El retrato de Dorian Grey

 

 

Como muestra de fusión

de un señor con una cosa,

de un humano y un objeto,

de un ser vivo y una obra

no existe ejemplo ninguno

como El retrato de Dorian

Gray, un libro inquietante

y tremebundo de Oscar

Wilde y que se considera

novela de terror gótica,

con connotación faustiana

y un asunto que es la órdiga,

que da canguelo y te pone

toda la piel gallinosa,

el cuerpo pelierizado

y el corazón en la boca.

¿La han leído? Puede ser

que sí, pues es muy famosa,

pero por si acaso hay

alguien que no la conozca,

yo la cuento en este verso

y a otra cosa, mariposa.

 

Trata de un joven, de un dandy

más cursi que una pianola,

un lechuguino británico,

 

un petimetre a la moda

que nunca dio un palo al agua

porque es un lord y aristócrata.

Es dueño de diez castillos,

está montado en el dólar

(bueno: la libra esterlina)

y alegremente derrocha.

Es guapo, tiene ricitos

rubios como una madonna

y piel aterciopelada

y algo melocotonosa,

pero pese a su belleza

es una mala persona

y aquí me quedo muy corto,

porque es más malo que el cólera

y ante la desgracia ajena

se ríe, vamos: se troncha.

 

En una fiesta conoce

a un artista de la brocha

que va y se prenda de él

perdidamente, ¡qué cosas!

Le hace a Dorian un retrato

preciosísimo, de nota,

y el otro le da las gracias

y lo coloca en su alcoba,

pues tiene lleno el salón y

si lo pone allí, le estorba.

 

El joven sigue viviendo

su existencia licenciosa

 

llena de ocio y placeres,

de desenfreno y de tómbolas,

de manjares escogidos

(caviar, paté de foie, ostras,

trufas, chorizo, altramuces

y ensaimadas de Mallorca),

de fumaderos de opio

(y de varias otras drogas

de nombres impronunciables

con las cuales se coloca),

de teatros de varietés

y veladas de la ópera

(escuchando El Parsifal,

Aïda y otras más latosas),

de borracheras continuas

(pues bebe como una esponja

y le da al whisky y al brandy,

al ron, al chinchón y al vodka,

acabando por las noches

con merluzas y cogorzas).

Una vida, en fin, de vicios

y costumbres asquerosas.

 

Una fría noche en que está

en casa tomando sopa

y admirando su retrato,

ve que no desea otra cosa

que no envejecer jamás

y seguir como una momia,

conservando su belleza

y sin una arruga sola.

 

Entonces se obra el prodigio

—aunque al punto no se nota—

y en vez de su rostro es

el cuadro el que se transforma

y se pone poco a poco

más feo que Vargas Llosa.

 

En el siguiente capítulo

Dorian Gray se echa una novia

de nombre Sibyl, que es

más tonta que una alcachofa;

pero a las pocas semanas

le aburren sus carantoñas

y decide abandonarla

con lo que además se ahorra

—lo que no es moco de pavo—

el convite de la boda.

Ella —de quien ya hemos dicho

que era imbécil y hasta idiota—

se lo toma muy a mal,

opta por volverse loca

y se suicida poniéndose

cianuro en la Coca-Cola.

 

Cuando Dorian Gray se entera

de su muerte, no le importa;

no solo eso: el muy canalla

va y se lo toma a chacota.

Pero en su casa contempla

el cuadro y dice: «¡Zambomba!

No me creo lo que veo.

 

Tengo que ir a óptica»,

porque su rostro ha cambiado

y ya no hay quien le conozca:

su faz está avinagrada

como si fuera una anchoa

y su cutis, que era terso,

ahora tiene la carcoma.

 

A partir de aquí se ve

bien por dónde va la cosa:

a medida que el malvado

arma broncas y camorras,

traiciona a diestro y siniestro,

seduce, mata y deshonra,

la cara del cuadro va

poniéndose más odiosa,

con patas de gallo, ojeras,

manchas y verrugas gordas,

por lo que se ve obligado

a esconderlo por la posta

para que nadie se entere

de que el cuadro le devora

y que sus muchos pecados

se le adhieren como goma.

No contaré más detalles

del argumento, que sobran;

iré directo al final

que es morrocotudo: oigan.

 

Después de un montón de crímenes

y más maldades que asombran,

de seducir a mujeres

saltando desde oca en oca,

tras un montón de delitos

merecedores de horca,

Gray medita y considera

que aquello es la repanocha

y se arrepiente, y decide

ser ya bueno, ¡el muy hipócrita!

Para acabar con aquella

maldición tan espantosa

que ha destrozado su vida

y tiene tan mala sombra,

coge un cuchillo de postre,

le saca filo a la hoja

y apuñala su retrato

una y otra vez y otra,

dejando el lienzo, señores,

hecho tiras y tapioca,

cual si lo hubiese cortado

con la navaja de Ockham.

 

Pero, ¡ay!, en el momento

en que lo hace, le explota

el corazón en el pecho

como si fuera una bomba

puesta por un anarquista,

como era entonces la moda.

Queda Gray más muerto que

San Ignacio de Loyola (†1556)

con lo que así se termina

la maldición. ¡Ya era hora!



El sexo en el siglo XX

El XIX fue el siglo más hipócrita que pueda uno echarse a la cara, todo pudibundez, puritanismo, rubor y candor. Se podía hacer cualquier porquería dentro de las casas, siempre que no trascendiera. El disimulo se convirtió en arte.

          La gazmoñería campó por sus respetos: se les pusieron hojas de parra a las estatuas y ropas a las mascotas (perros, gatos y canarios). Los parlamentos ordenaron la expurgación de muchos libros y se prohibió la lectura de un montón de autores, Shakespeare incluido (y también Daniel Deföe, porque su Robinson iba por la isla medio desnudo), habida cuenta de que habían resultado ser unos terribles corruptores. A las vírgenes estuvo a punto de pedírseles que se sacarán un carnet al efecto para demostrar su estado. Los burgueses iniciaron una nueva cruzada en favor del matrimonio como base moral de la sociedad, pese a que estos enlaces eran siempre de conveniencia. La moral victoriana atacó al vals, porque en él era inevitable que las parejas se tocaran las manos al menos, lo que podía provocar —a decir de muchos puritanos— orgasmos involuntarios en medio de los salones.

          Si una mujer iba al médico con un problema de ovarios, no podía indicar el lugar donde le dolía, sino que tenía que decir algo así como «por debajo de la cintura», con lo que el galeno se apresuraba a mirarle el tobillo, por si se había hecho un esguince.

          Para controlar que nadie sacará los pies del plato (se nos ocurre otro cliché parecido, pero no lo usamos por parecernos de mal gusto), se creó la policía de costumbres o brigada del vicio, cuerpo para el cual «costumbres» y «vicio» eran evidentemente sinónimos. Sus miembros no creían que existieran buenas costumbres.

          De hecho, surgió otra lacra social: las casas de citas, que eran algo así como lugares para la prostitución amateur, algo que el gremio prostituil llevo muy mal. Muchas damas empingorotadas recibían de buena mañana una carta o un «continental»[1] y aportaban para aquellos antros para verse con sus amantes o amantas, que de todo había. Los maridos creían que se habían ido a hacer shopping y que tardaban más de lo habitual, por lo que no se extrañaban ni lo más mínimo.

          Por su parte, el mundo profesionalizado fue haciéndose más y más sofisticado. En las casas de libertinaje había un «menú» de vírgenes, viudas, rellenitas, exóticas, menores y más variedades de carne fresca que en la carnicería o charcutería de la esquina. A las rameras se les obligaba a lavarse a menudo con estropajo y jabón «Lagarto» o la marca equivalente según su país y la policía las sometía a controles y palpaciones esporádicas. Tenían que pagar también sus buenos impuestos y tener al día su cartilla con fotografía y todos los sellos administrativos imaginables. Pese a ello, su labor seguirá siendo ilegal y si pillaban a alguna en horas laborables, le caía un buen castigo, aunque no así al acompañante; era la doble moral de la que hemos hablado antes.

          Los proxenetas prosperaron asimismo y aquel «nuevo oficio» (aunque no era tan nuevo) se hizo más apetecible entre las clases trabajadoras que el de carpintero, albañil o fresador, por poner algunos ejemplos.

          Este ten con ten con la prostitución no fue regular. De pronto las esposas de los ministros sufrían un ataque de moralitis aguda y el gobierno efectuaba entonces una «caza de prostitutas» implacable. Las detenía y sin juicio ni gaitas escocesas las deportaba a lejanas colonias.

          Las mancebías, por ello, no eran seguras, por lo que muchas emprendedoras decidieron independizarse y trabajar por su cuenta. Estas fueron las llamadas «leonas», que vivían en el entorno de los teatros y que, como su apodo indica, se peinaban poco.

          Otro aspecto de la pudibundez afectó a las artes autoeróticas, denominadas onanismo y también... (no lo vamos a decir).

          Según se inculcaba en la juventud, los autotocamientos conducían a la ceguera, a la muerte, a la locura, a la idiotez y a la impotencia en ese orden. Aquello era un vicio horrendo (sobre todo en los hombres; con las mujeres hubo más manga ancha, lo que llevó un siglo después a la costumbre de que no se viese mal que dos chicas fueran juntas a los lavabos en cualquier sitio público). Tan grave parecía la cosa en el caso de los varones que se fabricaron para los muchachos recalcitrantes unas jaulas especiales en las que el miembro quedaba aprisionado y en la que un timbre avisaba de cualquier erección voluntaria o involuntaria.

          No faltaron médicos que aseguraron que el autoerotismo no era un «vicio» humano, puesto que estaba comprobado científicamente que los ciervos, los carneros, los monos y hasta los elefantes se masturbaban. La reacción de los demás mor(t)ales no se hizo esperar: elevaron un escrito a las autoridades municipales de sus ciudades para que no se exhibieran estos animales en los parques zoológicos, para evitar cualquier contemplación ocasional de esta actividad «tan natural». La comunidad científica dijo que el autoerotismo era, de alguna manera, inevitable, ya que el ser humano estaba expuesto involuntariamente a sueños voluptuosos. Las ligas morales indicaron entonces que debería prohibirse dormir.

          Las creencias en las nefastas consecuencias del onanismo se las había inventado un buhonero charlatán del siglo XVIII que escribió un opúsculo llamado Onania y que vendía un tónico para desacostumbrar a los «viciosos» de este hábito. Los médicos, empero, insistían en que el onanismo no tenía los malos efectos que se le achacaban, causaba menos cansancio que las relaciones sexuales completas y hasta fortalecía el sistema inmunológico y prevenía las enfermedades de la próstata. Pero nadie hizo caso de los médicos, porque las asociaciones de mujeres morales siempre han sabido mucho más que nadie de estas cosas.

          Los científicos comenzaron entonces a meter baza en esto del sexo (antes siempre habían sido el colectivo menos participativo) y la sexualidad se convirtió en asunto de debate en círculos más elegantes que antaño. El pastor anglicano Thomas Malthus (1766-1834), viendo cómo sus congéneres se dedicaban de lleno y con entusiasmo creciente a las actividades reproductivas —por así llamarlas—, apuntó que los humanos aumentan su número más aprisa que los recursos y que un día u otro habría que reducir la población por medios que de seguro no serían agradables. Como solución, propuso el matrimonio tardío y la continencia absoluta, aparte de sugerir a las mujeres el uso de la conocida excusa del dolor de cabeza. Fue entonces cuando se comenzaron a reevaluar los métodos anticonceptivos y se «redescubrió» la fecundabilidad temporal, algo que Sorano de Éfeso —el gran ginecólogo de la Antigüedad— ya había utilizado muchos siglos antes en la antigua Roma (que entonces no era antigua, sino que estaba bastante nuevecita).

          Malthus tuvo otra idea genial, corolario de la de la continencia absoluta: si el género humano no tenía relaciones sexuales, tampoco se contagiaría de las malditas enfermedades venéreas[2]. En efecto: las enfermedades sexuales seguían causando estragos. La sífilis y la blenorragia no se empezarían a curar con éxito hasta inicios del siglo XX, por lo que no hablaremos de ellas aquí, pues aún no les toca salir.

          La idea romántica de que el amor era lo más importante de todo en la vida pero que más que placeres provocaba dolores y tristezas sirvió como punto de partida para que cuajara el yogur del masoquismo, una nueva perversión sexual que se puso muy de moda en aquel siglo lleno de suicidas y quejicas.

          La poesía, el teatro, los folletines, todo rezumaba sangre, lágrimas y penas sin cuento, por lo que a nadie le extrañó que el sufrimiento se convirtiera en un nuevo elemento sexiamoroso. Leopold de Sacher-Masoch (1836-1895) fue un aberrante autor de aberrantes novelas en las que abundaban las escenas degradantes, humillaciones sexuales y los adverbios acabados en «-mente».

          Esta contrapartida del sadismo consistía en asociar el goce sexual al dolor físico, pues no se podía ser buen amante sin sufrir. Si tu amada (o amado o amadi) te azotaba con un látigo con púas, tu libido se exacerbaba. Si te pegaba con un palo en la cabeza, tú te dabas con un canto en los dientes (de pura satisfacción). Estas prácticas resultaban un poco ridículas. Cuando eras pequeño y una mujer de mediana edad (tu maestra) te pegaba, llorabas; ahora estabas dispuesto a pagar cantidades exorbitantes de dinero porque te maltratara una mujer de mediana edad. ¡Incongruencias de la vida!

          Como fuere, el masoquismo tuvo su momento y llegó a incluir actos verdaderamente repugnantes, como el lamido de ceniceros, la coprofagia (o deglución excreméntica), la necrofilia (solo al alcance de los enterradores y de los estudiantes de Medicina que se quedaban en el hospital después de las clases) o la lectura de los libros de autoayuda de Paulo Coelho.

          El estudio de la homosexualidad como anomalía también produjo ríos y lagunas de tinta. Karl-Heinrich Ulrichs (1825-1895) estudió sistemáticamente el asunto por primera vez allá por el 1862. Se habló de «inversión sexual» (que no es hacer el sexo cabeza abajo, como se detalla en el Kama sutra), de «desviación sexual» (que no es irte un rato a una mancebía cuando vas de camino a la oficina) y, finalmente, de homosexualismo, término que no apareció hasta 1869 (no sabíamos dónde había estado metido antes).

          Se usaron entonces otras palabras como ‘sodomita’, de referencia bíblica (aunque no sabemos qué hacían en Gomorra), ‘uranista’ (se ignora en realidad mucho sobre ese planeta, por lo que nos parece un término poco preciso), ‘urningo’ (esto lo inventó Ulrichs y no sabemos lo que significa ni de qué raíz viene) y otros vocablos más suaves, siempre que no se empleen en el aumentativo. El médico berlinés Magnus Hirschfeld (1868-1935) quiso popularizar para la homosexualidad el término de «tercer sexo», bastante respetuoso, y pidió la protección legal de los homosexuales, pero no consiguió ni lo uno ni lo otro.

          Los estudios sobre el tema llegaron a dos conceptos nuevos: el de bisexualismo (la posibilidad de que te agrade el solomillo sin que dejen de gustarte los salmonetes) y el intersexualismo (que tengas fases; o sea: que tu gusto en materia de cama oscile entre uno y otro sexo según el año en que te pille y el lugar en donde te encuentres). Por ejemplo, si pasas meses en un barco, años en la cárcel o toda tu vida en un convento es muy probable que tus gustos sexuales se vean determinados por el medio más que por la genética.

          Se habló también del ambisexualismo, la idea de que con el tiempo todos seríamos bisexuales, noción basada en el concepto del hermafroditismo. El doctor J. Rutgers preconizó esta teoría y vaticinó que en unos siglos los dos sexos se igualarían, aumentarían los senos de los hombres y los bigotes de las mujeres. Finalmente, en las civilizaciones superiores, los homosexuales serían más y acabaría por imponerse al resto por la teoría de la supremacía del más adaptable. Se han escrito algunas novelas de terror con esta premisa.

          Fue en este siglo cuando el gran Sigmund Freud (1856-1939) comenzó a meter las narices en los traumas eróticos infantiles y a culparlos de todos los males de los hombres adultos. No seremos nosotros los que hablemos mal de Freud, porque Freud nunca habló mal de nosotros (que sepamos). Así es que le otorgaremos valor a sus descubrimientos, que se vieron complementados con los de sus seguidores. Por ello, son muy corrientes para el hombre actual nociones como la del «complejo de Edipo», el «complejo de Electra» y el «complejo de Eritipómenes», menos conocido pero también necesario para entender algo de los vericuetos siempre misteriosos del alma humana.

          Y para acabar este siglo (antes de que el siglo acabe con nosotros) con una nota optimista y un tanto humorística, haremos alusión a los mormones, la secta denominada «Iglesia de los Santos del Postrer Día» (o del postre del día, según otra traducción). La fundó en 1827 Joseph Smith (1805-1844), que parece uno de esos nombres ficticios que das en las recepciones de los moteles cuando vas con una chica para que nadie sepa quién eres.

Según Smith, ellos eran los descendientes de las diez tribus de Israel desaparecidas. ¿Qué tenía esto que ver con el hecho de que sus acólitos pudieran tener varias mujeres? Nunca se ha sabido, pero así es. Brigham Young (1801-1877), sucesor de Smith, tuvo diecisiete mujeres y cincuenta y dos hijos, para bautizar a los cuales tuvo que utilizar todos los nombres que aparecen en la Biblia. (Para los nombres de los nietos tuvo que recurrir a Las aventuras de Tom Sawyer y a la guía telefónica del Estado de Utah.)

Parece ser que los mormones creían de buena fe que Moisés fue polígamo y usaron este dudoso dato como justificación. Excusamos decir que en esta comunidad no se conocía la prostitución, básicamente porque sus miembros varones no disponían de mucho tiempo libre.



[1] Los telegramas decimonónicos.

[2] Argumento equivalente para decir que si dejáramos absolutamente de comer durante el resto de toda nuestra vida, acabaríamos muriéndonos igualmente, sí, pero nunca de una indigestión.

La era de la fusión

 


Dicen que estamos en la era de la fusión.

Y, como nuestros prejuicios nos impiden fusionar culturas y hacer de una vez por todas un saludable mestizaje, fusionamos otras cosas para parecer modernos.

Por ejemplo, las artes.

Hablando de fusiones (y no me refiero a los holdings que controlan el mundo) hay que recordar que no son fáciles de hacer. La primera que se intentó, entre la música clásica y la carpintería, todos saben qué resultados produjo: artistas que, en vez de tocar el violín, tocaban el serrucho, lo cual indudablemente tiene mucho mérito, pero que es algo que, pese a ser muy difícil, suena horroroso, para qué nos vamos a engañar.

Fusionar una música con otra es más resultón y yo, en principio, lo apoyo. Queda luego por determinar qué variedades son más resultonamente fusionables y cuál es el destino que les espera al rock-flamenco, al bossanova-jazz, al jota-country, al vals-chacarera, al tango-seguidilla, a la sardana-milonga o al gregoriano-chachachá.

Cuando se mezclan varias artes, la cosa es más complicada. Bien es verdad que Rafael Alberti pintó muy bonitamente sus poemas, con letras de diseño. Manuel Machado escribió bellos sonetos inspirados en cuadros. Hay otros ejemplos.

Pero también existen imposibilidades que es mejor no explorar. Me temo, sin embargo, que todo lo hacible se hará y artistas en búsqueda de originalidad a toda costa, igual que representan cuentos, bailarán cuadros, pintarán sonatas, recitarán vidrieras, filmarán cornucopias, declamarán objetos decorativos, interpretarán arcos de medio punto, tallarán chistes, cantarán bodegones, dibujarán óperas y edificarán minués. Todo eso llegará.

En cuanto al teatro, que es lo que mejor conozco, será por ser excesivamente tradicional, pero no aplaudo a esas compañías «transgresoras» que actúan poco y emplean otros recursos para llenar el tiempo de sus espectáculos. Tampoco aplaudo a quienes, en lugar de actuar, te cobran por ponerte vídeos, prender fuegos artificiales o darte bocadillos de mortadela en medio de la función. Mucho menos aplaudo que se haga intervenir a los espectadores. Todo ello me parecen recursos de relleno en el mejor de los casos o para que el público no se vaya.

Indudablemente, si ves una obra buena, al día siguiente puede que lo comentes con los compañeros de oficina o puede que no. Si te hacen subir al escenario o si te regalan un bocadillo, de seguro que lo recordarás y contarás. Es publicidad para necios.

Lamentablemente, muchas de estas compañías de teatro han renunciado a los dones de Talía y a la bendición de San Ginés, patrón de comediantes; se limitan a usar ese foro para lucir sus habilidades de tragasables, comedores de fuego, zancudos o nudistas. Son los actores-ensalada, como yo los llamo, puesto que a algunos se les tiran tomates de manera organizada y otros se revuelcan en aceite.

Pero son tímidos y cobardes en su transgresión.

Si lo que quieren es ser distintos y famosos sobre un escenario, sin tener que actuar, yo propongo a esas compañías y como complemento a sus espectáculos, que se pele al cero a los espectadores que tosan demasiado y que al que le suene el teléfono en medio de la función se le embree y emplume colectiva y lúdicamente.

Ninguno de los asistentes olvidará nunca esas veladas.