Heráclito y Demócrito

 

          (Una de esas Vidas paralelas que me toca escribir a mí, porque Plutarco no me contesta al teléfono: debe de estar de viaje.)

 

Heráclito

          Este señor don Heráclito (o Clito, como le llamaba su madre y cuyo nombre en español se traduce como «Federico») vivió nada menos que noventa y dos años y catorce meses sin morirse ni una sola vez. Y, en cuanto a la época en que lo hizo, se sabe solamente que era posterior a Pitágoras y anterior a Zorba, con lo cual, la verdad, no queda muy exacta su biografía. Descendía en línea recta de la familia real de Éfeso, pero renunció al trono y se dedicó a la filosofía. Como se ve, es bastante superfluo hablar de su capacidad intelectual.

          La razón de esta renuncia era que este buen hombre despreciaba a las muchedumbres y le gustaba que hubiera poco de cada cosa. A esta teoría se le dio el nombre de «escasismo» y en ella se postulaba que en el mundo había pocas cosas que merecieran la pena. Heráclito tenía pocos trajes, pocos amigos, decía pocas palabras, pagaba pocas facturas y era un amante del mínimo. Esto le creaba problemas, pues la patrona de la pensión donde el augusto príncipe efesino se hospedaba, creyendo satisfacer sus anhelos de poco, le servía siete u ocho lentejas al mediodía y no más de diez fideos en la sopa de por la noche.

          Los griegos le dieron el hombre de «Heráclito, el oscuro», no tanto por la poca claridad de sus textos enrevesados (tenía una letra fatal) como por la costumbre de lavarse pocas veces al año, hábito que afectaba directamente al espesor y colorido de su cutis.

Al principio las gentes dijeron que era sólo un sofista más. Luego, cuando conocieron su filosofía, dijeron otras cosas que no es pertinente citar aquí. No obstante, tenía a todos los hombres de letras pendientes de sus palabras y a algunos hombres con letras pendientes de pago.

          Heráclito dice que todo corre, todo fluye. Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río, porque el río permanece pero el agua no es la misma. De cualquier forma, Heráclito no se bañaba en ningún sitio, por lo que no nos explicamos el símil.

          El fuego es la sustancia primordial para Heráclito, que, aunque no consiguió un empleo en el cuerpo de Bomberos, montó una tienda de piedras de mechero para ir tirando.

          El filósofo escribió algunas obras que, afortunadamente, se han perdido. Heráclito dice que es juicioso confesar que todas las cosas son una. Aseguró a los que quisieron escucharle que había un sólo Dios, en vez de los ochocientos cuarenta y siete que decían que había los filósofos anteriores a él. Por eso dijo Aristóteles —ese señor famoso por meterse donde no le llamaban— que Heráclito fue el primero que «unizó», es decir: que fue partidario del uno o «unista».

Para demostrar su aserción, introduce en su filosofía un nuevo concepto: el sophon. El sophon tiene tal fuerza y aclara el punto de tal manera que ya no consideramos necesarios más comentarios a la doctrina de este gran hombre que renovó el pensamiento de su tiempo.

 

Demócrito

          Gran viajero y escritor griego que provocó en su tierra natal polémicas tan violentas y comentarios tan apasionados que, de sus obras, tras la guerra que organizó sólo quedaron fragmentos que no sabemos cómo (ni por qué) han llegado hasta nosotros.

          A él y a Leucipo se les consideró atomistas (a más de otra cosa) y la pareja sólo se diferenció en que de Demócrito se sabía muy poco y que, en cambio, de Leucipo se ignoraba mucho.

          Demócrito, en un día de junio y hastiado ya de hacer solitarios, cogió el ente de Parménides y de un golpe seco lo dividió. Así llegó a obtener unas partes que no se podían partir más, a las que dio el nombre de átomos irrompibles. Estos forman los mundos y, para hacer quedar en ridículo una vez más a las teorías igualitarias, son todos distintos y unos más sutiles que otros. Tienen un movimiento constante y agotador que hace que el ente quede pulverizado, como dijo el propio Demócrito por la radio.

          Así seguían fructuosamente los estudios del sabio cuando, un buen día, los átomos se le cayeron por detrás de una consola y se le perdieron. Entonces se preguntó: «Los átomos, ¿dónde están?» Y tuvo que convertir al vacío, al no ser, en el espacio para justificarse.

          En cuanto al problema del conocimiento, Demócrito lo resolvió a las mil maravillas comprándose una Enciclopedia y afirmando que las cosas emiten unos átomos sutiles que recogen los sentidos. La mente, pues, ve la fotocopia etérea de lo que se piensa y así se entera de algo.

          Sin embargo, este postulado probó ser enteramente erróneo. Esto se puede deducir del hecho de que las mentes de sus contemporáneos no recogieron bien estos átomos mentales de su teoría, ya que, pese a haberla él explicado, siguió gozando en su ciudad de fama de hombre penetrante.

          Tuvo sus más y sus menos con Heráclito, pues mientras que para éste el mundo hacía llorar al que lo contemplaba, para Demócrito la vida era motivo de risa, y mientras que al primero le sentaban como un tiro los riñones al jerez, el segundo los tomaba todos los jueves con un no disimulado deleite.

          Filosóficamente Demócrito no afirmó casi nada, pero en cambio —y para compensar— negó mucho. Negó la movilidad, negó que el conocimiento de muchas cosas acercara a la verdad, negó que el ente fuera finito y negó haber tenido algo que ver con el desfalco de varios millones de dracmas en la Caja de Ahorros de Abdera, en donde trabajaba eventualmente de cajero.

          Por fortuna esta negativa no le valió de nada y el prólogo y las notas de la primera edición de sus obras completas las redactó ya instalado en la cárcel, que allí se llamaba ergástula, pero que tenía tantos barrotes como otra cárcel cualquiera. Aún no se sabe que haya salido.

 

Autores impresentables

 

T


          Seamos sinceros: la literatura es ocupación propia únicamente de gente indecente y más fea que otra cosa.

          Hoy en día ser escritor no carece de glamour, lo reconozco; pero eso es solo una falsa imagen creada por los medios de comunicación, que pertenecen al mismo dueño que las editoriales y tienen que hacer que los libros que publican estas se vendan como sea.

          Pero, pese a la admiración que algunos literatos suscitan en las gentes mal informadas, su realidad no es en absoluto de envidiar.

          Un estudio estadístico demuestra que la mayoría de los autores famosos la han constituido personas harto defectuosas en lo físico y no digamos en lo moral; o, para decirlo de otra manera, tarados y gentuza, como devotamente reza el título de este escrito.

          Lamento tener que exponer tan tristes verdades, que acabarán con las ilusiones de más de un fan.

          Para demostrar mi anterior aseveración me veré en la necesidad de proporcionar ejemplos abundantes y convincentes, para que nadie pueda decir que son un embustero de marca mayor.

 

Miguel de Cervantes

          A más de manco y de tener cara de mala uva, este supravalorado escritor amateur (ya que nunca consiguió vivir de lo que le proporcionaban sus escritos) fue a la cárcel por malversación de fondos. Con lo difícil que es que eso suceda en nuestro país, nos imaginamos que las pruebas en su contra serían abrumadoramente contundentes.

 

William Shakespeare

          Este señor tenía que estar siempre escondiéndose en los portales para no encontrarse por la calle con Christopher Marlowe, al que había robado varios argumentos de obras teatrales y que buscaba al vate de Stratford-upon-Avon para reestructurarle la forma de las narices.

 

Lord Byron

          Este poeta inglés era cojo y bajito. Además, le olía bastante mal el aliento y se lavaba menos que el Cid Campeador. Pese a tener una exuberante melena de color castaño claro, no se la peinaba nunca y huía del perfume como del diablo. Consiguió su fama de una manera poco elegante: haciendo correr falsos rumores sobre su pervertido gusto por el incesto y la sodomía y exagerando las dimensiones de su miembro viril. que luego, a la hora de la verdad, resultó ser de lo más normalito.

 

Fiódor M. Dostoyevski

          Esta famoso ludópata estaba como una cabra y dio muchos disgustos a su pobre mujer, María Dmítrievna Isáyeva. Alternaba sus ataques de epilepsia con sus infidelidades conyugales, por lo que su vida familiar no era ninguna juerga. Si a eso le añadimos que ganó poquísimo dinero, no estamos hablando de un marido modelo, que digamos.

 

Rubén Darío

          Este poeta reservaba toda su elegancia para sus versos. En persona era feo como un mono de rostro y, además, gordo y seboso. Su tacañería en lo tocante a canapés hacía que sus invitados se quedasen siempre con hambre canina. No solo eso: se vestía como un verdadero hortera, con unos chaquetones de unos colores imposibles. ¡Quién lo iba a decir!, ¿verdad?

 

Edgar Allan Poe

          Estamos hablando de un señor de mente calenturienta y febril, que pidió prestado muchísimo dinero a unos y a otros y jamás lo devolvió. Fue, además, un virtuoso de la borrachera, al que hubo que recoger de las cunetas muchas veces; tanto es así que sus amigos adquirieron en hacerlo tal práctica que acabaron profesionalizando esta actividad y establecieron un servicio de pago de recogida y devolución de beodos a domicilio.

 

Francisco de Quevedo

          El gran satírico era cojo, miope, puñetero y pendenciero. No se podía ir con él a ningún sitio porque, a la mínima, ya se estaba peleando con alguien por cualquier «quítame allá esas pajas», vulgo insignificancia, y los amigos se veían obligados a batirse innecesariamente con desconocidos, por mor de la amistad y por el aquel del «con quien vengo, vengo».

 

Gustavo Adolfo Bécquer

          El lírico tenía la cabeza muy gorda y chepa. Siempre se estaba quejando de que las mujeres no le hacían caso y se hacía de todo punto insoportable. Por si esto fuera poco, era muy vanidoso y, al menor descuido, ya les estaba leyendo sus poemas a los que tenía alrededor. Y, ¡ay de ellos si no le alababan lo suficiente!

 

          Creo que esta relación de defectos insufribles resulta lo bastante convincente. Mi argumento es que si todos estos señores, en vez de feos y viciosos, hubieran sido guapos, elegantes, limpios y formales, las mujeres les habrían amado por sus prendas personales y su carácter y, en lugar de escribir, hubieran podido dedicarse al amor y a otras actividades placenteras, en vez de ser siempre unos amargados de tomo y lomo.

La visita de Homero

 

Todo esto sucedió hace ya un año.

Estaba yo en mi casa, pasando la tarde tan ricamente, cuando sonó el timbre. Y, como sonó el timbre, pues yo abrí. Y hete aquí que entró un señor muy raro, vestido como le daba la gana, y me dijo:

—Soy Homero.

Y se quedó más ancho que largo.

Yo, ¿para qué mentir?, puse cara de no creérmelo ni pizca. Ante mi actitud inquirió:

—¿No me conoces?

—Todos los Homeros que conozco son cubanos —repuse—. Parece ser que Fidel prohibió los nombres del santoral cristiano o cosa así; y por eso los varones de toda una generación se llaman Homero, Nelson, Ulises, Orestes o cosas todavía más feas.

—No, no —insistió—. Soy Homero en persona: el vate.

—Pues vate de aquí —le dije yo, intentando hacerme el gracioso (sin conseguirlo mucho, la verdad).

—¿No te honra recibir la visita del fantasma de uno de los literatos más egregios de todos los tiempos, del autor de la Ilíada y la Odisea? —preguntó.

—En primer lugar —contesté—, no sé muy bien qué quiere decir exactamente «egregio»; y en segundo lugar no he leído esas obras, ni pienso hacerlo.

—¡Pero si las tienes aquí, en esta estantería! —protestó.

—Es que las regalaban con el periódico —expliqué.

El hombrecillo aquel masculló algo en griego y parecía realmente enfadado.

—¡No te impresiona mi visita! Y, sin embargo, he sido el padre literario de muchos: cientos de autores se han inspirado en mi obra.

—Di cinco nombres —le reté.

Este es un procedimiento que me ha servido siempre muy bien para desarmar a los que intentan apabullarme con cifras.

—Bueno, pues... —aquí el supuesto Homero se mostró dubitativo. Frunció el entrecejo y se esforzó por recordar algún nombre viable de literato influido.

—¡Eurípides! —gritó, al cabo de un rato, aliviado—. Eurípides se basó en mis poemas épicos para escribir algunas de sus tragedias. Y, además, dijo taxativamente: «Yo me alimento de las migajas que caen de la mesa de Homero.» Conque, ¡ahí tienes! —añadió, con orgullo. Y me miró desafiante, como diciendo: «Refuta eso, ¡anda!»

Yo no me amilané.

—Da la casualidad de que mí me importa muy poco lo que comía Eurípides, a quien no tengo el gusto de conocer, pero que seguro que era un soberano pelmazo. ¿No fue el que murió porque a un ave que había capturado a una tortuga se le cayó en mitad del vuelo y le dio en la calvorota, matándole en el acto?

—No. Te confundes —especificó—. Ese fue Esquilo.

—¿El del tortugazo no fue Eurípides? —insistí.

—Te digo que no. Además, no estoy seguro de que esa historia sea verdad.

—Si a eso vamos —repliqué— tampoco yo estoy seguro de que tú seas verdad.

—¿Qué puedo ser entonces? —quiso saber.

—Una alucinación. Debe ser algo que he comido y que me ha sentado mal.

—¡Yo existo! ¡Yo existí y existo! Fui un famoso corresponsal de guerra y poeta.

—Demuéstralo, pues. Háblame en verso.

—¿Qué?

—¿No dices que eres o eras poeta? Que se vea.

Dijo entonces:

—Yo te juró que tuve honor y fama

de periodista, allí, en la agencia «Gamma»,

la popular agencia de noticias

que daba informaciones muy enteras

y, si no podía darlas verdaderas

las noticias, pues dábalas ficticias.

Era su lema: «El público es quien paga

y algo hay que darle que le satisfaga.»

Yo fui quien hizo en Troya el reportaje

de su muralla y todo su andamiaje

porque en todos los medios de la tierra

yo fui el mejor corresponsal de guerra.

Dio noticias mi agencia a cien periódicos

que informaban al pueblo de la Hélade:

El Correo Ateniense, Los Argólidos,

Mundo Heleno, Los Tiempos de la Heliópolis,

Nueva Esparta, La Crónica de Épiro,

La Voz Cretense, El Eco Macedónico,

La Gaceta de Apolo y un gran cúmulo

de muchos otros, como Mundo Jónico...

—Ya basta, que te pones soporífero.

Las Polis, Macedonia Libre, etcétera.

La verdad es que al gachó aquel, para ser un producto de una mala digestión, no se le daba mal la métrica.

—¿Te convences?

Yo no quise dar mi brazo a torcer. Así es que para desembarazarme de aquel fantasma, visión o lo que fuera, le dije:

—Aguarda un momento.

Mi fui a la biblioteca y volví con un ejemplar de El legado del mundo helénico, de Hans Helmut Hauptmann. Busqué un párrafo y se lo mostré.

—¿Ves? Aquí dice que nunca exististe. Que no eres nada más que un nombre grupal que se adjudicó a un gran número de compiladores anónimos que recopilaron leyendas antiguas de tradición oral.

Homero (sigámosle llamando así, por mor de la claridad) se puso pálido.

—¿Que no existo?

—Según Hauptmann, no. Y ya sabes que los alemanes son los que más saben de esto.

Ese argumento le convenció.

—¿Solo soy un autor anónimo?

—No —especifiqué—. Eres muchos autores anónimos, que vivieron, además, en épocas diferentes.

Aquello resultó demoledor.

La verdad es que me dio lástima y, cuando le acompañaba hasta el rellano de la escalera para que se fuera de una vez, le di el teléfono de un psicólogo amigo mío, que entiende mucho de complejos.

Y ahí tendría que haber acabado todo.

Pero mi amigo me ha escrito el otro día una nota, comunicándome que, tras un año de dos sesiones semanales, ha llegado a la conclusión de que efectivamente Homero no existe.

Y me dice también que, como no existe, es insolvente y que, por lo tanto, me va a tocar a mí pagarle las sesiones de psicoanálisis.

Desde entonces, ya puede sonar el timbre todo lo que quiera, que yo ya no abro la puerta ni a tiros.