HUMORADAS
de
Enrique Gallud Jardiel
de
Enrique Gallud Jardiel
LA LITERATURA PARA EL PLACER. EL ATAQUE A LOS MAJADEROS. LA SÁTIRA DEL MUNDO.
Fausto
Año de 1541, que fue bisiesto, para sorpresa de muchos. Un cuartucho de la pensión «El Ganso Dorado», en Leipzig, donde el demonio tiene alquilada siempre una habitación para cuando se le acumula el trabajo y tiene que hacer noche en la Tierra. Mefistófeles está tumbado en el catre tan ricamente, leyendo un libro de chistes de humor negro, cuando se abre repentinamente la puerta y aparece el doctor Fausto. Viene muy enfadado.
Mefistófeles.—(Incorporándose, desagradablemente sorprendido.) ¡Eh! ¿Quién eres tú? ¿Cómo has entrado? Advertí a la patrona de la pensión que no quería que nadie me molestara.
Fausto.—Le dije que éramos primos por parte de madre.
Mefistófeles.—No puedo decir que me alegro de verte, porque no recuerdo quién eres. Eso, últimamente, me pasa mucho. Estoy empezando a preocuparme. Tendré que consultar a un especialista.
Fausto.—¿Me has olvidado? Hace veintitrés años y diecisiete meses hicimos algunos negocios juntos en Ingolstadt.
Mefistófeles.—¿De veras?
Fausto.—Firmamos una hipoteca.
Mefistófeles.—¿Hipoteca? Te equivocas: yo no hago esas cosas
Fausto.—Sí. Te vendí mi alma. ¿No recuerdas?
Mefistófeles.—¡Ah, vamos! Tú estás hablando de un pacto. Eso sí, claro. Tu lenguaje bancario me había confundido. Es cierto: firmamos un contrato. Con sangre. Por cierto, que resultaste bastante tacaño, pues lo hiciste con una sola gota. Y, a propósito: ¿qué tal te ha ido en este tiempo?
Fausto.—Pues muy mal: de ahí que venga a reclamar.
Mefistófeles.—Bueno, vamos por partes. Primero siéntate y quítate el abrigo. Si no, te vas a asar. (Se ríe.) Lo has cogido, ¿no?
Fausto.—¿El qué?
Mefistófeles.—El doble sentido. El juego de palabras. La broma. Aunque no estamos entre los fuegos del infierno, sigo siendo Satanás; y si te digo que estando conmigo te vas a asar, pues eso tiene que hacerte gracia.
Fausto.—Pues no me hace ninguna, la verdad. Eres malo hasta para contar chistes.
Mefistófeles.—A ver: explícame el motivo de tu queja. Que no se diga que mi empresa no trata bien a sus clientes. ¿Cómo dijiste que te llamabas?
Fausto.—Fausto. Te vendí mi alma a cambio del amor de Margarita, del poder, la fama y demás. Fue una mala decisión. Estoy arrepentido y quiero deshacer el trato.
Mefistófeles.—Si lo que me está pidiendo es que considere una devolución fuera del periodo de garantía, me tendrás primero que detallar cómo te ha ido durante estos años en que has gozado de mi ayuda.
Fausto.—¿Es que no lo sabes? ¿No haces un seguimiento de tus... clientes, por llamarles de alguna forma?
Mefistófeles.—Sería muy tedioso, créeme. La mayor parte de las vidas de vosotros, los mortales, son más aburridas que un telefilm de sobremesa.
Fausto.—La de mis desdichas puede ser una narración muy larga.
Mefistófeles.—No me importa. Mañana no tengo que madrugar. Empieza.
Fausto.—Recordarás que te, aparte del amor y del dominio de las artes mágicas, pedí ser conocido por todo el mundo, que mi nombre cruzara fronteras.
Mefistófeles.—Me acuerdo, en efecto.
Fausto.—Pues bien: estando en Venecia intenté volar.
Mefistófeles.—Un deseo muy humano. Prosigue.
Fausto.—Confiado en tu palabra de que conseguiría lo que quisiera, salté desde el tejado del Palacio Ducal, tras anunciarlo a los cuatro vientos. Caí a plomo y ¡menos mal que lo hice, por fortuna, sobre un carro de heno! Aun así me rompí las dos piernas, la muñeca y varias costillas. Acabé siendo el hazmerreír de toda la ciudad. En cuando pude caminar, hube de marcharme de allí, porque las burlas me resultaban insoportables.
Mefistófeles.—¿Y bien?
Fausto.—(Indignado.) ¡No volé!
Mefistófeles.—(Tranquilamente.) Tú no me pediste que te hiciera volar, solo que te conociera todo el mundo. Y todo el mundo te conoció, ¿no es así? Te llamaban «el alemán que es más obtuso que los otros alemanes». ¿De qué te quejas?
Fausto.—Sabes muy bien lo que quiero decir. Te ceñiste a la letra del contrato, no a su espíritu. Hiciste trampa.
Mefistófeles.—¿Y bien, repito?
Fausto.—Pude haberme matado. Tu conducta fue diabólica.
Mefistófeles.—¡Hombre, claro!
Fausto.—En cuanto al dominio de la nigromancia, no me fue mejor.
Mefistófeles.—Te doté de la capacidad mágica de transmutar metales y otros trucos similares. De eso no te podrás quejar.
Fausto.—Troqué un trozo de hierro en oro ante el sultán de Constantinopla
Mefistófeles.—¡Qué bien!
Fausto.—Y me dieron una paliza, por brujo.
Mefistófeles.—Es que la gente no entiende.
Fausto.—Cuando repetí el prodigio en el Vaticano, me querían quemar. Tuve que salir de allí pitando.
Mefistófeles.—¡A quién se le ocurre!
Fausto.—En Wittenberg, para darme pisto ante mis estudiantes, conjuré a la figura de la hermosa Helena de Troya y me casé con ella.
Mefistófeles.—¿Pero no estabas enamorado de Margarita?
Fausto.—¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra? Me casé con ella, sí; pero como era básicamente un espectro, era muy mala en la cama. Quedó encinta y tuvimos un hijo, Euforión, que solo me dio problemas, porque era... ¿cómo se dice ahora? ¡Ah, sí! Era especial. El muy imbécil intentó volar y...
Mefistófeles.—(Interrumpiéndole.) Perdona: ¿qué has dicho?
Fausto.—Que el muy cretino intentó volar, como Ícaro, y se mató.
Mefistófeles.—¡Ya!
Fausto.—¡Me llevé un disgusto...! Luego, Helena también me abandonó. En resumidas cuentas: que no he sido feliz. Y todo esto sin contar lo de Margarita.
Mefistófeles.—¿Qué pasó con Margarita?
Fausto.—¡Era tonta de nacimiento!
Mefistófeles.—Las guapas suelen serlo.
Fausto.—De lejos prometía mucho, pero de cerca era insoportable. ¿Te lo imaginas?
Mefistófeles.—¡Qué me vas a decir! Eso pasa con muchas cosas. Pero prosigue tu relato, pero, por favor, sé breve, porque me está entrando el sueño.
Fausto.—Una noche, Margarita dio una poción a su madre, para adormilarla mientras nosotros, en la habitación adyacente, gozábamos de un poco de intimidad.
Mefistófeles.—¡Qué eufemismo tan elegante para disimular que estabais haciendo porquerías!
Fausto.—A la muy palurda se le debió de la ir la mano o no supo contar las gotas o algo así; el caso es que la madre murió esa noche por su culpa y, cuando a la mañana siguiente nos descubrieron a todos, a ella muerta y a nosotros en el cuarto de al lado en paños muy menores o, más bien, sin paño alguno, se armó allí una de todos los diablos.
Mefistófeles.—¡No hace falta ofender! Tienes menos modales que un burro. Abreva. Digo, abrevia. Ve acabando tu relato.
Fausto.—Margarita quedó encinta. Su hermano, indignado, me desafió a un duelo y tuve que matar a ese pobre diablo.
Mefistófeles.—¿Otra vez? ¡Serás grosero!
Fausto.—A Margarita le importaba la opinión ajena más que ninguna otra cosa, así es que ahogó en un río a nuestro hijo ilegítimo.
Mefistófeles.—¿Así, sin más?
Fausto.—Como te lo cuento. Ahí fue cuando yo empecé a padecer del corazón.
Mefistófeles.—¿Cómo acabó la cosa?
Fausto.—Margarita fue a la cárcel, se volvió loca y fue ajusticiada. Como ves, la vida romántica que compré tan cara con mi alma no ha sido para tirar cohetes.
Mefistófeles.—Me hago cargo.
Fausto.—Así es que quiero mi alma de vuelta y una compensación.
Mefistófeles.—Ahora que me has pormenorizado el resultado de nuestra relación comercial, creo que he sido yo quien ha salido perdiendo.
Fausto.—(Sorprendido.) ¿Quéeeeee?
Mefistófeles.—Yo te di el amor de Margarita en muy buenas condiciones, como te había prometido. A cambio, tú me entregaste un alma cochambrosa, llena de defectos y de vicios: no me servía para nada. Bueno, la culpa es mía, por tratar con humanos.
Fausto.—¿Mi alma no te gustó?
Mefistófeles.—¿Tú te la habías hecho mirar antes de entregármela? Era un alma que estaba en un estado lamentable, como te digo. No tenía nada que se pudiera aprovechar. En cambio, Margarita...
Fausto.—¿Qué?
Mefistófeles.—Margarita era material de primera. Era joven, cándida, bella, bien formada, limpia y poco habladora. ¿Qué más se le puede pedir a una mujer? Antes de todo el dramón que me has contado, ¿no te hizo feliz?
Fausto.—¿Estás de broma? ¿Me lo preguntas en serio?
Mefistófeles.—Totalmente.
Fausto.— Durante el tiempo en que estuvimos juntos, Margarita acabó con mi paz, mi sistema nervioso y mi cuenta bancaria. Me destrozó la vida.
Mefistófeles.—Bueno, ¿era lo que querías, no es así?
Fausto.—¿Cómo iba yo a imaginar que el amor de una mujer pudiera ser tan destructivo?
Mefistófeles.—¿No lo sabías? Pero, ¿tú no eras doctor, no dominabas la medicina, la astrología, la alquimia y hasta el macramé?
Fausto.—Dominaba todo eso, sí.
Mefistófeles.—¿No eras un verdadero intelectual, un sabio?
Fausto.—Lo era.
Mefistófeles.—¿Y qué os enseñan en la escuela a los sabios como tú?
Fausto.—¿Cómo?
Mefistófeles.—Yo me limité a darte lo que anhelabas tener: el amor de Margarita. Si me pediste algo que no te convenía, no es culpa mía. Supongo que leíste la letra pequeña de nuestro contrato y la del impreso del Ministerio de Tentaciones.
Fausto.—La verdad es que, si recuerdas, firmé sin mirar todos los papeles que me pusiste por delante.
Mefistófeles.—Eso se llama coloquialmente «pensar con un órgano distinto del cerebro». ¿Por qué lo hiciste así?
Fausto.—No sé. La burocracia siempre me ha parecido algo tremendamente diabólico. Pero, como fuere. Vengo decidido a que deshagamos el trato y a que me devuelvas mi alma, como te he dicho.
Mefistófeles.— Olvídate. Eso no puede ser.
Fausto.—(Sentándose.) Como dice el refrán: «No sueltes al diablo cuando le cojas por el rabo».
Mefistófeles.—Eso es una grosería.
Fausto.—No me moveré de aquí hasta que lo consiga. Si te vas a cualquier sitio, te seguiré y me pegaré a ti como una lapa. Te advierto que puedo ponerme muy pesado: no olvides que soy alemán.
Mefistófeles.—(Aparte.) Aun siendo el diablo como soy, reconozco que este individuo ha conseguido asustarme.
Fausto.—Y si eso no basta, te mandaré a mis abogados.
Mefistófeles.—(Aparte.) Eso sí que no. La paz de espíritu vale más que la productividad laboral. (Alto.) Me has convencido. Te devolveré tu alma.
Fausto.—(Satisfecho.) ¡Bien!
Mefistófeles.—Y te procuraré la fama en el futuro. Cuando mueras, serás un personaje recordado, como don Juan, Prometeo o el Judío Errante.
Fausto.—¡No me mezcles con esa gentuza!
Mefistófeles.—Encargaré a Christopher Marlowe, que es muy buen amigo mío, que escriba un drama sobre tu vida y tus vicisitudes.
Fausto.—¡Haber sufrido yo para que otro cobre los derechos!
Mefistófeles.—Eso sienta muy mal, en efecto. Yo lo sé de buena tinta, porque he salido en muchas novelas y hasta en la Biblia.
Fausto.—Es verdad.
Mefistófeles.—En cuanto a ti, dentro de unos siglos, un autor de esos de gran prestigio y muy reverenciados a lo que no lee nadie, un tal Goethe, te inmortalizará en una obra que tardará sesenta años en acabar, porque el tal escritor será alemán y le gustará hacer las cosas con mucha concentración y parsimonia.
Fausto.—Me parece bien. (Cordialmente.) Pero, ¿y tú? ¿Podrás justificar la rescisión del contrato?
Mefistófeles.—Ya se me ocurrirá algo. A fin de cuentas, soy un diablo de mundo y con mucha experiencia. Puedo decir que contigo hice una excepción y que fuiste perdonado por el amor de Dios, que intervino personalmente y se interesó por tu caso.
Fausto.—¿Eso colará?
Mefistófeles.—Más me vale. De otro modo, esta mala fama estropeará mis futuros pactos con otros incautos y perderé todo mi prestigio.
Fausto.—Pues espero que, por mi culpa, no tengas problemas. Te deseo lo mejor.
Mefistófeles.—Muchas gracias. Eres muy amable.
Fausto.—(Aparte.) Hay que tener amigos hasta en el infierno.
LA REINA ISABEL PROMETE MUCHO A COLÓN, PERO NO SE QUITA LA CAMISA
Acto único
(Antecámara real. Tronos, colgaduras y un frío que pela. Colón, solo, espera a que salga alguien. Aparece Isabel (la reina, ya saben), seguida de varias damas que vienen detrás de ella, porque si vinieran delante no la seguirían, sino que la precederían. Explico esto para que no haya confusiones, porque los historiadores hemos de ser muy precisos. Las damas son más feas que la reina (y eso que era difícil), pero han sido elegidas cuidadosamente para que Isabel se sienta guapa por comparación. La reina se sienta en el trono, apoyando en él lo que se suele apoyar en estos casos.)
Isabel.— ¿Es éste el impertinente
que quería descubrir
camino por donde ir
en menos tiempo al Oriente?
Dama.— Sí.
Isabel.— ¿Qué quiere este demente?
Dama.— Audiencia ha solicitado.
Isabel.— A mí nunca me ha gustado,
pues de importunar no cesa
para realizar su empresa
este marino chalado.
(Se dirige a él, que tiene hincada la rodilla y la cabeza baja, como aparece en ciertas pinturas de la época. Se nos ha olvidado decir que Colón gasta flequillo y tiene cara de puerta.)
¿Qué sería preciso, ¡oh, buen Colón!,
para hacer un viaje tan osado?
Colón.— Precisaría oro, un abogado,
un cura, barcos y tripulación.
Isabel.— Una cosa has de decir
tú, que todo el mundo abarcas
con tu proyecto: monarcas
¿no hay otros a quien pedir?
Si has nacido en tierra extraña
y aquí no sueles morar,
¿cómo has podido pensar
que te ha de ayudar España?
Colón.— Yo te diré la razón:
porque llevo muchos años
sufriendo a reyes tacaños
en una y otra nación.
De tu generosidad
la fama —por la que espero
ayuda— ya el mundo entero
la sabe.
Isabel.— Ésa es gran verdad.
(Colón perora durante una hora, explicando su proyecto. La reina aprovecha para echar un sueñecito mientras tanto. Colón se bebe una docena de vasos de agua y, por fin, acaba.)
Colón.— Con la hispana carabela
debo esa ruta encontrar
porque errado no ha de estar
el mapa que, a la acuarela,
pintado está en esta tela.
Que está equivocado veo
el mundo antiguo, pues creo
que no es sabio, ¡no, señor!,
aquel que tiene el valor
de llamarse Ptolomeo[1].
Isabel.— Como esta gran estulticia
juro que jamás oí nada
desde el reino de Granada
hasta el reino de Galicia.
Pero la mentecatez
es mal que aqueja en España,
con gran fiereza y gran saña,
a todos, alguna vez.
(La reina se levanta del trono mediante el procedimiento tradicional de ponerse de pie, dispuesta a dar por finalizada la aburrida audiencia, pues tiene que irse a peinarse el moño y se le está haciendo tarde.)
(A Colón.) Mas tu intento fracasó
que, aunque lo autorice el rey
—por ser también de esa grey—,
no he de tolerarlo yo.
Fernando ¿aprobolo?
Colón.—(Confundiéndose y armándose un lío.)
No.
Digo, sí, no; (ya no sé
ni lo que digo), porque
primero dijo que sí
y luego entender creí
que dijo que... no sé qué,
pues parecía otorgarme
lo que quería obtener,
afirmando conceder
lo que al fin vino a negarme.
Isabel.—(Muy picada con su esposo. Nos enteramos aquí de que, al parecer, su matrimonio no era el Paraíso terrenal, después de todo.)
¿Y lo ha decidido él
mi consejo desdeñando?
¿Cómo se atreve Fernando
a prescindir de Isabel?
¡Mas yo le enseñaré pronto
quién es la que lleva el manto
y que, si monta el rey tanto,
monta tanto cuanto monto!
Colón habrá de hacer eso
con dinero de mis arcas;
no digan que los monarcas
no se ocupan del progreso.
¿El rey teme la aventura?
¿No ayudar ha pretendido
a un hombre tan decidido
para empresa tan segura?
¿Por qué, en cambio, no procura
fomentar algo la ciencia?
Es, en realidad, demencia
temer a los mares fríos.
¡Qué se le den tres navíos
y que parta con mi anuencia!
(Colón le besa una manga del traje, muy agradecido por los cuartos que va a recibir. Era genovés, no cabe duda, pues ya se sabe que a los genoveses el dinero les gusta más que los espaguetis a la carbonara. La reina, entonces, pronuncia una de esas frases que ha inmortalizado la Historia.)
¡Ve, Colón, y date prisa!
No me tardes muchos meses
porque, hasta que no regreses,
no me quito la camisa[2].
TELÓN
[1] Aquí se hace referencia a Ptolomeo, que monopolizó los libros de texto de Geografía durante un montón de siglos. Se convirtió en una autoridad en el tema, aprovechándose del hecho de que hablaba de lugares a los que no había ido nunca nadie y no se tenía ni la más remota idea de cómo eran.
[2] Efectivamente: según las crónicas no se quitó la camisa en mucho tiempo. Llegó a despedir tal olor que los buitres la seguían, cuando salía a pasear por los jardines del palacio, pensando que estaba muerta. Su camisa se conserva en los Alcázares Reales de Toledo junto a otros recuerdos reales, como la dentadura de su suegro, el rey Juan II de Aragón.