El sí de las niñas

 

          (Una nube en la Gloria. Está allí Pedro Calderón de la Barca, paseando apaciblemente. Aparece de repente Leandro Fernández de Moratín.)

 

          Calderón.—(Sorprendido desagradablemente.) ¿Eh? ¿Tú qué haces aquí?

          Moratín.—¿Cómo que qué hago?

          Calderón.—¿Quién te ha dejado entrar?

Moratín.—¿Por qué no iba a poder entrar en la gloria?

          Calderón.—Porque este es un sitio para personas decentes. ¿Cómo lo has logrado, dime?

Moratín.—Bueno. Uno tiene sus contactos...

          Calderón.—(Indignado.) ¡Por los cien mil poetas del Parnaso! ¡Han dejado colarse en la gloria a un censor!

          Moratín.—Yo no me definiría así.

          Calderón.—¡Un asqueroso censor! ¡El mayor censor que vieron los siglos! ¡Ya tenía yo ganas de echarte la vista encima, sinvergüenza! ¡Prohibiste todo nuestro teatro! ¿Sabes, hombre vil, de cuántas comedias estamos hablando? Trescientas mías, otras trescientas de Tirso, mil y pico de Lope, más las de Vélez de Guevara, Rojas Zorrilla, Moreto, Ruiz de Alarcón, Rosete Niño, Valdivielso, etc., etc. ¡No menos de cuatro mil piezas! Nunca nadie vetó tantos libros en toda su vida. ¡Ni Hitler ni ningún otro! Pero tú prohibiste todo nuestro magnífico teatro barroco.

          Moratín.—(Con chulería.) Sí. Me pareció improcedente, absurdo y lleno de despropósitos.

          Calderón.—Fuiste algo así como el ministro de teatro en tu tiempo y censuraste gratuitamente nuestras obras. ¿Puedo saber por qué lo hiciste?

          Moratín.—Ahora que estoy en la Gloria, ya no puedo mentir: hay como una fuerza superior que me lo impide.

          Calderón.—¡Pues bien que mentiste en vida!

          Moratín.—Sí, lo hice; pero aquí en estas regiones etéreas y celestiales, no cabe la falsedad y noto que me veo obligado contra mi voluntad a contar las cosas como realmente fueron.

          Calderón.—¡Menos mal! Así nos enteraremos de por qué hiciste lo que hiciste en contra del teatro. (Gritando.) ¡Tirso! ¡Tirso, ven!

(Aparece Tirso de Molina.)

          Tirso.—¿Qué quieres, Perico? ¿Qué pasa?

          Calderón.—Mira quién está aquí.

          Tirso.—¡El canalla!

          Calderón.—El mismo. Acaba de entrar por esa puerta y voy a someterle al tercer grado.

          Tirso.—Eso, eso: que se justifique, si puede.

          Calderón.—Dinos, maldito de Dios, ¿quién te dio autoridad para hacer todo el mal que hiciste?

Moratín.—Pues el hecho de que yo fui el mayor y más relevante dramaturgo del siglo xviii español.

Tirso.—¡Cómo serían los demás!

          Calderón.—Espérate, Gabriel, empecemos por el principio. Cuéntanos, malvado, como una nulidad como tú llegó a ser considerado alguien tan importante en el mundo de Talía. Ya sabes que no podrás mentir.

          Moratín.—Pues de joven, conseguí ganar un premio literario, gracias a que mi familia conocía a Gaspar Melchor de Jovellanos, que entonces mandaba mucho. Tuve también la protección de otros nobles y el conde de Floridablanca me ofreció un beneficio de trescientos ducados. Pero tenía que ordenarme de primera tonsura.

Calderón.—¿Y lo hiciste por tu fe religiosa?

          Moratín.—¡Qué va! Lo hice para cobrar el beneficio, porque estar ordenado era un requisito indispensable.

          Tirso.—¡Qué tío hipócrita!

          Moratín.—Eso me vino bien, porque obtuve otras sinecuras eclesiásticas.

          Calderón.—Sigue.

          Moratín.—Fui favorito del favorito; y Godoy hizo que se estrenaran mis comedias.

          Tirso.—¡Ya sabía yo que tenía que haber habido algo de eso! Ningún empresario las habría aceptado por ellas mismas.

          Calderón.—Tuviste el respaldo de Godoy, pero no se lo agradeciste y te cambiaste de bando.

          Moratín.—En efecto. Supe afrancesarme a tiempo y, adulando a la gente adecuada, llegué con el tiempo a ser bibliotecario mayor de la Real Biblioteca, siendo nombrado por el rey José Bonaparte.

          Calderón.—Chaqueteaste.

          Tirso.—Casaqueaste, más bien.

          Moratín.—¿Cómo?

          Tirso.—Te cambiaste de casaca.

          Moratín.—Siempre que hizo falta. Tuve así cargos muy lucrativos y de cada vez mayor importancia.

Calderón.—Eso sólo indica que eres un trepador ambicioso. Pero podías haberte dedicado a chupar del bote como tantos otros, pero sin perjudicar a las artes. ¿Por qué tuviste que meterte donde no te llamaban y atentar contra la escena española?

          Moratín.—Bueno. Yo quería hacer un teatro distinto.

          Tirso.—¡Porque no podías hacerlo tan bueno como nosotros!

          Moratín.—Reconozco que es así. Para empezar, escribí mis obras en prosa, lo que muchos han considerado algo muy moderno.

          Calderón.—Sí. Pero ¿por qué lo hiciste?

          Moratín.—Confieso que porque el verso no me salía. Me parecía muy difícil y opté por convencer a todos de que estaba pasado de moda y así poder dejarlo a un lado sin que nadie sospechara mi incapacidad para escribirlo.

          Tirso.—¡Mediocre!

          Calderón.—Esa es la palabra que mejor te define, Fernández.

          Moratín.—¡Me llamo Moratín!

          Tirso.—Porque ese apellido suena mejor; pero no deberías avergonzarte del de tu padre. ¡Te llamas Fernández!

          Calderón.—No sólo desterraste de la escena a la poesía. Redujiste también las posibilidades dramáticas con esas infames tres unidades. ¿A qué majadero se le ocurre que todas las historias que se cuentan hayan de pasar en un día, en el mismo sitio y que no puedan tener argumentos secundarios que las complementen?

          Tirso.—¡Hasta la simple historia de Caperucita tiene varios escenarios!

          Calderón.—Y la del lobo y los tres cerditos, también.

Moratín.—Era la moda francesa: no me eches a mí la culpa de eso.

          Calderón.—La tienes de haber implantado esas estúpidas unidades por la fuerza en España. ¿Qué necesidad había?

          Moratín.—Yo quería hacer del teatro algo distinto.

          Calderón.—Explícate. Te escuchamos.

Moratín.—Quería que hubiera decoro en las comedias.

          Tirso.—(Despectivamente.) ¡Decoro! ¿Sabes lo que hizo este hombre ruin, Perico?

          Calderón.—¿Qué hizo?

          Tirso.—¿Recuerdas esa magnífica escena de Hamlet con el sepulturero filósofo?

          Calderón.—¿Cuando salen Hamlet y Horacio y el primero llora al encontrar la calavera de Yorick, su bufón?

          Tirso.—La misma. Bueno, pues este puritano empedernido prohibió esa escena durante la representación por considerar que era poco decoroso que el sepulturero cantase mientras cavaba una fosa.

          Calderón.—¡No me lo puedo creer!

          Tirso.—Pues lo hizo.

          Calderón.—¿Censuraste una de las mejores escenas del genial William por un criterio puritano?

Tirso.—Lo hizo.

          Calderón.—¡Qué asco! Pero, dime, ¿estoy equivocado o eres tú el que defendía el realismo en el teatro?

          Moratín.—Lo defendí.

          Calderón.—¡Pues los sepultureros existen, estúpido! Y te aseguro que cuando se aburren mientras cavan fosas, cantan todo lo que les apetece.

          Moratín.—Pero tenéis que reconocer que en vuestras comedias barrocas era todo invención y fantasía.

          Tirso.—¡Claro! ¡Como tiene que ser!

          Calderón.—Eran vida y pasión. El teatro no está para describir con mayor o menor verosimilitud los comadreos de las viejas sentadas junto a la fuente, sino para mostrar la intensidad, la grandiosidad y la calidad de la vida humana en su esplendor, en todo tiempo y lugar.

          Moratín.—Yo quería que el teatro fuera una escuela de buenas costumbres y emplear las comedias para hacer virtuosos a los públicos.

          Tirso.—¡El puritano!

          Calderón.—¿De veras pretendías una cosa tan tonta y tan imposible? La gente no va hacerse ni buena ni mala por lo que vea. Pero sí puede aprender de la vida al ver una comedia; y en la vida sucede de todo, por eso nosotros lo contábamos todo: las grandes gestas y las grandes fechorías del hombre.

          Moratín.—Pero a los espectadores no se les pueden contar todas las cosas: son como niños, de cuya educación debemos ocuparnos los que sabemos más.

          Calderón.—No: los espectadores son más listo de lo que te puedan parecer y perfectamente capaces de entender y asimilar las verdades del mundo, que nosotros les contábamos en toda su crudeza, hablándoles de igual a igual. No éramos paternalistas ni déspotas ilustrados.

          Tirso.—Además: ¿qué les enseñaste tú? ¿Qué pudieron aprender de tus comedias? Por cierto, ¿cuántas escribiste en total?

          Moratín.—Cinco.

          Tirso.—¿Y no se te cae la cara de vergüenza pretendiendo ser un dramaturgo habiendo escrito sólo cinco piezas? Nosotros compusimos centenares, amén de otros libros.

          Moratín.—El caso es que no me apetecía mucho hacerlo y por eso mi producción fue escasa.

          Calderón.—¡Menos mal que una fuerza misteriosa te obliga a que seas completamente sincero! De otra manera nunca habrías reconocido eso.

          Tirso.—Vamos: que no te gustaba en verdad escribir para el teatro. Si te hubiera gustado, lo habrías hecho a todas horas y tendrías docenas de obras, ya que tu posición te permitía estrenar lo que quisieras sin mayores dificultades. Lo único que te complacía era el dinero y poder presumir de escritor, lo que quedaba muy bien en sociedad.

          Moratín.—Sí. Reconozco que lo de ser un autor famoso me ayudó mucho en mis aventuras galantes.

          Tirso.—¡Acabáramos! Ya sé por qué lo hiciste: para impresionar a las mujeres, que es uno de los principales motivos por los que los hombres hacen las cosas.

          Calderón.—No divaguemos. Háblanos de esas obras y de qué pretendías decir con ellas, si es que pretendías algo. Aprovechemos que no puedes mentir para enterarnos de lo que la gente nunca ha sabido sobre tu teatro.

          Moratín.—Mi primera comedia fue El viejo y la niña. La empecé en 1783 y se estrenó en 1790.

          Tirso.—¡Hola! ¡Siete años para escribir algo que se lee en una hora! No sudaste mucho.

          Calderón.—Refiérenos el tema de El viejo y la niña.

          Moratín.—Trata de un viejo que se casa con una niña.

          Tirso.—(Irónico.) Viendo el título, nunca me lo hubiera figurado.

Moratín.—Quería enseñar a los públicos que los matrimonios con tanta diferencia de edad no están bien.

          Tirso.—¿Y para decir algo tan inane y que ya sabía todo el mundo tardaste tanto tiempo?

          Calderón.—Sigue.

          Moratín.—Compuse El barón, pero era un libreto de zarzuela hecho por encargo. No era algo que me interesara especialmente.

          Calderón.—¿Por qué lo escribiste, entonces?

          Moratín.—Porque me lo pagaron muy bien. Tengo otra obra titulada La mojigata. Trata de la educación femenina.

          Calderón.—¿Fue un éxito?

          Moratín.—Un gran éxito. Los críticos dijeron que era magnífica.

          Calderón.—¿Cuántas representaciones se le dieron?

          Moratín.—Una.

          Tirso.—¡Un gran éxito!

          Moratín.—Otra obra mía, La comedia nueva, llegó a estar siete días en cartel. Es una de mis producciones más famosas.

          Calderón.—¿Qué pretendías con ella?

          Moratín.—Pretendía ganar mucho dinero.

          Calderón.—Quiero decir que cuál era su trama, su mensaje.

          Moratín.—¡Ah! Pues básicamente dividir el teatro dos grandes categorías: las comedias nuevas, dignas de todos los elogios y respetos, y las comedias viejas, detestables y merecedoras de que se la prohibiese, como hice efectivamente.

          Calderón.—¿Cuáles eran a tu juicio las comedias nuevas y buenas?

          Moratín.—Las mías.

Tirso.—¿Y las malas y desechables?

          Moratín.—Las de todos los demás.

          Tirso.—¡Bien por tu sinceridad!

          Moratín.—No me queda otro remedio. Aunque me hubiera gustado hacerlo, no puedo engañaros.

          Calderón.—Dinos algo más sobre esa comedia tuya, anda. Nos has picado la curiosidad.

Moratín.—Pues os contaré que transcurre todo en un rato, en un café, donde un personaje habla y cuenta lo que opina del teatro sin que pase ninguna otra cosa ni tenga lugar ninguna otra acción.

          Tirso.—(Con sarcasmo.) ¿Y tan original argumento se te ocurrió a ti solo?

          Moratín.—Pues... para ser exactos robé bastante de La bottega del caffè, del italiano Carlo Goldoni.

          Tirso.—¡Ya me parecía a mí!

          Calderón.—¿Cuál fue tu obra más famosa?

          Moratín.—¡Ah! Esa es El sí de las niñas. Trata de un viejo que se quiere casar con una jovencita. La madre de ella quiere obligarla...

          Tirso.—¿Pero ésa no era El barón?

          Moratín.—Es El sí de las niñas.

          Tirso.—¿No nos has contado ya antes lo del viejo verde al que le gustan las lolitas?

          Calderón.—Gabriel, no te enteras. Es otra comedia distinta, sólo que con la misma historia. ¿No te das cuenta?

Tirso.—¿La misma historia?

          Moratín.—En efecto.

          Tirso.—¿De cinco comedias escribiste dos con el mismo argumento?

          Moratín.—Sí. Nunca poseí el don de la invención. Por eso me repatea bastante la barriga que que vosotros lo tuvierais tan grande. Me moría de envidia.

          Calderón.—Por lo que decidiste acabar con nosotros, suprimiéndonos los de un plumazo, ¿no es eso?

          Moratín.—Algo así.

          Tirso.—¡Qué tipo más inmundo!

          Calderón.—Déjale seguir. Cuéntanos. El viejo se quiere casar con la joven. ¿Cómo se resuelve el conflicto?

          Moratín.—Al final de la obra, el viejo reconoce que aquello no está bien y decide no casarse.

          Tirso.—O sea, que no das ninguna solución.

          Moratín.—¿Cómo?

          Tirso.—Que evitas cobardemente mantener una postura. Si el viejo se arrepiente de su pretensión, no hay conflicto alguno y has hecho perder miserablemente el tiempo al espectador haciéndole presenciar un problema que no existe.

          Moratín.—No lo entiendo.

          Calderón.—Lo que Tirso quiere decir es lo siguiente: si el viejo se empeña en casarse, sólo hay dos finales posibles, distintos y muy importantes.

          Moratín.—¿Cuáles?

          Calderón.—¿Ni siquiera has pensado en eso? Si la joven obedece y se casa, es una defensa de la tradición y de la sumisión femenina. Si decide no hacerlo y se enfrenta a su madre, es una rebeldía contra lo establecido. ¿Qué postura recomiendas tú?

          Moratín.—Ninguna. Recomiende lo que recomiende, siempre habrá una parte del público que no esté de acuerdo y se enfade conmigo.

          Tirso.—¡Ahí quería yo llegar! A que eres un hombre sin ideales ni convicciones.

          Moratín.—Me parece que eso es obvio.

Tirso.—Un autor que tuvo su mano la posibilidad de reivindicar claramente el derecho de las mujeres a decidir su propio destino y que en la última escena se acobardó y resolvió el conflicto haciendo que el viejo desistiera.

          Moratín.—Precisamente.

          Tirso.—¡Qué pena, señor! ¡Qué pena!

          Calderón.—Claro que no toda la culpa es tuya. También tienen su parte los críticos cretinos que te han alabado y te han dado un lugar preeminente en las historias de la literatura.

          Tirso.—En resumidas cuentas: fuiste un advenedizo del teatro, un escritor sin vocación, de arte limitado, que aprovechó su posición de poder para intentar acabar con otros autores mejores a los que envidiaba. ¿Es eso exacto?

Moratín.—No puedo mentir, ya lo sabéis. Debo contestar que tu resumen es exacto.

          Tirso.—Y no se metió sólo con nosotros, los autores teatrales. A los novelistas y a los poetas también les zahirió sin que éstos le hubieran hecho nada.

          Calderón.—¿Ah, sí? No lo sabía.

          Tirso.—Sí, Perico. Entre los prosistas a los que definió como «malos», en su libro La derrota de los pedantes, están Cervantes y Gracián.

          Calderón.—(Sorprendido.) ¿Gracián? ¡Pero si ha sido el mejor de todos nosotros, quien mejor ha escrito en lengua castellana?

Tirso.—Y despreció a grandes poetas como Gabriel Bocángel o al mismísimo conde de Villamediana.

          Calderón.—¡Qué me dices!

          Tirso.—Todo eso hizo el pájaro éste.

          Moratín.—Bueno, las opiniones son libres. Y os diré...

          Voz.—(Dentro.) ¡¿Cómo?! ¡¿Que está aquí quién?!

          Moratín.—¿Qué es eso?

(Aparece Félix Lope de Vega, que se dirige a Moratín.)

          Lope.—¿Así es que eres tú en persona, bribón! ¡Por fin nos vemos! ¡Te he estado esperando impacientemente durante mucho tiempo, censor! ¡Ven, que te voy a dar lo tuyo!

(Se abalanza sobre él y le comienza a propinar una soberana paliza sin que ni Tirso ni Calderón puedan impedírselo.)

 

TELÓN

La reina vaga

 

(Anécdota teatral)

 

Faltaban veinte minutos para empezar la función y una de las actrices no había llegado. Había llamado antes por teléfono diciendo que estaba cerca, que aparcaba y que venía, que no nos preocupásemos.

Pero volvió a llamar para decir que acababa de tener un accidente. No le había pasado nada, pero su coche estaba destrozado y la policía la retenía.

¿Qué hacer? Ella interpretaba el papel de reina, bastante largo, no recuerdo en qué comedia. No había nadie allí que la pudiera sustituir.

Pero yo no estaba dispuesto a suspender. Miré alrededor, considerando mis opciones (como se ha puesto de moda decir) y vi sentada entre bastidores a la madre de una de las actrices jóvenes. Era una señora que no había hecho teatro en su vida ni conocía la obra en absoluto.

Pero no importó: yo necesitaba una reina y ella era la única disponible. Le conté lo que había.

—¡Pero si yo no me sé el papel y no hay tiempo para que me aprenda ninguna frase! —protestó.

—Da igual. Salga a escena y no hable: ya hablaremos los demás por usted.

—¿Se puede hacer eso en una función? —quiso saber.

—No lo sé. No lo he hecho nunca —respondí.

Los pocos minutos que quedaban los dedicamos a vestirla. El traje le quedaba muy mal y tuvimos que hacer milagros con los imperdibles.

Salió a escena empujada y los otros actores la íbamos cogiendo del brazo y moviendo por escena. Cuando alguien se dirigía a ella, otro actor contestaba diciendo cosas como: «A la reina le apetece tomar una copa de vino» o «La reina, aquí presente, os pregunta a qué se debe este alboroto».

La buena mujer no dijo ni una sola palabra durante toda la representación, aunque intervenía en muchísimas escenas.

Sorprendentemente, el público no notó nada: simplemente pensó que aquella reina era directamente subnormal.

Cuando acabó la función no faltó quien nos dijo:

—¡Qué simpático el personaje de la reina vaga, que hacía que sus súbditos hablasen por ella!

 

 

Sobre Romeo y Julieta

           La historia de Romeo y Julieta ha traspasado las fronteras siempre que le ha apetecido.

Muchos de mis coetáneos han tenido —como yo tuve— pesadillas constantes en las que salía Karina con una minifalda amarilla cantando aquello de:

 

Sí, sí somos el Romeo y la Julieta,

aquellos que murieron de pasión.

No, no tenemos tampoco una peseta

y el piso va a costarnos un riñón.

 

          Pero estoy adelantando acontecimientos. Antes del tratar del influjo shakespeariano en el pop de los setenta, habré de mencionar las fuentes de la historia, fuentes en las que abrevó hasta hartarse el bardo de Stratford-upon-Avon.

Todos sabemos que Shakespeare robó absolutamente todos sus argumentos de un sitio u otro (leyendas mediterráneas, crónicas de los reyes ingleses o directamente comedias de su amigo Christopher Marlowe), pero ¿de dónde choriceó esta historia concretamente?

Vamos a saberlo ahora mismo.

Un italiano cochambroso (como todos en aquella época) llamado Masuccio escribió una obra a la que tituló Il novellino (aparecida en 1476, ese año que llovió tanto, ya saben), donde recogía nada menos que cincuenta novelas, porque por aquel entonces la gente que se decidía a gastarse el dinero en comprarse un libro quería que le durarse todo el invierno como mínimo. Aquí aparece por vez primera la historia de los amantes tontos.

En esta primera versión se llamaban Mariotto y Gianozza, lo cual no era muy resultón, que digamos. Si decimos de alguien que «es un Romeo», la cosa queda medianamente pasable y hasta elegante. Pero si decimos que «ese joven es un Mariotto», puede parecer que le estamos insultando o poniendo en tela de juicio su virilidad y nada más lejos de nuestro ánimo. Así es que no es de extrañar que los nombres no cuajaran.

Pero la historia estaba ya ahí enterita: el amor repentino, la boda en secreto, el fraile con sus potingues y la muerte debida a que el servicio de correos era un desastre y las cartas no llegaban nunca a tiempo.

La acción transcurría en Siena (una ciudad a la que debía de dar mucho el sol, porque siempre hemos oído hablar de la «Siena tostada»), pero luego la acción se trasladó a Verona (quizá porque allí los alquileres eran más baratos y la acción no tenía demasiados ingresos). Los apellidos de los protagonistas también variaron (porque en la versión original los dos amantes se llamaban Rossi, el apellido más común en Italia, y eso era un lío tremendo), pasando a llamarse Montecchi y Cappelleti (Montiquios y Capellitos, porque lo de Montescos y Capuletos es una traducción muy imprecisa).

Fue Luigi da Porto, en su insoportable libro Historia novellamente ritrovata di due cretini amanti, quien tuvo la feliz ocurrencia de hacer que las dos familias estuviesen enfrentadas. Esto hay que explicarlo, porque en la versión anterior de Masuccio los Montiquios y los Capellitos no sólo no eran enemigos, sino que se llevaban muy bien y merendaban frecuentemente los unos en la casa de los otros. Así es que la Gianozza y el Mariotto que Dios confunda podrían muy bien haberse casado sin problemas, pero como eran unos niños cursis y muy románticos optaron por guardar el secreto de sus hormonales amores y así les fue.

La enemistad —cuenta Da Porto— tuvo su origen muchos años antes, cuando Giacomo Montecchi le pisó un callo sin querer a Luca Cappelleti mientras ambos hacían cola en la pescadería. Corrió la sangre y la rivalidad duraba ya trescientos años, o sea, cuatro siglos y medio, si mis cálculos son exactos.

Posiblemente entre la versión de Masuccio y la de Porto debió de existir otra que se ha perdido, afortunadamente.

Tras Porto (no trasporto nada, es que ha quedado así sin yo pretenderlo) otros tres italianos le dan vueltas al tema. Luigi Groto hizo con la historia de los dos niñatos una tragedia clasicista ambientada en el mundo prerromano donde aparecían un príncipe sitiador, una hija del rey sitiado y un vendedor de Biblias a domicilio que tenía unas salidas muy ingeniosas y proporcionaba al espectador el humor suficiente para poder aguantar la representación sin sentir ganas de arrojarse de cabeza al Tíber y acabar de una vez con la propia vida. Esta pieza se titulaba La Hadriana (1578), que se refería a una Adriana de toda la vida pero con una hache para que el nombre sonara más clásico[1].

Gherardo Boldieri (quien prefería que le conociesen como «Clitia» —nombre de una ninfa enamorada de Helios— por alguna oscura razón en la que preferimos no indagar) redactó en 1533 un interminable poema: L’Infelice Amore de due fedelissimi amanti Giulia e Romeo, y se ciñó estrechamente a Porto, que le rechazó violentamente de un empujón que le hizo tambalearse. Al año siguiente, Matteo Bandello escribió sobre los amantes una novela a la que llamó Novelle, porque no tenía ganas de cansarse innecesariamente pensando un título. Vago como era, suprimió bastantes episodios de las versiones anteriores y dejó la historia en el chasis, por así decirlo.

El francés Boaistuau (¡madre, cuántas vocales!) tradujo a Bandello en su libro Histoires tragiques (1559) y dejó la trama de forma que no la reconocía ni su autor. En esta versión, al despertar de su letargo Julieta se encontraba ya a un Romeo fiambre, en lugar de charlar con él de muchas cosas durante varias horas, como sucedía en las obras anteriores. Además, la joven fenecía de resultas de atizarse con un puñal en vez de morirse simplemente a amor contrariado, porque Boaistuau consideraba que de amor contrariado es muy difícil morirse o que, al menos, se tarda mucho rato y llega a resultar hasta aburrido.

Parece anecdótico y digno de mención el hecho de que un majadero llamado Girolamo dalla Corte tomó la historia de Romeo y Julieta como verdadera y así la mencionó en su Istoria di Verona, impresa en 1594 en dicha ciudad con fondos públicos, pues era un enchufatto. Esta metedura de pata le valió una rechifla de sus conciudadanos, pero el consistorio veronés le pagó igualmente la cantidad que le había prometido por su labor como cuñado historiador.

Años antes había aparecido en Francia (todos ustedes saben dónde está Francia, ¿no es así?; bien: así me evito tener que informarles de que Francia es un país que está por ahí, en alguna parte) la obra Le Philocope de Messire Jehan Boccace (1542), que no sabemos si era una novela, una pieza dramática o simplemente un chiste con un título muy largo, porque el libro de donde estamos copiando descaradamente toda esta información no lo dice. El autor fue Adrian Sevin, del que no sabemos mucho porque no tiene cuenta en Facebook (parece ser que la tuvo en su día, pero nunca la actualizaba y acabó cerrándola por alguna razón). En este ejemplo del romeojulietismo galo falta lo de la enemistad de las familias. Todo lo contrario: los dos enamorados crecen juntos y hasta usan bufandas del mismo color y con el mismo dibujo.

En 1560 y como no tenía nada mejor que hacer, un escritor sin nombre de pila (o eso parece), Châteauvieux, dramatizó la versión boaistuauiana (¡ostras!) en su Roméo et Juliette, que sólo se diferenciaba de la otra en el acento sobre la ‘e’ de ‘Romeo’.

Louis Guyon ya se arriesgó más y varió un poco la trama en su obra Diverses leçons, suprimiendo el papel de Mercucio para ahorrar en sueldos de actores. El problema con esta versión es que se escribió en 1604 y como Shakespeare redactó la suya en 1595 algunos expertos dudaron de que la obra de Guyon hubiera podido influir en la del inglés. Esta polémica ha durado siglos y sólo recientemente se ha reconocido que tal influjo resulta poco probable.

Una de las piezas en las que Shakespeare metió mano —casi con un cien por cien de certeza— a la hora de llevar a cabo su habitual plagio es The Tragicall Historye of Romeus and Juliet (1562), del preshakespeariano Arthur Brooke (claro, que él no sabía que fuera preshakespeariano y de haber tenido la sospecha de serlo imaginamos que no le habría hecho ninguna gracia). Esta curiosa pieza teatral tiene a la nodriza como protagonista y los dos amantes aparecen muy poco, la verdad.

En 1566 William Painter adaptó la historia en la primera parte de su Palace of Pleasure, un libro que incluía sesenta cuentos y una antigua receta para hacer la perdiz estofada. Hay que decir en elogio de Painter que ni quitó nada ni puso nada, sino que se militó (que se militó, no: que se limitó, es que me he equivocado al teclear) a reproducir la historia tal y como estaba.

Alrededor de 1583 se representó en Inglaterra una obra alemana que pensamos que quizá pudiera tener alguna lejana relación con la historia que nos ocupa. Y decimos esto porque la pieza se titulaba Tragödie von Romio und Julietta, lo que nos suena familiar. No obstante, es posible que Shakespeare —que también era actor, como todo el mundo sabe— no asistiera jamás a ninguna representación teatral donde hubiera actores de la competencia (cosa muy frecuente en el gremio) y consecuentemente no conociera esta versión alemana.

Cuando —¡por fin!— Shakespeare escribió «su obra» en 1595 como ya hemos dicho, no tuvo grandes dificultades. Parece ser que la redactó en poco tiempo, lo que no nos extraña, porque disponiendo de tantas versiones de donde copiar, tenía ya prácticamente todo el trabajo hecho.

¿Cuáles son, entonces, las aportaciones shakespearianas —o williaminas si tenemos mucha confianza con el autor y le llamamos por su nombre— a la trama argumental ya existente? Pues de hemos de decir con harto dolor de nuestro corazón que absolutamente ninguna. Todo lo que aparece en su tragedia ya lo habían incluido uno u otro de sus numerosos plagiados. Pero nos saltaremos todo esto, porque es especialmente desagradable y porque el análisis de la obra de Shakespeare no es lo que nos ocupa, sino sus fuentes y tal.

La historia de los amantes ha dado lugar a multitud de versiones posteriores en muy diversos géneros: teatro, novela, ballet y hasta un juego de mesa que resulta muy entretenido para esas tardes en que llueve y no puedes salir de paseo.

En primer lugar tenemos a los alemanes, que se hacen eco de la historia (‘se hacen eco’, ¡vaya una frase tan tópica y tan poco afortunada que he ido a usar!). Hay unas obras tituladas Glücks und Liebeskampf, Die verzweifelte Liebe, Der grosse Schauplatz jämmerlicher Mordgeschichte, Schauplatz der Verliebten y Keuscher Liebe Sitten-Schule en las que los críticos juran por sus seres queridos que se trata el tema de Romeo y Julieta, aunque nosotros tenemos nuestras dudas de que sea así.

También los españoles retomaron el tema, aunque con mejor humor. Baste como ejemplo la comedia de Lope de Vega Castelvines y Monteses, de 1602. A Lope le dieron pena los amantes, ¡tan jovencitos e inocentes!, y en vez de matarlos, les regaló un final conciliador en el que se casaban y sus padres respectivos les ponían piso. Francisco de Rojas Zorrilla hizo algo parecido en Los bandos de Verona (1650). Julieta se envenena, sí; pero un criado listillo ha cambiado el veneno por otro brebaje (en la obra se deja entender que por horchata) y tras echarse una reponedora siesta, sale tan campante de la tumba para reunirse con su amado.

Las versiones del siglo xviii, incluida la proyectada por Goethe, eran muy tediosas —como era obligatorio en ese siglo— y eliminaron todos los elementos cómicos de la historia.

La versión que más nos gusta a nosotros —aunque nos produzca vergüenza reconocerlo— es la de la película West Side Story, donde capuletos y montescos manhattianos se aman y se odian en medio de brincos por las calles, lo que les da definitivamente a estos trágicos amores un aire fresco y renovador.



[1] Este recurso de la hache como elemento grecolatinizante es conocido. Recuerden a la Helena de la Ilíada u otros nombres de sabor clásico, como Heliodoro, Heduardo, Hemilio o Heleuterio.