QUE ES LA COMIDA, POR QUÉ COMEMOS Y QUÉ NOS PASA SI NO COMEMOS O SI NO DESCOMEMOS

 

           Comida es todo aquello que nos metemos en la boca (bueno, no todo; por ejemplo: Demóstenes se metía piedrecitas para ayudarse a pronunciar y es probable que otras personas se hayan metido otras cosas a lo largo de la historia, aunque nosotros carecemos de esos datos).

          Ha habido espíritus inquietos y curiosos que han intentado prescindir de los alimentos, a ver qué pasaba, pero no les fue muy bien y los que sobrevivieron al experimento acabaron bastante escarmentados. Por eso, la ingesta de sustancias nutritivas se considera algo tan esencial para la vida como el aire, la fuerza de la gravedad o los calcetines. Es este un exquisitísimo tema y pasamos a ocuparnos de él de manera exhaustiva en este magnífico libro, en este muy necesario manual para cuchipandas, para beneficio de todos aquellos que ignoren lo que es comer caliente.

          Para ahorrarnos trabajo nos hemos hecho con una enciclopedia y de ahí iremos sacando detalles sobre el proceso fisiológico de la digestión, que tan necesario es y que tanta modorra produce.

          El proceso comienza en la boca, aunque no necesariamente, pues hay individuos originales y excéntricos que han desarrollado el arte de masticar usando otras partes de su anatomía. Conviene mascar bien, pues los alimentos tienen que acabar convertidos en moléculas para que el organismo los pueda absorber. Por eso, no debemos dejar de dar vueltas a cada bocado hasta que notemos las moléculas por separado en la boca.

          Las glándulas del sistema gástrico trabajan sin cesar todo el año, sin vacaciones (por lo que nos tememos que cualquier día de estos salgan a la calle con reivindicaciones) y su labor es producir jugos tan gástricos como ellas, para descomponer los alimentos sin que nosotros nos enteremos de cómo lo hacen y para cambiar el pH del medio, sea esto lo que fuere y signifique lo que signifique[1].

          Las enzimas de encima de los jugos (¡uy, que mal suena esto!) son muy simpáticas y tienen unos nombres muy divertidos. Se llaman cosas así como tialina, pepsina, amilasa, lipasa, maltosa o tripsina, por lo que resulta más práctico —y hasta más íntimo— llamarlas por sus diminutivos respectivos: Tía, Pepsi, Ami, Lipa, Malta o Tripsi.

          Dentro de nosotros, en un lugar que no querríamos conocer de cerca, hay vellosidades intestinales que van chupando lo que pueden del quimo, que es una mezcla alimenticia líquida que sale del estómago: una porquería, vamos. Los materiales absorbidos —glúcidos y cosas por el estilo— pasan a la sangre y se van distribuyendo acá y acullá para que echemos mano de ellos a medida que nos vayan haciendo falta.

Podríamos darles ahora algunos detalles sobre la motilidad colónica, la función rectal y otros temas igual de apasionantes, pero no queremos ponernos excesivamente técnicos, porque eso cansa al lector.

          Esto en lo referente al comer.

En cuanto al no comer, diremos que es algo que se puede deber a distintas causas. Una de ellas es la vanidad pura y dura, que se traduce en dietas adelgazantes de diversos formatos, que dejan a los individuos esbeltos y temblando[2].

          El SMI (no nos estamos refiriendo a la Santa Madre Iglesia, sino al «sueldo mínimo interprofesional») es también una causa reconocida de desnutrición, pues los productores de alimentos tienen la absurda costumbre de querer cobrárnoslos y hay individuos a los que después de pagar la tarifa del teléfono móvil no les queda bastante dinero para comprar comida.

          Otra razón para no comer puede ser simplemente que se te olvide hacerlo. Esto pudiera parecer una exageración, pero es más frecuente de lo que que pensamos, porque hay gente muy rara por el mundo. No comer debería conducir directamente a la muerte, pero parece ser que nadie se ha muerto nunca de inanición, porque si te ves en una situación extrema (desierto, mazmorra), mucho antes de morir de hambre, te mueres de sed, por lo que la cantinela de la muerte por famelismo resulta ser tan sólo un concepto teórico.

          Lo que sí es malo, malísimo, es no descomer. No lo recomendamos a nadie bajo ninguna circunstancia. Si no acudes obedientemente cuando la Naturaleza te llama, te verás en un serio problema. Tu cuerpo se declarará en huelga, tu cerebro se ralentizará aún más y acabarás tan lleno de sustancias prescindibles que probablemente empezarás a disfrutar con los programas de telebasura y acabarás votando a algún partido político indeseado e indeseable.



[1] Lo hemos consultado y el pH se define habitualmente como el logaritmo negativo de base 10 de la actividad de los iones hidrógeno, con lo cual tenemos pH = –log10 aH+ , lo que deja todo clarísimo.pH = − log 10 ⁡ a H + {\displaystyle {\mbox{pH}}=-\log _{10}{a}_{\rm {H^{+}}}}

 

[2] Entre las dietas más eficaces se cuentan la del alpinista y la del supermercado. La dieta llamada «del alpinista» consiste en irse a escalar el Everest (el K2 también vale) y olvidarse la mochila con la comida en el campamento base. Al regreso —de tener lugar—, la pérdida de peso es sensible. La dieta «del supermercado» es más sencilla y no precisa de muchos desplazamientos. Lo que hay que hacer es realizar una suculenta compra, tirarla de inmediato a la basura y estarse dos semanas sin consumir ningún alimento y tan sólo chupando tres veces al día el ticket de compra.

Versos malos, pero cortitos



Fernando de Rojas

 


          Este buen señor, padre de los interminables veintiún actos de que consta su famosísima obra teatral La Celestina, estuvo a punto de perderse en el anonimato.

          ¿Qué decir sobre esta obra maestra de nuestro teatro sino que es una obra maestra de nuestro teatro?[1] Pero hemos de ser sinceros.

          Para empezar, La Celestina no se llama así, sino una cosa más larga (en esta obra todo es mucho más largo de lo que tendría que ser). Se titula algo parecido a Tragicomedia de Calisto y Melibea, compuesta por el bachiller Fernando de Rojas, nacido en la puebla de Montalbán. Claro que el título venía oculto en un acrónimo, porque se dice que el tal Rojas era más judío de lo que él hubiese querido y prefirió mantenerse en la sombra.

          Unos críticos aseguran que nos hallamos ante una pieza teatral indudable; otros la califican de novela dialogada; no faltan los que insisten en que no es ni una cosa ni la otra, sino un género híbrido; y, por supuesto, también están los que aseguran que es un churro de verbena y que aburre a toda clase de rumiantes.

La verdad es que no tiene acotaciones, sino solo diálogos, por lo que nunca sabemos quién entra y sale, si los personajes se sientan o están de pie, si ríen o lloran o si se suenan los mocos en un momento dado. Así es que nosotros nos inclinamos (hasta caernos) a asegurar que es una novela en la que inexplicablemente hay entreactos en los que se echa el telón.

          La versión original tenía nada más (y nada menos) que dieciséis actos, pero se conoce que Rojas se fue animando y añadiendo más y más peripecias hasta llegar a los veintiuno. Que le cogió el gusto, vamos.

Estamos hablando del año de gracia de 1499, que puede que el año tuviese gracia, porque la obra no la tiene, aunque se diga que es en parte una comedia. A nosotros nos parece una tragedia tonta, como pasamos a explicar.

          Celestina es una vieja furcia (¿para qué nos vamos a andar con rodeos, no?), que sabe mucho de la vida y se dedica a hacer que los jóvenes lo pasen bien. Calisto y Melibea se aman y no habría ninguna razón por la cual no pudieran casarse como Dios manda, tener muchos hijos y llegar a hartarse el uno del otro. En vez de eso, deciden mantener su amor en secreto y pagan a la vieja para que propicie sus encuentros.

          Al final, los criados de la madre Celestina la matan para quedarse con un collar de oro macizo que el imprudente de Calisto le ha regalado. Este se descuerna trepando hasta la alcoba de Melibea, que acaba tirándose por el balcón para hacer compañía a su amado. Todo esto se podría haber evitado perfectamente; pero si los personajes se hubieran comportado con sensatez en vez de hacer el cretino, entonces no habría habido drama y Rojas habría cobrado muy pocos royalties.

          La alcahueta, que ha logrado gran fama fuera y dentro de nuestras fronteras (como suele decirse) no es un personaje original, sino que está descaradamente copiado de la Trotaconventos del Arcipreste de Hita, que no le interpuso a Rojas un pleito por plagio por dos razones fundamentales: por lo cara que era la justicia ya entonces y porque hacía un siglo y medio que estaba muerto, pero principalmente por lo primero.

          Los otros personajes se describen en un periquete: Calisto es un imbécil; Melibea, una cursi renacentista; sus padres, unos nuevos ricos asquerosos, y los criados Pármeno y Sempronio, unos sinvergüenzas de tomo y lomo. Así de simple.

          La lengua empleada es muy variada, eso sí, aunque cada personaje habla como le da la gana. Los aristócratas emplean la metáfora, el hipérbaton, la sintaxis latinizante y el homoioteleuton, también llamado homeoteleuton, que aunque tiene un nombre complejo no es sino la similidesinencia de toda la vida, que supongo que los lectores conocen a la perfección.

          Los personajes del pueblo llano son también llanos; bueno, más que llanos son directamente soeces y groseros y se pasan la obra defecándose en la hetaira progenitora que les alumbró, por decirlo eufemísticamente.

          El éxito de La Celestina produjo una legión de imitadores que se apuntaron a cobrar, sacándole el jugo a la historia de Rojas. De esta manera tenemos la Segunda Celestina de Feliciano de Silva; La tercera Celestina o tragicomedia de Lisandro y Roselia, de Sancho de Muñón; La hija de la Celestina, de Alonso de Salas Barbadillo, y un montón más, pues copiones nunca han faltado en nuestras letras. No se sabe cómo lo consiguieron, pero todas estas continuaciones son, si cabe, más aburridas que la versión original.

          Podríamos decir otras muchas cosas de esta obra, pero como también podemos optar por no decirlas, elegimos la segunda opción y lo dejamos aquí.


 



[1] Decir otra cosa nos atraería las iras de todos los hispanistas del mundo y en Corea hay casualmente muchos y no queremos enfadarles.

Baroja, el panadero intelectual

 

Pío Baroja y Nessi (1872-1956) se hizo un sitio a codazos en ese grupo de escritores feos como ellos solos conocido como la Generación del 98. Es, con toda probabilidad, el escritor español más pelmazo del siglo XX, si exceptuamos a «Azorín». Su amplia obra se caracteriza por el disconformismo social, la ideología anarquista de sus personajes y un uso un tanto raro de los adjetivos.

Antes de triunfar como literato, Pío Baroja desempeñó la profesiones de médico en Cestona y de panadero en Madrid. De ellas aprendió cosas indispensables para la creación artística.

Se dedicó a este último oficio sin saber si tendría aptitudes, como él mismo confesó, pues el manejo de la harina no es algo al alcance de todos. Abandonó el ejercicio de la medicina «cansado de la vida sórdida y llena de pequeñas rivalidades de un pueblo» y después de equivocarse varias veces al recetar, con el consiguiente enfado de viudas y huérfanos.

Desde 1896 a 1902 se dedicó a regentar la panadería de una tía de su madre, doña Juana Nessi, en Madrid. Nunca se ha dado especial importancia a este episodio, pero fue fundamental en la formación del artista, que creció a base de magdalenas.

Baroja se levantaba a las once de la noche e iniciaba su larga jornada en un sótano oscuro, triste y sucio. La falta de medidas de seguridad era alarmante; por ejemplo, en los ratos libres podía escribir novelas con total impunidad y sin que nadie se lo impidiera, como habría sido lo deseable. En los cortos ratos entre hornadas, para reponer fuerzas, comía salchichón.

Su objetivo en la panadería había sido conseguir la independencia económica y ganar el Premio Nacional de Roscos. Pero tras siete años de duro trabajo tuvo que reconocer que su probabilidad de ganar el premio estaba cada vez más lejana, si no aprendía a hacerles el agujero. Sintiéndose fracasado, se desentendió del negocio, que dejó en manos de un administrador, y decidió dedicarse a vivir de las rentas que tenía, por lo que no nos explicamos qué hacía trabajando en la panadería. Además también escribía artículos, con lo que no ganaba nada pero que era una actividad más de su agrado.

Baroja, descontento del movimiento capitalista, se hizo socio de número del Rayo Vallecano y apoyó activamente a los panaderos en huelga para conseguir que en los sacos de harina salieran muñequitos coleccionables.

Por esta profesión hubo de soportar también las burlas de sus contemporáneos, como en el caso del poeta Rubén Darío que, como alusión satírica a su anterior oficio, dijo en cierta ocasión que las novelas de Baroja tenían mucha miga. Baroja, enfadado, contestó que Darío, como era indio, tenía muy buena pluma y, un día que se encontraron ambos en la chocolatería de San Ginés, acabaron a bofetadas. Hoy luce allí una placa conmemorando el encuentro de estos grandes autores.

Ya solo falta una hora

 

 

Escrito contra las conferencias, basado por completo en hechos reales y, por lo tanto, aburridísimo

 

 

Ya sólo falta una hora. Todo está preparado. Va a dar comienzo el XXII Congreso de Odontología. Se inaugura con la conferencia del eminente doctor Fulano de Tal. Bueno, aquí estamos.

Pero, ¡oh, sorpresa!: no es un señor sino cinco los que se suben al estrado. ¿Cómo es eso?

El público se inquieta. Toma la palabra el presentador y organizador del acto.

—Buenas tardes: bla, bla, bla. Bienvenidos, bla, bla, bla.

Luego presume:

—Por este Congreso han pasado personajes ilustres: Uno, el Otro, el tío Paco, Perico de los Palotes, Rita «la Cantadora», la doctora María Sarmiento...

Los conferenciantes de este año se mosquean ¿Es que ellos no son tan importantes?

Y sigue:

—Debo dar las gracias a todos los que han contribuido a patrocinar este acto...

Y todos los presentes se relamen pensando que muchos patrocinadores significa mucho dinero y que la comida será buena y abundante, porque ¿cuántas instituciones hacen falta para organizar un Congreso de Odontología?

Después vienen las alabanzas al primer conferenciante:

—Ya verán qué bien habla don Fulano de Tal.

Y público se dice: «Ya veremos si habla tan bien o no».

Acaba el presentador y entonces, ¡horror!, le pasa el micrófono a otro, diciendo:

—Ahora va a dirigirnos unas palabras el Alcalde de No-sé-dónde, don Mengano de Cual.

Hablan uno y otro, y un primo del otro.

Cuando por fin le ceden la palabra al conferenciante de verdad, el público deja escapar un suspiro de alivio.

¡Ah! Ya sólo falta una hora.