(E-book y tapa blanda).
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LA LITERATURA PARA EL PLACER. EL ATAQUE A LOS MAJADEROS. LA SÁTIRA DEL MUNDO.
Composición poética, que no tiene otro mérito que estar escrita sin emplear la letra ‘a’
Este soneto insulso que pergeño
persigue sólo un único objetivo
(que veremos si luego lo consigo
y quedo victorioso en este empeño):
con un tono y estilo muy risueño,
con léxico preciso y divertido
componer un soneto definido
que no muestre ese signo en su diseño.
¿Cómo he de conseguir este propósito?
Pues con muchos sinónimos distintos.
Substituyendo voces, exprimiendo
el seso y lo que tiene en su depósito,
con términos precisos y sucintos
voy, brevemente, el texto concluyendo.
Tremebunda crónica de un incendio quemante en el cine «El trópico», durante la película Nerón y su lira
Para que no faltase de nada, mientras se mostraban en la pantalla las llamas subiendo por las colinas de Roma, se prendió fuego también el cine.
¿Cuál fue la causa? Creemos que el incendio pudo ocasionarse:
1.— O bien por ósmosis con la pantalla;
2.— O bien porque un espectador, para buscar una moneda de veinte céntimos de euro que se le había caído debajo de la butaca, encendió un fósforo demasiado cerca del polyester de la camisa del de delante.
El fuego creció, como si hubiese tomado un complejo vitamínico, no porque en el interior de la sala hubiese material combustible, que —aparte de la alfombra y el algodón y la madera de los asientos— no lo había, sino debido al incentivo que le proporcionaban los inspirados versos que se oían por los altavoces. En medio de la confusión y el gritería imaginables, el César seguía recitando su Oda al fuego en los tejados como si tal cosa y su voz se convirtió en la música de fondo del siniestro.
Fuera del local, muy poca gente se enteró al principio de lo sucedido. Claro es que se oían voces que decían «¡Fuego! ¡Fuego!», pero todos creían que eran de la película.
Pronto se vio que las precauciones que se habían tomado eran algo inútiles. No había que preocuparse, se habían dicho los del público entre sí, mientras se pisoteaban unos a otros, huyendo despavoridos de acá para allá. Aquel cine estaba hecho a prueba de fuego (lo que sólo quería decir que, si se quemaba, no había peligro de que se hundiera, pues la estructura era de sólido hierro... como un horno cualquiera).
Estaba el local, además, asegurado de incendios, lo que era un verdadero alivio para el dueño, que se estaba quemando allí también. Un espectador que, pese a haber perdido la cartera, había conseguido conservar la serenidad, hizo sonar la alarma, lo que sólo sirvió para que se pusieran a salvo las gentes de las casas de alrededor del cine. Otro quiso hacer funcionar el extintor de incendios pero, para que no se lo llevaran, los del cine lo habían cerrado en una vitrina con candado y no se sabía quién tenía la llave.
Tras preguntar a varios empleados del cine que se quemaban por allí, el hombre desistió de su propósito.
La gente se dirigió hacia la salida de incendios, pero sólo había una salida y mil personas, lo que resultaba algo desproporcionado. Además, en dicha puerta se amontonaban ya cantidades ingentes de cadáveres que no acababan de salir.
Las llamas subían ya hasta el techo, lo que no era de extrañar, pues ya se sabe que la llamas tienen la capacidad de subir a grandes alturas por lo que se las utiliza con preferencia a otros animales.
El fuego arreciaba y hasta el mismo Nerón de la pantalla quedó algo chamuscado.
Por fin llegó un parque (móvil) y los bomberos pensaron con lógica que si no salía primero toda la gente que estaba en el interior del edificio, no iban a caber ellos, así que se quedaron en la puerta, limitándose a echar agua con una manguera hacia las llamas que se divisaban por un agujero de la pared y que, ¡oh, desdicha!, era sólo las de la pantalla.
El local ardía por dentro. La gente se abrasaba con el calor de «El Trópico», muriendo a granel. Varios espontáneos aflamencados cantaron un «¡Ay, pena, penita, pena!» que todos aplaudieron durante dos minutos, dejando de quemarse mientras tanto ex profeso para hacerlo. Todos los del público buscaban iracundos al dueño del cine que había desaparecido entre las llamas haciéndose, literalmente, humo. Todos estaban enfadados con los bomberos que no acababan de entrar y echaban fuego por los ojos, por las orejas, por todas partes.
Cuando, al poco rato, no quedó ya nada que quemar, el fuego, aburrido, se apagó. El cine ya era un cine mudo, pues no hablaba nadie. Sólo dos espectadores se salvaron de la quema por el simple procedimiento de mantenerse alejados de las llamas. Habían permanecido sentados, contemplando a las víctimas: mujeres cuyos aceites habían hecho de sus rostros una fritura y maridos que despedían un asqueroso olor a cuerno quemado.
Considerando a la multitud chamuscada, hemos pensado en la aplicación masiva y controlada de lo sucedido como medio de resolver los dos problemas principales del mundo moderno: el problema de la superpoblación y el problema del combustible.
Se llama «cultura general» a saber algo sobre los sucesos más frecuentes en nuestro mundo.
Así es que, si queremos parecer cultos, tenemos que saber muchos datos sobre la guerra, que es de las cosas que se dan con más frecuencia de todas las que hemos inventado.
Yo, con ayuda de una enciclopedia, tendré sumo gusto en ayudarles a aprender. Vamos allá.
Hay muchos tipos de guerra:
Guerra sin cuartel: Es ésa en la que los soldados no tienen donde ir a dormir por las noches y tienen que quedarse al raso.
Guerra bacteriológica: Cualquiera, en cuanto la infantería lleve un mes sin ducharse como es debido.
Guerra fría: Aquella en la que no se atizan, pero en la que se odian mucho.
Guerra caliente: La hecha con bombas térmicas, por ejemplo.
Guerra galana: (¿A que ésta no la conocían, eh?) En un barco es aquella en que se usan cañones, pero no se llega al abordaje. En tierra, es la poco sangrienta, por falta de puntería de los que disparan.
Guerra civil: La que es civil porque en ella no intervienen los militares. (O sea: hasta la fecha, ninguna, porque a los militares les encantan las guerras —por eso son militares— y no se pierden ninguna.)
Guerra biológica: Es aquella en la que combaten los biólogos.
Guerra química: Es aquella en la que combaten los químicos.
Guerra abierta: En la que se admiten combatientes voluntarios sin hacerles demasiadas preguntas.
Guerra, Pedro: Cantante y compositor tinerfeño. Ganó el premio Ondas con la canción Contamíname, en 1994. Necesita una ortodoncia.
Guerra de trincheras: Aquella en la que los ejércitos no tienen ninguna intención de avanzar, sino que sólo aspiran a quedarse donde están.
Guerra de guerrillas: Es una guerra gorda, construida juntando muchas guerras más pequeñas.
Guerra total: Los pijos llaman «guerra total» o «guerra guay» a la guerra que está muy bien hecha.
Guerra santa: Todas absolutamente, si hemos de creer a quienes las organizan.
Guerra justa: ¡Ja, ja, ja! ¡Qué buenos juristas-humoristas tuvimos en España durante la Contrarreforma!
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Tanto meterme y meterme con unos y con otros, hora es ya de que rinda un tributo (que no homenaje, que eso suena a plagio) a esos señores que me han hecho agradables tantas horas de mi vida.
No sé si ustedes coincidirán conmigo en algún nombre de esta lista de autores preferidos.
Para empezar, confesaré que yo todas las noches le rezo un rato a Lope de Vega, antes de acostarme. Lope es, ya digo, una enciclopedia del sentir humano. Escribe sobre todo lo escribible y sobre algunas cosas inescribibles. Yo tengo ganadas a mis amigos apuestas curiosas sobre este monstruo. Ellos mencionan un tema literario o no, a cual más raro y peregrino, y yo les busco y les encuentro una comedia o un escrito de Lope donde ya aparece tal tema. Es inagotable.
Mi niñez quedó alumbrada y enriquecida por la lectura de los treinta y tantos libros de Guillermo, de la escritora inglesa Richmal Crompton Lamburn. Aventuras infantiles con crítica social de la Inglaterra victoriana: una delicia para los anarquistas y anglófobos como yo.
Julio Verne y Jack London abrieron mis ojos a la aventura.
Fiódor M. Dostoyevski los abrió a la pasión.
Herman Hesse también los abrió a algo interesante, pero ahora no podría asegurar muy bien a qué.
Me encanta Baltasar Gracián que, además, me sale más rentable. Sus libros me duran el doble, porque se ha de leer dos veces cada frase para sacarle el sentido.
Otro de mis ídolos, Góngora, convirtió a la literatura en una función fisiológica: escribía maravillas no por dinero o fama, sino porque se lo pedía el cuerpo. Compuso un soneto utilizando cuatro idiomas alternados (castellano, italiano, portugués y latín) y, después de tal lección para todos los que emborronamos papel, se quedó tan pancho.
Cuando se me rompe el equipo de sonido, leo en voz alta a Rubén Darío y la música inunda mi hogar.
Para literatura interior y buenísima psicología, nadie como Stefan Zweig, injustamente desconocido, olvidado, relegado o lo que sea.
Ortega y Gasset es mi maestro lingüístico. Su prosa es la más clara, lúcida, profunda y precisa que conozco. Su lectura continuada te obliga, literalmente, a redactar bien.
¡Gloria a Asimov, creador del Universo! La heptalogía de la Fundación puede considerarse «literatura de bucle»: cuando acabas el último libro, no te importa a empezar a leer de nuevo el primero.
(Todavía faltan muchos. Habría que ir resumiendo.)
Para escritos sugerentes, Jorge Luis Borges.
Para filosofía útil, Bertrand Russell.
Para conocimiento de la sociedad, Honorato de Balzac.
Para heroísmos en el mundo moderno, Ayn Rand.
Para entender la teoría del caos, Tom Sharpe.
Para conciliar el sueño cuando estás desvelado, «Azorín» (para algo tenían se servir sus escritos).
(Hay muchos más, pero, señores, ya estoy cansado.)