22.5.13

Contra los gourmets



          
Conozco a una pareja de amigos, jóvenes pero suficientemente preparados —informáticos ellos—, que cualquier tema que se saque en su presencia lo acaban llevando al terreno de la comida.
         
 Si les dices, pongo por caso:
          
—El Ebro se ha desbordado y han muerto ahogados cuatrocientos baturros.
          
Puede que te diga él:
          
—¡Qué tragedia tan grande! Y, además, se les habrán estropeado los espárragos. Yo estuve por allí el mes pasado... por cierto, un poco antes de llegar a Calatayud, en el kilómetro tal de la autovía, hay un restaurante estupendo, donde sirven un lomo ibérico, pero del de verdad, no lo que se come por aquí.
          
O si les cuentas:
          
—¿Te acuerdas de mi amigo Federico? Pues se ha casado.
          
Probablemente te dirá ella:
         
 —¿Federico? ¡Ah, sí! Me acuerdo de que me lo presentaste el día aquel que cenamos en casa de mis cuñados. Sí, hombre, cuando se le quemó el arroz, que todos pusisteis unas caras muy raras... Bueno, es que a mi cuñada le pasa siempre. A mí, no. Yo lo que hago es mantener el fuego muy lento y añadir el caldo poco a poco y después... (Y aquí entra su receta particular para el arroz.)
          
Esto me ha llevado a reflexionar.
          
La civilización tiene muchos ejemplos de una gula bastante apreciable entre algunas de sus personalidades más refinadas.
          
Schopenhauer se dejaban el ascetismo a la puerta del restaurante en donde se reconciliaba con el mundo.
          
Wilde dijo que, después de una buena comida, se puede perdonar a todo el mundo, incluso a la familia.
          
Kant comía siguiendo un fichero en donde constaban sus especialidades culinarias preferidas y las de sus amigos.
          
Rossini reconocía que le interesaba más la gastronomía que la música. Según sus biógrafos sólo lloró tres veces en su vida: oyendo cantar un aria, cuando silbaron su Barbero de Sevilla y cuando, durante un viaje en bote, se le cayó al agua un pavo trufado.
          
Balzac, en su época de pobreza, sólo comía pan seco, pero siempre tras envolverlo en un papel en donde escribía el nombre de sabrosos manjares. A falta de otra cosa, comía con la imaginación.
          
En Francia se llegó a decir: «La naturaleza conoce tres seres con el estómago dilatado y nunca satisfecho: el tiburón, el avestruz y Victor Hugo.»
          
Goethe, siempre el primero, siempre distinguido y siempre por encima de los demás mortales, supo resistir a esta gula insaciable, dando un ejemplo insigne de originalidad: fue el único alemán al que no le gustaban las salchichas.
          
También podríamos citar aquí innumerables ejemplos de antropófagos famosos, pero no incluiremos sus banquetes en este escrito sobre la gula puesto que fueron hechos producidos más por la necesidad que por otra cosa y no llevados a cabo a instancias del paladar. Pues resulta que los especialistas de todo el globo coinciden al afirmar que la carne de hombre no es muy sabrosa, puesto que deja en la boca del gourmet un sabor dulzón, como si el eventual antropófago, en lugar de un marinero de Liverpool, se hubiese comido una alcachofa.
          
Eso me han asegurado personas entendidas, pero ¿quién sabe? Si ustedes han probado a algún señor y les ha sabido diferente, no dejen de decírmelo.
          
Como curiosidad histórica mencionaré que la cocina de diseño no es un concepto nouvelle: la inventó Leonardo da Vinci. Puso en una fuente una molleja de pato, adornada con medio espárrago y unas gotas de vinagre y se lo presentó a su señor y protector, Ludovico Sforza. (Y Ludovico se enfadó mucho y le dijo algo así como «¿Qué mariconada es ésta?» Sólo que, ¡claro!, se lo dijo en italiano.)
          
De todas maneras, mi reflexión final es que el arte culinario estaría muy bien... si en el mundo comiéramos todos. A fin de cuentas, los supremos gourmets son aquellos que pasan hambre, porque para ellos, lo poco que comen, les parece lo más exquisito que darse pueda.

21.5.13

Diego de Sirva Veláhque, er pintó seviyano





         Diego de Silva Velázquez perteneció a la nobleza, que nunca lo quiso vender, pese a que el clero y la burguesía le hicieron a la nobleza sucesivas ofertas por él, a cual más tentadora. A lo sumo, la nobleza llegó a alquilarlo por unos días, pero siempre haciendo que dejaran un buen depósito.
          
Desde muy joven Diego decidió consagrarse a la pintura, por lo que no tardó en hacer los votos y aportar una dote a fondo perdido, renunciando a su vida pasada.
          
Ya pintor, puso especial énfasis en dominar el retrato; pero el retrato era díscolo, no se dejaba dominar y terminaban en grandes discusiones. Velázquez lo intentó todo y recurrió finalmente a la fuerza bruta para domeñarlo. Pero el retrato, harto de estos malos tratos, se escapó varias veces.
          
Sus primeros años de pintura fueron muy prometedores, pero luego se descubrió que eran falsas promesas. Velázquez les demandó por incumplimiento. Los años se defendieron como pudieron, dando largas al asunto. Finalmente, el pintor los llevó ante el rey, que falló en su favor, obligando a los años a que cumplieran lo prometido.
          
A partir de este momento, la carrera de Velázquez fue imparable, por lo que el pintor, sin un minuto de descanso, estaba siempre hecho polvo.
          
Su posición en la Corte le permitió realizar un ansiado viaje a Italia. Su posición le dijo: «Tú, vete y no te preocupes de nada, que yo me ocupo de tus asuntos.» Velázquez se fue.
          
Velázquez mantuvo siempre una postura de proximidad al rey. Le puso un piso a la postura en la calle Mayor y le pasaba una saneada renta en maravedíes todos los meses, aunque lo ocultó a su mujer, para evitarse problemas.
          
Su importancia en la Corte se vio alterada por el alejamiento del Conde-Duque de Olivares. Se hubo de llamar a los mejores médicos, que aconsejaron una cura de reposo. Al cabo de unos meses en el balneario de Loeches, a su importancia se le pasó la alteración y pudo hacer ya su vida normal.
          
Aprovechó un segundo viaje a Italia para empaparse del estilo del Tiziano y del Veronés. No regresó a España hasta no estar seco del todo.
          
En 1652 fue nombrado aposentador de los palacios reales y, gracias a su nuevo cargo, pudo gozar de un amplio apartamento en la Casa del Tesoro. El apartamento, por su parte, no gozaba mucho con aquello, pero fingía hacerlo para no crearle complejos al pintor.
          
En este cometido, Velázquez arreglaba las habitaciones del Palacio Real. Pero éstas se volvían a estropear enseguida y había que esperar a que trajesen los recambios de Italia.
          
De entre los retratos que hizo en esta época, Las meninas se convirtió en un paradigma de la obra del pintor. Fue el primer paradigma que pudo ser admitido en la Corte y a muchas mentes retrógradas no les pareció bien, porque consideraban a los paradigmas como propios del pueblo llano e indignos de alternar con la nobleza.
         
 En 1660, tras haber pasado la mañana con el rey, el pintor se sintió mal y se le disparó la fiebre. De resultas de este accidente falleció.
          
Su obra ha pasado a la posteridad y se ha quedado allí, donde al parecer se está muy bien.

20.5.13

El Cid, héroe hediondo



        
 Como historiador oficial de la epopeya nacional, becado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, me han encargado que recopile toda la información que se encuentre sobre nuestro héroe nacional. (Aunque, para lo que pagan, bien se merecen que lo saque todo de la Wikipedia.)

         ¿Quién fue el Cid? ¡Buena pregunta!
         Fue un héroe, pero hay matices.
         Fue un señor que pasó el tiempo
         machacando almoravides;
         que, aunque cabalgó un montón,
         nunca estuvo en Tenerife.
         Era nacido en Vivar
         (vamos, que era un aborigen
         de la Península Ibérica),
         era más bravo que un tigre,
         un aristócrata nato,
         el más bruto de su estirpe.
         Era barbudo, ceñudo
         y narigudo, era Piscis
         y enquencle (sin armadura
         parecía un alfeñique
         pero no se la quitaba
         ni para dormir así que
         nadie se dio cuenta nunca),
         en la barba tenía chinches,
         y un buen número de agu-
         jeros en los calcetines.
         Por su condición de hispano
         no era amigo de potingues
         ni jabones, aunque a veces
         se daba un ligero tinte
         en el cabello, dejándolo
         más oscuro que un eclipse.
         No se lavaba ni mucho
         ni poco: era el rey del tizne.
         Despedía un olor tal
         que le seguían los buitres
         pensando que estaba muerto.
         Fue propenso a la calvicie.

         ¿Sus gestas? Pues una vez,
         echando mano de un rifle
         mató a setecientos moros.
         Engañó a unos mercachifles
         con unas arcas de arena
         que les dejaron muy tristes.
         Para casar a sus hijas
         hizo de correveidile
         y les buscó dos maridos
         que luego fueron muy pigres
         y las trataron muy mal.
         Rodrigo sufrió un berrinche
         y los mató (como cuentan)
         de una patada en la ingle.
         Muchas veces peleó
         él solito contra quince
         sin nunca huir (salvo un día
         en que sufrió un grave esguince).
         Mató mucho y mató bien;
         pero mató a todo quisque
         que se le puso por medio,
         sin que nadie nos explique
         sus razones para hacerlo.
         En fin: la historia del Cide
         es un revoltillo tal
         que no hay Dios que lo descifre.

         Tuvo con el rey Alfonso
         sus diretes y sus dimes
         (que en no respetar a reyes
         era un poco bolchevique)
         y se empeñó en que jurara
         que era inocente de un crimen.
         Alfonso se cabreó
         bastante, como se dice.
         Tocante al asesinato
         dijo: «¡A mí, que me registren!»,
         con lo que el Cid se quedó
         ignorante de la urdimbre.
         Acabado el juramento,
         el contrato le rescinde
         el rey: el Cid se va al paro
         diciendo «¡No me fastidies!»,
         con voz recia y tal volumen
         que se dañó la laringe.
         Aunque los historiadores,
         con sus cuentos y sus chismes
         aseguran que Rodrigo
         usó un término en el límite
         del buen gusto, refiriéndose
         a la familia del príncipe.

(Las aventuras del Cid continúan, pero no las vamos a contar hoy todas: dejemos alguna para un día lluvioso.)


17.5.13

Sabiduría popular



          
Tras una tenaz labor de investigación filológica ofrezco aquí una serie de refranes recuperados del olvido y que no estaría de más volver a poner de moda:

«Cuando hiela fuerte, hace un frío de muerte.»

«Más vale comerse un pastel que caerse por un precipicio.»

«Las mujeres y las vacas, cuanto más gordas, más pesan.»

«Si alguien tropieza en una piedra es señal de que no la ha visto.»

«Buey que no muge y perro no ladra posiblemente sean mudos.»

«Quien llega tarde al mercado lo encuentra todo cerrado.»

«A la cama no te irás sin haberte levantado antes.»

«En abril y en mayo da coces el caballo.»

«Si coges un catarro, bebe mucho líquido.»

«El alcalde de Marbella a diario come paella.»

«Si tienes frío en enero, no te peles al cero.»

«El borrico en su casa es igual que el borrico cuando está fuera.»

«El agua de mayo moja igual que las otras.»

«El buey suelto no suele volver al establo.»

«Camarón que se duerme, se pierde el final de la película.»

«Después de beber, viene el desbeber.»

«Donde no hay harina, se puede usar Maizena.»

«En casa del herrero cortaron la luz por falta de pago.»

«Gato con guantes se resbala en el parquet.»

«Aunque no llegue el verano lávate: no seas marrano.»

«Lo que no has de comer, no lo saques de la nevera.»

«Más fácil es tomarse una cerveza que resolver una ecuación de segundo grado.»

«Donde no te conozcan, nadie sabrá que eres estúpido.»

«Las mujeres feas gastan en potingues más dinero que las guapas.»

«Ni pelo en la sopa ni brea en la mopa.»

«No hay cosa más tonta que un refrán popular.»

16.5.13

Profesores en el cine



ARTÍCULO DE OPINIÓN INTENSA



Los guionistas de cine no han ido nunca al colegio.

Esto no es una afirmación gratuita, sino un axioma científico que paso a demostrar.

Prueba de tal cosa es la manera que tiene el cine de enseñar cómo son las clases de cualquier materia.

Hollywood nos ha mostrado siempre tipos de profesores supuestamente macanudos, pero ha descrito la profesión de manera denunciable, desde los lejanos tiempos de ¡Adios, Mr. Chips!

Cómo son las clases en el cine americano:

1.- Todas las clases, de cualquier materia, duran un máximo de tres minutos.
En cuanto el profesor dice la primera frase de la lección (lo que es evidentemente una primera frase de lección, algo así como: «Hoy vamos a hablar de...» o «Para comprender la antropología hemos de empezar por saber el significado del término anthropos») suena el timbre de final de clase y todos los estudiantes salen disparados. El profesor grita: «Para mañana leed el capítulo VII» pero, cuando lo hace, ya están todos fuera. La pregunta es: ¿Qué les había dicho durante los cincuenta y nueve minutos anteriores?

2.- Todas las clases de literatura consisten en leer a Shakespeare.
Hay sólo 6 ó 7 estudiantes en la sala (¡Vaya suerte! Normalmente hay que bregar con cincuenta o sesenta a la vez.). Entra el profesor y dice: «Abran Hamlet por donde lo dejamos ayer.» ¡No explica nada, el muy vago! Se limita a dejar que los estudiantes lean los diálogos de la obra y él se sienta, fuma en pipa y escucha relajadamente, disfrutando de la lectura.

3.- La profesora de lenguas muertas, que domina doce o trece y es la experta mundial en el tema, no tiene arriba de veintidós años y, además, está que cruje de buena.

¿Cómo ha conseguido ser experta mundial en algo a tan tierna edad? Es cosa que no se explica.

4.- Las clases de arqueología nunca se imparten.
Porque Indiana Jones siempre está viajando. Lo que no queda claro es por qué no le echan de una vez de la cátedra por incumplimiento de contrato.

Y luego, hay profesores que hacen cosas muy raras. Si yo las hubiese probado, seguro que me habría quedado sin empleo en menos que canta un gallo.

En El club de los poetas muertos hay un libro de texto de poesía (¡Más suerte! Generalmente el profesor universitario ha de hacer el temario y preparar sus clases. Los alumnos han de tomar apuntes y no se tienen libros de texto.) Y entonces el tío va y se permite el lujo de arrancar hojas de unos ejemplares que, evidentemente, pertenecen a la institución. Si lo hace un profesor de  verdad, se la carga.

En El club de los emperadores el profesor obliga a los estudiantes a vestirse con una toga romana y nadie le acusa de ser de la acera de enfrente. Todos lo encuentran muy natural y hasta bonito; tanto, que se reúnen veinte años más tarde para poder volverse a poner la toga. Al que protesta por lo de la toga, todos le miran mal, por antisocial.

En La sonrisa de Gioconda hay una profesora estúpida que no enseña absolutamente nada (y no le hacen evaluaciones internas, ni de estudiantes, ni capacitaciones, etc. Claro, que aquello pasa en los EE.UU.).

En fin, que viendo esa digna profesión en el cine y en la realidad, cada día me cabreo más.

15.5.13

Noche de sexo y pasión


RELATO ERÓTICO-FÍLMICO, UN SUBGÉNERO LITERARIO QUE ACABO DE INVENTAR



Mi nombre es Joe.

Un día, en Nueva York, con fuego en el cuerpo entré en la habitación en forma de «ele» donde mi rubia favorita y yo habíamos pasado los mejores años de nuestra vida.

Con aquella deliciosa persona iba a realizar todos los juegos prohibidos, iba a cumplir mi fantasía.

Serían las 8 1/2, de una jornada de un largo y cálido verano. En el calor de la noche, el apartamento de Manhattan estaba al rojo vivo; en las paredes se reflejaba el color púrpura del resplandor de las luces de la ciudad que entraban por la ventana indiscreta, porque era una habitación con vistas, aunque a malas calles.

Aquello no iba a ser un breve encuentro; la gran ilusión que yo tenía era que durase hasta octubre, que aquel amor a quemarropa fuese la historia interminable, como una cadena perpetua. Nunca diría adiós a mi concubina. Estaríamos encadenados de aquí a la eternidad.

Abrí la novena puerta con mi llave y entré. Lolita, todavía en la edad de la inocencia, me esperaba, con su cara de ángel, sobre un lecho de terciopelo azul, como una Eva al desnudo. (La verdad es que es una mujer para dos, porque tiene un lío en Río, pero ¡que el cielo la juzgue!, porque yo no lo haré.)

Pasé del cuarto protocolo y me salté la conversación. Mi masculinidad estaba gigante y me abalancé sobre ella a sangre fría, como un tiburón.

—¿Qué hago con esto? —preguntó.

—Agárralo como puedas —repuse.

Pero antes de que culmináramos nada oímos el golpe en la habitación de al lado. Se escuchaban gritos y susurros.

—Recuerda que no hay que hacer ruido —me dijo Lolita—. Respeta la ley del silencio.

Obedecí. Y, sin hacer caso del teléfono rojo que empezó a sonar, volví a mi labor. Pero, ¡qué noche la de aquel día! Nos interrumpieron de nuevo varias campanadas a medianoche. Luego, mis adorables vecinos protestaron: dieron más o menos los cuatrocientos golpes en el tabique. ¡Qué intolerancia! También el pianista del quinto toca el piano y yo no protesto. Luego nos importunó la mosca dichosa. Después mi tío me llamó al móvil. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, me pregunté. Sin perdón, arrojé el teléfono contra la pared, con repulsión. ¡Y yo que pensaba que yo era como el paciente inglés, el hombre tranquilo por antonomasia!

Finalmente nos amamos hasta que cantaron los pájaros.

—Abre los ojos —me dijo ella el día después—. Eres el dormilón mayor que conozco.

—Es el sueño americano —me justifiqué.

Y nos dedicamos de nuevo a los trabajos de amor perdidos.

¡Qué bello es vivir!