vida te perdono,

dime: ¿volverías a hacerlo?»,

pregunta el rey. Y contesta

el otro: «¡Qué va! Pues veo

que el placer es cosa mala,

que te mete en un aprieto;

por lo que, si no me matas,

yo te juro que me meto

sin perder ni un solo instante

de cabeza en un convento

para ser fraile trapense,

con lo que pasaré el resto

de mi vida dedicado

a monje chocolatero».