La España de charanga y pandereta

La consecución de la paz mundial y más cosas

 


 

          Por un azar que no viene al caso he descubierto el remedio para la inmensa mayoría de los males humanos, la solución definitiva que nuestra especie busca desde hace milenios. Es desmesuradamente simple, estúpidamente fácil, accesible a todos y, además, gratuita; vamos, que es perfecta.

          Estoy orgullosísimo de mí mismo.

          La solución consiste... ¿Cómo decirlo? es algo genial, de puro simple. Consiste meramente en andar treinta y siete kilómetros diarios.

          Y se dirán ustedes: «¿Cómo esa caminata puede solventar los conflictos de un mundo tan complejo como es el nuestro?» Pues sí: ¡mira tú por donde, lo hace!

          Piensen que, aparte de algún terremoto que otro (regalo de la madre Naturaleza), la inmensa mayoría de nuestros males deriva de la abyecta y detestable conducta humana.

          Pero tras caminar treinta y siete kilómetros todos los días, la conducta humana se modifica de una manera drástica, lindante con lo milagroso.

          Consideremos las guerras, para empezar. Tras el kilométrico paseo estaríamos tan sumamente derrengados que seríamos del todo incapaces de reunirnos en ninguna plaza pública para rugir de indignación contra cualquier otro país o de exaltarnos en furia patriótica. Y mucho menos querríamos coger una ametralladora (con todo lo que pesan) y desplazarnos a cualquier lado a pegar tiros, por mucho que los políticos intentaran convencernos de que nuestros futuros blancos se merecían ser soberanamente tiroteados. Lo único que querríamos coger sería la cama cuanto antes y olvidarnos de la política.

          Las actividades terroristas también se resentirían, pues poner bombas en coches y grandes almacenes quema mucha energía nerviosa y cansa bastante.

          La criminalidad se reduciría asimismo. El típico carterista que ha de estar horas y horas sin fin en las plazas aguardando a sus víctimas no tendría fuerzas ni para tenerse en pie. Los asaltadores de bancos considerarían que los lingotes pesan mucho y no les apetecería el atraco.

          La medida afectaría positivamente también a la violencia de género, pues para pegarle a tu mujer tienes que estar fuerte y los kilómetros habrían consumido tus energías. Y nadie sería infiel a su pareja, a no ser que el amante viviese muy cerquita y no hubiese que desplazarse demasiado.

          Todo esto sin contar los beneficios económicos que obtendría la industria del calzado.

          Sigan pensando y verán cómo eliminaríamos así todo tipo de conductas indeseables.

Si me quieren avisar para concederme el premio Nobel de la Paz o cualquier otro que incluya una suculenta cantidad en metálico, mi correo electrónico es egjardiel@gmail.com

 

 

 

Dentro del cocodrilo

Petición al lector

 ESTAMOS PREPARANDO NUESTRA GIRA DE OTOÑO. 

SI CONOCÉIS AL PROGRAMADOR DEL TEATRO DE VUESTRA LOCALIDAD, MANDADME SU CONTACTO POR PRIVADO Y TANTO YO COMO TALÍA, MUSA DE LA COMEDIA, OS LO AGRADECEREMOS SOBREMANERA.

 


 

 

Luis Alberto de Cuenca sobre GALDÓS EN LOS INFIERNOS

Fouché se transfuga varias veces

 


 

Uno de los más curiosos subproductos de la historia ha sido siempre la aparición de sinvergüenzas de corte maquiavélico. Ahora bien, en la sinvergonzonería —como en todo en esta vida— hay clases. Concretamente, en esa merienda de negros que fue la Revolución francesa, los sinvergüenzas acabaron divididos entre aquellos que por torpes perdieron instantáneamente la cabeza a manos del hábil Sanson, verdugo de París, y los (poquísimos) que por listos la conservaron, aunque luego durante el resto de su vida le dieran poco uso.

La figura de Joseph Fouché es una de las destacadísimas, puesto que no solamente sobrevivió al Terror, sino también al gordo de Luis XVIII, lo que casi tiene más mérito. De ser un jacobino que se comía a los nobles crudos para desayunar, Fouché llegó a ser duque de Otranto, realista convencido, millonario y feliz accionista de la Telefónica francesa.

¿Cómo pudo suceder eso? Pues porque el pueblo francés y sus gobernantes resultaron ser muy olvidadizos. Veámoslo.

Su triunfo como político durante el proceso revolucionario se debió a que no hizo nada, procedimiento que aconsejaríamos a nuestros líderes actuales, pero que no lo recomendamos porque no les hace ninguna falta: ellos motu proprio tampoco hacen nada.

Por no hacer nada se entiende que Fouché no peroró en la Asamblea Nacional; no se subió ni una sola vez a la tribuna de oradores, alegando miedo a las alturas; no pronunció apasionantes y enfervorizados discursos ni tampoco aburridos y somnolecedores; ni siquiera intentó destacar entre su facción, los girondinos, sino que modestamente se pasó a los jacobinos cuando los otros perdieron importancia y a él le vino bien.

El caso es que nadie notaba ni su ausencia ni su presencia. El afán por dar discursos y sermonear al prójimo era entonces tan fuerte que todos se daban de bofetadas porque les dejaran hablar a ellos. Fouché no, con lo cual no se hizo famoso y nadie recordó su nombre cuando se empezaron a pedir cabezas a diario para mitigar la sensación de déjà vu que inunda todos los procesos revolucionarios.

La inacción de Fouché era sólo externa, todo hay que decirlo. Por detrás movía los hilos con habilidad de titiritero, enterándose de los secretos de sus compañeros de tribuna y chantajeándoles a placer, actividad para la que resultó estar admirablemente dotado por la naturaleza. Fue el inventor de facto del espionaje moderno, tal y como lo conocemos.

Llegó entonces el momento crucial para los tigres de la Gironda y también para los chacales jacobinos sedientos de sangre: la decisión de si había que cortarle la cabeza al rey Luis XVI, culpable del delito de ser tonto y mal rey, o si se le podía dejar en su sitio para facilitarle el peinado. Con prácticamente un empate, le tocó el turno de emitir su voto al bueno de Fouché (¿o habría que decir «al malo de Fouché»?), quien ya no pudo ampararse en el anonimato y dijo con la boca chica: «La mort», cambiando así un poquito la historia de Francia.

Luego, a lo largo de toda su dilatada vida, Fouché tendría que escribir kilómetros y kilómetros de frases justificativas, empleando cubos y cubos de tinta y el papel sacado de un montón de árboles y trapos viejos para exonerarse de esas dos regicídicas palabras.

Pero en aquel momento, le dieron fama de sanguinario, lo que llevó al Comité de Salvación Pública a enviarle a Lyon en 1793 a meter en cintura a una población más monárquica de lo que convenía en aquellos tiempos turbulentos.

Fouché se portó, haciendo matar a miles de burgueses adinerados, lo que le valió el apodo de «Mitrailleur de Lyon». Además, con un martillito de plata, fue dando simbólicos golpes y rompiéndoles las narices a las efigies de los santos de todas las iglesias de la ciudad. Los santos protestaron, pero nadie les hizo demasiado caso.

Cuando volvió a París, había adquirido tanto nombre como revolucionario de primera que Robespierre sintió la picadura del mosquito de los celos y determinó cargarse a aquel individuo que le hacía tanta sombra, pese a que era bastante flacucho. Pero, ¡ah!, lo que Robespierre no sabía era que Fouché era un experto complotero con el que no tenía cuenta enemistarse y que iba a orquestar el golpe de estado de Thermidor, que acabaría con él. Fouché fue el «cocinero de la conspiración», según dijo el propio Robespierre, que siempre le tuvo tirria (bien fundada, como se demostró después, cuando el otro hizo que le cortara la cabeza).

Con la llegada del Directorio (que, por cierto, llegó con bastante retraso sobre lo previsto), perfeccionó su profesión de tránsfuga vocacional, logrando ser amiguete de Barras primero y de Babeuf después, y lo hubiera sido de cualquier otro que hubiera aparecido por allí con ganas de mandar.

En 1799 se le nombra Ministro de la Policía y es ahí, en el espionaje organizado y pagado con fondos públicos, en donde Fouché se encuentra verdaderamente en su salsa y puede desplegar sus habilidades, como si sus habilidades fueran un mapa de carreteras.

Crea una magistral red de espionaje de la que no se salva nadie. Si antes conocía los secretos de sus compañeros de gobierno, sus robos, sus estupros y sus chanchullés (no estamos seguros de que esta palabra exista en francés, aunque recordamos haberla leído en algún sitio), ahora sabía los de mucha otra gente importante de toda Francia. Usará esta información para prosperar y para tomarle el pelo primero a Napoleón y luego a los borbones, pero sobre todo, para gobernar él y ser el verdadero amo de Francia, sin que se note mucho.

¿Por dónde íbamos? ¡Ah, sí!

Fue su red de agentes por toda Francia la que ayudó decisivamente al golpe de estado que llevó al poder a Bonaparte. Y Fouché siempre tendría en vilo a su señor, que no se fiaba de él ni un pelo y hacía muy requetebién.

El ministro de policía se inventó una oficina de censura, por la que permitía o prohibía determinadas publicaciones realistas, para poner nervioso a Napoleón. Se inventaba complots (la Academia prefiere ‘complós’ o ‘complotes’, pero a nosotros no nos gustan estos términos) contra él, que luego destripaba, con lo que se hizo imprescindible y terrible.

Se llevó a matar con Talleyrand, que sabía que Fouché era un bicho de mucho cuidado, y solamente estuvieron de acuerdo en aquellos asuntos que significaban más poder para ellos y menos para Bonaparte.

Cuando Napoleón se harta de él y le destituye, Fouché se dedica a las finanzas y con sus contactos y secretos consigue toda la información privilegiada que le da la gana y se convierte en el hombre más rico de Francia, arruinando al hacerlo a unos cuantos financieros culpables de ser menos hábiles que él.

En el momento en que Napoleón se corona emperador, le vuelve a contratar, pues aunque había supuestamente desmantelado el ministerio de policía, éste seguía funcionando en la sombra, informando a Fouché, como un cuerpo de espionaje privado. Y esto le hacía imprescindible. Gobernar sin él era como pretender hacer croquetas sin harina: una empresa condenada al fracaso.

De nuevo al servicio del tenientillo corso venido a más, Fouché destapa tres o cuatro conspiraciones, una semana sí y otra también.

El hábil enredador —quizá hastiado por la rutina— se inventa él mismo una conspiración contra el emperador, lía a Talleyrand para que le secunde, la filtra para que Napoleón se entere, hace recaer las culpas en su socio y se carga así a su principal enemigo político y al único hombre de Francia lo suficientemente inteligente como para sustituirle. A partir de ese momento, gobierna más aún, si cabe.

De hecho, le agrada tanto eso de gobernar que empieza a llevar a cabo tal actividad por su cuenta y riesgo. Mientras Napoleón está en Austria haciendo de las suyas (haciendo sus guerras, queremos decir), Inglaterra intenta una invasión de Francia. Fouché, sin encomendarse a Napoleón ni al diablo, organiza la defensa por su cuenta, llama a filas a los licenciados de la Guardia Nacional, recluta tropas, hace proclamas y descalabra a los ingleses. Napoleón tiene que reconocer públicamente que su ministro lo ha hecho muy bien y esto le repatea.

Y como Fouché le ha cogido el gusto al mando, se dedica siempre que puede a mover tropas de acá para allá, a espaldas de su señor. En el momento en que éste se entera, le expulsa del gobierno, le nombra embajador y le manda a Iliria (que era como enviarle a ese sitio tan feo al que solemos mandar a la gente que nos molesta).

Fouché está fuera de Francia en su cargo diplomático cuando cae Napoleón, haciéndose bastante daño. Fouché corre a París (no literalmente, suponemos) y se encuentra, para su sorpresa y decepción, con que el viejo zorro de Talleyrand ha instalado en el trono a los borbones y es él quien mangonea en el país.

A Luis XVIII —que recuerda aquella sentencia de muerte dictada contra su hermano— Fouché no le cae excesivamente simpático, por decirlo de una forma suave. Así es que no le da ni los buenos días, mucho menos un cargo.

Pero Napoleón se escapa de su prisión en Elba y avanza hacia París. Al principio los borbones se ríen mucho. Luis XVIII incluso se atraganta de tanta risa. Pero a medida que las tropas que se supone que tienen que detener a Napoleón se van uniendo a su ejército, ya se van riendo menos. «El monstruo se ha escapado» se convierte sucesivamente en «El tirano avanza hacia la capital», «El general rebelde aumenta su ejército», «Napoleón está a las puertas de la ciudad» y «El glorioso emperador entra en París». Los borbones ya no se ríen nada.

¿Quién puede ayudar en esta situación? Fouché. Le ofrecen de nuevo el ministerio de policía.

¡Ah, amigo! Pero las cosas han cambiado. Fouché sabe que los borbones, ante Napoleón, no tienen ni dos bofetadas, así es que no se compromete con la causa perdedora. Aconseja el rey que se vaya a paseo (a Gante) y le promete que él se quedará en París para ponerle la zancadilla a Bonaparte a las primeras de cambio. Se gana así la buena voluntad y el agradecimiento borbónicos (si es que tales cosas han existido alguna vez).

En 1814 Napoleón llega a París y se inicia el Imperio de los Cien Días. Pero entonces al emperador le sacuden en Waterloo y el exemperador se encuentra con un parlamento controlado por Fouché, que acaba haciéndose con las riendas del poder y obligándole a abdicar.

Napoleón escribió más tarde en sus Memorias: «Desde lo alto de estas pirámides, cuarenta siglos os contemplan».

(Esta frase de Napoleón no tiene nada que ver con lo que estamos contando aquí. Nos hemos equivocado de cita y pedimos perdón por ello. En realidad, las palabras de Bonaparte que queríamos mencionar eran las siguientes: «Si la traición tuviese nombre, se llamaría Fouché».)

Cuando las tropas aliadas entran en París, controlando la ciudad y comiéndose todos los bollos de crema de todas las pastelerías, Fouché, amo y señor del cotarro en ese momento, entrega el poder a Luis XVIII, contando con su agradecimiento por haberle regalado un trono.

Este fue su mayor y único fallo político: fiarse de los borbones.

Lo pagaría caro.

Porque éstos le prometieron en un principio el oro y el moro, diciendo estarle «agradecidísimos». Pero al cabo de un tiempo breve, cuando Luis XVIII sintió sus reales posaderas bien afianzadas en el solio real, recuperó la memoria y ya no se acordó de ese Fouché que posibilitó su restauración en el trono, sino sólo de aquel Fouché, el «Mitrailleur de Lyon», que votó un día para descabezar a Luis XVI.

Así es que en 1816 empezaron a hacerle el moving.

Primero les desministrizaron de la policía y le embajadieron a Sajonia, para contentar a los ultrarrealistas, que estaban desatados haciéndole la pelota al rey para conseguir títulos nobiliarios. Luis XVIII, que había tragado en un principio con aquel jacobino «arrepentido», no tuvo otra que dejar caer a Fouché como si fuera el envoltorio de un caramelo.

Se le destituyó enseguida de su cargo diplomático, por medio de una ley para proscribir a los regidas que se votó especialmente para él. Se le finiquitó así políticamente.

Fouché tuvo que refugiarse en el Imperio austriaco, al que había puesto de vuelta y media durante la etapa de la Revolución.

En eso acabó el «agradecimiento» borbónico.

La moraleja de esta vida es que por malo que seas, siempre acabas topando con otro más malo que tú.

Joseph Fouché, rey en la sombra durante un montón de gobiernos diferentes, murió en el destierro, en Trieste, en 1820.

(Y si no murió y sigue todavía por ahí, entonces debe de haber llevado una vida muy retirada, porque no hemos vuelto a tener noticias de él.)

 

El desmontañamiento

 



          La economía mundial va mal, en el mundo ya hay mucha gente y ya va faltando sitio.

          La conclusión que se deduce de esto está clara: ha llegado la hora de quitar las montañas.

          Porque las montañas, señores, no sirven para nada, salvo para que las escalen con gran dificultad unos señores que van con botas especiales y forros polares precedidos por unos guías locales que van descalzos y sin casi nada encima.

          Mi proyecto de drástica reestructuración del planeta (una de las cosas que quiero llevar a cabo antes de jubilarme) podría muy bien empezar por este paso: nivelar las montañas y arrojar la tierra y las piedras al mar, para la formación de nuevas islas. Piénsenlo: los beneficios serían inmensos.

          En primer lugar tendríamos más llanuras para el cultivo de esos cereales que algunos se toman para desayunar en lugar de un croissant o una tostada.

          Todo el mundo tendría curiosidad por visitar las islas recién formadas, lo que generaría muchos nuevos puestos de empleo entre cartógrafos, profesores de geografía, agentes de aduanas, carteristas y en las industrias turística y hotelera principalmente.

          Habría otras ventajas. Muchos pueblos recibirían más luz del sol, al no tener cerca una montaña que se la tapase. Muchos menos pilotos borrachos se estrellarían contra los montes. Y los paisajistas tendrían que inventarse nuevas cosas que pintar, en vez de repetirse como pepinos en lienzos sobre «Nieves eternas» o «Vista parcial del Moncayo desde San Millán de la Cogolla», con lo cual todos los amantes del arte saldríamos ganando.

          En cuanto a la utilidad de las islas es tema inagotable. Yo me inclinaría por hacer islas temáticas, cada una de ellas dedicada íntegramente a un fin: parque de atracciones, burdel campestre, colonia penitenciaria, casino, manicomio al aire libre... las opciones son múltiples.

          Las islas se podrían vender a buen precio a los grupos de separatistas y pronto tendríamos países-archipiélago como Nueva Euskadi o Palestine-on-Sea. No descarto islas dedicadas a minorías, como Republicana Española o Afroamérica, donde se irían a vivir los descontentos en sus propios países.

          ¡No me digan que no es una idea de rechupete!

 

 

 

Personajes literarios sin pizca de vergüenza

 


Los cautivadores encantos de Villanueva y la Geltrú

 


 

Esta bella villa (¡qué mal suenan estas dos palabras juntas!) se encuentra a 46 kilómetros de Barcelona (o a 826, si te empeñas en visitar, de camino, el palmeral de Elche). Las leyendas sobre su fundación resultan un tanto picantes y, por ende, interesantes para muchos.

Según se cuenta, el señor feudal de la antigua Geltrú era un viejo verdísimo que instauró el «derecho de pernada», lo que le permitía catar el primero a las recién casadas, como si fueran melones maduros que luego se comían otros. Algunos siervos melindrosos se opusieron a esto (no todos: los hubo a los que no les importó demasiado). Los descontentos, como no tenían los suficientes arrestos para cantarle las cuarenta en bastos a su señor natural, optaron por hacer las maletas y trasladarse con sus esposas y sus gallinas a otro sitio, fundando una villa nueva a la que llamaron Villanueva, porque nadie tenía realmente tiempo que perder como para ponerse a pensar en un nombre más atractivo.

Con el tiempo, la villa creció y acabó lindando con Geltrú y, luego, unificándose con ella, con lo que el señor de marras acabó, al fin y a la postre, ejerciendo aquel derecho que tanto le apetecía ejercer.

Parece ser que en 1274 el rey Jaime I le mandó una carta a la villa, inaugurándola oficialmente, sin darse cuenta de que ya estaba inaugurada hacía varios siglos, pero es que era un monarca muy despistado. A mediados del siglo xviii (porque en todo ese tiempo no pasó nada digno de mención) se creó allí una fábrica de pelucas para ilustrados cursis, que determinó el crecimiento, la prosperidad y hasta nos atrevemos a decir que la efervescencia económica de la localidad. Se fundaron en ella las primeras sociedades recreativas modernas (sin contar, claro está, algunos lugares más antiguos que proporcionaban a la población masculina otro tipo de recreo más tradicional).

A partir de ese momento el ambiente de juerga y jolgorio ya no abandonó a la villa, en la que se construyeron jardines de esparcimiento para que los vilanovageltrunenses se esparcieran bien esparcidos, con espacios para espectáculos permanentes y puestos de helados de varios sabores.

La época dorada de la ciudad fue durante el romanticismo, momento en el que un alcalde chalado mandó pintar todas las fachadas de las casas de color amarillo loro. Fue entonces cuando se construyeron diversos museos, que estuvieron vacíos durante muchos años hasta que se consiguió encontrar objetos suficientes para poner dentro.

El escudo de la ciudad está partido en dos (y desde la Edad Media no han conseguido aún pegar las dos mitades). En un lado, se ve un castillo de oro sobre un campo de azur (el azur heráldico no es sino el color azul de toda la vida, pronunciado por un andaluz muy de su pueblo). En el otro lado, hay cuatro palos de gules (que no es nada de comer, sino sólo el color rojo). Son las armas reales de Cataluña, para que a los oriundos de allí no se les olvide a qué lugar pertenecen. La bandera de la villa es exactamente igual, con el mismo castillo y todo. La principal diferencia entre la bandera y el escudo es que la bandera suele ser de tela y el escudo, en cambio, no.

Villanueva y la Geltrú tiene sus propias celebraciones, porque de otra manera habría desarrollado un complejo de inferioridad ante otras localidades vecinas. En Carnaval son famosos los empastifats [embadurnados], una tradición que consiste en que los pasteleros de la ciudad se forren vendiendo merengues para que los vilanovinos y vilanovinas se los tiren unos a otros, con o sin piedra dentro, dependiendo del grado de amistad o enemistad que mantengan con sus conciudadanos. No se sabe el origen de esta peculiar tradición, aunque los reposteros juran que no la inventaron ellos para sacarles los cuartos a sus vecinos, afirmación que no nos creemos.

Otra costumbre curiosa consiste en que las mozas solteras le recen a San Antonio para conseguir un novio rico y tonto, el ideal de cualquier mujer. Pero nos asalta la sospecha de que tal práctica no es únicamente patrimonio de Vilanova i la Geltrú, sino que se halla extendida también por otros lugares de la península.

Hay otras muchas tradiciones populares que no contamos aquí para no chafarles la sorpresa a los que visiten la ciudad durante sus fiestas.

Pero sí hay que destacar que allí se celebra un Festival Internacional de Música Popular. Es el certamen más antiguo de España de los dedicados a lo que hoy en día se conoce como «músicas del mundo», lo cual es una definición muy tonta y redundante, porque, si no son del mundo, no nos explicamos de dónde demonios van a ser las músicas.

Hablemos a continuación de sus apabullantes museos.

 

Apabullantes museos de la localidad

 

Biblioteca Museo Víctor Balaguer

          Este cuco edificio alberga un gran número de volúmenes en su interior, porque los que se dejaron en el exterior se mojaron todos el primer día que llovió.

          En la Biblioteca hay unas mesas y unas sillas en las que los visitantes pueden sentarse y leer periódicos, lo que les permite estar informados de la actualidad.

          (El párrafo anterior es un magnífico ejemplo de cómo se puede escribir y escribir sin decir absolutamente nada.)

          La colección consta de 7000 volúmenes desde su inicio y los 7000 siguen estando todos allí. El hecho de que en siglo y medio nadie haya querido robar ningún libro de la biblioteca nos lleva a sospechar que tales libros no deben ser particularmente interesantes.

          La sorpresa que se lleva el visitante es que en la biblioteca también hay cuadros de Rubens, Murillo, Goya y otros pintores aún peores. Y, acto seguido, el visitante se pregunta: ¿por qué la Biblioteca-Museo no se llama Biblioteca-Pinacoteca-Museo? Y la respuesta es tan tonta como que entonces el nombre del edificio no cabría en el cartel de la fachada.

 

El Museo Romántico Can Papiol       

          Tras estar cerrado durante unos años, este simpático museo volvió a abrir sus puertas en 2011 (cuando, por fin, encontraron la llave, que llevaba perdida un montón de tiempo). Es una casa señorial de fines del siglo xviii, que conserva los muebles, los elementos decorativos y las telarañas de la época.

          Éste es un edificio IMBCIL (Inmueble Municipal y Bien Cultural de Interés Local). Era el hogar de un comerciante que se enriqueció fabricando una nueva y revolucionaria variedad de carquiñoles de almendras (en las que no echaba almendras en absoluto). Sus descendientes lo vendieron por dos perras gordas a la Diputación de Barcelona (vendieron el edificio, no a su antepasado, el comerciante). La Diputación se lo quitó de encima en cuanto pudo, cediéndole la custodia a los del Ayuntamiento de Villanueva y la Geltrú, para que el techo se les hundiera a ellos.

          Tras su restauración, ha quedado una casa con habitaciones que se pueden visitar, porque si no se pudieran visitar estaríamos hablando de una birria de museo. Hay una entrada, por la que los visitantes pueden acceder al museo y también salirse, si lo que ven no les gusta. Una sala de espera —decorada con papel pintado donde se ven piñas tropicales, algunas de ellas boca abajo— da acceso a un despacho en el que se muestra un retrato de un señor que puede ser Jacinto Verdaguer, Lluís Companys o bien cualquier otro individuo.

          En la alcoba, de estilo Imperio, hay una mesita en la que reposa una palangana de porcelana con incrustaciones de nácar. En la sala de música se puede admirar una vitrina en la cual se guardan una armónica, un arpa de boca y un silbato de árbitro de fútbol. El salón de baile está dominado por una gran araña de cristal que no se cae, pero que da la impresión de que puede hacerlo en cualquier momento, lo que provocaba que los bailarines que usaron el salón se movieran más deprisa para acabar pronto el baile y quitarse de debajo.

          Hay también un salón de billar con una mesa de ping-pong, una sala de baño, un dormitorio pequeñito, tres capillas, un cuarto de plancha, una despensa, un granero, una bodega, un pasillo que no lleva a ningún sitio en especial y un cuarto para jugar al julepe.

          El jardín crea un ambiente romántico y reumático, por sus abundantes fuentes. Una de ellas se encuentra rematada por una escultura de Hércules, en mármol de Carrara, haciendo aguas menores encima de algunos tritones, el muy cochino. También hay un lago con lirios, nenúfares y otras flores más cursis todavía.

 

Museo del Ferrocarril de Cataluña

          Este peculiar Museo del Ferrocarril se caracteriza porque en él no hay ningún ferrocarril, sino tan sólo pinturas de muchos artistas conocidos. Sin embargo, como Villanueva y la Geltrú ya cuenta con otro museo donde se exhiben cuadros, las autoridades prefirieron dar a este museo pictórico otro nombre distinto, en pro de la variedad.

          Los cuadros son realmente preciosos: hay marinas de agua dulce y salada, paisajes bucólicos y no tan bucólicos, bodegones con comida putrefacta, retratos de solteronas ricas con cara de bruja y lienzos con manchones posmodernos, de todas las formas y tamaños. Y, lo que es mejor: estos cuadros están pintados con colores, lo que los hace aún más llamativos y alegres que si hubieran sido todos en blanco y negro.

          El museo cuenta con una tienda donde puedes comprar diversos objetos y en donde se te da también la opción de no comprarlos si no te apetece hacerlo, lo cual es casi preferible.