EL AUTO-HOMENAJE QUE SE HIZO JARDIEL





       
Para celebrar el triunfo de una de sus comedias —«Margarita, Armando y su padre», estrenada en 1931 en el Teatro de la Comedia—, Jardiel pensó que lo adecuado sería un banquete-homenaje, como era lo habitual en aquellos años.

Pero como nadie se decidía a ofrecérselo, determinó invitarse él mismo y organizarse un banquete.

Dio la casualidad de que su amigo, el dramaturgo catalán Bartolomé Soler había estrenado también el año anterior en el Teatro Fontalba su obra «Guillermo Roldán», por lo que pensaron que podrían hacer una celebración conjunta. Se fijó la fecha y se reservó una mesa en el restaurante «Los Burgaleses».

El ágape que hizo historia, pues solo asistieron ellos dos.

Vestidos de frac, solos, ante una mesa larguísima, con un cubierto en cada extremo, se homenajearon el uno al otro, en una opípara comida, con champagne.

A los postres, cada uno de ellos hizo un discurso. El Sr. Soler dijo que el Sr. Jardiel tenía un talento enorme, a lo que el Sr. Jardiel contestó que el Sr. Soler poseía un talento colosal. Lo peculiar fue que, para ahorrar tiempo, ambos escritores hicieron pronunciaron sus discursos al mismo tiempo, hablando a voces. Ambos se aplaudieron calurosamente al finalizar. Concluida la comida, ambos se colocaron a la cabecera de la mesa y brindaron por su prosperidad.

Se colocaron tres mesas más al alrededor de los comensales: una reservada para la Prensa, otra para los fotógrafos y la tercera para la vajilla, aunque en esas mesas no se sirvió nada. Se hicieron abundantes fotografías.

Uno de los diarios indicó que el precio del cubierto dependió de las «entradas» que hubo en los teatros Comedia y Fontalba el día anterior al banquete. Y que la comisión organizadora estuvo constituida por algunos de los personajes de los famosos autores, entre ellos Margarita, Armando, su padre, Guillermo Roldán, Marcos Villarí, el señor García (ya cadáver), Germán Padilla y las once mil vírgenes.

LA TREMEBUNDA BATALLA DE LEPANTO






Yo, que en las dulces horas
del descanso, pensaba en las señoras
y nunca usé la pluma
si no fue para hacer alguna suma,
un día —creo que un lunes—,
mientras veía un film de Louis de Funes,
sentí un sutil sonido
brincando desde el éter a mi oído
que, lleno de eco y pompa,
directo se metió en mi eustaquia trompa
con un acento eufónico
y en un latín un tanto macarrónico
que cuento, traducido,
para así demostrar que lo he entendido.
La Musa generosa
—de araña parte y de las artes diosa—,
no tras la celosía
(que no hay ninguna por la alcoba mía)
mas por una ventana,
apareció de pronto una mañana.
«¡Oh, tú!», me dijo. «¡Mande!»,
le contesté. «Descríbenos la grande
batalla de Lepanto
en un extenso y descriptivo canto,
cuando la Santa Liga
la turca mano aprisionó, enemiga;
que los historiadores
—por ser aburridísimos señores—
prescinden de la eufónica
poesía al relatarnos una crónica.
Las batallas navales
se han de contar con pelos y señales
y del valor hispano
—aunque eso es algo que hoy ya está lejano—
hay que hacer el artículo
y evitar, eludiéndolo, el ridículo.»
Marchose al decir esto
tras decir del proyecto el presupuesto,
dando por descontado
que yo haría aquello que me había mandado.

El imperio otomano

—que hemos de dejar dicho de antemano

que eran gente nefasta

y puñeteros hasta decir «¡basta!»—

pretendió el mangoneo

del mar Mediterráneo y del Egeo.

Atacó a los chipriotas

y los pilló durmiendo cual marmotas

e igual hizo en Venecia,

en donde la somanta fue más recia.

Así, de esta manera,

fue como se lió la pelotera

que es tema de este canto:

la tremenda batalla de Lepanto.

 

¿Y donde está ese puerto?

Habrá que preguntarle a algún experto,

porque aquí les confieso

que yo lo ignoro y no sé nada de eso.

(Es igual, prosigamos:

seguro que después nos enteramos.)

El caso es que Occidente

unió su fuerza apresuradamente

en un solemne pacto,

por mas que decir esto no es exacto,

ya que varias naciones                     

respondieron a él diciendo nones

e hicieron escaqueo

para evitar meterse en un jaleo.

Al final, los cruzados

fueron sólo los reyes más pringados,

los de la Liga Santa,

que son valientes y a quien nadie achanta:

Génova, el Vaticano,

España y algún que otro veneciano.

 

Con trescientas galeras,

que se agitaban como cocteleras,

la católica flota,

repleta de animales de bellota,

inició la contienda

un miércoles, después de la merienda;

atacó a Alí Bajá

—que era el turco que estaba por allá—

y le hizo mil destrozos

provocando en sus huestes mil sollozos.

 

La guerra fue cruenta

y mucha gente casi no lo cuenta.

Se hizo una escabechina

que ponía la carne de gallina:

catorce mil heridos

y ocho mil entre muertos y moridos,

cuatro mil prisioneros

en varios trozos y otros mil enteros.

 

Entre los tripulantes

se encontraba también Miguel Cervantes,

un valiente soldado

que fue, por cierto, muy afortunado,

pues aunque un cañonazo

le dejó al hombre manco de algún brazo,

pudo salir con vida

y con una pensión por tal herida.

Luego adquirió gran fama

desde Murcia al desierto de Atacama,

pues hizo un soporífero

libro que puede usarse de somnífero

sobre un tal Don Quijote

que iba de justiciero y de machote

y se metía en lizas

en las que recibía mil palizas.

(Esto no tiene nada

que ver con la batalla comentada:

lo he puesto de relleno

y para hacer el verso más ameno.)

 

Y volviendo a Lepanto

y para concluir con este canto,

diremos que la gloria

de aquella memorable y gran victoria

contra tan cruel contrario

se atribuyó a la Virgen del Rosario,

mas con tal resultado

quedó Don Juan de Austria muy chafado

(lo cual no es muy chocante

teniendo en cuenta que era el Almirante).

 

Lo que se encuentra escrito

sobre Lepanto es todo muy bonito,

mas la realidad triste

de tal combate —y no es cosa de chiste—

es que aquella cruzada

no sirvió en absoluto para nada

porque en menos que canta

un gallo utilizando su garganta,

con gran desfachatez

invadieron los turcos otra vez

entero el Mare Nostrum

echándole a la cosa mucho rostrum.

Tras la inútil batalla

los cristianos tiraron la toalla

y dejaron que hiciera

el turco lo que más le apeteciera,

pues combatir desgasta

y te sale, además, por una pasta.