HUMORADAS
de
Enrique Gallud Jardiel
de
Enrique Gallud Jardiel
LA LITERATURA PARA EL PLACER. EL ATAQUE A LOS MAJADEROS. LA SÁTIRA DEL MUNDO.
Hamlet
El sucedimiento accional de esta dramación shakespírica hace acaecidad en un castillismo dinamárquico.
Los guardiosos soldádicos han veído al fantasmoso rey finido con recientidad. Con asustancia treméndica hacen avisación a Hamlet, el hijicio princípico del finante.
Este, tristino y depresionado por el obitamiento patérnico, hace salida nóctica para escuchizar la mensajada de su progenidero espiritoso.
«¡Oh, Hamlet, retoñante mío querídico! Claudio, tu infamoso tío, hizo vertición en mi oído de una venenosidad liquidesca. Tras esto, me hizo arrebatamiento coronístico y hubo desposación súyica con tu pariente mádrica. Por eso, estoy venganzoso y te hago suplicamiento de que efectúes la matación de mi traidorero hermanista».
Tras este discursismo arénguico, hay desapariencia fantasmil y Hamlet queda sumido en apabullamiento. Para la completación vengáncica, Hamlet se torna disimulesco y hace fingición de loquidad y oratismo, engañifando a su soberanil tío y a su consórtica madrosa.
En la subsiguiencia actosa, hay contratidad interprética de un compaño dramaticio de actoreros y actrizantas a los que Hamlet hace suministración téxtica de lo que entre los reyosos tuvo acaecencia. Es el recreamiento asesinil de un soberante a manos fraterciosas.
Con la comenzación teátrica, Claudio se nerviosiza y hace salidez rapídica aposentil, lo que significia su culpabilismo sin lugaridad dúdica.
El ente monarquicio hace enviamiento Hamlético a Inglaterrania, con aleguismo excusil de que allí el totalio ciudadanente hace mostración de igualidad mochalista y entre ellos y el principante no habrá diferismo.
Hamlet hace insultación a su parenticia mámica y haciendo escuchacionismo transcortinesco, da procedencia al sacamiento puñálico y recurrismo a la pinchación mortálica a Polonio, progenista de su noviada Ofelia. Esas son escenicidades de rellenamiento.
La jóvena se oratiza y, tras tragación ágüica en una lagada cercanosa, sufre muriencia.
Laertes, frátrico ofeliano, hace decidimiento y jurancia de morizar a Hamlet a su regresación.
(Hacemos saltamiento escenoso, para que esta escribancia no le sea tan pesadosa al lecturiente).
La parejación hamletlaértica duela y ambos se tornan pinchosos. Los floreticios están emponzoñizados y Hamlet sufre herimiento bracil. Antes de obitar, sin embargamiento, de dos estacodaciones abre boquetismo péchico y triposo a su propio tiante. Su Reinidad Gertrúdica (la madrera hamleticia) hace proce dismo a la bebición de una liquidad venenera y tiene palmamiento próntico con asimismiento.
El escenismo postrérico hace mostredad clárica de Fontimbras en su entranza córtica dinamarcónica, aunque los espectadentes hagan ignoración de quién es este ente persónico y de la causidad de su llegamiento.
Gautama Buddha
Ejemplo de que todos los caminos acaban conduciendo al nirvana o a otro sitio igual de tranquilo y relajante
Aunque parezca una falta
de respeto tremebunda,
hemos de incluir aquí
una biografía del Buddha,
un filósofo bastante
famoso que vivió una
vida curiosa en verdad,
que está contada en un sutra
escrito en pali o en sánscrito
y sin levantar la pluma
del papel, cosa de mérito
y difícil, aunque estúpida.
Lo que se sabe del hombre
es poca cosa o ninguna:
sólo hay leyendas pensadas
con fantasía mayúscula;
muy bonitas, aunque feas;
muy lógicas, aunque absurdas;
realistas, aunque falaces;
refinadas, aunque burdas;
coherentes, contradictorias
y tan liosas, en suma,
que no hay por dónde cogerlas
y que nos suenan a chunga.
Este príncipe nació
muy cerca del Brahmaputra,
que es un río lleno de agua
que pasa por Cataluña
(este dato no está bien:
tendré que hacer más consultas
y mirar la Wikipedia
por si me sirve de ayuda).
Desde niño fue empollón:
destacaba en las tertulias
de los sabios de su reino,
se le daba bien la música
y se aprendió de memoria
los Vedas, las escrituras
y la Residencia en la
tierra, de Pablo Neruda.
Hablaba inglés sin acento,
sabía bailar la rumba,
hacer pollo al chilindrón
y recurrir una multa.
Cuando el príncipe creció,
le desposaron con una
princesa de por allí,
que tenía una fortuna
(lo cual no está nada mal
y es una cosa segura,
que la juventud se pasa
y, en cambio, las joyas duran).
Su padre, el rey, no quería
que alternara con la chusma
y le retuvo en palacio,
con una o con otra excusa.
Y cuando, por fin, salió
a correrse una aventura
vio a un viejo, a un enfermo, a un muerto
—lo que no había visto nunca—
y aprendió que todo el mundo
está lleno de basura;
que si acaricias a un perro,
luego te pican las pulgas;
que muchas rubias se tiñen
y otras se ponen peluca;
que puedes coger catarros
si te mojas con la lluvia;
que, si aparcas mal el coche,
se te lo lleva la grúa,
y que acabas con diabetes
como abuses del azúcar.
Vio que el mundo era el infierno
y la Humanidad, gentuza,
y decidió hacerse asceta,
irse a vivir a la jungla,
y alimentarse tan sólo
con ensaladilla rusa.
Dicho y hecho: cogió entonces
lo que guardaba en la hucha,
se preparó un bocadillo,
metió en un bolso dos mudas
y se lanzó a los caminos,
después de darse una ducha,
sin despedirse de nadie,
para ahorrarse una trifulca.
Recorrió toda la India,
aunque a paso de tortuga,
sin agobios, pues realmente
no tenía prisa ninguna;
pero jamás regresó
a su reino, por alguna
razón que no se ha sabido
hasta hace poco. Resulta
que se ha encontrado una carta
de veracidad segura
en que el Buddha le escribía
a una amiga íntima suya
que si abandonó su reino
y se marchó a la otra punta
del país fue por librarse
de una situación muy chunga;
porque es que estaba hasta la
coronilla de la bruja
de su mujer, que parece
que era muy fea y muy bruta.
Era estrábica perdida,
dientinegra y cejijunta,
con más granos que un risotto,
con abundantes verrugas;
en cuanto al cuerpo, era obesa,
fofa, maloliente, hombruna,
patizamba y pechiausente:
era la fiera corrupia.
Y, por si esto fuera poco,
por desgracia, no era muda
y hablaba como cotorra,
tenía un carácter de furia,
era celosa y cansina,
marimandona y muy burra;
era más mala que un cólico
nefrítico, más obtusa
que un ángulo de doscientos,
más cruel que una denuncia,
más tonta que el Gran Hermano,
más molesta que un reúma,
más basta que el heavy metal
y más terca que una mula.
Si a estas cosas le añadimos
que era chillona y muy sucia
a nadie le extrañará
que se iluminara el Buddha,
que era algo mucho mejor
que estar con su esposa a oscuras.
Respuestas a preguntas
(Curiosidades titulescas)
Una pregunta en el título de un libro o de una película es una malísima idea, porque hace que la gente imagine respuestas hipotéticas generalmente burlescas o directamente ofensivas.
Vean.
¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?
Si te refieres a estar actuando en una película hortera de un director sobrevalorado, la respuesta es: «ser una actriz mediocre».
¿Quién se ha llevado mi queso?
Habrá sido un ratón. De todas maneras, el libro va de contar lo obvio, lo que sabe todo el mundo, ¿no es así?
¿Qué he hecho yo para merecer esto?
Ten por seguro que habrás hecho algo. La tercera ley de Newton habla de acción y reacción. Toda causa tiene su efecto y todo efecto, su causa.
¿Quién engañó a Roger Rabat?
La respuesta es obvia: una mujer.
¿Quién teme a Virginia Woolf?
Mucha gente, a juzgar por los pocos que se atreven a leer sus libros.
¿Qué fue de Jorge Sanz?
¿Quién era ese? No lo recuerdo.
Colega, ¿dónde está mi coche?
Tú estás fumado y no tienes coche.
¿A quién ama Gilbert Grape?
Habrá que ver la película para enterarse.
¿Qué sucedió entonces?
Lo que nos estábamos temiendo.
¿Conoces a Joe Black?
Afortunadamente no, porque las malas lenguas dicen que es la Muerte.
¿Qué fue de baby Jane?
Creció.
¿Qué hiciste en la guerra, papi?
Sobrevivir. ¿Te parece poco?
¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?
Porque la gente es muy bruta.
¿Por quién doblan las campanas?
¡Vete tú a saber lo que se le pasa por la cabeza al campanero, que es el tonto del pueblo!
¿Quién puede matar a un niño?
Muchos. Netanyahu, sin ir más lejos.
¿En qué piensan las mujeres?
(Esta respuesta queda en blanco).
¿Arde París?
En verano y con el cambio climático, ¡ya lo creo que sí!
¿Vencedores o vencidos?
Todas las guerras acaban igual tanto para unos como para otros: en un completo desastre.
¿Qué ocurrió entre tu padre y mi madre?
No hace falta esforzarse mucho para imaginárselo.
¿Dónde vas, Alfonso XII?
Pues voy en busca de Mercedes, que ayer tarde no la vi. ¡Pero qué pregunta más tonta y cuánta incultura hay hoy por el mundo!
Teléfono rojo, ¿volamos hacia Moscú?
No. Si te parece, desperdiciamos la bomba dejándola caer sobre Andorra o San Marino.
¿Adivina quién viene esta noche?
Pues Sidney Poitier: lo pone en el cartel de la película.
¿Víctor o Victoria?
¿No hay más opciones? ¿Algo intermedio?
Quo vadis?
Ubi volo. Et quid ad te pertinet?
¿Qué me pasa, doctor?
Habrá que hacerle toda una batería de pruebas. ¿Cuál es su seguro?
Hola, ¿estás sola?
¡Vaya preguntita! ¿Tú eres solo asesino en serie o también imbécil de nacimiento?
La barca sin pescador
Alejandro Casona
(1945)
Un gran drama de don Ale-
jandro Casona es La barca
sin pescador, en que sale
Satanás a liarla parda.
El protagonista es
un businessman (que es palabra
sinonímica de ‘pillo’,
de ‘ladrón’ y de ‘canalla’).
Solo piensa en el dinero,
en efectivo y en pasta,
en dólares y en pesetas,
en libras, yenes y dracmas,
en cruceiros de Brasil
y el riyales de la Arabia.
Se especializa en negocios
en los que puede hacer trampas
y ha conducido a la ruina
a muchas gentes honradas.
Solo sueña en dividendos,
intereses y ganancias
y no ha vendido a su madre
incluso a precio de ganga
—sin importarle un comino
que ella fue quien le alumbrara—
porque en la Bolsa las madres
se cotizan a la baja.
¿Quién es este personaje
tan vil? Se nos olvidaba
presentárselo: es Ricardo
Jordán, al que todos llaman
«el rey de los intereses»,
«el chacal de las finanzas»
y «el hieno de las acciones
bursátiles» (a su espalda,
claro está, pues nadie quiere
ganarse una bofetada
o un puñetazo en el ojo
por llamárselo a la cara).
Pues un día como otros
que estaba en una semana
que había dentro de un mes
y que era la doceava
parte de un año, la empresa
de Jordán se va a hacer gárgaras.
Ricardo se arruina y llegan
diez banqueros en comanda
a exigirle que devuelva
las cantidades prestadas.
Como él ya no tiene un duro
(ni otra moneda más blanda)
y no les puede pagar,
le obligan a hacer mudanza
a un sitio estatal que tiene
barrotes en las ventanas,
donde todas las personas
visten ropa muy baratas
con un número en el pecho
para así diferenciarlas.
Ricardo se desespera
porque estar al sol le encanta
y, en cambio, estar a la sombra
le hace muy poquita gracia.
Allí se presenta entonces
—haciendo de Deus ex machina—
un hombre que tiene pinta
de persona burocrática,
de oficinista común,
de vendedor de corbatas,
de señor de clase media,
en resumen: de pelanas.
Es «El caballero negro»,
como el reparto proclama.
Ricardo, con sus angustias,
no tiene tiempo ni ganas
de hablar con desconocidos
y por eso le da largas;
pero aquel recién llegado
se saca un as de la manga
y consigue su atención
con sus tretas demoníacas,
evitando de este modo
que el otro le eche a patadas.
Le dice que es Satanás,
que viene a comprarle el alma
y que esta oportunidad
no debe desperdiciarla,
que el hecho de que el demonio
venga una tarde a tu casa
a proponerte negocios
es una cosa muy rara
que no ocurre diariamente
en la existencia ordinaria.
«¿Y por qué quieres hacer
este trato? ¿Tú qué ganas?»,
pregunta Jordán, curioso,
mientras Satán se arrellana
—porque le duelen los pies
de andar— en una butaca.
«Pues, verás: tú eres un tipo
malvado donde los haya,
que comete toda clase
de crímenes a mansalva.
Y aun siendo un malo de libro
de texto, una escoria humana
y ejemplo de maleantes,
en tu palmarés no se halla
registrada muerte alguna,
lo que es necesaria cláusula
para que optes a premio
y puedas llevar la palma
de «Pecador del Milenio».
Esta, Jordán, es la causa
de que te ofrezca riquezas
a cambio de tu alma guarra.»
«¿Dónde firmo?», inquiere el otro,
con la pluma preparada.
«¿No quieres saber a quién
has de matar?» «Me resbala.
Tú dime el cómo y el quién,
y en menos que un perro ladra
(que la de que canta un gallo
es frase ya muy gastada)
mataré a quien tú me ordenes
y a alguno más si hace falta.»
«Como quieras», dice Lu-
cifer. «No habrás de hacer nada.
Con solo tú desearlo
y de manera automática
hallará la muerte algún
pringado, en Escandinavia.
Hay un pescador que vuelve
por la noche a su cabaña
y va subiendo una cuesta
bajo una lluvia mojada
y con un viento aireado
que sopla por la montaña,
tan violento, que se lleva
al pescador en volandas
y puede hacer que se pegue
una tremenda castaña
y quede más muerto que
Marco Antonio y que Cleopatra.
Solo habrás de desear
que se cumpla este programa
y el pescador morirá.»
«¿Y a cambio obtendré ganancias?»
«Serás rico para siempre.
¿Qué has decidido? ¿Lo matas?»
Sin pensárselo un segundo
Jordán dice: «¡No faltaba
más! ¡Claro! ¡Por supuesto!
¡Obviamente! ¡Que se caiga
rodando por la ladera
y que se haga mermelada!»
En ese instante se escucha
un grito. «¿Y eso?» «Que acaba
de caer y de morir.»
«¿Dónde firmo? Que ya tardas
en cumplir lo prometido.
Llena mi cuenta bancaria.»
Satán, tras firmar también,
se va. Llega un telegrama
que anuncia que están al alza
las acciones o algo así
(pues no sabemos ni papa
de cómo funciona el mundo
económico) y que gana
Ricardo muchos millones
y sin trabajar ni nada.
Esto es solo el primer acto
de la comedia de marras.
No les contamos el resto
no solo porque no caba
(queremos decir ‘no quepa’)
en el verso, por ser larga
narración, sino también
porque todo lo que pasa
a continuación aburre
y hace dormir a las vacas.
Para los que tengan curiosidad por conocer el final, lo contamos. Jordán se arrepiente de lo que ha hecho y viaja al pequeño pueblo báltico para ver de compensar su error. Al llegar, se encuentra con que la viuda del muerto está maciza y se la trajina.
Fin de la obra.


