Hamlet y el sepulturero

 

          Como prueba palpable de la censura isabelina incluimos aquí una escena de Hamlet, que tuvo que ser eliminada, por no obtener la licencia real para su representación. La razón es que se habla en ella de cierta innovación quirúrgica que los barberos de Inglaterra aprendieron a hacer para contentar a los que estaban descontentos con el cuerpo del que la Divina Providencia les había hecho depositarios. La práctica continuó, pero su mención en una comedia no se permitió hasta siglos después.

          La escena es, literariamente, de muy poca calidad y la razón es clara: es fruto de la pluma del propio Shakespeare, a diferencia del resto de la obra, que el bardo de Avon le robó descaradamente a Christopher Marlowe, su pringado amigo y compañero de letras.

 

(Un cementerio en Dinamarca. Es de noche, porque en literatura nunca se presentan los cementerios de día. Un sepulturero cochambroso que, obviamente, hace horas extraordinarias, cava una fosa. Salen el príncipe Hamlet y su fiel amigo Horacio. Horacio no habla durante la escena porque se está comiendo una caja de polvorones.)

 

Sepulturero.—(Cantando.)

«Se ha hecho de noche y yo estoy

aquí, dale que te dale

al pico. ¡Maldita sea

el que se murió y su padre!»

Hamlet.—Mira, Horacio: ya las gallinas de Elsinor se han recogido, llegada la noche es y ese rufián hideputa canta alegremente mientras en la huesa se pudren las calaveras de nuestros ancestros. ¡Breve es el tiempo en que los vivos nos recuerdan cuando morimos! (Dirigiéndose al sepulturero.) ¡Oh, amigo!, ¿para quién cavas esa fosa?

Sepulturero.—¿Y yo qué sé? Yo no soy más que un mísero ignorante, noble señor.

Hamlet.—¿No eres el sepulturero, por ventura?

Sepulturero.—Lo soy, aunque os juro que no es ventura alguna tener este trabajo. Y por eso mismo soy sepulturero: porque soy ignorante. Si hubiese sabido leer y escribir habría sido funcionario de la Corona y no habría dado golpe. (Vuelve a cavar y a cantar.)

Hamlet.—(A Horacio.) ¡Fíjate, Horacio, cómo divaga el bellaco! ¡Qué taimado es! Le hablaré sencillamente, porque si no, es capaz de confundirnos con equívocos. (Dirigiéndose de nuevo al sepulturero.) Pero sabrás quién es el muerto...

Sepulturero.—Uno que ya no vive.

Hamlet.—¿Era hombre o mujer?

Sepulturero.—¿Quién podría decirlo, con los tiempos que corren? Tenía lo que hay que tener si eres hombre y también lo que hay que tener si eres mujer.

Hamlet.—¡Qué maravillas acaecen en Dinamarca! Y eso ¿cómo puede ser?

Sepulturero.—Es muy fácil, señor; sin duda se puso en manos de algún curandero de ésos que tanto abundan en el reino. Alguno de esos remiendavirgos que hoy en día te coserán lo que pidas en tu camisa de carne. Mientras el rey Claudio, nuestro señor, siga dejando las plazas llenas de cadáveres de ahorcados, nunca faltarán las materias primas para esos zurcidos.

Hamlet.—(A Horacio, que no le hace caso porque sigue comiendo polvorones a dos carrillos.) En verdad, Horacio, que corren tiempos raros. (Al Sepulturero otra vez.) ¿Y quién querría cambiar el ser del que la naturaleza le dotó?

Sepulturero.—Hay muchos, señor, no os extrañe. Hay quien no está contento con su nombre, por llamarse cosa ridícula, y lo cambia; hay quien aborrece a su mujer, son los más, y a fe mía que hacen bien, ¡mala peste se lleve a todas!; y hay quien no gusta de su cuerpo y paga al remendón para que le quite de acá o le ponga acullá.

Hamlet.—¡A fe mía que es práctica malsana!

Sepulturero.—No sé, en verdad, por qué. Cada cual busca la felicidad como buenamente puede.

Hamlet.—¿Luego a ti te parece bien? Eres, sin duda, un bellaco.

Sepulturero.—Yo soy perito en tumbas y licenciado en cuerpos, señor. Y hasta tengo un máster en gusanos. Si todos hemos de acabar aquí fertilizando el suelo, ¿qué más da cómo vivamos y qué partes de nuestra anatomía usemos para saludables toqueteos, siempre que no hagamos mal a nadie?

Hamlet.—Esas opiniones pueden costarte caras, rufián. ¿Es que no tienes sentido moral?

Sepulturero.—¿Sentido moral? ¿En los tiempos en que vivimos, señor? ¿Con un rey que mató a su hermano y que coquetea con todos y dice que sí a todos y elude toda responsabilidad para mantenerse en el trono? ¿Con una reina consentidora que no hace otro trabajo que estrenar vestidos? ¿Con un príncipe majadero y rarito? ¿Con gobernantes tales me reprochan a mí, hombre de pocas luces, que apruebe esto o que desapruebe lo otro? Sólo soy un siervo, señor. Faltan aún tres o cuatro siglos para la Ilustración. ¿Qué puede importarle a nadie lo que yo piense?

Hamlet.—¡Qué profundo se pone el bellaco!

Sepulturero.—La filosofía es el golf de los pobres, señor. En algo tenemos que entretenernos. Yo he visto de todo y nada me asombra. La vida es lo más importante de la vida. Así es que no extrañe, poderoso señor, que no me importe que cada cual viva la suya como quiera, aunque para lograrlo tenga que entrar en el juego de cortar o pegar.

(En ese momento, Horacio se atraganta con los polvorones y ambos tienen que darle palmaditas en la espalda durante un buen rato, por lo que la conversación queda truncada y la escena se acaba.)

Los intereses creados

 

Los intereses creados,

(farsa de polichinelas

en un prólogo y dos actos)

es de don Jacinto Bena-

vente la mejor de todas:

un pedazo de comedia.

 

A una ciudad italiana

arriban dos sinvergüenzas,

Leandro y Crispín, que han huido

disfrazados y por piernas

de la justicia, y que vienen

para ver lo que se tercia,

por si les sonríe la suerte

y pueden dar un bragueta-

zo de padre y señor mío.

(¡Ay, qué falta de fineza!)

Aunque no tienen dinero

ni para comer lentejas,

pretendiendo ser dos nobles,

se instalan en una venta,

hacen amistad con un

soldado y con un poeta,

fingen ser dos ricachones,

logran que todos les crean

y preparan una estafa

digna de su picaresca.

 

La cosa es enamorar

a alguna doncella lela;

puede servir, por ejemplo

la hija de Polichinela,

un malvado asesinante

que tiene muchas pesetas.

Leandro emboba a la muchacha

y cuando el padre se entera

de que su futuro yerno

y su amigos son dos jetas

ya es tarde, pues todo el mundo

tiene empeñadas sus rentas.

Pues si Leandro se casa,

tras matrimoniar, hereda

y puede pagar a todos

sus préstamos y sus deudas.

Mas si no se casa, entonces,

ellos irán a galeras

y todos los acreedores

se quedarán a dos velas.

Así es que cogen al malo

cuada uno por su cuenta,

le hacen ver lo conveniente

y todos le recomiendan

que no sea tan tiquis miquis

y que case a la chiqueta

con Leandro y ¡Santas Pascuas!

Así acaba la comedia.

 

¿Qué aprendemos de esta joya

literaria de la escena?

Muchas cosas: que en la vida

sólo vale la solvencia;

que los hombres son ladrones

de los pies a la cabeza;

que nada cuenta lo cierto,

sino sólo la apariencia;

que hay corrupción por doquier,

los tontos están en celdas

y los listos, por la calle,

rodeados de riquezas;

que los honestos padecen

y se van a hacer puñetas

en tanto que los canallas

a costa suya prosperan;

que los tiempos no han cambiado

y que el mundo es una tienda

donde, si tienes dinero,

puedes comprar lo que quieras.

 

 

Peribéñez o el comendador de Ocaña

 

Estudiarse Peribáñez

o el Comendador de Ocaña

comedia que ha producido

más de dos y tres neuralgias—

aclara un montón de cosas

sobre la cultura patria

y nos convierte en expertos

sobre la barroca España.

Nadie hay más sabio que Lope

ni con mayor perspicacia,

que sea capaz de contar

claramente en dos patadas

cómo era la gente aquella,

cómo vivía, qué pensaba,

si comía huevos fritos

o solamente ensaladas.

 

¿Qué verdades aprendemos

de esa comedia afamada?

Nos enfrentamos a dos

opciones diferenciadas:

o bien ustedes la leen

y se enteran de qué trata

o bien se la cuento yo

y, a cambio, ustedes me pagan

en moneda o en especie,

que es la solución más práctica,

pues pasan el tiempo ustedes

en algo que les distraiga

y yo así rentabilizo

mi cultura acumulada.

 

Pues bien, Peribáñez dice

que en la España de los Austrias

todas las mujeres nobles

eran feas y con ganas.

Y así sucedía entonces,

debido a esta circunstancia,

que comendadores, nobles

y toda la aristocracia

se pasaban todo el día

persiguiendo a las villanas

y a las mujeres del pueblo

que eran hermosas y sanas.

rubicundas como Apolo,

redondas como manzanas,

suaves como las natillas,

dulces cual las mermeladas,

con sus cosas en su sitio

sabiamente colocadas.

Si podían, seducíanlas;

y, si no podían, violábanlas.

Si estaban de suerte, huían;

si no lo estaban, cobraban

a manos de los maridos,

que les daban de cornadas.

 

Otras verdades barrocas

jamás antes mencionadas:

¡Juntan nombres y apellidos

en singular mezcolanza!

Pedro Ibáñez se convierte

en Peribáñez. ¡Pues, vaya!

Implantando esta costumbre

se obtienen mil cosas raras

en materia de apellidos:

Juanínez (de Juan Martínez)

o también Albertibarra,

Joseínez, Carlilópez,

Federiplá o Jorgiayala.

Esta práctica es curiosa

y hay que popularizarla.

 

Hay más cosas: los pintores

de aquel tiempo se alquilaban

por horas, para pintar

(escondidos tras las matas)

a toda suerte de mozas,

a todo tipo de damas,

para que luego el amante

y el marido se atizaran

a placer por el honor.

¡También hay que tener ganas!

 

Y, para acabar, diré

que era una cosa aceptada

que en el lugar de un conflicto,

siempre oportuno, acertaba

a pasar por allí el Rey

que andaba siempre de marcha.

Se encontraba con un noble

asesinado y dictaba

sentencia perdonatoria

al villano que matara

suponiendo su inocencia,

que era costumbre arraigada

que los nobles de ese reino

fueran violando a mansalva

a todas las campesinas,

niñas, jóvenes y ancianas

que encontraban a su paso

en planicie o en montaña.

Pero lo más sorprendente

es cómo podía el monarca

ser tan ubicuo y estar

en todas partes de España

como por casualidad.

 

Esto es todo. Aquí se acaba

este análisis somero.

No se olviden, por vagancia,

de hacerme la transferencia

en esta misma semana

al número de la cuenta

que hay más abajo indicada:

4353 7575 98 4850076342.