Greguerías del siglo XXI





La arroba de Internet es una «a» que tenía frío y se envolvió en una manta.
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El ratón inalámbrico es un mutante que perdió la cola.
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El escáner es un retratista veloz y deslumbrador.
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El ratón del ordenador es el estropajo de fregar los cacharros informáticos.
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El tanga es una braga con problemas de anorexia.
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La «steady cam» es tan cariñosa que siempre quiere estar en brazos de su dueño.
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«Puenting»: deporte para suicidas indecisos.
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La «nouvelle cuisine» es un mundo donde las hortalizas son anacoretas.
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Los «papparazzi» donan parte de sus ingresos a la Sociedad Protectora de Setos.
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El módem es ese aparato que conectamos para recordarnos que nuestro ordenador no es lo bastante moderno.
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Los artistas vagos son todos minimalistas.
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En un «lifting» es como si la piel hiciese un máster en técnicas de autoestima.
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Los «hooligans» son los que rompen el mobiliario urbano de aquellas ciudades en donde les ha cobrado muy cara la cerveza.
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Las canciones del karaoke son el medio de subsistencia de los cantantes mudos.
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El kiwi es una fruta novata.
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Los Hare Krishna son la única religión que desarrolla su liturgia en los aeropuertos.
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Los «happenings» siempre tienen lugar segundos antes de que el público allí reunido empiece a mirar.
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La palabra «footing» no es inglés ni castellano; es una palabra apátrida.
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Los hámsters son ratones de pasarela.
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El gofre es una napolitana atropellada por un auto con los neumáticos nuevos.
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La fideuá es una paella con problemas de personalidad.
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El dónut es una rosca que ha consultado a un asesor de estilo.
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A los códigos de barras les gustaría ser de colores.
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«Chop suey» es una expresión china que significa «aprovechamiento de las sobras».
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Los «microchips» se inventaron para que se pudieran seguir haciendo películas de espionaje.
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El «carpaccio» es un guisado que tiene prisa y al que no le ha dado tiempo a vestirse.
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El «bricolage» es la arquitectura de los modestos.
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Los borrachos sindicalistas fueron los inventores del botellón.
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El canguro es el único animal que cobra por horas.
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La «baguette» es el producto del chauvinismo del pan.
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La endivia es una lechuga postmoderna.
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Nadie le puede quitar a un «bonsai» su complejo de inferioridad.
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La «ouija» sirve para examinar de ortografía a los muertos.
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Los mandos a distancia son las espadas-láser de los héroes muy hogareños.
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Los «links» son las señales indicadoras del tráfico cibernético.
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Los metrosexuales son aquellos «gays» que nunca cogen taxis.
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Las cocinas de vitrocerámica son el infierno sin llamas de los alimentos que han sido malos.
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La interfaz es un antifaz que se lleva por dentro del rostro.
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Los comandos del ordenador se llaman así para que los tímidos se sientan por unas horas jefes del alto mando militar.
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Un «holding» es el foro apropiado para jugar al amigo invisible.
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Las aplicaciones informáticas tienen ese nombre para engañarnos y que nos creamos que nos van a obedecer.
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El «floppy» fue un disco que no ha tenido éxito.
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Los analfabetos dejan su dinero en herencia a la Sociedad Protectora de Emoticones.
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El «vending» se inventó porque el «alquiling» no daba bastantes beneficios.
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Los ciudadanos del cibermundo convierten en apátridas a los que no saben manejar el ordenador.
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Llamamos «disquetes» a los discos que nos caen simpáticos.
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El nombre oficial con el que se registró el teléfono móvil en la Oficina de Patentes fue «Localizador conyugal».


El tema del ventilador en la poesía española




 Entre la temática más recurrente de las que estudia la hermenéutica literaria actual ocupa un lugar destacado la aparición continuada en la poesía hispana de los artefactos refrigerantes varios. Nos ocuparemos brevemente en estas páginas del ventilador, elemento con plena vigencia ya en el Medioevo, y nos ocuparemos en otra ocasión de los acondicionadores de aire, cuyo estudio detallado merece consideración ponderada.
          Aunque ya en el Poema del Cid hay menciones oscuras sobre este invento, la primera cita datada con seguridad, la primera referencia que hallamos, se encuentra en Berceo, miembro de la clerecía que se solía mester a describir su entorno con una candidez que hoy nos conmueve. En los Loores y más loores de Nuestra Señora hallamos el siguiente fragmento en cuaderna vía:

Era un sabio de fixo e muy grande senyor
quien fue deste artefacto el primero inventor.
Non ha mexor remedio para evitar calor
que aquest ventiladero o aquest ventilador.
Es veloç e lixero e elegante e bonyto
e munchas cossas que, por abrebiar, omito;
quand’ quiero yo lo pongo, quand’ quiero yo lo quito
desfruto en grand manera con el su ayre freçquito.

La literatura renacentista no nos ha dejado muestras de este tema. Aparece de nuevo en el contexto barroco, en nuestro teatro clásico. En la famosa obra de José Luis Calderón de la Barca titulada Amar armándose un lío, escrita en 1647 (y más concretamente en el día de San Bonifacio, que ese año cayó en jueves), el ventilador, obviamente un enser de alto precio, aparece como símbolo claro de poder social. En la escena x de la jornada segunda dice el personaje de Don Alfonso:

No hay objeto más valioso
que el ventilador en marcha
pues refresca, como escarcha,
el verano bochornoso
que es, por su calor, odioso.
Y por ello no hay señor
que tenga un poco de honor
y tenga un poco de hacienda
que no ponga en su vivienda
un bello ventilador.

El romántico Espronceda o Esprónceda (que de ambas maneras suele decirse, aunque una de las dos está mal dicha) le da al tema que nos ocupa un tratamiento más sensorial y hasta espeluznante, haciendo, al describirlo, énfasis en el elemento de peligro que encierran sus aspas. El siguiente pasaje es de su famoso poema Canto a Teresa y a una prima suya:

Maléfico instrumento
de angustia y de tormento
muy crudo y muy cruento
es­ el ventilador.
Si le pones delante
la mano, en un instante
te la deja sangrante.
¡Qué horror! ¡Qué horror! ¡Qué horror!

No sólo es un tema recurrente en nuestra poesía. La plumbidez característica de los autores del 98 pasa también a describir este artefacto en prosa poética. En su libro Meditaciones de Albacete, el gran «Azorín» perpetra lo siguiente:

En el techo de la habitación está el ventilador. Es grande. Tiene cuatro aspas. Gira en redondo y da un aire fresco. Una de las aspas está algo rota. Como no tiene aceite, chirría mucho. Si le das a la llave, se apaga y si le das otra vez, se enciende. Es el ventilador.

Pero no todo ha de ser prosaico. También el ventilador es
equiparable al cisne o al pavo real como símbolo poético. El inefable Rubén, en su poema Espumas, brumas y plumas, lo menciona repetidas veces:

El ventilador que yo tengo instalado en mi cuarto
produce un rüido infernal, y no puedo dormir
desde hace tres días, y vengo ya estando tan harto
que de mi aposento me voy a tener que salir.
Si yo no consigo amainar el estruendo ruidoso
estoy convencido que voy prontamente a enfermar.
Aguzo mi mente y discurro un remedio ingenioso:
apago el invento y me pongo en seguida a sudar.

          Antonio Machado, por último, se muestra más filosófico, en su obra Cantares, decires, fantasías, notas y otros cuadernos de apuntes:

¡Ay, ventilador que giras,
giras siempre, sin pensar
que en uno u otro momento
te van a desenchufar!
Todo en la vida da vueltas,
todo marcha, viene y va;
tú también das muchas vueltas
sin ir a ningún lugar.
¿Meditas, ventilador?
¿Qué es lo que pensando estás?
¿Piensas en lo inútil que es
el dar vueltas sin parar?
El mundo entero da vueltas
y no ha pensado jamás,
así que aplícate el cuento
y compórtate tú igual.