Tom Hooper, 2010
¿Se puede ser duque, hijo de rey, almirante, caballero de la Orden de la Jarretera y ser un perfecto inútil? Es obvio que sí.
Albert Frederick Arthur George Winston tiene un problema de comunicación consistente básicamente en que no puede comunicarse. Es tartamudo (o stutterer y lo decimos así porque en inglés suena menos ridículo y aquí solo queremos contar una película, no aprovechar la coyuntura para ridiculizar a las monarquías, que ya saben hacerlo ellas solitas y sin ayuda de nadie).
Al principio del film y durante los títulos de crédito para no desperdiciar metraje, ya lo vemos metido en harina; dando un discurso en el estado de Wembley ante una considerable multitud de lores con chistera y loras con pamela. Se pone nervioso y tarda tanto en articular cuatro palabrejas que algunas colonias del Imperio tienen tiempo mientras tanto para independizarse y salirse de la Commonwealth.
La radio es el invento del futuro en esta historia del pasado y, como aquel fiascado discurso se tendrá que repetir muchas veces, la esposa del príncipe en cuestión hacen que le repartan cartas en el asunto y se encuentra sin ningún triunfo. Como no existe ni un solo inglés que sepa pronunciar su idioma sin mantener los dientes apretados y sin separarlos, tiene que buscarse a un profesor de dicción australiano (el Dr. Logue), para darle clases a Albert.
Este se muestra reacio a que un «extranjero» le enseñe algo a él, que hasta ha aprendido a atarse los cordones de los zapatos él solo, pese a pertenecer a la casa real. Se niega a que le tuteen, sin percatarse de que en inglés el pronombre ‘you’ significa tanto «tú» como «usted», por lo que la diferencia entre ambos no existe.
Logue descubre que si consigue enfadar a Albert —algo sumamente fácil, por otra parte, porque el hombre es un majadero—, este masculla palabrotas y entonces no tartajea.
Haciendo de psicólogo sin sillón ni tumbona se entera de que el príncipe era zurdo y le obligaron a que dejase de serlo (eso parece ser que esto arrojaba dudas sobre su virilidad) y que una niñera no le trató muy bien (le pegaban poco a la mujer, porque consideraban que el privilegio de servir al príncipe era paga suficiente). Estos datos le hacen colegir al foneticista que una infancia «difícil» justifica cualquier cosa.
Mientras tanto la Historia hace de las suyas, porque Jorge V se muere y el hermano mayor —David— sube al trono con el nombre artístico de Eduardo VIII, pero al poco tiempo se cansa, porque dice que la corona le pesa[1]. Así es que ahora tenemos a nuestro protagonistas (y el de ustedes) como Jorge VI.
Los espías del arzobispo de Canterbury le han contado que Logue no es doctor ni cosa parecida, así es que están a punto de largarle. Albert, indignado porque el terapeuta se ha sentado en la silla de san Eduardo a quitarse una piedrecita que llevaba en el zapato, le grita cosas feas y lo hace sin pausas y sin equivocarse, lo que le da mucha confianza.
Lo coronan.
Todo parece ir bien.
Alemania invade Polonia y Gran Bretaña tiene que declarar la guerra.
Con lo que ahora viene el discurso que va a ser la madre de todos los discursos y clímax indiscutible de la película. Los preparativos son exhaustivos. Logue le dirige con batuta, como un director de orquesta, indicándole pausas y énfasis. El nuevo rey hace sufrir a sus súbditos con sus frecuentes y angustiosos titubeos (porque no puede insultar a su gente en medio de su perorata), pero, como no hay otro, el pueblo inglés ha de apechugar con el rey que tiene y aplaudirle como si lo hubiera hecho bien.
La película acaba con un final feliz y todos yendo muy contentos a la guerra.
[1] No nos extraña, porque es de kilo y medio, y mide más de treinta centímetros. Contiene 273 perlas, 17 zafiros, 11 esmeraldas y un número de rubíes que aún están contando, por no hablar del rubí del Príncipe Negro, el zafiro de San Eduardo y la segunda Estrella de África.
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