Denuncia de sucedáneos
La denuncia consiste esencialmente en
chivarte ante una autoridad de que alguien ha hecho algo que no te gusta.
Bueno: las cosas de este mundo que no gustan son tantas que este género tendría
que ser mucho más frecuente. En las comisarías sí se cultiva esta variante
literaria, aunque allí no se cuida especialmente el estilo empleado y las
figuras literarias que existen para embellecen la narración brillan por su
ausencia. Aquí tenemos, como ilustración, un escrito híbrido y mestizo, hijo
natural de un artículo de opinión y una denuncia.
Los
primeros años del siglo xx conocieron
en España a toda una pléyade de comediógrafos geniales y absolutamente chalados
que hicieron del humor su emblema y su bandera: Arniches, Muñoz Seca, García
Álvarez, Paso (padre), Vital Aza, Perrín, Palacios, Abati (por no hablar de los
jardieles, tonos y mihuras que vinieron a continuación). Eran prolíficos con
sus plumas y munificentes como pachás orientales con sus gracias y situaciones.
Y generosos con otro elemento que queremos destacar: con
los actores y sus familias. Porque entonces las compañías eran estables en cada
teatro. Y si en alguna obra no había papel para un actor, éste se «quedaba en
el cuarto» durante meses y, ¡claro!, sin cobrar. Y sus familias pasaban
penurias. Para evitar esto, aquellos autores —muchos de ellos olvidados y otros
menospreciados— elaboraban deliberadamente comedias con numerosos personajes
que no hacían falta maldita en la acción, pero que permitían cobrar a los
actores que los interpretaban. Se escribían papeles «para todo el mundo», para
que nadie se quedara sin comer en aquellos difíciles años en que no había
«estado del bienestar». Por eso veíamos en escena casas de ficción con catorce
criados o cortijos con veintisiete gañanes.
Una de las comedias recordadas (aunque es sólo una entre
muchas que podrían citarse) es La
venganza de don Mendo. Tiene treinta y cinco personajes, más comparsas. Hoy
en día casi ninguna empresa teatral se atreve a montar obras así.
Contamos esto a modo de introducción, para comparar aquella
situación con ésta por la que atraviesa hoy el teatro humorístico «made in Spain», dominado por la
tacañería económica y artística, revestida de postmodernidad.
Porque
tacañería es lo que hay (desengañémonos) detrás de las Cinco cosas.com que son el pan nuestro de cada día. Esta fórmula...
¡es de un barato! Cinco actores, cinco actrices, cinco actoris o cinco lo que
sea. Sin montaje especial; sin casi sueldos (dejemos a un lado a las primeras
figuras; preguntémosle a un actor de reparto o a uno que empieza qué sueldo
diario tiene y nos espantaremos); sin escenografía, con unas sillas que ya
estaban en el teatro; sin gastos en los desplazamientos a provincias. Por poca
gente que vea esos espectáculos, son lo más rentable que se ha inventado desde
el bululú (esa variedad teatral renacentista en que un único actor interpretaba
todos los personajes y barría luego el estiércol alrededor de su tablado).
De ahí su profusión. De ahí la abundancia de obras de este
tipo que hemos visto y aún nos quedan por ver.
(Es el mismo procedimiento del teatro de vanguardia de las
salas alternativas. Escenografía: la cámara negra. Utilería: un martillo,
tomado prestado al tramoyista, que no ha tenido nada que hacer. Vestuario: el
que buenamente traiga el actor de su casa. Esfuerzo: mínimo, pues la obra sólo
dura cuarenta y siete minutos. Más ahorro aún.)
Racanería también mental, porque eso no es teatro, sino
mera yuxtaposición de monólogos, tipo «Club de la comedia». Nosotros no tenemos
nada contra los monólogos, pero son otro género e, indiscutiblemente, menor.
Claro que puedes subirte a un escenario y estar dos horas contando chistes. Eso
es loabilísimo, pero no es teatro: es espectáculo destinado a salas de fiestas.
Como amantes del teatro que somos, nos duele ver a Lope, a Benavente o a Buero
Vallejo substituidos por monologuistas que interpretan escritos de
chistógrafos, pues los monólogos no suelen ser sino chistes del mismo tema
enganchados unos a otros como vagones de tren. Todo es parte y síntoma de esa
tendencia actual a hacerlo todo por la vía más fácil.
¿Y qué opinan ustedes de la creatividad de tales
yuxtaposiciones escénicas? ¿Qué decir del supremo hallazgo humorístico
consistente en decir que las mujeres conducen bien, pero raro? ¿Qué decir del
magnífico rasgo cómico basado en insistir en que los hombres no levantan la
tapa del retrete antes de usarlo? ¿A qué se debe esa proliferación de humor
sexista malo, francamente tolerado e hasta impulsado y respaldado por todos?
Como no discriminemos mejor a qué espectáculos damos nuestro respaldo como
público, el siguiente paso de nuestro teatro será la mera escenificación de
aquellos chistes en los que aparecían un alemán, un francés y un español,
intentando desesperadamente demostrar lo tontos que eran los demás.