El drama social estuvo mucho tiempo intentando nacer como es debido y sin conseguirlo. Tuvo que aparecer Joaquín Dicenta a arreglar esta situación.
El problema fue que Dicenta era un señor tremendamente anarquizante que vio al teatro como un cuchillo, como una cachiporra o como cualquier otra arma de combate. Su objetivo era bienintencionado, pero patentemente panfletario. Dicho de otra forma: el Dicenta político tiene más méritos que el Dicenta artístico y a ambos hay que juzgarlos por separado.
Sus dramas sociales —ya merecedores por entero de ese nombre— se centran en el choque de clases y en las injusticias que de él se derivan, porque el hombre es un lobo para el hombre, como dijo Thomas Hobbes (frase que le había oído a un amigo suyo cuyo nombre no ha trascendido). Los estratos sociales de sus obras, sin embargo, están representados por individuos individuales con una conciencia moral muy personal.
Como hemos apuntado antes, su ideología era rebelde y anti-burguesa, hasta tal punto que no podías invitarlo a ninguna fiesta ni sarao, porque te armaba un escándalo por menos de nada.
Pero teatralmente fue muy eficaz. Tenía un estilo escueto, sobrio y directo, y sus personajes hablaban como habla el pueblo llano de verdad, aunque sin decir excesivas palabrotas. Se interesó, además, por el elemento escenográfico, cosa que a otros escritores de su tiempo les importaba más bien poco.
La obra más conocida de Dicenta es Juan José (1895), un drama obrero en donde el pobre honrado se enfrenta al «señorito» rico y abusón. El protagonista nos recuerda a esos villanos del teatro de Lope de Vega que no tenían inconveniente en plantarle cara al mismo rey. Juanjo tiene amores con Rosa y a Rosa la pretende también el señorito dueño de la fábrica, porque entre las chicas de la buena sociedad no hay ninguna que merezca la pena que se la mire dos veces. El patrono despide a Juan José para hacerle la Pascua y debido a su rivalidad por la muchacha. El infeliz no encuentra trabajo y acaba robando y dando con sus huesos en la cárcel.
Rosa, entonces, se lía con el señorito y cuando Juan José se entera y sale de la prisión, busca al malo y lo mata rápidamente. Ya metido en harina, mata también a la hembra infiel.
Tenemos, pues, un drama de amor, honor, venganza y ridículo, al que el tema social sirve de trasfondo idóneo. ¿Es esta una obra ideológicamente socialista? Pues sí, pero poco, porque no es la injusticia social la que genera el conflicto, sino los apetitos sexuales del señorito. De todas maneras, como la inmensa mayoría de las obras que se estrenaban por aquel entonces eran más conservadoras que don Pelayo, esta pieza destaca por su progresismo, aunque este sea muy escaso.
En la misma línea —pero generando mucho menos entusiasmo y menos duros— está El señor feudal (1897), que vuelve a girar sobre la honra personal. En esta nueva pieza, el «señorito» seduce a una moza y el hermano de esta le apiola sin más miramientos. Hay también otro personaje —un obrero de una fábrica que busca la redención por el trabajo—, pero realmente está metido con calzador y casi no interviene en el argumento. Da la impresión de que el autor lo ha puesto ahí para que no dijeran sus correligionarios socialistas que había dejado escapar una ocasión de hacer propaganda gratis.
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