La lista de Robespierre

 (Crónica de una dificultad tonta con la lista)

 

(París, 1794. Una sala a la que salen Fouché, Tallien, Billaut y Fréron, revolucionarios cincuentones. Vienen todos disfrazados de mujeres del pueblo llano, varios de ellos con cofia.)

 

Fouché.—¿Estamos todos?

Tallien.—Falta Barras.

Fouché.—¡Es verdad! Bueno. Se habrá quedado dormido. No sería la primera vez. La verdad es que no sé cómo me involucro con gente así. Esto ni es una revolución ni es nada: es una tomadura de pelo. Si la gente no es seria, no se puede hacer maldita la cosa.

Billaut.—¿Le esperamos?

Fouché.—No. Que se entere luego. Y, si no, ¡que se aguante!

Fréron.—Dinos, Fouché. ¿Para qué nos has llamado y nos has hecho venir a todos disfrazados de verduleras?

Fouché.—Porque nuestras vidas corren peligro y porque el disfraz de verdulera es el más seguro en estos días.

Billaut.—¿Y eso?

Fouché.—¿Le han cortado últimamente la cabeza alguna verdulera?

Billaut.—Que yo sepa, no.

Fouché.—Pues ahí lo tienes.

Fréron.—¿Y lo de que nuestra vida peligra? ¿Va en serio?

Fouché.—Totalmente.

Fréron.—¿Y tú cómo lo sabes?

Fouché.—¡Hombre! Sabes que yo soy el ministro de policía. Si no sé yo lo que hay que saber, no sé quién va a saber lo que se sabe, ¿sabes?

Fréron.—Eso lo sé. Lo que no sé, y tú sabes que no lo sé, es cómo puedo saber lo que tú sabes, sabiendo tú lo que no sabemos, si no nos cuentas lo que sabes.

Fouché.—Os necesito, pues os diré que que Robespierre piensa afeitarnos a todos.

Billaut.—¿La guillotina?

Fouché.—Claro, Billaut. No pensarás que hablaba en sentido literal. Tiene intención de cortarnos la cabeza.

Tallien.—¡No puede hacer eso!

Fouché.—¿Qué te apuestas?

Tallien.—¡Nosotros somos el Comité de Salud Pública!

Fouché.—Como si somos la junta directiva del Club de Tiro de Pichón. Si ha podido cortarle la cabeza a Luis XVI, muy bien nos la puede cortar a nosotros.

Tallien.—¡No es lo mismo!

Fouché.—¿Y puedo saber por qué no?

Tallien.—(Dudando.) ¡Hum! No sé. Luis XVI era gordo, para empezar. Era un tirano.

Fouché.—Y nosotros somos lo que Robespierre quiera que seamos. Nos pondrá un mote y ya está. El caso es que ha escrito una lista.

Billaut.—¿Una lista de qué?

Fouché.—De enemigos de la República.

Billaut.—Será una lista muy larga.

Fouché.—No. Es corta. Pero estamos en ella.

Billaut.—¿Aparece mi nombre?

Fouché.—¡Oh, sí! Tu nombre hace una aparición especial. Mal escrito, porque la ortografía de Maximilian es infame, pero sí. Y tú también estás, Fréron.

Tallien.—¿Y yo?

Fouché.—¿Tú, Tallien? Tú estás dos veces, para asegurarse de que no te libras.

Tallien.—(Aparte.) ¡Qué canalla!

Fouché.—Robespierre piensa denunciarnos a la Asamblea como traidores; y de ahí al cadalso es solo un paseo cortito.

Billaut.—¿Y cómo podemos impedirlo?

Fréron.—¡Robemos esa lista!

Fouché.—La lleva escondida en sus calzones, Fréron. Además, escribiría otra.

Tallien.—¿Entonces?

Fouché.—Hay que impedirle que la lea.

 

(Esta apasionante historia tiene que quedar necesariamente inconclusa, porque, no sabemos cómo consiguió Fouché robarle la lista en la vida real y tampoco conseguimos inventarnos de qué excusa se podría valer Fouché para meter la mano en los calzones de Robespierre sin que este protestara.)

 

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