Juanita
Pérez sólo tiene diecisiete años y ya lleva trece practicando la gimnasia
rítmica. todos sus entrenamientos y sacrificios dieron fruto cuando logró una
medalla de bronce en los Juegos pan-atléticos y pan-americanos de Barranquilla,
en el 2024, dotada con 350 euros y un diploma con las letras en relieve. Es
delgada y alta. aparece con una pierna vendada y unas aparatosas muletas.
Sonríe y le quita importancia: «Un pequeño problema en el entrenamiento. en
cuatro o cinco meses estaré como nueva.»
*
—¿Cuándo empezaste a practicar
la gimnasia rítmica?
—Empecé a los cuatro años. Al principio era como un juego.
A los siete, ya entrenaba todos los días. Al salir de clase iba disparada al
gimnasio y también iba allí por las mañanas. Me levantaba a las cuatro y
entrenaba hasta las ocho. Así es que no he jugado mucho con otras niñas. No me
daba tiempo. Por eso no tengo ninguna amiga.
—¿Tienes
novio?
—¿Novio? ¿Qué es eso?
—¿Cuándo
decidiste dedicarte totalmente a la gimnasia?
—Creo que fue mi padre quien lo decidió. La verdad es que
no recuerdo qué hacía antes. ¿Qué hace la gente que no hace gimnasia rítmica?
—¿Así
es que tus padres te apoyaron?
—Totalmente. Bien es verdad que se pusieron un poco
tristes cuando tuve que dejar los estudios a los diez años, debido a las muchas
horas de entrenamiento. Pero les compensé, dándoles a ellos los 350 euros del
premio.
—¿Cuántas
horas entrenas a diario?
—Entre catorce y dieciséis. Es muy divertido.
—¿Cuál
es la mejor edad para una gimnasta?
—Los diecisiete, más o menos. Puedes mantenerte como
máximo hasta los diecinueve. Luego, tu vida profesional se acaba
definitivamente.
—Después
¿qué te gustaría hacer?
—Bueno, no tengo estudios. Así es que creo que podré
trabajar en TelePizza. A mí me gustaría ser actriz, pero también me han hablado
de un servicio de limpieza nocturna para grandes almacenes.
—¿Cuál
es tu rutina diaria con el equipo nacional?
—Nos levantamos a las seis y no desayunamos nada, para
mantener el peso. Los domingos sí nos dejan tomar tostadas, aunque sin leche.
Entrenamos, ballet, aparatos, abdominales... Venimos al hotel. Comemos lechuga
o endivias, como nos apetezca. Descansamos media hora o así, aunque algunas
remolonas se están hasta tres cuartos de hora, y por la tarde volvemos a
empezar. Luego, vuelta al hotel, una ducha fría y a la cama sin cenar.
—¿Merece
la pena el sacrificio?
—Desde luego. Es una vida excitante. Y nos tratan muy
bien. Aunque pagarnos, no nos pagan, porque representar a los colores de España
es ya un honor. Pero la Federación nos hace una buena rebaja en los uniformes
de gimnasia, que son caros de por sí. También a veces nuestro entrenador nos
deja abrir los minibares de las habitaciones de los hoteles. No podemos beber
nada, pero nos deja mirar y es muy emocionante.
—¿Cuál
es tu recuerdo más bonito?
—El de la Olimpiada de Barranquilla. Todo el mundo
aplaudiéndote. Es chupiguay.
—¿Y el
peor?
—El continuo dolor en las piernas y en el estómago. Tengo
una úlcera de tantos analgésicos como tomo. ¡Ah! Y también cuando los diversos
entrenadores me dan masajes, porque siempre me frotan en sitios donde no está
bien que me froten. Pero no les puedo decir nada, porque son los que me
entrenan.