Jules Verne, 1876
Hay novelas de mensajes
con variedad de argumentos
y, si me paro a pensarlo,
se me ocurren cien ejemplos;
pero aquí he de hablar de Mi-
guel Strogoff, el correo
del Zar, que es de Julio Verne
y es un relato estupendo
que pasa en Rusia durante
el año mil ochocientos
setenta y seis (que creo yo
recordar que fue bisiesto,
aunque yo era pequeñito
y no estoy seguro de ello).
Hay que decir que don Jules
(que ese es su nombre correcto)
escribió desde su casa,
nunca salió de su pueblo,
solo vio Siberia en fotos
y aun así tuvo el talento
de describir de la estepa
mantecados y conejos
con una destreza tal
que piensas que la estás viendo;
y la lectura del libro
casi te hiela tus miembros,
por lo que conviene usar
guantes y un gorro de pelo
de castor, que te mantenga
caliente, abrigado y seco.
Vamos con la historia. Un ruso
traidor, pérfido y gamberro
—Iván Ogareff— se opone
al Zar, se marcha al destierro,
traba amistad con los tártaros,
les organiza un ejército
y se monta una invasión
de aquellas de «aquí te espero».
El Gran Duque, que es hermano
del Zar (aunque más pequeño),
vive en Irkutsk, que se encuentra
situada en el extremo
más oriental del país,
donde alguien perdió el sombrero
(cual dice el popular dicho
basado en los Evangelios),
y está este lugar remoto
tan alejado del centro
que mandas la carta en marzo
y no llega hasta febrero.
Claro, el Duque está ignorante
de que corre un grave riesgo.
Hay que hablarle del peligro
del invasor extranjero
para que se ponga a salvo,
pero han cortado el telégrafo.
Alejandro está en un brete
(el Zar a quien me refiero)
y convoca a Miguelito,
capitán de coraceros
y, a la sazón, encargado
del servicio de correos.
«Marcha a Irkutsk y da el aviso»,
le ordena en tono muy regio.
«Son solo seis mil kilómetros
de nada: casi un paseo».
«Majestad, ¿qué es un kilómetro?»,
pregunta Miguel, perplejo.
«Poco menos de una versta.
¿Te haces idea?». «Comprendo».
«Date prisa. No me tardes.
Camina a paso ligero.
Salva al bobo de mi hermano
a quien, en verdad, no quiero;
más no puedo permitir
que se le dé para el pelo
a nuestra estirpe Románov,
que viene de mis abuelos.
Adelántate a Ogareff
y no olvides, al regreso,
traer factura de todo
lo gastado en el trayecto».
Sin hacer ni la maleta
Miguel agarra un expreso
que no llega a ningún sitio,
no por descarrilamiento;
es que en Nóvgorod la vía
se termina por completo,
porque Rusia es un país
que está aún en el proceso
de construcción y, así, el tren
carece de presupuesto.
Junto con Miguel viaja
en el vagón un portento
de belleza, una katiuska
angelical: Nadia Fédor,
que va a buscar a su padre,
que está en la Siberia preso.
Ambos deciden ir juntos
y caminar, ¡qué remedio!,
que por allí no se alquilan
troicas ni dando dinero.
Miguel es caballeroso
y las chicas le dan miedo,
por eso le ofrece a Nadia
pasar como su gemelo
y decir que son hermanos
si aparece un indiscreto
y les pregunta algo. Avanzan
patinando sobre el hielo
y da la casualidad
de que atraviesan el pueblo
natal de Strogoff. Su madre
lo ve, pero él se hace el sueco,
pues finge ser comerciante
y ha de guardar el secreto
de que es militar: si no,
pueden hacerle algo feo,
porque las huestes de Iván
dominan aquel terreno.
Y cuando ella grita: «¡Hijo!
¡Te me has quedado en los huesos!
¿Es que en Moscú no se come?»,
él simula estar molesto
y le responde: «Señora,
yo no soy el hijo vuestro,
que yo estoy aquí de paso;
soy viajante de comercio,
voy vendiendo enciclopedias
y soy aquí forastero.
Necesitáis unas gafas
potentes, por lo que veo».
Él abandona el lugar,
pero tiene un mal encuentro
y el canalla de Ogareff
va y le agarra por el cuello
diciendo con voz terrible:
«Strogoffín, ¡ya te tengo!
Antes de acabar contigo,
he de partirte algún hueso,
que les tengo a los espías
manía desde pequeño».
Le atan muy fuerte las manos
con un nudo marinero
y, para hacerle la pascua,
deciden dejarlo ciego.
Ponen una espada al rojo
templándola sobre el fuego
y le chamuscan las córneas
como si fueran torreznos.
A Miguel, que ve a su madre
contemplando aquel tormento,
le entra una llorera tal
que a sus pies forma un riachuelo.
Viendo a Strogoff chamuscado
y más cegato que Homero,
Ogareff se ahorra una bala
y no mata al prisionero,
sino que lo suelta y dice:
«Esto te pasa por memo,
por servir a un Zar cretino
que no se merece un reino
y no va a darte las gracias.
Gánate ahora tu sustento
tocando en la balalaika
Ochichornia o Va pensiero
por las esquinas, como hacen
los mendigos pedigüeños».
Con una gran carcajada
se despide el traidorzuelo
y deja a Miguel tirado
sobre el siberiano suelo,
bituerto de los dos ojos
y con un mortal cabreo.
Pero el ucase del Zar
ha de cumplirse con celo
hasta el final si no quieres
que te dejen sin empleo,
porque allí en Rusia no hay paro
y no comes sin un sueldo.
Miguel, decidido, hace
corazón de su duodeno
(queremos decir «de tripas»)
y comienza a andar de nuevo
apoyado en Feodorovska
y dando muchos tropiezos.
En fin; ¿para qué cansar?
Por un misterio de esos
que pasan en las novelas
de aventuras y de duelos
Strogoff y Ogareff llegan
a Irkutsk casi al mismo tiempo,
aunque el primero anda a pata
y el segundo va en jamelgo.
Iván se presenta al Duque
de sopetón y fingiendo
ser el correo. «Me manda
vuestro hermano». «¿Qué es de Alejo?
¿Cómo está?», pregunta el otro,
que, además de Duque, es necio.
«Con salud. Dice que abráis
los portones, permitiendo
la entrada a unos batallones».
(Esto es un ladino intento
de meter en la ciudad
a los tártaros a cientos).
El Duque va a dar la orden,
pero entonces, como un trueno,
entra Miguel dando voces
y armando enorme jaleo.
«¡Yo soy Strogoff!», exclama.
«Y, si alguien lo duda, puedo
demostrarlo y enseñar mi
partida de nacimiento».
«¡¡Mentira!!», ruge Ogareff.
«No os creáis, Duque, ese cuento».
El Duque, por decidir,
echa mano al monedero,
se saca un rublo y anuncia:
«Si sale cara, me creo
al uno y, si es cruz, al otro»
y es porque el gen majadero
es muy frecuente en las casas
reinantes del mundo entero.
La moneda cae de canto,
con lo que el procedimiento
resulta inútil y quedan
igual que estaban primero.
Y como siempre sucede
en estos enfrentamientos,
al final hay bofetadas
a mansalva, que es el método
que emplea la especie humana
para resolver enredos.
Iván y Miguel se baten
como si fueran dos huevos,
mas con espadas y entonces...
(¿Cuento el final? ¿Lo desvelo?
¿Se me permite que haga
spoiler-destripamiento?
¡Qué narices! Quien no quiera
saber en qué acaba esto
que deje de leer el libro
y salga a dar un paseo).
Pues resulta que Strogoff
puede jugar al «veo, veo»,
porque tiene la esclerótica
en un estado perfecto.
No está ciego, ¡no señor!;
y fue porque el lagrimeo
que soltó cuando acercaron
a sus ojos el acero
formó un muro de vapor.
(Esto se llama el «efecto
Leidenfrost». No les estoy
metiendo ningún camelo).
Y así llegamos al clímax
de la historia. Resumiendo:
Strogoff pincha al rival
justo en el medio del pecho
(más como Ogareff no tiene
corazón, queda tan fresco);
pero al darle en los pulmones
Miguel logra su deseo
y el malo queda difunto,
cadáver, finado y muerto.
Strogoff salva a la patria
rusa con su heroico esfuerzo
y se casa con el Zar
Alejandro... no, un momento:
el Zar no; con quien se casa
es con Nadia (no recuerdo
muy bien algunos detalles
y esto ha de ser lo correcto,
que lo otro hubiera sido
un escándalo tremendo
que hubiera echado por tierra
la dignidad del Imperio).
