Matrimonio civil

 

(Modelo de admonición laica)

 

¡Buenos días! ¡Buenas tardes! ¡Buenas noches!

(El oficiante consultará la hora y leerá lo que proceda).

¡Pueden sentarse aquellos que tengan pereza en escuchar la ceremonia de pie y que encuentren sitio donde hacerlo!

Nos encontramos hoy aquí reunidos en este lugar tan cuco y con unas cortinas de muy buen gusto para unir en matrimonio a Fulanito y a Zutanita. Y antes de ponerme pesado al dar lectura al acta matrimonial, me gustaría dirigir unas palabras de ánimo a los novios y a todos los presentes.

Ante todo, muchas felicidades por haberos atrevido a dar el gran paso que supone unir vuestras vidas. En este feliz momento —porque supongo que para vosotros será feliz— constatáis ante vuestros seres queridos y otros menos queridos pero a los que habéis tenido que invitar también para no quedar mal, que habéis encontrado en el otro a esa persona que os completa y con la que merece la pena pasar el resto de vuestros días, de vuestras noches y algunos ratitos de por las tardes.

Ahora tenéis frente a vosotros un viaje lleno de sorpresas, una expedición científica para conocer la selva del amor conyugal, una vida entera. En el camino os encontráis de todo, eso es el matrimonio: desde momentos de gran felicidad a situaciones que pondrán a prueba vuestras fuerzas y las de vuestras familias también. Tendréis que sortear obstáculos, como si os examinaseis del carnet de conducir de moto, pero si sois firmes en vuestro amor, lograréis superarlos.

Tolerancia, respeto, paciencia, cariño, confianza, capacidad para perdonar las faltas del otro, amor y disposición para fregar los platos cuando haga falta son los ingredientes imprescindibles de esa fórmula mágica y secreta que os dará la felicidad.

El amor es un sentimiento capaz de sacar lo mejor y lo peor de las personas. Por eso hay que tener mucho cuidado con él. Yo os deseo que encontréis la felicidad en los grandes acontecimientos como el día de hoy, pero también en las cosas más pequeñas y simples. Por ejemplo, en el último beso de buenas noches antes de iros a dormir o en cualquier otra actividad que os apetezca, si es que esa noche no tenéis sueño y no necesitáis madrugar al día siguiente.

Y antes de dar lectura al acta matrimonial, el novio no quiere desaprovechar la ocasión de lucirse ante vosotros con un bonito discurso y va a dirigiros unas palabras.

(Habla el novio, leyendo con dificultad una tarjeta arrugada, como hacen los que dan discursos en las películas).

Tras estas palabras, y antes de que pasen dos o crucen tres y la cosa se alargue más, procedo a dar lectura al acta matrimonial;

Siendo las tantas horas del día tal del tal, comparecen quienes acreditan ser Fulanito Gómez y Zutanita Gómez también, para contraer matrimonio civil.

Quiero hacer constar que se han cumplido todas las prescripciones legales para la celebración de este matrimonio, se han rellenado todos los formularios, se han pagado todas las tasas y se han puesto todos los sellos oficiales que hacían falta. No se ha presentado ni denunciado impedimento ni obstáculo para esta celebración, lo que hubiera sido engorroso y poco deseable.

A continuación, el segundo padre de la novia (del primero aún no hay noticias), para no ser menos, también desea dirigiros unas palabras. Paciencia.

(Habla el padrastro y todos les duele... oírlo).

En este punto, paso a dar lectura a los artículos del 66 al 68 del Código Civil, a los cuales vosotros, Fulanito y Zutanita ambos Gómez, estaréis facultados y obligados una vez hayáis contraído matrimonio. Os pido disculpas de antemano, porque estos artículos son aburridísimos, pero no hay más remedio que leerlos. Estos artículos resumen lo que debe ser vuestra vida en común:

Artículo 66: Los cónyuges son iguales en derechos y deberes y se turnarán para sacar la basura.

Artículo 67: Los cónyuges deben respetarse y ayudarse mutuamente, y actuar en interés de la familia.

Artículo 68: Los cónyuges está obligados a vivir juntos al menos algunas horas, guardarse fidelidad y socorrerse mutuamente en caso de pelea doméstica con lanzamiento de vajilla. Deberán, además, compartir las responsabilidades domésticas y el cuidado de ascendientes y descendientes y otras personas o mascotas dependientes a su cargo.

A continuación, el amigo hortera del novio también se sube al carro de la oratoria, porque quiere dirigiros unas palabras. Más paciencia.

(El colega del novio hace alusiones de malísimo gusto sobre las partes voluptuosas de la novia).

Y para terminar de una vez por todas con las intervenciones, el padre del novio también desea dedicaros unas palabras. ¡Ánimo, que ya es el último!

(Otro discurso dificultosamente leído).

Nos ponemos todos en pie porque hemos llegado al momento clave de la ceremonia en el que vosotros debéis tomar la palabra para confirmar lo que sentís el uno por el otro. Hablad alto, que hay gente que no oye bien y que no querrá perderse este momento tan emocionante.

Así pues, os pregunto: Fulanita, ¿quieres contraer matrimonio con Zutanito y efectivamente lo contraes en este acto?

Menganito, ¿quieres contraer matrimonio con Perenganita y efectivamente lo contraes en este acto?

Ahora podéis proceder al intercambio de anillos o cualquier otra cosa que os apetezca intercambiar y que se pueda intercambiar en público sin saltarse a la torera la moral.

(Los novios intercambian los anillos y proceden a decirse los votos o pronunciar las siguientes frases).

«Yo, Zutanita, te tomo a ti, Fulanito como esposo y prometo serte fiel y cuidar de ti en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, todos los días de tu vida».

(El interpelado jura lo mismo).

Los contrayentes han decido simbolizar su matrimonio a través del ritual de la arena, una costumbre preciosa, al parecer de origen hawaiano, porque allí eran muy listos y se casaban en la playa, que es uno de los sitios más agradables para estar. Este ritual representa la unión inseparable de la novia y el novio en una relación nueva y eterna.

(Cada uno coge un vaso lleno de areta tomada del solar de detrás del lugar donde está teniendo lugar la ceremonia)

Estos dos recipientes representan todo lo que ellos han sido como seres individuales. Fulanito, Zutanita: tomad los recipientes, en donde cada grano de arena representa vuestras vivencias, vuestros amigos y familiares, y los sentimientos y acontecimientos que formaron parte de vuestras vidas por separado. Esto simboliza todo lo que habéis sido hasta hoy.

Y ahora, tiradlo bien lejos.

Vaciad la arena en este nuevo recipiente, en donde los granos se mezclarán y no podrán volver a separarse —salvo que alguien tenga mucho tiempo libre y mucha paciencia—convirtiéndoos así en un matrimonio unido por el amor.

(Los novios comienzan a unir las arenas mientras cada uno pronuncia unas palabras que no transcribimos porque cada uno dice lo que le apetece).

Ahora la cosa ya no tiene arreglo: estos recipientes se han vaciado y las arenas se han fusionado en una sola pieza. Que así como estos granos de arena nunca se podrán separar, así sea vuestro matrimonio. Como oficiante de esta ceremonia, yo os declaro unidos en matrimonio. ¡Enhorabuena!

Podéis besaros entre vosotros y también a cualquier otro invitado o invitada a quien le tengáis mucho cariño. Hoy se os permite todo. Los asistentes también pueden besarse sin problemas. Como suele decirse, un día es un día.

 

La bella Otero

 


La bella Otero no era tanto como fea, porque eso sería decir demasiado, pero sí normalita. Sin embargo, consiguió ser conocida por ese sobrenombre y, a decir de los historiadores, tuvo mucho éxito.

          Pese a su mediocridad béllica o hermósica (lo que puede atestiguarse por sus fotos), algo tendría la prójima que evidentemente despertaba el entusiasmo masculino. Las cúpulas del hotel Intercontinental Carlton de Cannes están inspiradas en sus pechos, por capricho del arquitecto, uno de sus admiradores más rendidos. Hay otra zona del hotel inspirada en otra parte de su cuerpo, pero no hemos conseguido averiguar cuál.

          Carolina Otero (1868-1965), née Agustina, se chupó una niñez pésima, eso sí; pero es lo único seguro, porque todas las demás anécdotas que se cuentan (y que contamos) sobre ella son seguramente falsas. Dicho de otra manera: no hay personaje que acumule en su biografía más embustes por metro cuadrado o año vivido.

          Fue violada y maltratada desde niña y, ¡normal!, se hartó. A los doce años cogió el portante y desapareció de su casa con un tal Paco (no era un individuo muy elegante), que ejerció con ella de proxeneto (género y lenguaje no sexista ante todo).

          Trabajó en Lisboa de bailarina, moviendo esas cosas que las mujeres pueden mover y que dan lugar a tantas movidas entre sus amantes y pretendientes. ¡Fíjense si lo hacía bien que le llegaron a pagar dos pesetas!

          Pero Paco la abandona en 1888 como un calcetín desparejado y ella le persigue a la pata coja hasta Barcelona. Allí pregunta la gente por la calle si alguien ha visto a Paco, pero nadie sabe contestarle. En vista de ello, se liga a Ernest Jurgens, que tenía un banco, y se va a Marsella, donde se transforma en andaluza de origen gitano, pese a haber nacido en la húmeda localidad de Ponte de Valga que, si no la han cambiado de sitio desde la última vez que la visitamos para ver a una tía nuestra que vive allí, está en Pontevedra.

          En 1890 asomó su nariz por Nueva York. En la gran manzana, la bella triunfó lo bestia. Realizó giras mundiales como actriz y meretriz. Bailó ante el mismísimo Rasputín, que se animó a acompañarla en un zapateado.

          En 1900 ya era la sensación de París, a cuyos aristócratas devolvió todo tipo de sensaciones. Los escenarios y las camas fueron su hábitat natural y le proporcionaron dieciséis millones de dólares en billetes pequeños.

          Se nos había olvidado decir que la Otero se había casado en Lisboa con el conde Guglielmo de no sé dónde, pero se divorció a tiempo para unirse a un tal Ollstreder, que le recordaba a Jurgens en que también tenía un banco, que a Carolina le gustaban mucho.

          Resumiendo, que es gerundio.

          Una lista sucinta de sus amantes (paganos) incluiría al gran duque Pedro Nikoláievich, al príncipe de Gales y futuro rey Eduardo VII de Inglaterra, al duque d’Uzès, al príncipe Nicolás de Montenegro, al príncipe de Sagan, al duque de Westminster, al káiser Guillermo II de Alemania, al príncipe Alberto de Mónaco, a Leopoldo II de Bélgica, al zar Nicolás II de Rusia, a Alfonso XIII de aquí de casa, al emperador Taishō de allá y a alguno más que nos estamos dejando en el tintero. A los escritores, pintores, políticos, etcétera, no los mencionamos por falta de espacio.

          Según la leyenda, hasta seis hombres llegaron a cometer suicidio por ella, pero ya se sabe que hay gente muy exagerada por el mundo. La apodaron por ello «La sirena de los suicidios», porque los últimos años decimonónicos fueron la mar de cursis.

          En cierta ocasión, un tal Berguen (banquero de profesión) le ofreció 25.000 francos por pasar media hora con ella en su habitación. Al salir, dijo que había merecido la pena el gasto de esa suma (quizás al hombre le faltaban términos de comparación).

          Como bailarina, ya se pueden ustedes figurar que la muchacha no era Rudolf Nuréyev. Mezclaba el flamenco con las danzas exóticas y con el movimiento que se hace cuando alguien te echa polvos de picapica por la espalda.

          Gozó de gran fama. El poeta José Martí le dedicó unos versos (nauseabundos, claro) y Henri de Toulouse-Lautrec le regaló un pastel (un pastel, no: un retrato al pastel).

          Ganó un montón de dinero y hasta un cliente satisfecho le regaló una isla (no hay duda de que quedó satisfecho), pero ella se fundió toda su fortuna en las ruletas.

Murió a los noventa y seis, olvidada y arruinada, dependiendo de una pensión que le pasaba el Casino de Montecarlo en agradecimiento por lo mucho que ella había contribuido a su prosperidad. A su sepelio solo asistieron los croupières, agradecidos por sus propinas.




Traficantes

 

(Reflexión sobre los que forman el tráfico automovilístico)

 

Isaac Asimov, en su Fundación, describe un futuro en el que los coches son completamente automáticos. Te sientas, les dices a dónde quieres ir y te llevan.

Un profesor de Historia les cuenta a sus alumnos que antiguamente los conducían personas.

—¿Cómo? —inquiere uno de ellos—. ¿A cualquier persona asesina, loca, borracha, enferma, torpe, inútil, medio dormida o momentáneamente incapacitada se le permitía poner en movimiento toneladas de hierro que había que dirigir a base de sensatez y reflejos?

—En efecto.

—No es posible —dice otro—. Será una leyenda.

—Les aseguro que no —insiste el profesor.

Y dice un tercero:

—Perdone, pero me resisto a creer que el ser humano, incluso en los tiempos prehistóricos y salvajes del siglo xxi, haya podido ser tan bruto.