HUMORADAS
de
Enrique Gallud Jardiel
de
Enrique Gallud Jardiel
LA LITERATURA PARA EL PLACER. EL ATAQUE A LOS MAJADEROS. LA SÁTIRA DEL MUNDO.
Torrente Presidente
Santiago Segura, 2026
Usando comicidad
muy española (y grosera
—porque el humor elegante
crece poco en esta tierra—),
Segura nos cuenta cómo
accede a la presidencia
del país el personaje
abyecto (aunque con solera,
que ya lleva como mínimo
un puñado de secuelas)
de Torrente, que es compendio
de todas las cosas feas
de España, porque el racismo,
el mal gusto, la soberbia,
el maltrato a la mujer,
el afán por las pesetas,
en cainismo sin remedio,
el vicio y la picaresca
son el carácter hispano
contado de forma escueta.
Ya el título nos lo dice
todo: Torrente —ese jeta
que es un ex convicto y dice
que es «poli» de la secreta
y no trabajó en su vida—
les parece la perfecta
persona a un partido de esos
que surgen hoy como setas
(y que tienen el nazismo
imbuido en sus cadenas
de ADN) como símbolo
fiel de la persona media
del país, pues su postura
es de cutre que da pena
y asegura que de todo
tienen la culpa los menas.
Como fuere: aquella panda
de fascistas sinvergüenzas
le hace una oferta ipso facto
para dar discursos bestias
y hablar de flamenco y toros,
de ponerse la bandera
incluso en los calzoncillos,
de atarse ochenta pulseras
patrióticas (aunque ellos
siempre defraudan a Hacienda),
de ir dando a los suyos «¡vivas!»
y al resto del mundo, «¡mueras!».
Y como el país es facha
de los pies a la cabeza,
de Cádiz a Santander,
desde Gerona hasta Huelva,
de La Coruña a Almería
y de Murcia a Pontevedra,
tiene un éxito tremendo
entre la gente siniestra
(que es mucha, lo que es desgracia
antigua en la patria nuestra).
Su triunfo es tan rotundo
que se le ocurre una idea:
presentarse a Presidente
solo, con independencia
del partido, y, ¡claro!, entonces
se convierte en un problema.
¿Y cómo resuelves eso
de una manera discreta?
Pues quitándole de en medio
de puñalada certera,
para lo cual se contrata
a una empresa que es experta
en mandar a la otra vida
a aquel que molesta en esta,
por un precio que resulta
módico (salvo que quieras
que lo hagan con factura
muy desglosada y con fecha).
Mas como los asesinos
son españoles, les cuesta
hacerlo bien y la víctima
acaba saliendo ilesa
de la emboscada, que es
una chapuza completa.
El gobierno, por su parte,
manda también a sus fuerzas
policiales a cargarse
a esa persona molesta,
pero tampoco lo matan,
pues no tienen eficiencia:
le disparan al tuntún
y ni por asomo aciertan.
El clímax de la película
muestra graves consecuencias
y no he de dar los detalles
por no destripar el tema.
Baste saber que la historia
acaba de esta manera:
al ex preso le hacen «presi»,
que es paradoja tremenda,
pese a que en España es cosa
que a nadie asombra ni inquieta.
Robará, hará nepotismo,
nos llevará a la indigencia,
pero eso no importa nada,
pues compensará la quiebra
económica de España
a base de simples lemas
de ataque a los oponentes,
subvencionando la fiesta
nacional, bajando impuestos
a los ricos que gobiernan
en la sombra, encareciendo
el precio de la vivienda,
abaratando el despido
y privatizando entera
toda la estructura pública,
la sanidad y la escuela
(y defenestrando cabras
de la torre de la iglesia).
La aventura de los bailarines
Arthur Conan Doyle, 1903
(Sintetizamos al máximo el argumento, porque lo realmente interesante es el código que incluye y su desciframiento).
A Sherlock Holmes le gustaba resolver sin moverse de su casa los misterios que se le presentaban, para ahorrarse el alquiler del coche de punto y, además, para poder hacerlo en zapatillas, pues sufría por los juanetes.
El detective está en su casa de Baker Street. Llega un caballero con una hoja de papel que muestra una hilera de hombrecillos con los brazos levantados, como si estuvieran llamando a un taxi. Es una carta para su esposa enviada desde Nueva York, que le he dado a ella un susto de seis narices (tres pares). Él piensa que es un mensaje secreto de un amante y pone al sabueso a husmear.
Está claro que cada figura representa una letra, porque si el código fuera más complicado, ni el mismo autor sabría qué hacer con él. Holmes supone que es un cifrado por sustitución, lo que se llama el «cifrado de César», porque este fue el primero al que se lo descifraron, dejándole con un palmo de narices.
Ahora bien: algunos algunos hombrecillos llevan banderas y eso parece un toque de atención, porque no le están dando la salida a ningún tren en ninguna estación. Probablemente indican el final de una palabra.
El mensaje tiene quince signos y uno aparece cuatro veces. El investigador aplica el análisis de frecuencias y como la letra E es la más frecuente en el idioma inglés, decide —sin encomendarse a Dios ni al diablo, porque él es agnóstico desde pequeñito— que la letra repetida tiene que ser esa. Podría muy bien no haberlo sido en absoluto, pero en esta ocasión o bien Holmes tiene suerte o Conan Doyle quiso ayudar a su personaje para que no quedara en evidencia.
Hay una palabra de cinco letras y Holmes ya ha decidido que la segunda y la cuarta son la E famosa. Tiene, por tanto _ E _ E _. Piensa en posibilidades: SEVER [cortar], LEVER [palanca], NEVER [nunca]. Se decide por la última, principalmente porque le da la gana. Pero parece ser que acierta de nuevo.
Ahora tiene ya otras tres letras nuevas: N, V y R. Como el mensaje secreto era para la esposa —Elsie—, el investigador deduce que su nombre tendrá que aparecer necesariamente en alguna parte. En efecto: lo halla al final y así encuentra también la L, la S y la I.
A partir de este momento ya está claro que Holmes acabará por descifrar el mensaje, ante el asombro del caballero y del Dr. Watson, que está por allí sin hacer nada, como de costumbre, fuera de admirar las habilidades de su compañero de cuarto[1].
Sigue el desciframiento.
Delante de ELSIE hay una palabra de cuatro letras: _ _ _ E ELSIE. La solución más lógica parece ser COME ELSIE [Elsie, ven].
El marido se mosquea.
Pero Holmes se regocija, porque ya tiene la C, la O y la M.
Sustituye letras como un descosido y tiene lo siguiente:
_ M _ ERE _ _ E SL _ NE _
Holmes saca las palabras por el contexto. La primera puede ser AM [estoy]; la segunda, HERE [aquí] (es obvio, de otro modo no habría podido mandar el mensaje sin ponerle un sello). El nombre del firmante Holmes directamente se lo inventa y ya tiene AM HERE ABE SLANEY [Estoy aquí. Abe Slaney].
Telegrafía a Nueva York y se entera de que el tal Slaney es un caco de mucho cuidado muy conocido por allí.
El detective descifra más bailarines:
A _ ELRI _ ES
(Aquí hay que hacer un salto de fe, porque Holmes traduce AT ELRIGES, que parece querer decir que el mensajeador ha tomado una habitación con desayuno en la mugrienta posada Elrige’s y escribe desde allí.
Ya sabe quién es el hombre, dónde se esconde y que no tiene dinero para irse a un hotel mejor.
Pero hay una línea más que Holmes reconstruye.
ELSE PREPARE TO MEET THY GOD [Elsie, prepárate a encontrarte con tu Dios (a morir, vaya)].
¿Cómo neutralizar la amenaza?
Muy sencillo. Holmes le hace llegar un mensaje cifrado al amenazador invitándole a tomar el té con sándwiches de pepino. Como este piensa que solo Elsie conoce la cifra, se presenta allí, donde hay ya tres policeman con casco esperándole.
Y el caso queda resuelto.
¡Anda, que si no llega a acertar con la E!
[1] En aquella Inglaterra victoriana al parecer no estaba mal visto que dos hombres (uno de ellos con poblado bigote) vivieran juntos.
Network, un mundo implacable
Un film sobre porquerías
en el mundo periodístico
con una historia angustiosa
dentro de un marco satírico.
Se llama Network, un mundo
implacable y quién lo hizo
fue Sydney Lumet, un di-
lector de lo mejorcito.
Peter Finch y William Holden
hacen roles masculinos
y Faye Dunaway, de chica
(papeles bien repartidos).
Va de un locutor de tele-
visión viejo y feo (cual Picio)
que tiene el share por los suelos.
Como no da beneficios,
la cadena le despide
y él se ve pobre y solito,
porque no tiene ni un perro
que le ladre ni un ladrido.
Sin dinero y sin futuro,
Howard piensa, el pobrecito,
que le quedan dos opciones:
o matarse o el suicidio.
En su siguiente programa
inserta el siguiente aviso:
«Señores: esto se acaba,
si creo lo que me han dicho;
y por eso, cualquier día
me pegaré de improviso
dos tiros ante las cámaras
sin pensarlo mucho y ¡listo!»
Hace ese anuncio una noche
y se queda tan tranquilo.
¿Qué pasa entonces? Que el share
alcanza un récord altísimo,
porque la gente es morbosa
y disfruta de lo lindo
viendo el sufrimiento ajeno
o la muerte. ¡Ya te digo!
Y la posibilidad
de ver suicidarse a un tío
en una noche cualquiera
—después de un día de hastío
en la oficina— es gran cosa
y te abre el apetito
de drama más que un vermut
que tomes de aperitivo.
La cadena, por su parte,
junta a sus ejecutivos
(esos mismos tipos mise-
rables que le han despedido)
y en una reunión de lujo
con bebidas y con pinchos
deciden que tenga Howard
su espacio televisivo,
para que diga en antena
lo que le salga del sitio
de donde salen las cosas
y que sea provocativo,
pues el asunto tratado
es solo un detalle mínimo:
lo que vale es que te vean
muchos miles de individuos.
En la siguiente emisión
Howard pide que den gritos
las gentes en sus ventanas
con este mensaje explícito:
«¡Estoy hasta las narices
de este mundo en que vivimos
y ya no lo aguanto más,
que es un verdadero asquito!»
Entonces sucede que
el público, enardecido,
abre ventanas y grita
en todo Estados Unidos.
«¡Están gritando en Arkansas!»,
se dicen los directivos
de la cadena. «¡En Luisiana
están pegando alaridos!»
«¡En Colorado están roncos,
como en Hawaii! ¡Dios bendito!».
Y los estadounidenses
(o los estadounidinos
—que existen varias opciones
para usar los gentilicios—)
están de acuerdo con Howard
y le cogen gran cariño.
A partir de ahí se convierte
en un profeta divino
y el mundo cree sus diatribas
cual si fueran aforismos
de Einstein, Platón, Aristóteles
o Santo Tomás de Aquino.
Howard se pega el gustazo
de denunciar que los chinos
han comprado media América,
acabando enriquecidos
a costa del ciudadano
medio y que el gobierno mismo
está formado por cacos,
canallas y mangurrinos.
En fin: dice las verdades
que dice el barquero típico
y, acabando de liarla,
dice que se ha dado inicio
a una OPA hostil a la empresa
por los árabes saluditos.
Howard denuncia esta compra
y se hace pocos amigos.
La verdad no gusta a nadie
ni en este ni en otros siglos.
A aquellos que la han contado
siempre les han sacudido
a placer, les han echado
a patadas de los sitios,
les han metido en la cárcel
o les han dado un castigo
muy frecuente en otros tiempos
pero nada divertido
que se hace con una pila
de madera y con un mixto.
A Howard le invita el boss
a tomarse un capuccino,
pero aquella invitación
tiene un distinto objetivo.
El jefe le da una charla
diciendo que se ha metido
en camisas de once varas
(cuatro metros veinticinco
que es mejor, para enterarse,
usar metros y centímetros).
Le dice: « eres muy ingenuo
y naïf; no has entendido
que la vida es muy distinta
de cómo era. Te lo explico.
Ya no existen las naciones
ni los pueblos. Ya no hay sirios,
ni canadienses, ni rusos,
ni polacos, ni argentinos.
No hay ningún Oriente Medio
ni entero, solo un dominio
multinacional de dólares,
todo un sistema holístico
de sistemas de divisas,
círculos dentro de círculos,
engranajes económicos
complejos e interactivos.
Hay dinero en movimiento:
lo demás importa un higo.
Tú no puedes atacar
a este esquema tan bonito
que da a muchos de nosotros
beneficios tan magníficos.
Así, a ti lo que te toca
es convencer a los primos
de que este sistema es bueno.
¿Qué bueno? Óptimo. ¡Optísimo!»
«¿Tengo que decirlo yo?»,
pregunta Howard, contrito.
«¡Claro está!» «Pero ¿por qué?»
«Porque eres más efectivo.»
«¿Por qué razón?» «¡Porque sales
en televisión, cretino!»
Tras de varios episodios
y muchos puntos de giro
que no contamos aquí,
se llega a un final fatídico,
porque nuestro héroe empieza
con un discurso muy cínico
a defender lo contrario
de lo que había defendido.
Viene la desilusión,
pierde audiencia y el prestigio
y, como era previsible
(como estaba preveído
o previsto), se lo cargan
pegándole siete tiros
en un programa especial
para conseguir ser vistos
por muchos televidentes
que estaban muy aburridos.
Así funciona la «tele».
No exagero ni un poquito.
