JARDIEL SE ENFRENTA A DON JUAN TENORIO (ANÉCDOTA TEATRAL)






         En 1943 Jardiel inició su segunda «tournée» como empresario, al frente de una compañía propia —Compañía de Comedias Cómicas Enrique Jardiel Poncela—, «haciendo las plazas» de Zaragoza, San Sebastián y Barcelona. Llevaba montadas varias de sus comedias y, como pensaba alargar la gira durante todo el otoño, tuvo que montar «Don Juan Tenorio», que era repertorio obligado.

         Ésta era una práctica habitual durante el mes de noviembre. Antes de que Zorrilla estrenara su inmortal obra, se solía representar «No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague», otra versión del mito donjuanesco, escrita por Antonio de Mendoza. La tradición, pues, databa del siglo xviii y no podría romperse, por lo que todas las compañías solían, en aquellos años, llevar esta obra en repertorio.

         Pero sucedió que la empresa del Teatro Barcelona tenía sus exigencias. No sólo detenía las representaciones de las obras de Jardiel para representar el Tenorio, sino que insistía en que el papel de don Juan no lo interpretase el galán oficial de la compañía, sino alguien designado por la misma empresa.

         Jardiel quiso saber las razones para ello.

         —Pues, verá usted —le dijo el empresario—: hay una persona que goza de mucha popularidad en Barcelona y hemos creído que si se encargase del papel de don Juan, las representaciones serían un gran éxito; tendríamos el lleno asegurado.

         —Muy bien —replicó el autor—. Pero, tenga usted en cuenta que mis actores son tan buenos como el que más y pueden hacer una representación de gran calidad. Además, permítame decirle que...

         —No lo dudo en absoluto —le cortó el otro—. Pero no es un asunto de que el actor sea de mayor o menor calidad.

         —Explíquese.

         —Verá: es que no se trata de un actor —dijo el empresario.

         —¿Ah, no? Y, si no es un actor el que va a hacer el papel de don Juan, ¿qué es, entonces? ¿Un ministro? ¿Un ingeniero agrónomo?

         —Un torero.

         Jardiel se quedó de piedra.

         Efectivamente. La «reclame» que el empresario aquel había ideado para promocionar su «Tenorio» consistía en que el protagonista fuese una figura de moda en el mundillo de los famosos. Y, ¿quién más famoso en este país que un torero?

         Nuestro hombre, resignado ante lo inevitable, decidió tomarse aquello con buen humor, por lo que añadió:

         —¡Muy bien! A fin de cuentas, don Juan también lleva capa y espada y hasta muchos comediantes tienen sus muletillas. Sepamos ahora quién es el diestro que va a subir de un salto del coso al escenario.

         Y el empresario se lo dijo.

         —El torero es Mario Cabré.

         —Pues entonces no va usted a ganar mucho dinero —afirmó Jardiel, ya que Cabré, aunque muy querido en Barcelona, no era, ni mucho menos, una primera figura del toreo—. Ya puestos, ¡tendría usted que haber contratado a Manolete!

         El efecto que causó esta anomalía teatral entre los actores está fuera de toda descripción. Algunos se opusieron abiertamente y Jardiel tuvo que emplear toda su persuasión para tranquilizar los ánimos durante los ensayos. La actriz Mª Paz Molinero, que iba a hacer de Doña Inés, por el contrario, estaba ilusionada por recibir los galanteos del torero, aunque fueran fingidos.

         Pero la persona que más sufría con aquella situación absurda era Emilio Menéndez, galán oficial de la compañía, quien, apartado de su personaje de don Juan, había pasado a ocuparse del papel de don Luis Mejía, el sempiterno rival del conquistador.

         —Si viera usted, don Enrique, lo abatido que estoy por tener que hacer de don Luis —le decía, casi lloroso.

         —Hombre —respondía Jardiel—, el papel de don Luis también es bonito y de mucho lucimiento.

         —Sí —objetaba el otro, ingenuamente—, pero luego don Juan va y le mata.

         —Ya sabes que esto no es así por mi gusto, que todo ha sido una imposición.

         —Ya lo sé, ya lo sé —aseguraba—. Y, sin embargo...

         Y se alejaba, cabizbajo.

         Tal fue la depresión en la que se sumió el actor que, para desagraviarle y animarle un poco, Jardiel decidió darle una sorpresa.

         Llegó el día del estreno del «Tenorio». Como es sabido, el primer acto tiene lugar en una hostería en donde don Juan y don Luis se reúnen en la escena llamada «de las conquistas» para referirse sus maldades durante el último año. Ambos espadachines van seguidos de sendos grupos de partidarios y de curiosos.

         Cuando Cabré, en dicha escena, se quitó el antifaz, la concurrencia aplaudió a rabiar, demostrando de esta manera lo acertado de la idea del empresario. Entonces, le tocó hacerlo a don Luis. En el momento en que don Luis se quitó la máscara, lo primero que vio en escena fue al mismísimo Jardiel, ataviado con un traje de época, con capa, espada y chambergo, que comenzaba a jalearle.

         —¡Viva don Luis Mejía! —gritaba, ante el estupor de todos.

         Con objeto de animar a su cómico, había decidido aparecer de figurante, haciendo de partidario de don Luis, para demostrarle que estaba con él y le apoyaba, aunque criterios económicos le impusiesen mil toreros a la compañía.

         El público, indudablemente, reconoció al autor y no se explicaba qué demonios hacía el conocido escritor actuando de figurante en la obra.

         Durante todo el acto, Jardiel actuó, apoyando a don Luis, lanzando gritos esporádicos de «¡Mejía es el mejor!».

ESCRIBIR EN ZAPATILLAS





         Los oficinistas me odian y me desprecian.

         Bueno, quizá habría que precisar más esta aseveración, para que no se me entienda mal.

         Todo se debe a mi condición de persona que «trabaja en casa»; esto es: que no lo hace en otro lugar (oficina, taller, da igual) a unas horas fijas, y que, por laborar en la intimidad de su hogar, puede hacerlo en zapatilla literalmente.

         Titulé uno de mis libros «Escritores en pijama», aunque lo que quería decir con ello era que les retrataba en la intimidad, como un medio de acercamiento. No me quería referir a mí, que escribo efectivamente en pijama.

         Y esto parece una cosa deseable, por la que muchos se sienten justificados para envidiarme (y odiarme también, como ya he dicho).

         No se les alcanzan las dificultades que ello conlleva y que me veo en la necesidad de mencionar, para que no se me tome demasiada tirria, pues es sabido que en en este país nuestro (Envidiastán) a nadie le gusta que le vaya bien al vecino.

         No dejo de acordarme de la famosa anécdota de Agustín de Foxá. Este caballero era rico y aristócrata. Aparte de ser una figura destacada del Cuerpo Diplomático y el preferido en las fiestas de la buena sociedad madrileña, escribía para la escena y acababa de tener un gran éxito teatral con su obra Baile en Capitanía. Para rematarlo, se había casado con una muchacha guapísima, de muy buena familia e incluso mucho más rica que él.

         Entonces hizo correr el bulo de que estaba muy enfermo del estómago y que sufría unos dolores horrorosos. Era mentira: el hombre estaba perfectamente bien de salud. Lo hizo para contrarrestar la envidia de sus compatriotas, para dar un poco de lástima, para que pensaran: «¡Pues no le va tan bien, al fin y al cabo!», único modo de que la gente le tolerase sus éxitos.

         Demostrada ya la fuerza de la envidia celtibérica que nos acogota, pasaré a ilustrar al lector sobre las dificultades inherentes a ser tu propio jefe y poder «trabajar en zapatillas».

         En primer lugar, requieres mucha más fuerza de voluntad que cualquier otro hijo de vecino, que trabaja porque el jefe le está mitrando o cuantificando su labor. Cualquier mañana de cualquier día, después de dar de desayunar a mis niñas y llevar a una al colegio (la otra sabe cogerse el coche e irse a su universidad), me pongo a trabajar (a escribir). Pero, ¿qué me impediría no escribir y, en cambio, pasarme toda la mañana viendo, uno tras otro, episodios de cualquier serie televisiva sobre zombies descontrolados y hambrientos? Nada: nada me lo impide... salvo una fuerza de voluntad que el oficinista normal no precisa y ni siquiera conoce. Y la fuerza de voluntad te hace gastar mucha energía nerviosa.

         Y una vez puesto, cuando el inevitable dolor de espalda hace presa en ti por el maldito ordenador, ¿qué te detiene y evita que lo dejes y te vuelvas a la cama, ya que el pijama lo tienes puesto? Nada tampoco, salvo la susodicha voluntad.

         Luego están las interrupciones. Vienen los testigos de Jehová y llaman a la puerta. Tengo que espiarles desde la ventana y fingir que no estoy en casa para no tener que abrirles. Espero a que se marchen y, cuando al cuarto de hora lo hacen, yo ya he perdido el hilo de lo que estaba escribiendo. En las oficinas no les dejan entrar y los jefes defienden así a sus empleados de su acoso.

         Muchas veces viene la señora cartero (me resisto a decir «llega la cartera», como los del pensamiento único querrían que se dijese) a traerme un paquete de libros o de pruebas de imprenta. Salgo al patio en pijama y despeinado y la mujer me mira con una cara en la que se lee claramente: «¡Estoy bohemios se dan la vi padre!»

         Dice el tópico que las empresas de telefonía te llaman para ofrecerte sus productos a la hora de la siesta, con la peor de las intenciones. Ésta es una verdad incompleta. Si estás en casa por las mañanas, como yo, te llaman también por las mañanas, a cualquier hora, descentrándote de lo que estés haciendo. A la oficina no te llaman, pero si trabajas en casa, sí.

         Pero la consecuencia más divertida (es una manera de hablar, porque no es divertida en absoluto) de trabajar en casa es que tus amigos y conocidos están convencidos de que no trabajas en absoluto y que puedes hacer cualquier gestión por la mañana o por la tarde o ir a cualquier sitio a la hora que a ellos les apetezca. «Mira: quedamos a tal hora, que es cuando yo puedo; a ti te da igual quedar a una hora que a otra, porque ¡como tú no haces nada...!»

         Estos amigos deben tener gran fe en la magia porque están convencidos de que yo no hago nunca nada y de que mis libros se escriben solos. Imaginan que me encierro en mi estudio y le digo al libro que tengo entre manos: «Venga: escríbete!» Y el libro me obedece, dejándome todo el tiempo libre del mundo para estar a disposición de cualquiera que quiera disponer libremente de mi tiempo.

         Todo ello por no hablar de los mil favores que la gente me pide que haga, contando siempre con las grandes cantidades de tiempo libre que debe de tener cualquier individuo que no vaya a la oficina.

         Aparte de tener que sufrir todo esto, de escribir todo lo que escribo, de contestar absolutamente a todas las cartas y mensajes que me llegan (porque aunque parezca mentira a muchísima gente le da por escribirme ambas cosas), de corregir pruebas y más pruebas, mucha gente piensa en mí como un desempleado (que lo soy, puesto que no ocupo un empleo) y, por ende, como un desgraciado.

         Si a esto le sumamos que no gano mucho dinero con mi oficio de escritor comprenderán que la etiqueta de «pringado» se cierne sobre mi testa a modo de espada de Damocles.

         Me consuela pensar que ni Balzac ni Dostoyevski tuvieron tampoco jamás una peseta.

Libros inmorales

(FRAGMENTO DEL LIBRO GRANDES PELMAZOS DE LAS LETRAS UNIVERSALES)




No se trata aquí de ponerse puritano porque sí, sino porque es un hecho palmario: los escritores —esa sub-especie humana que casi nunca paga el alquiler— ha venido socavando con sus ringorrangos los principios éticos de nuestra sociedad desde tiempo inmemorial.
En la competición del vicio, los libros superan con mucho a las impúdicas imágenes de las orondas desnudeces de Rubens y otros depravados de su misma calaña. Dicen los pedantes que la literatura recoge las gestas de los humanos, pero la realidad sucinta y escueta es que la tal literatura universal no es más que un compendio de porquerías que nos ofende a muchos en nuestra fe calvinista.
         Veamos de qué tratan, en esencia, algunas de las obras más reputadas de las letras mundiales y cuál es la catadura moral de sus protagonistas:

Un estudiante que no se lava casi nunca mata a una vieja de un hachazo y se pasa el resto de la novela dándole pistas a la policía para que le detenga, pues, a más de ser guarro, está como una cabra (Crimen y castigo, de Fiodor M. Dostoyevski).
Uno, que se lava aún menos que el de antes, asesina chicas hasta que las buenas gentes le detienen y se lo comen crudo y enterito (El perfume, de Patrick Süskind).
Un efebo seduce a una vieja pendona y se la lleva; el marido, en vez de alegrarse, le hace la guerra durante diez años provocando la tira de muertes de inocentes (La Ilíada, atribuida a Homero).
Un loco flaco y un tonto gordo van por el mundo haciendo el cretino; y la gente, en lugar de conmoverse, se dedica a darles palizas sin parar (El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes).
Un majadero, para vengar a su padre asesinado, hace que muera la única mujer que le ama y se carga a otros muchos que no tenían nada que ver en el asunto (Hamlet, de William Shakespeare).
Un profesor aburrido hace tratos con el demonio para trajinarse a una chica menor de edad (Fausto, de Johann W. Goethe.).
Una adúltera provinciana sin imaginación se envenena para no pagar a sus acreedores, que acaban en la ruina (Madame Bovary, de Gustave Flaubert).
Un rey imbécil encierra en prisión a su hijo toda su vida por haber leído un horóscopo (La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca).
Un amanerado comete tantos y tantos pecados que se le notan hasta en el carnet (El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde).
Un señor quiere volver a su casa, con su esposa y sus hijos, después de haber estado mucho tiempo en una guerra. Pero los dioses se divierten haciéndole mil perrerías para impedírselo (La Odisea, atribuida a Homero).
Unos frailes sodomitas se asesinan entre ellos y acaban destruyendo con sus jueguecitos uno de los mejores libros de todos los tiempos (El nombre de la rosa, de Umberto Eco).
Tres hermanos sensuales se hartan de su lujurioso y avaro padre, y la intriga queda reducida a ver quién se lo carga antes (Los hermanos Karamazov, de Fiodor M. Dostoyevski).
Una niña desvergonzada se dedica a incitar con sus encantos a un profesor que, para poder trajinársela, se casa con su madre, dando lugar a curiosas situaciones (Lolita, de Vladimir Nabokov).
Un montón de canallas se confabula para traicionar a una buena persona que, como buena persona que es, dedica un montón de años y de dinero a ejecutar en ellos las venganzas más horribles (El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas).
Unos probos burgueses se cargan lentamente a su hijo cuando éste se convierte sin querer en un escarabajo y ya no puede llevar el sueldo a casa (La metamorfosis, de Franz Kafka).
Un grupo de libertinos se encierra en un castillo con el firme propósito de no salir de allí hasta haber efectuado todas las guarradas imaginadas hasta el siglo xviii y muchas otras más que se inventan ellos sobre la marcha (Las 120 jornadas de Sodoma, del Marqués de Sade).

¿A que esto, contado así, hace albergar pocas esperanzas en el ser humano?