Un libro muy conocido
de un confín a otro del orbe
es el que cuenta la historia
de un tal Robinsón Crusoe.
Se ha traducido a cien lenguas,
del euskera al hotentote,
lo que no nos explicamos,
pues es obra muy mediocre.
Como a nosotros nos gusta
desmitificar fantoches,
parodiar a falsos ídolos,
poner cual chupa de dómine
a los que presumen mucho,
(como hizo Daniel Deföe,
su autor), sacamos sus faltas,
pues las hay a troche y moche.
Si alguien no comparte nuestra
opinión, que nos perdone.
(Y si no va a perdonarnos,
entonces, ¡que se jorobe!).
En primer lugar tenemos
que el «prota» no es nada noble.
Quiere vivir a lo grande
sin tener que hacerse monje
y sin currar, como por
arte de birlibirloque.
Sólo ambiciona dineros:
la avaricia le corroe.
Quiere medrar ipso facto
y que le toque la Once,
el Niño o cualquier sorteo
de los que hacen allí en Londres.
Pero pronto se impacienta
y se coge un paquebote
para irse a enriquecerse
a golpe de pasaporte,
le cueste lo que le cueste,
le coste lo que le coste.
Tras diversas aventuras
encima del mar salobre,
llega al Brasil y se «face»
facendero en una noche.
Aunque gana mucha pasta,
se empeña en tener el doble.
Se va a África para hacerse
con esclavos a montones,
para hacerlos trabajar
en sus campos de frijoles,
porque un amo sin esclavos
es como un jardín sin flores,
un croissant sin mantequilla
o un dictador sin bigote.
Pero estando en altamar
divisan un cachalote.
Todos se van a estribor
a un tiempo (¡ya hay que ser sote
o bien subnormal profundo
o tonto de capirote!).
Se inclinan sobre la borda
y hacen que el barco zozobre
y acabe yéndose a pique.
¡La cosa tiene bemoles!
Para no cansar: naufragan,
lo que no es algo que asombre.
Sólo Robinsón consigue
que las aguas no le ahoguen;
llega nadando a una playa
que se ve en el horizonte.
Lo primero que hace el náufrago
es exclamar: «¡Caracoles!»,
aunque allí sólo hay cangrejos,
moluscos y mejillones.
Y es aquí donde comienza
el truco que hace Deföe
para que su personaje
sobreviva en el islote.
Hace que el barco se encalle
en los arrecifes, donde
puede llegarse nadando
sin tener que echar el bofe.
Y en el barco halla de todo:
armas, vestidos y un bote,
repelente de mosquitos,
cuerdas, cerillas, relojes,
té de tomar a las cinco,
sandwichs de salmón y roque-
fort, otros alimentos
llenos de colesteroles
y un ungüento que le va
bien para las hemorroides.
En fin: que para vivir
mucho mejor que un preboste
sólo le falta tener
caballos y un carricoche.
A partir de aquí la historia
de este burgués gentilhombre
resulta bastante más
aburrida que un informe
sobre los precios del trigo
en Costanilla del Monte
entre mil quinientos siete
y mil quinientos catorce.
El náufrago se construye
una cabaña de adobe
y lee en la Biblia hasta los
Hechos de los «apostoles».
Al cabo de varios años
que pasan todos de golpe,
hay en el bosque unos cafres
que van a matar a un hombre
y a comérselo después
sin que nada se lo estorbe,
pues no hacerlo sería un
desperdicio y un derroche.
Robinsón, como no tiene
quien le organice el desorden
de su cabaña y no tiene
criado, como corresponde
a un britano que se precie,
se decide a dar un golpe
de mano y salvar al negro
de su destino de postre
para esclavizarle y que
limpie la casa y el porche,
lave la ropa, le haga
las comidas y le corte
el césped de su jardín,
amén de otras diez o doce
tareas desagradables
cuya obligación le impone.
Mata a los negros pegándoles
diez tiros en el cogote
y aquellos a quien no acierta
salen corre que te corre.
A partir de aquí comienzan
las típicas relaciones
coloniales, en que el negro
es poco menos que un hombre
y ha de dedicarse sólo
a lograr que el otro goce
de la vida, que descanse
y viva como un vizconde.
Y para poder llamarle,
Robinsón le pone nombre
al negro: le llama Viernes
(le pudo haber puesto Once,
que ese fue el día del mes
de la aventura del bosque).
Van transcurriendo los años
con una pachorra enorme.
Robinsón vive tranquilo
y cómodo: hace deporte,
caza, pesca, fuma, duerme,
se alimenta y no da golpe.
Un detalle que el autor
cuidadosamente esconde
es que el noble Robinsón
y Viernes se dan el lote
de vez en cuando: la causa
no es que no sean machotes,
pero hay que tener en cuenta
que los dos hombres son jóvenes,
sienten ardor en la sangre
y están sanos como robles,
así es que esta relación
no tiene nada que asombre.
Hay que decir que ambos náufragos
no se consideran cónyuges,
ni amantes, tan sólo a-
migos con derecho a roce
que se rozan a diario
y a modo, lo que no es óbice
para que al finalizar
ambos a su puesto tornen
y el inglés vuelva a ser amo,
por ser blanquito, y explote,
mande, maltrate y subyugue
todo el rato al otro pobre.
Poco más hay que decir
sobre este libro, alcaloide
de imperialismo y racismo,
novela que sobrecoge
si se lee teniendo en cuenta
todas sus implicaciones.