Los Pelópidas

 

 
          Eurípides solía decir siempre a sus amistades que él se alimentaba de las migajas que caían de la mesa de Homero. No sabemos exactamente cuántas proteínas llegó a consumir el famoso trágico, pero lo que sí es cierto es que las epopeyas del vate griego (o del grupo de escritores en comandita que usaban su nombre) han servido de inspiración y materia de plagio a muchos autores sinvergüenzas de tiempos posteriores.

          Tal es el caso de Jorge Llopis, alicantino e infamado autor de un libro titulado Las mil peores poesías de la lengua castellana, que no recomendamos en absoluto a nuestros lectores, principalmente para que no noten que de la misma forma que Llopis suele copiar a Homero, nosotros le solemos copiar a él.

          La obra que Jorge pergeña —inspirada en la Odisea y en tragedias adyacentes— es más teatral que Boris Izaguirre. Se titula Los Pelópidas y hace referencia a una estirpe maldita que está condenada a la extinción y cuyos miembros no pueden hacer nunca mayonesa, porque siempre se les corta por más que la muevan.

          Expondremos su trama y describiremos brevemente a cada uno de sus personajes de manera sucinta y mencionaremos su cinta, es decir las cintas que todos ellos llevan en las frentes y en las sandalias . (¡Qué juego de palabras más pedestre, Dios Santo! ¿O habría que decir ‘¡Zeus divino!’, para estar a tono con la obra?)

          La ciudad de Tebas está hecha unos zorros. Se halla asolada por peste, inundaciones, ruina, pobreza, impuestos y testigos de Jehová. Ántrax, su arconte, se fue a la guerra de Troya a rescatar a la pelandrusca de Helena y en su ausencia reinan el caos y Elektra, su esposa (pero más el caos, porque ella solo se dedica a sus trapitos y a ponerse mona). ¡Ah! Y hay un rey consorte, el presumido Phideos que, pese a su nombre, tiene un tórax ancho y brazos hercúleos. Ha conseguido seducir a Elektra (algo nada difícil, considerando la predisposición gallinesca de la reina) y es un tirano de libro, porque si se hacen las cosas, hay que hacerlas bien.

          Cuando la obra se inicia, el pueblo se queja de todo, como es la obligación de todo pueblo que se precie. El Corifeo describe las penurias del reino y el resto de los presentes le hace el coro (¡normal!).

          Aparece entonces Creosota, una adivina muy gafe que nunca vaticina nada bonito, razón por la cual todas las demás mujeres le tienen asco (la otra razón es que es más guapa que ellas).

          Phideos hace entonces su pavoneante aparición y larga un discurso populista en el que promete a la plebe todo tipo de bicocas para el futuro: prosperidad, riqueza, seguros dentales y comida gratis para los ciudadanos, especialmente lo que se denomina «el plato de Phideos». Nadie se cree una palabra, pero aun así todos le vitorean por temor a las represalias.

          La reina sale a escena y habla, aunque no tiene nada importante que decir, pero lo hace porque es la primera actriz y no parece bien que cobre un sueldo sin trabajar. Se ocupa de naderías, como tontear un poco con su guapo amante, contarle a su nodriza, Acidia, lo bien que Phideos se maneja en la alcoba y dar a su criada Menestra instrucciones para hacerle la cena a sus dos hijitos.

          Tras una transición que transita, llega allí Ántrax, acompañado de su amigo Faetón, pensador de la escuela peripatética. Ambos vienen de incógnito, pues de resultas del viaje llevan los dos encima tal capa de mugre que es difícil que les reconozcan. Escondidos, contemplan la ruina del reino y lo mucho que los ciudadanos se odian los unos a los otros (no sabemos si esto es algo peculiar de Grecia o si pasa en todos los países). Se enteran de que hay un nuevo rey en Tebas. El cabreo que coge Ántrax al saber que un desahogado le ha birlado el trono y el lecho conyugal (con lo que va dentro) no se puede describir ni en griego ni ninguna otra lengua indoeuropea: hay que recurrir a una conferencia con proyecciones.

          Cuando los autores de la Hélade no sabían cómo continuar una trama, recurrían a los dioses, pero no para pedirles inspiración, sino para hacer que salieran en persona en las obras a solucionar el conflicto. Esto es lo que se ha denominado Deus ex machina, aunque en esta tragedia no aparecen montados en ningún vehículo ni descolgándose de ningún andamiaje, sino andando, como cualquier mortal que no dispusiese de unas cuantas dracmas para comprarse un burro.

          Zeus decide que se vuelva la tortilla, que Ántrax recupere el trono y que a Phideos le frían un paraguas. El pueblo cambia radicalmente de ideas políticas de la noche a la mañana (no hace falta la intervención de los dioses para eso: ha pasado muchas veces en la historia humana) y reconoce a Ántrax como su legítimo soberano.

          Phideos es apresado de inmediato, porque al pueblo le gusta lapidar a los reos, hace mucho tiempo que no he tenido ocasión de hacerlo y lo está deseando.

          Ántrax ordena el lapidamiento y el usurpador Phideos queda hecho fosfatina entre los cascotes, por lo que todo el mundo está feliz, a excepción de Elektra, que de seguro va a echar de menos la musculatura de su finado amado, porque Ántrax siempre fue un alfeñique y, además, debe de haber regresado de la guerra bastante cascado.

          El nuevo rey perdona a Elektra sus infidelidades (porque se siente culpable, ya que él había hecho también de las suyas en veinte años de ausencia) y parece que todo va a empezar a ir bien en aquel reino, antaño maldito.

          Pero, ¡ay!, el Destino no se conforma con que los mortales sufran solo un poquito. Aparece por allí un mensajero y anuncia que Crotón de Salamina, padre de ántrax, ha muerto mientras pescaba el pulpo a la gallega. Ha confesado que Ántrax no era su hijo y que, además, es hermano del Elektra. El lío que se arma es de los que solo entran tres en una docena.

          Las noticias que trae el mensajero no tienen desperdicio, pues informa también de la muerte del rey Cartapacio de Tracia, que resulta ser un hijo de Elektra, al igual que Creosota, por lo que ambas resultan ser hermanas. Descubre también que Ántrax tuvo un hijo años ha y que ese chico era... Phideos, a quien Ántrax acaba de mandar asesinar. La criada Menestra resulta ser hija de Faetón y el mismo Ántrax, hijo de la nodriza. El descubrimiento de que Elektra no es hija de quien creía, sino del rey Bolígrafos de Dacia (que también ha muerto, para no ser menos) le provoca un ataque de histeria, que se ve aumentado cuando descubre que su madre es Arsinoé, una de las mujeres del pueblo (y, además, la más bruta y zafia de todas).

          Elektra, en un rapto de locura, asesina a sus dos hijos y les saca los entresijos, con lo que todos los presentes lloran a mares, como es muy entendible. Luego la reina se suicida, pues es el único medio que se le ocurre para evitar que la pongan de vuelta y media.

          ¿Cómo acaba la cosa? Pues ya se lo pueden ustedes imaginar: muy mal. Ántrax se encuentra con que es el hermano de su esposa, primo de sí mismo, tío carnal de uno, cuñado de otro y se arma tal follón genealógico que decide suicidarse allí mismo para sacarle rendimiento al puñal con que Elektra se ha dado muerte. Se sacude un metido en todo el cuello y muere rápidamente, siendo imitado de inmediato por todos los presentes, a los que seguir vivos les parece una falta de educación cuando su rey ha muerto.

          Solo queda para contarlo Faetón, el filósofo, que resume lo ocurrido con estas sabias palabras: «El mundo es un fandango».

 

Placa de Jardiel en el Teatro Español

POR CORTESÍA Y ESFUERZO DE PILAR MASSA, GRAN DIRECTORA Y RESPONSABLE DEL MAGNÍFICO MONTAJE RECIENTE DE «ES PELIGROSO ASOMARSE AL EXTERIOR», SE HA ENCONTRADO LA PLACA QUE CONMEMORA UN ÉXITO PÓSTUMO DE MI ABUELO EN EL TEATRO DE LA COMEDIA. GRACIAS DESDE AQUÍ, EN NOMBRE DE LA FAMILIA JARDIEL, AL PERSONAL TÉCNICO DEL TEATRO QUE LA HA CONSERVADO Y NOS HA FACILITADO LA IMAGEN.

 


 

Nikola Tesla

 

 

Año 1900, más o menos. Lobby del Chewing Gum Palace Hotel, en la ciudad de Nueva York, según se entra, a la derecha. En escena, Mr. Windbag, pomposo y fondón gerente del hotel, y Jimmy, joven botones. Jimmy lee un periódico, mientras su jefe se quita motas de polvo de su flamante chaqueta.

 

Jimmy.—¡Aquí lo dice: «Nikola Tesla, héroe anónimo de la ciencia…»

Windbag.—(Sarcástico.) ¡Cómo va a ser anónimo, si le conoce todo el mundo!

Jimmy.—Déjeme seguir, Mr. Windbag. (Leyendo.) «… héroe anónimo de la ciencia, abandona su habitual residencia en el Waldorf Astoria y busca un nuevo cuartel general para sus trabajos científicos.»

Windbag.—En verdad, Jimmy, no sé por qué te interesas por ese tipo, que ni siquiera es americano.

Jimmy.—(Con entusiasmo.) ¡Porque posee un gran talento científico! ¡Porque es una eminencia!

Windbag.—¿Cómo eminencia? Por lo que yo tengo entendido, es un siervo.

Jimmy.—Un siervo, no; un serbo, que no es lo mismo.

Windbag.—¿Eh?

Jimmy.—Nacido en Serbia.

Windbag.—¿Y dónde está eso?

Jimmy.—En Europa: es el país donde se suelen dar todas las bofetadas.

Windbag.—¡Vaya una carta de presentación!

Jimmy.—Pero él se vino a América a hacer fortuna y ¡vaya si la hizo!

Windbag.—¿Y eso qué nos importa?

Jimmy.—Pero, Mr. Windbag, ¿no ve usted que el interfecto está buscando acomodo? Dicen que vive durante años en el mismo hotel y que da propinas espléndidas a los botones...

Windbag.—¡Bah!

Jimmy.—… y a los camareros…

Windbag.—¡Bah! ¡Bah!

Jimmy.—… y a las mujeres de la limpieza que le hacen la cama…

Windbag.—¡Bah! ¡Bah y tres veces bah!

Jimmy.—Y a los gerentes, sobre todo.

Windbag.—(Muy interesado de repente.) ¡Va… vaya!

Jimmy.—Propinas principescas. Como gana millones…

Windbag.—Bien: te seguiré la corriente. Cuéntame algo más sobre ese nervio.

Jimmy.—¿Qué nervio!

Windbag.—¿Qué nervio va a ser? ¡Pues el nervio del que estamos hablando!

Jimmy.—El serbio.

Windbag.—El serbio, eso es.

Jimmy.—Es un inventor tremendo. Parece ser que trabajó con Edison unos años, pero surgieron malentendidos entre ambos. Como usted sabrá, estaba sordo. Y dijo que el otro estaba siempre diciendo a voz en grito que se hallaba a punto de descubrir algo, pero que no lo hacía.

Windbag.—Y el otro no le oyó.

Jimmy.—Claro que le oyó, pero se lo tomó a mal.

Windbag.—Pero ¿no estaba sordo?

Jimmy.—No; el sordo era el otro.

Windbag.—¿No era el sordo el que gritaba, como hacen los sordos?

Jimmy.—El que gritó era el que no lo hacía.

Windbag.—¿El que no gritaba?

Jimmy.—Sí gritaba: gritaba diciendo que iba a hacer algo.

Windbag.—¿Pero no lo hacía?

Jimmy.—Era el otro el que decía que no lo hacía.

Windbag.—¿Que no se oía a sí mismo?

Jimmy.—Mr. Windbag, nos estamos confundiendo. Se lo contaré telegráficamente, a nuestro estilo americano.

Windbag.—A ver.

Jimmy.—Edison sordo. Stop. Tesla presumido. Stop. Edison dice Tesla bocazas. Stop. Tesla cabreado da portazo. Stop. Edison dice Tesla chiflado. Colaboración científica toma viento. Stop.

Windbag.—¡Ahora sí! Es que antes no te explicabas con claridad.

Jimmy.—Se han convertido en rivales. Tiene cada uno su propia compañía y compiten por acaparar el mercado de las patentes de electrodomésticos. Sus acciones cotizan a la par en la Bolsa. Yo pienso usar todos mis ahorros para hacerme con acciones de Tesla, porque creo que la teoría de Edison no tiene sentido. Me haré rico. Usted, Mr. Windbag, seguro que tiene un buen gato guardado y debería hacer lo mismo: invertir en los productos del genio.

Windbag.—Veo que has tomado partido.

Jimmy.—En efecto. Es uno u otro. Ambos están metidos en lo que la prensa llama «una guerra de las corrientes». Para quien la gane serán la gloria y la fortuna.

Windbag.—¿Una guerra de las corrientes...? Una guerra de las vulgares y corrientes, quieres decir.

Jimmy.—De las corrientes eléctricas. Edison quería que fuese continua.

Windbag.—¿La guerra?

Jimmy.—La corriente. Tesla pretendía acabar con ella.

Windbag.—¿Con la corriente?

Jimmy.—Con la guerra. Pensaba que tenía que ser alterna.

Windbag.—¿La guerra?

Jimmy.—No: la corriente.

Windbag.—Me estoy confundiendo otra vez. Telegrafíame.

Jimmy.—Guerra corrientes eléctricas. Stop. Edison apoya continua. Stop. Tesla apoya alterna. Stop. Edison insiste Tesla orate. Stop. Ahora empresas rivales compiten por dinero accionistas. Stop.

Windbag.—Ya lo he entendido.

Jimmy.—Mr. Windbag, ¿me permite hacer una llamada telefónica?

Windbag.—Sí, pero sé breve. (Jimmy marca.) ¿A quién llamas?

Jimmy.—A mi agente de bolsa. (Al teléfono.) ¿Aló? ¿Baker? La operación de la que hablamos... Me he decidido, por fin. (Pausa.) Sí, todo mi capital. (Pausa.) Absolutamente todo. Hasta el último centavo. Sí, acciones de la Tesla Electric Light and Manufacturing. (Cuelga.) Ya está hecho. (Contento.) Mi suerte cambiará gracias a ese genio.

Windbag.—Escucha, Jimmy: sabiendo tanto como sabes, ¿cómo sigues siendo un triste botones de hotel?

Jimmy.—Porque los puestos de responsabilidad se los dan siempre a los enchufados que son cuñados de alguien.

Windbag.—(Aparte.) No deja de tener razón.

Jimmy.—Pero, volviendo al tema: ¡imagine el prestigio que adquiriría este hotel con la presencia de un científico tan soberbio!

Windbag.—¿Soberbio? ¿Pero no decías que era serbio?

Jimmy.—Lo de ‘soberbio’ es elogio.

Windbag.—¡Ah, ya! En resumen: tú crees que nos convendría mucho tenerle por huésped.

Jimmy.—Muchísimo.

Windbag.—Pero con todos los hoteles que hay en la ciudad es imposible que elija el nuestro.

(Entra en el hotel Nikola Tesla, un hombre de unos 50 años de edad, despeinado y de aspecto cochambroso. Lleva unos guantes en la mano.)

Jimmy.—(Mirando al recién llegado y cotejando su imagen con la foto del periódico.) ¡Es él!

Windbag.—¿Quién? ¿El severo?

Jimmy.—¡El serbio! Le he visto pasar tres veces por la puerta y por fin se ha decidió a entrar. Pero es él en persona.

Windbag.—(Impresionado.) No puede ser: estas casualidades sólo pasan en las comedias.

Jimmy.—Es que esto es una comedia, Mr. Windbag.

Windbag.—Pues es verdad.

(Tesla se acerca al mostrador. Habla con marcado acento eslavo, marcando mucho las eses.)

Tesla.—Vuenas tardes. ¿El gerente, por favor?

Windbag.—(Nervioso.) ¡El gerente! ¡Que venga el gerente!

Jimmy.—(A Windbag.) El gerente es usted, Mr. Windbag.

Windbag.—Es verdad. (A Tesla.) ¡Encantado, caballero! (Le da la mano.)

Tesla.—¿Los lavavos?

Windbag.—Al fondo a la derecha.

(Tesla se va corriendo a donde le dicen.)

Jimmy.—¡Si que tenía prisa!

(Al cabo de un largo rato, Tesla regresa, poniéndose los guantes.)

Tesla.—(Disculpándose.) Para evitar gérmenes, acostumvro a lavarme las manos durante no menos de dies minutos siempre que toco a alguna persona.

Windbag.—Por supuesto. Muy sensato por su parte.

Tesla.—No crea usted. Devido a esta costumbre mía, creo que moriré virgen.

Jimmy.—(Aparte.) ¡Arrea!

Windbag.—Lo lamento, señor.

Tesla.—No se preocupe. La castidad me es muy útil para desarrollar mis capasidades sientíficas. La energía se canalisa en otras direcsiones.

Windbag.—No lo dudo. Ahora bien: ¿en qué podemos servirle?

Tesla.—Desearía alojarme en su hotel por una temporada.

Windbag.—¡Con mil amores! Le daremos nuestra mejor «suite», Mr. Tesla.

Tesla.—Veo que me conosen. Y lo selevro mucho. Pero no sé si su hotel me conviene.

Windbag.—Tenemos el mejor servicio, caballero.

Tesla.—Puede ser. Pero usted tiene provlemas de sovrepeso y eso es algo que yo no tolero a mi alrededor. Mi mejor secretaria, una eficás profesional que me havía servido vien durante muchos años, engordó y no tuve más opsión que despedirla, pese a sus lloros y a sus súplicas, pues era madre soltera de cuatro hijos y quedava en la miseria sin el empleo.

Windbag.—¡Oh!

Tesla.—Pero la gordura es inaseptable, ¿no cree usted?

Windbag.—(Servil.) Por supuesto. Y le aseguro que en mi caso concreto, el lunes mismo verá usted la diferencia en el contorno de mi cintura.

Tesla.—Y en su personal…

Windbag.—No se preocupe en cuanto al resto del personal.

Jimmy.—(Metiendo baza.) Ningún empleado cobra tanto como para poder engordar, no pierda usted cuidado.

Tesla.—Eso espero.

Windbag.—Le aseguro que estamos a su disposición y que nos haremos cargo de todas sus necesidades especiales.

Tesla.—Muy amavle.

Windbag.—Pida usted por esa boca.

Tesla.—Poca cosa: nesesito un amplio valcón.

Windbag.—Por supuesto.

Tesla.—De otra manera, no puedo escuchar las señales de radio que los extraterrestres me vienen mandando desde hase varios años.

Windbag.—Comprendido.

Jimmy.—(Aparte, a Windbag.) Empiezo a pensar que puede que Edison no estuviera tan equivocado.

Windbag.—(Aparte, a Jimmy.) Calla!

Tesla.—Ha de instalarse un palomar en mi valcón. Los pichones heridos vienen a mí instintivamente para que yo los cuide.

Windbag.—¡Qué tierno!

Tesla.—En una ocasión, una paloma estavlesió conmigo una relasión espesial. Solo tenía que llamarla para que acudiera a mi lado. Amé a esa paloma como un hombre ama a una mujer.

Jimmy.—(Aparte.) «A falta de pan…»

Tesla.—Comprenderán que esto es algo importante para mí. El palomar que mandé instalar en el Waldorf sólo costó 2.000 dólares.

Jimmy.—Una minucia.

Windbag.—Habrá palomar.

Jimmy.—(Aparte.) ¡Será caradura…!

Windbag.—Muy bien. Pero, puesto que el hotel tendrá que incurrir en esos gastos para su instalación, ¿puedo preguntarle cuánto tiempo piensa estar con nosotros?

Tesla.—¡Ah, si el trato es bueno, estaré toda mi vida, hasta que me muera!

Windbag.—¡Qué buena noticia!

Tesla.—Y consideren que mi ecsistensia será larga. Estoy convensido de que viviré hasta los siento sincuenta años.

Jimmy.—(Metiendo baza.) ¿Y cómo logrará eso?

Tesla.—Grasias a dos hávitos estremadamente saludavles que he adquirido.

Windbag.—Cuéntenoslos y así todos nos podremos beneficiar.

Tesla.—Por supuesto. El primero es el whisky, vever mucho, a todas horas. El consumo de whisky alarga la vida. ¿No lo savían?

Windbag.—Claro que sí.

Jimmy.—(Aparte, a Windbag.) Puede que Edison estuviera en lo cierto, al fin y al cabo.

Tesla.—Y mi segundo secreto para la longevidad es flessionar todos los días sien veses los dedos de los pies.

Windbag.—¡Ah!

Tesla.—Pero han de ser sien veses eksactas; si lo hases noventa y nueve veses o ciento una o cualquier otro número de veses, entonses no surte efecto.

Windbag.—¡Ah! ¡Ah!

Tesla.—También camino trese kilómetros y medio cada día.

Jimmy.—Eso parece más sensato.

Tesla.—Y seno esactamente a las ocho y dies de la tarde. Si la sena se retrasa un solo minuto, entonses no seno.

Jimmy.—Me lo estaba imaginando.

Tesla.—Y tras senar o no senar, me voy a la cama.

Windbag.—Para un sueño reparador.

Tesla.—Según, porque sólo duermo dos horas. Aunque yo vaya a vivir siglo y medio, la vida sigue siendo muy corta y hay que aprovecharla. Tengo muchos proyectos que pienso completar durante mi estansia en su establesimiento.

Windbag.—¿Proyectos que serán muy rentables?

Tesla.—Imagino que sí, que mis sosios inversores y yo nos haremos ricos y sélevres.

Windbag.—Háblenos de ellos.

Tesla.—Lo haré, porque me paresen ustedes muy simpáticos. Pero no vayan a ir por ahí contándolos, ¿eh?

Jimmy.—Por supuesto que no.

Tesla.—Podrían rovarme mis geniales ideas. (Entusiasmado.) Pues verán: ahora trabajo en un aparato productor de energía gratuita que durará quinientos años sin desgastarse.

Jimmy.—¡Ahí es nada!

Tesla.—Y estoy desarrollando una cámara espesial para fotografiarle la retina a la gente y así poder ver los pensamientos que tienen en el serevro.

Windbag.—(Con cara de circunstancias.) Eso parece muy útil.

Tesla.—Mucho más útil será mi ossilador mecánico, que podrá causar terremotos en el lugar del planeta que se elija. El ejérsito seguro que me lo compra en varias millonadas de dólares.

Jimmy.—(Irónico.) No nos cabe la menor duda.

Tesla.—Y, además, les daré un dos por uno, pues de regalo añadiré mi superarma «Teleforse» o rayo de la muerte, que acabará con todas las guerras.

Windbag.—(Resignado.) ¡Amén a eso!

Tesla.—Pero bueno, ya les iré teniendo al tanto de mis avanses; lo que ahora necesito con urgensia es instalarme.

Windbag.—Claro. Tenemos una «suite» presidencial que le irá como anillo al dedo.

Tesla.—¿Qué número tiene?

Windbag.—¿Número? El 77.

Tesla.—¡Totalmente imposible! ¿No tienen libre la havitasión número 3?

Windbag.—(Tras mirar en el casillero de las llaves.) Pues casualmente no.

Tesla.—¿La dose? ¿La diesiocho? ¿La cuarenta y ocho?

Windbag.—¿Cómo?

Tesla.—Cualquiera que sea múltiplo de tres. Si no lo es, no podré vivir allí. Una pitonisa me advirtió que no lo hisiera, pues me traería mala suerte.

Jimmy.—(Aparte.) ¡Caray con el temperamento científico!

Windbag.—(Tras hacer números en un papel.) ¿Le sirve la 405?

Tesla.—(Contento.) ¡Sí! ¡Sí! ¡Es múltiplo! ¡Me la quedo! Dentro de poco llegará un camión de mudansas con mi equipaje. Súvanmelo a la cuatrosientos sinco.

Windbag.—Así se hará.

Tesla.—Recuerden que todos los aditamentos de mi havitasión han de ser tres o múltiplos de tres: toallas, javones, esas chocolatinas que ponen ustedes en las almohadas... todo.

Windbag.—Descuide.

(Le entrega una llave.)

Tesla.—Creo que voy a disfrutar de este lugar durante las próximas décadas. Hasta luego.

(Se marcha a su habitación.)

Jimmy.—(Angustiado.) Tengo que llamar por teléfono. Es muy urgente. (Marca rápidamente.) ¿Baker? ¡Anule, anule la compra! ¿Cómo? ¿Que ya es tarde? ¿Que ya está hecha? (Cuelga, angustiado.) ¡Mis ahorros de toda mi vida! Seguro que, si los quiero vender, no sacaré ni diez centavos por dólar.

Windbag.—(Que ha estado leyendo el periódico.) No has leído los últimos párrafos sobre tu héroe, Jimmy.

Jimmy.—(Lloroso.) ¿Y qué dicen?

Windbag.—(Leyendo.) «Nikola Tesla, héroe anónimo de la ciencia, abandona su habitual residencia en el Waldorf Astoria y busca un nuevo cuartel general para sus trabajos científicos. Llevaba residiendo en el Waldorf más de nueve años. La dirección del hotel afirma que se marchó sin pagar ni un céntimo y que les debe cientos de miles de dólares. Se avecina un pleito largo y, dada la situación financiera del ingeniero, todo hace suponer que el Waldorf se quedará sin cobrar». ¡Hemos hecho las diez de últimas!

Jimmy.—¡Al final, Edison tenía razón!

 

Cómo se civilizó el primer perro

 

 

          (Lo que vamos a contar aquí no es una anécdota real, sino una leyenda africana, concretamente del distrito de Bata, en Guinea, según se entra, a mano derecha.)

 

          Pues acaeció, hijo, mío, cuando la Tierra aún era joven y las palmeras tenían sus hojas relucientes de puro nuevas, que los Animales del Bosque se reunieron con un Propósito para su Vida y organizaron una Asamblea para elegir a su Rey, y optaron por el Primer León... (vamos a dejar estas mayúsculas innecesarias para que la anécdota no parezca un fragmento de un libro de misticismo ocultista).

Este mandó que se despejara un trozo de selva para establecer allí un cementerio (municipal), donde de entonces en adelante todas las bestias llevarían a sus muertos queridos (y a los no queridos, también, porque en algún sitio había que echarlos). Así se hizo y nadie sospechó nada raro, de momento.

Pero el Primer Perro era astuto y, por demás, cotilla, y hablando con unos y con otros acabó por enterarse de la terrible verdad: el Primer León y el Primer Tigre (que eran los Primeros Amiguetes) devoraban los cadáveres que las otras bestias llevaban allí y se ahorraban de esta manera el trabajo de salir a cazar con la calor.

Sucedió entonces que murió la madre del Primer Perro (sería la Perra Cero, entendemos) y fue llevada, como correspondía, al recién inaugurado cementerio. El Primer Perro se olió la tostada y se escondió tras una bicicleta para observar a los dos felinos. Cuando se hubieron merendado a su señora madre, el can decidió vengarse, pidiendo ayuda a los hombres.

Marchó en dirección al poblado y encontró a los humanos reunidos en la «Casa de la Palabra», haciendo probablemente hechizos de magia. El Primer Perro pudo escuchar las voces que salían del recinto, pero no pudo entenderlas. Tales invocaciones decían cosas como «¡Envido!», ¡«Órdago!», «¡Mus!» y otros sortilegios por el estilo.

Cuando consiguió la atención de los Primeros Hombres con unos cuantos ladridos en re bemol mayor, les relató su sucedido y pidió su ayuda escarmentante para con aquellos dos gatos grandes y sinvergüenzas.

Pero los hombres no dan nada a cambio de nada y exigieron su precio: ayudarían en aquella ocasión específica a condición de que el perro se comprometiera a permanecer con ellos para siempre y les ayudara con la caza, la casa, etc. ¡Pues no eran nadie los Primeros Hombres pidiendo!

El Primer Perro accedió, bien por bondad de corazón o por memez (eso aún está por dilucidarse).

Se prepararon trampas para los felinos y se dieron batidos a las fieras (batidos, no: batidas; ¡solo hubiera faltado que se les hubieran preparado refrescos!).

Pero cuando el león se enteró de que el perro era tránsfuga, como un político contemporáneo cualquiera, reunió a todas las fieras corrupias de la selva y marchó con su ejército animal contra el poblado de los Primeros Hombres.

Afortunadamente, empezó a llover agua (nunca está de más especificar, porque en otros mitos llueven otras cosas: leche, maná en el desierto, pipí de ángeles, etc.) y las fieras prefirieron irse a sus guaridas y desertaron en masa.

Un cazador con excelente puntería o excelente suerte (esto también está por dilucidar) alcanzó al león con una flecha y lo mató muerto.

Desde entonces, hijo mío, el perro vive con los hombres, convertido en enemigo de los animales salvajes, y estos no tienen rey, sino que cada uno hace lo que le da la gana, dentro de sus posibilidades.