Entrevista galludjardiélica a José Rubies

  


 ¿QUÉ ANIMAL TE GUSTA MÁS?

 Ava Gardner Durante muchos años fue considerada el animal mas bello del mundo…

 

¿QUÉ FILÓSOFO TE GUSTA MENOS?

Paulo Coelho; no sé cómo escribirá, pero como filósofo de Internet es un poco cursi y pedante.

 

¿DE QUÉ TE DISFRAZARÍAS EN CARNAVALES SI ESTUVIERAS SEGURO DE QUE NADIE TE IBA A RECONOCER?

De Darth Vader.

 

¿CON QUÉ DOS ADJETIVOS —UNO ELOGIOSO Y OTRO DENIGRANTE— TE DEFINIRÍAS?

Elogioso: no se me ocurre ninguno; denigrante: se me ocurren demasiados.

 

¿DE QUÉ GRAN LIBRO INMORTAL HAS TIRADO ALGUNA VEZ UN EJEMPLAR A LA BASURA?

 Cien años de soledad.

 

¿CUÁL ES TU REY ESPAÑOL PREFERIDO? JUSTIFICA TU RESPUESTA, SI ELLO ES POSIBLE.

Felipe IV, porque ese señor tenía a su disposición a uno de los mejores pintores de la historia: Velázquez

 

¿QUÉ NOMBRE LE PONDRÍAS A TU ORNITORRINCO SI UN AMIGO TUYO TE REGALARA UNO POR TU CUMPLEAÑOS?

«Federico».

 

¿QUÉ HARÍAS SI EN EL MOMENTO DE TU MUERTE TE OBLIGASEN A CANTAR UNA ROMANZA DE ZARZUELA?

 Posiblemente me moriría de la vergüenza.

 

¿QUÉ INVENTO CONSIDERAS QUE HA SIDO EL MÁS PROVECHOSO PARA LA HUMANIDAD?

El abridor de los botellines de cerveza.

 

¿SOBRE LAS HECHOS DE QUÉ PERSONAJE HISTÓRICO CREES QUE SE HAN CONTADO MÁS MENTIRAS?

 No lo tengo claro, pero Creo que estaría entre Casanova y don Juan Tenorio.

 

¿PUEDES CONTRIBUIR A ENRIQUECER LA LENGUA ESPAÑOLA CREANDO AQUÍ MISMO UN NEOLOGISMO ÚTIL?

 ‘Bomba de humo’, también llamada despedida a la francesa.

 

¿A QUÉ PERSONAJE POLÍTICO LE DARÍAS UN CAPÓN SI TE LO ENCONTRARAS POR LA CALLE Y POR QUÉ?

A Cristóbal Montoro; es un personaje que siempre me ha caído mal. Es el Drácula de los impuestos, siempre dispuesto a sacarte hasta el último euro.

 

¿DE QUÉ HABILIDAD COMÚN CARECES SIN QUE TE DÉ VERGÜENZA RECONOCERLO?

 Montar en bicicleta.

 

¿QUÉ OBRA DE ARTE MUNDIALMENTE ADMIRADA TE PARECE LA MÁS HORROROSA DE TODAS?

 Cualquier cuadro de Miró.

 

¿QUÉ INGREDIENTES MEZCLARÍAS POR PRIMERA VEZ SI TUVIERAS QUE INVENTAR UN PLATO DE NOUVELLE CUISINE?

 Siempre he querido mezclar Nocilla con anchoas.

 

¿CUÁL ES TU FAMOSO TELEVISIVO PREFERIDO Y POR QUÉ?

 Valentina de «Los Chiripitifláuticos», mi primer amor platónico.

 

¿QUÉ CANCIÓN EMPLEARÍAS PARA HACER SUFRIR A TUS VÍCTIMAS SI FUESES UN TORTURADOR PROFESIONAL?

 Cualquier canción de reguetón, eso sí, en eterno bucle.

 

¿CUÁL ES TU MÉTODO PERSONAL PARA SEDUCIR A LAS MUJERES, A LOS HOMBRES O A LO QUE SEA QUE SEDUZCAS?

Lamentablemente, todavía no se ha dado la ocasión de poner en práctica mis dotes de seducción.

 

¿CÓMO DEFINIRÍAS EL HUMOR?

 La cualidad que nos diferencia de algunos animales.

 

¿QUÉ QUIERES SER EN TU PRÓXIMA VIDA?

Sinceramente, no lo sé; quizá alguien alto.

Manuel Galiana

 


          Yo siempre he estado convencido de que los grandes hombres no lo son a ratos, sino a todas horas y en todos los detalles. Por eso resulta tan deprimente encontrarte con ídolos tuyos que acaban teniendo los pies de barro y tan reafirmante hallar otros que responden a lo que imaginabas de ellos.

          Manuel Galiana fue de toda la vida uno de mis ídolos escénicos, desde aquellos días del añorado «Estudio 1» en el que gigantes de la actuación como José María Rodero, José Bódalo, Carlos Lemos, Fernando Delgado, Manuel Dicenta y otros de su talla se te metían en el salón de tu casa los viernes por la noche, como la cosa más normal del mundo, y todo el mundo veía teatro (porque no había otro canal que ese y el UHF, pero el caso es que lo veían).

          Hubo una generación de galanes jóvenes que se forjaron allí. En mi opinión, algunos fueron regularcillos al principio y fueron mejorando con los años hasta convertirse en grandes actores (Juan Diego, Paco Rabal, Jaime Blanch, Pedro Mari Sánchez); otros eran flojillos… y siguieron siéndolo siempre (Carlos Larrañaga, Francisco Valladares). Para mí, Manuel Galiana fue genial desde el principio, desde muy jovencito. Nunca olvidaré su interpretación de Escipión en Calígula, de Albert Camus, donde se enfrentaba a la inmensa personalidad escénica de Rodero (que hacía en aquella obra una de sus grandes creaciones), manteniendo con él un «duelo actoral» (como se dice ahora) en el que Galiana no quedaba en absoluto por debajo de su adversario.

Mi prolongada estancia de muchos años en el extranjero me impidió seguir su carrera como yo habría deseado, pero aun así tuve ocasión de ver en el Teatro Español otras dos de sus magníficas interpretaciones: en el complicado papel de Cyrano de Bergerac, de Edmund Rostand, y en el no menos difícil protagonista de El caballero de las espuelas de oro, de Alejandro Casona, pues encarnaba en este último drama la figura de Francisco de Quevedo.

Debido a esta admiración, me sentí muy cohibido cuando me puse en contacto con él para invitarle a que participara en un informalísimo homenaje que organizo todos los años junto a la tumba de Jardiel, titulado «Ven a reírte al cementerio» y en el que personas de la profesión teatral nos reunimos para recordar al maestro del humor y nos lanzamos unos a otros discursos a la cabeza, tras leer varios de sus textos cómicos y reírnos un rato a costa de los críticos que en su momento aconsejaron a Jardiel que dejase la literatura e hiciese oposiciones al Catastro, porque para escribir no servía.

Galiana aceptó graciosamente y, pese a ser el invitado de honor, se mostró en extremo modesto y acomodaticio. Insistió en que fuera yo quien eligiera el fragmento que debía leer y lo ensayó cuidadosamente. Al final del acto y como colofón del mismo, recitó el poema jardielesco Cuentos y chismes del oficio, en el que se hace una divertida descripción del caos que se origina en una compañía teatral en vísperas de un estreno. La elocución del verso que hizo don Manuel fue perfecta.

Durante todo el acto (totalmente informal como ya he dicho y carente en absoluto de cualquier tipo de infraestructura o presupuesto) estuvo simpatíquisimo y amabilísimo con muchos actores jóvenes que se reunieron allí. No se quejó de nada: ni de la falta de escenario o micrófono, ni del calor del mediodía de aquel día de mayo, ni de tener que sentarse en una tumba para escuchar a los demás, ni de tener que esperar las dos horas que duró la juerga antes de intervenir (como sí hizo otro año Emilio Gutiérrez Caba, que estuvo a punto de abandonar el acto a mitad «porque tardaba mucho en llegarle el turno de hablar» (sic), ya que yo había programado su intervención como gran final, en deferencia a su rango en la profesión). Con la mejor disposición, Galiana recitó su verso a voz en grito para que todos le escucharan, subido en una piedra y con el mejor humor.

Ese es el tipo de actores que le gustaban a Jardiel.

Conversamos luego y me transmitió la impresión de una persona bonísima y extremadamente tímida.

Le agradezco desde aquí su participación en el homenaje a mi abuelo y me reitero en mi opinión primera sobre la coherencia de los grandes artistas.

Reseña de «Diario de un presunto suicida», de Jorge Rodríguez Rueda

 


Jorge Rodríguez Rueda: Diario de un presunto suicida, Rosetta, Murcia, 2016, 258 págs.

           De las dos únicas cosas seguras en este mundo, Jorge Rodríguez elige la muerte como eje central de su narrativa, porque una novela sobre alguien que paga o no paga impuestos no sería muy atractiva. Pero la muerte —propia o ajena— sí lo es y el autor sabe perfectamente cómo sacarle el jugo a tan suculento tema. Una vez que el protagonista decide suicidarse a plazo fijo, todas las cosas y todas las personas que le van a acompañar en esos días postreros cobran un valor añadido, resplandecen y se muestran mucho más intensas que antes.

          La nueva perspectiva vital del protagonista le lleva a considerar el anverso de prácticamente todo. Cuando se sabe que la vida es más efímera que antes, se intensifica el elemento humano. Y no solo eso: el futuro suicida aprovecha la libertad inherente a la poca duración de la responsabilidad para opinar ácidamente en su diario sobre mil y un aspectos de la vida cotidiana y para poner en solfa los defectos del mundo en el que vive él, que es el mismo en el que vivimos nosotros.

          Y el interés está servido, porque la realidad es la gran inventora de argumentos. Ya en un epígrafe el autor nos advierte que cualquier parecido con la realidad no es en absoluto coincidencia. También se desresponsabiliza de la conducta de sus personajes. Si la vida es dura, él no tiene la culpa por haberla contado.

          Así es que estamos ante una variante muy original de la novela negra, porque vivimos desgraciadamente en un mundo bastante negro donde abundan los comportamientos violentos y desequilibrados. Pero es una novela negra salpicada de humor sutil, con un hábil uso de los paréntesis para insertar subtexto y comentarios irónicos sobre la realidad con la que el protagonista se topa. Un ejemplo: en medio de su encuentro con una atractiva prostituta, el personaje se pregunta si el piso es alquilado y, en ese caso, cuanto pagaría la chica al mes y cuánto le quedaría de beneficios. Y usa sabiamente el recurso del cambio de nivel cuando, para indicarnos que un personaje es feo, utiliza un ingenioso litote: «No era Tom Cruise, desde luego; ni siquiera Arturo Fernández». No es infrecuente tampoco que el narrador nos relate algo serio e inmediatamente cambie de perspectiva y nos presente otra visión completamente distinta del hecho descrito.

          La construcción es perfecta. El autor sabe hacer que leyendo un párrafo nos queramos enterar de lo que habrá en el siguiente y luego no nos defrauda. Separa con buen oficio los diferentes contenidos argumentales y muchas veces emplea algunos capítulos cortos para filosofar, a la manera en la que funcionaban los sonetos en los soliloquios del teatro barroco.

          Otras virtudes de su estilo son la naturalidad; saber evitar el error de literaturizar el detalle inútil, pues cada frase es necesaria y efectiva; no querer deslumbrarnos con un estilo rebuscado y alambicado cuando la historia pide ritmo ágil y claridad; la complejidad psicológica del personaje protagonista; el equilibrio entre diálogo, descripción y diálogo interno del personaje, y también la coherencia de la voz narrativa, que nos ayuda a meternos en el mundo de un personaje que a priori no nos gusta, pero que nos atrapa con sus vivencias y sus reflexiones de manera que queremos saber más y más de él. Resumiendo: al acabar el libro, el lector desearía que hubiera una segunda parte.

Romeo y Julieta

 


Capuletos y Montescos,

dos familias en vendetta

de la ciudad de Verona,

famosa por sus paellas.

En una nace Romeo,

en otra nace Julieta.

¿Quién nace en dónde? No sé,

pero no hace diferencia.

¿Tan antigua enemistad

cuándo empezó? No se acuerda

nadie, ni falta que hace.

El caso es que si se encuentran

ambos bandos por la calle

hay cadáveres a espuertas,

por lo que no tiene paro

el gremio de plañideras.

 

El destino, caprichoso,

hace una vil jugarreta

y el cretino de Romeo

va a emborracharse a una fiesta

y se enamora a lo bruto

de una doncella coqueta.

Ella, entonces, al muchacho

al principio no le encuentra

especialmente atractivo,

porque él, por una apuesta

se ha presentado en la casa

disfrazado de hamburguesa

y, tras echarse dos bailes,

le ha dejado todas llenas

de ketchup sus vestiduras

hechas de brocado y seda.

Pero luego, entre los dos

saltan dos chispas eléctricas,

él va y se salta la valla

del jardín a la torera,

y ella se salta el decoro

y se vuelve pizpireta,

y él salta de la alegría,

y luego salta sobre ella,

y a nosotros nos asalta

enseguida la sospecha

de que en el primer asalto

de aquella amorosa guerra

ambos han quedado K.O.

y chafado las apuestas.

 

A partir de este momento

el amor de la pareja

es ardiente como el fuego,

dulce como una galleta,

resistente como el hierro,

monumental como Lérida,

es honesto cual novicia,

serio como una abadesa,

poderoso cual tornado

y embriagador cual taberna.

Un tal fray Lorenzo casa

en secreto a la pareja

que se ahorra de esta forma

listas de boda y tarjetas.

 

Pero Romeo, un buen día

que se halla comprando setas

en el mercado con ánimo

de hacerlas a la cazuela,

tiene un mal encontronazo

con un sujeto que apesta,

con Teobaldo, que es un primo...

que es un primo de Julieta.

Se mira, se reconocen,

Teobaldo saca la lengua

y le hace burla a Romeo,

que enseguida se cabrea

y le insulta: «¡Vil! ¡Tontaina!»

El otro le abofetea.

Ambos se escupen. Romeo

coge y le tira una berza

que había allí mismo a Teobaldo

dándole entre ceja y ceja.

Su enemigo, con un rábano...

(Mas fue muy larga pelea

y no he de contarla toda,

señores, que el tiempo apremia.)

El caso que es va y lo mata

y el príncipe le destierra

y Romeo se va a Mantua

sin casi hacer la maleta.

 

A Julieta se le ocurre

la estratagema perfecta.

Fingirá su propio óbito

con pócima farmacéutica,

engañará a su familia,

que creerá que está bien muerta,

y escapará con su amado

sin que nadie se dé cuenta.

Mas Romeo ha de saber

que es tan sólo una pamema

su defunción, y una carta

le envía por la estafeta.

(No sé si es así la historia

o es el fray o una alcahueta

quien lo tiene que decir.

Mejor será que me lea

el cuento antes de narrarles

el final de la tragedia.

O mejor: me salto un cacho

y así el problema se arregla.)

 

Él cree fiambre a su amada

y, el muy copión, se envenena.

Cuando Julieta después

se despierta y despereza

y contempla hecho piltrafa

al que antaño fue guaperas,

se atiza con un puñal

entre la quinta y la sexta

con fuerza tal que el temblor

hace olas en Venecia.

 

Esta historia nauseabunda

de italianos majaretas

no gusta a nadie al principio,

nadie a nadie se la cuenta,

hasta que llega un inglés

(que está muy falto de ideas

y tiene que robar muchas

para escribir sus comedias)

y va y la pone de moda

en la corte elisabeta.

Desde entonces y debido

a que los necios respetan

cualquiera majadería

si viene de Angalaterra,

esta historia es conocida

de Vladivostok a Huelva,

Verona es más visitada

que el Monasterio de Piedra,

Romeo se hace más famoso

que el Minotauro de Creta

y Shakespeare gana más pasta

que Camilo José Cela.