El sexo ilustrado (quiero decir del tiempo de la Ilustración: no hay fotos)

          El siglo XVIII tuvo fama de rarito, si consideramos que el summum de la elegancia masculina consistía en pelarse al cero y luego ponerse una peluca ridícula encima.

          Comparativamente fue una época bastante tolerante con respecto al sexo, que se consideraba algo tan natural como merendar. Quizá en esto el filósofo y rentista Jean-Jacques Rousseau tuvo algo que ver, pues dedicó mucho esfuerzo a convencer a todos de que el instinto sexual es innato y no avergonzante, y de que la unión libre salía, a la larga, más barata que pindonguear por ahí. Si los hombres han sido creados para el amor, las mujeres, más aún, por lo que tenían perfecto derecho a elegir sus amantes e incluso a tener varios, si podían con ellos. Rousseau, para dar ejemplo de su concepción libre del sexo, tuvo alegremente cinco hijos (aunque luego los mandó a la inclusa para no tener que mantenerlos).

          No hubo, pues, mojigatería ni pudibundeces, como abundarían luego en el XIX. Los escotes de las señoritas eran generosos y hasta filantrópicos, y en medio de las fiestas, los nobles llamaban a un lacayo y hacían pipí en un cubo que este sostenía, sin preocuparse ni mucho ni poco por quiénes les estaban mirando. La principal labor de los embajadores era espiar las camas de los reyes y príncipes e informar luego de su actividad sexiamatoria y eso se consideraba muy normal. Entre las clases bajas, los pellizcos a las mozas eran uno de los principales entretenimientos, junto con el juego del marro.

          El travestismo se puso de moda en fiestas y saraos, y el teatro lo adoptó de manera más permanente. La inversión de papeles se consideró algo muy chic, chiquísimo.

La homosexualidad era el colmo de la elegancia. «Voltaire» la denominó «el pecado filosófico», no sabemos si aludiendo a Platón, al que le gustaban mucho los efebos.

Los reyes dieron ejemplo de lo importante que era el sexo en la vida, a juzgar por el número de horas que le dedicaban. Luis XV no paró, Catalina «la Grande» tampoco se detuvo ni para respirar y lo mismo pasó con otros monarcas, que adoptaron el adagio latino del «Carpe diem», y agarraron muchas cosas, además del día. Hubo muchos menos conflictos que en los siglos anteriores, aunque muchos más bastardos reales.

Junto con los reyes aparecieron los grandes amantes, que se hubieran hecho millonarios contando sus vidas de haber existido entonces la televisión. Giacomo Casanova fue el seductor por antonomasia, aunque el hombre, en sus Memorias, exageró bastante. La idea era que no le merecía la pena seducir a nadie si no podía contarlo, por lo que comprometió en sus escritos a muchas damas casadas de la buena sociedad veneciana.

Otro pájaro de cuenta (le llamamos «de cuenta» porque todas las barbaridades sexuales que hizo las contó) fue el marqués de Sade, escandalizador profesional y autor de gran ingenio, que sistematizó (ya existía antes, pero él fue quien la perfeccionó) la costumbre de sacudirle la badana a nuestra pareja erótica. Les hizo mil y una una perrerías a sus amantes y tuvo por ello que pagar algunas multas. También estuvo en la cárcel y en un manicomio, pero no por demasiado tiempo, en contra de lo que nos pudiéramos creer. Escribió obras lascivas, algunas de las cuales contaremos en algún otro lugar de este entretenidísimo libro.

Se otorgó el título de «filósofo del vicio», con el propósito de divertirse más que Santo Tomás de Aquino, por ejemplo. Para él, vicio, naturaleza y placer eran sinónimos. Por el contrario, el amor, el matrimonio, la fidelidad y la pureza eran gaitas gallegas, de esas con las que se tocan las muñeiras.

Sostenía que el pudor era un signo de la decadencia de la civilización. Los vestidos eran fuente de morbo. El incesto era algo inevitable en las comunidades cerradas y clanes. La violación era menos perjudicial que el hurto. Y en cuanto a la sodomía, argumentaba hábilmente que no era justo castigar a alguien solo porque no compartiera el gusto general. Aceptaba todos los pecados y todas las aberraciones —aunque mantenía debilidad por la flagelación— y su máximo objetivo era inventar nuevas perversiones. El mundo es testigo de que lo logró.

Sade tuvo más seguidores entusiastas que Elvis Presley. Se fundaron bajo su influjo sociedades y casinos exóticos, como el de los «Hermafroditas o la Orden de la Felicidad» (aunque tenían que cambiar su sede con frecuencia, para no escandalizar a las vecinas). La sociedad denominada «Momento» era de gustos más escatológicos que otra cosa. La «Sociedad de los Anandrynas» solo aceptaba a lesbianas y a lesbianos. Y la logia «La Amistad Amorosa» aceptaba absolutamente a cualquiera que estuviera dispuesto a hacer cochinadas.

Hubo sectas, ¿cómo no?, de chalados sexuales y místicos. Los escobitas eran unos sexistas eslavos que se castraban (¡vaya usted a saber por qué!), por lo que luego tenían que prostituir a sus mujeres para no extinguirse. Según decían, Dios creó al hombre para que no tuviera relaciones sexuales, pero Adán y Eva lo entendieron mal y pecaron mediante el coito. Para expiar este pecado original tan poco original, se castraban con un vidrio y cortaban los senos de sus mujeres, poniéndolo todo perdido de sangre. El Zar los desterró a Siberia, pero allí, con frío y todo, siguieron con sus prácticas.

Otra secta rusa rara, rara, rara fue la de los dubujores o luchadores por el espíritu, que, expulsados de Rusia, se fueron a pasear desnudos por el Canadá, puesto que para ellos la religiosidad consistía en ahorrar en jabón y en poner pocas lavadoras.

Los afrodisíacos continuaron estando «en el candelabro» como había sucedido en el siglo anterior y las cantáridas se emplearon en cantidades industriales. Se tomaban dentro de bombones, en pastillas y hasta a cucharadas.

El tradicional remiendo de virgos medieval —cuya técnica ya había detallado Avicena en el siglo XI— se perfeccionó con la aparición de nuevos materiales.

El doctor Conton, de Londres, presumió de haber inventado el «condón» o preservativo, aunque sospechamos que para este propósito se venían usando tripas de todo tipo de rumiantes desde el Paleolítico superior.

Otro «invento» erótico fue lo que en Francia se denominó pommes d’amour, penes artificiales para solteronas (y no tan solteronas). Sin embargo, Marco Polo ya los había mencionado como habituales en la China, por lo que se valida de nuevo el adagio de «Nihil novum sub sole» [Nada nuevo bajo el sol].

Todo iba muy bien en los dominios de Venus, cuando llegó la Revolución francesa y una ola de puritanismo repentino empapó a toda la sociedad. A partir de 1790 se intentó instituir el reinado de la virtud y el movimiento revolucionario pretendió convertir París en una capital espartana o poco menos, para lo cual se atacó a la prostitución, deteniendo a casi todo el gremio y gravando esta práctica con impuestos tan altos que casi consiguen hacerla desaparecer por primera vez en la historia de la humanidad.

Pero con la llegada al poder de Napoleón, la cosa regresó a su cauce y los franceses volvieron a ser lo que siempre fueron, ya que el Primer Cónsul consideró que sin el acicate de las violaciones, los soldados no iban a dar un palo al agua (léase «bayonetazo al enemigo») y decidió cerrar los ojos fuertemente ante los abusos sexuales de los soldados (y de los oficiales y los generales, obviamente).

 

Historia cómica de las ciudades

 MI ÚLTIMO LIBRO (Nº 384)


 

Al principio, la gente vivía en el campo. Todo era naturaleza, piar de las aves, felicidad y ataques por sorpresa de las fieras. Pero a un concejal se le ocurrió que el suelo rústico se puede convertir en urbanizable y, así, cobrar impuestos. Como a nosotros no nos gusta pagar impuest… Queremos decir que como no nos gusta destruir la naturaleza, le pedimos a Enrique Gallud Jardiel que escribiese una Historia cómica del campo, pero él quería viajar, ver mundo y conocer gente (todo lo que se dice para escapar de la familia) y se empeñó en hacer una Historia cómica de las ciudades con la esperanza de que le pagásemos traslados, estancias y demás lujos. ¡Ingenuo! ¡Pedirnos dinero para viajar, y en medios de transporte! ¡A nosotros, que, como mucho, vamos a pie desde Lavapiés a la Cañada Rea…! ¡A Ciudad Real, quería decir! Así que le regalamos una enciclopedia que había pertenecido al abuelo de un tío mío que trabajó en un desguace y allí fue donde conoció a una maestra del Sagrado Corazón, y entonces… Pero esta ya es otra historia que probablemente acabemos publicando en nuestra futura colección «La carcajada poligonal». En resumen, que a nosotros el libro ha vuelto a salirnos gratis y ustedes salen ganando al comprar este viaje en el tiempo y el espacio, a través de la historia y la imaginación, por las ciudades del ancho mundo.


La vaca y el tren

 

Una vaca vivía en un prado cercano a unas vías de ferrocarril.

Una vez pasó un tren y el pitido la asustó.

El animal se dijo:

«Yo soy el centro del universo, eso es sabido. Todo lo que hay, el prado, el tren, las vías, ha sido creado para mi disfrute. Luego el tren no pudo pitar por alguna razón que no tuviera que ver conmigo. Pitó con el único propósito de sobresaltarme. ¿Qué habré hecho para merecerlo?»

Así se inició el culto vaquil al Dios de los Ferrocarriles.

Otro día, una vaca amiga de la primera cruzó la vía y fue arrollada por un convoy.

«Algo habría hecho», se dijo la vaca, «para sufrir tan cruel suerte. Algo ha desagradado al Señor del Tren.»

Había surgido el concepto de pecado.

Joaquín Dicenta (1863-1917)

 

          El drama social estuvo mucho tiempo intentando nacer como es debido y sin conseguirlo. Tuvo que aparecer Joaquín Dicenta a arreglar esta situación.

          El problema fue que Dicenta era un señor tremendamente anarquizante que vio al teatro como un cuchillo, como una cachiporra o como cualquier otra arma de combate. Su objetivo era bienintencionado, pero patentemente panfletario. Dicho de otra forma: el Dicenta político tiene más méritos que el Dicenta artístico y a ambos hay que juzgarlos por separado.

          Sus dramas sociales —ya merecedores por entero de ese nombre— se centran en el choque de clases y en las injusticias que de él se derivan, porque el hombre es un lobo para el hombre, como dijo Thomas Hobbes (frase que le había oído a un amigo suyo cuyo nombre no ha trascendido). Los estratos sociales de sus obras, sin embargo, están representados por individuos individuales con una conciencia moral muy personal.

          Como hemos apuntado antes, su ideología era rebelde y anti-burguesa, hasta tal punto que no podías invitarlo a ninguna fiesta ni sarao, porque te armaba un escándalo por menos de nada.

          Pero teatralmente fue muy eficaz. Tenía un estilo escueto, sobrio y directo, y sus personajes hablaban como habla el pueblo llano de verdad, aunque sin decir excesivas palabrotas. Se interesó, además, por el elemento escenográfico, cosa que a otros escritores de su tiempo les importaba más bien poco.

          La obra más conocida de Dicenta es Juan José (1895), un drama obrero en donde el pobre honrado se enfrenta al «señorito» rico y abusón. El protagonista nos recuerda a esos villanos del teatro de Lope de Vega que no tenían inconveniente en plantarle cara al mismo rey. Juanjo tiene amores con Rosa y a Rosa la pretende también el señorito dueño de la fábrica, porque entre las chicas de la buena sociedad no hay ninguna que merezca la pena que se la mire dos veces. El patrono despide a Juan José para hacerle la Pascua y debido a su rivalidad por la muchacha. El infeliz no encuentra trabajo y acaba robando y dando con sus huesos en la cárcel.

          Rosa, entonces, se lía con el señorito y cuando Juan José se entera y sale de la prisión, busca al malo y lo mata rápidamente. Ya metido en harina, mata también a la hembra infiel.

          Tenemos, pues, un drama de amor, honor, venganza y ridículo, al que el tema social sirve de trasfondo idóneo. ¿Es esta una obra ideológicamente socialista? Pues sí, pero poco, porque no es la injusticia social la que genera el conflicto, sino los apetitos sexuales del señorito. De todas maneras, como la inmensa mayoría de las obras que se estrenaban por aquel entonces eran más conservadoras que don Pelayo, esta pieza destaca por su progresismo, aunque este sea muy escaso.

          En la misma línea —pero generando mucho menos entusiasmo y menos duros— está El señor feudal (1897), que vuelve a girar sobre la honra personal. En esta nueva pieza, el «señorito» seduce a una moza y el hermano de esta le apiola sin más miramientos. Hay también otro personaje —un obrero de una fábrica que busca la redención por el trabajo—, pero realmente está metido con calzador y casi no interviene en el argumento. Da la impresión de que el autor lo ha puesto ahí para que no dijeran sus correligionarios socialistas que había dejado escapar una ocasión de hacer propaganda gratis.


 

El sexo en Grecia

 

          Que los sátiros sean una invención griega dice mucho de la mentalidad de aquellos señores. Para la Grecia mitológica, los seres se dividían normalmente en ninfas, las mujeres más hermosas que uno pueda imaginar, y sátiros, unas criaturas lascivas que perseguían a las otras hasta cogerlas por las trenzas. Saltaban sobre ellas, les mordían un poquito (ellas se dejaban, hay que reconocerlo) y luego consumaban todo lo consumable: consumaban hasta que se consumían, vamos.

          Cuando el sátiro no hallaba ninfa a mano en quien saciar su furor sexual, recurría al sucedáneo de saltar sobre otro sátiro cercano que estuviese desprevenido, cerrar fuertemente los ojos y apelar a su imaginación.

          Las ninfas, por su parte, tampoco eran mancas en lo del meter mano. Baste recordar a la ya mencionada Pasífae, esposa del cretense rey Minos, que nunca quedaba satisfecha con su esposo ni mucho minos (ni mucho menos, queremos decir: la inercia nos ha jugado una mala pasada). ¿Qué hizo? Pues buscarse un toro con quien aparearse «legalmente» y sin que nadie pudiera acusarla de nada feo. Mandó forjar una vaca de metal cubierta con la piel de una de verdad, se metió dentro y pidió a los dioses que le mandaran a un torito bravo. Los dioses accedieron a su petición enviándole un magnífico ejemplar blanco, porque aquello tenía su morbo. Cuando sus doncellas sacaron a Pasífae del interior de la vaca artificial, esta estaba radiante (Pasífae, no la vaca). Luego parió al Minotauro, que se comía a las doncellas crudas y que dio muchos dolores de cabeza a Teseo, que tuvo que encargarse de matarlo, pero eso es ya otra historia.

          A las deidades de Grecia les iba mucho lo erótico. Zeus se transformaba en lo que hiciera falta para seducir beldades. Se hizo cisne para beneficiarse a Leda; se convirtió en toro para raptar a Europa (la ninfa Europa entonces estaba apetecible, no como ahora, que solo ha devenido en un continente del sector servicios); como águila raptó al bello Ganimedes, pues no le hacía ascos a nada y no quería discriminar sexualmente a sus presas; incluso para trajinarse a Danae se convirtió en una lluvia dorada (una lluvia de oro, en el buen sentido), para filtrarse por las grietas del tejado de una casa). También se transformó una vez en hormiga, pero de este mito no nos acordamos y solo se nos viene a la cabeza un chiste verde que tenía lugar entre una hormiga y un elefante, que no contamos aquí para no herir la susceptibilidad del lector.

          Pero dejemos a los dioses hacer sus cosas en paz y veamos a qué se dedicaban sus devotos.

          En cuanto al culto a Afrodita, diosa de la belleza y del amor, podemos decir que dio paso a toda índole de prácticas somatoplacenteras. A estas actividades se las llamó «misterios» para no escandalizar, pero no dejaban de ser sexo puro y duro, en todas las acepciones de estas dos palabras.

          Las bacanales, llamadas en Grecia los ‘dionisíacos’, en honor al dios Dionisos, no eran menos lujuriosas. Tras emborracharse y quitarse las ropas, los celebrantes se entregaban a esas actividades que te apetece hacer cuando estás borracho y sin ropa, y que el lector se podrá imaginar.

          En los campos se celebraban las faloforias, procesiones en las cuales se paseaba un falo en representación de la potencia generadora del miembro viril. Era la pornografía de la época, solo que sagrada.

          En general, en Grecia, a las mujeres en las apreciaba poco y los efebos concentraban la atención de los hombres hechos y derechos. Sobre esto volveremos. El matrimonio era una institución más social que otra cosa y casi nadie esperaba la satisfacción sexual en él. Para ello se confiaba más en la habilidad de las cortesanas.

          Luego, cada polis tenía sus costumbres y sus particularidades. En Esparta, por ejemplo, los alquileres eran caros y mantener una casa y a una esposa no estaba al alcance de todos los bolsillos, por lo que proliferó la poliandria y el sistema de turnos que iba ligado a esta práctica. Como el Estado quería niños para la guerra (y como tiraba por un precipicio a los que no le gustaban por demasiado enclenques), se fomentó la procreación y se tachó de infames y antipatriotas a aquellos que se negaban a casarse. Las familias numerosas no pagaban impuestos, como premio a los esfuerzos eroticopatrióticos del marido (o maridos). Esta tendencia llegó hasta el extremo de que algunos esposos entregaban sus mujeres a hombres extraños si creían que de ese modo tendrían hijos más valientes y robustos con los que ganar puntos con el gobierno. El adulterio estaba autorizado formalmente y el amancebamiento se consideraba lo más «in».

          Puede sorprender a algunos la noticia de que en Esparta estaba autorizado e incluso bien visto el matrimonio entre hombres. Entre mujeres simplemente se toleraba, pero sin castigarlo.

          El famoso batallón de los trescientos homosexuales unidos entre sí por relaciones amorosas y que al mando de Leónidas defendió el desfiladero de las Termópilas ante el ataque de los persas es un buen ejemplo de esta generalizada costumbre.

          La prostitución sagrada tuvo en la Hélade mucho predicamento. Estrabón nos contó una vez en que tomamos café con él que en Corinto llegó a haber más de mil hieródulas (hetairas vulgares y corrientes), que empleaban abiertamente el templo de Afrodita como lupanar. Allí los precios eran más caros que en las casas clandestinas que no tenían columnas ni peristilos. Estas prostitutas tenían que ser elegantes, pues los griegos no pagaban por cualquier cosa. Además, se les exigía talento para poder mantener conversaciones profundas post coitum, ya que aún no se habían inventado los cigarrillos.

          En Argos, el culto a la diosa Afrodita se hermafroditizó, por así decirlo: los hombres se disfrazaban de mujer, las mujeres se vestían de hombre, los indecisos simplemente no se vestían de ninguna manera y, ya preparados, se entregaban a toda clase de excesos.

          El autoerotismo estaba a la orden del día, de ahí el mito de Narciso, que vio su rostro en un río, se enamoró de su reflejo y ya no necesitó nunca más que de sí mismo para ser feliz.

          La pederastia fue costumbre endémica también por aquellos pagos. Se consideraba a los impúberes como juguetes asexuados con los que los viejos podían jugar como si fuesen un «Meccano», un tren eléctrico o una consola con la que consolarse. Esto pasó a ser un símbolo de distinción social. Un hombre de edad que no tuviera un efebo para su uso personal era como un lord inglés sin mayordomo: se le consideraba un muerto de hambre.

          Los ejemplos son muchos. Aquiles no quiso saber nada de la guerra de Troya y no se molestó ni siquiera en engrasar su espada hasta que los troyanos no le mataron a su «amigo» Patroclo. Entonces sí, entonces desató su ira y mató a mansalva. A Sócrates le metieron en líos los celos que sus efebos se tenían entre sí, por lo que acabaron denunciándole a las autoridades. Alejandro Magno amaba tiernamente a Efestión. Así es que, en general, se consideraba que el sexo masculino era más bello que el femenino. Como dijo Platón: «El amor celestial no puede existir más que entre los hombres».

          Contemos ahora algunos ejemplos de los famosos sexualizadores de Grecia.

          Ejemplo de excesos fue la vida de Dioniso, el tirano de Siracusa, que se pasó la existencia yendo de una sangrienta orgía a otra y empalmando juergas con bacanales hasta el punto de que su pueblo dijo que se había pasado varios[1], hizo una pequeña revolución y lo echó de allí a patadas en el trasero (lo que a Dioniso le resultó especialmente doloroso, debido a las lamentables condiciones en las que se encontraba esa región meridional de su organismo, tras años de trabajar a destajo, sin descansar ni los domingos y las fiestas de guardar). Dioniso se trasladó a Corinto, en donde, como hemos dicho, se mimetizó con la multitud, pues allí eran todos tan depravados como él.

          Demetrio fue un rey de Macedonia muy amigo de los postres (¡qué chiste más malo!), porque él por ‘postres’ entendía la aparición de unas bailarinas cuasidesnudas o todidesnudas que efectuaban en su presencia unas danzas eróticas que le quitaban el hipo, si es que se había atragantado con alguno de los manjares del festín. Tuvo una amante enormemente popular y muy deseada entre sus ciudadanos —Lamia—, famosa por lo bien que lamía (aunque creemos que su nombre no viene de ahí). Acabaron erigiéndole un templo, el de Venus-Lamia, lo que no conseguiría nunca ni la gran madame de Pompadour.

          Otro caso de ascenso cohetil fue el de Thais, amiga de Alejandro Magno, que fue primero dicteriada (pupila de un burdel), luego aleutrida (danzarina con derecho a roce), más tarde concubina (esclava para todo) y que finalmente se casó con un Ptolomeo, rey de Egipto, por lo que acabó su vida como faraona, todo ello debido al hábil empleo… de lo que fuera que empleara para ir ascendiendo socialmente.

          El inventor del metrosexualismo fue Alcibíades, un joven político ateniense que estuvo bajo Sócrates (no todo el rato; queremos decir que estudió con él). Se cuidaba mucho, se gastó su fortuna paterna en potingues y consiguió tener una belleza legendaria: cabellos verdes, narices onduladas y sedosas, espaldas delicadas y manos musculosas. Los poetas alababan sin cesar sus encantos y las mujeres le odiaban cordialmente, porque les quitaba los hombres, Finalmente, murió a hachazos a manos de un grupo de feos envidiosos.

          El amor lésbico se le atribuye a la poetisa Safo, pero imaginamos que ya existía desde mucho antes y que ella no lo inventó, sino que se limitó a añadir lo que se llama la «patente de perfeccionamiento». Los historiadores modernos nos cuentan que se ha exagerado mucho con esta figura y que en vida no se comió ni una rosca, como vulgarmente se dice, ni en uno ni en otro sentido. Sus versos (lo que ha quedado de ellos tras que la Iglesia los quemara en el 380) son más un desideratum que otra cosa. Pero, como dice el refrán: «Cría fama y échate en la cama (no necesariamente a dormir)».

          La homosexualidad, como vemos, era frecuente en Grecia, porque entonces la gente no era tan gazmoña como lo ha venido siendo en siglos posteriores. El pansexualismo triunfaba y se consideraba lícita cualquier forma de placer, como más tarde constatarían los filósofos Del Río con su célebre aforismo: «Dale a tu cuerpo alegría, Macarena, que tu cuerpo es pa’ darle alegría y cosa buena». La gente era mucho más libre entonces. Conceptos que luego se han impuesto, tales como la virginidad, la castidad etc., provocaban entonces en los helenos unas carcajadas de tales magnitudes sonoras que los mármoles se resquebrajaban.

          La historia de Friné también tiene su aquel, tanto aquel que hemos decidido incluirla en otra sección de este libro como parte de un capítulo sexiliterario con algunos de los fragmentos más estimulantes que hemos encontrado a mano.

          No todo fue tan idílico como podría deducirse de lo que hemos contado hasta ahora. No todo fue yacer y cantar. El sexo provocó disensiones y hasta alguna que otra tragedia esquilesca o tormenta eléctrica (tomada de la tragedia Electra, de Sófocles). Por ejemplo: Aristófanes y Sócrates compartieron la misma amante, Teodota, que prefirió al último, pese a ser calvo. Aristófanes se rebotó y en su comedia Las nubes sacó al personaje de Sócrates a escena para burlarse de él. El filósofo aparecía metido en un cesto y suspendido en el aire: toda la obra era una coña náutica (marinera) sobre su personalidad y sus teorías, a las que el comediógrafo calificaba de sofismas. Sócrates quedó en ridículo y hubo de renunciar a la cortesana y volverse con su mujer, Xantipa, que era un bicho, que le pegaba a diario y le armaba unas broncas tremendas, no siendo raro que las finalizara arrojándole al pensador un orinal (rebosante) a la cabeza[2].


[1] Pueblos.

[2] Lo que en cierta ocasión hizo comentar a Sócrates: «Es natural que después de los truenos venga el diluvio».