La historia de Romeo y Julieta ha traspasado las fronteras siempre que le ha apetecido.
Muchos de mis coetáneos han tenido —como yo tuve— pesadillas constantes en las que salía Karina con una minifalda amarilla cantando aquello de:
Sí, sí somos el Romeo y la Julieta,
aquellos que murieron de pasión.
No, no tenemos tampoco una peseta
y el piso va a costarnos un riñón.
Pero estoy adelantando acontecimientos. Antes del tratar del influjo shakespeariano en el pop de los setenta, habré de mencionar las fuentes de la historia, fuentes en las que abrevó hasta hartarse el bardo de Stratford-upon-Avon.
Todos sabemos que Shakespeare robó absolutamente todos sus argumentos de un sitio u otro (leyendas mediterráneas, crónicas de los reyes ingleses o directamente comedias de su amigo Christopher Marlowe), pero ¿de dónde choriceó esta historia concretamente?
Vamos a saberlo ahora mismo.
Un italiano cochambroso (como todos en aquella época) llamado Masuccio escribió una obra a la que tituló Il novellino (aparecida en 1476, ese año que llovió tanto, ya saben), donde recogía nada menos que cincuenta novelas, porque por aquel entonces la gente que se decidía a gastarse el dinero en comprarse un libro quería que le durarse todo el invierno como mínimo. Aquí aparece por vez primera la historia de los amantes tontos.
En esta primera versión se llamaban Mariotto y Gianozza, lo cual no era muy resultón, que digamos. Si decimos de alguien que «es un Romeo», la cosa queda medianamente pasable y hasta elegante. Pero si decimos que «ese joven es un Mariotto», puede parecer que le estamos insultando o poniendo en tela de juicio su virilidad y nada más lejos de nuestro ánimo. Así es que no es de extrañar que los nombres no cuajaran.
Pero la historia estaba ya ahí enterita: el amor repentino, la boda en secreto, el fraile con sus potingues y la muerte debida a que el servicio de correos era un desastre y las cartas no llegaban nunca a tiempo.
La acción transcurría en Siena (una ciudad a la que debía de dar mucho el sol, porque siempre hemos oído hablar de la «Siena tostada»), pero luego la acción se trasladó a Verona (quizá porque allí los alquileres eran más baratos y la acción no tenía demasiados ingresos). Los apellidos de los protagonistas también variaron (porque en la versión original los dos amantes se llamaban Rossi, el apellido más común en Italia, y eso era un lío tremendo), pasando a llamarse Montecchi y Cappelleti (Montiquios y Capellitos, porque lo de Montescos y Capuletos es una traducción muy imprecisa).
Fue Luigi da Porto, en su insoportable libro Historia novellamente ritrovata di due cretini amanti, quien tuvo la feliz ocurrencia de hacer que las dos familias estuviesen enfrentadas. Esto hay que explicarlo, porque en la versión anterior de Masuccio los Montiquios y los Capellitos no sólo no eran enemigos, sino que se llevaban muy bien y merendaban frecuentemente los unos en la casa de los otros. Así es que la Gianozza y el Mariotto que Dios confunda podrían muy bien haberse casado sin problemas, pero como eran unos niños cursis y muy románticos optaron por guardar el secreto de sus hormonales amores y así les fue.
La enemistad —cuenta Da Porto— tuvo su origen muchos años antes, cuando Giacomo Montecchi le pisó un callo sin querer a Luca Cappelleti mientras ambos hacían cola en la pescadería. Corrió la sangre y la rivalidad duraba ya trescientos años, o sea, cuatro siglos y medio, si mis cálculos son exactos.
Posiblemente entre la versión de Masuccio y la de Porto debió de existir otra que se ha perdido, afortunadamente.
Tras Porto (no trasporto nada, es que ha quedado así sin yo pretenderlo) otros tres italianos le dan vueltas al tema. Luigi Groto hizo con la historia de los dos niñatos una tragedia clasicista ambientada en el mundo prerromano donde aparecían un príncipe sitiador, una hija del rey sitiado y un vendedor de Biblias a domicilio que tenía unas salidas muy ingeniosas y proporcionaba al espectador el humor suficiente para poder aguantar la representación sin sentir ganas de arrojarse de cabeza al Tíber y acabar de una vez con la propia vida. Esta pieza se titulaba La Hadriana (1578), que se refería a una Adriana de toda la vida pero con una hache para que el nombre sonara más clásico[1].
Gherardo Boldieri (quien prefería que le conociesen como «Clitia» —nombre de una ninfa enamorada de Helios— por alguna oscura razón en la que preferimos no indagar) redactó en 1533 un interminable poema: L’Infelice Amore de due fedelissimi amanti Giulia e Romeo, y se ciñó estrechamente a Porto, que le rechazó violentamente de un empujón que le hizo tambalearse. Al año siguiente, Matteo Bandello escribió sobre los amantes una novela a la que llamó Novelle, porque no tenía ganas de cansarse innecesariamente pensando un título. Vago como era, suprimió bastantes episodios de las versiones anteriores y dejó la historia en el chasis, por así decirlo.
El francés Boaistuau (¡madre, cuántas vocales!) tradujo a Bandello en su libro Histoires tragiques (1559) y dejó la trama de forma que no la reconocía ni su autor. En esta versión, al despertar de su letargo Julieta se encontraba ya a un Romeo fiambre, en lugar de charlar con él de muchas cosas durante varias horas, como sucedía en las obras anteriores. Además, la joven fenecía de resultas de atizarse con un puñal en vez de morirse simplemente a amor contrariado, porque Boaistuau consideraba que de amor contrariado es muy difícil morirse o que, al menos, se tarda mucho rato y llega a resultar hasta aburrido.
Parece anecdótico y digno de mención el hecho de que un majadero llamado Girolamo dalla Corte tomó la historia de Romeo y Julieta como verdadera y así la mencionó en su Istoria di Verona, impresa en 1594 en dicha ciudad con fondos públicos, pues era un enchufatto. Esta metedura de pata le valió una rechifla de sus conciudadanos, pero el consistorio veronés le pagó igualmente la cantidad que le había prometido por su labor como cuñado historiador.
Años antes había aparecido en Francia (todos ustedes saben dónde está Francia, ¿no es así?; bien: así me evito tener que informarles de que Francia es un país que está por ahí, en alguna parte) la obra Le Philocope de Messire Jehan Boccace (1542), que no sabemos si era una novela, una pieza dramática o simplemente un chiste con un título muy largo, porque el libro de donde estamos copiando descaradamente toda esta información no lo dice. El autor fue Adrian Sevin, del que no sabemos mucho porque no tiene cuenta en Facebook (parece ser que la tuvo en su día, pero nunca la actualizaba y acabó cerrándola por alguna razón). En este ejemplo del romeojulietismo galo falta lo de la enemistad de las familias. Todo lo contrario: los dos enamorados crecen juntos y hasta usan bufandas del mismo color y con el mismo dibujo.
En 1560 y como no tenía nada mejor que hacer, un escritor sin nombre de pila (o eso parece), Châteauvieux, dramatizó la versión boaistuauiana (¡ostras!) en su Roméo et Juliette, que sólo se diferenciaba de la otra en el acento sobre la ‘e’ de ‘Romeo’.
Louis Guyon ya se arriesgó más y varió un poco la trama en su obra Diverses leçons, suprimiendo el papel de Mercucio para ahorrar en sueldos de actores. El problema con esta versión es que se escribió en 1604 y como Shakespeare redactó la suya en 1595 algunos expertos dudaron de que la obra de Guyon hubiera podido influir en la del inglés. Esta polémica ha durado siglos y sólo recientemente se ha reconocido que tal influjo resulta poco probable.
Una de las piezas en las que Shakespeare metió mano —casi con un cien por cien de certeza— a la hora de llevar a cabo su habitual plagio es The Tragicall Historye of Romeus and Juliet (1562), del preshakespeariano Arthur Brooke (claro, que él no sabía que fuera preshakespeariano y de haber tenido la sospecha de serlo imaginamos que no le habría hecho ninguna gracia). Esta curiosa pieza teatral tiene a la nodriza como protagonista y los dos amantes aparecen muy poco, la verdad.
En 1566 William Painter adaptó la historia en la primera parte de su Palace of Pleasure, un libro que incluía sesenta cuentos y una antigua receta para hacer la perdiz estofada. Hay que decir en elogio de Painter que ni quitó nada ni puso nada, sino que se militó (que se militó, no: que se limitó, es que me he equivocado al teclear) a reproducir la historia tal y como estaba.
Alrededor de 1583 se representó en Inglaterra una obra alemana que pensamos que quizá pudiera tener alguna lejana relación con la historia que nos ocupa. Y decimos esto porque la pieza se titulaba Tragödie von Romio und Julietta, lo que nos suena familiar. No obstante, es posible que Shakespeare —que también era actor, como todo el mundo sabe— no asistiera jamás a ninguna representación teatral donde hubiera actores de la competencia (cosa muy frecuente en el gremio) y consecuentemente no conociera esta versión alemana.
Cuando —¡por fin!— Shakespeare escribió «su obra» en 1595 como ya hemos dicho, no tuvo grandes dificultades. Parece ser que la redactó en poco tiempo, lo que no nos extraña, porque disponiendo de tantas versiones de donde copiar, tenía ya prácticamente todo el trabajo hecho.
¿Cuáles son, entonces, las aportaciones shakespearianas —o williaminas si tenemos mucha confianza con el autor y le llamamos por su nombre— a la trama argumental ya existente? Pues de hemos de decir con harto dolor de nuestro corazón que absolutamente ninguna. Todo lo que aparece en su tragedia ya lo habían incluido uno u otro de sus numerosos plagiados. Pero nos saltaremos todo esto, porque es especialmente desagradable y porque el análisis de la obra de Shakespeare no es lo que nos ocupa, sino sus fuentes y tal.
La historia de los amantes ha dado lugar a multitud de versiones posteriores en muy diversos géneros: teatro, novela, ballet y hasta un juego de mesa que resulta muy entretenido para esas tardes en que llueve y no puedes salir de paseo.
En primer lugar tenemos a los alemanes, que se hacen eco de la historia (‘se hacen eco’, ¡vaya una frase tan tópica y tan poco afortunada que he ido a usar!). Hay unas obras tituladas Glücks und Liebeskampf, Die verzweifelte Liebe, Der grosse Schauplatz jämmerlicher Mordgeschichte, Schauplatz der Verliebten y Keuscher Liebe Sitten-Schule en las que los críticos juran por sus seres queridos que se trata el tema de Romeo y Julieta, aunque nosotros tenemos nuestras dudas de que sea así.
También los españoles retomaron el tema, aunque con mejor humor. Baste como ejemplo la comedia de Lope de Vega Castelvines y Monteses, de 1602. A Lope le dieron pena los amantes, ¡tan jovencitos e inocentes!, y en vez de matarlos, les regaló un final conciliador en el que se casaban y sus padres respectivos les ponían piso. Francisco de Rojas Zorrilla hizo algo parecido en Los bandos de Verona (1650). Julieta se envenena, sí; pero un criado listillo ha cambiado el veneno por otro brebaje (en la obra se deja entender que por horchata) y tras echarse una reponedora siesta, sale tan campante de la tumba para reunirse con su amado.
Las versiones del siglo xviii, incluida la proyectada por Goethe, eran muy tediosas —como era obligatorio en ese siglo— y eliminaron todos los elementos cómicos de la historia.
La versión que más nos gusta a nosotros —aunque nos produzca vergüenza reconocerlo— es la de la película West Side Story, donde capuletos y montescos manhattianos se aman y se odian en medio de brincos por las calles, lo que les da definitivamente a estos trágicos amores un aire fresco y renovador.
[1] Este recurso de la hache como elemento grecolatinizante es conocido. Recuerden a la Helena de la Ilíada u otros nombres de sabor clásico, como Heliodoro, Heduardo, Hemilio o Heleuterio.