Conozco
a una pareja de amigos, jóvenes pero suficientemente preparados —informáticos
ellos—, que cualquier tema que se saque en su presencia lo acaban llevando al
terreno de la comida.
Si
les dices, pongo por caso:
—El
Ebro se ha desbordado y han muerto ahogados cuatrocientos baturros.
Puede
que te diga él:
—¡Qué
tragedia tan grande! Y, además, se les habrán estropeado los espárragos. Yo
estuve por allí el mes pasado... por cierto, un poco antes de llegar a
Calatayud, en el kilómetro tal de la autovía, hay un restaurante estupendo,
donde sirven un lomo ibérico, pero del de verdad, no lo que se come por aquí.
O
si les cuentas:
—¿Te
acuerdas de mi amigo Federico? Pues se ha casado.
Probablemente
te dirá ella:
—¿Federico?
¡Ah, sí! Me acuerdo de que me lo presentaste el día aquel que cenamos en casa
de mis cuñados. Sí, hombre, cuando se le quemó el arroz, que todos pusisteis
unas caras muy raras... Bueno, es que a mi cuñada le pasa siempre. A mí, no. Yo
lo que hago es mantener el fuego muy lento y añadir el caldo poco a poco y
después... (Y aquí entra su receta particular para el arroz.)
Esto
me ha llevado a reflexionar.
La
civilización tiene muchos ejemplos de una gula bastante apreciable entre
algunas de sus personalidades más refinadas.
Schopenhauer
se dejaban el ascetismo a la puerta del restaurante en donde se reconciliaba
con el mundo.
Wilde
dijo que, después de una buena comida, se puede perdonar a todo el mundo,
incluso a la familia.
Kant
comía siguiendo un fichero en donde constaban sus especialidades culinarias
preferidas y las de sus amigos.
Rossini
reconocía que le interesaba más la gastronomía que la música. Según sus
biógrafos sólo lloró tres veces en su vida: oyendo cantar un aria, cuando
silbaron su Barbero de Sevilla y cuando, durante un viaje en bote, se
le cayó al agua un pavo trufado.
Balzac,
en su época de pobreza, sólo comía pan seco, pero siempre tras envolverlo en un
papel en donde escribía el nombre de sabrosos manjares. A falta de otra cosa,
comía con la imaginación.
En
Francia se llegó a decir: «La naturaleza conoce tres seres con el estómago
dilatado y nunca satisfecho: el tiburón, el avestruz y Victor Hugo.»
Goethe,
siempre el primero, siempre distinguido y siempre por encima de los demás
mortales, supo resistir a esta gula insaciable, dando un ejemplo insigne de
originalidad: fue el único alemán al que no le gustaban las salchichas.
También
podríamos citar aquí innumerables ejemplos de antropófagos famosos, pero no
incluiremos sus banquetes en este escrito sobre la gula puesto que fueron
hechos producidos más por la necesidad que por otra cosa y no llevados a cabo a
instancias del paladar. Pues resulta que los especialistas de todo el globo
coinciden al afirmar que la carne de hombre no es muy sabrosa, puesto que deja
en la boca del gourmet un sabor dulzón, como si el eventual
antropófago, en lugar de un marinero de Liverpool, se hubiese comido una
alcachofa.
Eso
me han asegurado personas entendidas, pero ¿quién sabe? Si ustedes han probado
a algún señor y les ha sabido diferente, no dejen de decírmelo.
Como
curiosidad histórica mencionaré que la cocina de diseño no es un concepto nouvelle:
la inventó Leonardo da Vinci. Puso en una fuente una molleja de pato, adornada
con medio espárrago y unas gotas de vinagre y se lo presentó a su señor y
protector, Ludovico Sforza. (Y Ludovico se enfadó mucho y le dijo algo así como
«¿Qué mariconada es ésta?» Sólo que, ¡claro!, se lo dijo en italiano.)
De
todas maneras, mi reflexión final es que el arte culinario estaría muy bien...
si en el mundo comiéramos todos. A fin de cuentas, los supremos gourmets
son aquellos que pasan hambre, porque para ellos, lo poco que comen, les parece
lo más exquisito que darse pueda.




