Romance de Gerineldo

 

 

Hubo un tipo en la Edad Media

que se llamó Gerineldo,

y se ligó a una princesa

que estaba buena, cual queso,

pero que acabó muy mal,

pues el rey cogió un mosqueo

de aúpa y, con un mandoble,

mandobló y le cortó el cuello.

Aunque esta bonita historia

se encuentran el Romancero,

como imagino que nadie

la ha leído, yo la cuento

y así se ahorra el lector

leerla él y perder tiempo.

 

En un reino pequeñito

—porque no todos los reinos

eran grandes: los había

de muy pocos «kilométros»—,

con contrato indefinido

trabajaba de copero

Gerineldo (aunque también

almohazaba a los jamelgos

e incluso hacía horas extra

dándole cera a los suelos,

que los dejaba lustrosos

como si fueran espejos,

porque en asuntos de frote

el joven era un experto).

 

Pues un día, la princesa,

aburrida en su aposento

y con ganas de... (ya ustedes

se imaginan lo que quiero

decirles); pues bien, la chica

vio que era bastante apuesto

el criado: que era sólido,

recio, con un esqueleto

ancho (parecía un armario

ropero de cuatro cuerpos)

y que tenía tabletas

de chocolate en el pecho,

y se le antojó probarlo

por comprobar si, en efecto,

tan fuerte cual lo de fuera

era duro lo de dentro.

 

Cual quien no quiere la cosa,

se puso un jubón estrecho

con un escote que era

más enorme que el océano

Pacífico y que enseñaba

mucho más que cien maestros,

y en un lugar solitario

y oscuro salió a su encuentro,

diciéndole, coquetona:

«Mi pulido camarero:

como a mi servicio estás,

que me sirvas mucho quiero».

«Y yo, ¿para qué le sirvo?»,

quiso saber el mancebo.

«Cuando vengas a mi alcoba

esta noche, te lo muestro).

 

Gerineldo queda pati-

difuso al escuchar esto.

Pero como cuando pasan

rábanos, hay que comerlos,

no quiere desperdiciar

esta ocasión de himeneo

sin pasar por vicaría,

lo que es regalo del cielo

y cosa poco frecuente

en el planeta tercero.

 

Esa noche se prepara:

se baña, se lava el pelo,

se da acondicionador

y crema (que es algo metro-

sexual), estrena calzas,

viste calzado de cuero

porque no se oigan sus pasos

y un jubón de ciertopelo,

y así vestido, hecho un brazo

de mar (sí: del mar Tirreno,

que esta acción pasa en Italia),

se mete en el aposento,

se mete en un gran peligro

y mete lo que podemos

imaginar, sin que haga

falta mencionar el miembro.

 

Pero hete aquí que el monarca

se ha cenado unos pimientos

que no le han sentado bien,

por lo que no coge el sueño,

sale del cuarto, pasea,

oye ruido y cuchicheos

y el rechinar de unos muelles

con un ritmo muy concreto.

(El lector sabe que este

anacronismo que meto

es por mejorar la historia,

que el colchón en el Medievo

no usaba muelles, que aún

no se había hecho este invento).

 

En fin: el monarca encuentra

dormidos a ella y al ello,

tras de consumar las cópulas,

consumidos del esfuerzo.

Como el rey es muy dramático,

al tiempo que muy teatrero,

en vez de atizarles fuerte

con su espadón allí mesmo,

lo deja en medio de ambos

y se va de allí en silencio,

para que, cuando despierten,

les dé una angina de pecho.

 

A la mañana siguiente

—que era un cuatro de febrero

(el Día Mundial contra el Cáncer)—,

un crudo día de invierno

que había nevado y hacía

siete grados bajo cero,

Gerineldo va su estancia

de regreso, con más miedo

que vergüenza, porque ha visto

la real espada en el lecho.

De puntillas y descalzo

vuelve a su cuarto muy quedo,

pero sale el rey de pronto

y le da un susto tremendo.

«Gerineldo, ¿de do vienes

tan temprano, que hace fresco

y cogerás un catarro

que te estarás mes y medio

en la cama con cuarenta

de fiebre y grande moqueo?».

«Del jardín vengo, señor».

«¿Del jardín? ¿Por qué?». «Pues... esto...

Bajé a coger unas flores...».

«¿Cómo?» «Para vuestro almuerzo».

«Pero yo no como flores»,

dice con recochineo

el rey. «Son para adornar

la mesa». «Perfecto, pero,

si bajaste a coger flores,

¿dónde están, que no las veo?»

«No había flores». «¿No había flores

en el jardín? No lo creo».

«Lo que digo es la verdad,

¡oh, mi rey!: os lo prometo.

A causa de la nevada,

todas las flores han muerto».

«¿Y has ido al jardín descalzo

a caminar sobre el hielo?»

«Es que he hecho la promesa

al bendito San Marcelo

si me ayuda a que me toque

la lotería del reino,

a ir descalzo a todas partes

por muy frío que esté el suelo».

«¿Y desde cuándo mantienes

ese voto?» «Un año entero

hace que lo cumplo». «¿Y llevas

siempre, por lo que estoy viendo,

los zapatos en la mano,

aunque no pienses ponértelos?»

 

El rey durante dos horas

de interrogatorio intenso

disfruta como un enano

con el gran padecimiento

del criado metedor.

Pero, cansado del juego

de para el ratón ser gato

y para el gato ser perro,

dice que lo sabe todo

y no le ha gustado un pelo.

«Gerineldo, ¡mientes más

que un líder en Congreso!

Sé que te has beneficiado

a la Infanta, muy benéfico,

y por lo bien que dormíais,

sé que tuviste un gran éxito.

No me lo ha chivado nadie,

porque lo he visto con estos

ojos y, como testigo,

he puesto mi espada en medio

de los dos, porque veáis

que yo estuve allí. Por cierto:

he de volver a cogerla

sin falta, aunque lo haré luego,

pues con esa misma espada

he de cortarte el pescuezo».

 

Gerineldo se resigna

a ir de excursión al infierno,

porque lo que manda el rey

fuerza es obedecerlo.

«Tengo una última pregunta»,

dice el monarca, muy serio.

«Dispare su majestad»,

dice, compungido, el reo.

«¿Qué tal estuvo? ¿Te hallas

arrepentido de hacerlo

o, piensas, por el contrario,

que vuestro multisobeo

seguido por hipercópulas,

pluriorgasmo y megasexo

te merecieron la pena,

aunque hayas de morir luego?»

Lo que responde el criado

suena muy filosofero:

«Las cosas buenas no duran;

los goces del universo

tal como vienen se van

y te dejan descontento.

La Infanta está suculenta

de comer si estás hambriento;

pero tras darle al manjar

cuatro bocados y un tiento,

dos pellizcos y un lamido,

te quedas saciado y lleno

y no querrías repetir

aunque te dieran un premio.

El amor carnal es cosa

que solo dura un momento

y que se acaba enseguida.

Buscarlo es cosa de necios

y quien muere por probarlo

es un cretino completo».

 

«Si la vida te perdono,

dime: ¿volverías a hacerlo?»,

pregunta el rey. Y contesta

el otro: «¡Qué va! Pues veo

que el placer es cosa mala,

que te mete en un aprieto;

por lo que, si no me matas,

yo te juro que me meto

sin perder ni un solo instante

de cabeza en un convento

para ser fraile trapense,

con lo que pasaré el resto

de mi vida dedicado

a monje chocolatero».



Para mejorar el mundo

 

El mundo está mal hecho.

Mal construido, quiero decir. En esto coinciden muchos expertos. Ya dijo Alfonso X —aquel rey juguetón, que se hizo famoso por sus partidas— que si le hubieran consultado a él a la hora de crear el universo, hubiera dado algunos buenos consejos para hacerlo como es debido.

En fin, yo poseo un título de Ingeniero, que me saqué por correspondencia, y tengo varias propuestas que he enviado a diversos reyes y jefes de estado, gastándome un dineral en sellos de correo —porque en todos los Palacios Presidenciales y Casas Reales del mundo los e-mails que les llegan los borran sin leerlos), porque hay cosas que urge hacer cuanto antes.

Las enumero:

1.- Un puente sobre el estrecho de Behring, para facilitar el paso. La verdad es que la distribución de la tierra en continentes separados no es práctica en absoluto. Hubiera sido mejor que estuvieran todas las tierras juntas, pero eso, hoy por hoy, es difícil de llevar a cabo. Habrá que esperar a que la tecnología avance más. Como ven, soy optimista.

2.- Una cerca electrificada que rodee todas las fronteras de Rusia, para evitar la inmigración indeseada.

3.- Irrigación de los desiertos del planeta, mediante el traslado masivo en helicópteros de bloques de hielo del Polo que pille más cerca en cada caso.

4.- Construcción de cataratas (modelo «Niágara») en todos los países pobres, para fomento del turismo.

5.- Traslado de Venecia (los edificios, se entiende) a un lugar más seco y con base más sólida.

6- Nivelación de los Pirineos, para que las autopistas entre Francia y España tengan muchas menos curvas.

7.- Instalación de un gran reflector en la cima del Everest para iluminar la zona y facilitar la ascensión nocturna.

8.- Creación de un número suficiente de islotes en el Pacífico para su venta posterior a particulares.

9.- Diseño e instalación de un sol artificial para deshelar Groenlandia y aprovechar su subsuelo fósil.

He escrito a los gobiernos, como les he dicho, pero no me han contestado aún.

 

Bhagavad Gita

 

 

Si me preguntan ustedes

por una novela india

—algo más profunda que

La ratita presumida—,

mencionaré el Mahabhárat,

una epopeya larguísima

con un cuento dentro de otro

(como en esas cajas chinas

que contienen otras cajas),

por lo que pierdes la pista

de quién es en cada historia

villano o protagonista.

 

Dentro de este plúmbeo libro

indostano está metida

con calzador y a la fuerza

toda la Bhagavad Gita,

una obra de pensamiento

de aquella época antigua

anterior a la invención

del flan y de las natillas.

Contaremos su argumento

entero y de carrerilla

para que el lector se empape

con esta sabiduría

y, si tomando café

después de alguna comida

surge el tema del Vedanta

(porque así se denomina

esta escuela filosófica),

pueda dar cuenta cumplida

de qué va y quede por sabio

delante de la familia.

 

Dos ramas de un mismo clan

llevan tres lustros reñidas

y se van a dar «p’al pelo»,

anuncian las profecías.

La disputa es por un trono

con sus tierras añadidas,

que, por fértiles, producen

toda clase de hortalizas:

pimientos, nabos, tomates,

zanahorias y torrijas.

Las dos facciones están

así, afila que te afila

sus espadas, porque corten

bien, para hacer rodajitas

al adversario en combate

(y, si no rodajas, tiras).

 

El héroe de un bando es

Arjun, quien se especializa

en disparar cien saetas

por minuto, con gran prisa,

y acertarte en el ombligo,

en el cuello, en la barbilla

o en medio de las narices,

tan inmensa es su pericia.

Los suyos (los de Arjun) cuentan

con él para hacer papilla

a sus primos en la lid,

que son un rato optimistas.

 

Arjun tiene un conductor

para su carro, un tal Krishna

(encarnación del dios Vishnu,

que ha venido de visita

al mundo para arreglar

mil cosas que están torcidas)

y piensa que si el dios mismo

le está sirviendo de auriga,

es una prueba evidente

de que es deidad partidista

que no dejará que hagan

con él una escabechina

y le hará salir ileso

sin que le partan la crisma,

brindándole la victoria

de manera facilísima.

 

Mas, ¡ay!, cuando se despliegan

las tropas en fila india

(que es táctica militar

ineficaz y cretina)

para iniciar el combate,

a Arjun le entra la desidia,

la desgana, la vagancia

y la pereza asesina.

No le apetece matar

a personas conocidas,

por lo que le dice al chófer:

«¡Yo no lucho! ¡Quita! ¡Quita!»

El enemigo que enfrente

dispuesto al combate miras

es toda mi parentela:

primos y tíos en fila.

¿Voy a meterme en la guerra

y con fervor homicida

masacrar a aquellos con los

que jugaba a las canicas,

con tipos que pertenecen

a mí clan? ¿Qué se diría?

Yo quedaría fatal

y la gente me pondría

de vuelta y media, de chupa

de dominé, y con justicia.»

 

Ni corto ni perezoso

(que no lo era, pues medía

uno ochenta por lo menos),

Arjun, el heroico, tira

el arco al suelo, se apea

raudo del carro, se quita

la coraza y hace una

huelga de flechas caídas.

 

Entonces Krishna interviene:

«Déjate de tonterías

y escucha mis enseñanzas,

que te irán de maravilla».

 

 

El dios hace que se pare

el tiempo. ¿Cómo se explica

esto? Pues como sucede

en la historia conocida

como La bella durmiente,

donde las hadas madrinas

ponen el reino a dormir

con una magia sencilla.

Igualmente pasa aquí.

Las tropas que estaban listas

para iniciar la refriega

quedan como paralíticas

y en ese tiempo sin tiempo

en el que el tiempo se enquista,

Krishna se marca un discurso

—aunque sin megafonía—

en el que le explica al otro

de una forma muy explícita

por qué tiene que pegarles

de guantazos a sus víctimas

y por qué un guerrero debe

atizar cuando le atizan.

 

Resumiremos la charla

dando una versión sucinta

por no malgastar papel,

pues mandala ecología.

«Verás, majo», dice el dios.

«Cuando tú vas y fulminas

a un fulano de un flechazo,

él no muere: eso es mentira.

No muere, porque su alma

es eterna e infinita,

es un uno con el Brahman,

es parte —aunque pequeñita—

del Uno, del Ser, del Todo,

del Absoluto. Esto explica

que aquello que es desde siempre

no es posible que se extinga

y muera. El cuerpo que cae

de un flechazo en las costillas

solo es material fungible,

algo como una camisa

que te quitas, si está sucia,

para ponerte otra limpia.»

 

«¿Nada es verdad?», dice Arjun.

« Todo es como una película»,

responde el dios. «Todo es maya.

Vamos: ilusión ficticia.

Solo hay una realidad,

qué es el alma susodicha

o espíritu universal

que aceptan los panteístas.»

 

«Ahora me quedo tranquilo»,

afirma Arjun. «Te diría

más», prosigue el dios. «En tanto

sigas metido en la vida

y no te libras del todo

de la cadena maldita

de encarnaciones, tendrás

que adaptarte a lo dualista,

cumpliendo con tu deber

(en este caso hacer migas

a todos tus enemigos),

pero sin perder de vista

que aquello que te sucede

no es cierto, que todo es filfa.

Y si acaso tienes dudas

de estas cosas tan certísimas,

para que veas que no miento,

voy a mostrarte enterita

mi figura celestial.

¡Abre los ojos y mira

atento, que lo que muestro

no se ve todos los días!»

 

Krishna al punto se transforma

en esa Forma Divina

que tiene un montón de brazos

(más de los que necesita)

y Arjun ve a Vishnu, deidad

adorada y famosísima

que va aumentando en tamaño

y crece como una milla,

yarda arriba o yarda abajo

(es sabido que la India

fue una colonia británica

que desprecia la medida

kilométrica). Arjun dice:

«Ya no hace falta que sigas

creciendo: me hago una idea

y creo en ti a pies juntillas».

 

El dios entonces chasquea

los dedos y finaliza

la detención temporal,

las gentes sienten cosquillas

por todo el cuerpo y, moviéndose,

quedan desentumecidas.

Tras un rato de relax,

los ejércitos inician

el ataque. Arjun se sube

al carro, se precipita

contra las huestes de primos

y a todos hace papilla

con mil certeros disparos

con su arco y su tirachinas,

pero lo hacen muy consciente

de esta verdad metafísica:

que nadie mata ni muere

y que todo es engañifa.