Anécdotas de mentirijillas



 
 Estas anécdotas sobre viajes son muy famosas, aunque no las conoce casi nadie, magnífica contradicción de la que nos valemos para insertarlas aquí con toda desfachatez. Advertimos que no todas son verdaderas: como no hemos encontrado bastantes para llenar un escrito de proporciones decentes, nos hemos tenido que inventar algunas. Queda a la discreción del lector avisado averiguar cuáles son las apócrifas.


         Cristóbal Colón anunció a su tripulación que los Reyes Católicos, en un rapto de generosidad rarísimo en ellos, habían prometido un premio en doblones contantes y sonantes a aquél que avistase tierra. Un marinero sevillano, conocido como Rodrigo de Triana, fue el primero en verla, desde su puesto de vigía de la nave capitana.
Hasta aquí esta anécdota que estamos narrando se desarrolla con normalidad y sin ninguna sorpresa. Diríamos que es más aburrida que otra cosa.
Pero entonces el Almirante, con una caradura aterradora, alegó que el único merecedor del premio era él mismo, puesto que ya había visto la tierra antes, en su imaginación. Así es que rehusó por completo pagarle a Rodrigo de Triana y no soltó la pasta, por más presión que le hizo toda la marinería.
Rodrigo cogió un cabreo importante y, a su regreso del viaje, se fue a vivir a Marruecos y se hizo musulmán, visto que de los cristianos no podía uno fiarse.
Con esta conducta, Colón quedó fatal, pero, puesto que se embolsó los doblones, aquello no pareció importarle lo más mínimo.

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         Allá por el año 1420 (o puede que fuera el 1422: es que ya no me acuerdo muy bien) el emperador de China, Yung-Lo, se ausentó de su capital durante un viaje y dejó a su consejero Kang Ping al cuidado de su harén.
         El emperador era un paranoico de mucho cuidado y, además, tenía un carácter muy cruel y sanguinario. El consejero supuso que, a su vuelta, el monarca le acusaría de haberse ayuntado con sus concubinas y le haría rebanar el cuello, no sin antes haberle sometido a unos de esos tormentos chinos tan típicos que siglos más tarde harían famoso a Fu-Man-Chu.
         Kang Ping quiso curarse en salud, por lo que se atizó unos cuantos copazos de vino de arroz, para coger valor, y luego se castró con toda la delicadeza de la que fue capaz. Después introdujo en el equipaje del emperador aquella parte que había dicho adiós al resto de su anatomía.
         Cuando el emperador regresó de su viaje, acusó al consejero de haber gozado de las chinitas. En ese momento Kang Ping recuperó su miembro perdido del equipaje y demostró que a él de nada podía acusársele.
         Yung-Lo le dijo entonces que sólo le había querido gastar una broma con la acusación, puesto que tenía completa fe en él y jamás se le habría ocurrido pensar en serio que Kang Ping le pudiera traicionar, por lo que aquel sacrificio había sido totalmente inútil e innecesario. Le sermoneó un rato sobre lo mala que podía ser a veces la precipitación.
         El consejero quedó chafado al oír esto, pues dedujo —con razón— que la posteridad se reiría de él, en lugar de compadecerle. El emperador le recompensó y, a su muerte, mandó levantar en su honor un templo, nombrándole protector eterno de los eunucos y los cretinos.

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         El explorador inglés Richard Burton (al que no hay que confundir con al actor que se casó con la pechugona) fue el primer occidental en colarse de rondón en la peregrinación a La Meca, algo totalmente prohibido para los no musulmanes, también llamados ‘cafres’ (en árabe ‘kafir’, «infiel».)
         Bien es verdad que el italiano Ludovico de Verthema ya lo había hecho tres siglos antes que Burton, en 1503, pero como el sujeto en cuestión era extranjero para ellos, los ingleses decidieron no tenerlo en consideración e ignorarlo por completo, afirmando que Burton fue el primero en realizar aquella hazaña. En Inglaterra se funciona así en lo referente a los que han tenido la inmensa desgracia de no nacer allí.
         Para no ser descubierto, Burton tuvo que hacer tremendos sacrificios, de los cuales circuncidarse no fue el peor. Mucho más le costó tener que aprenderse algunas palabras en árabe para ir tirando y manejarse, no por la dificultad intrínseca de la lengua, sino porque es sabido que los ingleses han conseguido extender el inglés por el planeta debido a su empeño en no aprender en absoluto ninguna lengua de las que hablan las «razas inferiores» (los ingleses entienden por «raza inferior» a todas menos la suya).[1]
         Aunque Burton se disfrazó perfectamente de patán afgano mediante el sencillo procedimiento de no lavarse en año y medio, su vida corrió verdadero peligro y en varias ocasiones estuvo a punto de descubrirse su verdadera identidad británica, por su manía de exclamar «¡Dios salve a la reina!» en los momentos más inoportunos. Afortunadamente para él, sus compañeros de peregrinación le consideraron ‘majnu’ («loco», «cretino») y no hicieron mucho caso de lo que decía.
         También despertó sospechas el hecho de que tardara diariamente una media de tres horas y cuarenta minutos en enrollarse el turbante y que, aun así se le cayera cada dos por tres. Por ello, además de loco, adquirió fama de ser tremendamente torpe.
         La mochila que llevaba (un regalo de la Royal Geographical Society, con el nombre de esta egregia institución impreso en la tela en letras doradas) tampoco ayudó mucho a preservar su anonimato.
         Podemos concluir, sin temor a pecar de exagerados o alarmistas, que Burton fue afortunado en salir de Arabia sin perder más partes de su anatomía que aquélla que había cedido voluntariamente.
         En 1855, ya en Londres, publicó el libro The Pilgrimage to Al-Madinah and Meccah [La peregrinación a Medina y La Meca], donde, aparte de escribir las palabras árabes como Dios y la Iglesia Anglicana de Inglaterra le dieron a entender, no contó absolutamente nada interesante, pues la prosa no era su fuerte.

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         Según la tradición, tras la victoria de Maratón, un soldado de nombre desconocido corrió 40 kilómetros en pocas horas, desde el lugar de la batalla hasta Atenas, para anunciar la victoria griega. Una vez transmitido su mensaje, cayó extenuado y murió allí mismo.
         La historia es bonita.
         Pero existe la posibilidad de que sea una mentira más grande que la Sagrada Familia cuando la acaben.
         Porque narra Heródoto —en uno de esos libros suyos tan plúmbeos— que sí se sabía el nombre del soldado: se llamaba Filípides y sus amigos le decía «el Fili». Se conocían de él también muchos datos; sus capitanes incluso guardaban relación escrita de cuántas veces le habían arrestado por conducta poco decorosa en relación con los rebaños ovinos que proporcionaban leche al ejército griego.
         Además (siempre según la versión herodótica), no fue corriendo hasta Atenas, ¡que va!, sino que lo hizo hasta Esparta, que estaba aún más lejos.
         Y no corrió 40 kilómetros, sino 240.
         Y no lo hizo en unas horas, sino en dos días, parando a pasar la noche en una fonda.
         Y no fue después de la batalla, sino antes.
         Y no lo hizo para anunciar victorias, sino para todo lo contrario: para pedir refuerzos, porque, sin ellos, estaba claro que los persas les iban a dar para el pelo.
         Y, sobre todo, no murió tras su carrera, sino que se dio un baño y pidió que dos morenas espartanas le dieran un masaje con aceite de oliva (que, por cierto, le dejaron como nuevo).
         Entre lo que cuenta la tradición y lo que cuenta Heródoto no sabemos realmente qué creer, lo que demuestra que la Historia es una cosa blanduzca, intangible e imprecisa a la que no hay que hacer ningún caso.

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         Abdul Kasim Ismail (938-995), Gran Visir de Persia, era un grandísimo esnob al que le gustaba presumir de ser un hombre muy culto. En realidad, su coeficiente intelectual era tal que se habría visto en un aprieto si hubiera tenido que atarse él solo los cordones de los zapatos. Por fortuna para él, sus babuchas no llevaban cordones.
         Se vanagloriaba en especial de ser un gran amante de la lectura. Para demostrarlo, nunca se separaba de sus libros e iba con ellos a todas partes. Bien es verdad que poseía sólo seis libros en total.
         Entonces sucedió que le ofrecieron de saldo una biblioteca extensísima, de más de 117.000 volúmenes. El precio era una verdadera ganga y el Visir no podía dejar de adquirirla sin que se descubriese que los libros le importaban un dátil (un pimiento, en terminología europea). Así es que la compró enterita.
         A partir de ahí se le planteó un dilema, porque el mantenimiento cohesionado del imperio le obligaba a viajar con frecuencia. ¿Se separaría de sus supuestamente amadas nuevas adquisiciones literarias? He aquí cómo se las ingenió para poder seguir teniendo fama de bibliófilo y lector empedernido.
         Como el dinero no era problema, dedicó al asunto cuatrocientos camellos bien robustos que, desde ese día en adelante, acarrearon los libros allí donde el Visir se dirigía. En cada desplazamiento, a la litera del Visir le seguía una caravana de rumiantes jorobados, que llevaba los libros por orden alfabético. Cuando en cualquier parada el Visir quería fingir que deseaba consultar algún volumen en concreto, mandaba acercarse al camello de la letra correspondiente al inicio del título. Ésta fue la primera biblioteca ambulante del mundo.
         Lo que los historiadores no contaron en su día (por decoro o por deseos de conservar la cabeza en su sitio adecuado) era que, tras los camellos cargados de libros, venían los que transportaban a un buen número de señoritas cuidadosamente elegidas y también organizadas por orden alfabético. Ellas entraban subrepticiamente en la tienda del Visir cuando éste simulaba estar leyendo, para entretenerle jugando al ajedrez, con toda probabilidad.

*        *        *

         Mucho antes que Erik el Rojo, vikingo trashumante, otros hombres hollaron con sus pies (¡qué verbo más cursi!) el suelo de América.
         Fue en el siglo xxvii (es decir: hace la tira de años) y el honor correspondió a dos flacos astrónomos chinos, llamados Hsi y Ho, cuyos apellidos se desconocen (bueno, los desconocemos nosotros; se supone que ellos sí los sabrían).
         Salieron de China por orden del emperador Huang Ti, que los mandó que se fueran a Fu Sang (que no es ningún sitio feo, sino los territorios al este del Celeste Imperio). Nuestros dos hombres se embarcaron y viajaron hacia el norte, por el estrecho de Behring, y luego hacia el sur, costeando el litoral americano y costeándose el viaje de su propio bolsillo, porque el emperador era tacaño y no les dio dietas.
         Parece ser que visitaron el Gran Cañón del Colorado, que se hallaba recién inaugurado por aquel entonces. Incluso llegaron en sus excursiones hasta México y Guatemala, salvo que fueran unos exagerados y contaran eso sólo para presumir.
         Decidieron regresar a China —porque los tallarines americanos no acababan de convencerles— y relataron de pe a pa su viaje. Pero el emperador estaba ya mayor y no se acordaba muy bien de ellos, por lo que casi no se enteró de lo que le estaban contando. De hecho, durante la audiencia, creía estar presenciando una comedia y se quejó de que salieran tan pocos personajes y de que no tuviera música.
         Los burócratas hicieron un informe con cinco copias y lo archivaron cuidadosamente, sin prestarle ninguna atención, por lo que este primer descubrimiento del Nuevo Mundo permaneció más desconocido para la Historia que el nombre del inventor del pan con mantequilla.


[1] Claro está que la historiografía inglesa no podía reconocer el atasco lingüístico de Burton sin dejarle en ridículo. Según nos dice con toda desfachatez la Encyclopedia Britannica, Burton hablaba con gran fluidez nada menos que veintinueve lenguas de las difíciles, amén de un porrón de otras más sencillas. Permítasenos dudarlo, aunque al hacerlo pudiera parecer que les tenemos tirria a los ingleses.

La pequeña puerta del cielo (Reseña)

Ignacio Fernández Candela: La pequeña puerta del Cielo, Entrelíneas Editores, Madrid, 2013. Editorial Pelícano, Miami 2011. 

Ignacio Fernández Candela es un hombre polifacético. Ha destacado como pintor, como poeta, como conferenciante y, lo que más nos interesa aquí, como novelista, un campo en el que ha hecho oír una voz propia y que merece una especial atención. Su vida, llena de vicisitudes y —¿por qué no decirlo?— de aventuras a la moderna, le ha servido para acumular unas experiencias que son materia literaria de primer orden. No hablamos de elementos autobiográficos, lo que siempre resulta más socorrido, sino de un profundo conocimiento no sólo de los hombres, sino también de la sociedad en la que a su pesar tienen que vivir esos hombres y cuyas injusticias tiene que soportar día tras día. 

La pequeña puerta del Cielo es una novela impactante. A diferencia de la mayoría de las acumulaciones de páginas impresas y encuadernadas que hoy en día se venden como si fueran libros reales, esta obra es un proyecto completo y muy logrado, con su tema, su argumento, su mensaje, sus peripecias y sus reflexiones, en el mejor estilo clásico de lo que una novela debe ser, pese a sus connotaciones futuristas. Confluyen en ella tres historias con un eje común: la despiadada y merecida crítica a una sociedad deshumanizada que todos toleramos en silencio, lo que nos hace de alguna manera merecedores al sufrimiento que tal esquema de cosas nos inflige. Un despiadado asesino en pugna con sus semejantes, un sacerdote que cuestiona dos mil años de hipocresías y, sobre todo —lo que más nos ha conmovido—, la magníficamente detallada historia de un anciano estafado por las maquiavélicas artimañas de la banca. Ismael Bellver, despojado de lo suyo por un sistema corrupto y por una burocracia insensible, muestra una grandeza digna de los mejores personajes de la novela realista rusa o francesa. Sus andanzas en su intento de recobrar lo que legítimamente es suyo nos recuerdan a los sufrimientos del personaje balzaquiano de Cesar Birotteau, el desdichado arruinado de la novela de su mismo nombre que vaga, desesperado, por París intentando conseguir unos pocos francos para evitar la ruina y el suicidio. El personaje de Fernández Candela no tiene menos grandeza que el de Balzac. 

Con todo ello, la novela tiene además un estilo fuerte, intenso, caso despiadado. No se trata de agradar al lector, sino de sacudirle en lo más profundo de su mente y sus sentimientos, de hacerle ver lo que nos rodea y hacia dónde vamos, cuál es el resultado lógico e inexorable de este mundo inhumano al que todos contribuimos y cuya radical injusticia no podemos ver, quizá por estar demasiado inmersos en él. Vista con la perspectiva del tiempo, nuestra época parecerá una de las más injustas de la historia de la humanidad, bajo su aparente capa de civilización, decoro y corrección política. 

Recomiendo de veras la lectura de esta valiente denuncia de los males de nuestro tiempo, una novela con muchas sub-tramas y con gran variedad de elementos, pero centrada en el dolor innecesario y la injusticia, esos eternos compañeros del hombre desde el principio de los tiempos y de los que aún no hemos sabido librarnos.

El error del Judío Errante






Si hay alguien que viajó mucho
ése ha sido el Judío Errante,
que lleva dándole al pie
dos mil quince años cabales.
Como nunca ha estado claro
quién es este personaje
y sólo se le menciona
para embellecer las frases,
es necesario dar una
o dos clases magistrales
para explicarle al lector
el CV de este viajante:
de dónde salió, qué hizo,
si vestía impermeable
o prefería el paraguas,
si era del Barça o del Atle-
tico del Madrid o el Betis,
si era Piscis o era Aries
y si viajaba ligero
o cargado de equipaje.

Aprovechando que somos
unos sabios formidables
y muy cultos, contaremos
con sus pelos y señales
las gestas de este individuo
entre místico y mochales,
quien, a causa de un error
en verdad imperdonable,
lleva andando veinte siglos
sin un tirón ni un calambre.

Empecemos. Hubo un hombre
más judío que Cervantes
al que Jesús pidió agua
yendo al Gólgota una tarde;
y el tipo —que se llamaba
Aheverus, el muy cafre—
se la negó con crueldad,
que era un tacaño incurable
que no daba, por no dar,
ni los «buenos días» a nadie.
Y éste fue el error de marras.
Ante actitud tan infame,
el buen Dios le castigó
a no morir ni de cáncer
sino a pasarse los siglos
pendiente del almanaque,
yendo de un lugar a otro,
sin familia, sin compadres,
ni amigos ni conocidos
ni perrito que le ladre,
a vagar hasta el Día de la
Resurrección de la Carne.

(Ahora no nos vendría mal
alguna cita pedante
para dar nivel al verso.
Allá va: Jacob Basnage
—quien, según lo que se dice,
era un autor protestante—
afirma que no hubo uno
sino «dos» judíos errantes;
y así complica el asunto
de manera detestable
en su obra Historia judaica,
libro que no hay quien lo aguante.)

Seguimos. Según el mito,
Aheverus, el andante,
se recorrió toda Europa
a pinrel, de parte a parte,
y sin nunca envejecer
ni tener que medicarse,
yendo de acá para allá,
desde Turquía hasta Flandes,
de Macedonia a Alemania
y de Finlandia a Alicante.
Sin embargo, ser eterno
no es algo recomendable,
pues se quedó sin dinero
y acabó pasando hambre.
Desempeño mil oficios:
fue cocinero y fue sastre;
dicen que durante un tiempo
se dedicó al espionaje;
fue vendedor de seguros,
guía turístico en los Alpes,
«boy» en una discoteca,
bufón, bombero y gendarme;
fue macero en un palacio,
vendedor de antigüedades,
buzo, dependiente en una
tienda de libros de lance
y ministro de Luis XV
antes de meterse a fraile.

Durante todo ese tiempo
se apareció en mil lugares:
estuvo en Viena y en Praga,
en Bruselas y en Newcastle,
en París, Leipzig y Munich
y en las islas Baleares
tomando baños de sol
para ver de broncearse.

Los que le vieron dijeron
que era más feo que pegarle
con un calcetín sudado
en la cabeza a tu padre.
Su nariz era ganchuda;
tenía cara de vinagre;
ojos como puñaladas
en un melón, con un parche,
pues era tuerto; el cabello
más pringoso que un jarabe;
las orejas, de soplillo;
los dientes, llenos de caries...
En fin: tenía nuestro héroe
un aspecto presidiable.

Aun así salió en comedias,
en novelas y en romances:
en el Queen Mab, de Percy Bysshe
Shelley; en el Dichtung und Wahrheit,
de Goethe, y hasta en Los fune-
rales de la Mamá Grande,
de ese escritor con bigote
que fue Gabriel García Márquez;
en El inmortal de Borges;
en Dayan de Mircea Eliade
y también... (pero esta lista
se está poniendo cargante
y es hora ya de dejarla,
porque se hace interminable).

Resumiendo, que es gerundio:
la inmortalidad no vale
la pena; sólo está bien
para las festividades,
mas ser eterno del todo
incluso en días laborables
es trabajar demasiado
y sin parar. ¡Que me aspen
si no morirse jamás
y no poder jubilarse,
sino seguir dando el callo,
es una vida envidiable!
Así es, queridos amigos
o enemigos, ya lo saben:
es mejor palmarla pronto
que trabajar mil edades
como le pasa a Aheverus,
que tiene un destino gafe,
pues no se morirá nunca
y ahora curra en un garaje.

El inadecuado nombre de América



          ¿Cómo el nuevo continente llegó a obtener su nombre actual?

          ¿Por qué caprichos del Destino América se llama América y no Colombia, como hubiera debido ser? (¿O Cristobalistán? ¿O Cristoforolandia?) ¿Qué pasó? ¿Quién tuvo la culpa? ¿A quién podemos cargarle el muerto de tamaña metedura de pata? Son preguntas que no dejan dormir a ninguna persona decente.

          La relación de esta cadena de casualidades, equívocos y errores ayuda a hacerse una clara idea de las chapucerías en que incurrían habitualmente nuestros antepasados. Ya se empezó mal, rematadamente mal, porque el primer nombre que tuvieron las nuevas tierras fue el de ‘Indias’, que les aplicó tranquilamente Colón, por confusión con la India Oriental. Después se denominaron ‘Indias Occidentales’ y este nombre fue el usado en España hasta bien entrado el siglo xviii, a falta de otro más fácil de recordar. A partir de ese momento, cada quisque las llamó como buenamente pudo o quiso. La palabra ‘América’ se consolidó bien consolidada con la difusión del mapa del cartógrafo Mercator, en 1541, quien, además, se forró vendiéndolo a precios de escándalo.

     El nombre de América deriva del navegante Américo Vespucio que, pese a ser italiano, iba siempre bien peinado. ‘Américo’ es un nombre germánico: ‘Amal-rich’, que significa «fuerte en el trabajo». La historia de esta derivación lingüística es en extremo interesante pero, pese a serlo, a nosotros no nos importa nada, por lo que nos la saltamos alegremente.

          ¿Cuál fue la razón de que América lleve su nombre? Vespucio no fue quien antes puso en ella el pie. Ni puso ninguna otra parte de su anatomía. Tampoco afirmó falsamente el haber sido el primero en hacerlo y, lo que es más curioso, probablemente no supo nunca nada del asunto: cuando murió era ignorante por completo del lío que se iba a armar con su apellido, que ya hemos dicho que era un nombre germánico y etcétera, etcétera. Durante mucho tiempo se acusó a Américo Vespucio de haber provocado voluntariamente la confusión y se escribieron muchos libros sobre el tema de si Vespucio fue un honesto hombre de ciencia o un sinvergüenza con ansias de notoriedad. Bien es verdad que distribuyó por doquier unas hojas impresas tituladas «Mundus Novus» [Nuevo Mundo], pero eran sólo publicidad de un bar de señoritas.

          No obstante, lo del «Mundus Novus» fue lo que provocó la confusión que hoy nos ocupa y nos impele a escribir cosas. El caso es que Vespucio sí estuvo en América (a donde marchó, huyendo de sus acreedores); cuando volvió a su patrita («patria chica: de ahí el diminutivo), geógrafos, cosmógrafos, cartógrafos y peluqueros, así como la gran masa instaron a Vespucio a que relatase con pelos y señales sus aventuras y sus exploraciones. En septiembre de 1504 (ese año que nevó tanto, ya saben) hizo imprimir un folleto titulado ni más ni menos que «Lettera di Amerigo Vespucci delle isole nuovamente trovate in quattro suoi viaggi», donde relataba sus viajes en 1502, 1499, 1497 y 1504, expediciones interesantes, aunque un poco desordenadas.

          ¿Qué pasó luego? Pues que en 1507, un impresor pirata de Vicenza, impulsado por la sanísima intención de ganarse unos florines extra, reeditó el folleto vespuciano, titulándolo esta vez «Mondo novo e paesi nuovamente retrovati da Alberico Vesputio fiorentino», o sea: «El nuevo mundo y los países recientemente descubiertos por el florentino Américo Vespucio». El sentido quería ser «El nuevo mundo descubierto, escrito por Américo Vespucio», pero la elipsis de «escrito» provocó la fatal ambigüedad. Una simple coma antes de la preposición «por» hubiera aclarado la frase e imposibilitado cualquier malentendido, pero ¿quién sabe o ha sabido nunca usar adecuadamente los signos de puntuación?

          El libro —reimpreso muchas veces porque se regalaba en los mercados con la compra de un kilo de cebolletas en vinagre— divulgó la falsa noticia de que Vespucio descubrió aquellos mundos; lo demás se lo pueden ustedes imaginar.

     Otro dato curioso: cuando la «Lettera» de Vespucio se vertió del italiano al latín, muchos traductores tradujeron ‘Américo’ por ‘Albericus’. (No se extrañen: conozco a muchos que traducen peor). Pero en la «Cosmographiae introductio», donde se dibujó por primera vez el nombre en un mapa, el traductor Juan Basin escribió ‘Américus’. Si hubiera escrito ‘Albericus’, como era lo frecuente, hoy el continente no se llamaría América, sino Alberica, y parecería talmente una aldea zaragozana.

         Y me dirán ustedes: ¿y no intervino en aquel asunto el famoso entrometido del Padre Las Casas, que solía meter las narices en todas las cosas que no le importaban? Pues sí lo hizo, ¡faltaría más! Afirmó que Vespucio (que ya estaba muerto y enterrado, y hasta había empezado a ser ya pasto de los gusanos, como es lo correcto en estos casos) había creado la confusión de mala fe, con el fin de escamotear a Colón el honor de ser el descubridor de América; ergo, Vespucio era un impostor de los que sólo entran tres en un kilo.

         Resumiendo, que es gerundio: durante todo el siglo xvii se entabla una disputa erudita entre aquellos historiadores que no tenían otra cosa mejor que hacer sobre si Vespucio dijo o no dijo, sobre si hizo o dejó de hacer. Como entonces no había programas de «famoseo», las gentes se entretenían principalmente con estos asuntos y otros aún más estúpidos. En el siglo xviii, Voltaire, indignado, escupe sobre su tumba (sobre la de Vespucio, ¡claro! Hacerlo sobre la propia hubiera sido más difícil). En el xix, el mismísimo Ralph Waldo Emerson (famoso filósofo estadounidense, inventor del arroz con leche) llama a Vespucio ladrón y proxeneta (sobre esta segunda acusación no nos decidimos a pronunciarnos por falta de datos fidedignos).

          La verdad no resplandecería hasta los estudios del famoso profesor Magnaghi (del que no sabemos nada en absoluto, pues, a pesar de ser tan famoso, no le conocía casi nadie), que demuestran que la frase equívoca se imprimió sin conocimiento de su autor y que Vespucio fue un científico humanista, incapaz de fraude, que pagaba sus impuestos, que donaba sangre con frecuencia, colaboraba con varias ONG’s y acariciaba cariñosamente a todos los perros callejeros con los que se cruzaba.

          América lleva, al fin y a la postre, el nombre de una persona eminentemente digna y respetable, aunque este pormenor no le ha servido al continente para nada, como su historia no para de demostrar.