Pedrito y la luna sabihonda

Acto único (porque con uno es más que suficiente)

(Es de noche. El Niño abre el balcón para oler el perfume de las magnolias. Sale la Luna.)

 Luna.—¿Quién anda ahí?

El niño.—Soy yo.

Luna.—¡Ah! Eres Pedrito.

El niño.—¿Me conoces?

Luna.—Yo conozco a todo el mundo, de lejos. Aunque no hemos hablado nunca, yo te he visto varias veces. A ti y a todos los seres vivientes. Yo me fijo mucho.

El niño.—Y ¿dónde estabas antes? Había mucha oscuridad antes de que salieras.

Luna.—Sí. Me he retrasado un poco charlando con Venus antes de venir. ¡Me ha contado unos chistes más picantes...! ¡Tiene cada cosa!

El niño.—¿Tú hablas con los planetas?

Luna.—¡Pues claro!

El niño.—¿Con todos?

Luna.—Sí. (Pausa.) Bueno, con todos, no. Hay algunos muy poco amistosos. Júpiter, por ejemplo. Tiene muy mal humor y no deja que nadie se le acerque. Mírale.

El niño.—No le veo.

Luna.—Sí. Ahí está. ¡Fíjate bien!

El niño.—No veo nada desde aquí.

Luna.—Yo te lo mostraré. ¿Ves aquella bola redonda muy grande, muy grande?

El niño.—Sí.

Luna.—Pues eso es Júpiter.

El niño.—Ya lo veo.

Luna.—Y más allá está Urano, que es muy viejecito, muy viejecito y lleno de arrugas. Marte es ése de ahí; es más joven, pero está todo rojo. Neptuno es el verde y Mercurio, el marrón. Los hay de todos los colores.

El niño.—Ya lo veo. Bueno, me voy a dormir.

Luna.—¡No te vayas! Me aburro mucho. La gente no suele hablar conmigo.

El niño.—¿No?

Luna.—No. Sólo algunos poetas, pero me dicen cosas muy tontas.

El niño.—¿Como qué?

Luna.—Pues como soy la Luna, dicen que tengo el color de una aceituna, dicen que soy muy tuna, que mezo una cuna, que doy buena fortuna, que me subo a una tribuna, que me reflejo en una laguna o que me pongo una vacuna. Todo disparates, como verás.

El niño.—¡Qué divertido!

Luna.—No es nada divertido que hagan chistes con el nombre de una, ¡caray! ¿Y contigo habla todo el mundo?

El niño.—Sí. Y me enseñan cosas. Todos los que me encontrado desde mi casa hasta aquí, me han hecho aprender algo nuevo. Enséñame algo tú también, ¡anda!

Luna.—Yo sólo sé astronomía y astrología.

El niño.—Pues eso.

Luna.—Bien. Es muy fácil. Yo te lo explico todo en un periquete.

El niño.—Empieza.

Luna.—Pues en astronomía para calcular el epilogismo de un almogeo ascendente vertical primario de cualquier luminar de la eclíptica trepidante del cuadrante...

El niño.—¿Cómo dices?

Luna.—...lo primero que hay que hacer es transponer en coluros las nutaciones de los nodos del solsticio correspondiente...

El niño.—¡No entiendo nada!

Luna.—... cuidando que el acimut, que está en la colimación del heliómetro, tenga el sínodo paralelo al del año anomalístico...

El niño.—Pero, ¡qué es esto!

Luna.—...para que el nadir de la ecuación terrestre en paralaxis decline sideralmente la susodicha prostaféresis...

El niño.—¡Se ha vuelto loca la Luna!

Luna.—...sin que la curtación del ecuador según el quintante opuesto astrofísico...

El niño.—¡Socorro! ¡Socorro!

Luna.—...retrograde en más de un octante y medio el afelio del orto en mitad de su perigeo.

El niño.—¡Socorro! (El Niño cierra el balcón y se mete debajo de la cama.)

Luna.—Siempre me pasa lo mismo.

 

TELÓN

Torerías

 

Como me aburro un montón
desde que estoy en chirona
y tengo papel y lápiz
para escribir cualquier cosa
voy a hacer una poesía
de elegancia empalagosa
sobre el arte de la lidia:
esa costumbre española
que ha dado a su gente fama
de castiza y de ceporra.
(Y como a los españoles
lo de los toros nos mola,
en la cárcel hemos hecho
una corrida asquerosa
banderilleando a un preso
que especulaba en la costa,
pero con poquitos medios,
por lo que no quedó airosa
esta fiesta improvisada
en el penal de Santoña.)

Son las cinco de la tarde
(o la siete, que la hora
cambia cada dos por tres
y es un lío en toda Europa).
El torero ya se ha puesto
encima toda la ropa
con la ayuda de once tipos
cuyo trabajo es dar coba
al diestro y decirle a ratos:
«¡Maestro!», con voz gangosa,
para así inflamar su ego
y animarle a que se ponga
ante el toro, que si no,
jamás haría tal cosa.

Ya vestido, le ha rezado
a San Sadurní de Noya,
a San Cugat del Vallés,
San Estanislao de Kotska
y a varios más, por si acaso
va y tiene una tarde tonta.

Ya están los tendidos llenos;
toda la plaza rebosa
de puros y de mantillas,
de «Fantas» y «Coca-Colas».
La banda municipal
interpreta cualquier cosa:
el pasodoble de El gato
montés o un aria de Tosca.
Sale el toro del toril
y con cabreo resopla.
El diestro hubiera querido
haberse ido a Formosa
de viaje, mas no ha ido
y no tiene escapatoria.
Le da tres pases de pecho,
dos largas y una verónica
y, tras de ganarse el sueldo,
quiere irse por la posta.
Mas primero ha de clavar
la espada en la cocorota
del bicho aquel, que parece
más peligroso que el cólera,
más grande que el Mato Grosso,
más alto que las Rocosas,
más malo que Fredy Krugger,
más feo que Vargas Llosa
y a quien no le gusta nada
que le tomen a chacota.

El diestro saca el estoque
—él preferiría un bazooka,
para acabar con la res
desde una distancia lógica,
pero el reglamento impide
esto y muchas otras cosas—
y se dirige al cornudo,
temblando como una hoja
y encomendándose a
San Ignacio de Loyola
(ya que más vale que sobre
que no que falte, razona).

«¡Qué de cosas hay que hacer
para montarse en el dólar!»,
piensa el diestro. «¿Por qué no
soy batelero del Volga,
gondolero de Venecia,
traficante de Colombia
o alguna otra profesión
mucho menos peligrosa?
¿Por qué no hice oposiciones?
¿Por qué no me metí monja?»

Pero ya no hay vuelta atrás:
cierra los ojos, resopla,
pincha al toro con crueldad,
los pantalones se moja,
abre los ojos a ver
qué ha pasado y se emociona
al contemplar al astado
más muerto que Luis de Góngora ( 1627).

Entonces se pone chulo,
camina con parsimonia,
presume más que un macaco,
bebe vino en una bota,
recoge las dos orejas
(que están bastante pringosas
y que ha pagado con una
corrupción escandalosa)
y el rabo, que lo empleará
para espantarse las moscas.
La cuadrilla —contratada
para hacerle la pelota—
le lleva en hombros un rato,
para que salga en el ¡Hola!

Y esta gran majadería
es nuestra fiesta española...
¡A veces quisiera haber
nacido en el Alto Volta!


Mis técnicas escritóricas y arte de pergeñar

Escribir bien es muy difícil. Escribir, simplemente, como lo hago yo, no es nada complicado. Basta con poner una palabra detrás de otra. Yo tengo facilidad para ello: no me atasco, el papel en blanco no me asusta. Nada hay que me dé tanta risa como esa imagen cinematográfica del escritor, detenido ante la máquina de escribir sin saber qué poner, o tirando arrugadas bolas de papel en blanco a un rincón de la habitación, dejándola hecha un asco.

          Yo no plagio. Las heterodoxas variedades literarias que empleo son fruto de mi imaginación y de la combinatoria. Cuando no se me ocurran más cosas tendré que tomar ideas prestadas, pero eso, por fortuna, aún no me ha sucedido.

          Escribo a mano y luego lo copio en el ordenador. Se me hace muy cuesta arriba corregir. Sí presumiré de que la primera redacción de cualquier cosa me sale —tras años de práctica— bastante correcta en cuanto a gramática, ortografía, puntuación y demás.

          He realizado bastantes trabajos de investigación y esto, creo, ha dotado de cierto orden a mi mente. Los artículos, los ensayos los redacto tras haber preparado, ordenado y clasificado un montón de fichas. Luego lo que digo será estúpido, pero nunca está desordenado; siempre mantiene una estructura coherente y lógica, no digo varias veces lo mismo, no me dejo nada sin decir, etcétera. Con los escritos de ficción pasa igual. Podrá faltarme el ingenio, la chispa, la originalidad o la gracia, pero mis escritos en prosa están bien estructurados, mis versos respetan las reglas, las comas están en su sitio, etcétera otra vez.

          Mantengo mi mente alerta a temas e ideas. Escucho con atención las conversaciones donde pueden saltar afirmaciones originales y no me desprendo de un libro, un folleto, un anuncio, un papel cualquiera sin explorar antes sus posibilidades cómicas.

          Voy por el mundo provisto de un cuadernillo donde apunto lo que se me ocurre. Puedo asegurar a que todo el mundo se le vienen a la cabeza muchas ideas originales al cabo del día. Pero, si no se apuntan de inmediato, la inmensa mayoría de estos gérmenes literarios se olvida.

Hay días que escribo mucho y otros, nada en absoluto, dependiendo del tiempo que me dejan libre mis otras ocupaciones. No tengo preferencias ni problemas en cuanto al horario o lugar de escritura.

          No publico todo lo que escribo, ¡qué más quisiera yo! A veces hago cosas tan malas que me daría vergüenza que nadie las viera. Sirven como ejercicio y quizá de base para escritos futuros. Pero son también cosa necesaria, para ayudar a superarte y no perder el sentido crítico. A veces me arrepiento de haber roto y tirado cientos de cosas que me acabaron pareciendo muy malas. Creo que daría algo importante por recuperarlas, pues siempre se podrían rescribir a la luz de la experiencia.

          Procuro siempre lograr la variedad, aunque inevitablemente me repita. Yo soy bastante cuadrado de mente. Por ello, si escribo un día la historia cómica de Roma —es un decir— automáticamente contemplo la posibilidad futura de escribir la historia cómica de Asiria, de Babilonia y de todos los imperios habidos y por haber.

          Intento evitar la actualidad. No quiero que me pase como a Aristófanes, cuyas comedias lees y te dices: «Esta sátira en su día sería graciosísima, pero yo no me entero de contra quién iba dirigida ni por qué».

A veces puede parecer que respeto pocas cosas o personas, a juzgar por lo que me burlo de ellas. Esto no es así, pero la parodia y la admiración son perfectamente compatibles. Me puedo chunguear de las películas de Kubrick, que me parecen todas excepcionales. Por eso mismo, las he visto muchas veces y las conozco lo suficientemente bien como para parodiarlas con cariño. El desprecio es para aquellas cosas que no recuerdas, de puro vacías.

          Siguiendo a Lope, escribo muchas cosas empezando por el final, para lograr la gradación precisa, esencial en las obras de ficción.

          No muestro mis escritos a nadie de antemano, ni pregunto opiniones. Es triste, pero cuando lo he hecho no he conseguido nada útil. Puedes someter una novela al juicio de tus amigos y te dirán que sí, que les ha gustado, pero no saben por qué. Ante la pregunta de qué cambiar o cómo mejorar, no te saben decir. Y si la entregas a un especialista, probablemente te sugerirá algún cambio con el que no estarás de acuerdo en absoluto. La literatura es algo personal y todos debemos tener nuestro estilo propio y responsabilizarnos de nuestros errores y fracasos.

          Opino firmemente que el secreto de la escritura está en leer cosas buenas, no cualquier cosa. En el aspecto técnico, las ayudas —diccionarios temáticos, concordancias y demás parafernalia— son mucho más útiles de lo que pudiera parecer.

          Finalmente, escribo como lo hago, porque no sé hacerlo de otro modo mejor.

My Fair Lady

 

Una noche londinense

va a la ópera un pelmazo

y a la salida se encuentra

allí con un amigacho

a quien no había visto nunca

—no es suceso tan extraño,

que era amigo por correo—.

Charlan y, al cabo de un rato,

establecen una apuesta:

que en mucho menos de un año

conseguirá que hable bien

y no diga nada raro

una florista que allí

les quiere vender un ramo

y por cuya boca salen

—además de escupitajos—

unas frases muy terribles,

unos conceptos muy malos,

unos insultos atroces,

anacolutos, pleonasmos,

miles de cacofonías,

rayos, culebras y sapos.

 

(Pero ahora que me doy cuenta:

aún no les he presentado

a los actores del drama.

Henry Higgins es el raro

y el coronel amiguete

se llama Pickering o algo;

ella es Eliza Doolitle,

la que habla que da asco.

Ya está hecho. Proseguimos.)

 

Pues bueno, se dan un plazo,

se lleva a la chica a casa

(mas no para nada malo);

nada más llegar allí

la desnuda... y le da un baño

y empieza a hacerle ejercicios

aburridos y diarios

sobre cómo pronunciar

el idioma shekspiriano,

cómo lavarse los dientes,

cómo comer en un plato,

cómo hacerse bien el moño

y otros ejercicios básicos

de la buena sociedad

de ese mundo victoriano.

 

Pero de pronto aparece

su padre, un tipo simpático,

que le guiña un ojo a Higgins

y le propone un buen trato:

usufructuará a la niña

al profesor, siempre y cuando

éste le pague un pastón.

El otro accede encantado,

porque el precio que le piden

le parece bien barato.

Compra a Eliza y se la queda

para su uso privado

mientras el padre se larga

tan contento con sus cuartos.

 

¿Qué pasa a continuación?

¿Lo que nos imaginamos?

Pues no, porque el Higgins ni

siquiera le mete mano,

bien porque eso está mal visto

en el Imperio Británico

o porque el profesor tiene

su pizca de ramalazo.

Se limita a darle clases

para que pueda ir a Ascot

con una pamela más

grande que un circo romano.

En fin: la chica se aprende

por lo menos lo más básico:

cómo saludar a un duque

y cómo pelar un plátano

sin emplear, por error,

el cuchillo del pescado.

 

Bien. La llevan a una fiesta

que da la Reina en palacio

y le dicen que es princesa

a un conde checoeslovaco

que no descubre el embuste

porque está un poco tocado.

Vuelven a casa de Higgins

a celebrar el engaño

y a la pobre de la Elisa

no le hacen ningún caso,

con lo que ella, mosqueada,

va y le pone como un trapo

al profesor majadero,

que no se había percatado

de que la chiquita estaba

tan maciza como el mármol,

con un cuerpo que invitaba

a pegarle un buen bocado.

 

Ella se siente dolida

de que le ignore el pazguato

y se dedica a ligarse

a uno que no ha dado un palo

al agua en su vida, porque

es noble y «aristocrato».

 

¿En qué acaba esta historieta,

este ingente despilfarro

de imaginación inglesa?

(Perdonen por el sarcasmo.)

Pues en que Elisa le quita

al profesor los zapatos

y le trae las pantuflas

y así se acaba el relato.

(Esta concatenación

de sucesos tan extraños

es un non sequitur en

cualquier tierra de garbanzos.)

 

 

 

Hamlet y el sepulturero

 

          Como prueba palpable de la censura isabelina incluimos aquí una escena de Hamlet, que tuvo que ser eliminada, por no obtener la licencia real para su representación. La razón es que se habla en ella de cierta innovación quirúrgica que los barberos de Inglaterra aprendieron a hacer para contentar a los que estaban descontentos con el cuerpo del que la Divina Providencia les había hecho depositarios. La práctica continuó, pero su mención en una comedia no se permitió hasta siglos después.

          La escena es, literariamente, de muy poca calidad y la razón es clara: es fruto de la pluma del propio Shakespeare, a diferencia del resto de la obra, que el bardo de Avon le robó descaradamente a Christopher Marlowe, su pringado amigo y compañero de letras.

 

(Un cementerio en Dinamarca. Es de noche, porque en literatura nunca se presentan los cementerios de día. Un sepulturero cochambroso que, obviamente, hace horas extraordinarias, cava una fosa. Salen el príncipe Hamlet y su fiel amigo Horacio. Horacio no habla durante la escena porque se está comiendo una caja de polvorones.)

 

Sepulturero.—(Cantando.)

«Se ha hecho de noche y yo estoy

aquí, dale que te dale

al pico. ¡Maldita sea

el que se murió y su padre!»

Hamlet.—Mira, Horacio: ya las gallinas de Elsinor se han recogido, llegada la noche es y ese rufián hideputa canta alegremente mientras en la huesa se pudren las calaveras de nuestros ancestros. ¡Breve es el tiempo en que los vivos nos recuerdan cuando morimos! (Dirigiéndose al sepulturero.) ¡Oh, amigo!, ¿para quién cavas esa fosa?

Sepulturero.—¿Y yo qué sé? Yo no soy más que un mísero ignorante, noble señor.

Hamlet.—¿No eres el sepulturero, por ventura?

Sepulturero.—Lo soy, aunque os juro que no es ventura alguna tener este trabajo. Y por eso mismo soy sepulturero: porque soy ignorante. Si hubiese sabido leer y escribir habría sido funcionario de la Corona y no habría dado golpe. (Vuelve a cavar y a cantar.)

Hamlet.—(A Horacio.) ¡Fíjate, Horacio, cómo divaga el bellaco! ¡Qué taimado es! Le hablaré sencillamente, porque si no, es capaz de confundirnos con equívocos. (Dirigiéndose de nuevo al sepulturero.) Pero sabrás quién es el muerto...

Sepulturero.—Uno que ya no vive.

Hamlet.—¿Era hombre o mujer?

Sepulturero.—¿Quién podría decirlo, con los tiempos que corren? Tenía lo que hay que tener si eres hombre y también lo que hay que tener si eres mujer.

Hamlet.—¡Qué maravillas acaecen en Dinamarca! Y eso ¿cómo puede ser?

Sepulturero.—Es muy fácil, señor; sin duda se puso en manos de algún curandero de ésos que tanto abundan en el reino. Alguno de esos remiendavirgos que hoy en día te coserán lo que pidas en tu camisa de carne. Mientras el rey Claudio, nuestro señor, siga dejando las plazas llenas de cadáveres de ahorcados, nunca faltarán las materias primas para esos zurcidos.

Hamlet.—(A Horacio, que no le hace caso porque sigue comiendo polvorones a dos carrillos.) En verdad, Horacio, que corren tiempos raros. (Al Sepulturero otra vez.) ¿Y quién querría cambiar el ser del que la naturaleza le dotó?

Sepulturero.—Hay muchos, señor, no os extrañe. Hay quien no está contento con su nombre, por llamarse cosa ridícula, y lo cambia; hay quien aborrece a su mujer, son los más, y a fe mía que hacen bien, ¡mala peste se lleve a todas!; y hay quien no gusta de su cuerpo y paga al remendón para que le quite de acá o le ponga acullá.

Hamlet.—¡A fe mía que es práctica malsana!

Sepulturero.—No sé, en verdad, por qué. Cada cual busca la felicidad como buenamente puede.

Hamlet.—¿Luego a ti te parece bien? Eres, sin duda, un bellaco.

Sepulturero.—Yo soy perito en tumbas y licenciado en cuerpos, señor. Y hasta tengo un máster en gusanos. Si todos hemos de acabar aquí fertilizando el suelo, ¿qué más da cómo vivamos y qué partes de nuestra anatomía usemos para saludables toqueteos, siempre que no hagamos mal a nadie?

Hamlet.—Esas opiniones pueden costarte caras, rufián. ¿Es que no tienes sentido moral?

Sepulturero.—¿Sentido moral? ¿En los tiempos en que vivimos, señor? ¿Con un rey que mató a su hermano y que coquetea con todos y dice que sí a todos y elude toda responsabilidad para mantenerse en el trono? ¿Con una reina consentidora que no hace otro trabajo que estrenar vestidos? ¿Con un príncipe majadero y rarito? ¿Con gobernantes tales me reprochan a mí, hombre de pocas luces, que apruebe esto o que desapruebe lo otro? Sólo soy un siervo, señor. Faltan aún tres o cuatro siglos para la Ilustración. ¿Qué puede importarle a nadie lo que yo piense?

Hamlet.—¡Qué profundo se pone el bellaco!

Sepulturero.—La filosofía es el golf de los pobres, señor. En algo tenemos que entretenernos. Yo he visto de todo y nada me asombra. La vida es lo más importante de la vida. Así es que no extrañe, poderoso señor, que no me importe que cada cual viva la suya como quiera, aunque para lograrlo tenga que entrar en el juego de cortar o pegar.

(En ese momento, Horacio se atraganta con los polvorones y ambos tienen que darle palmaditas en la espalda durante un buen rato, por lo que la conversación queda truncada y la escena se acaba.)