Comepecados, una actividad poco nutritiva

Antonio Machado

MI ÚLTIMO LIBRO: UN CÓMIC SOBRE EL GRAN POETA, CON EXCELENTES ILUSTRACIONES DE LIDIA CANTOS VICENT

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Antonio Machado (1875-1939) fue un poeta sevillano perteneciente a la Generación del 1898. Pasó casi toda su vida en Castilla y escribió muchas de sus mejores composiciones bajo la influencia de su paisaje. Por motivos políticos, la mayor parte de sus obras estuvieron censuradas durante el franquismo, pero en la actualidad se le considera uno de los nombres más grandes en la lírica española. Junto a sus libros de poesía han de destacarse también algunas comedias costumbristas que escribió junto con su hermano Manuel, otro gran poeta, así como su libro de ensayos filosóficos titulado Juan de Mairena.

Su estilo directo, su elegancia, su sinceridad, su profundidad y su personal tratamiento de los hechos convierten sus poesías en algo verdaderamente sentido y que llega al corazón del pueblo. En este cómic se nos habla en detalle de un gran artista, de un intelectual comprometido con sus ideas, de un hombre sencillo que sufrió la pobreza y el destierro. En él se detalla la vida y la obra de uno de los mayores poetas y pensadores que ha dado España. Antonio Machado es alguien verdaderamente merece la pena conocer.

 

Un karmacuento

 

 

    


Sucedió que un hombre decidió invitar a un banquete a sus más íntimos amigos. Con tal propósito envió a su sirvienta al mercado, para que comprara leche en abundancia con la que hacer postres para agasajar a sus huéspedes.

La criada fue al mercado, sisó un poco, compró leche y volvió a casa, llevando el cántaro sobre la cabeza y meneando las caderas, para ver si le salía plan para el fin de semana.

Un milano, que acababa de cazar a una víbora, volaba por encima de la sirvienta. Como el reptil hacía por soltarse (¡a ver!), el ave le dio un apretón (al reptil) y le sacó allí mismo las mantecas. El veneno serpentino cayó sobre el cántaro de leche y la mucama no se enteró.

Aquella noche, los invitados tomaron los dulces y, al poco, todos fallecieron en medio de la sala y de grandes dolores, a excepción del anfitrión que, por ser diabético, no los probó.

Los familiares de los fallecidos se cabrearon un tanto y se fueron a que les escuchara el rey, que para eso era rey, no como los de ahora, que no escuchan a nadie. Responsabilizaron al anfitrión, ya que todos murieron en su casa.

          Ahora bien: en estas historias suele haber un ministro muy sabio. En la mía no hay uno, sino varios. Así es que dijo uno de ellos:

—La persona que convida a cenar a sus amigos no puede siempre probar todos los manjares: acabaría con dolor de vientre. La culpa fue del milano, que descuajeringó a la serpiente e hizo que se derramase su veneno.

          —No estoy de acuerdo —intervino otro—. El milano iba a lo suyo y no sabía que bajo él hubiera ningún cántaro. Seguía su instinto y despachurró a la serpiente cuando ésta quiso escapar. La responsabilidad es de la tonta de la serpiente, porque el veneno era suyo.

—La serpiente estaba muerta cuando se derramó su veneno —dijo otro listillo—. Y antes estaba prisionera y no podía sino intentar escapar del ave. ¿Cómo podéis acusar a la pobre serpiente? La culpa es de la sirvienta, porque debería haber tapado el cántaro de leche para que ésta no se ensuciase con nada. No lo hizo, la muy guarra, y he aquí el resultado.

Entonces intervino finalmente otro sabio de más categoría (uno que el rey tenía para un caso de apuro). Dijo:

—Todos habéis errado en vuestros juicios. No habéis dado ni una. El anfitrión no tuvo culpa, pues no podía probar todos los manjares; la criada, tampoco, pues nadie le mandó que tapara la leche y mal podía imaginar que algo así podía suceder; el milano había cazado como tenía por costumbre y la culebra estaba en poder ajeno.

—¿Quién, entonces, es el responsable de las muertes? —quiso saber el rey—. Porque yo tendré que mandar ajusticiar a alguien, como comprenderás. Si no lo hago, quedaré en muy mal lugar.

Entonces el sabio más sabio dijo:

—El responsable de las muertes es...

 

Ponemos unos asteriscos antes de continuar para que el lector haga una pausa y para así añadir suspense a la narración.

 

*        *        *

 

Fin del cuento de los invitados que murieron porque les dieron una leche (en mal estado)

 

          Dijo el sabio:

—Los muertos mismos son los responsables.

Esta respuesta llenó de estupor a todos los presentes.

—A todos les llegó, evidentemente, su hora de morir —continuó—. La concatenación de acontecimientos sirvió para que se cumpliera el destino de todos. Pero los libros nos dicen que lo que les sucede a las criaturas no es fruto del azar ni del capricho de un dios. El mundo está sujeto a la ley del karma, a la causa y al efecto. Los convidados al banquete hicieron malvadas acciones en otras vidas que determinaron que en ésta tendrían un fin trágico y lamentable. Ellos únicamente fueron los causantes de sus males presentes. El anfitrión, la criada, el milano y la serpiente fueron tan solo instrumentos de su propio destino.

 

(¿A que no se esperaban este final, eh?)

 

Campoamor: el humor sin gracia

 

 

El poeta de los dos campos, Ramón de Campoamor y Campoosorio, provenía, ¡claro!, de una familia de terratenientes. Tuvo el acierto de nacer en 1817 y cometió la torpeza de morirse en 1901.

Nuestro hombre quiso ser jesuita en su juventud, lo que explica muchas cosas. Estudió Medicina un rato, pero pronto lo dejó. Su gran amor por la literatura le llevó a ser gobernador civil de Alicante y de otros sitios de veraneo. Su carrera política fue brillante: fue consejero de estado, subsecretario, diputado a Cortes, senador y reumático.

En 1861 sus escritos le llevaron a la Academia y le dejaron en la puerta.

Compuso su obra literaria rodeado de gloria popular y envuelto en una faja que le mejoraba mucho el tipo.

Tituló uno de sus libros Ternezas y flores, demostrando así ser más cursi que un trombón con lazo. (Por si alguien duda de esta aseveración, diremos que su segundo libro se llamaba Ayes del alma.)

 Imitó a Lamartine en sus temas y a Victor Hugo en su forma de anudarse la chalina.

Su estilo puede resumirse de manera admirablemente precisa en dos palabras: tono llorón.

Se dudó en su día en clasificarlo como poeta-filósofo o filósofo-poeta. En la actualidad se debate entre pedante-pelmazo o pelmazo-pedante.

Dicen que fue el enterrador de todo lo malo del romanticismo, pero no hay que hacer caso de habladurías.

Sin embargo, la crítica le amó. Leopoldo Alas «Clarín» dijo una vez que Campoamor era «nuestro mejor poeta» y se quedó tan pancho.

A «Azorín» le gustaba mucho Campoamor, lo que no hace sino refrendar nuestra opinión de que sus poemas prosaicos y moralejantes, cargados de filosofía para porteras, no valen un pimiento de esos verdes.

Nos alegra observar que en las principales antologías de poetas del xix Campoamor no figura en absoluto.

Pese a lo antedicho, Campoamor obtuvo gran fama mediante un bien meditado ardid: practicaba todos los días, de 5 a 6, la redacción de pequeños poemas tomados de aquí y de allá para luego «improvisar» en los saraos y escribírselos en los abanicos a las señoras que se los pedían, mientras se tomaban una copa de ponche. Y cuando las señoras de la buena sociedad empezaron a hablar bien de él, sus maridos no se atrevieron a contradecirlas, produciéndose así la escalada social de don Ramón. Recuérdese que en su tiempo se le llegó a considerar un poeta muy superior a Zorrilla, lo que es una injusticia mayor que la Ley Hipotecaria.

Campoamor se dijo inventor de un género nuevo, al que llamó humorada. «La humorada debe ser corta», sentenció. Estamos perfectamente de acuerdo. Cuando tenemos que leer algo de Campoamor, queremos que sea lo más corto posible.

Y zambulléndonos de pleno en el asunto: ¿tienen la más mínima gracia las humoradas de Campoamor? La respuesta es no, se pongan los críticos como se pongan.

          ¿Por qué lo hizo el bueno de don Ramón? Por ese afán español de ser más que el vecino, de inventar algo perdurable. No fue él sólo. Unamuno declaró que lo que él escribía no eran novelas, sino nivolas. Valle-Inclán quiso redenominar al género grotesco como esperpento. No faltó quien, en lugar de sonetos, dijo escribir sonites (Manuel Machado). Las greguerías no son sino metáforas más o menos superrealistas. En fin, vanitas vanitatis.

          (Porque a lo que se puede aspirar es a escribir algún buen párrafo que otro. Inventar géneros no está al alcance de todos, por más que se empeñen estos autores de teatro moderno que rellenan sus obras con proyecciones en Power Point o fuegos artificiales.)

          Volviendo a Campoamor, ya que estamos, puede que sus doloras sí pudieran considerarse como un subgénero medianamente identificable y distinto. Las más famosas son El gaitero de Gijón y esa otra en donde se mostró inesperadamente sincero y que se titula ¡Quién supiera escribir!

          Él mismo definió sus géneros. Citamos textualmente: «¿Qué es humorada? Un rasgo intencionado. ¿Y dolora? Una humorada convertida en drama.» ¡Qué definición más inane! ¡Un rasgo intencionado! Un rasgo ¿de qué? ¿Y con qué intención? Esta frase no nos dice nada en absoluto.

          Ejemplo de humorada:

 Las hijas de las madres que amé tanto

me miran hoy como se mira a un santo.

 ¿Les ha hecho reír? ¿A que no? Pues eso.

          ¿A qué conclusión llegamos después de todas estas disquisiciones divagantes? A que Campoamor sí inventó algo después de todo; inventó el humor sin pizca de gracia.

Entrevista a Hitler

 HOY ES MI CUMPLEAÑOS Y HE QUERIDO SER EL PRIMERO EN FELICITARME (POR AQUELLO DE QUE LA CARIDAD BIEN ENTENDIDA EMPIEZA POR UNO MISMO), PERO NO HA SIDO POSIBLE. MUCHOS DE MIS QUERIDOS AMIGOS DE LA RED SE ME HAN ADELANTADO. (GRACIAS A TODOS, POR CIERTO). PERO SÍ HE TENIDO UN AUTOREGALO, PUES ACABA DE SALIR A LA VENTA OTRA MÁS DE MIS «HISTORIAS CÓMICAS».