Romeo y Julieta

 

Capuletos y Montescos,

dos familias en vendetta

de la ciudad de Verona,

famosa por sus paellas.

En una nace Romeo,

en otra nace Julieta.

¿Quién nace en dónde? No sé,

pero no hace diferencia.

¿Tan antigua enemistad

cuándo empezó? No se acuerda

nadie, ni falta que hace.

El caso es que si se encuentran

ambos bandos por la calle

hay cadáveres a espuertas,

por lo que no tiene paro

el gremio de plañideras.

 

El destino, caprichoso,

hace una vil jugarreta

y el cretino de Romeo

va a emborracharse a una fiesta

y se enamora a lo bruto

de una doncella coqueta.

Ella, entonces, al muchacho

al principio no le encuentra

especialmente atractivo,

porque él, por una apuesta

se ha presentado en la casa

disfrazado de hamburguesa

y, tras echarse dos bailes,

le ha dejado todas llenas

de ketchup sus vestiduras

hechas de brocado y seda.

Pero luego, entre los dos

saltan dos chispas eléctricas,

él va y se salta la valla

del jardín a la torera,

y ella se salta el decoro

y se vuelve pizpireta,

y él salta de la alegría,

y luego salta sobre ella,

y a nosotros nos asalta

enseguida la sospecha

de que en el primer asalto

de aquella amorosa guerra

ambos han quedado K.O.

y chafado las apuestas.

 

A partir de este momento

el amor de la pareja

es ardiente como el fuego,

dulce como una galleta,

resistente como el hierro,

monumental como Lérida,

es honesto cual novicia,

serio como una abadesa,

poderoso cual tornado

y embriagador cual taberna.

Un tal fray Lorenzo casa

en secreto a la pareja

que se ahorra de esta forma

listas de boda y tarjetas.

 

Pero Romeo, un buen día

que se halla comprando setas

en el mercado con ánimo

de hacerlas a la cazuela,

tiene un mal encontronazo

con un sujeto que apesta,

con Teobaldo, que es un primo...

que es un primo de Julieta.

Se mira, se reconocen,

Teobaldo saca la lengua

y le hace burla a Romeo,

que enseguida se cabrea

y le insulta: «¡Vil! ¡Tontaina!»

El otro le abofetea.

Ambos se escupen. Romeo

coge y le tira una berza

que había allí mismo a Teobaldo

dándole entre ceja y ceja.

Su enemigo, con un rábano...

(Mas fue muy larga pelea

y no he de contarla toda,

señores, que el tiempo apremia.)

El caso que es va y lo mata

y el príncipe le destierra

y Romeo se va a Mantua

sin casi hacer la maleta.

 

A Julieta se le ocurre

la estratagema perfecta.

Fingirá su propio óbito

con pócima farmacéutica,

engañará a su familia,

que creerá que está bien muerta,

y escapará con su amado

sin que nadie se dé cuenta.

Mas Romeo ha de saber

que es tan sólo una pamema

su defunción, y una carta

le envía por la estafeta.

(No sé si es así la historia

o es el fray o una alcahueta

quien lo tiene que decir.

Mejor será que me lea

el cuento antes de narrarles

el final de la tragedia.

O mejor: me salto un cacho

y así el problema se arregla.)

 

Él cree fiambre a su amada

y, el muy copión, se envenena.

Cuando Julieta después

se despierta y despereza

y contempla hecho piltrafa

al que antaño fue guaperas,

se atiza con un puñal

entre la quinta y la sexta

con fuerza tal que el temblor

hace olas en Venecia.

 

Esta historia nauseabunda

de italianos majaretas

no gusta a nadie al principio,

nadie a nadie se la cuenta,

hasta que llega un inglés

(que está muy falto de ideas

y tiene que robar muchas

para escribir sus comedias)

y va y la pone de moda

en la corte elisabeta.

Desde entonces y debido

a que los necios respetan

cualquiera majadería

si viene de Angalaterra,

esta historia es conocida

de Vladivostok a Huelva,

Verona es más visitada

que el Monasterio de Piedra,

Romeo se hace más famoso

que el Minotauro de Creta

y Shakespeare gana más pasta

que Camilo José Cela.

Jorge Llopis

 


Mucha gente no recuerda —o conoce— a Jorge Llopis; y hace mal, porque este buen señor fue el autor de uno de los libros más divertidos que se han escrito jamás: Las mil peores poesías de la lengua castellana, donde hacía, en sus propias palabras, «critica donosa y suavito cachondeo de las reglas y normas que aprietan de lo lindo a los poetas, apretón que se llama preceptiva literaria».

Además autoró[1] una graciosísima comedia muy representada en los circuitos aficionados: Los Pelópidas (básicamente una mezclilla cómica de la Odisea y de Edipo rey de Sófocles), que, junto con La venganza de don Mendo de Pedro Muñoz Seca y Angelina o el honor de un brigadier de Enrique Jardiel Poncela, forma la trilogía de las reconocidas mejores parodias del teatro hispano.

Mi madre era muy amiga suya le había representado algunas de sus obras. Las comedias de Llopis ya dejaban claro en su título su ingenio (Susana quiere ser decente, Genoveva de Bramante, Niebla en el bigote, La tentación va de compras o Si te mueres, nos casamos).

Estuvimos con él —mi madre y yo—varias tardes en el café Dorín[2], en 1973, creo recordar. Yo era un chaval y me divertí mucho con aquel señor muy simpático (y algo melifluo) que derrochaba en su conversación mil bromas que, puestas en una comedia, le hubieran supuesto muchas risas del público y muchos duros.

Llopis se enfrentó en vida a dos problemas. El primero fue que se llamaba igual que otro comediógrafo de su tiempo —Carlos Llopis—, por lo que muchas veces se les confundía. Y el segundo es que su teatro de los años sesenta tuvo que competir con el fenómeno de Alfonso Paso, que por ser muy afín al Movimiento (falangilófilo, diríamos), copaba los teatros de su tiempo.

Durante aquella tardes de charla y tortitas con nata, Llopis no dejaba de apuntar cosas en un cuaderno, al tiempo que conversaba sin perder el hilo.

«Tomo notas», dijo, «porque todos los que escribimos tenemos cada día cien ideas magníficas, pero se nos olvidan al cabo de un minuto. Es preciso apuntarlas. La regla primera del escritor es: no guardes en la cabeza lo que puedes tener en una lista, porque las listas son mucho más fiables que las cabezas».

Así es que aquella fue la primera vez que vi a un escritor en funcionamiento, porque todo aquello que apuntaba pasaría luego a sus libros y a sus comedias. Era la primera instrucción que yo recibía de un escritor de verdad.

«Eso lo aprendí de tu padre», le dijo Llopis a mi progenitora, refiriéndose a Jardiel, de quien él se declaraba abiertamente discípulo. «Porque Jardiel se espió a sí mismo una vez durante veinticuatro horas y apuntó todo lo que se le había ocurrido. Luego lo publicó todo junto en un artículo. Resultaba apabullante la cantidad de argumentos, frases y detalles que surgieron en esas horas».

Esta norma de práctica literaria me ha servido muy bien durante mis años adultos, porque tengo varios cuadernos repletos de temas para cuentos, comedias y versos. He acumulado muchísimo material y no podré usarlo todo en esta vida. Si alguno de mis descendientes se dedica a esta grata y a la vez ingrata tarea de ser escribidor, los heredará y empezará su carrera literaria con ventaja.

¡Gracias, Llopis, donde quiera que estés, si es que estás en algún sitio, por aquel consejo tan útil!


 



[1] Del verbo ‘autorar’, ser autor de algo (me lo acabo de inventar, para enriquecimiento de la lengua castellana).

 

[2] Un cafetín de la calle del príncipe, en Madrid, donde solían recalar habitualmente los actores que trabajaban en el Teatro de la Comedia o en el Español.

El nombre de la rosa

 

(Esta narración se debe

a Umberto (sin hache) Eco,

un profesor de semiótica,

que ¡sabe Dios lo que es eso!)

El caso es que la novela

gustó mucho en su momento

y hasta hicieron una «peli»

que dio bastante dinero.

 

«Ahora que soy ancianito

y estoy bastante decrépito

quiero contarles mi historia,

porque si voy y me muero

ya no la podré contar.

Mi nombre es Adso de Melko.

¿Qué puedo decir de mí?

Fui fraile y lo sigo siendo.

Y nunca pensé salirme

de mi orden, pues prefiero

pasarme la vida orando

que hacer de picapedrero.

 

Mi historia trata de crímenes,

robos, mentiras, incendios,

laberintos, manuscritos,

abades y cillereros,

inquisidores, verdugos,

herejes y majaderos.

(Me temo que he destripado

casi todo el argumento

antes de empezar siquiera

a hablarles de fray Guillermo.

Como no me dé más prisa

estamos aquí hasta enero.)

 

Pues el caso es que llamó

el abad de un monasterio

a fray Guillermo de Bas-

kerville, un inglés muy serio,

alto, chupado, delgado,

(en fin: un saco de huesos)

para ejercer el oficio

de Hercule Poirot del convento,

de Sherlock Holmes franciscano,

de Chuck Norris del Medioevo.

Yo fui su ayudante entonces:

vi al gran hombre desde dentro,

le lavé los calcetines,

compartí con él mi queso,

heredé su par de gafas

y le ayudé en el misterio

del robo del manuscrito...

Pero otra vez me estoy yendo

de la lengua, adelantando

cosas que pasaron luego.»

 

Como el narrador se cansa

porque está bastante viejo

sigo contándoles yo

aquel asunto tremendo.

Resumiendo, que es gerundio:

Un fraile bastante bello

aparece asesinado,

luego otro, ¿se llama Bencio

el primero o el segundo?

(Creo que me estoy confundiendo.)

Luego matan a un tercero,

después del tercero, al cuarto,

y luego al quinto y al sexto.

No se sabe quién ha sido,

que el asesino es discreto.

Todo apunta a que el motivo

del escabechinamiento

es un manuscrito antiguo

escrito en idioma griego

sobre un pergamino en tela,

no sé si tergal o fieltro.

 

Para resolver el caso

tienen que meterse dentro

de la inmensa biblioteca

que está más fría que el hielo,

donde hay ratones y moho

y un mal olor del infierno.

Además, es laberíntica

y sin un plano completo

del sitio donde te encuentras

tu futuro está muy negro,

porque no sales ni a tiros

de aquel sitio tan siniestro.

Y encima de los estantes

arden unos pebeteros

donde se queman mil hierbas

que te trastocan el seso

y te hacen ver cosas raras:

monstruos, dragones y elfos,

curcios, porfulios, cestones,

argonichos, panderetos,

trifos, pelurcios y frascios,

sierpes, brujas e ingenieros.

 

Pero descubren al fin...

¿Quién? Pues Adso y fray Guillermo.

¿De quién estamos hablando,

señor mío? Pues de ellos.

Ellos descubren —decía—

un escondrijo secreto

donde un monje guarda el libro

por el que todos han muerto.

(Hace falta ser cretino:

yo veo la «tele» y no leo

y mi vida no peligra.)

Pasan muchas cosas luego

y en el final se produce

un atroz enfrentamiento:

por un lado el Sherlock-cura

y por el otro el artero

monje censor, que prefiere

devorar el libro entero

antes de que otros lo lean.

Se lo come. ¡Buen provecho!

 

Pero como va y resulta

que hay en el libro un veneno

—destinado al que se chupe

de vez en cuando los dedos

para pasar cada página—

pues acaba patitieso.

Y el manuscrito valioso

que era parte de un compendio

escrito por Aristóteles,

Platón o alguno de ésos,

desaparece del todo

en un estómago hambriento.

Y, por si esto fuera poco,

Adso inicia un torpe intento

de apoderarse del libro

y produce un gran incendio

al darle un codazo a un cirio,

por lo que salen ardiendo

cien mil libros y una gaita

escocesa que le dieron

como regalo al abad,

quien la guardaba allí dentro.

 

Unos mueren, otros huyen;

otros se queman los pelos

intentando llevar agua

para así apagar el fuego

(que es sistema patentado

que se emplea con acierto

desde el periodo neolítico,

de cuando data el invento);

otros van a las cocinas

a tomarse un refrigerio;

otros muchos se dedican

a un piadoso lloriqueo

por los tesoros perdidos;

otros juran en hebreo

y buscan al responsable

para atizarle de lleno.

 

Guillermo y Adso, prudentes,

hacen un mutis discreto

y se toman unos días

de vacaciones y asueto

en una playa cercana

donde se ponen morenos.

 

Los dioses védicos

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Fernando Sánchez DRagó


 

Fernando vino a la India en 1992, allí nos encontramos y allí nos hicimos amigos, pues en la primera conversación encontramos tantos puntos en común que no podía ser de otra forma. Los dos nos interesábamos por el shivaísmo, ambos amábamos intensamente la literatura y ambos éramos rebeldes y teníamos por héroe y por modelo alñ inefable Guillermo Brown, que un hada benéfica y británica (por más que esto parezca un oxímoron) —Richmal Cromptom Lamburn— había imaginado como alegoría del anarquismo mejor entendido.

          Tras mi regreso a España, Fernando me invitó a participar en muchos de sus programas televisivos: »Las Noches Blancas», «El Faro de Alejandría», «Negros sobre Blanco», etc. También me llamó para sus Encuentros Eleusinos, donde hablábamos de filosofía y misticismo.

          Cada conversación con él era para mí como el descubrimiento de las fuentes del Nilo, porque hablábamos de los libros que me apasionaban a mí (Fernando se los sabía todos por sopas) y luego él me descubría otros muchos, magníficos, que yo no conocía.

          Hay quien le moteja de distante y de hosco, quizá porque en su contestador automático tiene un mensaje que te dice que no intentes venderle nada. Pero yo he de decir que es una persona educadísima, cercana, siempre afable y sonriente, y que valora en extremo el contacto humano y la conversación.

          Si hay un escritor español actual que se ha ganado mi admiración es, sin duda, Fernando Sánchez Dragó. Y conste que no lo digo porque sea amiguete, sino por un merecimiento objetivo, considerando mis parámetros de juicio y cómo va el mundo.

Para empezar, tendrán todos que reconocer que es quien más sabe de literatura en nuestro país, con diferencia, cosa que demuestra una y otra vez ante las trasnochadoras audiencias a las que las cadenas le permiten asomarse.

Esta afirmación mía, que de seguro no podrán refutarme, le haría merecedor —en cualquier país amante de sus hijos preclaros— a estatua en paseo público, nombre en calle céntrica, pensión vitalicia, corona de laurel o tomillo (a elegir), etc. Como me consta que nuestro país y sus gobernantes le han propinado, en uno u otro momento, bofetadas desde todos los ángulos, tomo esto como una queja más que añadir a nuestro trasnochado afán de españolismo.

Entrando ya en sus méritos literarios, es de destacar que realizó algo dificilísimo: consiguió alcanzar la fama con un libro cuyo título es totalmente impronunciable: Gárgoris y Habidis (o Hábidis, ¡vaya usted a saber!).

Estilísticamente consigue, como pocos, esa famosa «calidad de página» de la que en su día hablara Julián Marías, y que no se encuentra ni buscando con candil.

Tiene escritas novelas magníficas. Y también tiene novelas magníficas que no ha escrito aún, pero que escribirá de seguro cualquier día de éstos. Lo afirmo por la confianza que me inspira su capacidad.

Además, está el impagable libro El sendero de la mano izquierda, al que podríamos definir como el Avecrem de Dragó: la substancia condensada de su aprendizaje de años, consejos sabios para la vida, reflexiones que al leerlas las consideramos de inmediato como nuestras, como verdades olvidadas que volvieran a nosotros por los oscuros y pedregosos caminos del recuerdo (¡Huy, qué cursi me ha quedado este final!).

Y siguiendo con este palmarés hay que mencionar su generosidad: si le invitas a que hable una hora, habla dos. Y lo hace, además, con inusitada rapidez, con lo cual podríamos decir que tienes tres o cuatro conferencias por el precio de una. O sea, que Dragó es rentable. Usando la jerga mercantilista que nos invade, te devuelve el valor de tu dinero.

Efectivamente: yo admiro a Dragó. Como también admiro a Fernando Savater, a Eduardo Mendoza y a... (esperen que lo piense) y a... (así, a bote pronto, no se me ocurren más nombres) y a... (me parece que en nuestras letras patrias actuales no admiro a nadie más). 

          Y ahora diré lo que aprendí de él: a ser espléndido con los elogios merecidos. Porque él lo fue conmigo tras la publicación de un libro mío.

          Yo había escrito sobre él años antes, diciendo poco más o menos lo que he dicho más arriba. Y Fernando habló de mi libro en la radio, en un programa con Luis Alberto de Cuenca y José Luis Garci (ya hablaré de ese programa en otro lugar, porque fue muy curioso) y publicó dos artículos sobre mi obra, titulados «Viva mi dueño!».

          Transcribo el texto que apareció en El Mundo:

«Enrique Gallud Jardiel es nieto de quien ustedes se imaginan, doctor en Filología Hispánica, especialista en asuntos relacionados con la historia, cultura, mitología y religión de la India, y autor de más de treinta sesudos ensayos, que, tan harto de sí mismo como yo de los blogueros venenosos, acaba de publicar en la colección “Los Humoristas” de la editorial Espuela de Plata una descacharrante, desopilante, tronchante, refrescante e inquietante Historia estúpida de la literatura (2014).

»En ella ridiculiza con un sentido del humor que no desmerece del que adornó a su abuelo al noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de los grandes nombres de la historia de nuestra literatura, entendiendo por ésta la que se escribe en supuesto español a los dos lados del charco, con alguna que otra cala y cata en el acervo —a menudo acerbo— de lo que escriben (o creen que escriben) los guiris.

»El porcentaje que manejo es hiperbólico, pues de no serlo, considerando que no existe escritor (incluyéndole a él e incluyéndome a mí) que no pueda y no merezca ser dejado en ridículo, el libro al que me refiero tendría más páginas de las que en su día escribió el Tostado. Y, por suerte para el lector, no es así. Doscientas cinco le bastan a Gallud Jardiel, maestro de la parodia, de la sátira, de la ironía, de la burla, de la zapateta y de la zapatiesta, para remedar, poner en solfa, sacar los colores, rasgar la taleguilla y descubrir las vergüenzas de gentes como Pedro Abad, Azorín, Rubén, Espronceda, Antonio Machado, Aleixandre, García Lorca, Góngora, Kafka, Deföe, Dostoievski, Fray Luis de León, Neruda, Shakespeare, Lope, Cortázar, Zorrilla, Umberto Eco, un larguíiiiiiiiiiiisiiiiiiiiiiiiimo etcéeeeeeeeeeeeeetera y, por supuesto, last but not least, el mismíiiiiiiiiiiiiiisimo Cervaaaaaaaaaaaaantes, del que se atreve a decir que es un pelmazo y que, además, escribía muy mal. ¡Benditos sean quienes no se casan con nadie y se ríen hasta de la sombra de los dioses!

»Gallud Jardiel no sólo sacude con su inmisericorde, aunque sonriente, zurriago a los autores. También los géneros —el romance, el villancico, la zarzuela, los haikus, los boleros— se llevan lo suyo.

»En fin: una delicia... Baste citar, para demostrarlo, el comienzo de la Oda a la matanza, de Fray Luis: “Amada, en esta lira / de dulce rima y verso cantarino / sólo mi musa aspira / ante tu ser divino / a describir la matanza del gorrino”.

»O un fragmento del Romance de la niña vestida, de Federico (¡oh!) García Lorca: “El viento en los olivares / va tocando el clarinete / sin que este verso se sepa / por qué está aquí, ni a qué viene. / Los gitanos, con sus ropas / muy bien dadas de azulete / se meten en el poema / sólo para dar ambiente / y hay un olor de jazmines / que no está mal, porque siempre / es mejor que huela a flores / que a vertedero o retrete”.

»El libro de Enrique sólo tiene un defecto: en él no aparece ni un solo plumilla vivo, de ésos, tan abundantes hoy, que escriben con palotes, desconocen la gramática, la morfología, la sintaxis, el léxico, la retórica y no digamos la semántica (horrenda palabreja), y son leídos con meliflua devoción de beguinas y sacristanes por el rebaño de los asnalfabetos.

»Pero no ha lugar a alarma. Es el propio Gallud quien reparte estopa a los malditos que tanto gritan y que aún gozan de buena salud en su blog (humoradas.blogspot.com). Léanlo y corran, desalados y babeantes, a la librería más cercana para comprar la Historia estúpida de la literatura. Si saben ustedes leer y siguen mi consejo, seguro que se lo pasan pipa este fin de semana.

»Y lo mismo tiemblan, como los lectores de La Codorniz, que se leía con un dedo en la nariz, después de haber reído a mandíbula machacante.»

Y remató su artículo diciendo:

«Gallud Jardiel tiene, como siempre, razón. Ya decía Terenci Moix, mediocre escritor y bonísima persona, que la modestia es una horterada. ¡Viva Guillermo Brown y sus proscritos! ¡Abajo los humbertolanitas! ¡Viva mi dueño! ¡Viva yo! ¡Viva Enrique! ¡Los putrefactos no pasarán!»

Y hermanándonos a ambos de una manera conmovedora, firmó los artículos mestizando nuestros nombres en Fernando Gallud Jardiel y Enrique Sánchez Dragó.

La Ilíada

 

Lo sé de muy buena tinta

y se lo juro: no existe

ningún poeta en el mundo

que poemée o versifique

que no escriba alguna vez

sobre aquel suceso insigne

inmortalizado en odas,

en epopeyas (o en cine)

que tuvo lugar en Troya

hace ya un montón de abriles.

(¿Que cuántos abriles? Pues

ocho o nueve o diez mil, dicen.)

Y yo, para no ser menos

me estrujaré las meninges

para describir aquí

la gran cólera de Aquiles

que fue uno más famoso

que el que inventó los patines.

 

Contaré los prolegómenos.

Era retoño de Tites,

digo, de Tetis. Su padre

tenía un nombre de chiste,

pues se llamaba Peleo.

En él acabó su estirpe

porque, fuera por descuido

o por ser poco proclive

al humano apareamiento,

no hizo lo imprescindible

para procrear jamás.

¡Zeus, qué vida tan triste!

 

Era inmortal, sí señor.

O casi, según se mire;

pues su madre le cogió

y, para hacerle invisible

lo sumergió en la laguna

Estigia hasta las narices.

Mas pasó que en el talón

tenía pegado un chicle

y ese trozo de su anato-

mía se quedó sensible.

Tenía otro punto débil

situado en la laringe

y en los inviernos helénicos

cogía todas las gripes.

Sin embargo, era muy guapo

pese a toda su calvicie,

su cuerpo era muy robusto

y, aunque medía uno quince,

era bastante más sexy

que aquel que anuncia el «Martini».

Y, como era coqueto,

se hizo especialista en tintes,

se maquillaba y se daba

todo tipo de potingues.

Mas no vayan a creer

que Aquiles fuera algo Piscis,

cosa en Grecia muy corriente.

¡No hay que hacer caso de chismes!

 

Sus hazañas se contaban

desde Sabadell al Níger

y cuando Paris robó

a la Helena con los fines

que todos sabemos y

se la llevó a su escondite,

a Aquiles le tocó ir

para vengar aquel crimen

con todos los demás griegos

sin importarle un ardite.

 

Agamenón era el jefe

de aquel ejército pigre,

pero el hombre se llevaba

bastante mal con Aquiles

pues el héroe le contaba

a aquel que quisiera oírle

que Agamenón le solía

quitar todos sus botines

(botines de guerra, ¡claro!,

no zapatos ni escarpines).

Por lo tanto, en los diez años

que duraron esas lides

Aquiles no ayudó al rey,

diciendo: «¡Que se fastidie!»

Mientras los otros reñían

¿qué hizo él? Pues divertirse

cual si estuviera pasando

un verano en Tenerife.

Pasaba el día en el baño

hasta que cogió bronquitis,

jugó tres mil ajedreces

y unos siete mil parchises,

leyó las Obras completas

de Bertold Brecht y de Ibsen,

construyó con mondadientes

cuatro docenas de buitres

y se durmió tantas siestas

como para un récord Guinness.

 

Pero sucedió un suceso,

y el suceso fue que el príncipe

Héctor, troyano y rotario,

le hizo polvo las narices

a Pátroclo, que era un mozo

muy amiguete de Aquiles.

El héroe se cabreó

y así blasfemó: «¡Jolines!»

Cogió su lanza y su escudo,

se cambió de calcetines

y a las murallas de Troya

fue corriendo como un lince.

 

«¡Héctor!», grita, «Si eres hombre

y no sólo un alfeñique,

si aún te queda algo de honor

y si tienes cataplines

sal a guerrear conmigo.»

Héctor responde: «¿Qué dices?»

(porque era un poco sordo).

«¡Que salgas.» «¡Es imposible!

Has de ponerte a la cola

pues hay muchos adalides

que me retan a combates.

Puedo hacerte un hueco el quince,

entre la una y las dos,

aunque de comer me prive.»

 

(Como no quiero chafarles el suspense, lo dejo aquí. Quien quiera saber cómo acabó la cosa, que lea La Ilíada. Son sólo 8,654 versos, divididos en 24 cantos. ¡Animo!)