Año de 1541, que fue bisiesto, para
sorpresa de muchos. Un cuartucho de la pensión «El Ganso Dorado», en Leipzig,
donde el demonio tiene alquilada siempre una habitación para cuando se le
acumula el trabajo y tiene que hacer noche en la Tierra. Mefistófeles está tumbado en el catre
tan ricamente, leyendo un libro de chistes de humor negro, cuando se abre
repentinamente la puerta y aparece el doctor Fausto.
Viene muy enfadado.
Mefistófeles.—(Incorporándose,
desagradablemente sorprendido.) ¡Eh! ¿Quién eres tú? ¿Cómo has entrado?
Advertí a la patrona de la pensión que no quería que nadie me molestara.
Fausto.—Le
dije que éramos primos por parte de madre.
Mefistófeles.—No
puedo decir que me alegro de verte, porque no recuerdo quién eres. Eso,
últimamente, me pasa mucho. Estoy empezando a preocuparme. Tendré que consultar
a un especialista.
Fausto.—¿Me
has olvidado? Hace veintitrés años y diecisiete meses hicimos algunos negocios
juntos en Ingolstadt.
Mefistófeles.—¿De
veras?
Fausto.—Firmamos
una hipoteca.
Mefistófeles.—¿Hipoteca?
Te equivocas: yo no hago esas cosas
Fausto.—Sí.
Te vendí mi alma. ¿No recuerdas?
Mefistófeles.—¡Ah,
vamos! Tú estás hablando de un pacto. Eso sí, claro. Tu lenguaje bancario me
había confundido. Es cierto: firmamos un contrato. Con sangre. Por cierto, que
resultaste bastante tacaño, pues lo hiciste con una sola gota. Y, a propósito:
¿qué tal te ha ido en este tiempo?
Fausto.—Pues
muy mal: de ahí que venga a reclamar.
Mefistófeles.—Bueno,
vamos por partes. Primero siéntate y quítate el abrigo. Si no, te vas a asar. (Se
ríe.) Lo has cogido, ¿no?
Fausto.—¿El
qué?
Mefistófeles.—El
doble sentido. El juego de palabras. La broma. Aunque no estamos entre los
fuegos del infierno, sigo siendo Satanás; y si te digo que estando conmigo te
vas a asar, pues eso tiene que hacerte gracia.
Fausto.—Pues
no me hace ninguna, la verdad. Eres malo hasta para contar chistes.
Mefistófeles.—A
ver: explícame el motivo de tu queja. Que no se diga que mi empresa no trata
bien a sus clientes. ¿Cómo dijiste que te llamabas?
Fausto.—Fausto.
Te vendí mi alma a cambio del amor de Margarita, del poder, la fama y demás.
Fue una mala decisión. Estoy arrepentido y quiero deshacer el trato.
Mefistófeles.—Si
lo que me está pidiendo es que considere una devolución fuera del periodo de
garantía, me tendrás primero que detallar cómo te ha ido durante estos años en
que has gozado de mi ayuda.
Fausto.—¿Es
que no lo sabes? ¿No haces un seguimiento de tus... clientes, por llamarles de
alguna forma?
Mefistófeles.—Sería
muy tedioso, créeme. La mayor parte de las vidas de vosotros, los mortales, son
más aburridas que un telefilm de sobremesa.
Fausto.—La
de mis desdichas puede ser una narración muy larga.
Mefistófeles.—No
me importa. Mañana no tengo que madrugar. Empieza.
Fausto.—Recordarás
que te, aparte del amor y del dominio de las artes mágicas, pedí ser conocido
por todo el mundo, que mi nombre cruzara fronteras.
Mefistófeles.—Me
acuerdo, en efecto.
Fausto.—Pues
bien: estando en Venecia intenté volar.
Mefistófeles.—Un
deseo muy humano. Prosigue.
Fausto.—Confiado
en tu palabra de que conseguiría lo que quisiera, salté desde el tejado del
Palacio Ducal, tras anunciarlo a los cuatro vientos. Caí a plomo y ¡menos mal
que lo hice, por fortuna, sobre un carro de heno! Aun así me rompí las dos
piernas, la muñeca y varias costillas. Acabé siendo el hazmerreír de toda la
ciudad. En cuando pude caminar, hube de marcharme de allí, porque las burlas me
resultaban insoportables.
Mefistófeles.—¿Y
bien?
Fausto.—(Indignado.)
¡No volé!
Mefistófeles.—(Tranquilamente.)
Tú no me pediste que te hiciera volar, solo que te conociera todo el mundo. Y
todo el mundo te conoció, ¿no es así? Te llamaban «el alemán que es más obtuso
que los otros alemanes». ¿De qué te quejas?
Fausto.—Sabes
muy bien lo que quiero decir. Te ceñiste a la letra del contrato, no a su
espíritu. Hiciste trampa.
Mefistófeles.—¿Y
bien, repito?
Fausto.—Pude
haberme matado. Tu conducta fue diabólica.
Mefistófeles.—¡Hombre,
claro!
Fausto.—En
cuanto al dominio de la nigromancia, no me fue mejor.
Mefistófeles.—Te
doté de la capacidad mágica de transmutar metales y otros trucos similares. De
eso no te podrás quejar.
Fausto.—Troqué
un trozo de hierro en oro ante el sultán de Constantinopla
Mefistófeles.—¡Qué
bien!
Fausto.—Y
me dieron una paliza, por brujo.
Mefistófeles.—Es
que la gente no entiende.
Fausto.—Cuando
repetí el prodigio en el Vaticano, me querían quemar. Tuve que salir de allí
pitando.
Mefistófeles.—¡A
quién se le ocurre!
Fausto.—En
Wittenberg, para darme pisto ante mis estudiantes, conjuré a la figura de la
hermosa Helena de Troya y me casé con ella.
Mefistófeles.—¿Pero
no estabas enamorado de Margarita?
Fausto.—¿Y
qué tiene que ver una cosa con la otra? Me casé con ella, sí; pero como era
básicamente un espectro, era muy mala en la cama. Quedó encinta y tuvimos un
hijo, Euforión, que solo me dio problemas, porque era... ¿cómo se dice ahora?
¡Ah, sí! Era especial. El muy imbécil intentó volar y...
Mefistófeles.—(Interrumpiéndole.)
Perdona: ¿qué has dicho?
Fausto.—Que
el muy cretino intentó volar, como Ícaro, y se mató.
Mefistófeles.—¡Ya!
Fausto.—¡Me
llevé un disgusto...! Luego, Helena también me abandonó. En resumidas cuentas:
que no he sido feliz. Y todo esto sin contar lo de Margarita.
Mefistófeles.—¿Qué
pasó con Margarita?
Fausto.—¡Era
tonta de nacimiento!
Mefistófeles.—Las
guapas suelen serlo.
Fausto.—De
lejos prometía mucho, pero de cerca era insoportable. ¿Te lo imaginas?
Mefistófeles.—¡Qué
me vas a decir! Eso pasa con muchas cosas. Pero prosigue tu relato, pero, por
favor, sé breve, porque me está entrando el sueño.
Fausto.—Una
noche, Margarita dio una poción a su madre, para adormilarla mientras nosotros,
en la habitación adyacente, gozábamos de un poco de intimidad.
Mefistófeles.—¡Qué
eufemismo tan elegante para disimular que estabais haciendo porquerías!
Fausto.—A
la muy palurda se le debió de la ir la mano o no supo contar las gotas o algo
así; el caso es que la madre murió esa noche por su culpa y, cuando a la mañana
siguiente nos descubrieron a todos, a ella muerta y a nosotros en el cuarto de
al lado en paños muy menores o, más bien, sin paño alguno, se armó allí una de
todos los diablos.
Mefistófeles.—¡No
hace falta ofender! Tienes menos modales que un burro. Abreva. Digo, abrevia.
Ve acabando tu relato.
Fausto.—Margarita
quedó encinta. Su hermano, indignado, me desafió a un duelo y tuve que matar a
ese pobre diablo.
Mefistófeles.—¿Otra
vez? ¡Serás grosero!
Fausto.—A
Margarita le importaba la opinión ajena más que ninguna otra cosa, así es que
ahogó en un río a nuestro hijo ilegítimo.
Mefistófeles.—¿Así,
sin más?
Fausto.—Como
te lo cuento. Ahí fue cuando yo empecé a padecer del corazón.
Mefistófeles.—¿Cómo
acabó la cosa?
Fausto.—Margarita
fue a la cárcel, se volvió loca y fue ajusticiada. Como ves, la vida romántica
que compré tan cara con mi alma no ha sido para tirar cohetes.
Mefistófeles.—Me
hago cargo.
Fausto.—Así
es que quiero mi alma de vuelta y una compensación.
Mefistófeles.—Ahora
que me has pormenorizado el resultado de nuestra relación comercial, creo que
he sido yo quien ha salido perdiendo.
Fausto.—(Sorprendido.)
¿Quéeeeee?
Mefistófeles.—Yo
te di el amor de Margarita en muy buenas condiciones, como te había prometido.
A cambio, tú me entregaste un alma cochambrosa, llena de defectos y de vicios:
no me servía para nada. Bueno, la culpa es mía, por tratar con humanos.
Fausto.—¿Mi
alma no te gustó?
Mefistófeles.—¿Tú
te la habías hecho mirar antes de entregármela? Era un alma que estaba en un
estado lamentable, como te digo. No tenía nada que se pudiera aprovechar. En
cambio, Margarita...
Fausto.—¿Qué?
Mefistófeles.—Margarita
era material de primera. Era joven, cándida, bella, bien formada, limpia y poco
habladora. ¿Qué más se le puede pedir a una mujer? Antes de todo el dramón que
me has contado, ¿no te hizo feliz?
Fausto.—¿Estás
de broma? ¿Me lo preguntas en serio?
Mefistófeles.—Totalmente.
Fausto.—
Durante el tiempo en que estuvimos juntos, Margarita acabó con mi paz, mi
sistema nervioso y mi cuenta bancaria. Me destrozó la vida.
Mefistófeles.—Bueno,
¿era lo que querías, no es así?
Fausto.—¿Cómo
iba yo a imaginar que el amor de una mujer pudiera ser tan destructivo?
Mefistófeles.—¿No
lo sabías? Pero, ¿tú no eras doctor, no dominabas la medicina, la astrología,
la alquimia y hasta el macramé?
Fausto.—Dominaba
todo eso, sí.
Mefistófeles.—¿No
eras un verdadero intelectual, un sabio?
Fausto.—Lo
era.
Mefistófeles.—¿Y
qué os enseñan en la escuela a los sabios como tú?
Fausto.—¿Cómo?
Mefistófeles.—Yo
me limité a darte lo que anhelabas tener: el amor de Margarita. Si me pediste
algo que no te convenía, no es culpa mía. Supongo que leíste la letra pequeña
de nuestro contrato y la del impreso del Ministerio de Tentaciones.
Fausto.—La
verdad es que, si recuerdas, firmé sin mirar todos los papeles que me pusiste
por delante.
Mefistófeles.—Eso
se llama coloquialmente «pensar con un órgano distinto del cerebro». ¿Por qué
lo hiciste así?
Fausto.—No
sé. La burocracia siempre me ha parecido algo tremendamente diabólico. Pero,
como fuere. Vengo decidido a que deshagamos el trato y a que me devuelvas mi
alma, como te he dicho.
Mefistófeles.—
Olvídate. Eso no puede ser.
Fausto.—(Sentándose.)
Como dice el refrán: «No sueltes al diablo cuando le cojas por el rabo».
Mefistófeles.—Eso
es una grosería.
Fausto.—No
me moveré de aquí hasta que lo consiga. Si te vas a cualquier sitio, te seguiré
y me pegaré a ti como una lapa. Te advierto que puedo ponerme muy pesado: no
olvides que soy alemán.
Mefistófeles.—(Aparte.)
Aun siendo el diablo como soy, reconozco que este individuo ha conseguido
asustarme.
Fausto.—Y si eso no basta, te mandaré a mis
abogados.
Mefistófeles.—(Aparte.)
Eso sí que no. La paz de espíritu vale más que la productividad laboral. (Alto.)
Me has convencido. Te devolveré tu alma.
Fausto.—(Satisfecho.)
¡Bien!
Mefistófeles.—Y
te procuraré la fama en el futuro. Cuando mueras, serás un personaje recordado,
como don Juan, Prometeo o el Judío Errante.
Fausto.—¡No
me mezcles con esa gentuza!
Mefistófeles.—Encargaré
a Christopher Marlowe, que es muy buen amigo mío, que escriba un drama sobre tu
vida y tus vicisitudes.
Fausto.—¡Haber
sufrido yo para que otro cobre los derechos!
Mefistófeles.—Eso
sienta muy mal, en efecto. Yo lo sé de buena tinta, porque he salido en muchas
novelas y hasta en la Biblia.
Fausto.—Es
verdad.
Mefistófeles.—En
cuanto a ti, dentro de unos siglos, un autor de esos de gran prestigio y muy
reverenciados a lo que no lee nadie, un tal Goethe, te inmortalizará en una
obra que tardará sesenta años en acabar, porque el tal escritor será alemán y
le gustará hacer las cosas con mucha concentración y parsimonia.
Fausto.—Me
parece bien. (Cordialmente.) Pero, ¿y tú? ¿Podrás justificar la
rescisión del contrato?
Mefistófeles.—Ya
se me ocurrirá algo. A fin de cuentas, soy un diablo de mundo y con mucha
experiencia. Puedo decir que contigo hice una excepción y que fuiste perdonado
por el amor de Dios, que intervino personalmente y se interesó por tu caso.
Fausto.—¿Eso
colará?
Mefistófeles.—Más
me vale. De otro modo, esta mala fama estropeará mis futuros pactos con otros
incautos y perderé todo mi prestigio.
Fausto.—Pues
espero que, por mi culpa, no tengas problemas. Te deseo lo mejor.
Mefistófeles.—Muchas
gracias. Eres muy amable.
Fausto.—(Aparte.)
Hay que tener amigos hasta en el infierno.