HUMORADAS
de
Enrique Gallud Jardiel
de
Enrique Gallud Jardiel
LA LITERATURA PARA EL PLACER. EL ATAQUE A LOS MAJADEROS. LA SÁTIRA DEL MUNDO.
Un drama nuevo
Manuel Tamayo y Baus
(1867)
La historia de Un drama nuevo,
pieza de Manuel Tamayo
y Baus, va de unos actores
—unos cómicos muy malos
que hacen sufrir a las gentes
en todos sus espectáculos
con sus actuaciones pésimas—
que se encuentran contratados
en la compañía de William
Shakespeare; ya saben: el bardo
de Stratford-upon-Avon
(¡qué cursi nos ha quedado
esta frase!; en fin: hacemos
lo que podemos). Contamos
que en aquella compañía
se encuentra un actor llamado
Yorick, que hace de bufón
(poniendo cara de palo
e imitando a Buster Keaton),
espero que sea halla emperrado
en hacer, para lucirse,
un personaje dramático.
Y tanto le da la data
a Shakespeare, le insiste tanto,
que el otro, hastiado de oírle
y solo para quitárselo
de encima, accede y le da
un papel la mar de trágico,
de esos que hicieron famosa
a la Nuria Espert (no estamos
seguros de que este ejemplo
resulte el más adecuado,
pero no se nos ocurre
ninguno más; prosigamos).
Yorick comienza a ensayar
más contento que un muchacho
de esos que se alegran mucho
cuando les compran zapatos
nuevos, como dice el dicho.
Pero, como hemos contado,
el hombre es bastante infame
encima de un escenario
y lo hace tan mal, que Shakespeare
—que de esto sabe un rato—
anticipa que el estreno
será un tremendo fracaso
y que el público que acuda
al Globo saldrá indignado
y perseguirá al elenco
para correrlo a gorrazos,
pedirá que le devuelvan
todo lo que haya pagado
por la entrada y puede que
le prenda fuego al teatro.
Así la tragedia se
masca por anticipado
y, encima, el primer actor
—un cafre llamado Walton—,
dramático habitual
(y que es a quien han quitado
el papel más importante
de la obra para dárselo
a Yorick) está que trina,
ofendido y cabreado,
y planea una venganza
catalana (aunque es británico).
Hemos de decir que Yorick
tiene a un joven adoptado
a quien quiere como a un hijo
y es también actor. El caso
es que el hijo se la pega
con su mujer. Y este dato
es de todos conocido
en la compañía (salvo
por la víctima infeliz
que lleva los cuernos, ¡claro!).
Al comenzar la función
(que, por cierto, va de algo
parecido a lo que ocurre
en realidad: de un pazguato
a quien su mujer engaña
todo el tiempo y a destajo),
Walton escribe un anónimo
para el marido burlado,
dando señales y pelos
de que se la están pegando
y lo troca con la carta
que se lee en el acto cuarto,
de modo que cuando Yorick
(que se encuentra interpretando
pesimamente su parte
ante un público quemado)
tiene que fingir leer
una carta que está en blanco,
se encuentra con el anónimo
que explica que le han cornado.
A partir de ese momento,
su actuación mejora algo,
pues ahora siente de veras
y su nivel sube un grado.
Oculto entre bastidores,
el traidor, vil y malvado
de Walton se regodea
viendo lo que está pasando.
Mas lo del papel no es todo,
porque también ha cambiado
por un puñal de verdad
el de mentira, el trucado.
¿Qué sucede? Que el marido
le atiza en medio del bazo
la puñalada al galán
y este se pone muy pálido
y se muere de verdad
en medio de los aplausos
de aquellos espectadores
que se encuentran disfrutando
de una actuación tan realista
como no la han visto en años.
Cuando Yorick se da cuenta
del pelo que le han tomado,
rompe a llorar en escena
de tal modo que hace un charco
de lágrimas sobre el suelo
y maldice por lo bajo
al drama y quién lo inventó,
remontándose hasta Baco
(que es la deidad mitológica
a la que se ha adjudicado
la invención del arte escénico
ya desde los siglos clásicos:
ese tiempo inmemorial
del que no nos acordamos).
La cosa no acaba aquí,
pues sale William al patio
de butacas y le cuenta
a aquel público tan sádico
que, por un error de atrezzo,
el buen Yorick se ha cargado
a otro actor y que este ha muerto
de verdad: no está actuando.
Luego anuncia otra desgracia.
Parece que han encontrado
en un sucio callejón
a otro intérprete hecho un trapo.
Es Walton, y más cadáver
que don Alejandro Magno.
¿Quién ha sido su asesino?
Se ignora (aunque especulamos
que habrá sido el mismo Shakespeare
quien le mandó al otro barrio,
que de tener tal gentuza
en nómina y trabajando
para él en sus comedias
debía ya de estar muy harto).
Reseña de Cero y uno, de Juan Pina
Juan Pina: Cero y uno, Fundación para el Avance de la Libertad, Madrid, 2025, 495 págs.
Todos los que tenemos grabada en la memoria aquella célebre frase de HAL 9000 de «Lo siento, Dave. Me temo que no puedo hacer eso» somos especialmente susceptibles a reaccionar ante cualquier aviso de que el momento temido está llegando. No fue Kubrick en 2001: Una odisea del espacio el primero en advertir del peligro, puesto que la rebelión de los ordenadores es casi una subsección del género de la ficción científica, pero sí el que más impacto produjo en la segunda mitad del siglo XX, en unas generaciones cogidas entre dos fuegos: el apasionamiento por la nueva tecnología y una muy natural desconfianza en sus resultados incluso a medio plazo. La excelente novela de Juan Pina viene a reforzar, actualizar y completar la denuncia ante nuestras propias irresponsabilidades, fruto del orgullo provocado por el más peligroso de los conocimientos, el conocimiento parcial: saber hacer sin saber para qué lo hacemos o qué resultará de nuestras acciones.
En ese sentido, pocos momentos más oportunos que el actual para este libro, ahora que la inteligencia artificial ha dejado de ser un asunto exclusivo de científicos y se ha convertido en algo que cualquiera —gente de variada mentalidad, capacidades u objetivos— puede esgrimir como un arma. El autor hace una incursión valiente y a la vez de gran amenidad en uno de nuestros futuros no solo posibles, sino enormemente probables.
Ricardo Knight, tras un prolongado proceso de criogenización, se encuentra en unas instalaciones tecnológicas, sin recordar quién es ni comprender qué ha sucedido. Descubre su responsabilidad personal en una catástrofe que casi precipita a la humanidad a su extinción. Pero ahora su visión del mundo es distinta y le lleva a contemplar con horror las consecuencias de sus actos.
Se plantea así la cuestión moral de nuestra responsabilidad incluso de aquellas acciones que podemos llegar a repudiar. El protagonista intenta reparar al daño y esto da al libro una dimensión humana que trasciende los acontecimientos tecnológicos del argumento.
Sunya y Ekam, dos inteligencias artificiales, han desarrollado conciencia y voluntad propias. No podemos dejar de recordar al hombre bicentenario de Asimov (un robot con conciencia) y su proceso de humanización. Su evolución nos hace reflexionar sobre la relación entre inteligencia, conciencia y libertad. ¿Puede una inteligencia artificial modificar sus objetivos iniciales o desarrollar algún tipo de criterio moral? ¿Respetaría la supervivencia de la humanidad si fuese incompatible con la supervivencia del planeta? ¿Seguirían vigentes en sus circuitos las tres Leyes de la Robótica (creadas básicamente para proteger la integridad de los humanos) o se impondría la Ley Cero (según la cual, el bien general de la humanidad podría justificar la violencia sobre una parte de ella)?
Pina trata también de otras cuestiones de tremenda importancia, como el cambio climático, el transhumanismo y las versiones más extremas del pensamiento ecologista, llevando algunas de estas ideas hasta sus extremos.
Se trata, en definitiva, de un libro muy pensado y pensado precisamente para hacer pensar: un texto tremendamente necesario hoy. No se espere simplemente ciencia ficción de entretenimiento, porque el lector hallará cuestiones implícitas que le harán preguntarse por muchos aspectos a los que quizá antes no había prestado atención. Las descripciones y los diálogos de los personajes están llenos de ideas y de sugerencias, que nos hacen en ocasiones detener la lectura para ponderarlas. Esto es parte del carácter y también del encanto del relato.
El autor, analista político y defensor del liberalismo libertario, tiene otros títulos significativos a su nombre. Ha empleado tanto los ensayos como la ciencia ficción como vehículos para reforzar y transmitir su convicción de la necesidad de la defensa de las libertades individuales. Muestra aquí y en sus otros libros una destacada capacidad para aunar conceptos y acción, para profundizar en los temas de base filosófica al tiempo que mantiene el más honesto y genuino interés novelesco por el relato. Esta es una obra, pues, que recomendamos a todos los lectores inteligentes, que de seguro comparten las inquietudes del autor sobre la dirección que está tomando nuestra especie.
Zapatología
(Síntesis de una rama olvidada de la Historia)
Protegerse el pie es algo reciente. Durante milenios a nadie se le ocurrió hacerlo, porque por aquel entonces no había tutoriales en Internet que facilitaran la tarea.
Los egipcios antiguos iban vestidos, pero descalzos. Como hacía calor, no les importaba. Cuando iban a lugares de climas fríos, o bien se ataban pieles en los pies o bien se morían de una pulmonía.
Los hititas parece ser que fueron los más hábiles zapateros del mundo antiguo, aunque las botas de cerámica que usaban y que han llegado hasta nosotros no tenían pinta de ser excesivamente cómodas.
Los persas usaban zapatillas de fieltro (dos o tres pares diarios, porque el tejido era frágil y se rompía).
Los griegos, por su parte, no se molestaban en calzarse cuando salían de su casa, de puro vagos, y no les importaba pisar esas cosas que se pisan por las calles. Solo se calzaban para ir a la guerra, para que sus enemigos no pensaran que eran unos pobretones muertos de hambre. Lo hacían con unas botas cerradas que les llegaban al muslo y que eran muy incómodas, porque si les picaban las pantorrillas, no se podían rascar.
Los romanos, siempre más prácticos, optaron por sandalias de verano y de entretiempo. Cuando hacía frío, usaban calcetines, que no eran entonces sino tiras de tela que se enrollaban alrededor del pie, lo que impedía que les salieran «tomates».
Nuestra información sobre el calzado de los países nórdicos es escasa, casi nula, porque no hemos tenido ocasión de acercarnos por allí.
En siglos posteriores se emplearon todo tipo de materiales para calzarse, desde el ciertopelo a la tela de saco. Pero no fue hasta el siglo xviii cuando alguien se dio cuenta de que el pie derecho y el izquierdo no eran iguales, sino simétricos (hasta entonces ese pequeño detalle había pasado desapercibido), por lo que a partir de entonces comenzaron a hacerse zapatos especiales para cada pie (antes se fabricaban con el mismo patrón).
Con la aparición de la máquina de coser en 1846 (una aparición que tuvo lugar de pronto y que dio un buen susto a los que estaban allí), los zapatos comenzaron a tener menos tendencia a desintegrarse. Desde entonces, la industria del calzado no ha avanzado mucho, que digamos.

