Torrente Presidente

 

Santiago Segura, 2026

 

Usando comicidad

muy española (y grosera

—porque el humor elegante

crece poco en esta tierra—),

Segura nos cuenta cómo

accede a la presidencia

del país el personaje

abyecto (aunque con solera,

que ya lleva como mínimo

un puñado de secuelas)

de Torrente, que es compendio

de todas las cosas feas

de España, porque el racismo,

el mal gusto, la soberbia,

el maltrato a la mujer,

el afán por las pesetas,

en cainismo sin remedio,

el vicio y la picaresca

son el carácter hispano

contado de forma escueta.

 

Ya el título nos lo dice

todo: Torrente —ese jeta

que es un ex convicto y dice

que es «poli» de la secreta

y no trabajó en su vida—

les parece la perfecta

persona a un partido de esos

que surgen hoy como setas

(y que tienen el nazismo

imbuido en sus cadenas

de ADN) como símbolo

fiel de la persona media

del país, pues su postura

es de cutre que da pena

y asegura que de todo

tienen la culpa los menas.

 

Como fuere: aquella panda

de fascistas sinvergüenzas

le hace una oferta ipso facto

para dar discursos bestias

y hablar de flamenco y toros,

de ponerse la bandera

incluso en los calzoncillos,

de atarse ochenta pulseras

patrióticas (aunque ellos

siempre defraudan a Hacienda),

de ir dando a los suyos «¡vivas!»

y al resto del mundo, «¡mueras!».

Y como el país es facha

de los pies a la cabeza,

de Cádiz a Santander,

desde Gerona hasta Huelva,

de La Coruña a Almería

y de Murcia a Pontevedra,

tiene un éxito tremendo

entre la gente siniestra

(que es mucha, lo que es desgracia

antigua en la patria nuestra).

 

Su triunfo es tan rotundo

que se le ocurre una idea:

presentarse a Presidente

solo, con independencia

del partido, y, ¡claro!, entonces

se convierte en un problema.

 

¿Y cómo resuelves eso

de una manera discreta?

Pues quitándole de en medio

de puñalada certera,

para lo cual se contrata

a una empresa que es experta

en mandar a la otra vida

a aquel que molesta en esta,

por un precio que resulta

módico (salvo que quieras

que lo hagan con factura

muy desglosada y con fecha).

 

Mas como los asesinos

son españoles, les cuesta

hacerlo bien y la víctima

acaba saliendo ilesa

de la emboscada, que es

una chapuza completa.

El gobierno, por su parte,

manda también a sus fuerzas

policiales a cargarse

a esa persona molesta,

pero tampoco lo matan,

pues no tienen eficiencia:

le disparan al tuntún

y ni por asomo aciertan.

 

El clímax de la película

muestra graves consecuencias

y no he de dar los detalles

por no destripar el tema.

Baste saber que la historia

acaba de esta manera:

al ex preso le hacen «presi»,

que es paradoja tremenda,

pese a que en España es cosa

que a nadie asombra ni inquieta.

 

Robará, hará nepotismo,

nos llevará a la indigencia,

pero eso no importa nada,

pues compensará la quiebra

económica de España

a base de simples lemas

de ataque a los oponentes,

subvencionando la fiesta

nacional, bajando impuestos

a los ricos que gobiernan

en la sombra, encareciendo

el precio de la vivienda,

abaratando el despido

y privatizando entera

toda la estructura pública,

la sanidad y la escuela

(y defenestrando cabras

de la torre de la iglesia).

 

La aventura de los bailarines

 

Arthur Conan Doyle, 1903

 

 

(Sintetizamos al máximo el argumento, porque lo realmente interesante es el código que incluye y su desciframiento).

A Sherlock Holmes le gustaba resolver sin moverse de su casa los misterios que se le presentaban, para ahorrarse el alquiler del coche de punto y, además, para poder hacerlo en zapatillas, pues sufría por los juanetes.

El detective está en su casa de Baker Street. Llega un caballero con una hoja de papel que muestra una hilera de hombrecillos con los brazos levantados, como si estuvieran llamando a un taxi. Es una carta para su esposa enviada desde Nueva York, que le he dado a ella un susto de seis narices (tres pares). Él piensa que es un mensaje secreto de un amante y pone al sabueso a husmear.

Está claro que cada figura representa una letra, porque si el código fuera más complicado, ni el mismo autor sabría qué hacer con él. Holmes supone que es un cifrado por sustitución, lo que se llama el «cifrado de César», porque este fue el primero al que se lo descifraron, dejándole con un palmo de narices.

Ahora bien: algunos algunos hombrecillos llevan banderas y eso parece un toque de atención, porque no le están dando la salida a ningún tren en ninguna estación. Probablemente indican el final de una palabra.

El mensaje tiene quince signos y uno aparece cuatro veces. El investigador aplica el análisis de frecuencias y como la letra E es la más frecuente en el idioma inglés, decide —sin encomendarse a Dios ni al diablo, porque él es agnóstico desde pequeñito— que la letra repetida tiene que ser esa. Podría muy bien no haberlo sido en absoluto, pero en esta ocasión o bien Holmes tiene suerte o Conan Doyle quiso ayudar a su personaje para que no quedara en evidencia.

Hay una palabra de cinco letras y Holmes ya ha decidido que la segunda y la cuarta son la E famosa. Tiene, por tanto _ E _ E _. Piensa en posibilidades: SEVER [cortar], LEVER [palanca], NEVER [nunca]. Se decide por la última, principalmente porque le da la gana. Pero parece ser que acierta de nuevo.

Ahora tiene ya otras tres letras nuevas: N, V y R. Como el mensaje secreto era para la esposa —Elsie—, el investigador deduce que su nombre tendrá que aparecer necesariamente en alguna parte. En efecto: lo halla al final y así encuentra también la L, la S y la I.

A partir de este momento ya está claro que Holmes acabará por descifrar el mensaje, ante el asombro del caballero y del Dr. Watson, que está por allí sin hacer nada, como de costumbre, fuera de admirar las habilidades de su compañero de cuarto[1].

Sigue el desciframiento.

Delante de ELSIE hay una palabra de cuatro letras: _ _ _ E ELSIE. La solución más lógica parece ser COME ELSIE [Elsie, ven].

El marido se mosquea.

Pero Holmes se regocija, porque ya tiene la C, la O y la M.

Sustituye letras como un descosido y tiene lo siguiente:

_ M _ ERE _ _ E SL _ NE _

Holmes saca las palabras por el contexto. La primera puede ser AM [estoy]; la segunda, HERE [aquí] (es obvio, de otro modo no habría podido mandar el mensaje sin ponerle un sello). El nombre del firmante Holmes directamente se lo inventa y ya tiene AM HERE ABE SLANEY [Estoy aquí. Abe Slaney].

Telegrafía a Nueva York y se entera de que el tal Slaney es un caco de mucho cuidado muy conocido por allí.

El detective descifra más bailarines:

A _ ELRI _ ES

(Aquí hay que hacer un salto de fe, porque Holmes traduce AT ELRIGES, que parece querer decir que el mensajeador ha tomado una habitación con desayuno en la mugrienta posada Elrige’s y escribe desde allí.

Ya sabe quién es el hombre, dónde se esconde y que no tiene dinero para irse a un hotel mejor.

Pero hay una línea más que Holmes reconstruye.

ELSE PREPARE TO MEET THY GOD [Elsie, prepárate a encontrarte con tu Dios (a morir, vaya)].

¿Cómo neutralizar la amenaza?

Muy sencillo. Holmes le hace llegar un mensaje cifrado al amenazador invitándole a tomar el té con sándwiches de pepino. Como este piensa que solo Elsie conoce la cifra, se presenta allí, donde hay ya tres policeman con casco esperándole.

Y el caso queda resuelto.

¡Anda, que si no llega a acertar con la E!


 



[1] En aquella Inglaterra victoriana al parecer no estaba mal visto que dos hombres (uno de ellos con poblado bigote) vivieran juntos.

Network, un mundo implacable

 

Un film sobre porquerías

en el mundo periodístico

con una historia angustiosa

dentro de un marco satírico.

Se llama Network, un mundo

implacable y quién lo hizo

fue Sydney Lumet, un di-

lector de lo mejorcito.

Peter Finch y William Holden

hacen roles masculinos

y Faye Dunaway, de chica

(papeles bien repartidos).

 

Va de un locutor de tele-

visión viejo y feo (cual Picio)

que tiene el share por los suelos.

Como no da beneficios,

la cadena le despide

y él se ve pobre y solito,

porque no tiene ni un perro

que le ladre ni un ladrido.

Sin dinero y sin futuro,

Howard piensa, el pobrecito,

que le quedan dos opciones:

o matarse o el suicidio.

 

En su siguiente programa

inserta el siguiente aviso:

«Señores: esto se acaba,

si creo lo que me han dicho;

y por eso, cualquier día

me pegaré de improviso

dos tiros ante las cámaras

sin pensarlo mucho y ¡listo!»

Hace ese anuncio una noche

y se queda tan tranquilo.

 

¿Qué pasa entonces? Que el share

alcanza un récord altísimo,

porque la gente es morbosa

y disfruta de lo lindo

viendo el sufrimiento ajeno

o la muerte. ¡Ya te digo!

Y la posibilidad

de ver suicidarse a un tío

en una noche cualquiera

—después de un día de hastío

en la oficina— es gran cosa

y te abre el apetito

de drama más que un vermut

que tomes de aperitivo.

 

La cadena, por su parte,

junta a sus ejecutivos

(esos mismos tipos mise-

rables que le han despedido)

y en una reunión de lujo

con bebidas y con pinchos

deciden que tenga Howard

su espacio televisivo,

para que diga en antena

lo que le salga del sitio

de donde salen las cosas

y que sea provocativo,

pues el asunto tratado

es solo un detalle mínimo:

lo que vale es que te vean

muchos miles de individuos.

 

En la siguiente emisión

Howard pide que den gritos

las gentes en sus ventanas

con este mensaje explícito:

«¡Estoy hasta las narices

de este mundo en que vivimos

y ya no lo aguanto más,

que es un verdadero asquito!»

 

Entonces sucede que

el público, enardecido,

abre ventanas y grita

en todo Estados Unidos.

«¡Están gritando en Arkansas!»,

se dicen los directivos

de la cadena. «¡En Luisiana

están pegando alaridos!»

«¡En Colorado están roncos,

como en Hawaii! ¡Dios bendito!».

Y los estadounidenses

(o los estadounidinos

—que existen varias opciones

para usar los gentilicios—)

están de acuerdo con Howard

y le cogen gran cariño.

 

A partir de ahí se convierte

en un profeta divino

y el mundo cree sus diatribas

cual si fueran aforismos

de Einstein, Platón, Aristóteles

o Santo Tomás de Aquino.

Howard se pega el gustazo

de denunciar que los chinos

han comprado media América,

acabando enriquecidos

a costa del ciudadano

medio y que el gobierno mismo

está formado por cacos,

canallas y mangurrinos.

En fin: dice las verdades

que dice el barquero típico

y, acabando de liarla,

dice que se ha dado inicio

a una OPA hostil a la empresa

por los árabes saluditos.

Howard denuncia esta compra

y se hace pocos amigos.

 

La verdad no gusta a nadie

ni en este ni en otros siglos.

A aquellos que la han contado

siempre les han sacudido

a placer, les han echado

a patadas de los sitios,

les han metido en la cárcel

o les han dado un castigo

muy frecuente en otros tiempos

pero nada divertido

que se hace con una pila

de madera y con un mixto.

 

A Howard le invita el boss

a tomarse un capuccino,

pero aquella invitación

tiene un distinto objetivo.

El jefe le da una charla

diciendo que se ha metido

en camisas de once varas

(cuatro metros veinticinco

que es mejor, para enterarse,

usar metros y centímetros).

 

Le dice: « eres muy ingenuo

y naïf; no has entendido

que la vida es muy distinta

de cómo era. Te lo explico.

Ya no existen las naciones

ni los pueblos. Ya no hay sirios,

ni canadienses, ni rusos,

ni polacos, ni argentinos.

No hay ningún Oriente Medio

ni entero, solo un dominio

multinacional de dólares,

todo un sistema holístico

de sistemas de divisas,

círculos dentro de círculos,

engranajes económicos

complejos e interactivos.

Hay dinero en movimiento:

lo demás importa un higo.

Tú no puedes atacar

a este esquema tan bonito

que da a muchos de nosotros

beneficios tan magníficos.

Así, a ti lo que te toca

es convencer a los primos

de que este sistema es bueno.

¿Qué bueno? Óptimo. ¡Optísimo!»

 

«¿Tengo que decirlo yo?»,

pregunta Howard, contrito.

«¡Claro está!» «Pero ¿por qué?»

«Porque eres más efectivo.»

«¿Por qué razón?» «¡Porque sales

en televisión, cretino!»

 

Tras de varios episodios

y muchos puntos de giro

que no contamos aquí,

se llega a un final fatídico,

porque nuestro héroe empieza

con un discurso muy cínico

a defender lo contrario

de lo que había defendido.

Viene la desilusión,

pierde audiencia y el prestigio

y, como era previsible

(como estaba preveído

o previsto), se lo cargan

pegándole siete tiros

en un programa especial

para conseguir ser vistos

por muchos televidentes

que estaban muy aburridos.

Así funciona la «tele».

No exagero ni un poquito.