Vamos a
contar aquí
la muerte de
Julio César,
que no
falleció de anginas
ni de fiebre
tifoidea,
sino de unas
puñaladas
dadas con
mano certera,
repartidas
sabiamente
entre el
cuello y las caderas,
entre un
costado y el otro,
entre el bazo
y la azotea.
La cosa
comenzó el día
que dijo la
frase esa
que se sabe
todo el mundo;
ya saben cuál
digo: «Alea
jacta est», lo que equivale
a decir que
no hay más cera
que la que
arde y que la Historia
le obligaba,
puñetera,
a dar un
golpe de estado,
a liarse a la
cabeza
la manta y
cruzar el río
Rubicón, que
entonces era
(como dicen
los imbéciles)
una «zona de
no-guerra».
Como fuere:
fue y lo hizo.
Y toda la
patulea
de Roma le
aclamó mucho,
bendijeron a
su abuela,
le sepultaron
en flores,
dieron
vítores con fuerza
que casi le
dejan sordo
y mostraron
su aquiescencia
a acabar con
la República
en unánime
revuelta
y apoyar la
dictadura,
que es una
forma concreta
de gobierno
que consiste
en que mande
un sinvergüenza.
César, por
todos sus actos,
tenía una
fama tremenda:
conquistó
toda la Galia
y un barrio
de Pontevedra,
y cuando fue
a Alejandría
hizo arder la
Biblioteca.
Esto gustó
mucho en Roma,
donde la
tirria era intensa
al clan de
los Ptolomeos,
por lo que
hubo una gran juerga
entre los
romanos cuando
lo leyeron en
la prensa.
Además de
estas hazañas,
César tenía
cosas buenas,
le adornaban
mil virtudes:
sabía tocar
la muñeira
en una gaita
que le
regaló un
amigo celta;
tenía enormes
aptitudes
para tenor de
zarzuela;
podía recitar
a Horacio
y pintar a la
acuarela;
su mente era
tan potente
que hasta
comprendía el teorema
de Pitágoras,
el griego;
era un
tremendo estratega;
sabía
redactar mejor
que Cervantes
y Saavedra
juntos; según
sus amigos,
hacía el
arroz con almejas
mejor de todo
el Imperio
Romano, con
diferencia;
no sólo esto:
era guapo,
hermoso y de
gran belleza,
por lo que
ligaba mucho,
debido a su
buena percha;
no era calvo,
no, ¡qué va!,
como la
Historia nos cuenta
(escrita por
enemigos),
sólo sufría
alopecia,
una
disfunción pelar
e
insuficiencia melénica,
pero, con
arte e ingenio,
solventó
pronto el problema
y se encargó
un peluquín
hecho con
pelo de cebra
que la
antiestética calva
le disimulaba
entera.
Más César era
ambicioso.
Quiso dominar
la tierra:
Hispania,
Galia, Bretaña
Murcia y
hasta el Congo Belga,
por lo menos;
se creía
que era el
Alfa y el Omega,
poseía un ego
más grande
que todo el
Imperio persa
y era un tío
más flamenco
que la Niña
de la Puebla.
Así es que el
hombre tenía
metido entre
ceja y ceja
ser el
dictador de Roma
con toda
plenipotencia
y para ello
estaba listo
a armar la
marimorena.
Pero no nos
dilatemos:
vamos a
entrar en materia.
Al saberse
que Julito
preparaba una
revuelta,
los
senadores, reunidos
a la hora de
la merienda
—y tras
tomarse tres tazas
de Cola-Cao
con galletas—,
ni cortos ni
perezosos
emprendieron
la tarea
de conspirar
en su contra
y pensar una
estrategia
para librarse
de él
y acabar con
el dilema.
«La cosa no
se resuelve
con ponerle
una querella»,
dijo alguien.
(No damos nombres,
que chivarse
es cosa fea.)
«Según
opinión de muchos,
César es una
culebra
que se le ha
enroscado a Roma
y le sube por
la pierna»,
dijo otro.
«Agradecería
que nos
evitaras esas
comparaciones
que haces
y que
resultan tan desa-
gradables»,
le interrumpieron.
Otro iba a
echar una arenga,
pero el
líder, muy prudente,
le cortó la
verborrea
diciendo: «La
solución
es trágica,
cual Medea,
pero no hay
otro remedio:
¡hemos de
endiñarle mecha!
Si tenéis
fuerza y valor
todo irá como
la seda.
Y si alguien
se achanta, ya
sabe dónde
está la puerta.
¿Estáis de
acuerdo?» «¡Lo estamos!»
«¡Muy bien!
Pues ya sólo queda
el cómo, el
cuándo y el dónde».
(No piense
mal el que lea;
no juzgue mal
a estos tipos
viendo el
crimen que planean,
pues
comparados con Julio,
que estudiaba
para déspota,
aquellos
carcas traidores
parecían ser
de izquierdas.)
La
conversación siguió
hasta la hora
de la cena.
«¿Le matamos
en el Foro
cuando esté
pasando cuentas
o cuando vaya
a hacer jogging
junto al
templo de Minerva?»
«¿Quién le
pinchará primero?»
«Sorteemos
papeletas
con nuestros
nombres.» «¿Y cuándo?
¡Hay que
elegir una fecha!»
«En marzo,
que ya no llueve.»
«Tenemos aquí
un problema:
no poseemos
puñales.»
«Haremos una
colecta
para comprar
tres o cuatro,
o quizá media
docena.»
«O uno y lo
vamos pasando,
y así
ahorramos.» «¡Buena idea!»
Por fin llegó
el día fatídico
que inspiró
muchas comedias
a Shakespeare
y a otros señores
que no tenía
materia
ni
imaginación y usaron
la vida de
Julio César
(yo estoy
haciendo lo mismo:
no me lo
tengan en cuenta.)
Dicen que
hubo mil prodigios:
luces en el
cielo, grietas
en las
paredes, los gatos
maullaban por
peteneras,
había tigres
en las calles,
abogados y
otras fieras.
Los presagios
avisaban
de que lo
sensato era
pasarse el
día en la cama
y no
aventurarse fuera,
para evitar
los fantasmas
y no romperse
una pierna,
que el
asfaltado de Roma
siempre
estaba hecho una pena.
Calpurnia,
supersticiosa
y asustada
hasta la médula,
aconseja su
marido
que no acuda
a la asamblea:
«No vayas al
Capitolio:
diles que
tienes paperas».
Pero César,
emperrado
en que es un
día de faena
y en que no
hay que hacer ni caso
de trasgos y
de pamemas,
desayuna y
con su toga
se dirige con
presteza
a su oficina
(el Senado)
para ver lo
que se pesca.
Unos tipos
con aspecto
de no haber
dormido esperan
a que llegue
el dictador
y suba las
escaleras.
El líder de
los rebeldes,
al ver que
César se acerca,
dice:
«Limpiad el puñal.
Morirá, mas
con asepsia».
Un segundo
conjurado
saca el
cuchillo (que era
alquilado por
un día
y había que
darlo de vuelta)
y se lo
muestra a la víctima,
que enseguida
se da cuenta
de que van
con las del beri
(eso se veía
a la legua),
de que ha
metido la pata
y que, en
realidad, hubiera
debido
quedarse en casa
y hacer caso
a la parienta.
Quiere evitar
su destino
usando su don
de lenguas,
por ver si
puede liarles,
y exclama:
«¿No os da vergüenza?»
Pero se ve
interrumpido.
«¡No estamos
para monsergas!»
Y entonces
los asesinos
emplean la
contraseña
(que, por
cierto, consistía
en tocarse
con la yema
del meñique
la nariz,
sacando a un
tiempo la lengua)
y como
chacales fieros
dan un salto
hacia su presa
dispuestos
para una es-
cabechina,
¡los muy bestias!
César, que
les ve venir,
la palma con
gran presteza
del corazón,
sin dar tiempo
a que se
acerquen siquiera.
Muriendo así
se libró
de pagar sus
hipotecas
y en lo que
respecta a él
allí acabó su
tragedia.
Claro, queda
su agresor,
a quien pilla
por sorpresa
el infarto y
se detiene
gritando:
«¡Maldita sea!
¡Y yo que he
estado ensayando
a apuñalar
con destreza...!
Hemos hecho
un gran ridículo.
¡Marte, qué
suerte más perra!»
«No pasa
nada», asegura
el líder. «Si
se planea
algo, ha de
llevarse a cabo.
Aunque esté
muerto no es ésa
razón de no
apuñalarle,
pues no le
hace diferencia.
Acabemos de
una vez
con lo
nuestro y ¡allá penas!».
Dicho y
hecho: los rebeldes
se metieron
en materia
con lo que al
fin y a la postre
le sacaron
las mantecas;
de
cuchilladas le dieron
al menos
varias docenas,
pues le
estuvieron pinchando
al menos una
hora y media
sin parar,
porque le apu-
ñalaban de
pura inercia,
y le pusieron
perdida
de sangre la
vestimenta;
y así, al
final, parecía
no un
político ni un césar,
ni siquiera
un hombre, sólo
mermelada de
frambuesa.
Esta historia
de ambiciones
contiene una
moraleja:
a las gentes
no les gustan
los hombres
que las superan
en gloria,
seso o virtudes.
Todos los
mediocres llevan
muy mal que
haya hombres mejores.
Y por eso, si
te dejas,
en la primera
ocasión
ponen tu
nombre a una esquela.