Zarzuelas mañas: un subgénero a considerar


Las zarzuelas mañas son un subgénero literario de pleno derecho, como las películas de vampiros, los «telefilms» de anoréxicas o los corridos mexicanos sobre caballos veloces.

En ellas se recalcan dos grandes rasgos: la grandeza de alma y la dureza de mollera de los personajes autóctonos, a partes iguales. Conste que no es culpa nuestra, que nos limitamos a constatar un hecho.

Hablaremos antonomásicamente de «La Dolorosa», una pieza que está diciendo «desglósame», o, para ser más modernos, «deconstrúyeme». La letra es de Juan José Lorente, calagurritano de pro, y la música, del maestro José Serrano, que no era de allí, pero lo disimulaba muy bien. La obra se estrenó en algún año de aquéllos, por una compañía de las que había, en un teatro u otro de Madrid, aunque puede que se estrenará en otro sitio y nosotros no nos hayamos enterado.

La acción, ambientada en la vega aragonesa, según se entra a la derecha, fluye con fuerza morrocotuda.

Al levantarse el telón la escena está sola, porque los actores han pillado un atasco y llegan con retraso. Al cabo de veinte minutos, parece el Hermano Rafael acabando de pegarse el bigote. Lleva una caja de pinturas y va acompañado por Perico que, como su nombre indica, es el que nos tiene que hacer reír con sus simplonerías.

El hermano Rafael está pintando una Dolorosa para no tener que tragarse el rezo, que le aburre. Perico le lava los pinceles y no le lava también los calcetines, porque el otro usa sandalias.

No ha dado tres pinceladas, cuando aparece en fray Lucas y el Prior a ejercer la censura. Ambos se traen una disputa, pues uno dice que es Lucifer quien mueve los pinceles del pintor y el otro dice que no es sino Satanás. La cosa es que ambos le tienen mucha envidia, porque por pintor está exento de pelar patatas para las colaciones cotidianas.

El Prior le pide que les hable del su cuadro y enseguida se arrepiente de haberlo hecho, porque el hermano se pone a entonar una romanza descriptivo-explicativa cuya letra canta tres veces consecutivas para que la zarzuela no resulte tan corta. A sus reverendísimas les parece mal que el otro se apasione por una mujer, aunque sea la mismísima Virgen, a la que dicen que hay que amar, pero no tanto.

Mientras tanto, Perico se ha entretenido bebiéndose el aguarrás. Rafael se mete en el convento, porque se ha acordado de que se ha dejado encendida la luz de la mesita de noche y Perico habla con su novia, Nicasia, con quien tiene una competición tácita para ver quién es más cerril de los dos. Hay que decir que, en el momento en que tiene lugar esta escena, Nicasia va ganando.

Salen sus respectivos padres y empiezan a decir esas aragonesidades de teatro como «han pensau hacese novios sin decilo a naide», «me los hi topau abrazadicos», «¿qué estrupicio es éste?» y cosas por el estilo. Finalmente deciden que los dos son muy brutos y que por, por ende, han nacido el uno para el otro. Acceden a la boda y esta línea argumental se acaba así, cuando todavía falta mucho para que acabe la obra. Veamos lo que pasa.

Pues pasa que aparece por allí una «probé» mujer «con un angelico» en brazos, que se desmaya a las puertas del convento con la esperanza de que allí la socorran y le den un sopicaldo. Pero no son los frailes sino la tiple cómica la que se hace cargo de ella, porque es un axioma zarzuelero que la tiple cómica es siempre más fea que la tiple dramática pero, en cambio, tiene un corazón de oro.

Y el susto llega cuando el hermano ve a la prójima, que se llama Dolores para que nada más presentarse la gente se vaya haciendo una idea de lo mucho que sufre. Ella es «ella»: su antiguo amor, la mujer cuyo rostro está poniéndole a la Virgen que pinta.

Dolores le cuenta Rafael que un mal hombre con patillas la engañó: la sedujo convidándola a un helado de tres sabores y, tras aprovecharse de ella de la manera en que de seguro ustedes ya se imaginan, la dejó tirada en medio de un camino polvoriento.

«¡Canalla!», dice el hermano, indignado. Sin embargo, no la invita a entrar en el convento, quizá por el qué dirán. La infeliz se tiene que ir con los cómicos, porque ya se está haciendo de noche y ha empezado a refrescar como suele hacerlo por allí. Viendo que el acto está a punto de acabar, Rafael aprovecha y vuelve a cantar la romanza de antes, porque los músicos de la orquesta ya se la han aprendido y quieren rentabilizarla.

En el entreacto surgen muchas dudas. Rafael se pregunta si colgará los hábitos o se contentará conseguir en el convento y exponer sus cuadros en alguna galería. El Prior se pregunta lo mismo. Perico se pregunta si tendrá que aguantar mucho tiempo a la huéspeda. Dolores se pregunta (sin que lo sepa nadie) por dónde andará el canalla y si seguirá estando igual de guapo. Y el público se pregunta si no hubiera hecho mejor quedándose en casa en lugar de ir al teatro.

Todo ello lo aclarará el acto segundo.

Hay aún otras muchas preguntas que podemos hacernos.

¿Por qué la Virgen que pinta el hermano Rafael se asemeja a su antiguo amor? ¿Es algo deliberado? La respuesta es no; lo que sucede es que aprendió a dibujar narices copiando la de ella y ya todas le salen igual, por lo que todos los rostros se parecen.

¿Por qué no intentó casarse en su momento con la moza? ¿Por qué se metió a fraile? ¿Sospechaba ya que ella era una coqueta que se iría detrás del primero que pasara? Probablemente.

¿Cuál es la razón para que la obra esté ambientada en Aragón, cuando se trata de una historia tan vulgar que podría haber pasado en cualquier sitio? Pues para poder hacer «gracias» con el habla del lugar, como cuando dice Nicasia:


Perico, Perico, Perico,
si tienes congojas
avisa al «medico».

¿Qué opinan los frailes del asunto? La respuesta a esta pregunta puede esperar, porque se va a responder por sí sola al poco de empezar el segundo acto.

El caso es que el público, durante este descanso, tiene que hacerse tantas preguntas que no tiene tiempo para hacer consumición en el bar del teatro y eso sale perdiendo la empresa.

 El melodrama continúa.

Como el asunto de Rafael y la pecadora arrepentida no tiene mucha chicha, el autor tiene que tirar de los actores cómicos para hacer avanzar la trama, por lo que ambos porfían sobre si se dan un beso no se lo dan, alargando forzadamente la acción.

(En realidad, la razón por la cual los protagonistas de la obra casi no aparecen en ella es que son cantantes y los cantantes no sólo no saben decir los diálogos, sino que, además, no les gusta nada aprendérselos. Así es que, con muy buen juicio, los libretistas prescinden de ellos todo lo posible. Hacen que los actores secundarios desarrollen la acción y reservan a los cantantes sólo para desgañitarse en las romanzas.

Ahora sí viene una escena tremebunda. Rafael pronuncia el siguiente diálogo, ejemplo supremo del arte literario:

—Mi tragedia es honda como un abismo.

Dicho lo cual, se enfrenta a Dolores, que se arroja a sus manos y le besa los pies o cosa parecida.

Él, con mentalidad frailuna, le aconseja que vuelva junto al seductor y le pida perdón, para ver si él la acepta de nuevo. Pero Dolores es orgullosa y dice que no lo hará. Como Rafael no sabe qué camino seguir, el autor opta por acabar aquí el cuadro con un oscuro, sin que se haya decidido nada.

Cuando se reanuda la acción, el Prior ha salido al patio a fumarse un cigarrillo y aprovecha para entonar una romanza en donde les confiesa a los pocos espectadores que aún aguantan heroicamente en sus butacas que el hermano Rafael le tiene algo mosca. Se imagina que sigue enamorado de la de las narices y que acabará huyendo del convento por la escalera de incendios si hace falta. Nos asegura que «el amor es un veneno de un poder fatal». Luego pone cara soñadora —recordando seguramente sus devaneos pre-prióricos— y le roba el acto a Rafael, cuyas frases musicales son más feas que las suyas.

El Prior y Rafael se enfrentan al fin. El primero le afea al segundo que haya faltado al rezo (como de costumbre, por otra parte) y Rafael pide que le oiga en confesión, porque tiene algo verde que contarle. El Prior le escucha, encantado, como suele pasar. Rafael confiesa que la pasión le domina y el Prior le pide detalles picantes. Finalmente, deciden que el hermano se vaya con la chica, pero no en ese momento, sino en el cuadro siguiente.

Ya estamos afortunadamente en el cuadro final de la obra. Vuelven a salir Nicasia y Perico para dar ambiente. Aparece Rafael, vestido de artista bohemio, seguido de Dolores, con el niño en brazos y unas alforjas con queso y chorizo para el camino. Ambos se despiden del convento con lágrimas en los ojos. Suenan campanas. Hay chupinazos. Desfilan los mozos y las mozas. El Prior y los monjes agitan pañuelos y la obra se acaba para alivio de muchos.

EL LIBRO MALDITO




Descubrimos en una estantería de algún sitio un libro con el inquietante título de LOS 1001 LIBROS QUE HAY QUE LEER. Las palabras «antes de morir» no están impresas con tinta, pero da lo mismo: lo están de manera imperceptible e implícita y parecen flotar alrededor del libro.

Entonces, nos entra la prisa (no te parece que te vaya a dar tiempo) y, a la vez, se nos general dudas: ¿Habría que evitar leer los títulos que no estuvieran en esa lista? ¿Morirías al acabar de leer el último? ¿Para qué nos serviría tanta erudición cuando estuviéramos con un pie en el otro barrio?

Ahora bien: ¿cuántos libros puedes echarte al coleto a un ritmo normal sin dejar de hacer esas cosas que tienes que hacer todos los días, como dormir, trabajar o cepillarte los dientes? Baltasar Gracián recomendaba leer un libro al día, pero lo dijo porque él era aragonés.

Hay libros muy gordos. Dándose prisa, pongamos... ¿quince días para cada uno, contando con los días que estás enfermo o de viaje y no te da tiempo a leer nada? Eso son cuarenta años de lecturas, tirando por lo bajo. Si somos viejos, la pregunta es: ¿viviremos tantos años? Y si somos jóvenes: ¿aguantaremos tantos años leyendo y sin hastiarnos?

Bueno, concedamos que unos leerán más deprisa y otros, más despacio.

Nos intriga saber cuánto han tardado los dos autores en leérselos ellos y en reseñarlos. Pero, ¡oh, desilusión! No es un libro escrito por dos señores, sino por una legión de señores. ¡Así cualquiera! Los que figuran como autores son sólo los coordinadores de muchísimos otros (que habrán efectuado un provechoso «corta y pega» de acá y acullá). Es muy posible que nadie se haya leído ninguno de los títulos que se recomiendan y se hayan limitado a escanear el texto de la contraportada al tiempo que insertaban la foto.

Otro aspecto que se nos viene a la cabeza es el criterio de selección de los libros. Nosotros somos muy puñeteros en cuanto al principio de autoridad. ¿Y si el ejército de antólogos o seleccionadores fueran un hatajo de cretinos (cosa muy posible) y hubieran hecho una elección pigre (cosa más que probable)? ¿Deberemos pasar nuestros próximos cuarenta años leyendo bodrios infumables elegidos por una panda de ineptos? Es para pensárselo con detenimiento, ¿no creen?

Así es que decidimos ver con qué títulos hemos de culturizarnos antes de que tenga lugar nuestro óbito. Abrimos el libro por una página al azar y nos encontramos con la recomendación de que hay que leer impepinablemente LA SOMBRA DEL VIENTO, de Ruiz Zafón, un reciente best-seller. ¿Es uno de los 1001 mejores libros de la historia de la literatura? En puridad, no sabríamos decirlo.

Pero entonces acudimos al índice, a cotejar este posible monumento literario con otros que nos consta que sí lo son y nuestro estupor es mayúsculo.

LOS HERMANOS KARAMAZOV, de Fiódor M. Dostoyevski, no está en el índice. ¿Cómo es posible? Bueno, puede ser un olvido más o menos perdonable, un error humano al fin y al cabo.

LA PRIMA BETTE, de Honoré de Balzac, tampoco figura.

Ni LA REBELIÓN DE ATLAS, de Ayn Rand.

Ni GOG, de Giovanni Papini.

Ni LOS OJOS DEL HERMANO ETERNO, de Stefan Zweig

Ni BAJO LA RUEDA de Herman Hesse.

Ni EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA de Gabriel García Márquez.

Ni LA METAMORFOSIS, de Franz Kafka.

Ni EL CRIMEN DE LORD ARTURO SAVILLE, de Oscar Wilde.

Ni LA «TOURNÉE» DE DIOS, de Enrique Jardiel Poncela.

Ni DON CAMILO, de Giovanni Guareschi

Ni EL DIABLO COJUELO de Luis Vélez de Guevara.

Ni LOS SUEÑOS, de Francisco de Quevedo.

Ni LOS SANTOS INOCENTES, de Miguel Delibes.

Ni JUAN CRISTÓBAL, de Romain Rolland.

Ni LAS UVAS DE LA IRA, de John Steimbeck.

Ni...

Ni...

Ni...

¡¿Pero qué porquería de selección es ésta?!

¡Horror! Ahora nos damos cuenta, además, de que no hay absolutamente ningún libro de poesía en esta lista. ¡Adiós, Góngora, Bécquer, Keats, Shelley, Whitman, Rimbaud, Gibran, Machado, Darío, Lorca, ya no os leeremos más, pues no nos quedará tiempo para vosotros!

Tampoco hay libros de teatro. ¡Aristófanes, Shakespeare, Lope, Calderón, Molière, Schiller, Ibsen, Bernard Shaw, perdonadnos nuestra infidelidad!

Ni de filosofía y pensamiento. ¡Montaigne, Voltaire, Nietzsche, Schopenhauer, Russell, nunca más nos volveremos a encontrar en este bajo mundo!

O sea, que estamos totalmente en manos de unos buenos señores que —no se sabe con qué autoproclamada autoridad— nos dicen en diversos libros elaborados ex profeso qué cuadros debemos ver, qué lugares debemos visitar y qué posturas sexuales debemos practicar si no queremos que nuestras vidas sean un completo fracaso.

El libro que tendría que venderse (en vez de éste que antirreseñamos) debería ser uno titulado 1001 LIBROS QUE NO DEBES LEER DE NINGUNA DE LAS MANERAS SI NO QUIERES QUE LOS PODERES FÁCTICOS TE MANGONEEN A PLACER Y SE RÍAN ENCIMA DE LO TONTO QUE ERES POR HACERLES CASO.

Puede que algún día nosotros mismos nos decidamos a escribir tal libro. Sería algo así como el evangelio de los lectores inconformistas.