Katiuska

 

Pablo Sorozábal compuso en 1931 una zarzuela con nombre de botas de agua: Katiuska.

             Estamos en Ucrania, al poco de iniciarse la revolución. (¿Que qué revolución? ¡Pues la rusa, señores! En Ucrania, ¿cuál va a ser sino la rusa?). En la carretera que va de Kiev a Rumanía, muy cerca de Motilla del Palancar, hay una posada que se llama «Неудобный Дом», cuyo nombre no nos molestamos en traducir porque estamos seguros de que todos nuestros lectores lo han entendido[1].

          Vemos allí a un grupo de campesinos y campesinas cansados y cansadas que son fugitivos y fugitivas de los sóviets y las sóviats, que están decididos y decididas a apresarlos y apresarlas, por lo que se han visto obligados y obligadas a optar por convertirse en expatriados y expatriadas. Ninguno de ellos (ni de ellas) hace consumición alguna en la posada, porque son tacaños y tacañas o simplemente porque no están hambrientos ni hambrientas[2].

          Los pocos campesinos infelices y desvalidos que no se largan, se quejan amargamente de que el gobierno comunista quiera cobrarles un impuesto, porque se figuraban que con el nuevo régimen no tendría nadie que pagar nada y que las finanzas del país funcionarían automáticamente.

          Conocemos a un posadero tonto y despistado que tiene una novia fresca y coqueta y a un huésped gorrón y catacaldos al que persigue un acreedor tenaz y recalcitrante. Pero estos personajes, pese a todos sus adjetivos, no nos importan: están ahí solo para hacer bulto y para que los cantantes no tengan que aprenderse largas tiradas de versos.

          De pronto aparece por allí Pedro Stakoff, un comisario comunista con bigote que viene a cobrar los tributos y a comer el salchichón del lugar, que tiene fama. Cena; y, entre plato y plato, se marca una romanza de barítono en fa sostenido en la que dice que va a pasar a cuchillo a todos los cerdos capitalistas y que su mayor deseo sería que en Rusia reinara el amor. Dicho lo cual, se va un rato al camerino a descansar del esfuerzo y a retocarse el maquillaje.

          Es entonces cuando llega derrengado a la posada Sergio, un príncipe de los Romanov al que los sóviets han quitado sus tierras y un mechero automático que le funcionaba muy bien. Viene con una muchacha rubia e ingenua que se ha traído de no se sabe dónde. Que la muchacha es rubia se ve a simple vista. Lo de que es ingenua nos lo tenemos que tomar como un acto de fe. El príncipe pide a los posaderos que la protejan y se la guarden mientras él sale del país con rumbo a Rumanía.

          Cuando Katiuska se queda sola, canta una romanza, porque no se pueden desaprovechar las oportunidades y en una zarzuela es lo que se espera siempre de un personaje que se queda solo.

          Pero, ¡ay!, entonces entra en la posada un grupo de soldados terribles y sanguinarios, que igual pueden ser ocho que veintitrés, porque van tan borrachos que no saben realmente cuántos son. Descubren a la muchacha y quieren meterle mano (bueno, no todos ellos, porque por cálculo de probabilidades hay dos o tres con otros gustos) y Katiuska tiene que pedir socorro para librarse de aquella situación embarazosa (y nunca mejor dicho).

          Afortunadamente, Katiuska tiene voz de pito (como ya hemos podido apreciar por la romanza) y sus gritos en demanda de auxilio se escuchan desde el camerino del barítono, que acude corriendo a salvarla (acude el barítono, no el camerino).

          Stakoff se enfrenta a los soldados con valor eslavo, les afea su conducta y les hace avergonzarse, hasta el punto de que algunos de ellos comienzan a hacer pucheros. El comisario los echa a patadas de la posada y ellos (por ese prurito tan humano de tener la última palabra) le pegan un tiro en una pata (no sabemos en cuál de las cuatro).

          La agradecida joven tiene ahora que curarle para que la historia romántica progrese. Pero como no sabe sacarle la bala, se limita a dejársela ahí y a enrollarle un pañuelo alrededor de la herida, esperando que la cosa se arregle por sí sola.

          El Stakoff, al que nunca le han dado un pañuelo sin cobrárselo antes, se conmueve más allá de toda descripción, derrama una lágrima trotskista y queda enamorado del todo de la rubia de las botas.

          El posadero viene corriendo (porque si lo hubiera hecho a la pata coja habría tardado más) para advertir que los infelices y desvalidos campesinos han desarmado y apresado los terribles y sanguinarios soldados y que se dirigen hacia allí para coger a Stakoff y tirarlo de cabeza a un pantano cercano que les viene muy bien para quitarse de encima a los funcionarios del gobierno que se ponen puñeteros.

          ¿Cómo huir? ¡Imposible! Solo queda el recurso de esconderse, pero en la posada no hay armarios (por un olvido imperdonable del arquitecto que la diseñó). Entonces Katiuska propone que se esconda en su dormitorio, corriendo el riesgo de que luego se sepa por ahí y que las gentes digan de ella que si tal y que si cual.

          El comisario se esconde debajo de la cama de Katiuska y, sin querer, mete la mano en un recipiente de loza que hay allí, no sabemos con qué propósito.

          Llegan los irritados campesinos y Katiuska asegura que el comisario huyó. Los perseguidores se lo creen (porque si no se lo hubieran creído y hubieran registrado la habitación, la zarzuela habría tenido que acabar en ese momento) y se van.

          Para que los otros huéspedes de la posada no sospechen, la chica tiene que meterse en la habitación, arriesgándose a la maledicencia y puede que a algo más. Pero no pasa nada, porque esta es una zarzuela muy moral: mientras ella entra por la puerta de su dormitorio, el otro sale por la ventana (haciéndose un roto en los pantalones con un clavo que sobresale, todo hay que decirlo).

          Antes de escapar definitivamente, canta una canción de amor dedicada a Katiuska, lo que nos parece una soberana majadería, porque si alguno lo hubiera escuchado, Stakoff habría hecho las diez de últimas.

          Aquí se acaba el primer acto y el público sale a tomarse un café al bar del vestíbulo.

          (Nosotros, que lo estamos contando, interrumpimos nuestro proceso de escritura para tomarnos también un café, porque no vamos a ser menos que nadie.)

          Se reanuda la función, aparecen unos bailarines salidos no se sabe de dónde y hacen un baile ruso (no iban a bailar una sardana) y desaparecen. Un músico anciano habla con Katiuska y por la conversación nos enteramos de varias cosas: a) que ella viene de una familia noble; b) que de pequeña vivía en un palacio con jardines y piscina; c) que tenía vestidos lujosos, un coche de catorce caballos y un postillón; d) que luego vivió con su abuelita escondida en un pequeño pueblo, y e) que era tonta de capirote, por no recordar todo aquello que pasó cuando era ya bastante mayorcita.

          Mientras tanto, el comisario ha apresado al príncipe y va a ordenar a un pelotón de fusilamiento que le ahorque, porque con la emoción de haber apresado a un enemigo del pueblo se aturrulla. Katiuska se muerde los puños de angustia.

          Su reencuentro con el barítono es emocionante. Ambos se juran amor eterno y se prometen hacer cualquier cosa el uno por el otro por imposible que sea y no separarse nunca jamás. Acto seguido, Katiuska le pide a Stakoff que perdone al príncipe y él le dice que tururú. Ella sale corriendo, llorosa, y aquel idilio estepario resulta el más corto de toda la literatura universal.

          Y llegamos al apoteósico clímax de la obra. El príncipe Sergio, para acabar de liarla, revela que Katiuska es una princesa de sangre imperial, lo que son ganas de poner a la chica innecesariamente en peligro.

          El comisario, en un rato de generosidad (en un rato, no: en un rapto; es que se nos había caído una letra), escribe un salvoconducto para que el príncipe huya, con tan mala pata que, nada más hacerlo, le pillan, porque llega allí el Alto Comisario, con más poder que Stakoff y con soldados todavía más terribles y más sanguinarios que los suyos, y le chafa el plan de huida al aristócrata, al que se llevan esposado a Moscú con la leninista intención para darle un disgusto.

          A Katiuska le dan a elegir entre irse fuera de Rusia y depender de la caridad o casarse con Stakoff y vivir con el sueldo de un comisario. Ella decide quedarse, porque en Rumanía tendría que ponerse a trabajar y es mejor ser una ama de casa soviética que una chacha en Bucarest.


 



[1] ¡Venga, va...! Sí, la traducimos: significa «La casa incómoda».

[2] La corrección política ante todo. No queremos que se nos acuse de emplear lenguaje sexista.

Carlos Moreno Palomeque

 


 

El hombre es la especie animal vanidosa por excelencia. Hasta el más tonto de sus integrantes cree saber todo y de todo.

Ese pecado he cometido yo varias veces, hasta que la realidad ha hecho que me llevara un chasco. Después de muchos años de desarrollar una actividad cualquiera, crees que tienes en tus manos todos los hilos y que te queda poco que aprender, pero no es así.

En este caso hablaré del gran actor y no menos gran persona Carlos Moreno Palomeque, que así, como quien no quiere la cosa, me descubrió secretos y técnicas interpretativas y prosódicas que yo, en mi soberbia, desconocía.

Carlos vive dedicado a la interpretación, en todas sus facetas, aunque tiene mayor experiencia como actor de doblaje, una de las formas más ingratas de la profesión, pues puedes ser un magnífico intérprete y que gran parte de los espectadores no te conozcan por tu nombre, pues se hallan familiarizados con tu voz y no con tu rostro. Además de esto, a los actores de doblaje no se les concede la agradable libertad que tienen otros actores para modificar sus actuaciones, sino que deben ceñirse a unos ritmos y a unas pausas que vienen marcadas por el material original.

 

Pero Moreno Palomeque ha sabido escaparse de la cárcel del estudio de grabación y ha destacado también en los escenarios como actor, como showman, como locutor, como presentador de eventos. Su amor por el oficio le ha hecho dedicarse a él también en su tiempo libre como intérprete, por lo que se ha convertido en director de doblaje, productor de ficciones radiofónicas y otras actividades que no contamos en aras de la brevedad.

Entré en contacto con él hace unos años y hemos hecho cosas juntos que yo he disfrutado enormemente. Y como compañero de reparto he de brindarle uno de los mejores elogios que un actor le puede dar otro. Yo he trabajado a lo largo de los años junto a actores excelentes, buenos, normales, regulares, malos y malísimos. Pues bien: con nadie me he sentido tan a gusto en escena como con Carlos. Es el actor que más seguridad me ha transmitido. A su lado sabes que aquello va a salir bien, que no habrá errores, que si los hay se solventarán sin problema. Las palabras ‘estabilidad’, ‘fiabilidad’, ‘serenidad’ o ‘tranquilidad’ son las que se me ocurren para definir lo que se siente a su lado en medio de una obra. Si tuviera que ir más lejos y emplear un término contable, este sería ‘solvencia’.

Pero estos escritos tienen un objetivo enriquecéntrico, pues no se trata tanto de contar cómo son los artistas famosos, sino qué me enseñaron. Y a eso voy.

Un día, en medio de una gira, en una cafetería de no recuerdo dónde, me interesé por el arte y técnica de la narrativa sonora dedicada al audiolibro, una forma de interpretación comparativamente reciente pero que de seguro aumentará exponencialmente con los años. Esto es así no solo por la facilidad creciente con que los modernos artilugios te permiten escuchar grabaciones en viajes largos, embotellamientos de tráfico u otras situaciones. Pensemos también en los invidentes, que agradecen como nadie poder disfrutar de la literatura sin la necesidad de un lector privado. (¡Qué no hubiera dado Borges por tener a su disposición y bien grabadas miles de novelas de sus autores preferidos!).

Y allí, ante un café (ese brebaje tan asociado a la literatura en dos de sus variantes principales: la de escritor y la de actor), Carlos me impartió con toda naturalidad una clase magistral sobre el poder y la magia de la voz, y las maneras de emplearla en la grabación de audiolibros.

Yo no había pensado nunca en ello. Por los libros que había escuchado, sabía que existen voces más o menos agradables, que van a mayor o menor velocidad y que pronuncian correcta o incorrectamente, pero poco más. Presuponía que la técnica necesaria se limitaba únicamente a que el texto se entendiera lo suficiente para que el oyente pudiera seguir la acción con facilidad. Yo estaba pensando en aquello como en una novela que lees y en la que eres tú el que ha de poner la imaginación.

Carlos me descubrió que esa era una visión muy simplista. Según me dijo, lo que debía hacerse —lo que él hacía— era convertir el género leído (novela, cuento, ensayo, etc.) en una experiencia teatral.

«¿Es eso posible», quise saber.

«Requiere un adiestramiento especial, por supuesto», me respondió. «Ha de distinguirse perfectamente la voz del narrador omnisciente de todas las de los demás personajes que intervienen. Pero no solo eso: el narrador ha de verse también involucrado en el asunto, de manera que no mantenga siempre el mismo tono. Debe usar registros distintos para una descripción de paisajes, para una relación de sucesos o para una reflexión del autor.

»Y en cuanto a los personajes de la trama, no pueden tener voces similares. El que escucha debe poder distinguir muy bien quién habla en cada momento. No basta con la indicación del narrador. Un ejemplo simple: en la frase: “—Has venido por fin —dijo Luis”, no podemos mantener un mismo volumen. “Has venido por fin” debe contener tensión dramática y las mismas características sonoras que el personaje de Luis tiene durante todo el libro. Por otra parte, “dijo Luis” ha de leerse en volumen menor, de forma atonal. No se puede suprimir porque el texto ha de respetarse íntegramente, pero no debemos dejar que esta indicación del que habla corte la acción o se convierta en una traba para la comprensión de lo que sucede.»

Aquello parecía muchísimo más lioso de lo que se podría haber supuesto en un principio.

«Hacerlo así tiene mucho mérito», reconocí. «Pero ¿no es en extremo difícil lograr esa especificación cuando hay muchos personajes en la conversación?».

«Es muy complicado», reconoció Carlos. «Para poder interpretar satisfactoriamente necesito a mi lado un libro de notas que me facilite información de las peculiaridades de voz que he adjudicado previamente a los personajes. Antes de empezar la grabación, he de hacer un largo trabajo para “conocer” por así decirlo a todos los que hablarán, a todos los que tendré que hacer hablar, apuntando los registros de cada uno. Ten en cuenta que no nos estamos refiriendo solo al tono de voz de los personajes, sino también a su peculiar volumen, a su velocidad y, lo que es más importante, a su pronunciación, pues nadie pronuncia perfectamente y sería poco realista que en un libro todos los hicieran.

«Además de la complicación de ir cambiando de voces continuamente, de tener que interpretar a personajes femeninos o ancianos o extranjeros», prosiguió, «un narrador de audiolibro no puede improvisar sobre la marcha. Mucho antes de empezar las grabaciones tiene la necesidad de dominar de antemano los tipos de voces, necesita algo así como un catálogo sonoro de voces en su mente. Yo, como tarea preparatoria para futuros audiolibros, invento y desarrollo unos tipos de voz asociadas a una variedad de personalidad específica, les doy un nombre que resulte fácil de recordar (la llamo “voz de Fulanito” o “voz de Menganito”) y los practico hasta dominarlos, en espera de que aparezca el personaje al que le encajen bien y con el que pueda utilizarlos.»

Aquel detalle me pareció el colmo de la profesionalidad. Ningún actor convencional de cine o teatro ensaya nunca de antemano un papel inexistente. Quizá practicas hacer de Hamlet o de Cyrano con la esperanza de interpretar alguna vez ese personaje, pero desde luego no empleas tu tiempo ensayando un personaje «X» para una interpretación futura que quizá nunca llegue.

La habilidad de Carlos y su perfeccionismo con la voz, como suele decirse, no se paga con dinero. Como no se pagan tampoco esas enseñanzas con las que tan generosamente me obsequió. Espero, egoístamente, seguir trabajando con él mucho tiempo, para aprender muchas más cosas.

Y eso es todo lo que quería contar: cómo conseguí que Carlos me trasladase todo ese saber interpretativo simplemente invitándole a un café.

(Esperen; ahora que recuerdo: el café también lo pagó él).





Robinson Crusoe

 

 

Un libro muy conocido

de un confín a otro del orbe

es el que cuenta la historia

de un tal Robinsón Crusoe.

Se ha traducido a cien lenguas,

del euskera al hotentote,

lo que no nos explicamos,

pues es obra muy mediocre.

Como a nosotros nos gusta

desmitificar fantoches,

parodiar a falsos ídolos,

poner cual chupa de dómine

a los que presumen mucho,

(como hizo Daniel Deföe,

su autor), sacamos sus faltas,

pues las hay a troche y moche.

Si alguien no comparte nuestra

opinión, que nos perdone.

(Y si no va a perdonarnos,

entonces, ¡que se jorobe!).

 

En primer lugar tenemos

que el «prota» no es nada noble.

Quiere vivir a lo grande

sin tener que hacerse monje

y sin currar, como por

arte de birlibirloque.

Sólo ambiciona dineros:

la avaricia le corroe.

Quiere medrar ipso facto

y que le toque la Once,

el Niño o cualquier sorteo

de los que hacen allí en Londres.

Pero pronto se impacienta

y se coge un paquebote

para irse a enriquecerse

a golpe de pasaporte,

le cueste lo que le cueste,

le coste lo que le coste.

 

Tras diversas aventuras

encima del mar salobre,

llega al Brasil y se «face»

facendero en una noche.

Aunque gana mucha pasta,

se empeña en tener el doble.

Se va a África para hacerse

con esclavos a montones,

para hacerlos trabajar

en sus campos de frijoles,

porque un amo sin esclavos

es como un jardín sin flores,

un croissant sin mantequilla

o un dictador sin bigote.

 

Pero estando en altamar

divisan un cachalote.

Todos se van a estribor

a un tiempo (¡ya hay que ser sote

o bien subnormal profundo

o tonto de capirote!).

Se inclinan sobre la borda

y hacen que el barco zozobre

y acabe yéndose a pique.

¡La cosa tiene bemoles!

Para no cansar: naufragan,

lo que no es algo que asombre.

Sólo Robinsón consigue

que las aguas no le ahoguen;

llega nadando a una playa

que se ve en el horizonte.

Lo primero que hace el náufrago

es exclamar: «¡Caracoles!»,

aunque allí sólo hay cangrejos,

moluscos y mejillones.

 

Y es aquí donde comienza

el truco que hace Deföe

para que su personaje

sobreviva en el islote.

Hace que el barco se encalle

en los arrecifes, donde

puede llegarse nadando

sin tener que echar el bofe.

Y en el barco halla de todo:

armas, vestidos y un bote,

repelente de mosquitos,

cuerdas, cerillas, relojes,

té de tomar a las cinco,

sandwichs de salmón y roque-

fort, otros alimentos

llenos de colesteroles

y un ungüento que le va

bien para las hemorroides.

En fin: que para vivir

mucho mejor que un preboste

sólo le falta tener

caballos y un carricoche.

 

A partir de aquí la historia

de este burgués gentilhombre

resulta bastante más

aburrida que un informe

sobre los precios del trigo

en Costanilla del Monte

entre mil quinientos siete

y mil quinientos catorce.

El náufrago se construye

una cabaña de adobe

y lee en la Biblia hasta los

Hechos de los «apostoles».

 

Al cabo de varios años

que pasan todos de golpe,

hay en el bosque unos cafres

que van a matar a un hombre

y a comérselo después

sin que nada se lo estorbe,

pues no hacerlo sería un

desperdicio y un derroche.

Robinsón, como no tiene

quien le organice el desorden

de su cabaña y no tiene

criado, como corresponde

a un britano que se precie,

se decide a dar un golpe

de mano y salvar al negro

de su destino de postre

para esclavizarle y que

limpie la casa y el porche,

lave la ropa, le haga

las comidas y le corte

el césped de su jardín,

amén de otras diez o doce

tareas desagradables

cuya obligación le impone.

Mata a los negros pegándoles

diez tiros en el cogote

y aquellos a quien no acierta

salen corre que te corre.

 

A partir de aquí comienzan

las típicas relaciones

coloniales, en que el negro

es poco menos que un hombre

y ha de dedicarse sólo

a lograr que el otro goce

de la vida, que descanse

y viva como un vizconde.

Y para poder llamarle,

Robinsón le pone nombre

al negro: le llama Viernes

(le pudo haber puesto Once,

que ese fue el día del mes

de la aventura del bosque).

Van transcurriendo los años

con una pachorra enorme.

Robinsón vive tranquilo

y cómodo: hace deporte,

caza, pesca, fuma, duerme,

se alimenta y no da golpe.

 

Un detalle que el autor

cuidadosamente esconde

es que el noble Robinsón

y Viernes se dan el lote

de vez en cuando: la causa

no es que no sean machotes,

pero hay que tener en cuenta

que los dos hombres son jóvenes,

sienten ardor en la sangre

y están sanos como robles,

así es que esta relación

no tiene nada que asombre.

Hay que decir que ambos náufragos

no se consideran cónyuges,

ni amantes, tan sólo a-

migos con derecho a roce

que se rozan a diario

y a modo, lo que no es óbice

para que al finalizar

ambos a su puesto tornen

y el inglés vuelva a ser amo,

por ser blanquito, y explote,

mande, maltrate y subyugue

todo el rato al otro pobre.

 

Poco más hay que decir

sobre este libro, alcaloide

de imperialismo y racismo,

novela que sobrecoge

si se lee teniendo en cuenta

todas sus implicaciones.