El hombre que iba a casa del dentista - Enrique Jardiel Poncela

JARDIEL EN LA RADIO, OBRA IMPRESCINDIBLE


Jardiel Poncela escribió «Usted tiene ojos de mujer fatal» haciendo una versión todo lo libre que le dio la gana de su novela «Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?», que había sido un éxito de los de aúpa cuando se publicó. El mito de don Juan —el personaje más popular de la literatura mundial con diferencia, muy por delante de quijotes, hámletes y bovaries— tiene un encanto irresistible y siempre funciona a la perfección en el teatro. La versión jardielesca no iba a ser menos que las demás y su autor cosechó grandes triunfos con esa obra, divertidísima y magníficamente construida en lo que a «carpintería teatral» se refiere». Pero, siendo puñeteros, si alguna pega se le podía poner a tal comedia era su superficialidad, pues no dejaba de ser una historia de amor, inusual, eso sí, pero poco más que eso.
 

Y hete aquí que Ramón Paso viene a completar la obra de Jardiel y a añadir todos los elementos que en ella podrían echarse en falta. Su valiente adaptación respeta casi reverencialmente el original, al tiempo que aporta los elementos dramáticos que resultan imprescindible para que lo cómico resalte cuanto tiene que resaltar. Con el marco de una emisión radiofónica de la obra, Paso nos presenta a una compañía que intenta hacer arte durante el franquismo, empresa ya de por sí meritoria. En ese enrarecido trasfondo del mundillo teatral de los años cuarenta, vemos a un Jardiel muy humano, que sufre por tres amores: por una mujer que le ha traicionado y de quien no sabe si puede volver a fiarse, por un amigo que llega a un triste fin debido a la innata crueldad de los hombres y por una amada España en la que pensar es un lujo y opinar un peligro. Esta dimensión del autor-personaje que interviene en su propia obra añade profundidad, calidad y variedad al texto original, mejorándolo sensiblemente.
 

Y luego, la dirección de Ramón Paso, acertadísima, barroca, completa, plena de detalles y de sutilezas. No menos buena la interpretación. Un Oshidori fabuloso —difícil reto el de entusiasmarnos en ese papel a los que recordamos la versión televisiva de Ismael Merlo—, interpretado a la perfección por Juan Carlos Talavera con gran aplomo y dominio del personaje. Desde aquí le hacemos patente nuestra admiración por su arte. Un Jardiel Poncela profundo y lleno de matices dramáticos que David Zarzo encarna con intensidad y solvencia, pese a la dificultad del papel. Una deliciosa y graciosísima Ana Azorín en un muy jardielesco carácter —una señora de la limpieza metida a actriz que reacciona ante lo que ve y dirige la actitud del público—, que no le va a la zaga al personaje de Rodriga de «Los habitantes de la casa deshabitada». Una «dama joven» al uso de aquellos tiempos que Inés Kerzán interpreta muy bien, de manera pulcra, limpia y convincente, aportando gran simpatía a la obra. Y dos personajes secundarios con los que Ángela Peirat y Carlos Seguí nos deleitan y nos divierten. Bien es verdad que se ha dicho que en las obras de Jardiel no existen secundarios y que todos los papeles tienen su realce y su importancia.
 

En resumidas cuentas: una función de las buenas, «de las de antes de la guerra», como se decía después de la guerra. Una función que no hay que perderse porque es una logradísima mezcla de lo antiguo y lo moderno, de lo cómico y lo dramático, del talento de Jardiel y el de Paso (no escribimos ‘jardielesco’ y ‘pasiano’ porque este último adjetivo no es muy afortunado). Vayan a verla. Hágame caso. Si no les gusta, yo mismo les devolveré el dinero de mi propio bolsillo.

«Dilo bien y dilo claro» (Reseña)



Víctor J. Sanz & Antonio Martín: Dilo bien y dilo claro, Larousse, Barcelona, 2017. 288 págs.

 


Víctor J. Sanz y Antonio Martín han elaborado una obra de inmensa utilidad que debería ser el libro de cabecera de muchísimos profesionales, no únicamente de los que se dedican a las letras en una u otra forma. Se trata de un vademecum de la buena expresión, de un manual de comunicación profesional titulado Dilo bien y dilo claro, algo muchísimo más difícil de lo que podría parecer, a juzgar por lo que oímos y vemos todos los días en los medios y a nuestro alrededor.
 
¿Otro manual de estilo, se me dirá? No: algo mucho más amplio y necesario, por varias razones que voy a exponer. 

Los manuales de estilo al uso suelen tener el defecto de ser partidistas: intentan crear normas propias, para que su periódico o su televisión se distinga. Sus peculiares directrices se suelen imitar y, al final, todos los periódicos (por ejemplo) acaban cometiendo sus propios errores y los errores de la competencia, rebajando siempre su nivel.

Otros libros de esta índole se centran en exceso en la normativa académica y acaban siendo excesivamente rígidos y anticuados en su forma. Hallamos en ellos ejemplos de cuando nosotros estudiábamos, hace muchos años, lo que nos revela que no son muchas veces sino refritos de libros más antiguos.

Y, por último, suelen eludir aspectos muy necesarios de la modernidad. No tiene sentido que te enseñen a poner bien los acentos si luego eliges en tu ordenador un tipo de letra, una fuente en la que todas las íes parecen ir acentuadas, como es el caso de la desafortunada fuente «Lucida Handwriting».

Pues bien: el presente libro tiene todo ello en consideración y es una lección magistral de cómo se estructura un tratado para que sea sencillo, comprehensivo y preciso a la vez.

Incido en que he consultado muchos libros teóricamente semejantes que me enseñaban muchas menos cosas que éste. En él se trata de lo que se debe hacer y —quizá mucho más importante— de lo que se debe evitar en la comunicación. Se das las pautas para corregir textos y para hacerlos más atractivos, cosa que las directrices de la RAE no enseñan. Se indica cómo presentar el mensaje, en lo referente a una trasmisión al público, con eficaces formas de controlar el tiempo y las herramientas complementarias. Y, en fin, muchas cosas más de verdadera utilidad.

Es un producto de Larousse en colaboración con Cálamo & Cran, elaborado por dos grandes profesionales que saben muy bien lo que se traen entre manos. Lo recomiendo encarecidamente no sólo a a todos aquellos que por su profesión se vean en la necesidad de escribir, hablar, hacer presentaciones o simplemente trasmitir su mensaje, sino a cualquier persona que desee mejorar su lengua y sus habilidades comunicativas. Recuerden que si en algunas circunstancias una imagen puede valer más que mil palabras, hay otros muchos casos en los que una palabra correcta o incorrecta, adecuada o inadecuada puede valer por mil imágenes, pues dará a los demás una imagen indeleble y definitiva de lo que somos y lo que significamos.

EL INFARTO DE JULIO CÉSAR




Hemos de contar aquí
la muerte de Julio César,
que no falleció de anginas
ni de fiebre tifoidea,
sino de unas puñaladas
dadas con mano certera,
repartidas sabiamente
entre el cuello y las caderas,
entre un costado y el otro,
entre el bazo y la azotea.

La cosa comenzó el día
que dijo la frase esa
que se sabe todo el mundo;
ya saben cuál digo: «Alea
jacta est», lo que equivale
a decir que no hay más cera
que la que arde y que la Historia
le obligaba, puñetera,
a dar un golpe de estado,
a liarse a la cabeza
la manta y cruzar el río
Rubicón, que entonces era
(como dicen los imbéciles)
una «zona de no-guerra».

Como fuere: fue y lo hizo,
y toda la patulea
de Roma le aclamó mucho,
bendijeron a su abuela,
le sepultaron en flores,
dieron vítores con fuerza
que casi le dejan sordo
y mostraron su aquiescencia
a acabar con la República
en unánime revuelta
y apoyar la dictadura,
que es una forma concreta
de gobierno que consiste
en que mande un sinvergüenza.

César, por todos sus actos,
tenía una fama tremenda:
conquistó toda la Galia
y un barrio de Pontevedra,
y cuando fue a Alejandría
hizo arder la Biblioteca.
Esto gustó mucho en Roma,
donde la tirria era intensa
al clan de los Ptolomeos,
por lo que hubo una gran juerga
entre los romanos cuando
lo leyeron en la prensa.

Además de estas hazañas,
César tenía cosas buenas,
la adornaban mil virtudes:
sabía tocar la muñeira
en una gaita que le
regaló un amigo celta;
tenía grandes aptitudes
para tenor de zarzuela;
podía recitar a Horacio
y pintar a la acuarela;
su mente era tan potente
que hasta comprendía el teorema
de Pitágoras, el griego;
era un tremendo estratega;
sabía redactar mejor
que Cervantes y Saavedra
juntos; según sus amigos,
hacía el arroz con almejas
mejor de todo el Imperio
Romano, con diferencia;
no sólo esto: era guapo,
hermoso y de gran belleza,
por lo que ligaba mucho,
debido a su buena percha;
no era calvo, no, ¡qué va!,
como la Historia nos cuenta
(escrita por enemigos),
sólo sufría alopecia,
una disfunción pelar
e insuficiencia melénica,
pero, con arte e ingenio,
solventó pronto el problema
y se encargó un peluquín
hecho con pelo de cebra
que la antiestética calva
le disimulaba entera.

Más César era ambicioso.
Quiso dominar la tierra:
Hispania, Galia, Bretaña
Murcia y hasta el Congo Belga,
por lo menos; se creía
que era el Alfa y el Omega,
poseía un ego más grande
que todo el Imperio persa
y era un tío más flamenco
que la Niña de la Puebla.
Así es que el hombre tenía
metido entre ceja y ceja
ser el dictador de Roma
con toda plenipotencia
y para ello estaba listo
a armar la marimorena.

Pero nos dilatemos:
vamos a entrar en materia.
Al saberse que Julito
preparaba una revuelta,
los senadores, reunidos
a la hora de la merienda
—y tras tomarse tres tazas
de Cola-Cao con galletas—,
ni cortos ni perezosos
pusiéronse a la tarea
de conspirar en su contra
y pensar una estrategia
para librarse de él
y acabar con el dilema.

«La cosa no se resuelve
con ponerle una querella»,
dijo alguien. (No damos nombres,
que chivarse es cosa fea.)
«Según opinión de muchos,
César es una culebra
que se la ha enroscado a Roma
y le sube por la pierna»,
dijo otro. «Agradecería
que nos evitaras esas
comparaciones que haces
y que resultan tan desa-
gradables», le interrumpieron.
Otro iba a echar una arenga,
pero el líder, muy prudente,
le cortó la verborrea
diciendo: «La solución
es trágica, cual Medea,
pero no hay otro remedio:
¡hemos de endiñarle mecha!
Si tenéis fuerza y valor
todo irá como la seda.
Mas si alguien se achanta, ya
sabe dónde está la puerta.
¿Estáis de acuerdo?» «¡Lo estamos!»
«¡Muy bien!, pues ya sólo queda
el cómo, el cuándo y el dónde».
(No piense mal el que lea;
no juzgue mal a estos tipos
viendo en crimen que planean,
pues, comparados con Julio,
que pretendía ser un déspota,
aquellos carcas traidores
parecían ser de izquierdas.)

La conversación siguió
hasta la hora de la cena.
«¿Le matamos en el Foro
cuando esté pasando cuentas
o cuando vaya a hacer jogging
junto al templo de Minerva?»
«¿Quién le pinchará primero?»
«Sorteemos papeletas
con nuestros nombres.» «¿Y cuándo?
¡Hay que elegir una fecha!»
«En marzo, que ya no llueve.»
«Tenemos aquí un problema:
no poseemos puñales.»
«Haremos una colecta
para comprar tres o cuatro,
o quizá media docena.»
«O uno, y lo vamos pasando,
y así ahorramos.» «¡Buena idea!»

Por fin llegó el día fatídico
que inspiró muchas comedias
a Shakespeare y a otros señores
que no tenía materia
ni imaginación y usaron
la vida de Julio César
(yo estoy haciendo lo mismo:
no me lo tengan en cuenta.)
Dicen que hubo mil prodigios:
luces en el cielo, grietas
en las paredes, los gatos
maullaban por peteneras,
había tigres en las calles,
abogados y otras fieras.
Los presagios avisaban
de que lo sensato era
pasarse el día en la cama
y no aventurarse fuera,
para evitar los fantasmas
o no romperse una pierna,
que el asfaltado de Roma
estaba hecho una pena.

Calpurnia, supersticiosa
y asustada hasta la médula,
aconseja su marido
que no acuda a la asamblea:
«No vayas al Capitolio:
diles que tienes paperas».
Pero César, emperrado
en que es un día de faena
y en que no hay que hacer ni caso
de trasgos y de pamemas,
desayuna y con su toga
se dirige con presteza
 a su oficina (el Senado)
para ver lo que se pesca.

Unos tipos con aspecto
de no haber dormido esperan
a que llegue el dictador
y suba las escaleras.
El líder de los rebeldes,
al ver que César se acerca,
dice: «Limpiad el puñal.
Morirá, mas con asepsia».
Un segundo conjurado
saca el cuchillo (que era
alquilado por un día
y había que darlo de vuelta)
y se lo muestra a la víctima,
que enseguida se da cuenta
de que van con las del beri
(eso se veía a la legua),
de que ha metido la pata
y que, en realidad, hubiera
debido quedarse en casa
y hacer caso a la parienta.

Quiere evitar su destino
usando su don de lenguas,
por ver si puede liarles,
y exclama: «¿No os da vergüenza?»
Pero se ve interrumpido.
«¡No estamos para monsergas!»
Y entonces los asesinos
se hicieron la contraseña
(que, por cierto, consistía
en tocarse con la yema
del meñique la nariz,
sacando a un tiempo la lengua)
y como chacales fieros
dan un salto hacia su presa
dispuestos para una es-
cabechina, ¡los muy bestias!

César, que les ve venir,
se muere allí con presteza
del corazón, sin dar tiempo
a que se acerquen siquiera.
Muriendo así se libró
de pagar sus hipotecas
y en lo que respecta a él
allí acabó su tragedia.

Claro, queda su agresor,
a quien pilla por sorpresa
el infarto y se detiene
gritando: «¡Maldita sea!
¡Y yo que he estado ensayando
a apuñalar con destreza...!
Hemos hecho un gran ridículo.
¡Marte, qué suerte más perra!»
«No pasa nada», asegura
el líder. «Si se planea
algo, ha de llevarse a cabo.
Aunque esté muerto no es esa
razón de no apuñalarle,
pues no le hace diferencia.
Acabemos de una vez
con lo nuestro y ¡allá penas!»

Dicho y hecho, los rebeldes
se metieron en materia
y al fin y al final de todo
le sacaron las mantecas;
de cuchilladas le dieron
al menos varias docenas,
pues le estuvieron pinchando
al menos una hora y media
sin parar, porque le apu-
ñalaban de pura inercia,
y le pusieron perdida
de sangre la vestimenta;
y así, al final, parecía
no un político ni un césar,
ni siquiera un hombre, sólo
mermelada de frambuesa.

Esta historia de ambiciones
contiene una moraleja:
a los hombres no les gustan
los hombres que les superan
en gloria, seso o virtudes.
Todos los mediocres llevan
muy mal que haya hombres mejores.
Y por eso, si te dejas,
en la primera ocasión
ponen tu nombre a una esquela.