1984

 

George Orwell, 1949

 

Esta es una gran obra sobre la manipulación de la información. El autor solo se equivocó en el año en que se sitúa su infierno (¿o no?).

El argumento es previsible. Una sociedad distópica y un rebelde al que pillan, le torturan y convencen mediante manipulación psicológica; y ya está: un conformista más. Por eso no nos detenemos en los detalles.

Lo interesante son los procedimientos.

En ese mundo dominado por el Gran Hermano, siempre vigilante y con un gran bigote, el Partido en el poder (el único) controla la realidad. Winston, el protagonista, trabaja en el Ministerio de la Verdad, dedicado obviamente a la fabricación de mentiras. (Esto es como llamar Ministerio de Defensa al que se dedica a atacar o Ministerio de Economía al que se dedica al gasto, algo a lo que estamos acostumbrados. Este futuro no es tan futuro). En la novela tenemos el Ministerio del Amor (la policía) y el de la Abundancia (que gestiona la escasez).

(Obsérvese que hablamos del ‘protagonista’, que etimológicamente viene a decir «el primero en agón», el que más sufre. Aquí el sentido se emplea a la perfección).

Winston revisa periódicos antiguos para que lo que el Partido dijo entonces coincida con lo que hace ahora. Si no es así, se borra lo anterior y se reescribe. De esta manera no quedan contradicciones. ¿Con qué país se libró la última guerra? Se puede cambiar la historia y contar otra milonga diferente. Muy pocos lo notan y, entre ellos, muy pocos se atreven a decirlo en voz alta. Los documentos que sugieren otra cosa van a los «agujeros de la memoria», vulgo hornos.

Se usa la propaganda para dominar y para ello es imprescindible tener un enemigo. Así es que el sistema se lo inventa. Diariamente se paran las fábricas y las oficinas para los Dos Minutos de Odio, en los que se proyecta la imagen de un ¿imaginario? revolucionario, enemigo del régimen, al que se insulta para quedarse uno desahogado y feliz.

Importantísimo concepto es el de la «neolengua» o newspeak para destruir pensamientos. Se intenta sustituir al inglés tradicional, por lo que cada vez hay menos palabras en el diccionario. Reduciendo las posibilidades de expresión, todo es más primario. Y de la misma manera que los tontos se expresan mal, los que acostumbran a expresarse mal se vuelven tontos, con lo que reducir matices se convierte en un eficaz instrumento de control.

Se desarrolla el concepto de «crimental», que el pensar sea delito, para lo cual hay una Policía del Pensamiento que se ocupa de castigarte y de procurar que en el futuro no tengas la capacidad para hacerlo. Imbecilizar a la sociedad es su propósito.

Las estadísticas se manipulan. Los productos reducen su tamaño (¿les suena esto de algo?). Y se dice, sin embargo, que ahora todo producto es mejor que antes.

La historia antigua se reescribe. Con el Partido se atan los perros con longanizas. Antes del advenimiento del Partido —les aseguran—no solo no había longanizas, ¡es que no había ni siquiera perros!

Es divertido el concepto de la «no persona». No son solo gentes eliminadas por sus ideas, sino individuos cuyo recuerdo y huella burocrática se borra. Se eliminan sus documentos, sus registros, sus fotos y cualquier constancia de que existieron. Como suele decirse, con la carne de preso político se pavimentan las carreteras.

Todo esto conduce a la posibilidad de que exista el «doblepensar», consistente en ser capaz de aceptar simultáneamente ideas contradictorias sin ver la contradicción. Decir «ahora es de noche» al mismo tiempo que «ahora es de día» es algo perfectamente válido para las mentes que quedan. Cambias de parámetro y te crees tu propia mentira, algo bastante más frecuente de lo que podría suponerse.

En resumen: el Partido controla el presente por la propaganda, el pasado mediante la falsificación histórica y el futuro a través de la transformación del lenguaje. El procedimiento está bien pensado y no resulta tan ficciocientífico como Orwell pretendió.


 

El péndulo de Foucault

 

Umberto Eco, 1988

 

 

Diotallevi, Casaubón

y Belbo, tres camaradas,

tienen una editorial

en una ciudad de Italia

(pongamos que es en Milán

y no en Mantua ni en Ferrara),

dedicándose a cobrarles

las liras a paletadas

a los ilusos «autores»

que se avienen a pagarlas

y es porque la autoedición

es lo que da más ganancias.

 

Los tres son aficionados

a conspiraciones varias

y hacen apuestas por ver

cuál es la más insensata:

si son los illuminati,

los rosacruces, la cábala

los que mandan en el mundo

sin que nadie sepa nada.

 

Pero hete aquí que un buen día

les trae un tipejo mil páginas

que supuestamente indican

de manera detallada

secretos de los templarios

y que aportan hasta un mapa

de las corrientes telúricas

de la bolita terráquea

y las antenas que emiten

todas estas fuerzas mágicas.

El hombre desaparece

(porque ya no le hace falta

el autor en la novela),

pero les deja picada

la curiosidad a todos

y se deciden —por chanza—

a unificar las teorías

conspiratorias más raras

que promulgan los que están

más orates que una cabra.

 

Dicho y hecho. Se procuran

una novísima máquina

(un procesador de textos

al que llaman Abulafia)

y meten en él mil datos

que inventan sobre la marcha

para unir las sociedades

secretas y sus chorradas

en una conspiración

internacionalizada

que mantiene que las guerras

que hubo desde las Cruzadas

las ha provocado una

institución muy malvada

que controla lo telúrgico

para hacer barrabasadas,

para dominar el mundo

haciendo su santa gana.

La llaman «El Plan» y juegan

un tiempo, hasta que se cansan.

 

Pero ¿qué sucede? Pues

que ha sido tan acertada

su invención, que los fanáticos

que por esto se entusiasman

se creen que es de verdad

y lanzan una campaña

para apresar a los tres

y torturarles con tanta

crueldad como se precise

para saber dónde se hallan

las corrientes energéticas

de las que Abulafia habla,

ya que la computadora

es lenguaraz redomada,

 

A partir de ese momento

comienza el follón y se arma

la de Dios es Cristo. Dio-

tallevi ve el panorama

y elige morirse antes

de que vengan en comanda

para cargárselo. A Belbo

lo secuestran y lo mandan

a París, porque parece

que en la capital gabacha,

en el Museo de Artes

y Oficios, en una sala,

el péndulo de Foucault

es el sitio en que se marca

el lugar del mapa en donde

están las fuerzas buscadas.

 

Casaubón compra un billete

(consiguiendo una rebaja)

y, para salvar a Belbo

de los malos, se va a Francia.

Entra en el Museo. Se esconde

debajo de una peana

(no sabemos cómo lo hace,

que es tarea complicada)

y presencia la tortura

que aquella turba fanática

da a su amigo, que asegura

que allí no hay nada que valga

la pena, que era una trola

más enorme que una casa

de más de cuarenta pisos,

con piscina en la terraza.

Los sectarios no le creen

y, como son muy canallas,

le cuelgan del mismo péndulo

y luego salen por patas.

 

Viendo que la situación no

tiene maldita la gracia,

el pobre de Casaubón

en cuanto que puede, escapa,

vuelve a su país natal

y se esconde en una granja

(durmiendo concretamente

en el sitio de las vacas),

aunque sabe con certeza

mortal que cualquier mañana

llegarán los neotemplarios

con intenciones muy malas

y le darán matarile

de la manera más rápida.

 

Aquí acaba la novela.

La moraleja es diáfana:

si subes algo a las redes,

si compartes con la basca

tus datos o tus ideas,

puedes meterte en un drama

más tremendo que el de Otelo

o que el de Bernarda Alba.

Para tu seguridad

te doy un consejo: apaga

tu ordenador y tu móvil,

líbrate de esa amenaza

y juega al parchís, lee un libro,

haz ciclismo, planta plantas,

haz colección de estampitas,

haz macramé, monta en barca,

domestica cocodrilos,

juega al mus, toca la flauta,

vete a visitar parientes,

fríe huevos, haz gimnasia,

haz cualquier cosa en el mundo

menos entregar tu alma

a esa virtual realidad,

que no hay cosa más macabra.