El conde de Montecristo





Contemos el argumento
de El conde de Montecristo,
esa novela famosa
de Dumas padre (que el hijo
es otro autor, que se llama
igual, para armar el lío).
Aseguran que esta obra
es un libro muy bonito
aunque no falta quien diga
que es, en verdad, un ladrillo,
pero yo les juro que
no tiene ni un solo ripio,
—porque es que está escrita en prosa—
y que no es ningún pestiño.

¿De qué va? Pues de venganzas
a tutiplén, de presidios,
de naufragios, de piratas
y otros temas topiquísimos,
pero sobre todos ellos
el punto que está en litigio
es si es mejor el amor
o el dinero en efectivo.

Un tal Edmundo Dantès,
que es capitán de navío,
se dirige raudamente
hacia el puerto marsellino
(yo ya sé que ‘marsellés’
es el término preciso,
pero me he visto obligado
a cambiar el gentilicio
porque, si no, no rimaba
ni con cola). Proseguimos.

Este Edmundo —les decía
tan sólo hace un momentito—
es apuesto como Adonis,
guapete como Narciso,
fuerte, recio y musculoso,
bastante hercúleo y macizo
y, además, muy elegante
(porque en el romanticismo
ser un héroe de novela
llevaba todo esto implícito).
Era todo un triunfador:
se había hecho bastante rico
con el comercio y tenía
un proyecto esponsalicio
con una chica que estaba
más buena que un embutido,
que se llamaba Mercedes,
un cuerpo sin desperdicio
que tenía todas sus cosas
muy bien puestas en su sitio.

El futuro le pintaba
muy bien a nuestro Edmundito.
Pero, ¡ay!, como pasa a veces,
fue a intervenir el Destino,
que suele, con gran frecuencia,
sacar las cosas de quicio.
Tres compadres de Dantès
le traicionaron de fijo
para quedarse sus cuartos
con un financiero lío.
¡Con compadres de esa clase
no te hacen falta enemigos!
Le acusaron de ser bo-
napartista convencido
y como ser eso estaba
por entonces muy mal visto,
el bueno de nuestro «prota»
se vio a su pesar metido
en la cárcel de una vez,
sin perderse el tiempo en juicios.
Sus delatores se hicieron
con todos sus dineritos,
que se gastaron de un golpe
entre enorme regocijo.

El infeliz de Dantès
pasa tres años cautivo;
cuatro, preso; uno, encerrado,
y otros dos más en presidio
en un calabozo infecto
en la isla de If, un sitio
nauseabundo y repelente
que está más lejos que Pinto
y concretamente en medio
de las aguas del Pacífico.

La cárcel le sienta mal,
señores, a nuestro chico,
por el hambre, que a los presos
no les sirven langostinos
ni calamares ni pulpo
ni gambas de aperitivo,
sino serrín con arroz
y cachos de pan podrido,
por lo que el pobre recluso
pronto pierde el apetito.

Dantès las pasa canutas:
tiene miedo, tiene frío,
tiene chinches en el catre,
amén de otros muchos bichos.
Se desespera, se muerde
los puños, pega alaridos
con los que se desgañita,
llora, ríe, da saltitos
(por más que para los saltos
el espacio es reducido,
ya que aquella celda tiene
metro y medio de perímetro),
comienza a desesperar
cuando se acaba el dentífrico
y, para pasar las horas,
se pone a hacer logaritmos
en los muros de la celda
utilizando un clavito.
Al cabo de cierto tiempo
empieza a perder el juicio,
padece alucinaciones,
tiene fiebres con delirios
en los que ve a Bonaparte
yéndose al Congo en triciclo;
en fin: que si no está ya
loco, le falta poquito
y no le queda otra opción
que intentar un buen suicidio.

Entonces sucede algo
que cambia todo. ¿Lo digo?
Pues lo que ocurre de pronto
es que Dantès oye un ruido
(un gemido lastimero
cantado en do sostenido)
en el muro. ¡Al otro lado
alguien hace un orificio!
Edmundo agranda el bujero
y se encuentra de improviso
con un abate, que cava
para llegar a algún sitio.
Es un hombre ya mayor;
¿qué digo mayor?: ¡viejísimo!
y que está hecho un gran cascajo,
pues le invade el reumatismo
y muchos diversos males
que le tienen hecho cisco,
que sufre de fiebres varias,
está hecho polvo del hígado,
está hecho migas del bazo
y, además, está cardíaco,
por lo que es de suponer
que no va a vivir tres siglos.

Este abate, que se llama
Faria (no sé su apellido),
revela que en un islote
tiene un tesoro escondido
con el que Dantès podrá
vivir mejor que un obispo.
Tras contarle eso, se muere,
como es lo característico.
Edmund decide fugarse,
harto ya de hacer el primo,
y lo consigue, por fin,
socavando un pasadizo.
saltando por la ventana,
tirándose a un precipicio
y cruzando a nado el piélago
sin hacer ningún cursillo
de natación. ¿Cómo logra
cosa tal? Está clarísimo:
es un héroe de novela,
como ya antes hemos dicho.

Resumiendo: unos piratas
se lo encuentran de improviso
y le ofrecen un empleo
en que libra los domingos.
Tras múltiples peripecias
que llenarían diez libros,
Dantès consigue encontrar
aquel tesoro magnífico
que le dijera el abate
y, al verlo, le da un vahído,
pero pronto se repone
y forja un plan, decidido
a encontrar a sus captores
y pasarles el recibo.

Se tira un mes en la isla
pensando un nombre ficticio
para lograr, de este modo,
pasar desapercibido.
Se decide, finalmente,
apodarse Montecristo
que es un nombre que no existe
pero que es muy pegadizo,
parece bastante exótico
y suena bien al oído.
Con el nombre y los millones
regresa de tapadillo
con el propósito claro
de buscar a los malditos
y darles de puñaladas
entre el cuello y el ombligo
o, si no tanto, arruinarles
de un modo definitivo.

Nada más volver a Francia
se pone ciego a marisco,
compra una mansión lujosa
y un moderno tocadiscos
(no ignoro que aquí cometo
un tremendo anacronismo,
pero es que no soy perfecto,
como ustedes ya habrán visto).
Para alcanzar la venganza,
contrata a un montón de esbirros
y les envía a que espíen
y le cuenten lo que han visto
sobre aquellos sinvergüenzas
que le enviaron a presidio.
A bote pronto se entera
de que ha estado haciendo el chivo,
pues Mercedes se ha casado
con su mayor enemigo
y con el cual ha engendrado
un hijo ya crecidito.
¡Oh, dolor! ¿Qué hará ahora Edmundo?
¿Chincharse? ¿Pegarse un tiro?
¿Raptar a su antigua amada
o meterse a capuchino?

Pues si yo aquí revelara
todo lo que Edmundo hizo,
si contara como se
vengó de los susodichos,
si les dijera qué fórmula
usó para su castigo,
de qué medios se valió
para volverles mendigos,
esto sería un spoiler
y no sólo un anticipo.
El propósito, señores,
de estos versos tan bonitos
no es ahorrarles la lectura,
que eso sería ridículo.
Por contra, lo que pretendo
es que les pique el mosquito
de la intriga y que devoren
de cabo a rabo este libro.
Así es que no cuento más:
si quieren saber qué hizo
Edmundo para vengarse
de esos canallas cernícalos
busquen la novela y léanla:
es un consejo de amigo.



Carmen, la de la navaja en la liga




Todas las óperas tratan de lo mismo: de amores infortunados y trágicos. Cuando, por error, el libretista hace que las cosas acaben bien, todo el mundo dice que aquello es una opereta, un género inferior y sin valor alguno, no importa cuán majestuosa sea la música. Y es que a la gente refinada que va a la ópera le gusta lo indecible ver sufrir a los demás, aunque sean personajes de mentira.
Por eso da igual que ustedes conozcan una ópera u otra o catorce diferentes. Con una sola les basta.
          Y para ponérselo facilito les daremos información sobre lo que nos pilla más cerca: Carmen, de Bizet, un dramón ambientado en España (y eso porque las poquísimas óperas españolas han pasado siempre sin pena ni gloria y no han conseguido ni un lugarcito en las historias de la música, para entrar en las cuales hace falta la recomendación de los públicos de la Scala de Milán y sitios por ese estilo). 
          La música es de Georges Bizet (¡anda, esto ya lo habíamos dicho!), aunque no toda, pues su célebre habanera es del vasco Sebastián Yradier. Bizet creyó que era de un autor anónimo, una pieza folclórica (o eso dijo) y la robó tranquilamente.
La historia es de Ludovic Halévy, que la había copiado de Prosper Mérimée, que a su vez la había copiado de Aleksandr Pushkin, que a su vez la había copiado... (lo dejamos aquí, para no cansar).
Se estrenó en París en 1875, no gustó nada y obtuvo unas críticas como para morirse. Y eso fue precisamente lo que hizo Bizet al final de la temporada. A los pocos meses se repuso en Viena (se repuso la ópera, Bizet no se repuso de haberse muerto, que conste), lográndose gran éxito. Bizet, desde el otro mundo, lo que sí hizo fue decirse: «¡Si lo llego a haber sabido, no me muero! Esto es lo que tiene obrar precipitadamente».
          Tiene narices (por decirlo de una manera más elegante de la que se nos había ocurrido en un principio) que esta pieza, que presenta una visión de España más falsa que un billete de ocho euros, se haya catalogado como ejemplo paradigmático del verismo; esto es: de un estilo literario costumbrista caracterizado por contar las cosas como son, con todos sus pelos y todas sus señales.
          La historia de Carmen está ambientada en Sevilla (aunque no se ven las fallas, como en alguna reciente película hollywoodiense de infausta memoria), a inicios del siglo xix, antes de que se inventaran los chupa-chups. La protagonista es una bella gitana, porque en ninguna obra literaria apareció nunca una gitana que no fuese bella. La razón es que se trata de una raza muy orgullosa que no se anda con bromas en cuanto a la posible fealdad de sus mujeres y ningún escritor ha querido arriesgarse a que algún enfadado tomase represalias.
          Quedamos en que Carmen es muy bella y que, además, es brava. Lleva un cuchillo en la liga y, por eso, no gana para medias, porque se le enganchan en la navaja y se le rompen con gran frecuencia. Es, además, más coqueta y casquivana que las gallinas, también para decirlo con elegancia. Seducirá a un cabo con esas cosas que usan las mujeres tradicionalmente para seducir y luego, después de que él se haya vuelto loco de amor por ella, se liará con un torero, provocando que el cabo, al cabo, la mate.
          Claro que pasan otras cosas, pero sólo de relleno. Estamos ante un triángulo equilátero de los de toda la vida. Contémoslo en detalle para beneficio de los que quieran enterarse sin ver la ópera.
          En el acto I hay una plaza, vendedores de barquillos, niños jugando a la versión francesa de «¡churro va!» y un cambio de guardia. El cabo don José se da bruces con Carmen, que no lleva sujetador bajo la blusa, y ella le canta algo que tiene que ver con un pájaro que está en una jaula y que ella quiere agarrarle o cosa parecida. Todo esto nos parece altamente inmoral.
          En la fábrica de cigarros donde trabaja, Carmen se pelea con una compañera por un quítame allá esas vitolas y acaba arañando a la otra. El cabo tendría que llevarla al calabozo, pero la blusa se le ha desgarrado durante la reyerta y don José se siente sin fuerzas para hacerlo ante argumentos tan poderosos. Por ello, deja escapar a la joven, que se va a su casa a cenar, y él es degradado y encarcelado, lo que lo que le está muy bien empleado, por lascivo.
          En una taberna asquerosa —en la que el camarero remueve con el dedo el azúcar de los cafés— se encuentra Carmen hablando con una banda de contrabandistas (¿‘banda’ de contrabandistas?, ¿no debería ser ‘contrabanda’ de contrabandistas?) que planeaba asaltar una charcutería próspera. Entonces aparece Escamillo, un torero que iba camino de Granada para ver la Giralda (el pobre no tiene estudios y hay que perdonarle su incultura), se toma unas cuantas copas y queda prendado de Carmen, que sigue con su costumbre de prescindir del sujetador siempre que puede. Escamillo canta la marcha del toreador y tras cantar la marcha, para no parecer incoherente, se marcha.
          Llega a la tasca don José y Carmen le intenta convencer de que se contrabandice. El cabo se niega. Pero aparece un oficial de la guardia —que ha entrado en el local a preguntar de quién es un carruaje que está aparcado en doble fila— y se pelea con el cabo. Don José le pincha y ya no le queda otra opción que huir cobardemente.
En el acto tercero vemos un paraje salvaje en las montañas: la guarida de los contrabandistas, con sus paredes adornadas con las cabezas de sus víctimas y pintadas todas al gotelé y en un color gris perla muy elegante. Carmen está cansada de los celos del cabo. Aparece el torero y pasan cosas, pero no muy interesantes, créannos. Así es que nos las saltamos.
          Finalmente vemos la plaza de toros. La real moza se ha ido con el torero, que gana millones, ya que los aficionados le arrojan muchos puros habanos a la cabeza cuando hace una buena faena, razón por la que ha montado una expendeduría y se ha hecho doblemente rico vendiendo el tabaco.
Don José le pide a Carmen que abandone a su nuevo amante y vuelva con él. Ella pega una carcajada que hace que se rompa el botijo que tienen los toreros en el burladero para beber mientras ponen las banderillas. El cabo se enfada y, como tiene ya la mano sueltecita y hecha a pinchar (ya lo ha practicado dos actos antes), pincha también a Carmen, que expira. Mientras tanto el torero ha tenido otro éxito, recibe los aplausos del público y firma un contrato ventajoso para para torear la próxima temporada en la plaza de toros del Real Sitio de Gerona.
La ópera acaba, el público aplaude una hora y cinco minutos a los solistas, como es obligatorio, y luego se va a su casa.
Pocas cosas quedan por decir de esta pieza músico-teatral tan afamada. Se hicieron versiones cinematográficas en 1907, 1909, 1912, 1913, 1915, 1915 otra vez, 1918, 1922, 1927, 1931, 1933, 1940, 1943, 1945, 1948, 1954, 1978, 1983, 1983 de nuevo, 1984, 1984 otra vez (¡qué lata!), 2003, 2005, 2011 y las que te rondaré, morena.
          Podemos decir con orgullo patrio que en la versión española de 2003, dirigida por Vicente Aranda, se veían muchas más partes de la anatomía de Carmen que las otras películas.
          Algunas de estas versiones son dignas de ser comentadas. Por ejemplo las ocho primeras, que son películas mudas. ¿Cómo puede hacerse una ópera muda? Evidentemente, eso es algo que tiene mucho mérito, más que nada por parte del público, que es el que ha de saberse de memoria la partitura para irla recordando al tiempo que ve las escenas.
          La película de Raoul Walsh de 1927, en lugar de llamarse Carmen, se tituló Los amores de Carmen, pues el director consideró imprescindible especificar el tema y que nadie se pensara equivocadamente que era una película de vampiros.
          La última de las que tenemos noticia es Carmen in 3D, lo que en un principio resultaba prometedor, pero que acabó siendo un chasco mayúsculo, porque es una producción de la London’s Royal Opera House y la actriz que hace de Carmen no se quita nada.