Manuel Tamayo y Baus
(1867)
La historia
de Un drama nuevo,
pieza de Manuel
Tamayo
y Baus, va
de unos actores
—unos
cómicos muy malos
que hacen
sufrir a las gentes
en todos sus
espectáculos
con sus
actuaciones pésimas—
que se
encuentran contratados
en la
compañía de William
Shakespeare;
ya saben: el bardo
de
Stratford-upon-Avon
(¡qué cursi
nos ha quedado
esta frase!;
en fin: hacemos
lo que
podemos). Contamos
que en
aquella compañía
se encuentra
un actor llamado
Yorick, que
hace de bufón
(poniendo
cara de palo
e imitando a
Buster Keaton),
espero que
sea halla emperrado
en hacer,
para lucirse,
un personaje
dramático.
Y tanto le da la data
a
Shakespeare, le insiste tanto,
que el otro, hastiado de oírle
y solo para
quitárselo
de encima,
accede y le da
un papel la
mar de trágico,
de esos que
hicieron famosa
a la Nuria
Espert (no estamos
seguros de
que este ejemplo
resulte el
más adecuado,
pero no se
nos ocurre
ninguno más;
prosigamos).
Yorick
comienza a ensayar
más contento
que un muchacho
de esos que
se alegran mucho
cuando les
compran zapatos
nuevos, como
dice el dicho.
Pero, como
hemos contado,
el hombre es
bastante infame
encima de un
escenario
y lo hace
tan mal, que Shakespeare
—que de esto
sabe un rato—
anticipa que
el estreno
será un
tremendo fracaso
y que el
público que acuda
al Globo
saldrá indignado
y perseguirá
al elenco
para
correrlo a gorrazos,
pedirá que
le devuelvan
todo lo que
haya pagado
por la
entrada y puede que
le prenda
fuego al teatro.
Así la
tragedia se
masca por
anticipado
y, encima,
el primer actor
—un cafre
llamado Walton—,
dramático
habitual
(y que es a
quien han quitado
el papel más
importante
de la obra
para dárselo
a Yorick)
está que trina,
ofendido y
cabreado,
y planea una
venganza
catalana
(aunque es británico).
Hemos de
decir que Yorick
tiene a un
joven adoptado
a quien
quiere como a un hijo
y es también
actor. El caso
es que el
hijo se la pega
con su
mujer. Y este dato
es de todos
conocido
en la
compañía (salvo
por la
víctima infeliz
que lleva
los cuernos, ¡claro!).
Al comenzar
la función
(que, por
cierto, va de algo
parecido a
lo que ocurre
en realidad:
de un pazguato
a quien su
mujer engaña
todo el
tiempo y a destajo),
Walton
escribe un anónimo
para el
marido burlado,
dando
señales y pelos
de que se la
están pegando
y lo troca
con la carta
que se lee
en el acto cuarto,
de modo que
cuando Yorick
(que se
encuentra interpretando
pesimamente
su parte
ante un
público quemado)
tiene que
fingir leer
una carta
que está en blanco,
se encuentra
con el anónimo
que explica
que le han cornado.
A partir de
ese momento,
su actuación
mejora algo,
pues ahora
siente de veras
y su nivel
sube un grado.
Oculto entre
bastidores,
el traidor,
vil y malvado
de Walton se
regodea
viendo lo
que está pasando.
Mas lo del
papel no es todo,
porque
también ha cambiado
por un puñal
de verdad
el de
mentira, el trucado.
¿Qué sucede?
Que el marido
le atiza en
medio del bazo
la puñalada
al galán
y este se
pone muy pálido
y se muere
de verdad
en medio de
los aplausos
de aquellos
espectadores
que se
encuentran disfrutando
de una
actuación tan realista
como no la
han visto en años.
Cuando
Yorick se da cuenta
del pelo que
le han tomado,
rompe a
llorar en escena
de tal modo
que hace un charco
de lágrimas
sobre el suelo
y maldice
por lo bajo
al drama y
quién lo inventó,
remontándose
hasta Baco
(que es la
deidad mitológica
a la que se
ha adjudicado
la invención
del arte escénico
ya desde los
siglos clásicos:
ese tiempo
inmemorial
del que no
nos acordamos).
La cosa no
acaba aquí,
pues sale
William al patio
de butacas y
le cuenta
a aquel
público tan sádico
que, por un
error de atrezzo,
el buen
Yorick se ha cargado
a otro actor
y que este ha muerto
de verdad:
no está actuando.
Luego
anuncia otra desgracia.
Parece que
han encontrado
en un sucio
callejón
a otro
intérprete hecho un trapo.
Es Walton, y
más cadáver
que don
Alejandro Magno.
¿Quién ha
sido su asesino?
Se ignora
(aunque especulamos
que habrá
sido el mismo Shakespeare
quien le
mandó al otro barrio,
que de tener
tal gentuza
en nómina y
trabajando
para él en
sus comedias
debía ya de
estar muy harto).