Un museo autonómico

 

(Reportaje periodístico de esos que ya no se hacen porque no los lee nadie)

 

Se ha creado (aunque por ahora sólo sea un proyecto sobre papel) el Museo de la Miscelánea Aragonesa (y a ver dónde se pone, que ésa es otra). Se trata de una idea que ha tenido algún lumbrera del gobierno autonómico que no sabe en qué gastarse los cuartos de los contribuyentes, pero que aun así parece más interesante que esos museos antropológicos de toda la vida, llenos de trozos rotos de ollas de barro que datan del Neolítico o por ahí.

Será un espacio lúdico-rememorativo (ahora se dice así en la jerga museil) que albergará objetos curiosos relacionados con hijos famosos de Aragón. (Porque son aquellos objetos que los museos normales se niegan a exhibir, bien por ridículos o por pringosos).

No se sabe aún dónde se ubicará —varias localidades aragonesas se pelean porque no les toque a ellas—, pero sí se conocen los objetos-estrella que podrán ver todos aquellos visitantes interesados en adquirir algo de cultura y que paguen 18 euros para que les dejen ver su propio patrimonio.

Mencionaremos aquí algunas de las curiosidades que podrán admirarse con la boca abierta cuando estén expuestas y de las que, por ser parte de la historia de Aragón, más vale que todos los aragoneses estén orgullosos. Tales objetos son:

—Un ejemplar (muy usado) del famoso libro de Thomas de Quincey El asesinato considerado como una de las Bellas Artes, que perteneció en su día a Mariano Gavín Suñén, el «Cucaracha», famoso y sanguinario bandido de la comarca de los Monegros, que sabía combinar instinto, codicia y erudición.

—Una desmesurada colección de fotos cursis y tópicas, realizada por el Premio Nobel don Santiago Ramón y Cajal, que tenía esa afición. Suelen mostrar flores y niños de pecho (por lo que resulta de mal gusto decir lo repugnantes que son).

—Una colección de boinas del gran actor Paco Martínez Soria. Están numeradas y etiquetadas, con lo que puede saberse en qué comedia o película se usó tal o cual boina específica.

—Una bigotera y una navaja de afeita mellada, perteneciente a José de Palafox y con la cual el famoso general por poco se desuella.

—Una caricatura obscena de Calvino dibujada por Miguel Servet, donde el ginebrino hace cosas sumamente feas que nos resistimos a describir, por respeto a nuestros lectores. Apuntaremos que si Calvino la vio, no nos extraña que mandase quemar a Servet en la hoguera.

—Un par de calcetines de San José de Calasanz, santo y pedagogo (en ese orden). El objeto tiene el valor añadido de su rareza, pues es sabido que el fundador de las Escuelas Pías iba siempre descalzo.

—Una colección de gomas de borrar, provenientes de todos los países del mundo, que la filóloga María Moliner donó en su día, porque ninguna borraba bien.

—Diez mil cartas de aquel gran político, jurista, economista, historiador y más cosas que fue Joaquín Costa, incluidas varias en las que le pedía dinero a un amigo suyo.

—Un paraguas de color pardo que el rey don Jaime I el Conquistador usó con frecuencia hasta que se le abrió por la tela.

—Un tubo de óleo color siena tostada que la cupletista Raquel Meller se llevó de recuerdo del estudio de Sorolla, sin que éste se diera cuenta, una vez que le estuvo haciendo un retrato.

—Un trozo de piedra que el novelista Ramón J. Sender arrancó de la estatua de El ángel caído, del madrileño parque de El Retiro, durante los tres meses que durmió allí al raso por no poder volver a la pensión donde solía vivir, ya que la patrona ya no le fiaba.

—Un libro en griego de chistes verdes, escrito por Aristóteles, que el filósofo Avempace comenzó a traducir al árabe, pero que no acabó porque los chascarrillos no le hacían demasiada gracia y porque pensó que el libro no se vendería ni a la de tres.

—Una carta manuscrita del rey Boabdil de Granada a su madre que Pedro Laín Entralgo, Presidente de la Real Academia Española de la Lengua, distrajo cuidadosamente de los fondos a su cargo y se llevó a su casa como recuerdo. En la carta, el Rey Chico se quejaba de lo mucho que le incordiaban sus varias esposas.

—Diversos objetos de atrezzo teatral, donados por el tenor Miguel Fleta, que los cogió en la guardarropía de la Scala de Milán. Entre ellos se cuenta un pollo disecado, una colección de billetes de lotería, un jarrón de Sèvres de imitación, seis bastones, un sombrero con escarapela de capitán general y un cencerro.

—Un ancla de seis metros de alto por tres y medio de ancho que el marino y militar Roger de Lauria, heroico defensor de las posesiones aragonesas en Sicilia, tomó del último barco a su mando e hizo llevar a su casa, para venderla luego al peso.

No nos cabe duda de que el museo estará dotado de medidas de seguridad de alta tecnología y última generación para impedir que nadie intente sustraer objetos tan codiciables.


 

Mi primera vivienda

 

Cuento destinado a demostrar que el dinero no da la felicidad, pero casi

 

No voy a entrar en detalles de cómo vendí mi alma al diablo, porque lo dejo para otro día. Sólo les contaré que no la troqué por ninguna Margarita.

Me he hecho multimillonario y he construido la casa de mis sueños. Lujo... un ambiente agradable... buenos materiales... placer a la vista... a los sentidos... relajamiento...

¿Qué contarte, ¡oh, lector!, del lujo con el que he hecho construir mi palacete? ¡Qué fastuosidad, qué relumbrón y qué bambolla! Riquezas por doquier, un jardín versallesco, una fuente de jade, una avenida de mármol, un quiosco de malaquita (¡diantre!: ¡la intertextualidad!).

Todo en mi villa está hecho con los mejores materiales y hasta con piedras semipreciosas como el... como la... bueno, yo no distingo las semipreciosas de las otras, pero ustedes me entienden.

Y todo el lujo, desde el principio. Los arquitectos han dibujado sus planos en papel couché. Los cimientos se han hecho mezclando el mejor cemento con esencias aromáticas. Las vigas son de una aleación de acero, bauxita y un tres por ciento de platino. La madera del parquet es ébano puro y cedro del Líbano. Las tuberías son de oro macizo. Todo se ha traído del país donde se halla la mejor calidad. Hasta el blanco de España es importado.

Durante varios meses los diversos albañiles bornearon, retranquearon, cantearon, enripiaron, entomizaron, retundieron, zaboyaron, enrasaron, encacharon, encorozaron, trasdosearon, socalzaron, rafearon, descimbraron, repellaron, enfoscaron, fratasaron, empañetaron, jarraron, entunicaron, anidiaron y trullaron el edificio incansablemente.

(¿Cómo? ¿Que no han entendido nada? Pues todos estos verbos existen en el mundo de la construcción, amigos míos. ¡Ay, esa cultura general...!)

Al final, el edificio no carece de nada. Tiene más naves que la Armada Invencible, más columnas que el ejército de Julio César, más arcos que Robin Hood y sus amigos, y más frontones que el País Vasco.

No sólo eso, sino que he hecho colocar un arco de triunfo en la entrada y un obelisco el medio del pasillo, para no privarme de nada.

En cuanto a la decoración, he llenado mi mansión de objetos de arte, con los que empiezo a coleccionar una colección. Entre mis tesoros se cuentan una pintura de Tennyson, el manuscrito de una carta de Atila, varios compases manuscritos de la Sinfonía en re menor de Rembrandt, una de las últimas esculturas salidas del cincel de La Fontaine y un desatrancador de lavabos con el mango pintado por Benvenutto Cellini.

Todo esto me ha costado un fortunón, pero su posesión hace estremecerse de placer a mis sentidos.

Así que no diré que en mi casa se vive con un lujo oriental, porque he visto algunas tiendas de beduinos en el desierto de Gobi que parecían bastante cochambrosas.

Lo malo es que, para estar acorde con la casa, tengo que vestirme con prendas que me pesan mucho. La camiseta de brocado me hace sudar especialmente y, además, me pica y me tengo que estar rascando continuadamente.

Ese es el único consuelo que les va a quedar a todos aquellos que me envidian.

 

El culto al Yo

 

Pinceladas ilustrativas de filosofía facilita para gente con poco tiempo que perder en tonterías

 

 

El culto al Yo, como ya imaginarán ustedes, no es invención reciente. El «yo» ha preocupado siempre a los filósofos y, para que no se me excluya a mí de este andrajoso aunque privilegiado grupo, les confesaré que algunas noches también la cuestión del «yo» me ha dejado a mí sin dormir.

Y como el hombre no se contenta con nada y yo, además de filósofo, quiero presumir también de erudito, me veo en la precisión de dar aquí algunos detalles completamente fuera de cacho del «yo» como tal. ¡La fama hay que ganársela a pulso!

Pues el «yo» ha sufrido bastantes meneos a lo largo de la historia y ha sido traído y llevado de aquí para allá innumerables veces. Los escolásticos y los cartesianos sostenían que era una sustancia espiritual, que pasaba de la potencia al acto en categorías de ser contingentes y necesarias. No consideramos prudente llevarles la contraria.

Hume decía que era una serie de actos, pero no decía cuáles, con lo cual no se comprometía mucho, el hombre.

Kant le llamaba «yo trascendental» y decía que era una condición necesaria, no sabemos para qué.

Fichte, para liarlo aún más, dijo que era un absoluto incondicionado que se afirma a sí mismo.

Schopenhauer lo igualaba a la voluntad, aunque a veces lo conjugaba mal.

Husserl, a la cabeza de los fenomenólogos, dejó bien claro que era un sujeto trascendental y que estaba dispuesto a pegarse con quien dijere lo contrario.

Los filósofos orientales lo definieron de una forma más sencilla, negando su sustancialidad por completo y quedándose más anchos que largos, al evitar así todas las disputas filosóficas, que se asemejan a un carrusel en que no llevan a ninguna parte.

Los filósofos pijos de hoy en día lo denominan «superyó».

 

*

 

¿Qué hemos aprendido hoy, queridos niños?

Que no debemos nunca enfrentarnos con problemas superiores a nuestras fuerzas.

¡Ven a reírte al cementerio!

 


El verdadero ajoaceite

 


II epístola de San Pablo a los sibaritas

 

 

Queridos hermanos:

Bendito sea Dios, Padre nuestro. Os deseo la paz en el Señor a todos aquellos que os mostráis firmes en la fe y os reitero mis bendiciones.

Ha poco y tras innumerables peripecias, llegué a las costas nororientales de Hispania a predicar la Palabra y encontré a gentes muy dispuestas a escuchar y a aprender.

Ellos, a su vez, también me enseñaron mucho y me instruyeron en la correcta elaboración del ajoaceite que, ahora a mi vez, os transmito, para beneficio de todos los hermanos.

Porque hais de saber, amados, que hay réprobos e incrédulos que no conciben que el ajo y el aceite se unan en el amor. Son desconfiados por naturaleza y para conseguir la exquisita mezcla, no dudan en infringir los preceptos más sabios y usar huevo. Y el huevo no es un ingrediente aceptado por los textos, hermanos: es fruto de la soberbia humana, que quiere saber más que su Creador.

El ajoaceite verdadero, con el que acompañan carnes asadas, fideuá o incluso caracoles, sólo lleva ajo, aceite y sal.

Pretender usar huevo, como hacen los gentiles, está contra toda norma y toda ley. Desconfiad de los que obran así.

Que la gracia de Nuestro Señor esté con vosotros. Recordadme en vuestras oraciones.