El hombre feliz

 


(Cuento robado de La camisa del hombre feliz,  de Lev Tolstói)

 

 

Alejado del mundo y sus tentaciones, yo era feliz en mi cueva, donde disfrutaba de la soledad y del recogimiento. Nada anhelaba. Nada me perturbaba. Nada me ligaba al mundo. Solo poseía una camisa a cuadros, que lavaba a menudo en un arroyo cercano.

          Un día llegaron tres hombres hasta mi retiro. Eran esbirros del zar. Sus rostros eran sombríos.

          —Buscamos al hombre feliz —dijo uno de ellos—. ¿Tú conoces a algún hombre feliz? —hizo una pausa. Y al poco añadió—: ¿Y que, además, tenga camisa? Es que la princesa está enferma y le han dicho... Pero es una historia muy larga. Tú limítate a contestar a lo que se te ha preguntado.

          —¡Psch! —respondí yo, disimulando, porque me olía que aquello no iba a acabar bien—. No sé. Feliz, lo que se dice feliz... Es difícil afirmarlo.

—Bueno, no perdamos más tiempo —cortó otro—. Vamos a ver: tú no estás casado y, por lo que vemos, vives aquí, o sea, que no trabajas y no pagas impuestos. ¿Te atreves a decir entonces que no eres feliz?

          Ahí me habían pillado. Intenté ganar tiempo, porque era evidente que, por razones ignotas, aquellos rufianes pretendían apoderarse de mi camisa.

—Antes de contestaros —respondí— tendríamos que saber de lo que estamos hablando. Se impone definir los términos. Si no, podemos estar refiriéndonos a cosas diferentes. Es lo que se denomina un problema dialéctico.

          —Explícate, padrecito —me apremiaron.

          La erudición era la única arma de la que disponía en aquel trance.

          —Comencemos por definir la felicidad —dije, para ganar tiempo—. Muchos autores han elucubrado sobre el tema. Ya Plutarco, en sus Vidas paralelas, afirmó que Aristón, el filósofo, se admiraba de que fueran tenidos por más felices los que poseían cosas superfluas que los que abundaban en las necesarias y útiles. Arriano, en la Historia de las expediciones de Alejandro, afirmó que es propensión general de las felicidades humanas que ninguna deje de padecer algún infortunio. Diógenes Laercio, en sus Vidas y opiniones de los filósofos más ilustres, contaba que Thales de Mileto...

          Aquellos individuos cortaron mi perorata dándome un doloroso capón, al que siguieron un sonoro bofetón, un soberbio trompazo, un violento soplamocos y un descomunal mamporro.

          —Déjate de monsergas y entréganos la camisa —me exigieron.

          Se abalanzaron sobre mí y me la quitaron. Yo me resistí y forcejeé, pero en vano. Se veía que aquellos tipos estaban bien entrenados para tales menesteres. Me sometí a lo inevitable.

          Los muy malvados dijeron:

          —Y nos llevaremos más cosas, por si acaso.

          Finalmente se fueron y yo volví a mi amada soledad.

          Pero desde que ya no tengo calzoncillos no soy igual de feliz.


 

Jardiel y la renovación de la comedia

 


Test cultural

 

 

Algunas preguntas convenientemente acompañadas de sus respectivas respuestas, para que no haya confusión y para que puedan ustedes medir, si procede, su coeficiente de inteligencia

 

 Los juegos de inteligencia y cultura general ponen al sabiduría al alcance de cualquiera, además de servir para amenizar reuniones de gentes aburridas y que todos odien al más listo, como es lo tradicional.

Aquí, para que se practique, se dan varias preguntas acompañadas de sus soluciones al final. (Si las soluciones no estuviesen donde deben estar, también pueden ustedes comprarse una enciclopedia, porque no se lo vamos a dar todo hecho.)

 

Preguntas

 

1.- ¿Qué es lo primero que hay que hacer al entrar en una mina de galerías excavadas?

2.- ¿Qué se puede hacer con un telescopio?

3.- ¿A qué orden pertenecen las polillas?

4.- ¿Quién descubrió América?

5.- ¿Cómo acabó la batalla de Las Navas?

6.- ¿Qué dice Aristófanes en Las abejas?

7.- ¿Qué es la telepatía?

8.- ¿Quién dijo que nadie es profeta en su tierra?

9.- ¿Quiénes son los autores de La conquista del fuego?

10.- ¿Con qué objeto construyó Noé el techo de su arca?

 

 

Soluciones

 

1.- Agacharse.

2.- El idiota.

3.- Comeópteros.

4.- Erik, el Rojo.

5.- Mal.

6.- Muchas groserías.

7.- Tener mala pata a distancia.

8.- El judío errante.

9.- Los bomberos.

10.- Con el objeto de no mojarse.



El sexo en Babilonia

         

          Poco se sabe del sexo en Babilonia. Afortunadamente para los historiadores, en 1910 se estrenó una opereta cómico-burlesca —La corte de Faraón— en donde se aclaraban muchos aspectos del temperamento babilonino. Una señorita con menos ropa que vergüenza salía y cantaba:

 

Son las mujeres de Babilonia

las más ardientes que el amor crea,

tienen el alma samaritana,

son por su fuego de Galilea.

Cuando suspiran voluptuosas,

el babilonio muere de amor

y cuando cantan ponen sus besos

en cada nota de su canción.

¡Ay, ba..., ay ba..., ay, babilonio que marea,

ay, ba..., ay, ba..., ay, vámonos pronto a J...udea!

¡Ay, vámonos p’allá!

 

          Con esto ya no quedaba la menor duda sobre la fogosidad de esta civilización, que se especializó algo más que en fabricar ladrillos.

          Miren si estarían apetecibles las mujeres babilónicas, que el Estado se las quedó para sí y las hizo propiedad suya. No iba a permitir que fueran posesión de ciudadanos corrientes y molientes. Al rey y a sus funcionarios les tocaba la labor de casarlas, tras una curiosa subasta. Con lo que se ganaba con las guapas, se pagaba la dote de las feas. Cuando las feas eran más y el dinero no alcanzaba, se iba rebajando el precio hasta darlas gratis o incluso regalándole un juego de sartenes al que cargaba con ellas.

          De esto se deduce que el sexo masculino era el que llevaba los pantalones en un tiempo en el que todos vestían túnicas (quizá los llevaban debajo, aunque con el calor que hace por allí, no les arrendamos la ganancia).

          Las mujeres, pues, estaban consideradas como ganado, por debajo de las cabras, aunque por encima de las ovejas. Su deber era procrear maridos, limpiar a los hijos y darle placer a la casa o cualquier otra combinación moralmente más satisfactoria.

          La poligamia masculina estaba bien vista. De hecho, si no tenías varias esposas, se decía de ti que si sí, que si no, que si ¡vaya usted a saber! La mujer tenía que ser monógama, aguantarse e incluso lavarle los pies a la primera esposa si los tenía sucios. El marido podía repudiar a su mujer si era estéril, si le olía el aliento o incluso si tenía voz de pito y chillaba mucho.

          El emperador Hammurabi, en el siglo II a. C. (o por ahí: no estamos muy seguros) hizo leyes para proteger la propiedad y, como la mujer era una propiedad, quedó incluida en ellas y consiguió algunos derechos indirectos. No es que el Estado se interesara mucho por la vida amorosa de sus vasallos, como si el Estado fuera una «vieja del visillo», pero no permitía que nadie mermará bajo ningún concepto el patrimonio común.

          Los imperios necesitaban soldados para la guerra y mano de obra para las ciudades, por lo que si un hombre seducía a una virgen, le obligaban a casarse con ella para que mantuviera a la prole y que el Estado no tuviese que gastarse las perras en orfanatos e instituciones de ese estilo. Por ello, los crímenes sexuales se castigaban severamente para preservar los linajes. El adulterio se penaba encadenando a las dos partes y echándolas al agua o bien cortándole la nariz a la adúltera y castrando al adúltero, a elegir.

          Un último dato sexual fue el culto orgiástico de Milita, la gran diosa mesopotámica (que no era otra sino la Afrodita de toda la vida y que todos conocemos), que incluía un erotismo de no te menees (o, por el contrario, de «menéate todo lo que puedas»). Heródoto cuenta (este señor no paraba de contar cosas de todos los sitios a los que había ido de vacaciones) que los babilonios tenían una ley muy vergonzosa y avergonzante, porque toda mujer nacida allí estaba obligada una vez en la vida a ir al templo y entregarse a un extranjero. El historiador lo narra con todo lujo de detalles y parece recordarlo con especial nostalgia, por lo que deducimos que se puso en la fila de los extranjeros que esperaban y que la que le tocó en suerte cuando le tocó el turno le tocó muy bien.

          Cuando había más mujeres que extranjeros, no se emparejaba automáticamente a los recién llegados, sino que ellos elegían. Se dieron casos de mujeres poco agraciadas que tuvieron que estar hasta tres y cuatro años en el templo, en espera de que llegara algún forastero con cataratas.

          Se ha hablado del culto a dioses como Baal-Fregor, al que se adoraba haciendo unas infernales barbacoas y tocando unos instrumentos que sonaban a rayos, mientras los efebos se masturbaban desenfrenadamente y hasta hacían usos indebidos y repugnantes de los perros que se acercaban por allí atraídos por el olor de las salchichas y de las pancetas que se asaban en la parrilla. Pero no hay que hacer mucho caso, porque la gente es exagerada por naturaleza.

La parábola del maestro vago y zen

 

(Cuento parabólico. La parábola es un subgénero retórico consistente que dotar a una historia de un trasfondo simbólico, para que, si antes no se entendía, luego se entienda todavía mucho menos.

La han usado los maestros religiosos de todas las fes, para hablar con tal ambigüedad que nunca les pudieran pillar en un renuncio.

Gozan de muy buena reputación y hasta ahora nadie se ha atrevido a decir nunca que ninguna parábola de las conocidas sea una perfecta majadería.

Los hermeneutas llevan muchos siglos intentando diferenciar a la parábola de la alegoría y corre el rumor que dentro de poco igual lo consiguen.

Y aunque a las parábolas de la Biblia no hay por donde cogerlas, las del budismo zen las superan con mucho. Este es un caso ilustrativo.)

 

«En el confín del bosque me encontré

ante dos grandes senderos.

No tomé ninguno de los dos.

Me senté allí, a la sombra de un baniano,

y me dieron las tantas.» (Lao Tse)

 

El maestro dormitaba al borde del camino, recostado sobre una piedra. Tenía ambas piernas extendidas, obstaculizando el sendero.

El discípulo trasladaba ladrillos en una carretilla. Intentó pasar por el camino, pero no podía hacerlo.

—Venerable Maestro —dijo, despertándole—: ten la bondad de encoger las piernas para que yo pueda pasar.

El Maestro abrió un ojo y respondió sentencioso:

—Aquello que se ha extendido no se puede recoger.

El discípulo dijo:

—He aprendido tu enseñanza, amado Maestro. De igual modo que lo que se ha extendido no se puede recoger, aquello que se ha puesto en movimiento no se puede detener.

Y pasó con la carretilla de los ladrillos por encima de las dos piernas del Maestro, haciéndoselas fosfatina.

Entonces el Maestro, en lugar de darle al discípulo un sobresaliente, palmaditas en la espalda y hasta un sonoro beso en la coronilla, por haber aprendido tan pronto la lección, agarró un cabreo de los de no te menees y se lanzó sobre su alumno, diciéndole insultos zen (que son los más gordos) y propinándole cuantas bofetadas pudo.

(Nota del autor: ¿Han visto lo que les decía? ¿Le encuentran ustedes sentido a la cosa? ¡Pues eso!)