La apacible vida de San Juan de Rosco

 

Hagiografía


La hagiografía es, como la misma palabra lo dice, cuando escribes una hagio. Pero resulta más fácil llamar a este género «vidas de santos» simplemente y acabar antes.

 

          Cuando un viajante de comercio, despistado de su ruta, descubrió la cueva de San Juan del Rosco, en la sierra de Cazorla, halló infinidad de cosas curiosas: estalactitas, pinturas rupestres, mangos de hachas de sílex, efluvios perennes del pasado e inconfundibles vestigios de haber sido utilizada para prosaicos fines por campesinos poco respetuosos con la historia.

          Pero halló algo más que historia y calcopirita: las espirituales emanaciones de un espíritu superior. En su interior había una gran cantidad de roscas de pan en montón, blandas aún las de encima, duras las de abajo y reducidas a polvo las que había a ras del suelo. Todo ello estaba relacionado con la historia del santo que habitó la cueva, que se halla recogida en el famoso Flos sanctorum, de Pedro de Rivanedeyra, un libro hagiográfico que lo empiezas a leer y te parece que no se acaba nunca.

          Este venerable varón, natural de Hornos de Segura, había vivido en aquella caverna, apartado del mundo, todos los años que tardó en morirse, actividad para la cual resultó ser bastante remolón. En realidad, su santidad se basaba en una deficiencia de su sistema nervioso. La corriente nerviosa iba muy despacio de un sitio a otro del cuerpo del asceta y así los reflejos de éste tardaban muchísimo en producirse.

          Cuando el diablo le tentaba presentándole una muchacha hermosísima vestida únicamente con una bufanda y unos calcetines a rayas, Juan del Rosco no se inmutaba. No era que el asceta tuviera un dominio perfecto sobre sus sentidos y emociones, sino que cuando reaccionaba con el retraso que sabemos y daba un paso adelante para llevar a cabo lo que todos nos imaginamos, el diablo ya se había aburrido y largado con sus tentaciones a otra parte. El asceta aquél siempre llegaba tarde a pecar y por ello se pudo mantener lejos de todo vicio. Podemos decir que fue santo por retraso y patrón de los inoportunos.

          Para sustentarse plantaba algunas hortalizas, pero siempre en la mala época y cuando —tarde— iba a cosecharlas, se encontraba con que las alimañas campestres y los honrados campesinos las habían devorado todas. La divina misericordia, compadecida del grado de famelismo del asceta, decidió mandar diariamente un pájaro con un trozo de pan para aliviar al santo varón, como ya había hecho antes con el profeta Elías, con San Vito y con San Modesto.

          A la muerte del asceta y debido seguramente a algún olvido burocrático celestial, no se dio contraorden y durante varios siglos y pico el pájaro vino depositando con el suyo a diario una rosca en el mismo lugar que de costumbre.

          Hoy en día, en la cueva hay un santuario y son muchos los que van a comprar migajas del milagroso rosco del santo. Los que tienen la contrata de explotación de la cueva, vinculados de alguna manera oculta al equipo de gobierno del ayuntamiento del pueblo más cercano, se están forrando.

 

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