La Ilíada

 

Lo sé de muy buena tinta

y se lo juro: no existe

ningún poeta en el mundo

que poemée o versifique

que no escriba alguna vez

sobre aquel suceso insigne

inmortalizado en odas,

en epopeyas (o en cine)

que tuvo lugar en Troya

hace ya un montón de abriles.

(¿Que cuántos abriles? Pues

ocho o nueve o diez mil, dicen.)

Y yo, para no ser menos

me estrujaré las meninges

para describir aquí

la gran cólera de Aquiles

que fue uno más famoso

que el que inventó los patines.

 

Contaré los prolegómenos.

Era retoño de Tites,

digo, de Tetis. Su padre

tenía un nombre de chiste,

pues se llamaba Peleo.

En él acabó su estirpe

porque, fuera por descuido

o por ser poco proclive

al humano apareamiento,

no hizo lo imprescindible

para procrear jamás.

¡Zeus, qué vida tan triste!

 

Era inmortal, sí señor.

O casi, según se mire;

pues su madre le cogió

y, para hacerle invisible

lo sumergió en la laguna

Estigia hasta las narices.

Mas pasó que en el talón

tenía pegado un chicle

y ese trozo de su anato-

mía se quedó sensible.

Tenía otro punto débil

situado en la laringe

y en los inviernos helénicos

cogía todas las gripes.

Sin embargo, era muy guapo

pese a toda su calvicie,

su cuerpo era muy robusto

y, aunque medía uno quince,

era bastante más sexy

que aquel que anuncia el «Martini».

Y, como era coqueto,

se hizo especialista en tintes,

se maquillaba y se daba

todo tipo de potingues.

Mas no vayan a creer

que Aquiles fuera algo Piscis,

cosa en Grecia muy corriente.

¡No hay que hacer caso de chismes!

 

Sus hazañas se contaban

desde Sabadell al Níger

y cuando Paris robó

a la Helena con los fines

que todos sabemos y

se la llevó a su escondite,

a Aquiles le tocó ir

para vengar aquel crimen

con todos los demás griegos

sin importarle un ardite.

 

Agamenón era el jefe

de aquel ejército pigre,

pero el hombre se llevaba

bastante mal con Aquiles

pues el héroe le contaba

a aquel que quisiera oírle

que Agamenón le solía

quitar todos sus botines

(botines de guerra, ¡claro!,

no zapatos ni escarpines).

Por lo tanto, en los diez años

que duraron esas lides

Aquiles no ayudó al rey,

diciendo: «¡Que se fastidie!»

Mientras los otros reñían

¿qué hizo él? Pues divertirse

cual si estuviera pasando

un verano en Tenerife.

Pasaba el día en el baño

hasta que cogió bronquitis,

jugó tres mil ajedreces

y unos siete mil parchises,

leyó las Obras completas

de Bertold Brecht y de Ibsen,

construyó con mondadientes

cuatro docenas de buitres

y se durmió tantas siestas

como para un récord Guinness.

 

Pero sucedió un suceso,

y el suceso fue que el príncipe

Héctor, troyano y rotario,

le hizo polvo las narices

a Pátroclo, que era un mozo

muy amiguete de Aquiles.

El héroe se cabreó

y así blasfemó: «¡Jolines!»

Cogió su lanza y su escudo,

se cambió de calcetines

y a las murallas de Troya

fue corriendo como un lince.

 

«¡Héctor!», grita, «Si eres hombre

y no sólo un alfeñique,

si aún te queda algo de honor

y si tienes cataplines

sal a guerrear conmigo.»

Héctor responde: «¿Qué dices?»

(porque era un poco sordo).

«¡Que salgas.» «¡Es imposible!

Has de ponerte a la cola

pues hay muchos adalides

que me retan a combates.

Puedo hacerte un hueco el quince,

entre la una y las dos,

aunque de comer me prive.»

 

(Como no quiero chafarles el suspense, lo dejo aquí. Quien quiera saber cómo acabó la cosa, que lea La Ilíada. Son sólo 8,654 versos, divididos en 24 cantos. ¡Animo!)

No hay comentarios:

Publicar un comentario