George Orwell, 1949
Esta es una gran obra sobre la manipulación de la información. El autor solo se equivocó en el año en que se sitúa su infierno (¿o no?).
El argumento es previsible. Una sociedad distópica y un rebelde al que pillan, le torturan y convencen mediante manipulación psicológica; y ya está: un conformista más. Por eso no nos detenemos en los detalles.
Lo interesante son los procedimientos.
En ese mundo dominado por el Gran Hermano, siempre vigilante y con un gran bigote, el Partido en el poder (el único) controla la realidad. Winston, el protagonista, trabaja en el Ministerio de la Verdad, dedicado obviamente a la fabricación de mentiras. (Esto es como llamar Ministerio de Defensa al que se dedica a atacar o Ministerio de Economía al que se dedica al gasto, algo a lo que estamos acostumbrados. Este futuro no es tan futuro). En la novela tenemos el Ministerio del Amor (la policía) y el de la Abundancia (que gestiona la escasez).
(Obsérvese que hablamos del ‘protagonista’, que etimológicamente viene a decir «el primero en agón», el que más sufre. Aquí el sentido se emplea a la perfección).
Winston revisa periódicos antiguos para que lo que el Partido dijo entonces coincida con lo que hace ahora. Si no es así, se borra lo anterior y se reescribe. De esta manera no quedan contradicciones. ¿Con qué país se libró la última guerra? Se puede cambiar la historia y contar otra milonga diferente. Muy pocos lo notan y, entre ellos, muy pocos se atreven a decirlo en voz alta. Los documentos que sugieren otra cosa van a los «agujeros de la memoria», vulgo hornos.
Se usa la propaganda para dominar y para ello es imprescindible tener un enemigo. Así es que el sistema se lo inventa. Diariamente se paran las fábricas y las oficinas para los Dos Minutos de Odio, en los que se proyecta la imagen de un ¿imaginario? revolucionario, enemigo del régimen, al que se insulta para quedarse uno desahogado y feliz.
Importantísimo concepto es el de la «neolengua» o newspeak para destruir pensamientos. Se intenta sustituir al inglés tradicional, por lo que cada vez hay menos palabras en el diccionario. Reduciendo las posibilidades de expresión, todo es más primario. Y de la misma manera que los tontos se expresan mal, los que acostumbran a expresarse mal se vuelven tontos, con lo que reducir matices se convierte en un eficaz instrumento de control.
Se desarrolla el concepto de «crimental», que el pensar sea delito, para lo cual hay una Policía del Pensamiento que se ocupa de castigarte y de procurar que en el futuro no tengas la capacidad para hacerlo. Imbecilizar a la sociedad es su propósito.
Las estadísticas se manipulan. Los productos reducen su tamaño (¿les suena esto de algo?). Y se dice, sin embargo, que ahora todo producto es mejor que antes.
La historia antigua se reescribe. Con el Partido se atan los perros con longanizas. Antes del advenimiento del Partido —les aseguran—no solo no había longanizas, ¡es que no había ni siquiera perros!
Es divertido el concepto de la «no persona». No son solo gentes eliminadas por sus ideas, sino individuos cuyo recuerdo y huella burocrática se borra. Se eliminan sus documentos, sus registros, sus fotos y cualquier constancia de que existieron. Como suele decirse, con la carne de preso político se pavimentan las carreteras.
Todo esto conduce a la posibilidad de que exista el «doblepensar», consistente en ser capaz de aceptar simultáneamente ideas contradictorias sin ver la contradicción. Decir «ahora es de noche» al mismo tiempo que «ahora es de día» es algo perfectamente válido para las mentes que quedan. Cambias de parámetro y te crees tu propia mentira, algo bastante más frecuente de lo que podría suponerse.
En resumen: el Partido controla el presente por la propaganda, el pasado mediante la falsificación histórica y el futuro a través de la transformación del lenguaje. El procedimiento está bien pensado y no resulta tan ficciocientífico como Orwell pretendió.