Fernando de Rojas

 


          Este buen señor, padre de los interminables veintiún actos de que consta su famosísima obra teatral La Celestina, estuvo a punto de perderse en el anonimato.

          ¿Qué decir sobre esta obra maestra de nuestro teatro sino que es una obra maestra de nuestro teatro?[1] Pero hemos de ser sinceros.

          Para empezar, La Celestina no se llama así, sino una cosa más larga (en esta obra todo es mucho más largo de lo que tendría que ser). Se titula algo parecido a Tragicomedia de Calisto y Melibea, compuesta por el bachiller Fernando de Rojas, nacido en la puebla de Montalbán. Claro que el título venía oculto en un acrónimo, porque se dice que el tal Rojas era más judío de lo que él hubiese querido y prefirió mantenerse en la sombra.

          Unos críticos aseguran que nos hallamos ante una pieza teatral indudable; otros la califican de novela dialogada; no faltan los que insisten en que no es ni una cosa ni la otra, sino un género híbrido; y, por supuesto, también están los que aseguran que es un churro de verbena y que aburre a toda clase de rumiantes.

La verdad es que no tiene acotaciones, sino solo diálogos, por lo que nunca sabemos quién entra y sale, si los personajes se sientan o están de pie, si ríen o lloran o si se suenan los mocos en un momento dado. Así es que nosotros nos inclinamos (hasta caernos) a asegurar que es una novela en la que inexplicablemente hay entreactos en los que se echa el telón.

          La versión original tenía nada más (y nada menos) que dieciséis actos, pero se conoce que Rojas se fue animando y añadiendo más y más peripecias hasta llegar a los veintiuno. Que le cogió el gusto, vamos.

Estamos hablando del año de gracia de 1499, que puede que el año tuviese gracia, porque la obra no la tiene, aunque se diga que es en parte una comedia. A nosotros nos parece una tragedia tonta, como pasamos a explicar.

          Celestina es una vieja furcia (¿para qué nos vamos a andar con rodeos, no?), que sabe mucho de la vida y se dedica a hacer que los jóvenes lo pasen bien. Calisto y Melibea se aman y no habría ninguna razón por la cual no pudieran casarse como Dios manda, tener muchos hijos y llegar a hartarse el uno del otro. En vez de eso, deciden mantener su amor en secreto y pagan a la vieja para que propicie sus encuentros.

          Al final, los criados de la madre Celestina la matan para quedarse con un collar de oro macizo que el imprudente de Calisto le ha regalado. Este se descuerna trepando hasta la alcoba de Melibea, que acaba tirándose por el balcón para hacer compañía a su amado. Todo esto se podría haber evitado perfectamente; pero si los personajes se hubieran comportado con sensatez en vez de hacer el cretino, entonces no habría habido drama y Rojas habría cobrado muy pocos royalties.

          La alcahueta, que ha logrado gran fama fuera y dentro de nuestras fronteras (como suele decirse) no es un personaje original, sino que está descaradamente copiado de la Trotaconventos del Arcipreste de Hita, que no le interpuso a Rojas un pleito por plagio por dos razones fundamentales: por lo cara que era la justicia ya entonces y porque hacía un siglo y medio que estaba muerto, pero principalmente por lo primero.

          Los otros personajes se describen en un periquete: Calisto es un imbécil; Melibea, una cursi renacentista; sus padres, unos nuevos ricos asquerosos, y los criados Pármeno y Sempronio, unos sinvergüenzas de tomo y lomo. Así de simple.

          La lengua empleada es muy variada, eso sí, aunque cada personaje habla como le da la gana. Los aristócratas emplean la metáfora, el hipérbaton, la sintaxis latinizante y el homoioteleuton, también llamado homeoteleuton, que aunque tiene un nombre complejo no es sino la similidesinencia de toda la vida, que supongo que los lectores conocen a la perfección.

          Los personajes del pueblo llano son también llanos; bueno, más que llanos son directamente soeces y groseros y se pasan la obra defecándose en la hetaira progenitora que les alumbró, por decirlo eufemísticamente.

          El éxito de La Celestina produjo una legión de imitadores que se apuntaron a cobrar, sacándole el jugo a la historia de Rojas. De esta manera tenemos la Segunda Celestina de Feliciano de Silva; La tercera Celestina o tragicomedia de Lisandro y Roselia, de Sancho de Muñón; La hija de la Celestina, de Alonso de Salas Barbadillo, y un montón más, pues copiones nunca han faltado en nuestras letras. No se sabe cómo lo consiguieron, pero todas estas continuaciones son, si cabe, más aburridas que la versión original.

          Podríamos decir otras muchas cosas de esta obra, pero como también podemos optar por no decirlas, elegimos la segunda opción y lo dejamos aquí.


 



[1] Decir otra cosa nos atraería las iras de todos los hispanistas del mundo y en Corea hay casualmente muchos y no queremos enfadarles.

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