Mis próximos cien libros



Ya lo sé, ya lo sé: suena tremendamente soberbio y pretencioso, pero yo nunca dije que la humildad y la modestia formaran parte de mis virtudes.

En alguna entrevista me preguntan (al final y como tema obligado): ¿cuáles son sus siguientes proyectos? No los puedo contar todos, puesto que no tendría suficiente espacio para hacerlo ni el lector suficiente paciencia para leerlos. Aquí, afortunadamente, puedes escribir todo lo que te apetezca con la completa seguridad de que casi nadie lo leerá entero. Así es que aprovecho para desahogarme. Eso sí: pido perdón de antemano por la ambición y la prepotencia.

Básicamente la cosa está así: yo no puedo morirme en bastantes años porque me quedan aún muchas cosas por escribir. La Muerte va a tener que esperarse antes de venir a pisarme el huerto (que decía Serrat). No pienso escribir tanto como Lope de Vega, más que nada por respeto, porque no me gustaría quitarle el primer puesto de nada, que lo tiene bien merecido. Pero a Asimov, por ejemplo, no me importaría nada adelantarle en cantidad de libros escritos y ése es el objetivo que me he propuesto: escribir más que don Isaac, que publicó 469 libros en toda su vida.

Voy por los ochenta, así es que calculo que quemaré varios ordenadores hasta que consiga cumplir mi objetivo. Todo ello con la inestimable ayuda de mis queridas editoriales: Miraguano, Renacimiento, Verbum, Azimut, La Regla de Oro, LapizCero, Carpe Noctem, Dalya, Fundamentos, Sílex, Kiwi, Corona Borealis, Ápeiron, Humor Sapiens, Alas, Alderabán, Muñoz Moya, Denes, Hiperión, Antígona, Oberon, Bolchiro, Sial, Biblioteca Nueva... (no sé si me dejo alguna)

El año pasado publiqué quince libros, lo cual es altamente insatisfactorio, pues de esa manera no llegaré a mi meta: tengo que acelerar un poco el ritmo.

Tengo unos veinte acabados y en imprenta, que irán saliendo en meses sucesivos y unos diez o doce mediados y en espera de encontrar editor. Luego están los encargos que me van haciendo y las cosas que surgen sobre la marcha.

Y luego están los proyectos: ideas para nuevos libros que sólo esperan su turno pero que engrosarían el número de mis proyectos más o menos inmediatos. Concretaré:

Estoy elaborando una «Historia cómica de España», pero en su momento redacté una «Historia cómica de Aragón», lo que podría ampliarse a todas las comunidades de nuestro país e incluso a naciones hispanoamericanas. Ahí hay más de una veintena de temas posibles.

También escribo una «Historia cómica de la filosofía», que saldrá el año que viene. Raro será que no me embarque después en una «Historia cómica de la pintura», que también me apetece mucho. Y en un libro general: «La cultura es un asco».

Los libros de escritos cortos sobre parodias literarias también me resultan muy agradables de escribir y son placenteros de leer. Ahí no hay tope. El siguiente que aparecerá (en otoño) se llama «Gamberradas literarias». Y para el año que viene está en el horno «Géneros literarios de tres al cuarto». Aunque también existe la posibilidad de parodias largas sobre obras concretas: «La Ilíada en broma», «Fausto visto con lupa», «Romeo, Julieta y el boticario», ya saben.

He hecho una docena de ediciones críticas de libros de todo el mundo. Ése es un terreno inagotable. Ahora estoy dedicado a elaborar guiones de cómics para niños, lo que también es un terreno con mucho futuro.

Por falta material de tiempo aún no me he dedicado a publicar mi teatro: tengo escritas una docena de comedias que intentaré colocar donde pueda y en un cuaderno poseo apuntados un montón de temas sobre los que podría escribirse algo perfectamente.

Hay géneros que aún no he parodiado: la novela negra, de terror, erótica... A todo le llegará su vez.

Planeo varios ensayos sobre temas teatrales: un monográfico sobre Alejandro Casona, un estudio sobre el tema de la delincuencia en el teatro español del siglo XX, otro estudio sobre las comedias sánscritas indias, otro más sobre el personaje del gracioso en Lope y seguidores, aún otro más sobre las guerras literarias del Siglo de Oro que planeo hace mucho y para el que tengo recogido un kilo de fichas, etc.

«La guía del perfecto anarquista» es un volumen que estoy acabando donde recojo mis ideas políticas y me meto con mucha gente (con demasiada, me dicen lo que lo han leído). Lo complementarán otros dos volúmenes titulados provisionalmente «Las crónicas de Absurdia» y «Españoles de moral cochambrosa», que todos ustedes pueden imaginarse de lo que tratan.

No dejo de lado el hinduismo, no, no. Trabajo en un monográfico sobre la figura del dios-mono Hanumán, símbolo de la fuerza y la lealtad. En breve aparecerá «El alma del universo», un tratado sobre la proto-ecología del hinduismo, que sacralizó a animales, a ríos y a montañas para preservar el clima y mantener el equilibrio. Saldrá para el otoño. Además, me queda por escribir una historia del hinduismo y por traducir un buen puñado de obras poéticas maravillosas que no existen aún en castellano. Tengo pendiente un tomo sobre los «Misterios del hinduismo» y una obra divulgativa, «El hinduismo en cien preguntas», para gentes con prisa por acabar. «La mujer en la India» también merece un trabajo aparte, que emprenderé algún día. Y lo mismo puede decirse de «Las ciencias en la India antigua». Y no existe ningún bestiario indio, lo cual es una vergüenza y un desperdicio. Tampoco existen en castellano semblanzas de los grandes indios (salvo de los que tienen que ver con el espiritualismo, pero hay muchos más). Y «Momentos estelares de la India» sería un buen título para una selección de momentos históricos decisivos. En fin: que queda mucho por escarbar aquí. El jainismo, del que casi no hay nada en castellano, también tendrá su sitio en esta tanda.

Trabajo ahora en un libro de humor, «Oficios que no valen la pena», cuyo título es autoexplicativo.

También (¡cómo no!) tendré que escribir algún día mi biografía, porque me han pasado cosas. Se titulará «Los sesenta de un sesentón» o «Los setenta de un setentón», ya dependiendo de cuando tenga tiempo para dedicarme a ello. Espero que, cuando me ponga, no se me haya olvidado casi todo lo interesante, como suele pasar. Esto no quita para que escriba antes algún que otro libro fragmentario de índole biográfica, como uno para contar cómo en el año 1972, con catorce años, en compañía de mi madre, di la vuelta a la India en moto.

Mi novela «Los dioses dormidos» ha gustado lo bastante como para llevarme a que emprenda la elaboración de «El jazmín del desierto», otra novela romántica de aquí te espero, para llorar mucho y conmoverse hasta el tuétano (o eso espero). Está finalizada y a la espera de examen.

¡Atención, jardielistas! Mis estudios y recopilaciones sobre Jardiel también se verán incrementados. Tengo en trance de edición todo su teatro breve, una edición de sus novelas cortas y una colección de cuentos cortos. Y hay cuentos para cuatro o cinco libros más. Aparte, tengo a punto de finalizar un estudio sobre sus novelas. Y me planteo una recopilación de sus cartas y otra de sus entrevistas, pues hay mucho material.

«Teoría y mecanismos del humor» es un libro teórico que aparecerá antes de Navidad. Lo complementaré —espero— con un «Diccionario del humor», que incluirá autores, obras, recursos, y muchas más cosas y que tardará mucho más, porque lo voy dejando a un lado, acuciado por cosas más urgentes.

De varios de estos proyectos mencionados, planeo hacer una versión infantil, más breve y más blanca. Están por aparecer dos volúmenes de mi «Historia para reír», pensada para que los más pequeños aprendan esta asignatura con agrado.

Otro libro del que estoy muy orgulloso y que estoy ahora moviendo es «Viajes chapuceros y lugares espantosos», parodia de los libros de viajes. «Canallas y mangurrinos» colección de parodias históricas que anda por ahí y que espero que pronto vea la luz.

En cuanto a libros más light, tengo recopilados unos centenares de «Anécdotas teatrales» que pueden constituir un volumen majo.

Y luego están algunos libros que aún no tengo bien claro cómo van a ser y de los que dispongo sólo de un título provisional, como son «Sexo para puritanos», «La guía del oficinista feliz», «Cómo ser culto en diez días», «Los hipopótamos de la lengua», «Literatura birriosa» y otros.

Todo ello sin olvidar mi gran libro sobre «Los perros en la literatura», con el que estoy seguro de que me ganaré el cariño de muchos.

En fin: que no me falta trabajo.

Todas estas amenazas literarias penden sobre vosotros en el futuro.


Receta para hacer el ridículo literario

Una vez, hace algún año que otro, presenté mi blog «Humoradas» al concurso de blogs del diario «20minutos» en un insensato afán de conseguir algo de reconocimiento por mis escritos.

No es que pensara ganar en absoluto, entiéndanme. Ni siquiera acercarme a los primeros puestos. Soy consciente de los gustos de mis semejantes. Para empezar yo nunca he ganado nada en ningún sitio, ni me ha tocado nada en ningún sorteo ni lotería. Jamás. (Bien es verdad que lotería nunca compro. Pero no es que no me toque porque no compro, sino al revés: no compro porque sé que no me va a tocar.)

En la sección de Blogs de Humor, «Humoradas», página de la que entonces me sentía tan orgulloso, consiguió el grandioso total de dos votos, dos (2), cifra mágica que me hizo auparme hasta el lugar 141º del escalafón. Expresé entonces mi sincera gratitud hacia aquellos dos señores despistados que me habían elegido a mí, desperdiciando miserablemente su voto. Les dije: «¡Gracias, amigos! Seguro que ambos sois de esos idealistas que en los comicios nacionales votáis a los Verdes, que sería lo que todos tendríamos que hacer si sirviera para algo».

(La posición que ocupé en la categoría Blogs Personales creo que fue la 1.129º o así.)

Superado el trauma, sólo quedaba llevarse una alegría y disfrutar. ¡Con lo que a mí me gusta el humor! Si «Humoradas» no estaba mal, saber que había nada menos que la prometedora cifra de ciento cuarenta blogs de humor mejores era un panorama alentador. Ya me las prometía muy felices leyéndolos y riéndome a mandíbula batiente con sus ocurrencias, disfrutando con sus sutilezas y rasgos de ingenio, sorprendiéndome con sus hallazgos cómicos. Mi disposición de ánimo era la de un niño ante el escaparate de una pastelería bien surtida, un niño que le acabara de robar la cartera a una anciana descuidada y poseyera el suficiente dinero para entrar en la pastelería y degustar hasta la saciedad absolutamente todos los pasteles que quisiera.

Por ello empecé a leer los blogs.

Pero, ¡oh! ¡Mi gozo en un pozo!

El blog que iba en cabeza de todos estaba escrito sin mayúsculas de ninguna clase (¡qué original!), quizá para compensar que no decía nada especialmente interesante. No sólo no tenía mayúsculas, sino que tampoco tenía comas, sino que las substituía por puntos (en frases del estilo siguiente: «juanito. tras pensárselo mucho. salió de su casa. caminó hasta su oficina. y llegó en un santiamén»). Su tema principal era la afición a los videojuegos del hermano de la autora. Era un blog lleno de emoticones (esas caras tontas que ponemos cuando no sabemos encontrar el adjetivo adecuado), con lo que todo está ya dicho.

En cuanto a los blogs de humor, no había más que ver algunos de sus títulos para sobrecogerse ante el derroche de imaginación, creatividad e ingenio: «El pito doble», «El blog de mierda», «La mierda ocurre», «Picapolla y chocholoco», «Fuckoswki», «Cago en tó», «Apesta a excrementos 2», «Achopijo», «Putosurf», «Toy folloso», «La güeb de Macías Pajas», «Más caga un buey que cien golondrinas», «porlaputa.com».

¿Cómo se me ocurrió competir con mis humildes parodias con aquellas joyas literarias, con aquellos grandes creadores? Si había fracasado en mi intento de destacar en el panorama del humor español, me lo tenía bien merecido, por ingenuo.

Y por imbécil.

RESEÑA DE MI ÚLTIMA NOVELA POR RAMON PASO


Acabo de terminar de leer EL FOLLÓN DEL FIN DEL MUNDO de Enrique Gallud Jardiel... ¡Y Enrique le saca los colores a Lope de Vega!

Pues así son las cosas. El escritor más prolífico de las letras castellanas ha sido sin duda el señor Lope de Vega, pero en los últimos tiempos el señor Gallud Jardiel se le acerca peligrosamente y amenaza con rebasar dejándole con dos palmos de narices. Enrique escribe a una velocidad tan de vértigo que parece que lo haga desde la azotea de un rascacielos. Yo soy admirador incondicional de la literatura de Enrique y tengo que reconocer con rubor... que escribe (y publica) mucho más rápido de lo que yo soy capaz de leer. Resumiendo, que Enrique escribe a tal ritmo – y tan bien – que hace que los demás nos sintamos como el Coyote...

Lo último que he tenido el placer de leer de Enrique ha sido El follón del fin del mundo, novela apocalíptica donde se relatan las peripecias de los últimos supervivientes cuando el mundo llega a su fin, peripecias las cuales se descubren como un follón, de lo que se puede entender que el título de la novela es exacto. Hecho que nos demuestra que el escritor es un hombre de palabra, cosa que se agradece en los tiempos que corren. Pues sí, Enrique que, tan pronto escribe manuales absurdos como biografías interesantísimas o estudios eruditos, ahora se ha dejado caer por la ciencia ficción descacharrante... porque, encima, para más cachondeo, salta de un género a otro con la elegancia y el ímpetu de una niña rusa gimnasta. La novela en cuestión, El follón del fin del mundo, es una inteligentísima y graciosísima elucubración de un posible fin del mundo causado principalmente por la estupidez del ser humano. A este fin del mundo sobreviven un profesor, un profeta, un decorador, un esquimal, un perro, un delfín y un montón de animales polares de distintas condiciones. Y aquí, en la supervivencia de estos seres, es cuando comienza lo más interesante de la novela. Enrique, con humor e inteligencia, avanza por cómo se vuelve a crear esa cosa tan rara y que tantos problemas da, pero que tanto nos gusta y que llamamos sociedad. De esta forma, y poco a poco, Enrique nos va descubriendo que hay una cosa mucho peor que el fin del mundo... y esa cosa es: el principio del mundo. Haciendo una parodia sagaz y brillante, todos los tópicos del género – y de la Historia – van siendo arrasados por el humor y el absurdo. El autor conoce perfectamente al género humano – con toda su tontería y todos sus delirios – y le hace la autopsia definitiva. Una crítica inteligentísima que a mí me ha hecho pensar si eso del fin del mundo será una cosa tan mala... Enrique Gallud Jardiel, entre risa y risa, entre iglú e iglú, nos regala una aventura, una reflexión y un aviso.

En definitiva, otro texto imprescindible de Enrique Gallud Jardiel que hay que leer, y para leerlo, pues habrá que comprarlo... ¡Cuidado, Lope de Vega! Beep, beep...

«Amén» (Constantin Costa-Gavras, 2002)




Película que no hay
que perderse: Costa-Gavras:
Amén. Es un film magnífico,
una joya, una obra magna
no apta para pusilánimes,
porque no te enseña nada
gore, pero te produce
más miedo que cien fantasmas,
no a lo sobrenatural
sino a una costumbre humana:
defender sólo a los tuyos
y los demás que se vayan
a tomar... unas cervezas
a la tasca más cercana.

Un oficial de las Ese
Ese en la nazi Alemania
es muy cristiano y muy pío
y tiene una prima hermana
algo subnormal, que vive
en un sitio confinada
(un sitio estatal, se entiende).
Un buen día va y le mandan
dos cartas contradictorias:
«Ha muerto de unas migrañas»,
dice una. «Murió de gripe»,
dice otra. Como no encajan
las versiones, investiga.
Ella ha muerto gaseada
con los otros minusválidos.
¿Qué pasa? La Iglesia clama
y arma un follón de cuidado
en contra de la eutanasia.
El gobierno deja entonces
los gaseamientos en masa.
Hasta aquí todo va bien.
¡Gloria a Dios! ¡Amén! ¡Hosanna!

Pero empiezan a matar
a judíos a mansalva
y ¿qué hace la Iglesia entonces?
Pues la Iglesia no hace nada.
El hombre va a ver al tipo
que organizó la jarana
la otra vez y que es pastor
(no de borregos, de almas),
que le dice: «No es lo mismo.
Los subnormales estaban
bautizados: era lógico
que protestásemos. ¡Falta-
ría más! Pero esto es distinto.
Los éstos... ¿cómo se llaman?
Sí. Los judíos no son
de la religión cristiana,
como bien su nombre indica.
Por lo tanto no hace falta
que te preocupes, pues son
sólo infieles y canalla.»

Cuando se lo cuenta al Nuncio
de Su Santidad, se tapa
el buen Nuncio las orejas
para no escuchar palabra,
porque, si no lo has oído,
no estás forzado a hacer nada.

El oficial pide entonces
permiso de una semana
y se planta en Roma. Allí
quiere contar lo que pasa
al mandamás del país,
a Su Santidad, el Papa.
Pero éste no le recibe,
pues la curia está ocupada
en llevarse bien con Hitler,
que se supone es quien para
el avance comunista.

Así hasta que se acaba
la «peli», en la que se muestran
trenes que raudos viajan
vacíos hacia el oeste
y, cuando cogen su carga,
vuelven llenos hacia el este,
a unos campos que se hallan
más o menos por Polonia,
que es en donde están las cámaras.

¿Y la respuesta oficial
del Vaticano a tamaña
iniquidad? «Las virtudes
necesarias, que hacen falta
cuando mueren inocentes
en un sinfín de batallas
son resignación y fe.»
¡Gloria a Dios! ¡Amén! ¡Hosanna!
  • Entrevistamos al escritor y docente Enrique Gallud Jardiel, que recientemente publicaba nueva novela: “Los dioses dormidos”.
  • Una novela que nos sumerge en las tradiciones de la India con el más puro exotismo y altas dosis de color, sin olvidar la visión crítica de su sociedad.
Enrique Gallud Jardiel

En tu última novela, “Los dioses dormidos”, nos llevas al reino de Satyapur, al norte de la India. La región se encuentra azotada por la sequía y la hambruna. La única solución, según el brahmán o sacerdote real Omnath, se halla en los dioses. A partir de este núcleo, profundizas en las tradiciones hindúes desde el más puro exotismo y con altas dosis de color. ¿Por qué elegiste esta clave para dar pie a la novela?

Me interesaba tratar varios conflictos que podían muy bien enmarcarse en esa historia. Uno era el de la India mística enfrentada a la India científica, pues no hay que olvidar que este país desarrolló una ciencia muy temprana e inventó el concepto del cero, que posibilitó el sistema métrico decimal. Y luego, el hinduismo, con sus virtudes y sus defectos es el gran desconocido en Occidente. Se tienen muchas nociones erróneas que, en la novela, he podido aclarar y especificar. Por otra parte, el exotismo de un reino antiguo daba mucho juego para elementos mágicos y atractivos argumentalmente.

El poder de lo visual en la novela es tremendo, y prima en ocasiones sobre todo lo demás. ¿Así se vive la India, donde el color lo inunda todo?

Cuando regresas a Europa tras una estancia en la India parece que llegaras a un país en blanco y negro. La India tiene no sólo color por doquier, sino también una gran luminosidad que lo potencia. Es un país donde la estética es muy importante para sus habitantes, que aprecian mucho las artes y lo bello en general.

Los dioses dormidos

En tu novela hablas de los bailes, de la vida en palacio, de los ascetas y de cómo estaba constituido el poder en los estratos más altos. ¿Tu afán era meramente retratar la historia o también denunciar las injusticias que subyacían al ordenamiento social hindú?

Las historias se cuentan para algo. Una narración de amores, aventuras e intrigas no tiene sólo por qué tener la finalidad de entretener. Yo creo que se puede aunar el entretenimiento más puro —y respetabilísimo— con la crítica social o política. El poder y sus mecanismos no han cambiado porque el hombre ha cambiado sus costumbres exteriores, pero no su naturaleza. Por ello, la visión crítica de una época antigua es perfectamente aplicable a nuestro momento actual. Algunas de las lacras de la sociedad hindú —la discriminación a las mujeres, el excesivo poder de los sacerdotes, etc.— están deliberadamente insertas en la trama.

La narrativa de esta novela es pausada y tranquila, ¿ajustaste el tono y ritmo de la narración para que ilustrase también la paz de esta cultura ancestral?

En cierto modo. Pero tampoco he pretendido hacer u n libro muy pausado. De hecho, en la segunda parte los acontecimientos se precipitan y pasan muchas cosas en muy pocas páginas. La impresión sobre la que me preguntas se debe a la profundidad de los diálogos, que no son superficiales, sino que todos tienen un sentido oculto y son, en definitiva, reflexiones sobre muchos temas.

Eres doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Jawaharlal Nehru de Nueva Delhi (India), país en el que residiste diecisiete años. ¿Cómo es vivir en la India?

Es radicalmente distinto de Occidente, una realidad paralela. Yo marché a la India para pasar dos meses y me quedé dieciocho años, lo que demuestra la fascinación que ese país puede ejercer sobre una persona.

¿Qué no se ha dicho aún sobre “Los dioses dormidos”?

No se ha dicho que muestra lo peor y lo mejor de una cultura muy desconocida. No se ha dicho que en la India no todo es misticismo y yoga, sino que los indios son un pueblo con una mente muy lógica, que aplican a todas las situaciones. No se ha dicho que es una novela —si es buena o mala no soy yo quien debe decirlo— pero sí completamente distinta a las otras novelas históricas o de costumbres exóticas que se han escrito.

¿Qué planes futuros tienes para la novela?

Si te refieres a si planeo seguir con algo semejante, te diré que trabajo en una historia de amor ambientada en Arabia en el siglo VII, al poco de la fundación del Islam. Es la historia de Laila y Majnu, una trama muy bella, basada en hechos reales —aunque lógicamente adornada con episodios posteriores— muy famosa en Asia pero completamente desconocida en Europa. Habla de un poeta que se volvió loco por amor y de todas las aventuras que pasó.

Tienes a tus espaldas una bibliografía que supera los 70 libros, entre novelas y ensayos sobre filosofía, religión, lexicografía, filología, traducciones. ¿Cómo afrontas cada nuevo libro? ¿Lo haces de manera distinta según vaya a ser un ensayo o una novela?

Obviamente. El ensayo requiere mucho trabajo previo, documentación y luego mucho control al escribir en lo que se refiere al empleo de la lengua, a la veracidad del dato, a la estructura. La ficción, cómica o dramática, te da mas libertad y te hace disfrutar más.

¿Cómo ves el panorama literario en España?

No lo veo. Hay grandes escritores (en este país siempre los ha habido) pero son los famosos televisivos los que venden más libros. Un editor y poeta a quien admiro mucho me dijo hace poco que si los escritores fueran tan famosos como los cocineros de alta cocina, este país quizá podría tener salvación. No se puede decir de mejor manera.

¿Tienes en mente un nuevo libro? ¿Será novela, será ensayo?

En mente, como proyectos, tengo bastantes. Y sobre el papel, a medio escribir, varios de ellos. Me ocupo de una Historia cómica de la filosofía, de otro libro de humor que se titula provisionalmente Oficios que no valen la pena, preparo un ensayo sobre el teatro de Alejandro Casona y otras cosas varias en las que trabajo alternativamente. En la Feria del Libro de Madrid aparecerá dentro de unos días una novela mía de humor catastrofista titulada El follón del fin del mundo, que espero que divierta a muchos.
SIENTO ABUSAR DE LA PUBLICIDAD, PERO, ¿QUÉ QUERÉIS? SIEMPRE PASE ESTO DURANTE LA FERIA DEL LIBRO
 

RESULTADOS DE LA ENCUESTA POPULAR SOBRE LO QUE DEBO HACER CON EL RESTO DE MI VIDA




A juzgar por las opiniones de los encuestados, mi futuro no está nada claro.

En cuanto a si debo seguir escribiendo literatura de humor y riéndome del todo el mundo, el 80% dijo que sí, pienso que por compasión, aunque un 20% me indicó que lo hiciera únicamente si prometía no meterme con Cervantes.

Un 35% opinó que no debía escribir más literatura seria, porque en ese género yo era un cursi redomado.

A la pregunta de si podía escribir lo que me diese la gana, la mayoría respondió que sí, mientras no lo publicase y no diese la lata a los lectores. Otros me aconsejaban que escribiera, pero con cuentagotas.

Sobre la cuestión de si sería deseable para las gentes que yo emigrase a cualquier sitio desde donde no les pueda molestar, hubo división de opiniones. El 11% optó por Australia, el 50% eligió Tierra de Fuego y el 39% restante marcó la casilla de «Más lejos si es posible».

Finalmente, ante la pregunta sobre si debía abandonar la literatura y emplear todo mi tiempo a alguna actividad inofensiva, hubo «quorum» y todos dijeron que sí. El 11% eligió la cría de canario como actividad sustitutiva de la escritura; el 25%  me recomendó que me dedicase a coleccionar sellos del Camerún y el 63% a contar los cuadritos de todas mis camisas.


Reseña de «Palabras literarias»

Ricardo Guadalupe: «Palabras literarias», Octaedro, Barcelona, 2010.

Nadie negará a estas alturas el poder inconmensurable de la palabra. Yo soy un cinéfilo empedernido —nada tiene que ver una cosa con otra— pero no tengo reparo en afirmar, en contra del tópico, que una palabra vale más que mil imágenes, por lo que pueden estimular y poner a trabajar a la imaginación humana, que es el alimento del alma. Fue Talleyrand quien dijo aquello de «Dadme una página cualquier escrita por un hombre y hallaré en ella algo por lo que merezca ser ahorcado».Las palabras valen. Las palabras comprometen. Las palabras significan.

Ésta es la razón de mi entusiasmo por las combinaciones de palabras y por los juegos que con ellas se pueden hacer. Soy un gran aficionado a la retórica, pero poco aficionado —lo reconozco— a los que escriben libros de retórica, que suelen ser señores muy sesudos que emplean ejemplos tomados de Horacio, Ovidio o uno de esos señores pesados.

Por eso me ha gustado tanto y recomiendo con entusiasmo este libro de Ricardo Guadalupe —que condujo un programa de radio sobre este tema—, donde el autor nos habla de todas esas cosas maravillosas que se pueden hacer con los vocablos: jitanjáforas, binomios fantásticos, lipogramas, acrósticos, palíndromos, quiasmos, y otras combinaciones lingüísticas, muchas de ellas con nombres griegos dificilísimos pero muy divertidas, que convierten a los textos que las usan en algo extremadamente placentero.

Este libro tiene dos cualidades supremas en literatura: la claridad y la amenidad. Se explican al detalle todos estos procedimientos de la manera más directa y sintéticas que hallarse pueda —algo muy complicado, pues lo que se lee con facilidad se ha escrito con gran dificultad— y se ilustran con ejemplos acertadísimos, muy explicativos y, por si esto fuera poco, generalmente divertidos y de gran claridad. Y, por último, se le propone al lector en cada sección que juegue él también con la figura que se ha descrito, se le invita a participar en un proceso creativo e intelectual para mejora de sus procesos mentales.

Los amantes de las palabras y del idioma no deben dejar de hacerse con este estupendo libro.

Mi último libro: una edición crítica de«La vida es sueño»


UNO DE LOS TESOROS DE LA HUMANIDAD (Y NO EXAGERO)

La vida es sueño (1635), basada en una leyenda oriental, es una de la obras cumbre del teatro mundial. Calderón de la Barca trató en ella temas de gran profundidad filosófica, como la irrealidad del mundo o el problema de la predestinación y el libre albedrío. Su protagonista, el personaje de Segismundo, ha quedado como símbolo universal del hombre que se pregunta por el lugar que ocupa en el mundo y por el sentido de la vida. Pero, aparte de este contenido conceptual, la pieza incluye una trama de gran interés dramático, con muchos elementos de intriga y sorpresa, y un verso preciosista de gran calidad y belleza.

Reseña de «Teoría del majarón malagueño»

UN LIBRO IMPRESCINDIBLE
Alfonso Vázquez: Teoría del majarón malagueño, Almuzara, Córdoba, (4ª ed.), 2012.

Dice el chiste que una vez un exaltado entró en el Once —el barrio judío de Buenos Aires— y comenzó a disparar a mansalva con una ametralladora. Tras ser detenido, alegó que los judíos «habían matado a Nuestro Señor Jesucristo». Cuando se le informó de que aquello había sucedido hacía dos mil años, él se justificó, diciendo: «Yo es que resién me enteré ayer».

Pues eso me ha pasado a mí con el descacharrante libro Teoría del majarón malagueño, que se editó en el 2007 (lleva ya cuatro lustrosas ediciones) y yo no lo he conocido hasta hace poco, lo cual significa nada menos que cuatro años de risas perdidas. Esta cuarta edición dice estar corregida y aumentada. Que el autor aumente su humor es algo que me complace, lógicamente; pero no hace falta que se corrija en nada, porque escribe muy bien desde el principio.

Vázquez —creador de otros divertidísimos libros como Livingstone nunca llegó a Donga o Crimen on the rocks— se aventura nada menos que a cocinar (con la inimitable salsa de su mirada satírica) los tipos de majarones malagueños (luego especificaremos cuáles), a presentárnoslos en una bandeja decorada con su ingenio y a cortárnoslos en pedacitos —como si fueran un filete para los niños—, con el fin de que los lectores disfrutemos al máximo con el mínimo esfuerzo, ya que su prosa es fluida, variada y simpatiquísima (lo que para mí constituye el elogio supremo).

El autor estudia a sus conciudadanos y concluye que las tipologías de los habitantes de la bella Malaka fenicia se resumen en tres; el «majarón» propiamente dicho (manera malagueña de decir que alguien está como una cabra del Tirol), el «merdellón» (que evoluciona gradualmente desde el hortera al nuevo rico) y el «chusmón» (quizá el peor de todos y el más difícil de definir, salvo que hayamos visto a algún concursante de ésos que se encierran en casas, en islas o en platós televisivos, cuando deberían estar encerrados en dependencias estatales).

Se nos ofrecen muchos graciosos ejemplos y aquí Vázquez se muestra generoso al derrocharlos para beneficio del lector. Otro escritor más avaro con sus ideas —yo, por ejemplo— habría atesorado cuidadosamente las anécdotas que nos cuenta, pues muchas de ellas servirían perfectamente de base para un cuento o incluso para una pieza teatral.

La segunda parte del libro trata de la ciudad y de sus aspectos más emblemáticos. Se ve que el autor la conoce muy bien y que la ama profundamente. Y si no la ama, lo disimula muy bien y no se le nota en absoluto.

En resumen: un libro excelente, para guardarlo y releerlo de año en año, como remedio para la recurrente depresión post-vacacional o para cualquier otra que pueda ir surgiendo.

En la misma colección hay otros títulos sobre las idiosincrasias cordobesas, sevillanas, gaditanas, etc. Pero yo no pienso leer esos libros, pues constituirían un anticlímax. No pueden ser mejores que éste.

La cortina de humo





Barry Levinson, 1997



¿«Films» sobre televisión?
No sé si recuerdo alguno
en este momento. A ver...
Tenemos «Network: un mundo
implacable», «EDTV»
y «La cortina de humo».
¿De cuál quieren que les hable?
¿Les da igual? Lo haré del último,
que pone a la «tele» en solfa
y muestra su lado oscuro.

La trama está bien montada:
el Presidente de turno
se cepilla a una menor
cuando sólo faltan unos
pocos días o semanas
para elecciones. Si alguno
se entera, no ganará.
Hay que distraer al público.

Contratan para el trabajo
a un productor —que es un punto
de mucho cuidado— quien
les propone un plan astuto:
se inventarán una guerra
de mentira (los muy brutos),
distraerán al personal
con éste y otros infundios
para que olvide el «affaire»
y así saldrá todo a gusto
de todos. Bien. Dicho y hecho:
se meten en un estudio
de televisión y graban
un alarmante discurso
del Presidente, diciendo
que es casi, casi seguro
que Albania tenga mil armas
con las que dar un disgusto
a los Estados Unidos
en un cercano futuro.

Comienzan la guerra falsa.
Emiten varios minutos
de imágenes con diversos
bombardeos tremebundos.
Las gentes, como borregos,
se tragan todo ese truco.
Van alargando la historia
hasta que dan por seguro
que el pueblo les votará
en su momento oportuno.

No contaré más detalles
ni más episodios chuscos
por si alguno no la ha visto.
Mantendré el final oculto.

Pero lo que es destacable
—y uso el verso como púlpito
para denunciar a voces
cosas que me indignan mucho—
es la forma en que la «tele»
está controlando el mundo.
Ya sé que parece un tópico,
un lugar común al uso,
pero es verdad. No olvidemos
que el mangoneo es algo sucio,
que aquello que obstaculiza
el albedrío de uno
es despreciable. Y la «tele»
sólo nos crea barullo
mental, nos dice mentiras,
modifica nuestros gustos,
hace que compremos cosas
de innecesario consumo,
nos oculta mil verdades
por procedimientos burdos,
nos aliena y nos engaña
veinte veces por segundo.
Y, sin que nos demos cuenta,
nos vamos volviendo estúpidos.

Por eso es muy necesario
mantener el seso lúcido,
aprender a distinguir
lo que es claro de lo turbio,
lo que es cierto de lo falso,
lo nuevo de lo caduco,
lo fútil de lo importante,
lo inane de lo profundo.
Hemos de ser muy escépticos
—que no se queden con uno—,
pensar por nosotros mismos,
no caer bajo su influjo,
comprobar bien nuestras fuentes
y preservar el orgullo
de ser criaturas pensantes
y ser individuos únicos.