Los dioses védicos

 EL VEDISMO Y SUS DEIDADES EXPLICADAS. (E-book 3€ - Tapa blanda 10€) https://www.amazon.es/dp/B0H56CF6ZF


 

Fernando Sánchez DRagó


 

Fernando vino a la India en 1992, allí nos encontramos y allí nos hicimos amigos, pues en la primera conversación encontramos tantos puntos en común que no podía ser de otra forma. Los dos nos interesábamos por el shivaísmo, ambos amábamos intensamente la literatura y ambos éramos rebeldes y teníamos por héroe y por modelo alñ inefable Guillermo Brown, que un hada benéfica y británica (por más que esto parezca un oxímoron) —Richmal Cromptom Lamburn— había imaginado como alegoría del anarquismo mejor entendido.

          Tras mi regreso a España, Fernando me invitó a participar en muchos de sus programas televisivos: »Las Noches Blancas», «El Faro de Alejandría», «Negros sobre Blanco», etc. También me llamó para sus Encuentros Eleusinos, donde hablábamos de filosofía y misticismo.

          Cada conversación con él era para mí como el descubrimiento de las fuentes del Nilo, porque hablábamos de los libros que me apasionaban a mí (Fernando se los sabía todos por sopas) y luego él me descubría otros muchos, magníficos, que yo no conocía.

          Hay quien le moteja de distante y de hosco, quizá porque en su contestador automático tiene un mensaje que te dice que no intentes venderle nada. Pero yo he de decir que es una persona educadísima, cercana, siempre afable y sonriente, y que valora en extremo el contacto humano y la conversación.

          Si hay un escritor español actual que se ha ganado mi admiración es, sin duda, Fernando Sánchez Dragó. Y conste que no lo digo porque sea amiguete, sino por un merecimiento objetivo, considerando mis parámetros de juicio y cómo va el mundo.

Para empezar, tendrán todos que reconocer que es quien más sabe de literatura en nuestro país, con diferencia, cosa que demuestra una y otra vez ante las trasnochadoras audiencias a las que las cadenas le permiten asomarse.

Esta afirmación mía, que de seguro no podrán refutarme, le haría merecedor —en cualquier país amante de sus hijos preclaros— a estatua en paseo público, nombre en calle céntrica, pensión vitalicia, corona de laurel o tomillo (a elegir), etc. Como me consta que nuestro país y sus gobernantes le han propinado, en uno u otro momento, bofetadas desde todos los ángulos, tomo esto como una queja más que añadir a nuestro trasnochado afán de españolismo.

Entrando ya en sus méritos literarios, es de destacar que realizó algo dificilísimo: consiguió alcanzar la fama con un libro cuyo título es totalmente impronunciable: Gárgoris y Habidis (o Hábidis, ¡vaya usted a saber!).

Estilísticamente consigue, como pocos, esa famosa «calidad de página» de la que en su día hablara Julián Marías, y que no se encuentra ni buscando con candil.

Tiene escritas novelas magníficas. Y también tiene novelas magníficas que no ha escrito aún, pero que escribirá de seguro cualquier día de éstos. Lo afirmo por la confianza que me inspira su capacidad.

Además, está el impagable libro El sendero de la mano izquierda, al que podríamos definir como el Avecrem de Dragó: la substancia condensada de su aprendizaje de años, consejos sabios para la vida, reflexiones que al leerlas las consideramos de inmediato como nuestras, como verdades olvidadas que volvieran a nosotros por los oscuros y pedregosos caminos del recuerdo (¡Huy, qué cursi me ha quedado este final!).

Y siguiendo con este palmarés hay que mencionar su generosidad: si le invitas a que hable una hora, habla dos. Y lo hace, además, con inusitada rapidez, con lo cual podríamos decir que tienes tres o cuatro conferencias por el precio de una. O sea, que Dragó es rentable. Usando la jerga mercantilista que nos invade, te devuelve el valor de tu dinero.

Efectivamente: yo admiro a Dragó. Como también admiro a Fernando Savater, a Eduardo Mendoza y a... (esperen que lo piense) y a... (así, a bote pronto, no se me ocurren más nombres) y a... (me parece que en nuestras letras patrias actuales no admiro a nadie más). 

          Y ahora diré lo que aprendí de él: a ser espléndido con los elogios merecidos. Porque él lo fue conmigo tras la publicación de un libro mío.

          Yo había escrito sobre él años antes, diciendo poco más o menos lo que he dicho más arriba. Y Fernando habló de mi libro en la radio, en un programa con Luis Alberto de Cuenca y José Luis Garci (ya hablaré de ese programa en otro lugar, porque fue muy curioso) y publicó dos artículos sobre mi obra, titulados «Viva mi dueño!».

          Transcribo el texto que apareció en El Mundo:

«Enrique Gallud Jardiel es nieto de quien ustedes se imaginan, doctor en Filología Hispánica, especialista en asuntos relacionados con la historia, cultura, mitología y religión de la India, y autor de más de treinta sesudos ensayos, que, tan harto de sí mismo como yo de los blogueros venenosos, acaba de publicar en la colección “Los Humoristas” de la editorial Espuela de Plata una descacharrante, desopilante, tronchante, refrescante e inquietante Historia estúpida de la literatura (2014).

»En ella ridiculiza con un sentido del humor que no desmerece del que adornó a su abuelo al noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de los grandes nombres de la historia de nuestra literatura, entendiendo por ésta la que se escribe en supuesto español a los dos lados del charco, con alguna que otra cala y cata en el acervo —a menudo acerbo— de lo que escriben (o creen que escriben) los guiris.

»El porcentaje que manejo es hiperbólico, pues de no serlo, considerando que no existe escritor (incluyéndole a él e incluyéndome a mí) que no pueda y no merezca ser dejado en ridículo, el libro al que me refiero tendría más páginas de las que en su día escribió el Tostado. Y, por suerte para el lector, no es así. Doscientas cinco le bastan a Gallud Jardiel, maestro de la parodia, de la sátira, de la ironía, de la burla, de la zapateta y de la zapatiesta, para remedar, poner en solfa, sacar los colores, rasgar la taleguilla y descubrir las vergüenzas de gentes como Pedro Abad, Azorín, Rubén, Espronceda, Antonio Machado, Aleixandre, García Lorca, Góngora, Kafka, Deföe, Dostoievski, Fray Luis de León, Neruda, Shakespeare, Lope, Cortázar, Zorrilla, Umberto Eco, un larguíiiiiiiiiiiisiiiiiiiiiiiiimo etcéeeeeeeeeeeeeetera y, por supuesto, last but not least, el mismíiiiiiiiiiiiiiisimo Cervaaaaaaaaaaaaantes, del que se atreve a decir que es un pelmazo y que, además, escribía muy mal. ¡Benditos sean quienes no se casan con nadie y se ríen hasta de la sombra de los dioses!

»Gallud Jardiel no sólo sacude con su inmisericorde, aunque sonriente, zurriago a los autores. También los géneros —el romance, el villancico, la zarzuela, los haikus, los boleros— se llevan lo suyo.

»En fin: una delicia... Baste citar, para demostrarlo, el comienzo de la Oda a la matanza, de Fray Luis: “Amada, en esta lira / de dulce rima y verso cantarino / sólo mi musa aspira / ante tu ser divino / a describir la matanza del gorrino”.

»O un fragmento del Romance de la niña vestida, de Federico (¡oh!) García Lorca: “El viento en los olivares / va tocando el clarinete / sin que este verso se sepa / por qué está aquí, ni a qué viene. / Los gitanos, con sus ropas / muy bien dadas de azulete / se meten en el poema / sólo para dar ambiente / y hay un olor de jazmines / que no está mal, porque siempre / es mejor que huela a flores / que a vertedero o retrete”.

»El libro de Enrique sólo tiene un defecto: en él no aparece ni un solo plumilla vivo, de ésos, tan abundantes hoy, que escriben con palotes, desconocen la gramática, la morfología, la sintaxis, el léxico, la retórica y no digamos la semántica (horrenda palabreja), y son leídos con meliflua devoción de beguinas y sacristanes por el rebaño de los asnalfabetos.

»Pero no ha lugar a alarma. Es el propio Gallud quien reparte estopa a los malditos que tanto gritan y que aún gozan de buena salud en su blog (humoradas.blogspot.com). Léanlo y corran, desalados y babeantes, a la librería más cercana para comprar la Historia estúpida de la literatura. Si saben ustedes leer y siguen mi consejo, seguro que se lo pasan pipa este fin de semana.

»Y lo mismo tiemblan, como los lectores de La Codorniz, que se leía con un dedo en la nariz, después de haber reído a mandíbula machacante.»

Y remató su artículo diciendo:

«Gallud Jardiel tiene, como siempre, razón. Ya decía Terenci Moix, mediocre escritor y bonísima persona, que la modestia es una horterada. ¡Viva Guillermo Brown y sus proscritos! ¡Abajo los humbertolanitas! ¡Viva mi dueño! ¡Viva yo! ¡Viva Enrique! ¡Los putrefactos no pasarán!»

Y hermanándonos a ambos de una manera conmovedora, firmó los artículos mestizando nuestros nombres en Fernando Gallud Jardiel y Enrique Sánchez Dragó.

La Ilíada

 

Lo sé de muy buena tinta

y se lo juro: no existe

ningún poeta en el mundo

que poemée o versifique

que no escriba alguna vez

sobre aquel suceso insigne

inmortalizado en odas,

en epopeyas (o en cine)

que tuvo lugar en Troya

hace ya un montón de abriles.

(¿Que cuántos abriles? Pues

ocho o nueve o diez mil, dicen.)

Y yo, para no ser menos

me estrujaré las meninges

para describir aquí

la gran cólera de Aquiles

que fue uno más famoso

que el que inventó los patines.

 

Contaré los prolegómenos.

Era retoño de Tites,

digo, de Tetis. Su padre

tenía un nombre de chiste,

pues se llamaba Peleo.

En él acabó su estirpe

porque, fuera por descuido

o por ser poco proclive

al humano apareamiento,

no hizo lo imprescindible

para procrear jamás.

¡Zeus, qué vida tan triste!

 

Era inmortal, sí señor.

O casi, según se mire;

pues su madre le cogió

y, para hacerle invisible

lo sumergió en la laguna

Estigia hasta las narices.

Mas pasó que en el talón

tenía pegado un chicle

y ese trozo de su anato-

mía se quedó sensible.

Tenía otro punto débil

situado en la laringe

y en los inviernos helénicos

cogía todas las gripes.

Sin embargo, era muy guapo

pese a toda su calvicie,

su cuerpo era muy robusto

y, aunque medía uno quince,

era bastante más sexy

que aquel que anuncia el «Martini».

Y, como era coqueto,

se hizo especialista en tintes,

se maquillaba y se daba

todo tipo de potingues.

Mas no vayan a creer

que Aquiles fuera algo Piscis,

cosa en Grecia muy corriente.

¡No hay que hacer caso de chismes!

 

Sus hazañas se contaban

desde Sabadell al Níger

y cuando Paris robó

a la Helena con los fines

que todos sabemos y

se la llevó a su escondite,

a Aquiles le tocó ir

para vengar aquel crimen

con todos los demás griegos

sin importarle un ardite.

 

Agamenón era el jefe

de aquel ejército pigre,

pero el hombre se llevaba

bastante mal con Aquiles

pues el héroe le contaba

a aquel que quisiera oírle

que Agamenón le solía

quitar todos sus botines

(botines de guerra, ¡claro!,

no zapatos ni escarpines).

Por lo tanto, en los diez años

que duraron esas lides

Aquiles no ayudó al rey,

diciendo: «¡Que se fastidie!»

Mientras los otros reñían

¿qué hizo él? Pues divertirse

cual si estuviera pasando

un verano en Tenerife.

Pasaba el día en el baño

hasta que cogió bronquitis,

jugó tres mil ajedreces

y unos siete mil parchises,

leyó las Obras completas

de Bertold Brecht y de Ibsen,

construyó con mondadientes

cuatro docenas de buitres

y se durmió tantas siestas

como para un récord Guinness.

 

Pero sucedió un suceso,

y el suceso fue que el príncipe

Héctor, troyano y rotario,

le hizo polvo las narices

a Pátroclo, que era un mozo

muy amiguete de Aquiles.

El héroe se cabreó

y así blasfemó: «¡Jolines!»

Cogió su lanza y su escudo,

se cambió de calcetines

y a las murallas de Troya

fue corriendo como un lince.

 

«¡Héctor!», grita, «Si eres hombre

y no sólo un alfeñique,

si aún te queda algo de honor

y si tienes cataplines

sal a guerrear conmigo.»

Héctor responde: «¿Qué dices?»

(porque era un poco sordo).

«¡Que salgas.» «¡Es imposible!

Has de ponerte a la cola

pues hay muchos adalides

que me retan a combates.

Puedo hacerte un hueco el quince,

entre la una y las dos,

aunque de comer me prive.»

 

(Como no quiero chafarles el suspense, lo dejo aquí. Quien quiera saber cómo acabó la cosa, que lea La Ilíada. Son sólo 8,654 versos, divididos en 24 cantos. ¡Animo!)

Jaime Blanch

 


 

 Con Jaime Blanch —actor profesionalísimo y muy versátil—, estuve de gira en 1996, con la comedia Los Pelópidas, de Jorge Llopis, una divertidísima parodia de Edipo rey, de Sófocles, y otras tragedias griegas similares.

          Estuvimos en Barcelona, en Zaragoza, en Málaga, en Murcia, en Córdoba y en algún sitio más que no recuerdo. Hacíamos dos funciones diarias, pero aun así los días resultaban aburridos, porque hasta las 18.00 no necesitabas ir al teatro. Yo, que madrugo siempre, tenía un montón de horas por delante y me dedicaba a hacer turismo extensivo de las ciudades en donde actuábamos, lo que quiere decir que visité hasta el último museo y la última fuente de todos aquellos sitios en los que tenía que estar varias semanas.

          Por eso se agradecía mucho la compañía de alguien interesante. Y Jaime lo era en extremo. Su vida había sido muy movida, había hecho de todo y tenía mil anécdotas —verdaderas o falsas, eso daba lo mismo— que contarnos en los cafés, haciendo tiempo para que pasase el día.

          Nos caímos muy simpáticos y charlamos bastante. Recuerdo que yo tuve un altercado con el director —que era bastante majadero, por cierto— y que Jaime me llamaba en broma «el hombre que mató a Liberty Valance».

Jaime Blanch era, en definitiva, un gran compañero de elenco, aparte de un grandísimo intérprete.

          Recuerdo que en las representaciones lo pasábamos muy bien. Jaime, en medio de las escenas más dramáticas, nos gastaba bromas por lo bajini para hacernos reír.

          En una ocasión, junto con mi hermano y su chica, tallamos en poliespán un capitel de columna y se lo dejamos caer junto a Jaime, para darle un susto. El rey Ántrax, conocedor del incesto que acaba de cometer, se lamenta, diciendo: «¡Oh, mármoles helénicos: miradme! ¡Oh, piedras venerables: sepultadme!». En ese momento mi hermano tiró de la cuerda y el capitel colocado en el telar cayó junto a Jaime, que, para chasco nuestro, ni se inmutó, sino que siguió impertérrito con su parlamento, mirándonos a todos fijamente y como diciendo: «¡Ya me las pagaréis luego todas juntas!».

          Acabada la gira, nos despedimos en los términos más cordiales y afectuosos.

          Años después dirigí a un grupo de teatro universitario y fui con ellos a hacer una representación en la cárcel de Soto del Real, para solaz de los allí recluidos.

          Estaba montando la escenografía, cuando apareció Jaime. Se dirigió a mí y me dijo que él iba también a hacer una función allí en fecha próxima y se interesó por el sistema de sujeción de los paneles del decorado.

          No me reconoció, aunque no había pasado tanto tiempo.

          Le dije: «No te acuerdas de mí, pero estuvimos juntos haciendo de Pelópidas por esos mundos.» «¿Ah, sí?», me contestó.

          Seguía sin acordarse.

          Charlamos un rato sobre decorados y luego se fue.

          No era cuestión de ofenderse, porque un actor entra en contacto literalmente no con cientos, sino con miles de otros actores y de técnicos a lo largo de su carrera. Es imposible recordarlos a todos.

          ¿Qué aprendí de aquel encuentro?

          Pues que más que de molestarse era una cuestión de compadecer a quien no puede materialmente ocuparse de cultivar amistades.

          Porque aunque es cierto que aunque esta profesión te permite conocer a mucha gente de valía, también se cobra su precio en las relaciones familiares y de amistad. El trabajo vespertino y nocturno —que te impide coincidir en casa con tu familia— y las ausencias prolongadas, debido a giras y a bolos en los fines de semana, son responsables de muchas relaciones rotas y de muchos hijos desatendidos. Es como una maldición que está en el contrato. Los que se dedican a hacer disfrutar a los demás con su arte sacrifican muchas cosas que los públicos no tienen en consideración y que raramente agradecen.      

         

El conde de Montecristo

 

Contemos el argumento

de El conde de Montecristo,

esa novela famosa

de Dumas padre (que el hijo

es otro autor, que se llama

igual, para armar el lío).

Aseguran que esta obra

es un libro muy bonito,

aunque no falta quien diga

que es, en verdad, un ladrillo,

pero yo les juro que

no tiene ni un solo ripio,

—porque es que está escrito en prosa—

y que no es ningún pestiño.

 

¿De qué va? Pues de venganzas

a tutiplén, de presidios,

de naufragios, de piratas

y otros temas topiquísimos,

pero sobre todos ellos

el punto que está en litigio

es si es mejor el amor

o el dinero en efectivo.

 

Un tal Edmundo Dantès,

que es capitán de navío,

se dirige raudamente

hacia el puerto marsellino

(yo ya sé que ‘marsellés’

es el término preciso,

pero me he visto obligado

a cambiar el gentilicio

porque, si no, no rimaba

ni con cola). Proseguimos.

 

Este Edmundo —les decía

tan solo hace un momentito—

es apuesto como Adonis,

guapete como Narciso,

fuerte, recio y musculoso,

bastante hercúleo y macizo

y, además, muy elegante

(porque en el romanticismo

ser un héroe de novela

llevaba todo esto implícito).

Era todo un triunfador:

se había hecho bastante rico

con el comercio y tenía

un proyecto esponsalicio

con una chica que estaba

más buena que un embutido,

que se llamaba Mercedes,

un cuerpo sin desperdicio

que tenía todas sus cosas

muy bien puestas en su sitio.

 

El futuro le pintaba

muy bien a nuestro Edmundito.

Pero, ¡ay!, como pasa a veces,

fue a intervenir el Destino,

que suele, con gran frecuencia,

sacar las cosas de quicio.

Tres compadres de Dantès

le traicionaron de fijo

para quedarse sus cuartos

con un financiero lío.

¡Con compadres de esa clase

no te hacen falta enemigos!

Le acusaron de ser bo-

napartista convencido

y como ser eso estaba

por entonces muy mal visto,

el bueno de nuestro «prota»

se vio a su pesar metido

en la cárcel de una vez,

sin perderse el tiempo en juicios.

Sus delatores se hicieron

con todos sus dineritos,

que se gastaron de un golpe

entre enorme regocijo.

 

El infeliz de Dantès

pasa tres años cautivo;

cuatro, preso; uno, encerrado,

y otros dos más en presidio

en un calabozo infecto

en la isla de If, un sitio

nauseabundo y repelente

que está más lejos que Pinto

y concretamente en medio

de las aguas del Pacífico. 

 

(Bueno, en realidad, la isla estaba en el Mediterráneo, pero ya saben ustedes que tengo algunos problemas con la rima y que por ello me veo obligado a cambiar algún nombre que otro.)

 

La cárcel le sienta mal,

señores, a nuestro chico,

por el hambre, que a los presos

no les sirven langostinos

ni calamares ni pulpo

ni gambas de aperitivo,

sino serrín con arroz

y cachos de pan podrido,

por lo que el pobre recluso

pronto pierde el apetito.

 

Dantès las pasa canutas:

tiene miedo, tiene frío,

tiene chinches en el catre,

amén de otros muchos bichos.

Se desespera, se muerde

los puños, pega alaridos

con los que se desgañita,

llora, ríe, da saltitos

(por más que para los saltos

el espacio es reducido,

ya que aquella celda tiene

metro y medio de perímetro),

comienza a desesperar

cuando se acaba el dentífrico

y, para pasar las horas,

se pone a hacer logaritmos

en los muros de la celda

utilizando un clavito.

Al cabo de cierto tiempo

empieza a perder el juicio,

padece alucinaciones,

tiene fiebres con delirios

en los que ve a Bonaparte

yéndose al Congo en triciclo;

en fin: que si no está ya

loco, le falta poquito

y no le queda otra opción

que intentar un buen suicidio.

 

Entonces sucede algo

que cambia todo. ¿Lo digo?

Pues lo que ocurre de pronto

es que Dantès oye un ruido

(un gemido lastimero

cantado en do sostenido)

en el muro. ¡Al otro lado

alguien hace un orificio!

Edmundo agranda el bujero

y se encuentra de improviso

con un abate, que cava

para llegar a algún sitio.

Es un hombre ya mayor;

¿qué digo mayor?: ¡viejísimo!

y que está hecho un gran cascajo,

pues le invade el reumatismo

y muchos diversos males

que le tienen hecho cisco,

que sufre de fiebres varias,

está hecho polvo del hígado,

está hecho migas del bazo

y, además, está cardíaco,

por lo que es de suponer

que no va a vivir tres siglos.

 

Este abate, que se llama

Faria (no sé su apellido),

revela que en un islote

tiene un tesoro escondido

con el que Dantès podrá

vivir mejor que un obispo.

Tras contarle eso, se muere,

como es lo característico.

Edmund decide fugarse,

harto ya de hacer el primo,

y lo consigue, por fin,

socavando un pasadizo,

saltando por la ventana,

tirándose a un precipicio

y cruzando a nado el piélago

sin hacer ningún cursillo

de natación. ¿Cómo logra

cosa tal? Está clarísimo:

es un héroe de novela,

como ya antes hemos dicho.

 

Resumiendo: unos piratas

se lo encuentran de improviso

y le ofrecen un empleo

en que libra los domingos.

Tras múltiples peripecias

que llenarían diez libros,

Dantès consigue encontrar

aquel tesoro magnífico

que le dijera el abate

y, al verlo, le da un vahído,

pero pronto se repone

y forja un plan, decidido

a encontrar a sus captores

y pasarles el recibo.

 

Se tira un mes en la isla

pensando un nombre ficticio

para lograr, de este modo,

pasar desapercibido.

Se decide, finalmente,

apodarse Montecristo,

que es un nombre que no existe

pero que es muy pegadizo,

parece bastante exótico

y suena bien al oído.

Con el nombre y los millones

regresa de tapadillo

con el propósito claro

de buscar a los malditos

y darles de puñaladas

entre el cuello y el ombligo

o, si no tanto, arruinarles

de un modo definitivo.

 

Nada más volver a Francia

se pone ciego a marisco,

compra una mansión lujosa

y un moderno tocadiscos

(no ignoro que aquí cometo

un tremendo anacronismo,

pero es que no soy perfecto,

como ustedes ya habrán visto).

Para alcanzar la venganza,

contrata a un montón de esbirros

y les envía a que espíen

y le cuenten lo que han visto

sobre aquellos sinvergüenzas

que le enviaron a presidio.

A bote pronto se entera

de que ha estado haciendo el chivo,

pues Mercedes se ha casado

con su mayor enemigo

y con el cual ha engendrado

un hijo ya crecidito.

¡Oh, dolor! ¿Qué hará ahora Edmundo?

¿Chincharse? ¿Pegarse un tiro?

¿Raptar a su antigua amada

o meterse a capuchino?

 

Pues si yo aquí revelara

todo lo que Edmundo hizo,

si contara como se

vengó de los susodichos,

si les dijera qué fórmula

usó para su castigo,

de qué medios se valió

para volverles mendigos,

esto sería un spoiler

y no solo un anticipo.

El propósito, señores,

de estos versos tan bonitos

no es ahorrarles la lectura,

que eso sería ridículo.

Por contra, lo que pretendo

es que les pique el mosquito

de la intriga y que devoren

de cabo a rabo este libro.

Así es que no cuento más:

si quieren saber qué hizo

Edmundo para vengarse

de esos canallas cernícalos

busquen la novela y léanla:

es un consejo de amigo.