Haciendo como hizo Homero,
biografiaremos a Ulises,
que fue un héroe legendario
—más heleno que Anaxímenes
y más barbudo que Zeus—,
que aparece en muchos chistes
y que obtuvo enorme fama
inventando el imperdible
cuando se rasgó la túnica
al escaparse de un lince
hambriento que pretendía
mascárselo como un chicle
(por cierto que, al escapar,
tropezó y se hizo un esguince).
Su historia se ha visto más
que Piratas del Caribe
y tiene escenas eróticas
con la Calipso y la Circe.
Empecemos el relato
por el principio. Se dice
que Helena de Troya odiaba
de Menelao la calvicie,
por lo que se dio a la fuga
con Paris, galán de cine
peludo, príncipe en Troya.
Menelao sufrió un berrinche
al ver que le habían dejado
con más cuernos que un antílope
y fue en su persecución
con la paciencia en el límite.
Los griegos cercaron Troya
con su muro inaccesible
(que era más sólido y fuerte
que un monasterio del Císter)
e hicieron toda una década
un ridículo terrible,
torturando a prisioneros
y jugando al escondite,
hasta que, por fin, un día
nuestro «prota», el listo Ulises,
se inventó lo del caballo,
con lo que toda la estirpe
troyana quedó hecha migas
y hecho polvo todo quisque.
Acabada ya la guerra,
la tropa estaba muy triste,
porque no pagaron sueldos
y no tenían ni un penique,
razón por la que mostraban
tremendas ganas de irse,
pues tenían sus ropas rotas
y olían fuertemente a buitre.
Ulises subió a su barco
y convocó a sus compinches
marineros, que eran doce
(y, contando a Ulises, quince),
y les dijo: «¡Compañeros:
dejémonos de palique
y larguémonos de aquí
que no es buena la molicie!»
Partieron con rumbo a Ítaca
(que era su tierra de origen),
pero el Destino les hizo
dar más vueltas que un derviche,
yendo de acá para allá,
de Constantinopla a Chipre,
de Creta a Torremolinos
y de Cuenca a Tenerife[1].
Vagaron por esos mares,
chocando en los arrecifes,
en un viaje más movido
que una «peli» hecha sin trípode.
¿Y por qué, dirán ustedes?
Déjenme que se lo explique:
es que en la guerra de Troya
los dioses inmarcesibles
tomaron partido. Algunos,
cabreados con Ulises,
deciden vengarse de él
y hacer que, al final, la diñe.
Le lanzan vientos contrarios
que le mandan hasta el Níger
y le impiden el regreso
moviéndole como a un títere.
Pronto Ulises tiene un
contencioso con un cíclope
con quien no consigue hablar,
pues no entiende lo que dice
y nuestro héroe no tiene
ningún soldado bilingüe.
El tal cíclope quería
comerse a todos con chile,
pero como Ulises era
más chuleta que Felipe[2],
se carga al engendro aquel
consiguiendo que le pinchen
sus marinos en un ojo
con un árbol. Luego sigue
en su viaje de vuelta
y tropieza de narices
con unas sirenas pérfidas
que berrean como tiples
de zarzuela y con sus cantos
enloquecen a los pibes.
Ulises pasa de largo
sin que le importe un ardite
qué cantan las pezihembras
ni si están gordas o sílfides.
Corre muchas aventuras:
llega hasta Scila y Caribdis,
pierde óbolos al julepe,
se extravía, coge la gripe,
(que casi se le complica
con una pulmonía triple),
se mete en diversos líos
con poblados aborígenes
y así se pasa diez años,
seis meses y cuatro abriles,
hasta que el pelo le encana
y tiene que darse un tinte.
Por fin, llega de regreso
a su casa. Toca el timbre
varias veces, mas no suena
(pues se ha fundido un fusible).
Marcha a la parte de atrás,
pega el oído al tabique
(imitando de este modo
a los grandes detectives)
y así escuchando se entera
de una situación horrible:
una panda de mangantes,
tunantes y mercachifles
—creyéndole muerto— quieren
comerse sus comestibles
más suculentos en un
inacabable convite,
apropiarse de su reino
y obligar a que claudique
Penélope y se despose
con una de a quellas chinches.
A Ulises le da un soponcio
o (más elegante) un síncope;
mas se declara dispuesto
a evitar tamaño crimen.
Y como en aquella época
las sutilezas no existen,
coge al toro por los cuernos
y sale de su escondite,
atacando a los intrusos
con saña de bolchevique.
A varios se carga dándoles
cien patadas en las ingles;
a varios, de aburrimiento,
contándoles muchos chismes
guerreros y batallitas;
encierra a algunos y sólo
les da de comer alpiste
hasta que mueren de hambre;
hace que otros se suiciden
apuntándose a una secta
de ésas que hay en que te dicen
que si te matas en masa
cualquier día que haya eclipse
irás a un mundo mejor;
a otros los echa a los tigres
y a los que quedan obliga
a que lean entero a Dickens,
lo que provoca su muerte
por carencia de hematíes.
Tal fue el final que tuvieron
los malos. ¡Que se fastidien!
Tras de todo este trajín
que el gran Homero describe,
tras de tantas peripecias
y aventuras de esta índole,
Ulis recobra su trono
más contento que un pontífice,
se puede por fin sentar y
cambiarse de calcetines.
