HUMORADAS
de
Enrique Gallud Jardiel
de
Enrique Gallud Jardiel
LA LITERATURA PARA EL PLACER. EL ATAQUE A LOS MAJADEROS. LA SÁTIRA DEL MUNDO.
Fernando de Rojas
Este buen señor, padre de los interminables veintiún actos de que consta su famosísima obra teatral La Celestina, estuvo a punto de perderse en el anonimato.
¿Qué decir sobre esta obra maestra de nuestro teatro sino que es una obra maestra de nuestro teatro?[1] Pero hemos de ser sinceros.
Para empezar, La Celestina no se llama así, sino una cosa más larga (en esta obra todo es mucho más largo de lo que tendría que ser). Se titula algo parecido a Tragicomedia de Calisto y Melibea, compuesta por el bachiller Fernando de Rojas, nacido en la puebla de Montalbán. Claro que el título venía oculto en un acrónimo, porque se dice que el tal Rojas era más judío de lo que él hubiese querido y prefirió mantenerse en la sombra.
Unos críticos aseguran que nos hallamos ante una pieza teatral indudable; otros la califican de novela dialogada; no faltan los que insisten en que no es ni una cosa ni la otra, sino un género híbrido; y, por supuesto, también están los que aseguran que es un churro de verbena y que aburre a toda clase de rumiantes.
La verdad es que no tiene acotaciones, sino solo diálogos, por lo que nunca sabemos quién entra y sale, si los personajes se sientan o están de pie, si ríen o lloran o si se suenan los mocos en un momento dado. Así es que nosotros nos inclinamos (hasta caernos) a asegurar que es una novela en la que inexplicablemente hay entreactos en los que se echa el telón.
La versión original tenía nada más (y nada menos) que dieciséis actos, pero se conoce que Rojas se fue animando y añadiendo más y más peripecias hasta llegar a los veintiuno. Que le cogió el gusto, vamos.
Estamos hablando del año de gracia de 1499, que puede que el año tuviese gracia, porque la obra no la tiene, aunque se diga que es en parte una comedia. A nosotros nos parece una tragedia tonta, como pasamos a explicar.
Celestina es una vieja furcia (¿para qué nos vamos a andar con rodeos, no?), que sabe mucho de la vida y se dedica a hacer que los jóvenes lo pasen bien. Calisto y Melibea se aman y no habría ninguna razón por la cual no pudieran casarse como Dios manda, tener muchos hijos y llegar a hartarse el uno del otro. En vez de eso, deciden mantener su amor en secreto y pagan a la vieja para que propicie sus encuentros.
Al final, los criados de la madre Celestina la matan para quedarse con un collar de oro macizo que el imprudente de Calisto le ha regalado. Este se descuerna trepando hasta la alcoba de Melibea, que acaba tirándose por el balcón para hacer compañía a su amado. Todo esto se podría haber evitado perfectamente; pero si los personajes se hubieran comportado con sensatez en vez de hacer el cretino, entonces no habría habido drama y Rojas habría cobrado muy pocos royalties.
La alcahueta, que ha logrado gran fama fuera y dentro de nuestras fronteras (como suele decirse) no es un personaje original, sino que está descaradamente copiado de la Trotaconventos del Arcipreste de Hita, que no le interpuso a Rojas un pleito por plagio por dos razones fundamentales: por lo cara que era la justicia ya entonces y porque hacía un siglo y medio que estaba muerto, pero principalmente por lo primero.
Los otros personajes se describen en un periquete: Calisto es un imbécil; Melibea, una cursi renacentista; sus padres, unos nuevos ricos asquerosos, y los criados Pármeno y Sempronio, unos sinvergüenzas de tomo y lomo. Así de simple.
La lengua empleada es muy variada, eso sí, aunque cada personaje habla como le da la gana. Los aristócratas emplean la metáfora, el hipérbaton, la sintaxis latinizante y el homoioteleuton, también llamado homeoteleuton, que aunque tiene un nombre complejo no es sino la similidesinencia de toda la vida, que supongo que los lectores conocen a la perfección.
Los personajes del pueblo llano son también llanos; bueno, más que llanos son directamente soeces y groseros y se pasan la obra defecándose en la hetaira progenitora que les alumbró, por decirlo eufemísticamente.
El éxito de La Celestina produjo una legión de imitadores que se apuntaron a cobrar, sacándole el jugo a la historia de Rojas. De esta manera tenemos la Segunda Celestina de Feliciano de Silva; La tercera Celestina o tragicomedia de Lisandro y Roselia, de Sancho de Muñón; La hija de la Celestina, de Alonso de Salas Barbadillo, y un montón más, pues copiones nunca han faltado en nuestras letras. No se sabe cómo lo consiguieron, pero todas estas continuaciones son, si cabe, más aburridas que la versión original.
Podríamos decir otras muchas cosas de esta obra, pero como también podemos optar por no decirlas, elegimos la segunda opción y lo dejamos aquí.
[1] Decir otra cosa nos atraería las iras de todos los hispanistas del mundo y en Corea hay casualmente muchos y no queremos enfadarles.
Baroja, el panadero intelectual
Pío Baroja y Nessi (1872-1956) se hizo un sitio a codazos en ese grupo de escritores feos como ellos solos conocido como la Generación del 98. Es, con toda probabilidad, el escritor español más pelmazo del siglo XX, si exceptuamos a «Azorín». Su amplia obra se caracteriza por el disconformismo social, la ideología anarquista de sus personajes y un uso un tanto raro de los adjetivos.
Antes de triunfar como literato, Pío Baroja desempeñó la profesiones de médico en Cestona y de panadero en Madrid. De ellas aprendió cosas indispensables para la creación artística.
Se dedicó a este último oficio sin saber si tendría aptitudes, como él mismo confesó, pues el manejo de la harina no es algo al alcance de todos. Abandonó el ejercicio de la medicina «cansado de la vida sórdida y llena de pequeñas rivalidades de un pueblo» y después de equivocarse varias veces al recetar, con el consiguiente enfado de viudas y huérfanos.
Desde 1896 a 1902 se dedicó a regentar la panadería de una tía de su madre, doña Juana Nessi, en Madrid. Nunca se ha dado especial importancia a este episodio, pero fue fundamental en la formación del artista, que creció a base de magdalenas.
Baroja se levantaba a las once de la noche e iniciaba su larga jornada en un sótano oscuro, triste y sucio. La falta de medidas de seguridad era alarmante; por ejemplo, en los ratos libres podía escribir novelas con total impunidad y sin que nadie se lo impidiera, como habría sido lo deseable. En los cortos ratos entre hornadas, para reponer fuerzas, comía salchichón.
Su objetivo en la panadería había sido conseguir la independencia económica y ganar el Premio Nacional de Roscos. Pero tras siete años de duro trabajo tuvo que reconocer que su probabilidad de ganar el premio estaba cada vez más lejana, si no aprendía a hacerles el agujero. Sintiéndose fracasado, se desentendió del negocio, que dejó en manos de un administrador, y decidió dedicarse a vivir de las rentas que tenía, por lo que no nos explicamos qué hacía trabajando en la panadería. Además también escribía artículos, con lo que no ganaba nada pero que era una actividad más de su agrado.
Baroja, descontento del movimiento capitalista, se hizo socio de número del Rayo Vallecano y apoyó activamente a los panaderos en huelga para conseguir que en los sacos de harina salieran muñequitos coleccionables.
Por esta profesión hubo de soportar también las burlas de sus contemporáneos, como en el caso del poeta Rubén Darío que, como alusión satírica a su anterior oficio, dijo en cierta ocasión que las novelas de Baroja tenían mucha miga. Baroja, enfadado, contestó que Darío, como era indio, tenía muy buena pluma y, un día que se encontraron ambos en la chocolatería de San Ginés, acabaron a bofetadas. Hoy luce allí una placa conmemorando el encuentro de estos grandes autores.
Ya solo falta una hora
Escrito contra las conferencias, basado por completo en hechos reales y, por lo tanto, aburridísimo
Ya sólo falta una hora. Todo está preparado. Va a dar comienzo el XXII Congreso de Odontología. Se inaugura con la conferencia del eminente doctor Fulano de Tal. Bueno, aquí estamos.
Pero, ¡oh, sorpresa!: no es un señor sino cinco los que se suben al estrado. ¿Cómo es eso?
El público se inquieta. Toma la palabra el presentador y organizador del acto.
—Buenas tardes: bla, bla, bla. Bienvenidos, bla, bla, bla.
Luego presume:
—Por este Congreso han pasado personajes ilustres: Uno, el Otro, el tío Paco, Perico de los Palotes, Rita «la Cantadora», la doctora María Sarmiento...
Los conferenciantes de este año se mosquean ¿Es que ellos no son tan importantes?
Y sigue:
—Debo dar las gracias a todos los que han contribuido a patrocinar este acto...
Y todos los presentes se relamen pensando que muchos patrocinadores significa mucho dinero y que la comida será buena y abundante, porque ¿cuántas instituciones hacen falta para organizar un Congreso de Odontología?
Después vienen las alabanzas al primer conferenciante:
—Ya verán qué bien habla don Fulano de Tal.
Y público se dice: «Ya veremos si habla tan bien o no».
Acaba el presentador y entonces, ¡horror!, le pasa el micrófono a otro, diciendo:
—Ahora va a dirigirnos unas palabras el Alcalde de No-sé-dónde, don Mengano de Cual.
Hablan uno y otro, y un primo del otro.
Cuando por fin le ceden la palabra al conferenciante de verdad, el público deja escapar un suspiro de alivio.
¡Ah! Ya sólo falta una hora.
Un museo autonómico
(Reportaje periodístico de esos que ya no se hacen porque no los lee nadie)
Se ha creado (aunque por ahora sólo sea un proyecto sobre papel) el Museo de la Miscelánea Aragonesa (y a ver dónde se pone, que ésa es otra). Se trata de una idea que ha tenido algún lumbrera del gobierno autonómico que no sabe en qué gastarse los cuartos de los contribuyentes, pero que aun así parece más interesante que esos museos antropológicos de toda la vida, llenos de trozos rotos de ollas de barro que datan del Neolítico o por ahí.
Será un espacio lúdico-rememorativo (ahora se dice así en la jerga museil) que albergará objetos curiosos relacionados con hijos famosos de Aragón. (Porque son aquellos objetos que los museos normales se niegan a exhibir, bien por ridículos o por pringosos).
No se sabe aún dónde se ubicará —varias localidades aragonesas se pelean porque no les toque a ellas—, pero sí se conocen los objetos-estrella que podrán ver todos aquellos visitantes interesados en adquirir algo de cultura y que paguen 18 euros para que les dejen ver su propio patrimonio.
Mencionaremos aquí algunas de las curiosidades que podrán admirarse con la boca abierta cuando estén expuestas y de las que, por ser parte de la historia de Aragón, más vale que todos los aragoneses estén orgullosos. Tales objetos son:
—Un ejemplar (muy usado) del famoso libro de Thomas de Quincey El asesinato considerado como una de las Bellas Artes, que perteneció en su día a Mariano Gavín Suñén, el «Cucaracha», famoso y sanguinario bandido de la comarca de los Monegros, que sabía combinar instinto, codicia y erudición.
—Una desmesurada colección de fotos cursis y tópicas, realizada por el Premio Nobel don Santiago Ramón y Cajal, que tenía esa afición. Suelen mostrar flores y niños de pecho (por lo que resulta de mal gusto decir lo repugnantes que son).
—Una colección de boinas del gran actor Paco Martínez Soria. Están numeradas y etiquetadas, con lo que puede saberse en qué comedia o película se usó tal o cual boina específica.
—Una bigotera y una navaja de afeita mellada, perteneciente a José de Palafox y con la cual el famoso general por poco se desuella.
—Una caricatura obscena de Calvino dibujada por Miguel Servet, donde el ginebrino hace cosas sumamente feas que nos resistimos a describir, por respeto a nuestros lectores. Apuntaremos que si Calvino la vio, no nos extraña que mandase quemar a Servet en la hoguera.
—Un par de calcetines de San José de Calasanz, santo y pedagogo (en ese orden). El objeto tiene el valor añadido de su rareza, pues es sabido que el fundador de las Escuelas Pías iba siempre descalzo.
—Una colección de gomas de borrar, provenientes de todos los países del mundo, que la filóloga María Moliner donó en su día, porque ninguna borraba bien.
—Diez mil cartas de aquel gran político, jurista, economista, historiador y más cosas que fue Joaquín Costa, incluidas varias en las que le pedía dinero a un amigo suyo.
—Un paraguas de color pardo que el rey don Jaime I el Conquistador usó con frecuencia hasta que se le abrió por la tela.
—Un tubo de óleo color siena tostada que la cupletista Raquel Meller se llevó de recuerdo del estudio de Sorolla, sin que éste se diera cuenta, una vez que le estuvo haciendo un retrato.
—Un trozo de piedra que el novelista Ramón J. Sender arrancó de la estatua de El ángel caído, del madrileño parque de El Retiro, durante los tres meses que durmió allí al raso por no poder volver a la pensión donde solía vivir, ya que la patrona ya no le fiaba.
—Un libro en griego de chistes verdes, escrito por Aristóteles, que el filósofo Avempace comenzó a traducir al árabe, pero que no acabó porque los chascarrillos no le hacían demasiada gracia y porque pensó que el libro no se vendería ni a la de tres.
—Una carta manuscrita del rey Boabdil de Granada a su madre que Pedro Laín Entralgo, Presidente de la Real Academia Española de la Lengua, distrajo cuidadosamente de los fondos a su cargo y se llevó a su casa como recuerdo. En la carta, el Rey Chico se quejaba de lo mucho que le incordiaban sus varias esposas.
—Diversos objetos de atrezzo teatral, donados por el tenor Miguel Fleta, que los cogió en la guardarropía de la Scala de Milán. Entre ellos se cuenta un pollo disecado, una colección de billetes de lotería, un jarrón de Sèvres de imitación, seis bastones, un sombrero con escarapela de capitán general y un cencerro.
—Un ancla de seis metros de alto por tres y medio de ancho que el marino y militar Roger de Lauria, heroico defensor de las posesiones aragonesas en Sicilia, tomó del último barco a su mando e hizo llevar a su casa, para venderla luego al peso.
No nos cabe duda de que el museo estará dotado de medidas de seguridad de alta tecnología y última generación para impedir que nadie intente sustraer objetos tan codiciables.
Mi primera vivienda
Cuento destinado a demostrar que el dinero no da la felicidad, pero casi
No voy a entrar en detalles de cómo vendí mi alma al diablo, porque lo dejo para otro día. Sólo les contaré que no la troqué por ninguna Margarita.
Me he hecho multimillonario y he construido la casa de mis sueños. Lujo... un ambiente agradable... buenos materiales... placer a la vista... a los sentidos... relajamiento...
¿Qué contarte, ¡oh, lector!, del lujo con el que he hecho construir mi palacete? ¡Qué fastuosidad, qué relumbrón y qué bambolla! Riquezas por doquier, un jardín versallesco, una fuente de jade, una avenida de mármol, un quiosco de malaquita (¡diantre!: ¡la intertextualidad!).
Todo en mi villa está hecho con los mejores materiales y hasta con piedras semipreciosas como el... como la... bueno, yo no distingo las semipreciosas de las otras, pero ustedes me entienden.
Y todo el lujo, desde el principio. Los arquitectos han dibujado sus planos en papel couché. Los cimientos se han hecho mezclando el mejor cemento con esencias aromáticas. Las vigas son de una aleación de acero, bauxita y un tres por ciento de platino. La madera del parquet es ébano puro y cedro del Líbano. Las tuberías son de oro macizo. Todo se ha traído del país donde se halla la mejor calidad. Hasta el blanco de España es importado.
Durante varios meses los diversos albañiles bornearon, retranquearon, cantearon, enripiaron, entomizaron, retundieron, zaboyaron, enrasaron, encacharon, encorozaron, trasdosearon, socalzaron, rafearon, descimbraron, repellaron, enfoscaron, fratasaron, empañetaron, jarraron, entunicaron, anidiaron y trullaron el edificio incansablemente.
(¿Cómo? ¿Que no han entendido nada? Pues todos estos verbos existen en el mundo de la construcción, amigos míos. ¡Ay, esa cultura general...!)
Al final, el edificio no carece de nada. Tiene más naves que la Armada Invencible, más columnas que el ejército de Julio César, más arcos que Robin Hood y sus amigos, y más frontones que el País Vasco.
No sólo eso, sino que he hecho colocar un arco de triunfo en la entrada y un obelisco el medio del pasillo, para no privarme de nada.
En cuanto a la decoración, he llenado mi mansión de objetos de arte, con los que empiezo a coleccionar una colección. Entre mis tesoros se cuentan una pintura de Tennyson, el manuscrito de una carta de Atila, varios compases manuscritos de la Sinfonía en re menor de Rembrandt, una de las últimas esculturas salidas del cincel de La Fontaine y un desatrancador de lavabos con el mango pintado por Benvenutto Cellini.
Todo esto me ha costado un fortunón, pero su posesión hace estremecerse de placer a mis sentidos.
Así que no diré que en mi casa se vive con un lujo oriental, porque he visto algunas tiendas de beduinos en el desierto de Gobi que parecían bastante cochambrosas.
Lo malo es que, para estar acorde con la casa, tengo que vestirme con prendas que me pesan mucho. La camiseta de brocado me hace sudar especialmente y, además, me pica y me tengo que estar rascando continuadamente.
Ese es el único consuelo que les va a quedar a todos aquellos que me envidian.
El culto al Yo
Pinceladas ilustrativas de filosofía facilita para gente con poco tiempo que perder en tonterías
El culto al Yo, como ya imaginarán ustedes, no es invención reciente. El «yo» ha preocupado siempre a los filósofos y, para que no se me excluya a mí de este andrajoso aunque privilegiado grupo, les confesaré que algunas noches también la cuestión del «yo» me ha dejado a mí sin dormir.
Y como el hombre no se contenta con nada y yo, además de filósofo, quiero presumir también de erudito, me veo en la precisión de dar aquí algunos detalles completamente fuera de cacho del «yo» como tal. ¡La fama hay que ganársela a pulso!
Pues el «yo» ha sufrido bastantes meneos a lo largo de la historia y ha sido traído y llevado de aquí para allá innumerables veces. Los escolásticos y los cartesianos sostenían que era una sustancia espiritual, que pasaba de la potencia al acto en categorías de ser contingentes y necesarias. No consideramos prudente llevarles la contraria.
Hume decía que era una serie de actos, pero no decía cuáles, con lo cual no se comprometía mucho, el hombre.
Kant le llamaba «yo trascendental» y decía que era una condición necesaria, no sabemos para qué.
Fichte, para liarlo aún más, dijo que era un absoluto incondicionado que se afirma a sí mismo.
Schopenhauer lo igualaba a la voluntad, aunque a veces lo conjugaba mal.
Husserl, a la cabeza de los fenomenólogos, dejó bien claro que era un sujeto trascendental y que estaba dispuesto a pegarse con quien dijere lo contrario.
Los filósofos orientales lo definieron de una forma más sencilla, negando su sustancialidad por completo y quedándose más anchos que largos, al evitar así todas las disputas filosóficas, que se asemejan a un carrusel en que no llevan a ninguna parte.
Los filósofos pijos de hoy en día lo denominan «superyó».
*
¿Qué hemos aprendido hoy, queridos niños?
Que no debemos nunca enfrentarnos con problemas superiores a nuestras fuerzas.
