Leonardo da Vinci contra el maltrato animal


(La Florencia renacentista. Por un mercado pasea Leonardo da Vinci con dos de sus discípulos: Francesco Melzi y Gian Giacomo Caprotti.)

Gian Giacomo.—¡Qué buena idea tuvisteis, maestro, de visitar el parque donde se encuentra la jirafa.
Francesco.—Una idea como todas las vuestras.
Leonardo.—En efecto. Lorenzo «el Magnífico» sabe cómo contentar a su pueblo y, sobre todo, cómo entretenerle.
          Francesco.—¿Qué os ha parecido la jirafa, maestro?
          Leonardo.—Un bello animal, querido Cesco, como lo son todos sobre la faz del planeta.
          Gian Giacomo.—Nuestro señor, Lorenzo «el Magnífico», la ha hecho traer de tierras lejanas y la exhibe en sus jardines para que toda Florencia pueda recrearse los ojos contemplándola.
          Francesco.—Lo hace por acrecentar su fama.
          Leonardo.—No me importan los motivos, porque aumenta así la cultura de su pueblo. Muchos errores pueden perdonársele a Lorenzo por estos detalles. ¡Qué hermosa bestia! De vuelta en mi estudio, haré diversos bocetos de su anatomía. Tenía un cuello impresionante, ¿no te parece, Gian Gia?
          Gian Giacomo.—Maestro, os ruego que no me llaméis así. Al decir ese nombre da la impresión de estuvieseis carraspeando o se os hubiera quedado pegado un caramelo en la garganta.
          Leonardo.—Es un diminutivo cariñoso, Gian Giacomo. Yo lo empleaba por ahorrar sílabas, ya que si sigues conmigo te tendré que llamar muchas veces.
          Gian Giacomo.—Sí, pero no me suena bien. Si os place y queréis abreviar, podéis llamarme Gi.
          Leonardo.—¿Gi?
          Gian Giacomo.—Sí: Gi.
          Leonardo.—En tal caso parecerá que me río de ti.
          Gian Giacomo.—Entonces llamadme Como.
          Leonardo.—¿Cómo?
          Gian Giacomo.—Eso: Como.
          Leonardo.—Eso pregunto yo: ¿cómo?
          Gian Giacomo.—Simplemente Como.
          Leonardo.—No lo entiendo. ¿Cómo que Como?
          Gian Giacomo.—¿Cómo que cómo que Como? ¡Pues Como!
          Leonardo.—¿Cómo qué, repito?
          Gian Giacomo.—No habéis caído, maestro. No me entendéis.
          Leonardo.—Intento hacerlo, pero no veo cómo.
Gian Giacomo.—Quiero decir que me llaméis Como, de la misma manera que llamáis Cesco a Francesco.
          Leonardo.—¡Ah! ¡Haberlo dicho, hombre! Me estabas haciendo un lío tremendo.
          Francesco.—Pues sí, la jirafa es un animal impresionante.
          Leonardo.—Todas las criaturas vivas son dignas de admiración: las águilas, de vuelo majestuoso; los tigres, con su elegancia natural; las musarañas, con su..., con su... No consigo acordarme de qué tienen las musarañas, pero estoy seguro de que son también esplendorosas en su especie. Por eso hemos de respetar a todas las bestias.
          Gian Giacomo.—Sin embargo, maestro, en el libro sagrado del Génesis se nos dice que Dios hizo a los animales para recreo y regocijo del hombre. ¿No os opondréis a esto, imagino? ¿No seréis de la cáscara amarga?
          Leonardo.—En absoluto. Pero la supremacía del hombre sobre las bestias no justifica su maltrato. Se puede juzgar a una civilización por la manera en la que trata a los animales.
          Francesco.—¿Eso no lo dijo el Mahatma Gandhi?
          Leonardo.—Eso lo digo yo, y basta.
          Gian Giacomo.—Sois muy bondadoso, maestro. Pero habréis de reconocer que muchos se burlan de vos por vuestro amor por las fieras. Cuando se enteran de que sois vegetariano, os acusan de blandito y hasta de que no os gustan las mujeres.
          Leonardo.—Sí, lo sé. La gente se asusta de las cosas que le parecen distintas. Pero matar para comer es una conducta salvaje que sólo se justificaba en la antigüedad, cuando el hombre era un completo salvaje. Pero ahora estamos ya a fines del siglo xv, en una época de total modernidad. El hombre está muy civilizado y no tiene sentido esa carnicería que hace con terneros, cerdos y otros animales.
          Gian Giacomo.—¿Entonces es pecado matar a un ternero para comérselo?
          Leonardo.—Para mí lo es.
          Gian Giacomo.—¿Y devorar un pollo?
          Leonardo.—También.
          Gian Giacomo.—Entonces es un pecado mucho mayor el de comerse un plato de berberechos, porque los animales que matas son muchos más.
          Leonardo.—Querido Como, tú lo que quieres es que me pille el toro, pero no me dejaré enredar en tu casuística tramposa. Debemos ser respetuosos con todas las formas de vida, pues son parte del Todo, de la sagrada Naturaleza a la que pertenecemos y de la que hemos salido.
          Gian Giacomo.—¡Eso es la herejía panteísta! Tendréis que tener cuidado, maestro, de que nadie os escuche.
          Francesco.—Hablad de otra cosa, por favor, que me estoy poniendo nervioso. (Refiriéndose a un puesto en el mercado.) ¡Oh, ved qué hermosos pimientos! (Llegan ante la tienda de Farruquio, un vendedor de palomas que tiene muchas de ellas en diversas jaulas.)
          Leonardo.—Mirad a estas pobres bestias encerradas, sufriendo la crueldad de los humanos.
          Gian Giacomo.—Se hace con ellas un estofado riquísimo, maestro.
          Leonardo.—No será con éstas, te lo aseguro.
          Gian Giacomo.—¿Qué pensáis hacer?
          (Leonardo se dirige a los transeúntes que hay por allí y les habla en voz alta.)
          Leonardo.—¡Oh, Florentinos, oídme unos instantes, prestadme atención! (Las gentes del mercado se detienen y se disponen a escucharle.)
          Hombre 1.º.—¡Es Leonardo!
          Hombre 2.º.—¡El gran artista!
          Mujer 1.ª.—Es el protegido del «Magnífico».
          Mujer 2.ª.—Dicen que es muy sabio. Oigamos lo que tiene que decir.
          Leonardo.—(Dirigiéndose a la multitud.) Mirad a estos inocentes animales. Contempladlos en su cautiverio. ¿No percibís la tristeza de sus cantos por la falta de aire en que volar? Nacieron libres, aprendieron a surcar los cielos, que es su hogar y habitat natural. Y ahora: vedlos: están temerosos, apretujados, casi no respiran. Se les ha privado de su derecho natural a surcar el cielo. Y yo que yo os digo es...
          Hombre 1.º.—(Con entusiasmo.) ¡Muy bien dicho!
          Gian Giacomo.—(Al Hombre 1.º.) Espérate, que aún no ha dicho nada.
          Leonardo.—... y lo que yo os digo es: ¿para qué? ¿Para que sus vidas sean vendidas por unas pocas monedas? ¿Para que hallen la muerte en unas sucias cocinas? (Los que le escuchan comienza a conmoverse.) ¿Para que un cocinero gordo, seboso y sin compasión les dé muerte retorciéndoles el pescuezo? ¿Para ser servidos en una fuente rodeados de aceitosas patatas fritas? ¿Os parece es bien? ¿Os parece eso digno?
          Voces.—¡No, no!
          Leonardo.—Ved sus expresiones de terror, considerad su fragilidad, pensad que son criaturas sensibles y en absoluto inmunes al dolor. ¡Yo os conmino, florentinos!: no matéis a estos lindos animales.
          Mujer 1.ª.—¡Pero las palomas ensucian nuestras calles!
          Leonardo.—Da gracias, entonces, de que los elefantes no vuelen. (Risas entre la multitud.) Mostrad vuestra compasión y vuestra grandeza de alma. Perdonadles la vida a los animales.
          Hombre 1.º.—¡Así lo haremos, Leonardo! Nos haremos verdurianos, como tú lo eres.
          Leonardo.—(Corrigiéndole.) Vegetarianos.
          Hombre 1.º.—Eso quería decir.
          Hombre 2.º.—Sí, lo haremos. Sólo comeremos berzas y cosas de esas de aquí en adelante.
          Leonardo.—Con lo que vuestro bolsillo saldrá ganando, pues las berzas salen mucho mejor de precio que el carnero o la perdiz. Y ahora, queridos conciudadanos, ved lo que hago. (Se dirige a las jaulas y las abre, dejando en libertad a los pájaros, que salen volando. La multitud se admira.)
          Todos.—¡Oooooh!
          Farruquio.—¡Mis palomas!
          Francesco.—(A Farruquio.) Nada te preocupe, buen hombre. El gran Leonardo te pagará tus palomas con generosidad. Siempre lo hace.
          Farruquio.—Eso me tranquiliza.
          Hombre 1.º.—¡Eres grande, Leonardo!
          Leonardo.—Gracias, amigos.
          Hombre 2.º.—¡Tu bondad es tan profunda como tu sabiduría!
          Leonardo.—Favor que tú me haces. (Las gentes se van dispersando.)
          Voces.—¡Viva Leonardo! ¡Viva! (Se van todos.)
          Leonardo.—(A Farruquio.) Y ahora, querido amigo, tratemos nuestros asuntos.
          Farruquio.—Reconozco que has hecho una buena acción. Yo tampoco soy feliz cazando aves para luego venderlas. Pero la cosa está muy mal y de algo hay que vivir. Ahora, sin embargo, tras haberos escuchado, me avergüenzo de mi oficio.
          Leonardo.—Y, sin embargo, lo desempeñas.
          Farruquio.—¿Qué podía yo hacer?
          Leonardo.—Haberlo pensado antes.
          Farruquio.—Era joven y no teñía más habilidad que ésta de cazar pájaros. Y eso hice para mi sustento.
          Leonardo.—Haberlo pensado antes, te repito. Podías haber aprendido otro oficio.
          Farruquio.—Es cierto. En fin, volviendo a las palomas que soltasteis: me place que estén en libertad sin que nadie salga perdiendo.
          Leonardo.—Tus palabras son sensatas. Ahora ha llegado la hora de pagarte. (Echa mano a la faltriquera.)
          Farruquio.—Muy bien.
          Leonardo.—¡Mecachis!
          Farruquio.—¿Qué pasa?
          Leonardo.—No sé dónde... Disculpa, amigo: me he dejado la bolsa en el otro traje.
          Farruquio.—(Muy enfadado.) ¡¿Cómo?!
          Gian Giacomo.—(Respondiendo por inercia.) ¿Qué?
          Francesco.—(A Gian Giacomo.) No te dice a ti.
          Farruquio.—(Indignadísimo. A Leonardo.) ¿Que no tienes dinero, me estás diciendo?
          Leonardo.—Pues... no. Me lo he dejado en casa, como te he dicho. ¡Qué torpeza la mía! ¡Qué tonto soy! (Riendo, para disimular.) ¡Ji, ji!
          Gian Giacomo.— (Respondiendo como antes.) ¿Qué?
          Francesco.—(A Gian Giacomo.) ¡Que no te dicen a ti, te repito!
          Farruquio.—Ahora mismo vuelvo. (Se mete en su tienda.)
          Leonardo.—¿Adónde ha ido?
          Francesco.—Quizá a sacar la libreta, para apuntar la deuda.
          Gian Giacomo.—¿Tú estás tonto? ¿Has oído hablar alguna vez de algún mercader italiano que haya fiado jamás nada a un cliente?
          Leonardo.—(A sus discípulos.) ¿Vosotros no llevaréis nada encima, por un casual?
          Gian Giacomo.—¿Nosotros?
          Francesco.—¡Qué va! Eso de tener dinero es sólo cosa de ricos. (Aparece Farruquio con un palo.)
          Farruquio.—(A Leonardo.) Veamos. La cosa es muy sencilla: uno de los dos va a cobrar y va a ser ahora mismo. O vos o yo: elegid.
          Leonardo.—¡Ya os he dicho que no llevo dinero encima! ¿Qué queréis que haga? Decidme.
          Farruquio.— (Comenzando a darle a Leonardo una paliza que se escucha al otro lado de los Apeninos.) Haberlo pensado antes.
 TELÓN

Los movidos amores de Cleopatra

 



 La última reina del anti-
guo Egipto, la gran Cleopatra,
se llamaba en realidad
con un nombre horrible: Lágida.
Fue hija de Ptolomeo
número doce y hermana
del trece, al que se cargó
una bonita mañana
de abril para hacerse sitio
y encontrarse así más ancha
en el trono, que reinar
mano a mano con un plasta
(como había estipulado
la tradición egipciana)
es cosa nada agradable
y poco recomendada.

Por su belleza sonaron
las trompetas de la fama,
pero hay que reconocer
que eso fue una gran patraña,
porque la chica no era
bella, sino fea con ganas.
Tenía enormes las narices,
pecas en toda la cara,
las orejas de soplillo,
varias verrugas en ambas
mejillas, boca torcida,
dientes negros y papada.
Por si esto no era bastante,
tenía una chepa en la espalda,
al contrario que en el pecho
—lugar en el que era plana—,
las piernas cortas y gordas
y una cervecera panza.
Entonces, ¿a qué se debe
que se la considerara
una señora estupenda
de esas que tiran de espaldas?
La respuesta es bien sencilla:
si alguno no la alababa,
si no elogiaba su rostro,
si no la piropeaba,
si no juraba por Ra
que era inmensamente guapa,
hermosa, bella, bonita,
divina, linda y galana,
ella se sentía muy mal,
se frustraba y mosqueaba,
y entonces, acto seguido,
les ordenaba a sus guardias
que cogieran al blasfemo,
al punto le propinaran
una paliza tremenda
y luego le despojaran
de aquella parte del cuerpo
a la que se tiene en tanta
consideración, de forma
que nadie quiere extraviarla
y menos que se la corten
con cuchillos o tenazas
de una manera violenta.
(Suponemos que la causa
de los elogios a la
reina ha quedado bien clara.)

Si Cleopatra es hoy famosa,
es porque estuvo liada
con el Cayo Julio César
(y que era un Cayo con calva,
por extraño que resulte),
quien cruzó la mar salada
con un montón de soldados
romanos para dar caza
a Pompeyo, un enemigo
que había salido por patas
huyendo de él, pretendiendo
hallar escondite en Karnak,
en Luxor o en cualquier otra
ciudad que fuera barata.

César le siguió hasta allí
y le zurró la badana,
cortándole la cabeza
con el filo de su espada,
porque cortarla con otra
cosa (con una almohada,
por ejemplo, o un silbato
era empresa complicada).

Tras cargarse a su enemigo,
César se tomó unas vaca-
ciones, se instaló en Egipto,
conoció a la soberana
y se cayeron tan bien
que al poco rato ya estaban
quitándose los ropajes
y folgando entre las sábanas.

César padecía de ataques
de epilepsia, lo que daba
bastante morbo a la reina,
a la que le iba la marcha
y era aficionada al sado.
Por eso, si se terciaba
que estando en medio del goce
él ponía caras raras,
sacudía la cabeza,
daba gritos y saltaba,
ella se ponía contenta
y enseguida aprovechaba
y daba de puñetazos,
tortas, pellizcos, patadas,
coces, capones y bofe-
tadas muy bien propinadas
a su pobre amante, que
no se enteraba de nada.
Ella así satisfacía
sus perversiones más básicas
y se quedaba feliz;
y él, cuando se levantaba
y encontraba todo el cuerpo
hecho una pena, con ara-
ñazos, golpes, moratones,
contusiones y otras marcas,
no entendía ni una jota
y creía que era magia.

Con el hijo que tuvieron
—Cesarión— César tramaba
que Egipto y Roma tuvieran
una estirpe real romana,
más la cosa no cuajó.
A Roma no le gustaba
tener una reina gorda,
sino que la quería flaca
y Cleopatra no cumplía
lo que de ella se esperaba.
Además, como la tipa
era bastante antipática,
no supo ganarse al pueblo
de Roma, que la miraba
con bastante asquito. En fin:
aunque hubiera sido amada,
habría dado un poco igual,
pues César palmó en las gradas
del Capitolio, al sufrir
cuarenta y tres puñaladas.
Su proyecto se quedó
sólo en agua de borrajas
y ella tuvo que volverse
con el rabo entre las patas.

Al regresar, vio que Egipto
se encontraba hecho una lástima.
(Fue entonces cuando la reina
le dio a su hermano una horchata
que estaba rica y fresquita,
además de envenenada.)
Otra hermana, Arsinoé,
también se levantó en armas
y armó una guerra civil
de esas que salen muy caras.
Cleopatra le pidió a Marco
Antonio —un cantamañanas
del ejército de César
que no había vuelto a casa
porque viviendo en Egipto
podía hacer su real gana—
que matase a Arsinoé, la
puñetera de su hermana,
por rebelde, y que lo hiciera
aquella noche sin falta.

Marco Antonio, por quedar
bien, se cargó a la muchacha
bien muerta y pensó cobrarse
el servicio que prestara
a la monarca en especie.
Ella le invitó a su cama
y de esos amores suyos
(más bien de esas cochinadas)
se han escrito cien poemas,
tragedias, comedias, dramas
y hasta en alguna ocasión
se han llevado a la pantalla
en algún film de esos que
cuestan una millonada.

¿Cuánto duró aquel idilio?
Pues no duró mucho: hasta
que Octavio, cónsul de Roma,
se decidió a armar jarana,
porque —todo hay que decirlo—
estaba ya hasta las napias
de Marco, que por haberse
desposado con Octavia,
su hermana, era su cuñado.
Pero Marco era un pelanas
que por orden de la egipcia
fue y repudió a la romana.
Para vengarse de Marco,
Octavio mandó sus trapas
(queríamos decir «sus tropas»,
pero entonces no rimaba)
para hacer migas a Egipto
en una sola batalla.

Cuando Marco Antonio supo
la suerte que le esperaba,
cogió un caballo veloz,
muchos víveres y un mapa
y no se le ha vuelto a ver
el pelo. No nos extraña.
En cuanto a Cleopatra, sepan
ustedes que la monarca
quiso hacerse el harakiri
para que no la pillaran
las tropas de Roma, pero
como no tenía katana,
pensó pasar al plan B:
permitir que le picara
una serpiente de esas
tan asquerosas que campan
por sus respetos allí,
cerca del Nilo y sus aguas.
Como no tenía una a mano,
se la encargó a una criada,
con instrucciones de que
fuese al mercado a comprarla.
Eso hizo la sirvienta,
y, en verdad, halló una ganga,
porque se encontró a un áspid
(o, mejor dicho, a una áspida)
con garantía de veneno
que le salió bien barata,
por lo que pudo sisar
y hacerse con una capa
de brocado que le hacía
tremenda ilusión comprársela.

Cuando tuvo la serpiente,
se la presentó a su ama
en una cesta hecha ad hoc
y entre varias piedras planas.
Aquí los historiadores
no coinciden y dan varias
versiones de cómo fue
tan histórica picada.
Unos dicen que en la mano,
otros dicen que en las nalgas,
otros que en el pecho, otros
que en una parte más baja
que ya ustedes se imaginan
y no es menester nombrarla.
Como fuere, le mordió.
Cleopatra estiró la pata,
se fue con la mayoría,
llevó a cabo la mudanza
al otro barrio, murió
y luego fue embalsamada,
lo que nos parece bien,
porque una historia que pasa
en Egipto o tiene momia
o no es historia ni es nada.

Aquí se acaba el poema
de Cleopatra y damos gracias
de haber llegado al final
de esta relación tan larga,
porque, en verdad, la leyenda
se estaba haciendo pesada.



Los dioses son buenos con Ulises






 (Salón en el palacio del reino de Ítaca, una isla en el mar jonio. Salen el rey Ulises, y la reina Penélope. Hay que decir que es un reino pequeñito y sin mucho dinero, así es que el salón donde se desarrolla la acción no es muy lujoso, que digamos.)

 Penélope.—(CON NATURAL BRUSQUEDAD, QUE DEJA ENTREVER UN CARÁCTER MUY POCO DULCE.) ¿Querías hablarme, mi esposo y rey?

Ulises.—(TÍMIDAMENTE, PUES SE VE QUE SU MUJER LE IMPONE BASTANTE.) Sí, esposa mía muy amada. El caso es que... ¿Cómo te lo diría yo? (APARTE.) ¿Cómo se lo digo? Seguro que coge un cabreo prehomérico de mucho cuidado.

Penélope.—(AUTORITARIA.) ¡Habla!

Ulises.—Pues veras: he recibido una carta.

Penélope.—¿Una carta?

Ulises.—Una carta importante. (VACILA SOBRE SI DECIRLO O NO. AL FINAL, SE DECIDE.) De... Agamenón.

Penélope.—(MONTANDO EN CÓLERA.)  ¡De Agamenón! ¡Rezeus! No, si ya me lo figuraba yo. ¡Ya lo sabía!

Ulises.—Penélope..., por todos los dioses, ¡tranquilízate!

Penélope.—¡¿Que me tranquilice?!

Ulises.—Sí, tranquilízate.

Penélope.—¡Agamenón no puede escribir para nada bueno! Querrá liarte en alguna empresa descabellada de las suyas, ¡como si lo viera!

Ulises.—Bueno...

Penélope.—Venga, ¡habla! ¿No irás a callarte ahora? Acaba lo que has empezado y cuéntamelo con pelos y señales. Quiero saberlo todo.

Ulises.—La cosa es así: ¿te acuerdas del Menelado, el hermano tonto del rey Agamenón?

Penélope.—¡Qué inculto eres, Ulises! Siempre lo dices mal: es Menelao, sin la de.

Ulises.—¿Sin la de?

Penélope.—Sin la de. Menelao, Menelao. ¡No aprenderás nunca!

Ulises.—No, en serio: creía yo que era Menelado, como ‘cansado’ o ‘tumbado’.

Penélope.—Pues no.

Ulises.—Como fuere. Sabes que se casó hace poco. ¿Recuerdas a la bella Helena, su esposa?

Penélope.—¡Ah! (CON SORNA.) ¡La bella Helena! ¿Esa que se las da de guapita y se cree mejor que nadie?

Ulises.—Esa misma.

Penélope.—No sé cómo a los hombres os gustan esas mujeres escuchimizadas y esqueléticas que consiguen mantenerse delgadas sin dejar de comer como cerdas. Porque os gustan mucho.

Ulises.—A mí no; te juro, mi flor de Afrodita, que a mí no me gustan ni pizca.

Penélope.—Además, por lo que he escuchado, la tal Helena se tiñe el cabello.

Ulises.—Puede ser; yo no tengo ni idea. Por mí, como si está calva.

Penélope.—Seguro que cuando fuiste a las bodas de Menelao no le quitaste ojo.

Ulises.—Ya te he jurado que no, mi amor. Ni siquiera me fijé en ella.

Penélope.—¡Hum! Bueno: prosigue.

Ulises.—El caso es que Agamenón me cuenta que se armó un follón de cuidado. Llegó a su corte Paris, un principito de Troya. Era una visita protocolaria, ya sabes: para firmar tratados de esos que nunca se ratifican ni mucho menos se implementan y que acaban no sirviendo para nada. Le agasajaron, le llevaron de acá para allá enseñándole museos y cosas por el estilo y todo tendría que haber acabado ahí.

Penélope.—¿Y qué pasó?

Ulises.—Pues que el muy estúpido se enamoró perdidamente de Helena, al parecer, y la raptó.

Penélope.—¡Ya sabía yo que esa zorra armaría algún lío!

Ulises.—¿Ella?

Penélope.—¡Claro! ¿O es que eres tan tonto como para no darte cuenta de lo que debe de haber sucedido?

Ulises.—Él la raptó, se la llevó por la fuerza.

Penélope.—Ulises, tú eres imbécil. Ya me lo decía mi madre: «No te cases con ése, hija; que a las mujeres les conviene que sus esposos sean unos bobos, pero no se debe exagerar.»

Ulises.—Penélope...

Penélope.—Ese Paris, por lo que he oído, es un jovencito. Ella le dobla la edad, porque será todo lo delgada que tú quieras, pero los cuarenta ya no los cumple.

Ulises.—¿Tú crees?

Penélope.—Calcula: yo recuerdo que cuando se casó con Menelao ya era conocida por su legendaria «belleza».  (IRÓNICA.) ¡Su belleza...! Y dime tú a mí: ¿a ti te parece que la fama de legendaria se consigue de un día para otro? ¡No, querido! Hace falta mucho tiempo para que las noticias vayan de acá para allá. Hacerse famoso lleva su tiempo. Créeme. Tiene cuarenta y tantos y puede que me quede corta.

Ulises.—¿Entonces?

Penélope.—Pues habrá engatusado al niñato de Paris con algún truco.

Ulises.—(IMAGINÁNDOSELO.) Tienes razón: puede que sea muy buena en la cama.

Penélope.—¡¡Ulises!!

Ulises.—¿Sí, mi amor?

Penélope.—¿Qué estás pensando?

Ulises.—¿Yoooo?

Penélope.—Sí, tú.

Ulises.—Pues... nada. Pienso en el disgusto de Menelado.

Penélope.—(IRRITADA.) ¡Menelado, Ulises, no seas necio!

Ulises.—Menelao, sí. Pues eso, que pienso en lo mal que se lo ha tomado.

Penélope.—¿Y a ti que te importa Menelao? Jamás se ha portado bien con nosotros. Nunca me manda flores, ni una mísera tarjeta de felicitación por mi cumpleaños, y eso que somos primos terceros. Se tiene merecido lo que le pase. ¡Anda y que se amuele!

Ulises.—Amada: esas expresiones son impropias de una reina.

Penélope.—¡Qué se amuele, te digo!

Ulises.—Bien, como tú quieras: que se amuele.

Penélope.—Eso. Pero, dime una cosa: ¿se aceptó así, sin dote ni nada?

Ulises.—¡Pero cómo iba a haber dote, si la raptó! Ella no tuvo tiempo ni de coger sus joyas. Paris estaba impaciente por llevársela a Troya para hacerle lo que se suele hacer habitualmente tras un rapto.

Penélope.—Chico, ¡qué fogosidad!

Ulises.—Sí. Parece ser que tuvo un coup de foudre.

Penélope.—¿Qué es eso? ¿Alguna enfermedad súbita?

Ulises.—No, mujer: coup de foudre es un flechazo, en idioma francés.

Penélope.—¡Tonterías! ¡Esa lengua aún no existe! ¿Así es que un flechazo, eh?

Ulises.—Sí. Pero, continuando con lo que te contaba: el asunto no es vengar a Menelado... a Menelao.

Penélope.—¿Ah, no?

Ulises.—Bueno, sí; pero eso no sería el principal objetivo sino más bien... ¿cómo decirlo?... un efecto secundario.

Penélope.—Explícate y no me vengas con estupideces.

Ulises.—Agamenón me cuenta que quiere tomar Troya, no tanto por recuperar a Helena, sino por controlar las rutas comerciales.

Penélope.—¡Ese Agamenón siempre ha sido un sinvergüenza!

Ulises.—Mujer, que es el caudillo de la federación de reyes griegos...

Penélope.—Lo dicho: ¡un sinvergüenza! ¿O es que te atreves a llevarme la contraria?

Ulises.—(ACHANTADO.) No, mi amor. Si tú lo dices, seguro que lo es.

Penélope.—No lo dudes ni por un momento. Y en Troya ¿qué dicen a todo esto?

Ulises.—En Troya, el rey Príamo se prepara para la guerra.

Penélope.—(DESPECTIVA.) Príamo: otro subnormal. ¿No se le ha ocurrido darle un capón a su hijo Paris, mandar a Helena con su marido, pedir perdón y evitar la contienda? Todo el follón se ha armado por culpa de esa furcia. La devuelven y ya está.

Ulises.—No la devuelven porque saben que ella es sólo un pretexto para hacerles la guerra, algo que Agamenón quería desde hacía mucho.

Penélope.—¿Sabías que Liporcio, uno de los sobrinos de Agamenón, tiene una forja de espadas y escudos que vende a los ejércitos de las polis que controla su tío?

Ulises.—No lo sabía.

Penélope.—Pues ya lo sabes.

Ulises.—Entonces, como la guerra va a tener lugar sí o sí, Príamo, convencido de que todos han de morir ante el ataque de los griegos, ha decidido que al menos Paris disfrute un poco con la chica antes de palmarla.

Penélope.—¿Y puede saberse qué pito tocas tú en todo este asunto?

Ulises.—Pues que Agamenón me pide... no: me exige que vaya a combatir a su lado, junto con mis tropas, como rey vasallo suyo que soy.

Penélope.—(TRAS UNA PAUSA Y MIRANDO A SU ESPOSO MUY FIJAMENTE.) ¡No me digas que juraste hacerlo en algún momento!

Ulises.—(AVERGONZADO Y EN VOZ MUY BAJITA.) Lo juré.

Penélope.—(INDIGNADÍSIMA.) ¡Serás cretino! ¡Serás borrico! ¿Pero cómo se te ocurre jurarle nada a Agamenón ni a nadie?

Ulises.—Ya lo sé, ya lo sé: metí la pata. Pero ahora tengo que mantener mi palabra.

Penélope.—¿Y...?

Ulises.—He de zarpar mañana mismo, con mis hombres.

Penélope.—¿Mañana?

Ulises.—Sí: mañana.

Penélope.—¿A la guerra?

Ulises.—Pues claro que a la guerra. Agamenón no me invita a que le acompañe en un paseo.

Penélope.—¡No te hagas el gracioso!

Ulises.—Perdóname, mi tesoro heleno.

Penélope.—¡Qué marido más tonto tengo!

Ulises.—Y es por eso por lo que he que pedirte permiso para marcharme a cumplir con mi deber.

Penélope.—Pues tendré que dártelo, muy a mi pesar. No estoy dispuesta a que mis amigas me critiquen y digan que me he casado no sólo con un idiota, sino también con un cobarde.

Ulises.—¡Qué buena eres!

Penélope.—Pero tendrás que volver pronto!

Ulises.—Por supuesto, mi amor. Mira: Agamenón tiene ya todo dispuesto y a sus ejércitos embarcados. Ha tenido problemas de navegación, pero los ha resuelto.

Penélope.—¿Problemas?

Ulises.—Sí; al parecer no había viento para impulsar las naves. Consultó a un adivino, que le dijo que era la voluntad de los dioses que le cortara el cuello a su hija Ifigenia en la piedra sacrificial. Si lo hacía, todo se le arreglaría.

Penélope.—¿Eso pidieron los dioses? Los dioses son malos.

Ulises.—¿Malos? Yo lo dejaría en puñeteros.

Penélope.—Son malos, malos.

Ulises.—No digas esas cosas. Si te escucharan, su ira podría sería terrible

Penélope.—Sí, pero es poco probable que estén oyéndome, porque por lo general tienen sus propios asuntos de los que ocuparse. Mientras no les invoques, no se preocupan de ti para nada ni te hacen ningún caso. ¿Y Agamenón le rebanó el cuello a su hijita?

Ulises.—¡A ver! No tenía otra.

Penélope.—Agamenón tiene varias hijas.

Ulises.—Ya lo sé. Lo que quiero decir es que no tenía otra opción.

Penélope.—¡Ah, vamos!

Ulises.—Que no tenía otra opción que obedecer los designios divinos. Además, ¡le hacía tanta ilusión invadir Troya! A fin de cuentas, hijas se pueden tener tantas como se quiera: sólo es cuestión de ponerse a ello. Pero no todos los días puedes conquistar una ciudad como Troya. Y a un rey eso le queda muy bien en su currículo.

Penélope.—¿Y cuándo la mató?

Ulises.—Ayer por la tarde, un poco antes de cenar; y esta mañana ya se han levantado los vientos favorables que llevarán a sus naves hasta las costas de Troya. Agamenón se ha puesto contentísimo.

Penélope.—Bueno. Al menos hay alguien al que sí le salen las cosas a su gusto. ¡Qué envidia me da! Ha tenido que matar a su hija, eso es cierto; pero dicen los sabios que sarna con gusto no pica.

Ulises.—Así es. Y yo estoy convencido de que volveremos enseguida. Los troyanos no tienen ni media bofetada y sus muros caerán como si estuvieran hechos de barquillo. Llegamos, asediamos un poco, digamos dos o tres días a lo sumo, entramos en la ciudad... Son unos treinta mil, poco más o menos. En una semana, como máximo, los habremos pasado a cuchillo a todos. Saqueamos un poco, quemamos otro poco... Quince días, yo le calculo. Antes de fin de mes me tendrás de nuevo a tus plantas, mi amada esposa.

Penélope.—He estar tanto tiempo privada de mi marido. ¡Los dioses son malos!

Ulises.—Volveré pronto, te digo. Antes de que te des cuenta, ya estaré otra vez aquí.

Penélope.—(AMENAZADORA.) ¡Más te vale que sea verdad! Ya sabes que no me gusta estar sola. Me aburro mucho.

Ulises.—¡Pero te he comprado una partida nueva de esclavos, para que te diviertas torturándolos, mi amor...! Te durarán hasta que yo vuelva.

Penélope.—(RESIGNADA A LA PARTIDA DE SU ESPOSO.) Tienes que traerme de Troya un collar de malaquita. Los de allí son famosos.

Ulises.—Descuida.

Penélope.—¡No se te ocurra venir sin él!

Ulises.—¡Claro que no!

Penélope.—Y también quiero una túnica de hilo de seda color magenta. Y un broche de plata con topacios. Dicen que en Troya los hacen muy bonitos. Saquéalos para mí. Ya que has sido tan majadero como para dejarte liar en una guerra innecesaria por una vieja casquivana, por lo menos que sirva para algo. Así es que no te olvides de los encargos que te he hecho. Y también quiero... Bueno, quiero bastantes cosas. Mejor te escribo una lista, porque eres tan inútil que, si no te la hago, te olvidarás de todo. Espera aquí. (PENÉLOPE SE MARCHA.)

Ulises.—(TRAS ASEGURARSE DE QUE PENÉLOPE SE HA ALEJADO, DA UN SUSPIRO DE ALIVIO.) ¡Uf! Lo conseguí. Tengo permiso para ir a la guerra. ¡Ojalá que los muros de Troya aguanten nuestros ataques y tardemos mucho en vencer. (SE DIRIGE A LA ESTATUA DE ZEUS Y LE INVOCA.) ¡Oh, padre supremo! ¡Si te he honrado bien, si merezco tu compasión, accede a mi súplica!

(EL DIOS ZEUS, CON SU RAYO EN LA MANO, SE APARECE ANTE ULISES, QUE SE POSTRA ANTE ÉL.)

Zeus.—¡Saludos, mortal! Con tu devoción por mí, te has hecho digno de mis dádivas. Dime qué puedo hacer por ti. Pero sé breve como un telegrama, porque tengo asuntos importantes en otra parte.

Ulises.—¡Oh, gran dios! Sólo una cosa te pido: haz que la guerra dure mucho, para que pueda yo vivir tranquilo lejos de mi hogar y mi esposa.

Zeus.—¿Diez años te parecen suficientes?

Ulises.—¿Sólo diez? Seguro que puedes hacerlo mejor, ¡oh, padre de todas las criaturas!

Zeus.—No seas demasiado ambicioso. Diez años es mi mejor oferta.

Ulises.—Sea.

Zeus.—Diez años tardaréis en conquistar Troya, pues. (DESAPARECE.)

Ulises.—No está mal. Diez años... y luego, si me entretengo algo por el camino al regresar... Porque hay gente que se pierde por esos mares, no encuentra el camino a casa y se pasa varios años dando vueltas. Le ha pasado a más de uno. Aunque al final acabaré volviendo, claro. Bueno, para entonces ya veremos. A lo mejor cuando yo retorne ya se ha muerto o se ha aburrido de esperar y se ha casado con cualquier pretendiente que le salga. No anticipemos acontecimientos. Lo importante es que me libro de ella durante un buen tiempo. (SE DISPONE, CONTENTÍSIMO, A HACER LA MALETA.) ¡Los dioses son buenos!



TELÓN