El arte de la combinatoria

 


Texto completo de lo que me han

mecanografiado hoy mis cien monos.

¡A ver si mañana hay más suerte!

 

 

B6 2j4#k w#dfb9z2 b9j9wf29ç# 6#q kbgk#w=bq qjb qb 6b =29 =bw=# 26 bxfq4b9wf26fqd#. 6#q w#dj9fq42q 23fkd29 qjb b6 bxfq4b9wf26fqd# w#9çjwb 26 =#d¡kb 26 qjfb4fqd# y 2 j92 3f6#q#3í2 ¡jkcjbq2, ç29ç# 2çbdáq j92 vfqfó9 2642db94b gbqfdfq42. B6 wkfq4f29fqd# w#9qfçbk2 qjb b6 bxfq4b9wf26fqd# =2 qjgkfdfç# 6#q d29ç2dfb94#q y 6#q v26#kbq 4k2qwb9çb9426bq.

Q2k4kb f94b942 jjq4f3fw2kqb 23fkd29ç# qjb bq b6 bxfq4b9wf26fqd# b6 qjb =2wb g#qf¡6b 62 vfç2 =jd292.

Qb çf3bkb9wf2 çb6 çb4bkdf9fqd# çb6 924jk26fqd# b9 qjb çbj2 26 =#d¡kb 62 g#qf¡f6fç2ç çb b6bwwfó9, 62 6f¡bk42ç.

Çfq4f9cjb ç#q 4fg#q çb bxfq4b9wf26fqd#: b6 wkfq4f29# y b6 24b#. 2d¡#q w#f9wfçb9 b9 qjb 62 bxfq4b9wf2 bq 294bkf#k 2 62 bqb9wf2. G2k2 b6 bxfq4b9wf26fqd# 24b#, Çf#q 9# bxfq4b y, g#k 4294#, b9 b6 =#d¡kb 62 bxfq4b9wf2 bq 294bkf#k 2 62 bqb9wf2, gjbq gkfdbk# bxfq4b y qó6# 6jbc# qb çb3f9b 2 qí dfqd#. B9 j9 gkf9wfgf# b6 =#d¡kb 9# bq 92ç2 y 6jbc# bq 6# qjb qjfbkb qbk; 9# =2y, g#k 6# 4294#, j92 «924jk26bz2 =jd292» gkb3fj2ç2.

Bq b6 =#d¡kb qjfb9 qb =2wb 2 qí dfqd# y bq kbqg#9q2¡6b çb qj gk#gf# qbk. Çbwfçb wód# qjfbkb qbk é6 y 42d¡fé9 6# qjb qjfbkb g2k2 6#q çbdáq. Çb 2qjí qjkcb j9 qb94fdfb94# çb kbqg#9q2¡f6fç2ç qjb gk#çjwb 29cjq4f2.

B6 =#d¡kb qj3kb fcj26db94b çb çbq2dg2k#, 26 qb94fkqb q#6# g#k 62 2jqb9wf2 çb Çf#q. 42d¡fé9 g2çbwb çbqbqgbk2wfó9, gjbq 26 w#942k ú9fw2db94b w#9qfc# dfqd# w2kbwb çb 62 bqgbk29z2 b9 j9 Çf#q qjb gjbç2 w2d¡f2k b6 wjkq# çb 62q w#q2q.



El sexo prehistórico

 


          El sexo, señores, es importante. Imagino que estarán de acuerdo con  nosotros. A su lado, el ansia de poder, el dinero, etc. no tienen nada que hacer. Pero, a la vez, es algo muy nocivo y no decimos esto por mantener una visión puritana del asunto, ¡qué va!, sino porque desde el inicio de los tiempos ha sido causa de muchos líos y complicaciones, y ha producido a los humanos muchos dolores de cabeza (incluidos esos que algunas esposas se inventan cuando quieren dormirse pronto porque al día siguiente tienen que madrugar).

          Si no existiera la atracción sexual, la Humanidad sería mejor: en nuestro mundo no habría violaciones ni crímenes pasionales ni pederastia ni trata de blancas ni esos edificios con lucecitas junto a las autopistas. Claro, que puede que sin este estímulo la gente no se tomara la molestia de reproducirse y no hubiera tampoco Humanidad, pero esa posibilidad no la queremos contemplar, pues sí la Humanidad desapareciera, ¿quién iba a comprar este libro?

          En muchos tiempos y lugares, el sexo ha sido tabú. ¿Cómo que tabú? ¡Tabudísimo! Pero en este libro vamos a tratar al sexo abiertamente, como si le conociéramos de toda la vida (ya nos habría gustado). Comenzaremos con el protosexo prehistórico y llegaremos hasta los avances más sorprendentes de la moderna genética.

          La libido ha sido el motor (enchufable) de la especie. El hombre prehistórico no sabía hacer la ‘o’ con un canuto (en realidad no había inventado aún ni las vocales ni los canutos), pero ya conocía el sexo[1]. Los que por «hombre prehistórico» entiendan que nos referimos a Adán y Eva no ignoran que el mito genésico contiene la mayor parte de los elementos de una historia erótica: desnudez, mordiscos, una serpiente y la tendencia a meterse donde no había que meterse (en líos). Adán, saliendo desnudo del paraíso, nos recuerda las aventuras de Casanova, cuando este era descubierto por algún marido celoso y tenía que abandonar alguna alcoba por la ventana.

          Pero aparquemos el mito y consideremos la realidad. En los vasos etruscos se ven dibujos de hombres tan peludos como prehistóricos con apéndices colgantes, haciendo con otros peludos cosas inconfesables (aún no se había inventado la confesión). Los faunos y sátiros mitológicos eran igual de pilosos y su noción surgió del recuerdo colectivo de estos pedropicapiedras y pablosmármoles lascivos.

          Las relaciones carnales prehistóricas estaban seguramente precedidas de trancazo en la cabeza, cuando no eran consentidas. De hecho, estamos seguros de que el cortejo de la hembra se reducía al mínimo y que los preliminares anteriores a la satisfacción rápida no duraban más que algunos pocos segundos.

          Suponemos también que el hombre primitivo no era muy tiquismiquis en materia sexual y que cuando regresaba a la cueva después de un largo día de caza (generalmente infructuosa), no encontraría mucha diferencia a la hora de elegir entre madres, hermanas, hijas o la tía solterona que vivía con ellos.

          En cuanto a los elementos del protoapetito sexual, imaginamos que el desnudo sería incitante, pues con el frío qué hacía durante las glaciaciones irían siempre con pieles, por lo que quitárselas debió de constituir un espectáculo digno de contemplación. Se sabe también —por las estatuillas de las vénuses que han llegado hasta nosotros— que a los hombres les gustan las gordas (y esto duró hasta la época de Rubens, bien entrado el siglo XVII).

          Los menos violentos de nuestros ancestros se ganaban la simpatía de las hembras cogiendo para ellas frutas difíciles de alcanzar o guardándoles los higadillos de cualquier bicho que consiguieran matar para comérselo in situ. La hembra aceptaba el trueque y de esta manera el sexo provocó la invención de otros tres conceptos que han acompañado a la Humanidad hasta nuestros días: el cortejo, el soborno y la prostitución.

          Otra suposición que hacemos (pero esta vez con la convicción de que acertaremos) es que en aquellos polvorientos días predominó el matriarcado. No podía ser de otra forma, puesto que la descendencia por línea femenina estaba clara y el responsable masculino era siempre objeto de sospecha, sobre todo en las cuevas, en las que vivía mucha gente hacinada y donde la iluminación era escasa, por lo que no era raro que tuviera lugar algo así como un vodevil prehistórico y alguien yaciera con la hembra equivocada sin que ninguno de los dos se diera cuenta del trueque.

          Sobre estos tiempos no hay información[2]. Así es que solo podemos hacer deducciones a partir de los mitos. Y estos nos cuentan que en el escenario del mundo, desde que el ser humano entró, ha estado salido. Los dioses griegos no pensaban en otra cosa que en aparearse, aunque para ello tuvieran que usar cuerpos incómodos y ridículos (considérese a Zeus, por ejemplo, convertido en cisne para beneficiarse a Leda). Astarté, la divinidad fenicia, era hermafrodita: una mezclilla de Venus y Adonis. En los templos de todos los lugares abundaba la «prostitución sagrada», que es algo muy conveniente, pues produce el mismo placer que la que no es sagrada, pero suena mucho mejor.

          El bestialismo también era frecuente, como nos reveló el mito de Pasífae, que no se contentaba con menos de un toro para pasar las noches (ya lo contaremos más adelante en detalle). Pero, ¡cuidado!: no vayamos a confundir el bestialismo con el animalismo, pues ambos tienen que ver con las corridas de toros, pero en distintas acepciones de la palabra.

 



[1] Y, si no lo conocía, no entendemos cómo hemos llegado hasta aquí.

[2] En la gruta de Laussel, en Francia, se halla un dibujo de una pareja humana haciendo el amor en la postura del misionero, pero es el único dato conocido.

Cela, censor del franquismo

 

AVISO.—Este escrito, que ya he publicado otras veces, es pura hiel y no pretende tener maldita la gracia. Los que quieran reírse absténganse de leerlo. Si no lo hacen luego no digan que no les he advertido.)

 Cela gastó durante toda su vida bastante tinta para que los españoles olvidáramos que había sido censor del franquismo. Pero el hecho es que fue censor del franquismo y conviene que esto se recuerde. Le propusieron: «¿Quieres ganarte un sueldo siendo censor del franquismo?» Y él preguntó «¿En qué consiste esto de ser censor del franquismo?» Y le respondieron: «En prohibir que se publiquen cosas que, a sus autores, les ha costado mucho escribir y por las que, además, ponen en peligro sus vidas.» Y él preguntó: «¿Pagan bien por ser censor del franquismo?» Y le contestaron: «¡Psch!» Y él dijo: «Es igual. Acepto ser censor del franquismo.»

Y se convirtió en censor del franquismo. Afirmó que iba por allí de tarde en tarde, que ponía algún que otro sello y que lo hacía para mantener a su familia (con su sueldo de censor del franquismo). Quería quitarle importancia al hecho de ser censor del franquismo, pero el caso es que fue censor del franquismo hasta que dejó de ser censor (del franquismo).

No quiero que esto se olvide.

Hablemos ahora de su obra.

Como Cela fue —no lo olvidemos ni por un momento— censor del franquismo, tenía amigos en la censura. Esto le permitió sacar a la luz escritos que otros no habrían podido publicar en absoluto y hacerse famoso con ingredientes que para los demás estaban prohibidos. ¿Qué ingredientes, preguntarán ustedes? ¿Pues cuáles van a ser? Los de siempre: sexo y violencia.

En La familia de Pascual Duarte, el protagonista asesino mata a su madre tras pelear con ella. Durante el forcejeo le rasga la blusa y muerde sus pechos desnudos. Esta descripción un tanto morbosa, señores, era inconcebible en 1942 y no se le hubiera permitido a otro autor que no hubiera tenido amiguetes a causa de haber sido censor del franquismo.

¡Cuidado! Yo no estoy diciendo que Cela no supiera escribir. Lo que digo es que era un sinvergüenza literario totalmente supravalorado.

Viaje a la Alcarria es de un aburrimiento azorinesco que tira de espaldas. El viajero llega a Brihuega, se seca el sudor, se sienta a la sombra y pregunta al lugariego qué tal va la cosecha de tomates. Todo así. La peor novela costumbrista de finales del XIX es mucho mejor que esta obra.

Se hace famoso con La colmena, descripción tópica de tipos típicos, sin más mérito que la observación desde una mesa de café. Sin embargo, se la tilda de genial. Pero es una genialidad copiada de una novela veinticinco años más antigua: Manhattan Transfer de John Dos Passos. ¡Ay, la falta de cultura y de memoria histórica!

Luego, más morbo: el Diccionario secreto, donde su gusto (ahora sabemos cuál era) se dedicó a recopilar todos los insultos y las cuatrocientas mil maneras castellanas de llamar a los genitales, investigación imprescindible y urgente donde las haya.

El siguiente paso consistió en novelas de la guerra: San Camilo, 1936 ó Mazurca para dos muertos. Todas van de lo mismo. «Fulanito estaba haciendo cosas consigo mismo detrás de un árbol, cuando estalló la Guerra Civil, etc., etc.» A mí la masturbación no me parece especialmente mal en la vida real. De hecho, pertenezco a la Asociación Española para el Fomento de las Artes Autoeróticas (aunque creo que este año no he pagado aún la cuota de miembro.) Pero eso no es un tema literario. A nadie le deberían importar los exabruptos eróticos de un señor. Y ese señor no debería haberlos vendido como literatura, salvo que escribiera honestamente literatura erótica, lo cual habría sido muy digno y hubiera tenido su público.

Ya famoso, decidió tomarles el pelo a los españoles escribiendo libros consistentes en frases sin sentido puestas una detrás de otra al buen tun-tún.

Dijo que el Premio Cervantes era una mierda (sic) y luego, alegremente, lo aceptó.

*

Y ya no escribo más sobre este señor: ya me he cansado.

(Mi número de teléfono está en la guía, para que todo el que quiera me refute o me insulte, pero advierto que me va a dar lo mismo y me voy a quedar tan pancho.)

(A propósito, ¿les he dicho que Cela fue censor del franquismo?)

Los aristogatos

 


La acción de esta fábula gatodisneica transcurre en París, pero no en el París del estado de Illinois (EE. UU.), que es un poblacho en medio de la nada, sino en el París francés (siempre conviene especificar), ese lugar romántico y glamuroso donde te cobran no menos de ocho euros por un café en una taza así de pequeñita.

La historia empieza en 1910, año en que se fundó en Buenos Aires el Club Atlético Excursionistas, dato este que no tiene absolutamente nada que ver con lo que contamos, pero que incluimos aquí para hacer bulto, porque a nosotros nos pagan por palabras.

Al asunto.

Hay una madame (no una madame de esas que ustedes se imaginan, sino una decente), Adelaida Bonfamille, que vive en una mansión nada cochambrosa, sino todo lo contrario (más palabras para el recuento), con sus cuatro mininos: una gata cursi llamada Duquesa y sus tres gatitos (del padre nunca se supo)[1]. Los gatitos se llaman Marie (por Marie Curie), Berlioz (por Hector Berlioz) y Toulouse (por Toulouse-Lautrec), sin pararse a considerar que casualmente estos tres personajes de la historia cultural francesa eran alérgicos a los pelos de gato.

Para que los franceses no se enfaden, la productora decide que el villano de la película será inglés (con lo cual son los ingleses los que se enojan y escupen en las salas de cine de Londres durante la proyección de esta película, poniéndolas pérdidas). Este malo es el mayordomo, como suele suceder cuando en vez de contratar a un guionista de verdad, le encargas el trabajo a tu cuñado, que es un saco de tópicos. (Luego nos enteramos de que la historia sucedió de verdad; o sea: que los guionistasni hicieron ni el mínimo esfuerzo por inventarse nada).

Este tal Edgar Balthazar va a heredar a la anciana —que no ha tenido en su vida la sabia precaución de tener hijos—, pero solo después de que los gatos mueran, pues se entiende que el dinero lo deja para su bienestar.

Edgar es de Letras y no hace bien las cuentas. Calcula que a la vieja le pueden quedar aún muy bien diez años de vida y que a cada gato le pueden quedar otros ocho, tirando por lo bajo. Suma 10 + 8 + 8 + 8 + 8 (ocho años por cada gato) y le salen 42 años mínimo, lo que le parece demasiada espera, por lo que decide matar a los bichos antes de morirse él de hastío, esperando.

El malvado duerme a los gatos con unas pastillas y se los lleva al campo para deshacerse de ellos tirándolos a una zanja (en París no había zanjas). Allí intervienen dos perros llamados respectivamente Napoleón y Marie-Joseph Paul Yves Roch Gilbert du Motier, marquis du La Fayette, al que llamamos solo Lafayette para abreviar. Son dos canes muerdemotocicletas que ayudan a la familia gatuna a librarse de su verdugo.

A la mañana siguiente, Duquesa se encuentra con un gato vagabundo, de nombre O’Malley, y es entonces cuando los espectadores se dan cuenta de que la película es una copia de La dama y el vagabundo, solo que con gatos en vez de perros.

Como fuere: se establece entre ambos una conexión química, pues a él le gusta mucho lo bien que huele ella y a ella le encanta asimismo lo mal que huele él.

Tal y como sucede siempre en las comedias románticas, tienen que pasar la noche fuera y él lleva a la dama y a sus mininirretoños a casa de unos gatamigos que tocan jazz sin que los vecinos protesten y que insisten en que todos quieren ser gatos jazzeros como ellos. Nadie se acuerda de que en 1910 aún no había jazz en las orillas del Sena.

(A modo de anécdota metida con calzador, diremos que la canción de los gatos la grabó el mismísimo Maurice Chevalier —que estaba ya más que jubilado— por deferencia a Disney y al monumental cheque que recibió).

O’Malley ofrece a Duquesa una vida idílica de tejados y raspas de sardina sacados de cubos de basura, pero ella declina, porque no quiere dejar sola a madame Adelaida, que no sabe hacer ganchillo y se aburre mucho sin sus mascotas.

Luego salen unos gansos que no hacen ninguna falta en la historia y que nos aburren un rato.

El mayordomo, por su parte, no ceja en su empeño de acabar con la familia felina y captura y mete a los cuatro gatos en un baúl para enviarlo como paquete postal con rumbo a Tombuctú, que es esa ciudad de África que nadie sabe nunca dónde está.

Pero el héroe O’Malley llega a tiempo, salva a todos y consigue que sea Edgar el que se vaya de vacaciones a Mali (que es dónde está Tombuctú: nosotros sí lo sabemos).

La vieja rehace su testamento y deja todo el dinero a los gatos callejeros de París. O’Malley se civiliza y se hace adicto al salmón que se come en aquella casa.

La productora Disney pensó en hacer una segunda parte de este film, pero luego se lo pensó mejor y —acertadamente, hemos de decir— abandonó el proyecto.


 



[1] No sabemos la palabra exacta para «cachorros de gato»; quizá no la hay y se dice simplemente ‘crías’. El castellano nos falla en ocasiones.