Cuentan las crónicas que Ludovico Sforza el Moro, duque de Milán, quiso encargar una estatua ecuestre en memoria de Francesco Sforza, su padre. (Bueno; él creía de veras que era su padre, lo cual no prueba nada en absoluto. Pero esa historia es otra historia.)
En aquella época (siglo xv y aledaños), para estas cosas se hacían anuncios, licitaciones y concursos público, se pedían tres presupuestos y luego, el que pagaba escogía al artista que le daba la gana. Esta costumbre renacentista ha llegado incólume hasta nuestros días. El elegido fue Leonardo, porque era ambidextro y Ludovico pensó que, si podía trabajar con ambas manos, acabaría antes. Aun asi, Leonardo se estuvo doce años con el dichoso caballo y al duque la salió la broma por un pico.
La tal hípica estatua ecuestre iba a mostrar al noble padre cabalgando en un caballo, eso estaba claro. La figura portaría en una mano un estandarte, en la otra una espada y, en la otra, un racimo de uvas, como simbólica alusión a la riqueza agrícola del ducado. Alguien sugirió una alcachofa, por la misma razón, pero esta propuesta no halló el debido eco en la corte de los Sforza. Estamos hablando de un bicharraco de siete metros de altura, en bronce, para fundir el cual Leonardo se tuvo que inventar un sistema de hornos múltiples y pagar a sus colaboradores muchas horas extraordinarias.
Iba a ser una gran obra de arte.
Pero luego vino el tío Francesco con la rebaja y el bronce aquel acabó siendo empleado para la fabricación de cañones, como todos ustedes se podían imaginar.
El genial artista se tiró de los pelos y se quedó medio calvo (se puede apreciar esto en su Autorretrato). Tenía en su estudio un mamotreto de arcilla precioso, eso sí, pero inútil. Pensó en venderlo por kilos, para que se empleara la arcilla en algún Taller de Alfarería par Mayores de por allí, pero Ludovico dijo que «ni hablar del peluquín», (Leonardo, que sepamos y pese a estar medio calvo, no le había pedido dinero para un peluquín), que la arcilla era suya y que lo que había que hacer era mostrarla públicamente.
En 1493 se exhibió la estatua en una plaza pública, con buena acogida de público y crítica. A los dos meses se tenía que haber guardado pero, o bien les dio pereza, o se habían acostumbrado a tenerla allí, no se sabe. El caso es que siguió en la plaza y a los pies del flamante corcel, todos los jueves se montaba un mercadillo.
La vida continuó su curso. Los milaneses fueron derrotados por los gascones, como siempre (algunos no aprenden) y éstos hicieron prácticas de tiro con la estatua, dejándola hecha un colador. Al cabo la estatua se desmoronó (y acabó hecha cachos en el Taller de Alfarería para Mayores).
Para entonces, Ludovico ya no se acodaba de la memoria de su padre (quizá ya había descubierto algo) y no se ocupó más del asunto. Leonardo, por su parte, estaba ocupado inventando el chaleco salvavidas.
Moraleja: (No se me ocurre que esta historia tenga ninguna moraleja.)
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