Quevedo va a la cárcel por presumido

 

(Antesala del palacio del buen Retiro. Sale el Conde-Duque de Olivares, gordo, y Francisco de Quevedo, cojo y miope. Vienen hablando de sus cosas.)

 

Olivares.—Siéntate.

          Quevedo.—No hay ninguna silla, Excelencia.

          Olivares.—Ya lo sé, pero es lo que se suele decir al empezar una audiencia. Vamos al grano. ¿Tienes idea de por qué te he mandado llamar?

          Quevedo.—No tengo ni el más remoto barrunto, Excelencia.

          Olivares.—¡Venga, Quevedo! No me seas marrullero. Sabes perfectamente de qué va la cosa. No te hagas el listo conmigo, que nos conocemos.

          Quevedo.—Le aseguro a Su Excelencia que no me imagino qué hago aquí.

          Olivares.—Pues yo te lo contaré. Ayer, nuestro bienamado monarca se dispuso a comer y ¿qué dirías que se encontró?

          Quevedo.—¿Una mosca en la sopa? ¿Una cucaracha, quizá? (Tras una pausa.) ¿Dos cucarachas? El servicio de limpieza de palacio deja mucho que desear.

          Olivares.—Tienen razón los que dicen que eres maestro en tomarle el pelo a la gente, caballero Quevedo. Nuestro rey se encontró un memorial.

          Quevedo.—(Ingenuamente.) ¿Un memorial en la sopa?

          Olivares.—¡Necio! ¿Te burlas de mí? Un memorial bajo la servilleta. Llevaba allí varios días.

          Quevedo.—Pues eso quiere decir que nuestro rey es un cochino de tomo y lomo, si se me permite la expresión, ya que ha hecho varias comidas sin limpiarse la boca.

          Olivares.—Tu lengua es venenosa. Pero no toleraré esos dardos. Si el rey se limpia más o menos no es de lo que se trata aquí, sino de una hoja vil, con viles argumentos y escrita con tinta también vil que llegó a sus ojos de forma traicionera.

          Quevedo.—¿Y qué tengo yo que ver con la triste realidad de que a nuestros gobernantes haya que engañarles para conseguir que lean? ¿Qué ponía el memorial?

          Olivares.—Nadie mejor que tú lo sabe.

          Quevedo.—¿Yo, señor?

          Olivares.—¡Claro! Todos estamos convencidos de que fuiste tú quien lo escribiste.

          Quevedo.—¿Yo escribir algo gratis? Os habéis equivocado de autor.

          Olivares.—Sí. Ese es el único aspecto de este asunto que me despista. Pero, bueno, supongamos por un momento que no lo hubieras escrito tú.

          Quevedo.—Es que no lo he hecho.

          Olivares.—Quiero conocer al responsable.

          Quevedo.—¿Y yo que sé quién es?

          Olivares.—Puedes saberlo. ¿No eres tú el más grande de nuestros poetas?

          Quevedo.—Sí, eso es verdad.

          Olivares.—¿No tienes una exquisita formación clásica? No has leído Aristóteles, a Epícteto, a Séneca y a todos esos pelmazos?

          Quevedo.— (Orgulloso.) Los he leído.

          Olivares.—¿No eres tú, muerto Lope, el príncipe de nuestras letras?

          Quevedo.— (Halagado.) Sí, lo soy, en efecto.

          Olivares.—¿Y el que más sabe y entiende de literatura?

          Quevedo.—Me abrumáis; pero, sí: tenéis razón. Yo soy todo eso.

          Olivares.—Entonces no tendrás dificultad en ayudarme a resolver este asunto. Juzga el estilo. Tú conoces bien a todos esos seres abyectos, cochambrosos y repelentes que pululan por la Corte.

          Quevedo.—¿Os referís a los poetas?

          Olivares.—A ésos. Lee el texto y di quién pudo haberlo escrito. (Le da un papel que Quevedo lee.)

          Quevedo.—«Católica, sacra y real majestad, / que Dios en la tierra os hizo deidad, / un poeta pobre sencillo y honrado...» (Aparte.) ¡Mecachis! ¡Esto es muy bueno! ¿Quién lo habrá escrito? (Sigue leyendo para sí).

          Olivares.— (Tras un rato.) ¿Te dice algo el estilo?

          Quevedo.—Así… a bote pronto, no.

          Olivares.—Tiene que tratarse de un autor de primera fila, porque los acentos están bien puestos y eso es raro. No tiene faltas de ortografía. Puede que no haya en la Corte arriba de tres o cuatro escritores capaces de tamaña proeza. ¿Pudo haber sido Fulanito? Es un autor muy bueno.

          Quevedo.— (Gritando.) ¡¡No!! Fulanito es un inepto que no sabe rimar. No puede ser el autor.

          Olivares.—¿Y Menganito?

          Quevedo.—Menos aún. Menganito es torpe y no domina la medida, mientras que estos versos están muy bien estructurados.

          Olivares.—¿Qué me dices del famoso Zutanito? Quizá fue él.

          Quevedo.—¡Quia! Zutanito es un hortera y carece del refinamiento y la cultura necesarios para distinguir un terceto encadenado de una sopa de berros.

          Olivares.—Entonces, ya está: tiene que haber sido Perenganito. No hay otra posibilidad.

          Quevedo.— (Aparte.) Realmente el verso parece de Perenganito: el estilo y el léxico se parecen mucho a los que él emplea habitualmente.

          Olivares.—Aparte de la injusta crítica que le hace a mi gobierno, he de reconocer que los versos son excelentes.

          Quevedo.—No tanto, no tanto. No exageréis, Excelencia.

          Olivares.—A mí me lo parecen y creo que yo entiendo algo de letras. Opino que son sublimes.

          Quevedo.—(Aparte.) ¡Que me aspen si permito que Perenganito se lleve la gloria de estos versos!

          Olivares.—Todo está ya resuelto. Gracias por tu colaboración, Quevedo. Puedes irte. Mandaré apresar de inmediato a Perenganito y haré que le torturen hasta que confiese. Morirá en el cadalso o se pudrirá para siempre en una prisión; pero indudablemente estos versos, que son su perdición en vida, le darán gloria imperecedera tras su muerte y su nombre será universalmente alabado por las generaciones futuras. Ya imagino lo que dirán: «Perenganito, el insigne poeta, muerto a manos del cruel Olivares, entra caminando orgulloso en el Panteón de la Gloria».

          Quevedo.—(Explotando.) ¡Eso sí que no!

          Olivares.—¿Cómo?

          Quevedo.—¡Que no lo voy a tolerar!

          Olivares.—¿Qué quieres decir?

          Quevedo.—Perdonad, Excelencia. Perenganito no ha podido escribir estos versos.

          Olivares.—Yo creo que sí.

          Quevedo.—¡No! Debo confesarlo todo: yo soy el autor de ese memorial.

          Olivares.—¿Tú, Quevedo? ¿De veras?

          Quevedo.—(Tirándose al río.) Yo.

          Olivares.— (Tras una pausa.) No me lo creo.

          Quevedo.—¡Que sí, diantre, que soy yo, que fui yo!

          Olivares.—Bueno: si insistes...

          Quevedo.—Yo hice poner el escrito en la mesa del rey para… para… ¿Para qué lo hice? ¿Qué pone exactamente el memorial?

          Olivares.—Tú debes saberlo, si eres el autor como aseguras.

          Quevedo.—Veréis, Excelencia: es que no me acuerdo muy bien; lo escribí hace ya días… Y, además, tengo tantas obras entre manos que me confundo.

          Olivares.—El memorial decía que el rey era un berzotas.

          Quevedo.—¡Ya! ¡Ahora me acuerdo de lo que escribí! Efectivamente: un berzotas.

          Olivares.—Que era grande, pero como los pozos: más grande cuanto más tierra les quitan.

          Quevedo.—(Aparte.) Un símil muy original el de Perenganito. ¡Maldita sea su estampa! (Alto.) Exacto, eso decía.

          Olivares.—Y que yo era el mayor bribón que han conocido las Españas.

          Quevedo.—Bueno, eso era sólo una forma de hablar, una figura retórica, vamos.

          Olivares.—Pero ya que has confesado, estoy dispuesto a perdonarte todo.

          Quevedo.—(Suspirando aliviado.) ¡Aaaaah!

          Olivares.—Claro que mi perdón es sólo a nivel personal.

          Quevedo.—¿Y eso qué significa?

          Olivares.—Significa básicamente que Gaspar de Guzmán y Pimentel, el hombre, te perdona. Pero el Conde-Duque de Olivares, valido del rey, no tiene más remedio que encarcelarte.

          Quevedo.—¡Vaya!

          Olivares.—De por vida.

          Quevedo.—¡Vaya, vaya!

          Olivares.—En un sitio muy frío.

          Quevedo.—¡Vaya, vaya, vaya!

          Olivares.—Y húmedo.

          Quevedo.—¡Vaya, vaya…! En fin, me detengo, porque esto parece no acabar.

          Olivares.—Pagarás cara tu traición a la corona. (A los soldados que están en la puerta.) ¡Lleváoslo!

          Quevedo.— (Aparte, mientras le sacan a rastras.) La vanidad me ha perdido. ¡Malditos sean Perenganito y el padre de Perenganito! ¡Anda, y qué ocurrencia lo del memorial...! ¡Ya se podía haber estado quietecito!

         


 

 

 

La décima explicada

(Espinela sobre la espinela)

 

¿Quién inventó la espinela?

Pues fue Vicente Espinel

quien la puso en el papel,

como se enseña en la escuela.

Aunque décima se apela,

se llamó espinela antes

y sus partes contratantes

consisten en versos diez

que han de incluir a la vez

cuatro rimas consonantes.

 

Riman el cuarto y primero

versos junto con el quinto;

el segundo es ya distinto

y con el que es el tercero

tiene que andar del bracero;

para que el verso sea ameno

el octavo y el noveno

la riman compartirán,

que sexto y séptimo están

con el diez, pues no hay onceno.

 

La décima es una forma

de verso bastante guay

y entre todas las que hay

que respetan una norma

es la que menos deforma

el sentido de lo escrito,

que es poema pequeñito

de dimensión adecuada

y no cuesta casi nada

que te salga bien bonito.

La muerte de Julio César

 


Vamos a contar aquí

la muerte de Julio César,

que no falleció de anginas

ni de fiebre tifoidea,

sino de unas puñaladas

dadas con mano certera,

repartidas sabiamente

entre el cuello y las caderas,

entre un costado y el otro,

entre el bazo y la azotea.

 

La cosa comenzó el día

que dijo la frase esa

que se sabe todo el mundo;

ya saben cuál digo: «Alea

jacta est», lo que equivale

a decir que no hay más cera

que la que arde y que la Historia

le obligaba, puñetera,

a dar un golpe de estado,

a liarse a la cabeza

la manta y cruzar el río

Rubicón, que entonces era

(como dicen los imbéciles)

una «zona de no-guerra».

 

Como fuere: fue y lo hizo.

Y toda la patulea

de Roma le aclamó mucho,

bendijeron a su abuela,

le sepultaron en flores,

dieron vítores con fuerza

que casi le dejan sordo

y mostraron su aquiescencia

a acabar con la República

en unánime revuelta

y apoyar la dictadura,

que es una forma concreta

de gobierno que consiste

en que mande un sinvergüenza.

 

César, por todos sus actos,

tenía una fama tremenda:

conquistó toda la Galia

y un barrio de Pontevedra,

y cuando fue a Alejandría

hizo arder la Biblioteca.

Esto gustó mucho en Roma,

donde la tirria era intensa

al clan de los Ptolomeos,

por lo que hubo una gran juerga

entre los romanos cuando

lo leyeron en la prensa.

 

Además de estas hazañas,

César tenía cosas buenas,

le adornaban mil virtudes:

sabía tocar la muñeira

en una gaita que le

regaló un amigo celta;

tenía enormes aptitudes

para tenor de zarzuela;

podía recitar a Horacio

y pintar a la acuarela;

su mente era tan potente

que hasta comprendía el teorema

de Pitágoras, el griego;

era un tremendo estratega;

sabía redactar mejor

que Cervantes y Saavedra

juntos; según sus amigos,

hacía el arroz con almejas

mejor de todo el Imperio

Romano, con diferencia;

no sólo esto: era guapo,

hermoso y de gran belleza,

por lo que ligaba mucho,

debido a su buena percha;

no era calvo, no, ¡qué va!,

como la Historia nos cuenta

(escrita por enemigos),

sólo sufría alopecia,

una disfunción pelar

e insuficiencia melénica,

pero, con arte e ingenio,

solventó pronto el problema

y se encargó un peluquín

hecho con pelo de cebra

que la antiestética calva

le disimulaba entera.

 

Más César era ambicioso.

Quiso dominar la tierra:

Hispania, Galia, Bretaña

Murcia y hasta el Congo Belga,

por lo menos; se creía

que era el Alfa y el Omega,

poseía un ego más grande

que todo el Imperio persa

y era un tío más flamenco

que la Niña de la Puebla.

Así es que el hombre tenía

metido entre ceja y ceja

ser el dictador de Roma

con toda plenipotencia

y para ello estaba listo

a armar la marimorena.

 

Pero no nos dilatemos:

vamos a entrar en materia.

Al saberse que Julito

preparaba una revuelta,

los senadores, reunidos

a la hora de la merienda

—y tras tomarse tres tazas

de Cola-Cao con galletas—,

ni cortos ni perezosos

emprendieron la tarea

de conspirar en su contra

y pensar una estrategia

para librarse de él

y acabar con el dilema.

 

«La cosa no se resuelve

con ponerle una querella»,

dijo alguien. (No damos nombres,

que chivarse es cosa fea.)

«Según opinión de muchos,

César es una culebra

que se le ha enroscado a Roma

y le sube por la pierna»,

dijo otro. «Agradecería

que nos evitaras esas

comparaciones que haces

y que resultan tan desa-

gradables», le interrumpieron.

Otro iba a echar una arenga,

pero el líder, muy prudente,

le cortó la verborrea

diciendo: «La solución

es trágica, cual Medea,

pero no hay otro remedio:

¡hemos de endiñarle mecha!

Si tenéis fuerza y valor

todo irá como la seda.

Y si alguien se achanta, ya

sabe dónde está la puerta.

¿Estáis de acuerdo?» «¡Lo estamos!»

«¡Muy bien! Pues ya sólo queda

el cómo, el cuándo y el dónde».

(No piense mal el que lea;

no juzgue mal a estos tipos

viendo el crimen que planean,

pues comparados con Julio,

que estudiaba para déspota,

aquellos carcas traidores

parecían ser de izquierdas.)

 

La conversación siguió

hasta la hora de la cena.

«¿Le matamos en el Foro

cuando esté pasando cuentas

o cuando vaya a hacer jogging

junto al templo de Minerva?»

«¿Quién le pinchará primero?»

«Sorteemos papeletas

con nuestros nombres.» «¿Y cuándo?

¡Hay que elegir una fecha!»

«En marzo, que ya no llueve.»

«Tenemos aquí un problema:

no poseemos puñales.»

«Haremos una colecta

para comprar tres o cuatro,

o quizá media docena.»

«O uno y lo vamos pasando,

y así ahorramos.» «¡Buena idea!»

 

Por fin llegó el día fatídico

que inspiró muchas comedias

a Shakespeare y a otros señores

que no tenía materia

ni imaginación y usaron

la vida de Julio César

(yo estoy haciendo lo mismo:

no me lo tengan en cuenta.)

Dicen que hubo mil prodigios:

luces en el cielo, grietas

en las paredes, los gatos

maullaban por peteneras,

había tigres en las calles,

abogados y otras fieras.

Los presagios avisaban

de que lo sensato era

pasarse el día en la cama

y no aventurarse fuera,

para evitar los fantasmas

y no romperse una pierna,

que el asfaltado de Roma

siempre estaba hecho una pena.

 

Calpurnia, supersticiosa

y asustada hasta la médula,

aconseja su marido

que no acuda a la asamblea:

«No vayas al Capitolio:

diles que tienes paperas».

Pero César, emperrado

en que es un día de faena

y en que no hay que hacer ni caso

de trasgos y de pamemas,

desayuna y con su toga

se dirige con presteza

a su oficina (el Senado)

para ver lo que se pesca.

 

Unos tipos con aspecto

de no haber dormido esperan

a que llegue el dictador

y suba las escaleras.

El líder de los rebeldes,

al ver que César se acerca,

dice: «Limpiad el puñal.

Morirá, mas con asepsia».

Un segundo conjurado

saca el cuchillo (que era

alquilado por un día

y había que darlo de vuelta)

y se lo muestra a la víctima,

que enseguida se da cuenta

de que van con las del beri

(eso se veía a la legua),

de que ha metido la pata

y que, en realidad, hubiera

debido quedarse en casa

y hacer caso a la parienta.

 

Quiere evitar su destino

usando su don de lenguas,

por ver si puede liarles,

y exclama: «¿No os da vergüenza?»

Pero se ve interrumpido.

«¡No estamos para monsergas!»

Y entonces los asesinos

emplean la contraseña

(que, por cierto, consistía

en tocarse con la yema

del meñique la nariz,

sacando a un tiempo la lengua)

y como chacales fieros

dan un salto hacia su presa

dispuestos para una es-

cabechina, ¡los muy bestias!

 

César, que les ve venir,

la palma con gran presteza

del corazón, sin dar tiempo

a que se acerquen siquiera.

Muriendo así se libró

de pagar sus hipotecas

y en lo que respecta a él

allí acabó su tragedia.

 

Claro, queda su agresor,

a quien pilla por sorpresa

el infarto y se detiene

gritando: «¡Maldita sea!

¡Y yo que he estado ensayando

a apuñalar con destreza...!

Hemos hecho un gran ridículo.

¡Marte, qué suerte más perra!»

«No pasa nada», asegura

el líder. «Si se planea

algo, ha de llevarse a cabo.

Aunque esté muerto no es ésa

razón de no apuñalarle,

pues no le hace diferencia.

Acabemos de una vez

con lo nuestro y ¡allá penas!».

 

Dicho y hecho: los rebeldes

se metieron en materia

con lo que al fin y a la postre

le sacaron las mantecas;

de cuchilladas le dieron

al menos varias docenas,

pues le estuvieron pinchando

al menos una hora y media

sin parar, porque le apu-

ñalaban de pura inercia,

y le pusieron perdida

de sangre la vestimenta;

y así, al final, parecía

no un político ni un césar,

ni siquiera un hombre, sólo

mermelada de frambuesa.

 

Esta historia de ambiciones

contiene una moraleja:

a las gentes no les gustan

los hombres que las superan

en gloria, seso o virtudes.

Todos los mediocres llevan

muy mal que haya hombres mejores.

Y por eso, si te dejas,

en la primera ocasión

ponen tu nombre a una esquela.