Hamlet, príncipe de Dinamarca

 

 

La historia tiene su inicio

en Elsinor, Dinamarca.

(Ya saben dónde está eso:

en la Europa escandinava,

según se entra a la derecha.

Si no, mírenlo en un mapa).

 

Sus protagonistas son

un príncipe y el fantasma

de su padre, y un tío suyo,

y una reina casquivana

y muchos más personajes

que al autor le dio la gana

de incluir en su tragedia

por una razón muy clara:

en aquella época había

mano de obra muy barata

y, para tener actores,

con dar sólo una patada

en el suelo, salían miles

a hacer lo que hiciera falta.

 

En fin: al príncipe dicen

que su padre, el rey, en bata

se aparece por las noches

y asusta mucho a los guardias.

 

Que si no pone remedio

es muy posible que hagan

una huelga los soldados

del turno de madrugada

o que pidan incrementos

al recibir la soldada

por la peligrosidad

y visionado de ánimas.

 

Resuelto a aclarar el lío

coge Hamlet una manta

—que en enero en ese sitio

se te quedan congeladas

partes de tu anatomía

que no es correcto nombrarlas—,

se toma un té bien caliente

y va a ver qué diablos pasa.

 

La luz está medio pocha,

hay una niebla que espanta.

El padre sale y a Hamlet

casi del susto lo mata.

«Sombra, di por qué de noche

te apareces a las tantas»,

dice el príncipe. Y la sombra

responde, tras una pausa,

con voz que deja entrever

una miajilla de guasa:

«¿Qué voy a querer, estúpido?

Es obvio: quiero venganza,

que es lo que pedir solemos

 

en estos casos las almas.

¿O crees que aparezco así

para pedir ensaimadas

con chocolate, cretino?»

«Muy bien, muy bien. No hace falta

que te pongas tan irónico»,

dice Hamlet. «Venga: habla.

¿Cómo quieres que me vengue?

¿Prefieres la puñalada

tradicional o te gusta

más el cianuro en la Fanta?»

«Me da igual, aunque he pensado

que, envenenando una espada...»

«Lo has quitado de mi boca.

Ese sistema no falla.

Así lo haré, padre. ¡Adiós!»

Y, diciendo esto, se marcha

Hamlet hacia su palacio

a ver si coge la cama,

que de tantas emociones

tiene la espalda baldada.

 

Y entonces la sombra grita:

«¡Espera un poco, ¡caramba!,

que no he dicho todavía

quién ha sido el que me ultraja.»

«¡Es verdad! ¡Qué distraído

que soy! Di, ¿cómo se llama

aquel que debo afiambrar?»

«Pues es tu tío, el muy canalla,

que vertió, aleve, en mi oído

 

un tarro de mermelada

produciéndome la muerte

de una manera instantánea

para así, de esta manera,

convertirse él en monarca,

y quedarse mi corona,

mi cetro y mis cien toallas.

Y, no contento con esto,

se ligó a la suripanta

de tu madre, ¡el muy bandido!»

«Lo que me cuentas me espanta,

padre, y desde este momento

te juro por Santa Eufrasia

—que es patrona de estas tierras

y de un trozo de Finlandia—

que ya no descansaré

hasta darle una somanta

a esa pareja tan vil

y vengarte.» «¡Muchas gracias!»,

dice la sombra, y se esfuma.

 

Hamlet piensa una añagaza,

se finge loco, ama a Ofelia

que se ahoga en una charca,

la madre sospecha cosas,

el tío no entiende nada,

llegan Rosenkrantz y el otro,

se concierta un duelo a espada,

muere hasta el apuntador

y la tragedia se acaba.



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