MARÍA ANTONIETA, UNA REINA ATOLONDRADA Y CON MUY POCA CABEZA






Se han hecho muchas películas
en torno a María Antonieta
y también hay «escribidas»
biografías por docenas.
Unos dicen que era casta
y otros, que una mala pécora.
¿En qué quedamos, señores?,
que la intriga nos desvela,
la duda nos hace migas,
la curiosidad nos cerca,
la incertidumbre nos roe,
la incógnita nos aprieta
y no hallaremos sosiego
sin saber a ciencia cierta
si la reina susodicha
era mala o era buena.

Tras leernos muchos libros
sin dejar ni las cubiertas,
tras consultar a eruditos
y aguantar a los muy pelmas,
tras beber en muchas fuentes
sin tener la boca seca,
concluimos firmemente
que nadie tiene ni idea.
Así es que les contaremos
la historia a nuestra manera
y si a alguno no le gusta,
que reclame donde pueda.

Era esta niña pilonga
hija de María Teresa,
una emperatriz austriaca
que tenía un palacio en Viena
(aunque parece que a veces
veraneaba en Manresa,
donde vivía un primo suyo).
Como fuere: la muy mema
pretendió llevarse bien
con la corte versallesca
y casó a su hija con el
Delfín, un niño que era
cretino y zangolotino,
gordo cual una ballena,
más estúpido que un selfie
y más soso que una ameba.

Así que murió Luis XV,
víctima de la viruela,
María Antonieta y Luisito
fueron la regia pareja,
pero, ¡ah, dolor!, el monarca
tenía un pequeño problema
en una región que está
entre el muslo y las caderas
y a su esposa no podía
en nada satisfacerla.

¿Resultado? Pues muy malo,
porque, por esto, la reina,
de frustración acabó
estando muy neurasténica.
Y si antes de este fiasco
era ya un tanto coqueta,
tras el fracaso nupcial
se desató de manera
que de sus líos eróticos
pronto se perdió la cuenta.
Los franceses se enfadaron
con la lasciva extranjera
e hicieron libelos donde
la ponían de vuelta y media,
porque llevaban muy mal
que Luis XVI tuviera
sobre sus sienes reales
una regia cornamenta.

La cosa no quedó ahí
porque la reina, que era
muy gastona y manirrota,
organizaba unas fiestas
de aquellas de «aquí te espero
en casa haciendo calceta»
que le costaban un ojo,
los párpados y las cejas,
y que dejaban temblando
las finanzas palaciegas,
por lo que se la llamó,
«La Culpable de la Deuda»
«Madame Deficit» y otras
cosas bastante más feas.
Si a todo esto se suma
la circunstancia de que ella
era alemana, se entiende
que acabara sin cabeza
a las primeras de cambio
(la Revolución Francesa).

Seguimos con nuestra historia:
la aristocracia se daba
la gran vida, todo a expensas
del pueblo llano, que estaba
que se comía las piedras
de pura hambre. No es extraño
que saltase la espoleta
y aquella bomba social
les explotará en la jeta
de manera contundente
a las clases sinvergüenzas:
los dos primeros estados
(léase el clero y la nobleza).

No contaremos aquí
la revolución aquella;
si alguno no la conoce,
si hay alguien que no la sepa,
nuestro consejo es que vaya
a Salamanca y aprenda.
Iremos directo al grano
para acabar el poema:
el tercer estado dio
a la tortilla a la vuelta,
estableció la República,
compuso La Marsellesa,
inventó el paté de foie,
le cortó al rey la cabeza,
persiguió a los aristócratas,
se metió en guerras con media
Europa y armó un gran cisco
que aún hoy día se recuerda.
Y como gran colofón
de aquella orgía sangrienta
en que se guillotinaba
a sesenta o a setenta
un día si otro también,
se quiso acabar la juerga
afeitando a la alemana
una mañana cualquiera.

¡Oh, qué horror! Al relatarlo,
señores, se nos congela
de golpe toda la sangre
que corre por nuestras venas
y se nos eriza el vello
de los brazos y las piernas.
¡Pobre Mary! ¡Pobrecita!
Nos produce mucha pena
la forma en que la apiolaron,
pues lo que hicieron con ella
no estuvo ni medio bien.
Subida en una carreta
la llevaron por París
para que todos la vieran
y le dijeran mil cosas
que no eran sólo ternezas.
Durante todo el trayecto
las pérfidas verduleras
de la cité le arrojaron
tomates y berenjenas
que la pusieron perdida
de los pies a la cabeza.

La subieron al cadalso
(dicen que por la escalera),
le pusieron el cogote
sobre un trozo de madera
que estaba todo pringoso
de la sangre de la peña
y soltaron la cuchilla,
que descendió con la fuerza
de la gravedad que es
nueve con ocho en la Tierra.

Aquí acaba la semblanza
de aquella famosa reina
que fue un día la mujer
más famosa del planeta
pero que acabó su vida
hecha cisco y en dos piezas.
Y, para informarle, haremos
al lector una advertencia:
el género que describe
cualquier muerte tan cruenta
no se llama biografía
sino, más bien, biografea.

DEL BLOCK DE NOTAS DE MAQUIAVELO


Ya que las cárceles están construidas, habrá que meter a alguien dentro.

La sociedad se creó para posibilitar el cotilleo.
El deber es algo que está muy bien para que lo cumplan los demás.

El asesino de un solo crimen vive muy frustrado.

Los malos hábitos son muy difíciles de enmendar, así es que ni te lo plantees. Sé tú mismo, como suele decirse, y quédate como estás.

Las palabras elegantes no son sinceras, pero resultan más agradables de escuchar que la otras.

No hagas más que una sola cosa a la vez y, aun así, es muy probable que te salga mal.

El que tiene un amigo como tiene un tesoro y le puede pedir dinero prestado y no devolvérselo jamás.

Si alguien te hace un favor, pregúntate que ha salido él ganando.

El mal es fácil, pero el bien exige mucho más esfuerzo. Por ende, haz el mal y evita cansarte.

Ser tonto consiste en estimar a los demás más de lo que se merecen.

Los criminales tontos están en la cárcel; los listos, libres por las calles. Así es que antes de delinquir por primera vez hazte un test de inteligencia.

Nunca te abochornas de nada de lo que hagas, pues por muy sinvergüenza que tú seas, siempre habrá otro más sinvergüenza que tú.

Afortunadamente, a muchos ladrones no los cuelgan, porque, de otra manera, hace siglos que ya no habría árboles en el mundo.

Desconfía de aquellos que dicen amarte mucho y también de los que te demuestran no amarte nada. Vamos: desconfía de todos y no te llevarás disgustos.

Los desgraciados se consuelan mirando otros más desgraciados que ellos, lo que les resulta muy divertido.

Lo principal no es merecer ser feliz, sino conseguir serlo.

El cadáver de un enemigo, por muy podrido que esté, siempre resulta una visión agradable.

Los tontos vienen al mundo para que los listos tengamos ocasión de reírnos.

Conocerse uno mismo es bueno, pero conocer a gente influyente en el gobierno es mucho mejor.

Si eres virtuoso, las gentes te elogiarán durante cinco minutos y se burlarán de ti el resto de tu vida.

No digas nunca la verdad: te meterías en líos y, además, casi nunca te creerían.

Si quieres ser popular y que las gentes te quieran, cuéntales todos los secretos que sepas de las otras gentes.

La sabiduría consiste simplemente en hacer lo contrario de lo que hacen todos, que no dejan de ser unos cretinos.

Es mejor ser un nuevo rico que un pobre con pedigrí de pobre.

El rico nunca sabe quiénes son sus amigos, pero eso no le importa porque todo el mundo le trata muy bien.

De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso y todo el mundo parece haberlo dado hace tiempo.

El que piensa en demasiadas cosas no realiza ninguna y así trabaja menos y no se cansa.

Un 20% de la humanidad piensa tonterías y el resto, ni eso.

Aunque hayas cometido muchos errores, siempre tienes la posibilidad de mentir sobre ellos.

La maestría no existe. Está científicamente demostrado que cuanto más trabajas, peor lo haces.

En la mujer la hermosura dura muy poco y la tontería toda la vida. Busca una mujer hermosa y lista y, si la encuentras, avisa los periódicos para que den la noticia.

De todos los hombres a los que admiro yo soy el primero y hasta me atrevería decir que también el último.

LA CONVERSACIÓN DEL CONDE OLINOS Y SU CABALLO




ACTO ÚNICO

CUADRO I

(LA ACCIÓN SE DESARROLLA EN UNA PLAYA QUE ESTÁ VACÍA. ¡CÓMO SE NOTA QUE ESTO ES UNA OBRA DE FICCIÓN!, ¿EH? DE UN BOSQUE CERCANO SALEN EL CONDE OLINOS Y SU CABALLO.)

EL CABALLO.—(UN TANTO ENFADADO.) Pero, vamos a ver: ¿se puede saber para qué me has hecho madrugar tanto, conde? Yo estaba durmiendo tan a gusto en la floresta.

OLINOS.—Es que hoy me va a pasar algo muy poético, lo intuyo; y las cosas poéticas nunca suceden a las diez y cuarto de mañana ni a ninguna otra igual de prosaica, sino al amanecer o al atardecer.

EL CABALLO.—¿Y para eso me has levantado?

OLINOS.—Para eso y para darte de beber, pues ayer cabalgamos mucho y debes de tener sed.

EL CABALLO.—Sed sí, tengo: lo reconozco.

OLINOS.—Por esa razón te he traído aquí,  a las orillas del mar.

EL CABALLO.—(TRAS UNA PAUSA.)  Tú estás mal de la chaveta, conde. ¿A qué colegio fuiste?  ¿No te enseñó nadie que el agua de mar es salada y no se puede beber? ¿Que si lo haces te vuelves loco y luego te mueres entre terribles dolores de estómago? ¿Yo qué te he hecho para que te comportes así conmigo?

OLINOS.—Pues verás: yo pensaba en cómo describiría la posteridad nuestra historia e imaginé el principio de un romance que diría:

«Madrugaba el conde Olinos,
mañanita de San Juan,
a dar agua a su caballo
a las orillas del mar.»

EL CABALLO.—Pero, vamos a ver, alma de cántaro: ¿no sabes que estamos a siete y que faltan aún quince días para San Juan? Además, el que me hagas beber en el mar sólo para que el verso rime me parece una chapuza tremenda.

OLINOS.—Es que no se me ocurría otra cosa...

EL CABALLO.—Bueno, olvidemos el asunto. ¿Qué tienes planeado a continuación?

OLINOS.—Nada. Yo cantaré y ya veremos a ver qué pasa. Dejaré que los acontecimientos fluyan.

EL CABALLO.—Bueno, tú canta lo que quieras. La playa está solitaria y no puedes molestar a nadie. En cuanto a mí, me vuelvo al bosque a dormir un rato, pues el trote de ayer me ha dejado baldado. (SE VA POR DONDE VINO. EL CONDE OLINOS CARRASPEA UN RATO Y COMIENZA A CANTAR LA CANCIÓN DEL VERANO DEL AÑO 1135.)



CUADRO III
(EN UN CASTILLO CERCANO, UNA HABITACIÓN EN UNA TORRE, CON UNA GRAN VENTANA, POR DONDE DEBE DE ENTRAR UN AIRE GÉLIDO. EN ESCENA, LA REINA Y LA PRINCESA. LA REINA ES MUY FEA. LA PRINCESA, EN CAMBIO, NO ES FEA, SINO DECLARADAMENTE HORROROSA. NO TENEMOS PALABRAS PARA DESCRIBIRLA, POR LO QUE DEJAMOS LOS DETALLES AL ARBITRIO DE LA ACTRIZ CUANDO SE MAQUILLE PARA SALIR A ESCENA. SE ESCUCHA A LO LEJOS LO QUE PARECEN LOS GEMIDOS DE UN GATO ATROPELLADO POR UN MOTOCARRO. ES OLINOS, QUE CANTA.)


REINA.—(TAPÁNDOSE LOS OÍDOS.) ¡Esa maldita sirena me está dando dolor de cabeza con esa canción tan pachanguera! ¡Bien podría esforzarse por afinar un poco!

PRINCESA.—No, madre, no es la sirenita de la mar la canta. ¡Escucha bien! ¡Es la voz del conde Olinos, mi enamorado!

REINA.—¿Tu enamorado, dices?

PRINCESA.—Sí. ¿No es hermosa su voz?

REINA.—¿Tu enamorado, dices?

PRINCESA.—¿Qué te extraña?

REINA.—No, si... ¿Te ha visto alguna vez?

PRINCESA.—No, eso no. Pero llegó a sus oídos noticia de que una princesa, es decir, yo, moraba en este castillo y su romántico corazón se me ofreció generoso. Me escribió una misiva de amores y ahora canta sus sentimientos para que yo los escuche. Espera, ansioso, el momento de conocerme en persona.

REINA.—¡Pues le aguarda una sorpresa!

PRINCESA.—¡Invitadle a cenar, madre, os lo ruego!

REINA.—¿A cenar? Para un hombre de linaje tan bajo como el suyo no hay en este castillo ni un bocadillo de mortadela. Olvida a ese pretendiente. Nunca te casarás con él.

PRINCESA.— (LLOROSA.) Pero, madre: yo le amo.

REINA.—Casarse y amar son dos cosas que no tienen nada que ver. Si no me crees, pregúntaselo a tu padre, que te dirá lo mismo que yo. Tú eres una princesa y no puedes unir tu vida a ese individuo. Por cierto, ¡a ver cuándo se calla, que me está destrozando los tímpanos!

PRINCESA.—¿Creéis que no es digno de mí? ¡Pero si es conde!

REINA.—(BURLONA.)  ¿Conde? ¡Hay muchos condes! Y a la mayoría les dan el título sin merecerlo, por cosas insignificantes, como sostenerles el orinal a los reyes o leerles libros en la cama para que se duerman. No hay ningún mérito en ser conde.

PRINCESA.—Pero es un hombre gentil y hermoso.

REINA.—Lo de hermoso se lo concedo. A tu lado no es difícil serlo.

PRINCESA.—Su voz es tan dulce que las aves se para a escuchar sus canciones. (LA LLEVA A LA VENTANA.) Miradlas cómo vuelan en círculo encima de él.

REINA.—Esas aves son buitres. Y no se paran por el encanto de su voz, sino por otra cosa.

PRINCESA.—¡No es posible!

REINA.—Yo te lo demostraré. (SILBA RECIAMENTE POR LA VENTANA Y LLAMA.) ¡Pajarito! ¡Eh, pajarito!

         (EN EL QUICIO DE LA VENTANA SE POSA UN BUITRE.)

BUITRE.—¿Me llamabas, oh, reina?

REINA.—Sí; dime, haz el favor: ¿por qué tú y tus compañeros habéis detenido vuestro vuelo junto al conde Olinos?

BUITRE.—No hemos detenido nada. Al contrario, hemos venido de muy lejos a ver al conde.

PRINCESA.—¿No os lo dije, madre?

REINA.—¿Habéis venido a escucharle cantar?

BUITRE.—¿A escucharle...? (EL BUITRE SE ECHA A REÍR.) ¡No, claro que no! Hemos venido a su lado porque olía tan mal que sospechábamos que pudiera estar muerto. Pero aún se mueve, así es que el olor ha de deberse únicamente a su falta de higiene.

REINA.—(A LA DESILUSIONADA PRINCESA.) ¿Ves lo que te decía? (DIRIGIÉNDOSE DE NUEVO AL BUITRE.) No tenéis por qué lamentaros, pues mis soldados se van a ocupar de él de un momento a otro y entonces estará todo lo muerto que os conviene que esté para que podáis desayunároslo.

BUITRE.—¡Menos mal! Así no habremos hecho el viaje en balde. Gracias por la noticia. Me voy, no vaya yo al final a quedarme sin mi parte por llegar tarde. (EL BUITRE EMPRENDE EL VUELO.)

REINA.—Ya has visto lo que hay

PRINCESA.—¡Sois cruel!

REINA.—Digo la verdad.

PRINCESA.—¡Pues yo con el conde Olinos deseo desposarme y estoy decidida a hacerlo!

REINA.—Te guardarás muy mucho. Quítatelo de la cabeza. Además, estoy segura de que sólo te quiere por tu dinero.

PRINCESA.—¡No entendéis de sentimientos, madre!

REINA.—¡Ya lo creo que sí! Ahora mismo me inunda hacia tu amado un sentimiento de asco profundo. Todos son sentimientos.

PRINCESA.—¡Me escaparé con él!

REINA.—No te dará tiempo. Has de saber que he mandado a mis mejores arqueros a que le den muerte sin compasión. Así, de paso, practican, que están un poco enmohecidos y faltos de puntería y luego, cuando alguien pone sitio a nuestro castillo, no nos sirven de nada.

PRINCESA.—¡Vais a matarle!

REINA.—No, yo no: los arqueros.

PRINCESA.—Eso quería decir.

REINA.—Mira. (SEÑALA HACIA LA LEJANÍA.) Ahora viene lo más interesante. No te lo pierdas. (MIRAN POR LA VENTANA.)


CUADRO III
         (LA MISMA PLAYA VACÍA DEL CUADRO I, SOLO QUE AHORA ESTÁ LLENA DE ARQUEROS, ARMADOS CON LANZAS. OLINOS QUIERE EMPRENDER UNA PRUDENTE RETIRADA.)



ARQUERO 1º.—¡No escapes, conde!

ARQUERO 2º.—¡Te tenemos rodeado!

OLINOS.—(APARTE.) ¡Vaya por Dios! Creo que estoy en un serio aprieto. (ALTO, A LOS ARQUEROS.) Bien: me rindo. No hace falta que me amenacéis. Soy Aries y mi horóscopo me dice que hoy no me conviene pelear, pues llevaría las de perder. Me entregaré sin oponer resistencia.

ARQUERO 1º.—¡Ah! Desgraciadamente la cosa no es tan fácil.

OLINOS.—¿Ah, no?

ARQUERO 2º.—No. Tenemos orden de mataros sin contemplaciones. Por eso hemos venido con nuestras lanzas.

OLINOS.—Pero, ¿no sois arqueros?

ARQUERO 1º.—Pues ésa es la cuestión: que con las flechas tardaríamos mucho en matarte, porque la puntería con el arco no es uno de nuestros fuertes.

OLINOS.—¿Y aun así cobráis como arqueros? Pues estáis robando el sueldo, permitidme que os diga.

ARQUERO 1º.—Bueno, pero eso es cosa nuestra y a ti no te incumbe. ¡Prepárate a morir a lanzadas y menos conversación!

ARQUERO 2º.—¡Eso!

OLINOS.—¿Y qué haréis con mi cuerpo?

ARQUERO 1º.—Te podríamos dejar aquí y los buitres darían buena cuenta de tus despojos.

OLINOS.—¡Ay, no! ¡Qué grima!

ARQUERO 2º.—O bien podríamos echar tu cuerpo a la mar, para que no se te comieran. La corriente se llevará tu cadáver. Al mar no le importa, le caben muchos.

OLINOS.—¡Oh, sí, lo prefiero!

ARQUERO 1º.—Pero eso significaría mucho más trabajo por nuestra parte, ya sabes: levantarte, acarrearte, meterte el agua, para lo cual nos tendríamos que mojar las piernas...

ARQUERO 2º.—En fin: que nos da pereza.

OLINOS.—Si me arrojáis al mar, lejos de los buitres, os haré un regalo. Podéis quedaros con mi jubón y mis botas. ¿Eh? (TRAS UNA PAUSA.) ¿Qué me decís?

ARQUERO 1º.—No sé: con tu jubón y tus botas ya nos los íbamos a quedar de cualquier manera...

OLINOS.—Pues no tengo nada más que ofreceros.

ARQUERO 1º.—Da igual. Te arrojaremos al agua gratis. Nos has caído simpático y así, de paso, hacemos nuestra buena acción de hoy.

OLINOS.—¿Cómo?

ARQUERO 2º.—Sí: tenemos que hacer una buena acción cada día: somos boy-scouts.

ARQUERO 1º.—No te preocupes: los buitres no podrán acercarse a ti.

ARQUERO 2º.—Has tenido mucha suerte en que seamos nosotros los que te vayamos a matar.

ARQUERO 1º.—¡Y qué lo digas!

ARQUERO 2º.—Bueno; ¡manos a la obra!


CUADRO IV
         (ANTE UN TELÓN NEGRO, UN NARRADOR.)

NARRADOR.—(DIRIGIÉNDOSE AL PÚBLICO.) Con las lanzas tampoco eran muy hábiles, pues según cuenta la historia el conde Olinos murió a la medianoche, lo que implica aunque le estuvieron pinchando mal durante un montón de horas, hasta que al fin atinaron y se lo cargaron de una vez.

         La princesa, al saber que había muerto, también quiso morir, pero lo aplazó hasta el día siguiente, porque de pasarse todo el día mirando por la ventana, tenía un dolor de espalda importante. Así es que se echó un rato y cuando se levantó, al cantar el gallo, retomó el asunto donde lo había dejado y se murió en solidaridad con su amante.

         A la desdichada princesa la enterraron en el altar de una iglesia (¡que también son ganas!) y a él, unos pasos más atrás, porque era tan sólo conde y no podía permitirse una butaca de primera fila. De la tumba de ella salió un florido rosal y de la de él, que era un cardo, tan sólo un arbusto espinoso. El caso es que ambas plantas se unieron y la reina las mandó cortar, porque al estar allí junto al altar, al cura se le enganchaba la casulla siempre que iba a decir misa.

Del rosal de la princesa surgió una garza, que emprendió el vuelo y salió por la puerta de la iglesia. Del espinar del conde nació un gavilán que echó a volar y salió por una vidriera, rompiéndola toda.

         Como las garzas carecen de sex-appeal para los gavilanes, aquellos amores siguieron siendo platónicos y no hubo consumación alguna, por lo que esta historia se catalogó en su momento como «apta para señoritas».

TELÓN