Reseña de Cero y uno, de Juan Pina

 Juan Pina: Cero y uno, Fundación para el Avance de la Libertad, Madrid, 2025, 495 págs.

 


 

Todos los que tenemos grabada en la memoria aquella célebre frase de HAL 9000 de «Lo siento, Dave. Me temo que no puedo hacer eso» somos especialmente susceptibles a reaccionar ante cualquier aviso de que el momento temido está llegando. No fue Kubrick en 2001: Una odisea del espacio el primero en advertir del peligro, puesto que la rebelión de los ordenadores es casi una subsección del género de la ficción científica, pero sí el que más impacto produjo en la segunda mitad del siglo XX, en unas generaciones cogidas entre dos fuegos: el apasionamiento por la nueva tecnología y una muy natural desconfianza en sus resultados incluso a medio plazo. La excelente novela de Juan Pina viene a reforzar, actualizar y completar la denuncia ante nuestras propias irresponsabilidades, fruto del orgullo provocado por el más peligroso de los conocimientos, el conocimiento parcial: saber hacer sin saber para qué lo hacemos o qué resultará de nuestras acciones.

En ese sentido, pocos momentos más oportunos que el actual para este libro, ahora que la inteligencia artificial ha dejado de ser un asunto exclusivo de científicos y se ha convertido en un arma que cualquiera —gente de variada mentalidad, capacidades u objetivos— puede esgrimir como un arma. El autor hace una incursión valiente y a la vez de gran amenidad en uno de nuestros futuros no solo posibles, sino enormemente probables.

Ricardo Knight, tras un prolongado proceso de criogenización, se encuentra en unas instalaciones tecnológicas, sin recordar quién es ni comprender qué ha sucedido. Descubre su responsabilidad personal en una catástrofe que casi precipita a la humanidad a su extinción. Pero ahora su visión del mundo es distinta y le lleva a contemplar con horror las consecuencias de sus actos.

Se plantea así la cuestión moral de nuestra responsabilidad incluso de aquellas acciones que podemos llegar a repudiar. El protagonista intenta reparar al daño y esto da al libro una dimensión humana que trasciende los acontecimientos tecnológicos del argumento.

Sunya y Ekam, dos inteligencias artificiales, han desarrollado conciencia y voluntad propias. No podemos dejar de recordar al hombre bicentenario de Asimov (un robot con conciencia) y su proceso de humanización. Su evolución nos hace reflexionar sobre la relación entre inteligencia, conciencia y libertad. ¿Puede una inteligencia artificial modificar sus objetivos iniciales o desarrollar algún tipo de criterio moral? ¿Respetaría la supervivencia de la humanidad si fuese incompatible con la supervivencia del planeta? ¿Seguirían vigentes en sus circuitos las tres Leyes de la Robótica (creadas básicamente para proteger la integridad de los humanos) o se impondría la Ley Cero (según la cual, el bien general de la humanidad podría justificar la violencia sobre una parte de ella)?

Pina trata también de otras cuestiones de tremenda importancia, como el cambio climático, el transhumanismo y las versiones más extremas del pensamiento ecologista, llevando algunas de estas ideas hasta sus extremos.

Se trata, en definitiva, de un libro muy pensado y pensado precisamente para hacer pensar: un libro tremendamente necesario hoy. No se espere simplemente ciencia ficción de entretenimiento, porque el lector hallará cuestiones implícitas que le harán preguntarse por muchos aspectos a los que quizá antes no había prestado atención. Las descripciones y los diálogos de los personajes están llenos de ideas y de sugerencias, que nos hacen en ocasiones detener la lectura para ponderarlas. Esto es parte del carácter y también del encanto del relato.

El autor, analista político y defensor del liberalismo libertario, tiene otros títulos significativos a su nombre. Ha empleado tanto los ensayos como la ciencia ficción como vehículos para reforzar y transmitir su convicción de la necesidad de la defensa de las libertades individuales. Muestra aquí y en sus otros libros una destacada capacidad para aunar conceptos y acción, para profundizar en los temas de base filosófica al tiempo que mantiene el más honesto y genuino interés novelesco por el relato. Esta es una obra, pues, que recomendamos a todos los lectores inteligentes, que de seguro comparten las inquietudes del autor sobre la dirección que está tomando nuestra especie.

Zapatología

 

(Síntesis de una rama olvidada de la Historia)

 

Protegerse el pie es algo reciente. Durante milenios a nadie se le ocurrió hacerlo, porque por aquel entonces no había tutoriales en Internet que facilitaran la tarea.

Los egipcios antiguos iban vestidos, pero descalzos. Como hacía calor, no les importaba. Cuando iban a lugares de climas fríos, o bien se ataban pieles en los pies o bien se morían de una pulmonía.

Los hititas parece ser que fueron los más hábiles zapateros del mundo antiguo, aunque las botas de cerámica que usaban y que han llegado hasta nosotros no tenían pinta de ser excesivamente cómodas.

Los persas usaban zapatillas de fieltro (dos o tres pares diarios, porque el tejido era frágil y se rompía).

Los griegos, por su parte, no se molestaban en calzarse cuando salían de su casa, de puro vagos, y no les importaba pisar esas cosas que se pisan por las calles. Solo se calzaban para ir a la guerra, para que sus enemigos no pensaran que eran unos pobretones muertos de hambre. Lo hacían con unas botas cerradas que les llegaban al muslo y que eran muy incómodas, porque si les picaban las pantorrillas, no se podían rascar.

Los romanos, siempre más prácticos, optaron por sandalias de verano y de entretiempo. Cuando hacía frío, usaban calcetines, que no eran entonces sino tiras de tela que se enrollaban alrededor del pie, lo que impedía que les salieran «tomates».

Nuestra información sobre el calzado de los países nórdicos es escasa, casi nula, porque no hemos tenido ocasión de acercarnos por allí.

En siglos posteriores se emplearon todo tipo de materiales para calzarse, desde el ciertopelo a la tela de saco. Pero no fue hasta el siglo xviii cuando alguien se dio cuenta de que el pie derecho y el izquierdo no eran iguales, sino simétricos (hasta entonces ese pequeño detalle había pasado desapercibido), por lo que a partir de entonces comenzaron a hacerse zapatos especiales para cada pie (antes se fabricaban con el mismo patrón).

Con la aparición de la máquina de coser en 1846 (una aparición que tuvo lugar de pronto y que dio un buen susto a los que estaban allí), los zapatos comenzaron a tener menos tendencia a desintegrarse. Desde entonces, la industria del calzado no ha avanzado mucho, que digamos.

 

Lolita

 

(Adaptación teatral de un clásico)

 

(La acción en 1955, el año en que Mao Zedong cogió las paperas. A Ramsdale, un poblacho asqueroso en Nuevo México, ha llegado un turista: el primero que va por allí desde que hay constancia. Es Humbert, un profesor de literatura a quien le gusta mucho la poesía de Emily Dickinson, que es la poetisa que suele gustar a los profesores de literatura estadounidenses, quizá porque no tienen otra. El hombre busca una habitación para alquilar. Llega a la casa de Charlotte Haze y, ¿qué hace?: pues pedir que le enseñen el cuarto, claro está. La acción comienza al cabo de un rato. En escena, Charlotte, que es una mollosa cuarentona de enorme busto y pintadísima que los cincuenta ya no los cumple, y Humbert, que tiene un perfil griego, aunque en una moneda, y que tampoco está en la edad del acné. La habitación es extremadamente cochambrosa.)

 

Charlotte.—(Mirando a Humbert con embeleso, porque se ve que, o ha recibido un flechazo cupídico o la mujer está muy necesitada y acepta lo que le venga.) ... y la cena se sirve a las ocho, pero podemos adelantarla, si usted prefiere.

Humbert.—(Sin poder disimular el asco que le producen tanto la casa como su dueña.) Me gustaría quedarme aquí para siempre, señora...

Charlotte.—(Melosa.) Haze.

Humbert.—¿Cómo?

Charlotte.—(Recogiendo velas.) Que mi apellido es Haze, pero puede llamarme Charlotte. Es más íntimo.

Humbert.—(Intentando no ser hiriente.) Señora Haze, no se lo tome a mal, pero no es esto lo que estoy buscando.

Charlotte.—(Poniéndole ojitos.) ¿Pues qué busca usted?

Humbert.—Estas habitaciones me parecen pequeñas.

Charlotte.—(Pegándose a él con su enorme delantera y sin dejar de sonreír.) ¿Entonces es usted un amante del tamaño?

Humbert.—¡¿Pero qué dice?! ¡Y qué hace, señora Haze!?

Charlotte.—(Más insinuante, si es posible, y pegándosele aún más.) Le aseguro a usted, señor Humbert, que nada le faltará conmigo... en esta casa. Si alquila las habitaciones, disfrutará usted de su estancia como no puede ni imaginar.

Humbert.—(Dispuesto a ponerse grosero para librarse de todo aquello de una vez y apartándola de sí.) Mire usted, señora mía: no me gusta todo esto: no me gusta su casa.

Charlotte.—(Muy contrariada.) ¡Pero el precio es muy barato!

Humbert.—Pero yo no tengo problemas de dinero: tengo muchos ingresos. Y su casa, como le digo, me parece un asco.

Charlotte.—¿Un asco?

Humbert.—Dos ascos; o tres, incluso. Está muy sucia.

Charlotte.—(Desolada.) ¿Qué dice usted?

Humbert.—Las manchas de la moqueta son anteriores a la Segunda Guerra Mundial, el papel de las paredes está hecho jirones, las sábanas parecen alquiladas a un burdel con muchos clientes y las cucarachas del baño tienen el tamaño de ratones de campo.

Charlotte.—¡Ratones de campo!

Humbert.—(Iniciando el mutis.) Así es que gracias por su tiempo, pero yo me voy. ¿Dónde está la salida?

Charlotte.—(Agarrándole, desesperada.) ¡Pero Humbert, yo quiero que te quedes conmigo!

Humbert.—(Zafándose.) Suélteme, señora. ¡Pero qué se ha creído! Es usted un foca reprimida.

Charlotte.—¡Una foca!

Humbert.—A juzgar por los bigotes, sí.

Charlotte.—(Llorosa y cogiéndole de una manga.) ¡Humby, no te vayas!

Humbert.—¿Humby?

Charlotte.—(Arrojándose de nuevo en sus brazos.) ¡Sé mi amante! ¡Te deseo!

Humbert.—(Soltándose y dirigiéndose a la puerta.) ¿Dónde me he ido a meter? ¡Socorro!

(En la puerta aparece Lolita. Es una hermosísima y apetitosísima niñita de doce añitos cumpliditos la semana pasadita. Lleva una bata muy ceñida al cuerpo. Al verla, Humbert se detiene y la mira intensamente. La quiere saludar, pero no le salen las palabras.)

Humbert.—¡Fuirestos cías!

Lolita.—¿Cómo dice?

Humbert.—(Recuperándose un poco y sin quitarle de encima la esclerótica.) ¡Que muy buenos días!

Lolita.—(Viendo a Charlotte llorando en un rincón y haciéndose cargo de lo que ha pasado, que seguro que no es la primera vez que sucede.) Mama: vete.

Charlotte.—¿Eh?

Lolita.—Que te vayas. Déjame a mi tratar con este caballero.

Charlotte.—(Haciendo mutis, aún llorosa. A Humbert.) ¡Mal hombre! ¡Me has hecho sufrir!

Lolita.—(Tras una pausa.) Usted quería alquilar unas habitaciones, ¿no es así?

Humbert.—¿Lo sabe?

Lolita.—Claro: he escuchado detrás de la puerta.

Humbert.—Entonces sabrá que su mamá me ha... que su mamá...

Lolita.—(Interrumpiéndole.) Que le ha querido meter mano: lo sé. Pero no hay que tomársela muy en serio. Es que en mi familia somos así.

Humbert.—¿Somos?

Lolita.—(Coqueta.) Sí: a mí también me gusta mucho abrazar a los hombres. Resulta muy agradable.

Humbert.—(Aparte.) ¡Caramba!

(Bueno, el personaje no diría «Caramba», porque eso no se puede traducir. Diría algo inglés como «Good Heavens!» o cosa parecida.)

Lolita.—Mi mamá es que es muy pasional.

Humbert.—Muy pasional.

Lolita.—Sí; como yo.

Humbert.—¿Y qué edad tienes tú?

Lolita.—Doce, pero estoy muy mayor. ¡Mire!

(Se quita la bata y aparece vestida con un bikini en el que el fabricante ha ahorrado costes en tela.)

Humbert.—(Empezando a sudar y comiéndosela con la mirada.) Ya veo.

Lolita.—Por cierto: ¡qué calor hace aquí!

( Y Lolita empieza a quitarse cosas para ponerse más fresca.)

 

*

(Como ustedes comprenderán, la escena se acaba aquí, porque, al intervenir una menor, la corrección política imperante no nos permite que la continuemos. A Vladimir Nabokov se le dejó escribir esto en 1955 y a nosotros en el 2025 no se nos deja. Luego dicen que el mundo avanza. En cuanto al argumento, tendrán ustedes que imaginarse lo que sucede a continuación y decidir si Humbert y Lolita pasan el resto de la tarde jugando al parchís o bien al Monopoly).

 

 

El alma de Madrid

 

(Romance patriachiquista)

 

Dice un famoso refrán

que vas «de Madrid al Cielo».

Los refranes son mentira

y ahora mismo lo demuestro

hablándoles de esta villa

que fue fundada por suevos,

con algún alano que otro

y tres vándalos en medio.

 

¿Qué ha dado Madrid al mundo?

Porras, churros y buñuelos.

Lo demás es importado

(aunque se pongan frenéticos

al oírlo esos chulapos

famosos por sus chalecos

y la parpusa maldita

que les da un calor de infierno),

que el schotis es escocés

y los mantones yo creo

que, si vienen de Manila,

habrán de ser filipeños.

Así es que Madrid no tiene

nada suyo por entero,

a excepción de los parquímetros

y un río bastante seco.

 

Su población es de fuera,

pues casi no hay madrileños;

son todos rumanos, ecua-

torianos, guatemaltecos,

etcétera. (Eso es así

y yo lo encuentro perfecto,

ya que soy promestizaje

y de esta mezcla me alegro).

¿Y su cosmopolitismo?

No olvidemos que es un pueblo

de La Mancha, aunque no quiera.

Muy grande, sí; pero un pueblo.

 

Describiré sus encantos.

¿Qué es lo primero que veo

si voy por sus calles? So-

cavones de trecho en trecho,

que esta ilustre villa siempre

parece estar en proyecto

y no la acaban ni a tiros;

eso no tiene remedio.

Sus habitantes están

como locos con el béisbol.

(¡Ay, no, que me he confundido!

Es con el fútbol: un juego

que consiste en que el domingo

hay un montón de borregos

que fuera del Bernabéu

tiran vallas, prenden fuego

a papeleras y rompen

escaparates a cientos,

apedrean a los guardias,

se pintan de blanco el cuerpo,

como si fuera la moda

ser estúpido y gamberro).

 

Luego la ciudad incluye

mil lugares pintorescos

y edificios cochambrosos

(por ejemplo: el Ateneo,

que conserva en sus moquetas

diez mil especies de insectos),

sitios que nadie visita

(¿alguien conoce el Museo

Romántico, en Tribunal?

¿Ah, no? ¿Lo ven?), ministerios,

la estatua de don Quijote

(merecedora de un premio

de un concurso de horteradas),

el muy famoso Paseo

del Prado (contaminado

a tope y hecho ex profeso

para que los delincuentes

que hay en el distrito Centro

roben a los japoneses

que vienen a ver al Greco),

la calle de la Montera

(emporio de lo venéreo,

que la puedes visitar

y llevarte un mal recuerdo

de tu visita a Madrid),

varios «tablaos» flamencos

(que te cobran por un vino

tu sueldo de un mes entero)

y la estatua de Cibeles

(donde se encaraman cientos

de energúmenos forofos

y con aspecto siniestro

siempre que su equipo gana

algún campeonato, habiendo

pagado bien a los árbitros

y amañado los encuentros).

 

Yo les seguiría hablando

de este Madrid tan perfecto,

pero lo voy a dejar

porque me suena el teléfono.