La muerte de Julio César

 


Vamos a contar aquí

la muerte de Julio César,

que no falleció de anginas

ni de fiebre tifoidea,

sino de unas puñaladas

dadas con mano certera,

repartidas sabiamente

entre el cuello y las caderas,

entre un costado y el otro,

entre el bazo y la azotea.

 

La cosa comenzó el día

que dijo la frase esa

que se sabe todo el mundo;

ya saben cuál digo: «Alea

jacta est», lo que equivale

a decir que no hay más cera

que la que arde y que la Historia

le obligaba, puñetera,

a dar un golpe de estado,

a liarse a la cabeza

la manta y cruzar el río

Rubicón, que entonces era

(como dicen los imbéciles)

una «zona de no-guerra».

 

Como fuere: fue y lo hizo.

Y toda la patulea

de Roma le aclamó mucho,

bendijeron a su abuela,

le sepultaron en flores,

dieron vítores con fuerza

que casi le dejan sordo

y mostraron su aquiescencia

a acabar con la República

en unánime revuelta

y apoyar la dictadura,

que es una forma concreta

de gobierno que consiste

en que mande un sinvergüenza.

 

César, por todos sus actos,

tenía una fama tremenda:

conquistó toda la Galia

y un barrio de Pontevedra,

y cuando fue a Alejandría

hizo arder la Biblioteca.

Esto gustó mucho en Roma,

donde la tirria era intensa

al clan de los Ptolomeos,

por lo que hubo una gran juerga

entre los romanos cuando

lo leyeron en la prensa.

 

Además de estas hazañas,

César tenía cosas buenas,

le adornaban mil virtudes:

sabía tocar la muñeira

en una gaita que le

regaló un amigo celta;

tenía enormes aptitudes

para tenor de zarzuela;

podía recitar a Horacio

y pintar a la acuarela;

su mente era tan potente

que hasta comprendía el teorema

de Pitágoras, el griego;

era un tremendo estratega;

sabía redactar mejor

que Cervantes y Saavedra

juntos; según sus amigos,

hacía el arroz con almejas

mejor de todo el Imperio

Romano, con diferencia;

no sólo esto: era guapo,

hermoso y de gran belleza,

por lo que ligaba mucho,

debido a su buena percha;

no era calvo, no, ¡qué va!,

como la Historia nos cuenta

(escrita por enemigos),

sólo sufría alopecia,

una disfunción pelar

e insuficiencia melénica,

pero, con arte e ingenio,

solventó pronto el problema

y se encargó un peluquín

hecho con pelo de cebra

que la antiestética calva

le disimulaba entera.

 

Más César era ambicioso.

Quiso dominar la tierra:

Hispania, Galia, Bretaña

Murcia y hasta el Congo Belga,

por lo menos; se creía

que era el Alfa y el Omega,

poseía un ego más grande

que todo el Imperio persa

y era un tío más flamenco

que la Niña de la Puebla.

Así es que el hombre tenía

metido entre ceja y ceja

ser el dictador de Roma

con toda plenipotencia

y para ello estaba listo

a armar la marimorena.

 

Pero no nos dilatemos:

vamos a entrar en materia.

Al saberse que Julito

preparaba una revuelta,

los senadores, reunidos

a la hora de la merienda

—y tras tomarse tres tazas

de Cola-Cao con galletas—,

ni cortos ni perezosos

emprendieron la tarea

de conspirar en su contra

y pensar una estrategia

para librarse de él

y acabar con el dilema.

 

«La cosa no se resuelve

con ponerle una querella»,

dijo alguien. (No damos nombres,

que chivarse es cosa fea.)

«Según opinión de muchos,

César es una culebra

que se le ha enroscado a Roma

y le sube por la pierna»,

dijo otro. «Agradecería

que nos evitaras esas

comparaciones que haces

y que resultan tan desa-

gradables», le interrumpieron.

Otro iba a echar una arenga,

pero el líder, muy prudente,

le cortó la verborrea

diciendo: «La solución

es trágica, cual Medea,

pero no hay otro remedio:

¡hemos de endiñarle mecha!

Si tenéis fuerza y valor

todo irá como la seda.

Y si alguien se achanta, ya

sabe dónde está la puerta.

¿Estáis de acuerdo?» «¡Lo estamos!»

«¡Muy bien! Pues ya sólo queda

el cómo, el cuándo y el dónde».

(No piense mal el que lea;

no juzgue mal a estos tipos

viendo el crimen que planean,

pues comparados con Julio,

que estudiaba para déspota,

aquellos carcas traidores

parecían ser de izquierdas.)

 

La conversación siguió

hasta la hora de la cena.

«¿Le matamos en el Foro

cuando esté pasando cuentas

o cuando vaya a hacer jogging

junto al templo de Minerva?»

«¿Quién le pinchará primero?»

«Sorteemos papeletas

con nuestros nombres.» «¿Y cuándo?

¡Hay que elegir una fecha!»

«En marzo, que ya no llueve.»

«Tenemos aquí un problema:

no poseemos puñales.»

«Haremos una colecta

para comprar tres o cuatro,

o quizá media docena.»

«O uno y lo vamos pasando,

y así ahorramos.» «¡Buena idea!»

 

Por fin llegó el día fatídico

que inspiró muchas comedias

a Shakespeare y a otros señores

que no tenía materia

ni imaginación y usaron

la vida de Julio César

(yo estoy haciendo lo mismo:

no me lo tengan en cuenta.)

Dicen que hubo mil prodigios:

luces en el cielo, grietas

en las paredes, los gatos

maullaban por peteneras,

había tigres en las calles,

abogados y otras fieras.

Los presagios avisaban

de que lo sensato era

pasarse el día en la cama

y no aventurarse fuera,

para evitar los fantasmas

y no romperse una pierna,

que el asfaltado de Roma

siempre estaba hecho una pena.

 

Calpurnia, supersticiosa

y asustada hasta la médula,

aconseja su marido

que no acuda a la asamblea:

«No vayas al Capitolio:

diles que tienes paperas».

Pero César, emperrado

en que es un día de faena

y en que no hay que hacer ni caso

de trasgos y de pamemas,

desayuna y con su toga

se dirige con presteza

a su oficina (el Senado)

para ver lo que se pesca.

 

Unos tipos con aspecto

de no haber dormido esperan

a que llegue el dictador

y suba las escaleras.

El líder de los rebeldes,

al ver que César se acerca,

dice: «Limpiad el puñal.

Morirá, mas con asepsia».

Un segundo conjurado

saca el cuchillo (que era

alquilado por un día

y había que darlo de vuelta)

y se lo muestra a la víctima,

que enseguida se da cuenta

de que van con las del beri

(eso se veía a la legua),

de que ha metido la pata

y que, en realidad, hubiera

debido quedarse en casa

y hacer caso a la parienta.

 

Quiere evitar su destino

usando su don de lenguas,

por ver si puede liarles,

y exclama: «¿No os da vergüenza?»

Pero se ve interrumpido.

«¡No estamos para monsergas!»

Y entonces los asesinos

emplean la contraseña

(que, por cierto, consistía

en tocarse con la yema

del meñique la nariz,

sacando a un tiempo la lengua)

y como chacales fieros

dan un salto hacia su presa

dispuestos para una es-

cabechina, ¡los muy bestias!

 

César, que les ve venir,

la palma con gran presteza

del corazón, sin dar tiempo

a que se acerquen siquiera.

Muriendo así se libró

de pagar sus hipotecas

y en lo que respecta a él

allí acabó su tragedia.

 

Claro, queda su agresor,

a quien pilla por sorpresa

el infarto y se detiene

gritando: «¡Maldita sea!

¡Y yo que he estado ensayando

a apuñalar con destreza...!

Hemos hecho un gran ridículo.

¡Marte, qué suerte más perra!»

«No pasa nada», asegura

el líder. «Si se planea

algo, ha de llevarse a cabo.

Aunque esté muerto no es ésa

razón de no apuñalarle,

pues no le hace diferencia.

Acabemos de una vez

con lo nuestro y ¡allá penas!».

 

Dicho y hecho: los rebeldes

se metieron en materia

con lo que al fin y a la postre

le sacaron las mantecas;

de cuchilladas le dieron

al menos varias docenas,

pues le estuvieron pinchando

al menos una hora y media

sin parar, porque le apu-

ñalaban de pura inercia,

y le pusieron perdida

de sangre la vestimenta;

y así, al final, parecía

no un político ni un césar,

ni siquiera un hombre, sólo

mermelada de frambuesa.

 

Esta historia de ambiciones

contiene una moraleja:

a las gentes no les gustan

los hombres que las superan

en gloria, seso o virtudes.

Todos los mediocres llevan

muy mal que haya hombres mejores.

Y por eso, si te dejas,

en la primera ocasión

ponen tu nombre a una esquela.

 

El origen del faro

 

Los suizos no inventaron el faro, porque realmente no les hacía mucha falta. Pero en Grecia, allá por el 300 a. C. o así sí probó ser útil, porque los navegantes tenían que viajar mirando siempre la costa, ya que de otra manera tenían miedo, y el navegar junto a tierra provocaba frecuentes atascos en bancos de arena, arrecifes y demás. Por ello, todos en las islas griegas estaban impacientes y se decían: «¡A ver si alguien toma la iniciativa e inventa el faro de una vez!», hasta que alguien fue y lo inventó.

El primero conocido fue el de Alejandría (la de Egipto; hay que especificar, porque Alejandro fundó cuarenta y siete ciudades con ese nombre en toda Asia para que no nos olvidáramos de él).

El Coloso de Rodas era también un faro; es decir: tenía luz encima para indicar a los barcos a dónde tenían que dirigirse si los marineros querían vino y chicas. Esta construcción estaba en Rodas y era un coloso, como seguramente ustedes ya habrán deducido de su nombre.

Los faros romanos y también los de todos los demás pueblos antiguos eran torres de piedra, cascote y pladur (el poliespán les había resultado muy frágil para este menester), en cuya cima se emplazaba un fuego de madera o carbón. Los encargados de alimentarlo eran funcionarios del Imperio que trabajaban de nueve a seis, por lo que el faro, en un principio, permanecía apagado por la noche, hasta que alguien incidió en este absurdo, facilitado únicamente por la inercia administrativa.

En el siglo xviii se introdujeron mejoras que fueron mejores, porque introducir peores mejoras no habría tenido mucho sentido. La principal consistió en la instalación de placas de metal que reflejaban la luz de las candelas de Luis (su inventor, creemos). Luego se usó gas acetileno, lámparas eléctricas y tal. Con lentes se mejoró más tarde la capacidad de avisadora de los faros, aunque en la actualidad las modernas técnicas gepeésicas (de GPS) han obsoletado los faros, que solo sirven ya para que en sus paredes vivan felices las lagartijas.

El sí de las niñas

 

          (Una nube en la Gloria. Está allí Pedro Calderón de la Barca, paseando apaciblemente. Aparece de repente Leandro Fernández de Moratín.)

 

          Calderón.—(Sorprendido desagradablemente.) ¿Eh? ¿Tú qué haces aquí?

          Moratín.—¿Cómo que qué hago?

          Calderón.—¿Quién te ha dejado entrar?

Moratín.—¿Por qué no iba a poder entrar en la gloria?

          Calderón.—Porque este es un sitio para personas decentes. ¿Cómo lo has logrado, dime?

Moratín.—Bueno. Uno tiene sus contactos...

          Calderón.—(Indignado.) ¡Por los cien mil poetas del Parnaso! ¡Han dejado colarse en la gloria a un censor!

          Moratín.—Yo no me definiría así.

          Calderón.—¡Un asqueroso censor! ¡El mayor censor que vieron los siglos! ¡Ya tenía yo ganas de echarte la vista encima, sinvergüenza! ¡Prohibiste todo nuestro teatro! ¿Sabes, hombre vil, de cuántas comedias estamos hablando? Trescientas mías, otras trescientas de Tirso, mil y pico de Lope, más las de Vélez de Guevara, Rojas Zorrilla, Moreto, Ruiz de Alarcón, Rosete Niño, Valdivielso, etc., etc. ¡No menos de cuatro mil piezas! Nunca nadie vetó tantos libros en toda su vida. ¡Ni Hitler ni ningún otro! Pero tú prohibiste todo nuestro magnífico teatro barroco.

          Moratín.—(Con chulería.) Sí. Me pareció improcedente, absurdo y lleno de despropósitos.

          Calderón.—Fuiste algo así como el ministro de teatro en tu tiempo y censuraste gratuitamente nuestras obras. ¿Puedo saber por qué lo hiciste?

          Moratín.—Ahora que estoy en la Gloria, ya no puedo mentir: hay como una fuerza superior que me lo impide.

          Calderón.—¡Pues bien que mentiste en vida!

          Moratín.—Sí, lo hice; pero aquí en estas regiones etéreas y celestiales, no cabe la falsedad y noto que me veo obligado contra mi voluntad a contar las cosas como realmente fueron.

          Calderón.—¡Menos mal! Así nos enteraremos de por qué hiciste lo que hiciste en contra del teatro. (Gritando.) ¡Tirso! ¡Tirso, ven!

(Aparece Tirso de Molina.)

          Tirso.—¿Qué quieres, Perico? ¿Qué pasa?

          Calderón.—Mira quién está aquí.

          Tirso.—¡El canalla!

          Calderón.—El mismo. Acaba de entrar por esa puerta y voy a someterle al tercer grado.

          Tirso.—Eso, eso: que se justifique, si puede.

          Calderón.—Dinos, maldito de Dios, ¿quién te dio autoridad para hacer todo el mal que hiciste?

Moratín.—Pues el hecho de que yo fui el mayor y más relevante dramaturgo del siglo xviii español.

Tirso.—¡Cómo serían los demás!

          Calderón.—Espérate, Gabriel, empecemos por el principio. Cuéntanos, malvado, como una nulidad como tú llegó a ser considerado alguien tan importante en el mundo de Talía. Ya sabes que no podrás mentir.

          Moratín.—Pues de joven, conseguí ganar un premio literario, gracias a que mi familia conocía a Gaspar Melchor de Jovellanos, que entonces mandaba mucho. Tuve también la protección de otros nobles y el conde de Floridablanca me ofreció un beneficio de trescientos ducados. Pero tenía que ordenarme de primera tonsura.

Calderón.—¿Y lo hiciste por tu fe religiosa?

          Moratín.—¡Qué va! Lo hice para cobrar el beneficio, porque estar ordenado era un requisito indispensable.

          Tirso.—¡Qué tío hipócrita!

          Moratín.—Eso me vino bien, porque obtuve otras sinecuras eclesiásticas.

          Calderón.—Sigue.

          Moratín.—Fui favorito del favorito; y Godoy hizo que se estrenaran mis comedias.

          Tirso.—¡Ya sabía yo que tenía que haber habido algo de eso! Ningún empresario las habría aceptado por ellas mismas.

          Calderón.—Tuviste el respaldo de Godoy, pero no se lo agradeciste y te cambiaste de bando.

          Moratín.—En efecto. Supe afrancesarme a tiempo y, adulando a la gente adecuada, llegué con el tiempo a ser bibliotecario mayor de la Real Biblioteca, siendo nombrado por el rey José Bonaparte.

          Calderón.—Chaqueteaste.

          Tirso.—Casaqueaste, más bien.

          Moratín.—¿Cómo?

          Tirso.—Te cambiaste de casaca.

          Moratín.—Siempre que hizo falta. Tuve así cargos muy lucrativos y de cada vez mayor importancia.

Calderón.—Eso sólo indica que eres un trepador ambicioso. Pero podías haberte dedicado a chupar del bote como tantos otros, pero sin perjudicar a las artes. ¿Por qué tuviste que meterte donde no te llamaban y atentar contra la escena española?

          Moratín.—Bueno. Yo quería hacer un teatro distinto.

          Tirso.—¡Porque no podías hacerlo tan bueno como nosotros!

          Moratín.—Reconozco que es así. Para empezar, escribí mis obras en prosa, lo que muchos han considerado algo muy moderno.

          Calderón.—Sí. Pero ¿por qué lo hiciste?

          Moratín.—Confieso que porque el verso no me salía. Me parecía muy difícil y opté por convencer a todos de que estaba pasado de moda y así poder dejarlo a un lado sin que nadie sospechara mi incapacidad para escribirlo.

          Tirso.—¡Mediocre!

          Calderón.—Esa es la palabra que mejor te define, Fernández.

          Moratín.—¡Me llamo Moratín!

          Tirso.—Porque ese apellido suena mejor; pero no deberías avergonzarte del de tu padre. ¡Te llamas Fernández!

          Calderón.—No sólo desterraste de la escena a la poesía. Redujiste también las posibilidades dramáticas con esas infames tres unidades. ¿A qué majadero se le ocurre que todas las historias que se cuentan hayan de pasar en un día, en el mismo sitio y que no puedan tener argumentos secundarios que las complementen?

          Tirso.—¡Hasta la simple historia de Caperucita tiene varios escenarios!

          Calderón.—Y la del lobo y los tres cerditos, también.

Moratín.—Era la moda francesa: no me eches a mí la culpa de eso.

          Calderón.—La tienes de haber implantado esas estúpidas unidades por la fuerza en España. ¿Qué necesidad había?

          Moratín.—Yo quería hacer del teatro algo distinto.

          Calderón.—Explícate. Te escuchamos.

Moratín.—Quería que hubiera decoro en las comedias.

          Tirso.—(Despectivamente.) ¡Decoro! ¿Sabes lo que hizo este hombre ruin, Perico?

          Calderón.—¿Qué hizo?

          Tirso.—¿Recuerdas esa magnífica escena de Hamlet con el sepulturero filósofo?

          Calderón.—¿Cuando salen Hamlet y Horacio y el primero llora al encontrar la calavera de Yorick, su bufón?

          Tirso.—La misma. Bueno, pues este puritano empedernido prohibió esa escena durante la representación por considerar que era poco decoroso que el sepulturero cantase mientras cavaba una fosa.

          Calderón.—¡No me lo puedo creer!

          Tirso.—Pues lo hizo.

          Calderón.—¿Censuraste una de las mejores escenas del genial William por un criterio puritano?

Tirso.—Lo hizo.

          Calderón.—¡Qué asco! Pero, dime, ¿estoy equivocado o eres tú el que defendía el realismo en el teatro?

          Moratín.—Lo defendí.

          Calderón.—¡Pues los sepultureros existen, estúpido! Y te aseguro que cuando se aburren mientras cavan fosas, cantan todo lo que les apetece.

          Moratín.—Pero tenéis que reconocer que en vuestras comedias barrocas era todo invención y fantasía.

          Tirso.—¡Claro! ¡Como tiene que ser!

          Calderón.—Eran vida y pasión. El teatro no está para describir con mayor o menor verosimilitud los comadreos de las viejas sentadas junto a la fuente, sino para mostrar la intensidad, la grandiosidad y la calidad de la vida humana en su esplendor, en todo tiempo y lugar.

          Moratín.—Yo quería que el teatro fuera una escuela de buenas costumbres y emplear las comedias para hacer virtuosos a los públicos.

          Tirso.—¡El puritano!

          Calderón.—¿De veras pretendías una cosa tan tonta y tan imposible? La gente no va hacerse ni buena ni mala por lo que vea. Pero sí puede aprender de la vida al ver una comedia; y en la vida sucede de todo, por eso nosotros lo contábamos todo: las grandes gestas y las grandes fechorías del hombre.

          Moratín.—Pero a los espectadores no se les pueden contar todas las cosas: son como niños, de cuya educación debemos ocuparnos los que sabemos más.

          Calderón.—No: los espectadores son más listo de lo que te puedan parecer y perfectamente capaces de entender y asimilar las verdades del mundo, que nosotros les contábamos en toda su crudeza, hablándoles de igual a igual. No éramos paternalistas ni déspotas ilustrados.

          Tirso.—Además: ¿qué les enseñaste tú? ¿Qué pudieron aprender de tus comedias? Por cierto, ¿cuántas escribiste en total?

          Moratín.—Cinco.

          Tirso.—¿Y no se te cae la cara de vergüenza pretendiendo ser un dramaturgo habiendo escrito sólo cinco piezas? Nosotros compusimos centenares, amén de otros libros.

          Moratín.—El caso es que no me apetecía mucho hacerlo y por eso mi producción fue escasa.

          Calderón.—¡Menos mal que una fuerza misteriosa te obliga a que seas completamente sincero! De otra manera nunca habrías reconocido eso.

          Tirso.—Vamos: que no te gustaba en verdad escribir para el teatro. Si te hubiera gustado, lo habrías hecho a todas horas y tendrías docenas de obras, ya que tu posición te permitía estrenar lo que quisieras sin mayores dificultades. Lo único que te complacía era el dinero y poder presumir de escritor, lo que quedaba muy bien en sociedad.

          Moratín.—Sí. Reconozco que lo de ser un autor famoso me ayudó mucho en mis aventuras galantes.

          Tirso.—¡Acabáramos! Ya sé por qué lo hiciste: para impresionar a las mujeres, que es uno de los principales motivos por los que los hombres hacen las cosas.

          Calderón.—No divaguemos. Háblanos de esas obras y de qué pretendías decir con ellas, si es que pretendías algo. Aprovechemos que no puedes mentir para enterarnos de lo que la gente nunca ha sabido sobre tu teatro.

          Moratín.—Mi primera comedia fue El viejo y la niña. La empecé en 1783 y se estrenó en 1790.

          Tirso.—¡Hola! ¡Siete años para escribir algo que se lee en una hora! No sudaste mucho.

          Calderón.—Refiérenos el tema de El viejo y la niña.

          Moratín.—Trata de un viejo que se casa con una niña.

          Tirso.—(Irónico.) Viendo el título, nunca me lo hubiera figurado.

Moratín.—Quería enseñar a los públicos que los matrimonios con tanta diferencia de edad no están bien.

          Tirso.—¿Y para decir algo tan inane y que ya sabía todo el mundo tardaste tanto tiempo?

          Calderón.—Sigue.

          Moratín.—Compuse El barón, pero era un libreto de zarzuela hecho por encargo. No era algo que me interesara especialmente.

          Calderón.—¿Por qué lo escribiste, entonces?

          Moratín.—Porque me lo pagaron muy bien. Tengo otra obra titulada La mojigata. Trata de la educación femenina.

          Calderón.—¿Fue un éxito?

          Moratín.—Un gran éxito. Los críticos dijeron que era magnífica.

          Calderón.—¿Cuántas representaciones se le dieron?

          Moratín.—Una.

          Tirso.—¡Un gran éxito!

          Moratín.—Otra obra mía, La comedia nueva, llegó a estar siete días en cartel. Es una de mis producciones más famosas.

          Calderón.—¿Qué pretendías con ella?

          Moratín.—Pretendía ganar mucho dinero.

          Calderón.—Quiero decir que cuál era su trama, su mensaje.

          Moratín.—¡Ah! Pues básicamente dividir el teatro dos grandes categorías: las comedias nuevas, dignas de todos los elogios y respetos, y las comedias viejas, detestables y merecedoras de que se la prohibiese, como hice efectivamente.

          Calderón.—¿Cuáles eran a tu juicio las comedias nuevas y buenas?

          Moratín.—Las mías.

Tirso.—¿Y las malas y desechables?

          Moratín.—Las de todos los demás.

          Tirso.—¡Bien por tu sinceridad!

          Moratín.—No me queda otro remedio. Aunque me hubiera gustado hacerlo, no puedo engañaros.

          Calderón.—Dinos algo más sobre esa comedia tuya, anda. Nos has picado la curiosidad.

Moratín.—Pues os contaré que transcurre todo en un rato, en un café, donde un personaje habla y cuenta lo que opina del teatro sin que pase ninguna otra cosa ni tenga lugar ninguna otra acción.

          Tirso.—(Con sarcasmo.) ¿Y tan original argumento se te ocurrió a ti solo?

          Moratín.—Pues... para ser exactos robé bastante de La bottega del caffè, del italiano Carlo Goldoni.

          Tirso.—¡Ya me parecía a mí!

          Calderón.—¿Cuál fue tu obra más famosa?

          Moratín.—¡Ah! Esa es El sí de las niñas. Trata de un viejo que se quiere casar con una jovencita. La madre de ella quiere obligarla...

          Tirso.—¿Pero ésa no era El barón?

          Moratín.—Es El sí de las niñas.

          Tirso.—¿No nos has contado ya antes lo del viejo verde al que le gustan las lolitas?

          Calderón.—Gabriel, no te enteras. Es otra comedia distinta, sólo que con la misma historia. ¿No te das cuenta?

Tirso.—¿La misma historia?

          Moratín.—En efecto.

          Tirso.—¿De cinco comedias escribiste dos con el mismo argumento?

          Moratín.—Sí. Nunca poseí el don de la invención. Por eso me repatea bastante la barriga que que vosotros lo tuvierais tan grande. Me moría de envidia.

          Calderón.—Por lo que decidiste acabar con nosotros, suprimiéndonos los de un plumazo, ¿no es eso?

          Moratín.—Algo así.

          Tirso.—¡Qué tipo más inmundo!

          Calderón.—Déjale seguir. Cuéntanos. El viejo se quiere casar con la joven. ¿Cómo se resuelve el conflicto?

          Moratín.—Al final de la obra, el viejo reconoce que aquello no está bien y decide no casarse.

          Tirso.—O sea, que no das ninguna solución.

          Moratín.—¿Cómo?

          Tirso.—Que evitas cobardemente mantener una postura. Si el viejo se arrepiente de su pretensión, no hay conflicto alguno y has hecho perder miserablemente el tiempo al espectador haciéndole presenciar un problema que no existe.

          Moratín.—No lo entiendo.

          Calderón.—Lo que Tirso quiere decir es lo siguiente: si el viejo se empeña en casarse, sólo hay dos finales posibles, distintos y muy importantes.

          Moratín.—¿Cuáles?

          Calderón.—¿Ni siquiera has pensado en eso? Si la joven obedece y se casa, es una defensa de la tradición y de la sumisión femenina. Si decide no hacerlo y se enfrenta a su madre, es una rebeldía contra lo establecido. ¿Qué postura recomiendas tú?

          Moratín.—Ninguna. Recomiende lo que recomiende, siempre habrá una parte del público que no esté de acuerdo y se enfade conmigo.

          Tirso.—¡Ahí quería yo llegar! A que eres un hombre sin ideales ni convicciones.

          Moratín.—Me parece que eso es obvio.

Tirso.—Un autor que tuvo su mano la posibilidad de reivindicar claramente el derecho de las mujeres a decidir su propio destino y que en la última escena se acobardó y resolvió el conflicto haciendo que el viejo desistiera.

          Moratín.—Precisamente.

          Tirso.—¡Qué pena, señor! ¡Qué pena!

          Calderón.—Claro que no toda la culpa es tuya. También tienen su parte los críticos cretinos que te han alabado y te han dado un lugar preeminente en las historias de la literatura.

          Tirso.—En resumidas cuentas: fuiste un advenedizo del teatro, un escritor sin vocación, de arte limitado, que aprovechó su posición de poder para intentar acabar con otros autores mejores a los que envidiaba. ¿Es eso exacto?

Moratín.—No puedo mentir, ya lo sabéis. Debo contestar que tu resumen es exacto.

          Tirso.—Y no se metió sólo con nosotros, los autores teatrales. A los novelistas y a los poetas también les zahirió sin que éstos le hubieran hecho nada.

          Calderón.—¿Ah, sí? No lo sabía.

          Tirso.—Sí, Perico. Entre los prosistas a los que definió como «malos», en su libro La derrota de los pedantes, están Cervantes y Gracián.

          Calderón.—(Sorprendido.) ¿Gracián? ¡Pero si ha sido el mejor de todos nosotros, quien mejor ha escrito en lengua castellana?

Tirso.—Y despreció a grandes poetas como Gabriel Bocángel o al mismísimo conde de Villamediana.

          Calderón.—¡Qué me dices!

          Tirso.—Todo eso hizo el pájaro éste.

          Moratín.—Bueno, las opiniones son libres. Y os diré...

          Voz.—(Dentro.) ¡¿Cómo?! ¡¿Que está aquí quién?!

          Moratín.—¿Qué es eso?

(Aparece Félix Lope de Vega, que se dirige a Moratín.)

          Lope.—¿Así es que eres tú en persona, bribón! ¡Por fin nos vemos! ¡Te he estado esperando impacientemente durante mucho tiempo, censor! ¡Ven, que te voy a dar lo tuyo!

(Se abalanza sobre él y le comienza a propinar una soberana paliza sin que ni Tirso ni Calderón puedan impedírselo.)

 

TELÓN