Antonio Mira de Amescua (1574-1644)

 

          Mira era un autor guadijeño, lo que no es ningún término despectivo, ni mucho menos, sino un gentilicio que indica que el hombre era de Guadix (aunque prefería con mucho vivir en la Corte, donde se metía en juergas frecuentes con sus amigotes). Dicen que era un tanto malhumorado y hasta desequilibrado, haciéndose con él comparaciones en las que no era raro que saliera a reducir alguna cabra o alguna chota. Pero dejemos su vida privada, porque no hay que ser cotillas.

          Autoró unas sesenta comedias («autoró»: ¿existe el verbo ‘autorar’ o nos lo acabamos de inventar sin encomendarnos ni a Dios ni al diablo?; como fuere, ya está escrito y no nos vamos ahora a volver atrás). Fue un seguidor de Lope, pero no muy leal, pues podría decirse que le fue infiel y que se metió en la cama con Góngora (metafóricamente), entendiéndose con esto que se apartó del estilo lopesco (sencillo y claro) para caer en el pecado del culteranismo y de escribir versos más confusos de lo estrictamente recomendable.

          La verdad es que los críticos le suelen poner verde, indicando como defectos obvios los que para nosotros no lo son. Hay que considerar que era un hombre de su tiempo, un barroco de pelo en pecho al que no se le podía exigir que no complicarse las cosas más de lo necesario. De Mira se dice que pone demasiados elementos en sus comedias: muchos personajes, muchas tramas secundarias, dobles intrigas y hasta triples y cuádruples, cosas así, y que todo eso es mala literatura. Nosotros no estamos de acuerdo. El barroco se caracteriza por la acumulación de elementos y sus comedias, rebosantes de peripecias, complacieron mucho a sus contemporáneos. ¿Vamos ahora a decir que sean malas porque no nos gusten a nosotros? ¡Un poco de formalidad, señores críticos! Veamos a don Antonio con los ojos de su tiempo.

          Es verdad que es muy generoso con sus historias, que se le amontonan, y de una sola de sus comedias del género de «cajón de sastre» (pues tenían de todo) se pueden sacar varias. Tal sucede con Galán, valiente y discreto (1632), obra llena de agudeza, armoniosamente versificada y con una intriga capaz de despistar una y otra vez al espectador, que ante las múltiples posibilidades de la resolución del conflicto no sabe a qué carta quedarse y se sorprende gratamente al final.

La pieza que más fama le dio (porque dinero no) fue El esclavo del demonio (1612), una obra de santos estrenada en aquella época en la que los santos tenían mucho más sentido del humor que ahora y no les importaba salir en las comedias.

          Trata de la vida de fray Gil de Santarem y va del libre albedrío, de la predestinación y del lío que te puedes armar con estas dos teorías, a poco que medites sobre ellas.

          El primer acto trata de la tentación de la carne. Don Diego ama a Lisarda y esta le ha invitado a que la rapte. Cuando el arrojado galán ya se dispone a subir a su balcón, llega don Gil y le da la charla, sermoneándole y diciéndole que aquello no está bien y tal. Es tan elocuente en su improvisada homilía al pie de la escalera, que don Diego se echa a llorar, renuncia a su rapto y se va con viento fresco (no se le vuelve a ver). Entonces, don Gil, ni corto ni perezoso, sube por la escalera y cae (de la escala no, en la tentación), pues se beneficia alegremente a Lisarda.

          En la jornada segunda, don Gil pecador se ha hecho bandolero, por el aquel de que «quien hace un cesto hace ciento» y que «de perdidos al río». Según él mismo nos cuenta —presumiendo bastante—, ha matado a varias mujeres y seducido a varios labradores o al revés. Se ha hecho malo, malísimo, y de la salvación se le da un ardite, porque ya está metido hasta el cuello en esa vida de crápula, de pecado y de pastelillos de nata a todas horas. Ya puesto, hace un pacto con el demonio para tener los placeres asegurados.

En la tercera jornada, Gil pide al demonio que le entregue a Leonor, que está para mojar pan. El demonio le estafa y cuando Gil se abalanza sobre Leonor, ve que lo que tiene entre sus brazos es un esqueleto inmundo, asqueroso y agusanado, con lo que el futuro santo se da cuenta de que no es oro todo lo que reluce y de que del diablo es mejor no fiarse. Entonces se arrepiente; pero no le pide perdón a Dios, pues teme que este le eche de su presencia con cajas destempladas. En su lugar, se cita en un café con su ángel de la guarda, que es el que vencerá al demonio e intercederá por Gil ante el Altísimo. Este gran guiñol teológico nos recordaría mucho a El condenado por desconfiado de Tirso de Molina si nosotros tuviéramos memoria suficiente como para acordarnos.


 

Conferencia

 


Hamlet


El sucedimiento accional de esta dramación shakespírica hace acaecidad en un castillismo dinamárquico.

Los guardiosos soldádicos han veído al fantasmoso rey finido con recientidad. Con asustancia treméndica hacen avisación a Hamlet, el hijicio princípico del finante.

Este, tristino y depresionado por el obitamiento patérnico, hace salida nóctica para escuchizar la mensajada de su progenidero espiritoso.

«¡Oh, Hamlet, retoñante mío querídico! Claudio, tu infamoso tío, hizo vertición en mi oído de una venenosidad liquidesca. Tras esto, me hizo arrebatamiento coronístico y hubo desposación súyica con tu pariente mádrica. Por eso, estoy venganzoso y te hago suplicamiento de que efectúes la matación de mi traidorero hermanista».

Tras este discursismo arénguico, hay desapariencia fantasmil y Hamlet queda sumido en apabullamiento. Para la completación vengáncica, Hamlet se torna disimulesco y hace fingición de loquidad y oratismo, engañifando a su soberanil tío y a su consórtica madrosa.

En la subsiguiencia actosa, hay contratidad interprética de un compaño dramaticio de actoreros y actrizantas a los que Hamlet hace suministración téxtica de lo que entre los reyosos tuvo acaecencia. Es el recreamiento asesinil de un soberante a manos fraterciosas.

Con la comenzación teátrica, Claudio se nerviosiza y hace salidez rapídica aposentil, lo que significia su culpabilismo sin lugaridad dúdica.

El ente monarquicio hace enviamiento Hamlético a Inglaterrania, con aleguismo excusil de que allí el totalio ciudadanente hace mostración de igualidad mochalista y entre ellos y el principante no habrá diferismo.

Hamlet hace insultación a su parenticia mámica y haciendo escuchacionismo transcortinesco, da procedencia al sacamiento puñálico y recurrismo a la pinchación mortálica a Polonio, progenista de su noviada Ofelia. Esas son escenicidades de rellenamiento.

La jóvena se oratiza y, tras tragación ágüica en una lagada cercanosa, sufre muriencia.

Laertes, frátrico ofeliano, hace decidimiento y jurancia de morizar a Hamlet a su regresación.

(Hacemos saltamiento escenoso, para que esta escribancia no le sea tan pesadosa al lecturiente).

La parejación hamletlaértica duela y ambos se tornan pinchosos. Los floreticios están emponzoñizados y Hamlet sufre herimiento bracil. Antes de obitar, sin embargamiento, de dos estacodaciones abre boquetismo péchico y triposo a su propio tiante. Su Reinidad Gertrúdica (la madrera hamleticia) hace proce dismo a la bebición de una liquidad venenera y tiene palmamiento próntico con asimismiento.

El escenismo postrérico hace mostredad clárica de Fontimbras en su entranza córtica dinamarcónica, aunque los espectadentes hagan ignoración de quién es este ente persónico y de la causidad de su llegamiento.

Gautama Buddha

 

Ejemplo de que todos los caminos acaban conduciendo al nirvana o a otro sitio igual de tranquilo y relajante

 

Aunque parezca una falta

de respeto tremebunda,

hemos de incluir aquí

una biografía del Buddha,

un filósofo bastante

famoso que vivió una

vida curiosa en verdad,

que está contada en un sutra

escrito en pali o en sánscrito

y sin levantar la pluma

del papel, cosa de mérito

y difícil, aunque estúpida.

 

Lo que se sabe del hombre

es poca cosa o ninguna:

sólo hay leyendas pensadas

con fantasía mayúscula;

muy bonitas, aunque feas;

muy lógicas, aunque absurdas;

realistas, aunque falaces;

refinadas, aunque burdas;

coherentes, contradictorias

y tan liosas, en suma,

 

que no hay por dónde cogerlas

y que nos suenan a chunga.

 

Este príncipe nació

muy cerca del Brahmaputra,

que es un río lleno de agua

que pasa por Cataluña

(este dato no está bien:

tendré que hacer más consultas

y mirar la Wikipedia

por si me sirve de ayuda).

 

Desde niño fue empollón:

destacaba en las tertulias

de los sabios de su reino,

se le daba bien la música

y se aprendió de memoria

los Vedas, las escrituras

y la Residencia en la

tierra, de Pablo Neruda.

Hablaba inglés sin acento,

sabía bailar la rumba,

hacer pollo al chilindrón

y recurrir una multa.

 

Cuando el príncipe creció,

le desposaron con una

princesa de por allí,

que tenía una fortuna

(lo cual no está nada mal

y es una cosa segura,

 

que la juventud se pasa

y, en cambio, las joyas duran).

 

Su padre, el rey, no quería

que alternara con la chusma

y le retuvo en palacio,

con una o con otra excusa.

Y cuando, por fin, salió

a correrse una aventura

vio a un viejo, a un enfermo, a un muerto

—lo que no había visto nunca—

y aprendió que todo el mundo

está lleno de basura;

que si acaricias a un perro,

luego te pican las pulgas;

que muchas rubias se tiñen

y otras se ponen peluca;

que puedes coger catarros

si te mojas con la lluvia;

que, si aparcas mal el coche,

se te lo lleva la grúa,

y que acabas con diabetes

como abuses del azúcar.

Vio que el mundo era el infierno

y la Humanidad, gentuza,

y decidió hacerse asceta,

irse a vivir a la jungla,

y alimentarse tan sólo

con ensaladilla rusa.

 

 

Dicho y hecho: cogió entonces

lo que guardaba en la hucha,

se preparó un bocadillo,

metió en un bolso dos mudas

y se lanzó a los caminos,

después de darse una ducha,

sin despedirse de nadie,

para ahorrarse una trifulca.

 

Recorrió toda la India,

aunque a paso de tortuga,

sin agobios, pues realmente

no tenía prisa ninguna;

pero jamás regresó

a su reino, por alguna

razón que no se ha sabido

hasta hace poco. Resulta

que se ha encontrado una carta

de veracidad segura

en que el Buddha le escribía

a una amiga íntima suya

que si abandonó su reino

y se marchó a la otra punta

del país fue por librarse

de una situación muy chunga;

porque es que estaba hasta la

coronilla de la bruja

de su mujer, que parece

que era muy fea y muy bruta.

 

Era estrábica perdida,

 

dientinegra y cejijunta,

con más granos que un risotto,

con abundantes verrugas;

en cuanto al cuerpo, era obesa,

fofa, maloliente, hombruna,

patizamba y pechiausente:

era la fiera corrupia.

Y, por si esto fuera poco,

por desgracia, no era muda

y hablaba como cotorra,

tenía un carácter de furia,

era celosa y cansina,

marimandona y muy burra;

era más mala que un cólico

nefrítico, más obtusa

que un ángulo de doscientos,

más cruel que una denuncia,

más tonta que el Gran Hermano,

más molesta que un reúma,

más basta que el heavy metal

y más terca que una mula.

Si a estas cosas le añadimos

que era chillona y muy sucia

a nadie le extrañará

que se iluminara el Buddha,

que era algo mucho mejor

que estar con su esposa a oscuras.



Conferencia: Jacinto Benavente, el genio olvidado

 


Respuestas a preguntas

(Curiosidades titulescas)

 Una pregunta en el título de un libro o de una película es una malísima idea, porque hace que la gente imagine respuestas hipotéticas generalmente burlescas o directamente ofensivas.

Vean.

 ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?

Si te refieres a estar actuando en una película hortera de un director sobrevalorado, la respuesta es: «ser una actriz mediocre».

 

¿Quién se ha llevado mi queso?

Habrá sido un ratón. De todas maneras, el libro va de contar lo obvio, lo que sabe todo el mundo, ¿no es así?

 

¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Ten por seguro que habrás hecho algo. La tercera ley de Newton habla de acción y reacción. Toda causa tiene su efecto y todo efecto, su causa.

 

¿Quién engañó a Roger Rabat?

La respuesta es obvia: una mujer.

 

¿Quién teme a Virginia Woolf?

Mucha gente, a juzgar por los pocos que se atreven a leer sus libros.

 

¿Qué fue de Jorge Sanz?

¿Quién era ese? No lo recuerdo.

 

Colega, ¿dónde está mi coche?

Tú estás fumado y no tienes coche.

 

¿A quién ama Gilbert Grape?

Habrá que ver la película para enterarse.

 

¿Qué sucedió entonces?

Lo que nos estábamos temiendo.

 

¿Conoces a Joe Black?

Afortunadamente no, porque las malas lenguas dicen que es la Muerte.

 

¿Qué fue de baby Jane?

Creció.

 

¿Qué hiciste en la guerra, papi?

Sobrevivir. ¿Te parece poco?

 

¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?

Porque la gente es muy bruta.

 

¿Por quién doblan las campanas?

¡Vete tú a saber lo que se le pasa por la cabeza al campanero, que es el tonto del pueblo!

 

¿Quién puede matar a un niño?

Muchos. Netanyahu, sin ir más lejos.

 

¿En qué piensan las mujeres?

(Esta respuesta queda en blanco).

 

¿Arde París?

En verano y con el cambio climático, ¡ya lo creo que sí!

 

¿Vencedores o vencidos?

Todas las guerras acaban igual tanto para unos como para otros: en un completo desastre.

 

¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre?

No hace falta esforzarse mucho para imaginárselo.

 

¿Dónde vas, Alfonso XII?

Pues voy en busca de Mercedes, que ayer tarde no la vi. ¡Pero qué pregunta más tonta y cuánta incultura hay hoy por el mundo!

 

Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú?

No. Si te parece, desperdiciamos la bomba dejándola caer sobre Andorra o San Marino.

 

¿Adivina quién viene esta noche?

Pues Sidney Poitier: lo pone en el cartel de la película.

 

¿Víctor o Victoria?

¿No hay más opciones? ¿Algo intermedio?

 

Quo vadis?

Ubi volo. Et quid ad te pertinet?

 

¿Qué me pasa, doctor?

Habrá que hacerle toda una batería de pruebas. ¿Cuál es su seguro?

 

Hola, ¿estás sola?

¡Vaya preguntita! ¿Tú eres solo asesino en serie o también imbécil de nacimiento?

La barca sin pescador

 

Alejandro Casona

(1945)

 

 

Un gran drama de don Ale-

jandro Casona es La barca

sin pescador, en que sale

Satanás a liarla parda.

 

El protagonista es

un businessman (que es palabra

sinonímica de ‘pillo’,

de ‘ladrón’ y de ‘canalla’).

Solo piensa en el dinero,

en efectivo y en pasta,

en dólares y en pesetas,

en libras, yenes y dracmas,

en cruceiros de Brasil

y el riyales de la Arabia.

Se especializa en negocios

en los que puede hacer trampas

y ha conducido a la ruina

a muchas gentes honradas.

Solo sueña en dividendos,

intereses y ganancias

y no ha vendido a su madre

incluso a precio de ganga

—sin importarle un comino

que ella fue quien le alumbrara—

porque en la Bolsa las madres

se cotizan a la baja.

¿Quién es este personaje

tan vil? Se nos olvidaba

presentárselo: es Ricardo

Jordán, al que todos llaman

«el rey de los intereses»,

«el chacal de las finanzas»

y «el hieno de las acciones

bursátiles» (a su espalda,

claro está, pues nadie quiere

ganarse una bofetada

o un puñetazo en el ojo

por llamárselo a la cara).

 

Pues un día como otros

que estaba en una semana

que había dentro de un mes

y que era la doceava

parte de un año, la empresa

de Jordán se va a hacer gárgaras.

Ricardo se arruina y llegan

diez banqueros en comanda

a exigirle que devuelva

las cantidades prestadas.

Como él ya no tiene un duro

(ni otra moneda más blanda)

y no les puede pagar,

le obligan a hacer mudanza

a un sitio estatal que tiene

barrotes en las ventanas,

donde todas las personas

visten ropa muy baratas

con un número en el pecho

para así diferenciarlas.

Ricardo se desespera

porque estar al sol le encanta

y, en cambio, estar a la sombra

le hace muy poquita gracia.

 

Allí se presenta entonces

—haciendo de Deus ex machina—

un hombre que tiene pinta

de persona burocrática,

de oficinista común,

de vendedor de corbatas,

de señor de clase media,

en resumen: de pelanas.

Es «El caballero negro»,

como el reparto proclama.

Ricardo, con sus angustias,

no tiene tiempo ni ganas

de hablar con desconocidos

y por eso le da largas;

pero aquel recién llegado

se saca un as de la manga

y consigue su atención

con sus tretas demoníacas,

evitando de este modo

que el otro le eche a patadas.

Le dice que es Satanás,

que viene a comprarle el alma

y que esta oportunidad

no debe desperdiciarla,

que el hecho de que el demonio

venga una tarde a tu casa

a proponerte negocios

es una cosa muy rara

que no ocurre diariamente

en la existencia ordinaria.

 

«¿Y por qué quieres hacer

este trato? ¿Tú qué ganas?»,

pregunta Jordán, curioso,

mientras Satán se arrellana

—porque le duelen los pies

de andar— en una butaca.

«Pues, verás: tú eres un tipo

malvado donde los haya,

que comete toda clase

de crímenes a mansalva.

Y aun siendo un malo de libro

de texto, una escoria humana

y ejemplo de maleantes,

en tu palmarés no se halla

registrada muerte alguna,

lo que es necesaria cláusula

para que optes a premio

y puedas llevar la palma

de «Pecador del Milenio».

Esta, Jordán, es la causa

de que te ofrezca riquezas

a cambio de tu alma guarra.»

«¿Dónde firmo?», inquiere el otro,

con la pluma preparada.

«¿No quieres saber a quién

has de matar?» «Me resbala.

Tú dime el cómo y el quién,

y en menos que un perro ladra

(que la de que canta un gallo

es frase ya muy gastada)

mataré a quien tú me ordenes

y a alguno más si hace falta.»

 

«Como quieras», dice Lu-

cifer. «No habrás de hacer nada.

Con solo tú desearlo

y de manera automática

hallará la muerte algún

pringado, en Escandinavia.

Hay un pescador que vuelve

por la noche a su cabaña

y va subiendo una cuesta

bajo una lluvia mojada

y con un viento aireado

que sopla por la montaña,

tan violento, que se lleva

al pescador en volandas

y puede hacer que se pegue

una tremenda castaña

y quede más muerto que

Marco Antonio y que Cleopatra.

Solo habrás de desear

que se cumpla este programa

y el pescador morirá.»

«¿Y a cambio obtendré ganancias?»

«Serás rico para siempre.

¿Qué has decidido? ¿Lo matas?»

 

Sin pensárselo un segundo

Jordán dice: «¡No faltaba

más! ¡Claro! ¡Por supuesto!

¡Obviamente! ¡Que se caiga

rodando por la ladera

y que se haga mermelada!»

 

En ese instante se escucha

un grito. «¿Y eso?» «Que acaba

de caer y de morir.»

«¿Dónde firmo? Que ya tardas

en cumplir lo prometido.

Llena mi cuenta bancaria.»

 

Satán, tras firmar también,

se va. Llega un telegrama

que anuncia que están al alza

las acciones o algo así

(pues no sabemos ni papa

de cómo funciona el mundo

económico) y que gana

Ricardo muchos millones

y sin trabajar ni nada.

 

Esto es solo el primer acto

de la comedia de marras.

No les contamos el resto

no solo porque no caba

(queremos decir ‘no quepa’)

en el verso, por ser larga

narración, sino también

porque todo lo que pasa

a continuación aburre

y hace dormir a las vacas.

 

          Para los que tengan curiosidad por conocer el final, lo contamos. Jordán se arrepiente de lo que ha hecho y viaja al pequeño pueblo báltico para ver de compensar su error. Al llegar, se encuentra con que la viuda del muerto está maciza y se la trajina.

Fin de la obra.