La parábola del maestro vago y zen

 

(Cuento parabólico. La parábola es un subgénero retórico consistente que dotar a una historia de un trasfondo simbólico, para que, si antes no se entendía, luego se entienda todavía mucho menos.

La han usado los maestros religiosos de todas las fes, para hablar con tal ambigüedad que nunca les pudieran pillar en un renuncio.

Gozan de muy buena reputación y hasta ahora nadie se ha atrevido a decir nunca que ninguna parábola de las conocidas sea una perfecta majadería.

Los hermeneutas llevan muchos siglos intentando diferenciar a la parábola de la alegoría y corre el rumor que dentro de poco igual lo consiguen.

Y aunque a las parábolas de la Biblia no hay por donde cogerlas, las del budismo zen las superan con mucho. Este es un caso ilustrativo.)

 

«En el confín del bosque me encontré

ante dos grandes senderos.

No tomé ninguno de los dos.

Me senté allí, a la sombra de un baniano,

y me dieron las tantas.» (Lao Tse)

 

El maestro dormitaba al borde del camino, recostado sobre una piedra. Tenía ambas piernas extendidas, obstaculizando el sendero.

El discípulo trasladaba ladrillos en una carretilla. Intentó pasar por el camino, pero no podía hacerlo.

—Venerable Maestro —dijo, despertándole—: ten la bondad de encoger las piernas para que yo pueda pasar.

El Maestro abrió un ojo y respondió sentencioso:

—Aquello que se ha extendido no se puede recoger.

El discípulo dijo:

—He aprendido tu enseñanza, amado Maestro. De igual modo que lo que se ha extendido no se puede recoger, aquello que se ha puesto en movimiento no se puede detener.

Y pasó con la carretilla de los ladrillos por encima de las dos piernas del Maestro, haciéndoselas fosfatina.

Entonces el Maestro, en lugar de darle al discípulo un sobresaliente, palmaditas en la espalda y hasta un sonoro beso en la coronilla, por haber aprendido tan pronto la lección, agarró un cabreo de los de no te menees y se lanzó sobre su alumno, diciéndole insultos zen (que son los más gordos) y propinándole cuantas bofetadas pudo.

(Nota del autor: ¿Han visto lo que les decía? ¿Le encuentran ustedes sentido a la cosa? ¡Pues eso!)

Los ingenuos revolucionarios

 

(CUENTO DE HUMOR EN EL QUE HAY QUE HACER UN ESFUERZO PARA REÍRSE)


En aquel país remoto, un puñado de valientes (bueno: eran sólo tres, así es que lo del puñado es una exageración), cansados de la tiranía del rey Frederic II «el Patillas», se unieron para intentar derrocarle.

Crearon primero una sociedad secreta, con santo y seña. El santo era San Pancracio y la seña estaba en latín, por lo que se aprendía con bastante dificultad. Ninguno de sus miembros la pronunció nunca como es debido, por lo que acabaron saltándosela.

Tan secreta fue la sociedad que los miembros nunca sabían dónde tenían que reunirse y no conseguían concretar nada. Además, como nadie sabía de su existencia, conseguían muy pocos afiliados.

Acabaron viéndose en un club romántico, al que acudían en sigilo todos los jueves. Ello les causó graves inconvenientes, porque sus esposas pensaban que iban allí a hacerle el amor a señoritas. Luego les montaban unas escenas de celos que los conjurados se pensaron muy seriamente si merecía la pena derrocar tiranía alguna.

Por fin el número de afiliados aumentó considerablemente mediante un eficaz procedimiento que no revelamos porque ignoramos por completo cuál fue.

Paralelamente, aumentaron los dividendos de una fábrica de antifaces, que mandaba a las casas a su representante con un muestrario y un catálogo muy trabajado.

Los revolucionarios discutieron largamente sobre los colores de su bandera de la libertad. Hubo disensiones, porque ningún color les parecía simbólicamente bien. El azul y el morado les sugerían las magulladuras que podían sufrir si su intento fracasaba. El rojo les recordaba la sangre; el amarillo, la hepatitis. El blanco implicaba no tener nada en la cabeza. El lila les sugería que todo aquello era una tontería. Nadie se acordó de la existencia del verde.

Reunidos en su escondite se dieron unos a otros discursos inflamantes, pero el resultado no era muy satisfactorio. Querían recordar a los campeones de la lucha por la libertad del pasado, pero la cultura no los acompañaba. Confundían a Espartaco con Espartero, creían que Guy Fawkes había sido un pintor y Marat un pasante en una notaría.

Finalmente el vendedor de antifaces les traicionó y avisó a la policía secreta del rey de que se estaba complotando en su contra.

Ignorando esto, los revolucionarios consiguieron un plano del palacio y, embozadísimos, penetraron en él una noche con el propósito de asesinar al rey o, por lo menos, a un pariente cercano.

El plano resultó ser de antes de la última reforma del edificio, por lo que los conjurados se encontraron con que las puertas y los pasillos no estaban todos en su sitio. Se perdieron y, en lugar de los aposentos reales, acabaron apareciendo por otro lado.

Todos fueron detenidos y encarcelados. Afortunadamente, los burócratas de palacio, que eran una panda de inútiles, traspapelaron las pruebas y testimonios que les acusaban, por lo que no les pudieron ahorcar.

Siguen todos allí, en prisión, y el rey no sabe muy bien qué hacer con ellos.

 

El arte de la combinatoria

 


Texto completo de lo que me han

mecanografiado hoy mis cien monos.

¡A ver si mañana hay más suerte!

 

 

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El sexo prehistórico

 


          El sexo, señores, es importante. Imagino que estarán de acuerdo con  nosotros. A su lado, el ansia de poder, el dinero, etc. no tienen nada que hacer. Pero, a la vez, es algo muy nocivo y no decimos esto por mantener una visión puritana del asunto, ¡qué va!, sino porque desde el inicio de los tiempos ha sido causa de muchos líos y complicaciones, y ha producido a los humanos muchos dolores de cabeza (incluidos esos que algunas esposas se inventan cuando quieren dormirse pronto porque al día siguiente tienen que madrugar).

          Si no existiera la atracción sexual, la Humanidad sería mejor: en nuestro mundo no habría violaciones ni crímenes pasionales ni pederastia ni trata de blancas ni esos edificios con lucecitas junto a las autopistas. Claro, que puede que sin este estímulo la gente no se tomara la molestia de reproducirse y no hubiera tampoco Humanidad, pero esa posibilidad no la queremos contemplar, pues sí la Humanidad desapareciera, ¿quién iba a comprar este libro?

          En muchos tiempos y lugares, el sexo ha sido tabú. ¿Cómo que tabú? ¡Tabudísimo! Pero en este libro vamos a tratar al sexo abiertamente, como si le conociéramos de toda la vida (ya nos habría gustado). Comenzaremos con el protosexo prehistórico y llegaremos hasta los avances más sorprendentes de la moderna genética.

          La libido ha sido el motor (enchufable) de la especie. El hombre prehistórico no sabía hacer la ‘o’ con un canuto (en realidad no había inventado aún ni las vocales ni los canutos), pero ya conocía el sexo[1]. Los que por «hombre prehistórico» entiendan que nos referimos a Adán y Eva no ignoran que el mito genésico contiene la mayor parte de los elementos de una historia erótica: desnudez, mordiscos, una serpiente y la tendencia a meterse donde no había que meterse (en líos). Adán, saliendo desnudo del paraíso, nos recuerda las aventuras de Casanova, cuando este era descubierto por algún marido celoso y tenía que abandonar alguna alcoba por la ventana.

          Pero aparquemos el mito y consideremos la realidad. En los vasos etruscos se ven dibujos de hombres tan peludos como prehistóricos con apéndices colgantes, haciendo con otros peludos cosas inconfesables (aún no se había inventado la confesión). Los faunos y sátiros mitológicos eran igual de pilosos y su noción surgió del recuerdo colectivo de estos pedropicapiedras y pablosmármoles lascivos.

          Las relaciones carnales prehistóricas estaban seguramente precedidas de trancazo en la cabeza, cuando no eran consentidas. De hecho, estamos seguros de que el cortejo de la hembra se reducía al mínimo y que los preliminares anteriores a la satisfacción rápida no duraban más que algunos pocos segundos.

          Suponemos también que el hombre primitivo no era muy tiquismiquis en materia sexual y que cuando regresaba a la cueva después de un largo día de caza (generalmente infructuosa), no encontraría mucha diferencia a la hora de elegir entre madres, hermanas, hijas o la tía solterona que vivía con ellos.

          En cuanto a los elementos del protoapetito sexual, imaginamos que el desnudo sería incitante, pues con el frío qué hacía durante las glaciaciones irían siempre con pieles, por lo que quitárselas debió de constituir un espectáculo digno de contemplación. Se sabe también —por las estatuillas de las vénuses que han llegado hasta nosotros— que a los hombres les gustan las gordas (y esto duró hasta la época de Rubens, bien entrado el siglo XVII).

          Los menos violentos de nuestros ancestros se ganaban la simpatía de las hembras cogiendo para ellas frutas difíciles de alcanzar o guardándoles los higadillos de cualquier bicho que consiguieran matar para comérselo in situ. La hembra aceptaba el trueque y de esta manera el sexo provocó la invención de otros tres conceptos que han acompañado a la Humanidad hasta nuestros días: el cortejo, el soborno y la prostitución.

          Otra suposición que hacemos (pero esta vez con la convicción de que acertaremos) es que en aquellos polvorientos días predominó el matriarcado. No podía ser de otra forma, puesto que la descendencia por línea femenina estaba clara y el responsable masculino era siempre objeto de sospecha, sobre todo en las cuevas, en las que vivía mucha gente hacinada y donde la iluminación era escasa, por lo que no era raro que tuviera lugar algo así como un vodevil prehistórico y alguien yaciera con la hembra equivocada sin que ninguno de los dos se diera cuenta del trueque.

          Sobre estos tiempos no hay información[2]. Así es que solo podemos hacer deducciones a partir de los mitos. Y estos nos cuentan que en el escenario del mundo, desde que el ser humano entró, ha estado salido. Los dioses griegos no pensaban en otra cosa que en aparearse, aunque para ello tuvieran que usar cuerpos incómodos y ridículos (considérese a Zeus, por ejemplo, convertido en cisne para beneficiarse a Leda). Astarté, la divinidad fenicia, era hermafrodita: una mezclilla de Venus y Adonis. En los templos de todos los lugares abundaba la «prostitución sagrada», que es algo muy conveniente, pues produce el mismo placer que la que no es sagrada, pero suena mucho mejor.

          El bestialismo también era frecuente, como nos reveló el mito de Pasífae, que no se contentaba con menos de un toro para pasar las noches (ya lo contaremos más adelante en detalle). Pero, ¡cuidado!: no vayamos a confundir el bestialismo con el animalismo, pues ambos tienen que ver con las corridas de toros, pero en distintas acepciones de la palabra.

 



[1] Y, si no lo conocía, no entendemos cómo hemos llegado hasta aquí.

[2] En la gruta de Laussel, en Francia, se halla un dibujo de una pareja humana haciendo el amor en la postura del misionero, pero es el único dato conocido.