Cómo escribir parodias

 

El sistema de la elaboración de la parodia es harto sencillo. Consiste en partir de una frase seria e ir introduciendo elementos varios. Lo veremos con ejemplos, porque estamos convencidos de que a la mayoría de la gente la teoría les resbala, cuando no les repugna.

          Tomemos la frase «Julio César escribió La guerra de las Galias.»

          Podemos añadir el elemento de vanidad. Las debilidades humanas son siempre causa de risa, ya lo dijo Aristóteles en su día. La frase quedaría, por ejemplo, así:

          «No contento con ser el general y político más famoso de su tiempo, Julio César quiso que tampoco se le escapara la gloria literaria y fue y escribió La guerra de las Galias.»

          Ahora bien, si no era un buen escritor, pasarían cosas:

          «Julio César escribió La guerra de las Galias, pero la obra, lamentablemente, estaba llena de faltas de ortografía.»

De esta manera, la historia se puede ir complicando:

          «Un esclavo inoportuno —que era más culto que César— le indicó los errores a su amo. César, rojo de ira porque alguien hubiera descubierto sus carencias literarias, mató al esclavo, arreándole siete puñaladas cerca del occipucio.»

          Pero los esclavos son cotillas por naturaleza y, para entonces, toda la servidumbre de César estaba al tanto de su frustrada carrera de escritor:

«Como todos sabían lo de su mala ortografía, César se vio en la necesidad de asesinar asimismo al resto de sus esclavos y acabó lavándose él mismo los calcetines. Además, tuvo problemas para explicárselo a su mujer, Calpurnia, quien, al enterarse, puso el grito en el cielo y le mandó a dormir al triclinio, que estaba muy duro.»

          Si en la primera escena de una comedia, por ejemplo, presentamos a César haciendo la colada y luego le contamos al público lo que le había sucedido, la desmitificación es completa: nunca más nos podríamos tomar en serio al tal señor, por muchas provincias que conquistara para el Imperio.

          Experimentemos con otros elementos añadidos a la frase original. ¿Qué tal la mala memoria?:

«Cuando Julio César se dispuso finalmente a escribir La guerra de las Galias —un proyecto acariciado durante muchos años y muchas veces pospuesto a causa de tareas más urgentes—, ya había transcurrido mucho tiempo y no se acordaba de casi nada de lo que había pasado, pues se le mezclaban en la mente recuerdos de unas guerras y otras. Así es que optó por inventarse las batallitas y ponerles nombres geográficos verosímiles, a ver si colaban. Lo malo fue que otros generales que habían combatido a su lado sí se acordaban de los sucesos —porque muchos tenían heridas que les dolían un montón cuando iba a llover que se encargaban de recordárselos— y proclamaron a los cuatro vientos que César era un embustero de marca mayor. El asunto llego a oídos del Senado, donde se dijeron cosas muy feas unos a otros.»

          Una escena en la que el Senado romano pilla a un político contando trolas (algo quizá común hoy en día pero muy reprobable entonces) es también un magnífico arranque para una comedia humorística.

          Probemos ahora con el muy humano rasgo de la perversidad:

          «Es sabido que Julio César odiaba a los niños, ya que todos se reían al verle porque, además de ser calvo, tenía las narices muy grandes. Quiso vengarse de ellos, aunque no se le ocurría cómo. Finalmente tuvo una idea feliz y escribió La guerra de las Galias, un libro aburridísimo y en un latín infumable. Él contaba (y así fue, en efecto) con que durante muchos siglos su nombre sería venerado por todos los generales ambiciosos y que se obligaría a los niños de muchas épocas y países a aprender latín y a traducir el dichoso libro. La moraleja es que no debes reírte nunca de las narices de nadie, porque hay gente muy vengativa por el mundo.»

          Podríamos seguir y seguir indefinidamente, pero estamos seguros de que nuestros amadísimos lectores ya se han hecho una idea bastante aproximada de cómo funciona esto de escribir parodias.

 

 

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