Los aristogatos

 


La acción de esta fábula gatodisneica transcurre en París, pero no en el París del estado de Illinois (EE. UU.), que es un poblacho en medio de la nada, sino en el París francés (siempre conviene especificar), ese lugar romántico y glamuroso donde te cobran no menos de ocho euros por un café en una taza así de pequeñita.

La historia empieza en 1910, año en que se fundó en Buenos Aires el Club Atlético Excursionistas, dato este que no tiene absolutamente nada que ver con lo que contamos, pero que incluimos aquí para hacer bulto, porque a nosotros nos pagan por palabras.

Al asunto.

Hay una madame (no una madame de esas que ustedes se imaginan, sino una decente), Adelaida Bonfamille, que vive en una mansión nada cochambrosa, sino todo lo contrario (más palabras para el recuento), con sus cuatro mininos: una gata cursi llamada Duquesa y sus tres gatitos (del padre nunca se supo)[1]. Los gatitos se llaman Marie (por Marie Curie), Berlioz (por Hector Berlioz) y Toulouse (por Toulouse-Lautrec), sin pararse a considerar que casualmente estos tres personajes de la historia cultural francesa eran alérgicos a los pelos de gato.

Para que los franceses no se enfaden, la productora decide que el villano de la película será inglés (con lo cual son los ingleses los que se enojan y escupen en las salas de cine de Londres durante la proyección de esta película, poniéndolas pérdidas). Este malo es el mayordomo, como suele suceder cuando en vez de contratar a un guionista de verdad, le encargas el trabajo a tu cuñado, que es un saco de tópicos. (Luego nos enteramos de que la historia sucedió de verdad; o sea: que los guionistasni hicieron ni el mínimo esfuerzo por inventarse nada).

Este tal Edgar Balthazar va a heredar a la anciana —que no ha tenido en su vida la sabia precaución de tener hijos—, pero solo después de que los gatos mueran, pues se entiende que el dinero lo deja para su bienestar.

Edgar es de Letras y no hace bien las cuentas. Calcula que a la vieja le pueden quedar aún muy bien diez años de vida y que a cada gato le pueden quedar otros ocho, tirando por lo bajo. Suma 10 + 8 + 8 + 8 + 8 (ocho años por cada gato) y le salen 42 años mínimo, lo que le parece demasiada espera, por lo que decide matar a los bichos antes de morirse él de hastío, esperando.

El malvado duerme a los gatos con unas pastillas y se los lleva al campo para deshacerse de ellos tirándolos a una zanja (en París no había zanjas). Allí intervienen dos perros llamados respectivamente Napoleón y Marie-Joseph Paul Yves Roch Gilbert du Motier, marquis du La Fayette, al que llamamos solo Lafayette para abreviar. Son dos canes muerdemotocicletas que ayudan a la familia gatuna a librarse de su verdugo.

A la mañana siguiente, Duquesa se encuentra con un gato vagabundo, de nombre O’Malley, y es entonces cuando los espectadores se dan cuenta de que la película es una copia de La dama y el vagabundo, solo que con gatos en vez de perros.

Como fuere: se establece entre ambos una conexión química, pues a él le gusta mucho lo bien que huele ella y a ella le encanta asimismo lo mal que huele él.

Tal y como sucede siempre en las comedias románticas, tienen que pasar la noche fuera y él lleva a la dama y a sus mininirretoños a casa de unos gatamigos que tocan jazz sin que los vecinos protesten y que insisten en que todos quieren ser gatos jazzeros como ellos. Nadie se acuerda de que en 1910 aún no había jazz en las orillas del Sena.

(A modo de anécdota metida con calzador, diremos que la canción de los gatos la grabó el mismísimo Maurice Chevalier —que estaba ya más que jubilado— por deferencia a Disney y al monumental cheque que recibió).

O’Malley ofrece a Duquesa una vida idílica de tejados y raspas de sardina sacados de cubos de basura, pero ella declina, porque no quiere dejar sola a madame Adelaida, que no sabe hacer ganchillo y se aburre mucho sin sus mascotas.

Luego salen unos gansos que no hacen ninguna falta en la historia y que nos aburren un rato.

El mayordomo, por su parte, no ceja en su empeño de acabar con la familia felina y captura y mete a los cuatro gatos en un baúl para enviarlo como paquete postal con rumbo a Tombuctú, que es esa ciudad de África que nadie sabe nunca dónde está.

Pero el héroe O’Malley llega a tiempo, salva a todos y consigue que sea Edgar el que se vaya de vacaciones a Mali (que es dónde está Tombuctú: nosotros sí lo sabemos).

La vieja rehace su testamento y deja todo el dinero a los gatos callejeros de París. O’Malley se civiliza y se hace adicto al salmón que se come en aquella casa.

La productora Disney pensó en hacer una segunda parte de este film, pero luego se lo pensó mejor y —acertadamente, hemos de decir— abandonó el proyecto.


 



[1] No sabemos la palabra exacta para «cachorros de gato»; quizá no la hay y se dice simplemente ‘crías’. El castellano nos falla en ocasiones.

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