II epístola de San Pablo a los sibaritas
Queridos hermanos:
Bendito sea Dios, Padre nuestro. Os deseo la paz en el Señor a todos aquellos que os mostráis firmes en la fe y os reitero mis bendiciones.
Ha poco y tras innumerables peripecias, llegué a las costas nororientales de Hispania a predicar la Palabra y encontré a gentes muy dispuestas a escuchar y a aprender.
Ellos, a su vez, también me enseñaron mucho y me instruyeron en la correcta elaboración del ajoaceite que, ahora a mi vez, os transmito, para beneficio de todos los hermanos.
Porque hais de saber, amados, que hay réprobos e incrédulos que no conciben que el ajo y el aceite se unan en el amor. Son desconfiados por naturaleza y para conseguir la exquisita mezcla, no dudan en infringir los preceptos más sabios y usar huevo. Y el huevo no es un ingrediente aceptado por los textos, hermanos: es fruto de la soberbia humana, que quiere saber más que su Creador.
El ajoaceite verdadero, con el que acompañan carnes asadas, fideuá o incluso caracoles, sólo lleva ajo, aceite y sal.
Pretender usar huevo, como hacen los gentiles, está contra toda norma y toda ley. Desconfiad de los que obran así.
Que la gracia de Nuestro Señor esté con vosotros. Recordadme en vuestras oraciones.