(La celda de un manicomio. Se abre la puerta y salen el Loquero y Menéndez, un astrónomo anciano, que lleva una camisa de fuerza muy grande.)
Loquero.—¡Anda, anda, pasa de una vez!
Menéndez.—Con respeto joven, con respeto. Hágame el favor de no tutearme, que soy bastante mayor que usted y, además, una eminencia.
Loquero.—Eminencia. ¡Buenas están las eminencias!
Menéndez.—¿Qué?
Loquero.—(Con ironía.) Que no sabía que tuviéramos tantos sabios en el país. Ahora que usted ha tenido suerte.
Menéndez.—Oiga: quíteme esto, haga el favor, que le aseguro que no ya no muerdo más.
Loquero.—Eso se lo tendrá que contar al bedel, al guardia de seguridad y al de la ambulancia. O, a lo mejor, se lo tiene que contar a su futura viuda, porque al pobre lo dejó usted hecho unos zorros.
Menéndez.—Confío en que se recuperará. Le aseguro que mi demencia y mi ansia de morder fueron solo pasajeras.
Loquero.—Más le vale.
Menéndez.—Ande, no me tenga miedo y quíteme esto. Por cierto, ¿qué es?
Loquero.—Una gabardina de fuerza. Como las camisas, pero mayor. Como estamos en diciembre... La Dirección no quiere que se le constipen los internos.
Menéndez.—¡Pues qué pena no haber venido en agosto!
Loquero.—En fin... Correré el riesgo.
Menéndez.—Oiga, ¿qué quería decir antes con que he tenido suerte? Me acaban de meter en este manicomio de las narices...
Loquero.—(Quitándole la camisa de fuerza.) De las narices, no. De la Reina Doña Juana. Se llama Sanatorio de la Reina Doña Juana, en honor de su fundadora. También conocido como «El Hogar del Orate Feliz». Data de 1505 y es uno de los más antiguos de la península.
Menéndez.—Bueno, como sea. Me han metido aquí en esta celda acolchada y me dice usted que he tenido suerte. ¿Cómo se explica eso?
Loquero.—Porque con usted ya son sesenta los astrónomos que hemos ingresado desde ayer.
Menéndez.—¿Así es que no me ha pasado a mí solo, eh?
Loquero.—No le ha pasado ¿el qué?
Menéndez.—Nada. Cosas mías. Siga, siga contándome.
Loquero.—Pues ha tenido suerte por haber protestado desde un principio, pues así le han dado una celda para usted solito. A los más comprensivos les han convencido para que se instalen dentro de unas vitrinas. Como el establecimiento es del Estado y gratuito... Solo esperamos que no nos lleguen más.
Menéndez.—Pues en Madrid los astrónomos, entre profesionales y aficionados, debemos de ser algunas docenas más. Así es que vayan preparándose para lo peor.
Loquero.—¿Usted cree?
Menéndez.—Estoy seguro. (Sale el doctor Costa.)
Dr. Costa.—¡Buenos días, Profesor Menéndez! Que, ¿ya no mordemos?
Menéndez.—¡Y dale!
Loquero.—Bien, doctor, yo les dejo solos.
Dr. Costa.—Muy bien, Coscollo. Si necesito algo, ya le avisaré. (El Loquero hace mutis.) Soy el doctor Costa y, ahora que está más tranquilo, vengo a hacerle un reconocimiento general. Hemos de saber qué le pasa, qué es lo que siente, lo que piensa...
Menéndez.—Estoy a su disposición. Pero antes he de saber qué es lo que ha sucedido.
Dr. Costa.—A nosotros también nos intriga esta situación. Así que le pediré que me relate todo al detalle. Porque los otros científicos que han ingresado, ante nuestras preguntas se limitaban a mostrar ampliamente la glotis en un «¡Ah!» de estupor y no han dicho ni palabra de lo que les había sucedido.
Menéndez.—¿De verdad quiere que se lo cuente?
Dr. Costa.—No suelo escuchar las historias de los internos si no son necesarias: mi mujer me lo tiene prohibido. Pero esto es un caso insólito, así es que...
Menéndez.—Pues verá. Yo soy el astrónomo jefe del Observatorio Astronómico del monte del Cuclillo.
Dr. Costa.—Ya. Pero eso no es bastante razón para morder a los empleados.
Menéndez.—Conforme. Pero el caso es que, cuando hacía una inspección de rutina, miré por el telescopio...
Dr. Costa.—¿Y qué vio?
Menéndez.—No vi nada, salvo algunas estrellas lejanas, porque Júpiter, Mercurio, Venus, Marte, Urano, Plutón, Saturno y Neptuno habían desaparecido misteriosamente del cielo.
Dr. Costa.—¿Qué me cuenta?
Menéndez.—La pura verdad. Esto es lo que sucedió. Cualquiera lo puede comprobar. De hecho, los que lo comprueban son los que enloquecen.
Dr. Costa.—Ya veo. ¿Y usted? ¿Qué le pasó a usted?
Menéndez.—Pues que me desmayé. Caí hacia atrás, como un fardo. Me chafé el occipital y... Oiga, ¿usted cree en los sueños?
Dr. Costa.—¡Pchsss! Lo normal.
Menéndez.—Porque, yo no sé si sería la impresión o qué, pero el caso es que mientras estuve desvanecido tuve una visión singular. Yo no creo mucho en mancias, pero aquello parecía tan real...
Dr. Costa.—Cuente, cuente. (Acerca dos sillas y ambos se sientan.)
Menéndez.—Pues vi un paraje bucólico y muy placentero, con un lago y... ¡Entonces aparecieron ellos!
Dr. Costa.—¿Quienes?
Menéndez.—¡Ellos! ¡Los dioses!
Dr. Costa.—¡Mechachis!
Menéndez.—Se lo juro.
Dr. Costa.—Oiga: yo le escucho. Pero eso no significa que me vaya a creer todo lo que me cuente.
Menéndez.—Ya lo supongo. ¿Sigo o no?
Dr. Costa.—Siga, siga. (Aparte.) Habrá que seguirle la corriente.
Menéndez.—Pues estaban todos. Mercurio, Marte, Venus... Y muchos otros que no conozco.
Dr. Costa.—¿Júpiter también?
Menéndez.—No, Júpiter no. No sé quién preguntó por él y se le dijo que se había ido a hacer rayos de repuesto, porque nunca se sabía cuándo podían hacer falta. El caso es que Mercurio tenía unas botellas muy sospechosas, que decía haber robado de las bodegas del Tonante. Baco le estaba dando el pienso a la burra y no le vio.
Dr. Costa.—(Riendo.) ¡Ja, ja! Usted se está quedando conmigo.
Menéndez.—Le aseguro que aquellos dioses se preparaban a correrse una juega importante. Pero si me interrumpe, me callo.
Dr. Costa.—Venga, no diré nada. Continúe.
Menéndez.—Marte protestó, diciendo que las buenas gentes del mundo estarían extrañadas, ya que habían todos abandonado sus sitios en el firmamento.
Dr. Costa.—(Con cara de no creerse nada.) ¿Y qué?
Menéndez.—Pues Plutón dijo que a las buenas gentes del mundo les podían ir dando morcilla. Y se apresuró a abrir la botella aquella.
Dr. Costa.—¿Vio en su sueño qué tenía la botella?
Menéndez.—Néctar del mono. Semiseco.
Dr. Costa.—Siga.
Menéndez.—Entonces Venus dijo: «¡Chicos, a la mesa!» y todos se pusieron a comer. Tomaron sopa, un plato de carne, otro de pescado. De postre, bizcochos. Y luego la emprendieron con la preciada botella. Neptuno brindó por todos ellos, que nunca se reunían. Todos vaciaron sus copas. Luego las llenaron y las volvieron a vaciar. Y las volvieron a llenar y a vaciar y, bueno, ¿para qué cansarle?, al cabo de un rato estaban ya todos borrachos.
Dr. Costa.—Esto se pone interesante.
Menéndez.—Entonces empezó lo bueno. Mercurio, el alado mensajero, perdió la vergüenza y comenzó a meterle mano a Venus, que se reía tanto del chistorro que acababa de contarle Plutón que no se dio cuenta de lo que pasaba.
Dr. Costa.—(Irónico.) ¡Caramba con Mercurio!
Menéndez.—Marte, el señor de la guerra, la tomó con su padre, Júpiter, diciendo que por qué no había acudido al convite. Le insultaba en términos pintorescos. ¿Quién se había creído que era? ¿Es que no se le había invitado como a los demás? ¿Por qué no había venido? Y cosas así.
Dr. Costa.—Los hay que se pelean por todo. Y Neptuno, el dios del mar, ¿qué hacía?
Menéndez.—Neptuno, como dios marítimo, había sido el primero en coger la merluza y se dedicaba a comer sándwiches sin parar, mientras Urano cantaba, con muy mala voz, una tonadilla basada en unos versos de Juvenal. Saturno, por su parte, la había cogido llorona y sollozaba a gritos, mientras que Plutón se marchaba para darle de beber néctar a su perro, el Cancerbero.
Dr. Costa.—O sea, que se corrían la gran juerga.
Menéndez.—Sí. Al cabo de un rato, se pusieron a jugar a eso de seguir al primero o como se llame y comenzaron a imitarse unos a otros. Mercurio se bajó de la mesa donde se había subido y se acercó a Saturno. «¿Qué te pasa, abuelito?», le preguntó. Y comenzó a llorar. Todos empezaron a llorar con él y, durante un rato, aquello fue un sollozo continuo.
Dr. Costa.—(Aparte.) ¡Qué imaginación! (Alto.) ¿Y después?
Menéndez.—Después volvió Plutón, que había ido a dar de beber a las demás divinidades del panteón. Según informó, Diana cazadora había cogido una zorra, Vulcano tenía una chispa, los espíritus de los bosques tenían un tablón, el Cancerbero tenía una perra y Caronte, el de la barca, tenía resaca. Luego le tocó el turno de líder a Marte y ¡ay, la que se armó! Como estaba metiéndose con Júpiter, todos le imitaron. Así es que Marte le insultaba, Venus le injuriaba, Neptuno le ultrajaba, Plutón le denostaba, Urano le denigraba y Mercurio se limitaba a acordaba de su propio padre.
Dr. Costa.—¿Cómo terminó aquello?
Menéndez.—Estuvieron cantando un rato, con voz tan estridente que se rompían las vasijas. Luego rieron a carcajadas, tirados por el suelo y, por último, como clímax del jolgorio, sin ningún recato, se abalanzaron todos incestuosamente sobre Venus, que era la única mujer allí y...
Dr. Costa.—¿Y?
Menéndez.—¿Cómo se le contaría a usted?
Dr. Costa.—Bueno, no hace falta que me lo cuente. Ya me lo figuro. Pero recuerde siempre que sólo fue un sueño.
Menéndez.—Parecía demasiado real. Como fuere, durante toda la noche aquellos dioses se lo pasaron divino. Luego se fueron quedando dormidos, en posturas inverosímiles. Y yo soñé que a la mañana siguiente les veía despertarse.
Dr. Costa.—Siga.
Menéndez.—Pues que estaban todos hechos asco, con el rostro amarillento, los ojos hundidos... Hechos polvo, vamos, tras los excesos de la noche anterior.
Dr. Costa.—Era lo natural.
Menéndez.—Y, al verse unos a otros, los comentarios que se hicieron fueron prácticamente los mismos.
Dr. Costa.—¿Qué se decían?
Menéndez.—Pues se decían: «¡Qué mal aspecto tienes!», «¡Qué cara se te ha puesto!», «¡Tienes un aspecto muy raro!», «¡Qué mal aspecto!», «¡Tienes un aspecto horroroso!»
Dr. Costa.—¿Y bien?
Menéndez.—Entonces, viendo los malos aspectos de todos aquellos planetas, se me ocurrió pensar que el hecho de que estuviesen juntos no podía significar nada bueno. (Se escucha una sirena de alarma.)
Dr. Costa.—¡Eh! (Levantándose de la silla apresuradamente.) ¡La alarma! ¡No sé qué ha podido suceder! ¡He de irme!
Menéndez.—Oiga, que no he acabado. (Le coge por un brazo.)
Dr. Costa.—Ahora no tengo tiempo. Déjeme. (Sale el Loquero, agitadísimo.)
Dr. Costa.—¿Qué sucede?
Loquero.—(Gritando.) ¡Pónganse a salvo! Ha ocurrido una catástrofe, señor! ¡Hay que sacar a todo el mundo! Lo han dicho en las noticias. Ha habido un ataque nuclear en Oriente Medio. No se sabe quién ha empezado, pero van a continuar todos. Hay varios países movilizándose. ¡Váyanse de aquí, no pierdan tiempo!
Dr. Costa.—¡¡¡Cómo!!!
Loquero.—Han pedido a la gente que se meta en los túneles del metro. ¡¡¡Es la Tercera Guerra Mundial!!!
Dr. Costa.—¿Qué? ¡¡¡Socorro!!! (Hace mutis corriendo.)
Menéndez.—No si... Con unos aspectos tan malos. ¡Ya lo sabía yo!
TELÓN
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