Sully Prodhome, el primer Premio Nobel

 

Una vez fundado el premio, había que empezar por algún sitio y como nada menos que diecisiete miembros de la Academia Francesa recomendaron calurosamente el nombre de Prudhomme, su homóloga sueca —que admiraba papanatísticamente a la otra— les complació, otorgando el galardón al francés. Tolstói, Ibsen y Zola se quedaron (por primera vez, pero no por última) con cara de panolis por este caso flagrante de recomendación.

A ver: Prudhomme no era malo per se, sino solo comparativamente. Años más tarde, la misma Svenska Akademien reconocería que no había estado muy fina con sus primeros dictámenes, lo cual es raro y digno de elogio, pues no es costumbre de las instituciones reconocer sus errores de bulto.

El fallo no gustó. Hubo su miaja de escándalo y cartas de adhesión a unos y de desadhesión a otros. Se inauguró así una costumbre que seguiría (y sigue) ligada al premio: concederlo y, acto seguido, decir que tendría que habérsele dado a otro.

El autor fue, además, un literato por carambola, porque él no quería serlo. Su objetivo eran las ciencias y la ingeniería, pero una enfermedad ocular le impedía hacer raíces cuadradas y, por ende, tuvo que resignarse y dedicarse a la literatura, que es algo que puede hacer cualquiera, por lo visto.

El libro galardonado fue Stanzes et Poemes [Estancias y poemas, 1865], que ya estaba algo desfasadito para entonces.

En ese poemario se incluye la única poesía que se recuerda de este señor: Le Vase brisé [El jarrón roto], en que se cuenta que un abanico le da un golpe a un jarrón y le hace una diminuta grieta. El agua se sale poco a poco y el predictible clímax del argumento es que el jarrón se vacía por completo. Entonces el autor nos revela su mensaje: al corazón humano le ocurre lo mismo y una pequeña herida amorosa le puede hacer migas. Esta imagen tan cursi, aunque pueda parecer mentira, le catapultó a la fama y todas las cultas latiniparlas de Francia, al encontrarse en los salones entre petimetres y canapés, lo primero que se preguntaban unas a otras era si habían leído la historia del susodicho jarrón.

Claro, que Prudhomme había entrado en la Academia Francesa en 1881 y era política de ese organismo proclamar que todo lo que escribieran sus académicos era magnífico en primera instancia, para que nadie les preguntara por qué habían elegido a un académico mediocre.


 

Mi encuentro con Mocedades

 

En una época de mi vida trabajé organizando espectáculos para el Ayuntamiento de Madrid. Durante las fiestas de la Paloma, tuve en el parque de las Vistillas y otros escenarios a algunas figuras de la música, que me sorprendieron por su comportamiento.

Aunque el grupo musical que idolatré en mi adolescencia fue Nuestro Pequeño Mundo (fui siempre un amante del folk en todas sus variedades), también tuve gran respeto por la calidad musical de Mocedades, aunque aprecié más su época primera de «Pange lingua», «Otoño» o «Más allá» que la segunda más comercial de «Secretaria» o de «Tómame o déjame».

Y por fin los tuve allí, cara a cara, en mi escenario (mío, porque aquella noche su gestión me tocaba a mí).

Entonces fue cuando perdieron todo mi respeto. Primero actuaban ellos durante cincuenta minutos justos (El Consorcio, pues estamos hablando de 1998 o por ahí) y luego, una orquestilla desconocida tocaba cuatro horas para que la gente bailara. El Consorcio cobraba seis millones de pesetas por su actuación y la orquestilla, cien mil.

Pero sus instrumentos y equipos tenían que compartir escenario.

 El antiguo Mocedades llegó antes con un gran tráiler, descargó una montaña de bafles, ocupó todo el escenario y no dejó sitio alguno para la otra orquesta. Total: eran unos pringados de esos que tocan en los bailes de los pueblos. Nadie (tampoco yo) sabía ni recordó luego su nombre.

Cuando la orquesta de baile quiso poner su equipo, no tenía dónde. Pidió a los de Mocedades que hicieran sitio. Mocedades se negó. Intenté convencerles, pero no me hicieron caso. Ellos eran las «estrellas» del programa.

La orquestina dijo entonces que podían enchufar sus guitarras y tal a los amplificadores de Mocedades y no poner los suyos. Mocedades dijo que sí, si la orquestina les pagaba treinta mil pesetas.

A la tal orquestina (siete músicos y dos técnicos) —que iban a cobrar cien mil pesetas para todos— no le salían los números. Finalmente pusieron su equipo en el suelo, fuera del escenario y, claro está, aquello era una chapuza y no sonaba bien.

Pidieron a Mocedades, por favor, que les ayudarán a buscar una solución. Mocedades no quiso ayudar, dejar su equipo ni rebajar su alquiler por cuatro horas.

Amaya y compañía cantaron sus canciones durante cincuenta minutos justos. El público que llenaba la plaza pidió bises y no los hicieron: les habían pagado los seis millones por cantar cincuenta minutos, ni uno más. Se fueron sin despedirse de nosotros, los organizadores.

La orquesta tocó durante cuatro horas y sonó a rayos, pero a la gente, que había bebido mucho, no le importó la calidad del sonido. Todos en la plaza bailaron hasta las tres de la mañana y se lo pasaron estupendamente.

Yo me prometí no volver a comprar ningún disco de Mocedades ni que una peseta mía fuera a parar a sus bolsillos.

El discípulo del diablo

 

George Bernard Shaw (1897)

 

          Esta comedia va de puritanos de New Hampshire, que parece ser que son de los peores.

          Es el año de 1777, como podemos colegir del color de la tapicería de los muebles del salón (granate), y en otoño concretamente (en verano se puso de moda el verde limón y en invierno privó el magenta).

          Dick Dungeon es la oveja negra... en una familia de lobos devotos. Sus santos familiares le desprecian por su anticonvencionalismo, por su carácter franco y por su costumbre de pellizcar a las mujeres (a las que se dejan: con las otras no se permite libertades y se comporta como un caballero).

          Su padre ha muerto y sus hermanos herederos se frotan la lengua y se relamen las manos (o al revés) pensando en la riqueza que van a recibir (algunos ya se la han gastado). La sorpresa surge cuando se enteran de que el finado estaba hasta las narices de ellos y ha decidido cambiar el minuto en el último testamento (al revés otra vez) y dejarle todos sus dólares a Dick, es que es el único que se los gastará bien.

          La primera decisión de Dick (muy acertada, por lo que se muestra en las primeras escenas) es echar a su madre y a sus hermanos de casa (se lo tenían merecido), lo que causa la indignación de Anderson, un pastor protestante amigo de la familia al que habían llamado para que santificara la casa después de que Vic la hubiera contaminado con su presencia. Como las tornas se han cambiado, el pastor (y su esposa Judith) quedan escandalizados por la conducta «diabólica» de Dick.

          Este, para acabar de arreglarlo, se declara rebelde ante los ingleses y anuncia que estos se dirigen hacia allí, con lo que todos huyen despavoridos.

          El reverendo quiere «convertir» a Dick, para ponerlo en su libro de logros, y le invita a tomar el té con pastas y con su esposa. Esta muestra una actitud de tremendo rechazo ante Dick, por lo que suponemos que en el fondo le gusta.

          Entonces el pastor dice que tiene que salir. Judith y Dick se quedan solos, la tensión sexual se puede cortar con un cuchillo de postre y, de repente, llegan soldados británicos y detienen a Dick, creyendo que es Anderson. El equívoco se produce porque Anderson tiene dos orejas y Dick también. El discípulo del diablo impide que Judith revele su verdadera identidad y marcha a la horca tan tranquilo, sabiendo de antemano que aquello es una comedia y que, por ende, tendrá un final feliz.

          Aparece entonces Anderson y, cuando se entera de que van a ajusticiar a Dick en su lugar, sale escopetado (escopetado, porque se lleva su trabuco). Judith se convence entonces de que Dick, al que despreciaba, es un héroe barbilampiño con toda la barba y que su marido, al que admiraba, un cobarde, gallina y capitán de la sardina.

          Llegamos al acto tercero (no llegamos todos: una buena parte del público ha abandonado el teatro durante el entreacto).

          A Dick le van a hacer los británicos un consejo de guerra porque en un consejo de paz es complicado conseguir que se apruebe una pena de muerte. El juez que ve la causa (que la lee, más bien, en unos legajos) es el general Burgoyne, hombre de trato exquisito al que sus soldados le tienen mucho cariño (este dato no es importante para la acción).

          La escena del juicio es estupenda, pero aun así no se la vamos a contar, para que ustedes se animen a ver la obra, si es que alguna compañía tiene alguna vez el valor de representarla. Dick se declara culpable y dice que el rey de Inglaterra (no recordamos cuál era en aquel momento, pero da igual: un rey) es un tal cual, por lo que le condenan alegremente a ser ahorcado al amanecer a manos de un pelotón de fusilamiento (?).

          Judith no puede contenerse y revela que Dick no es su esposo, que su esposo es un alfeñique y que no está allí. Pero como la sentencia de muerte ya está firmada con tinta de la buena, como ya le han pasado al documento el papel secante por encima y no hay goma de borrar que pueda quitar el ringorrango, se decide que se ahorcará a Dick de todos modos, porque ya se ha reunido una multitud de curiosos para presenciar la ejecución y no es cosa de privarles a todos ellos del espectáculo y de mandarles a sus casas desilusionados.

          La última escena de este britobodrio (ya saben ustedes cuánto nos gusta inventarnos neologismos) tiene lugar en el mercado de Websterbridge. Han levantado un patíbulo, la muchedumbre se agolpa alrededor y los vendedores de pipas y cacahuetes hacen su agosto en aquel día de otoño.

          Traen al reo en un carro atado de pies y manos con una cuerda en la que se ha hecho el nudo marinero llamado «nudo de Ballestrinque» y, consecuentemente, tardan mucho en desatarle los tobillos para que pueda subir él las escaleras hasta la horca por sí mismo, pues los soldados no quieren llevarle hasta allí en volandas ni a la sillita de la reina.

          Hay discursos y la ejecución se va retrasando, con la lógica indignación del público, que empieza a temer que se ha desplazado hasta allí para nada.

          En efecto: así sucede, porque en la última hoja de la comedia aparece Anderson convertido en comandante de una milicia rebelde, afirma que ha vencido los ingleses en una u otra batallita en un lugar cercano, hace huir al pelotón de ahorcadores británicos y libera a Dick, que ya se sabía este final de antemano, porque había ensayado la comedia durante un mes largo antes del estreno.

¡Los actores a la calle!

 

(Crónica política)

Entre la cantidad de papelitos con notas para escritos que tengo por diversos cajones desde hace años esperando inútilmente mi atención me he compadecido de uno que está ya totalmente amarillento por el paso de los años, el pobre. He decidido sacarlo de su miseria y proporcionarle sus merecidos cinco minutos de gloria.

Es una noticia del 2009 en la que se dice que en Sevilla dedicaron una calle a la finada Pilar Bardem, a la que iba yo ahora a calificar de «excelente actriz», pero que es cosa que decido no hacer, porque no viene en absoluto al caso si es buena o mala actriz.

La calle, antes, tenía el nombre de un general: Merry Gordon, cuyas gestas yo desconozco, porque a mí la incultura me corroe.

La noticia desató las críticas más feroces, alegando que tal cambio está muy mal hecho y que ¡pobre general!, y que si la patria, y que si la bandera, y otras majaderías por el estilo.

Comento este suceso porque no es meramente una noticia antigua, sino desgraciadamente aplicable a nuestro presente hispano.

Ya he dicho que yo no sé quién fue Merry Gordon (ni me importa): me da igual que fuese un inútil o el mejor estratega militar desde Alejandro Magno. Por lo mismo que me da igual que la Bardem fuera buena o mala en lo suyo.

Pero ante la disyuntiva de homenajear con calle a una trabajadora de un oficio consistente en agradarle la vida al prójimo o a un miembro de una profesión consistente en matarlo de forma eficaz y definitiva, no entiendo cómo se pueden tener dudas.

En Madrid, que es donde yo controlo, hay más de setenta calles con nombre de general (dato para los que lo ignoren) y ninguna con el nombre de un Premio Nobel de la Paz, por ejemplo.

El caso es que la disyuntiva es más simbólica de lo que uno se imagina: bohemios contra burgueses, artistas contra militares. Mi padre —que fue actor toda su vida— contaba que por esos pueblos de España había recibido varias pedradas por su condición de «cómico». Así es que entenderán que sea parcial en este tema.

Durante siglos a los actores se les consideraba tan mal socialmente que no se permitía que se los enterrase en sagrado. Los generales, en cambio, han pertenecido siempre a ese sector de la sociedad que ha dado esos casos de intolerancia dignos del Guinness.

La Bardem podría ser, en mi opinión, la peor actriz que jamás hubiese pisado un escenario y aun así sería muchísimo más digna de calle que todos los generales que en el mundo han sido.

No volvamos a dejarnos arrastrar por lo que nos parece normal tan solo porque lo hemos conocido así siempre y reflexionemos sobre la esencia de las cosas. No todos los hombres son iguales. Entre los que dedican su vida a aprender y a ejercer la fontanería o los que la dedican al oficio de las armas hay una diferencia que ninguna mente honesta, debido a la inercia mental, puede permitirse ignorar.