La Guerra de la Independencia

 

Hoy voy a contarles la

Guerra de la independencia,

porque de algo ha de servirme

lo que de niño, a la fuerza

y dándome mil capones,

me enseñaron en la escuela,

donde tuve que leer

(bajo penas muy severas)

episodios nacionales

sobre la dichosa guerra

de esos que Pérez Galdós

escribía por docenas.

Yo no sé cuántas batallas

tuve que estudiarme enteras:

las de Bailén y de Gerona

(o a lo mejor era Lérida);

lo de la Constitución

del doce, o sea: «la Pepa»;

las hazañas de Daoíz,

de Velarde y de su abuela;

las borracheras del rey

José, don Pepe Botellas

—aunque asegura la historia

que esa leyenda no es cierta

y que el tipo no bebía

vino, coñac ni mistela,

sino sólo agua del Berro

y, a veces, zumo de pera—;

en fin: un montón de cosas

que yo no sé si son ciertas

ni me importan tres pepinos,

tres lechugas o tres berzas.

Pero como yo sufrí

de niño por un sistema

de educación que obligaba

a aprender cosas superfluas,

hoy me quiero desquitar

y las pongo en un poema.

 

Dicen los libros de historia

que relatan la contienda

que eran los franceses malos

y los españoles eran

buenos —un bonito ejemplo

de descripción maniquea—,

que lo español es magnífico

y que lo francés apesta,

que cualquier jota navarra

supera a La Marsellesa

y una paella huertana

a la mejor bullabesa.

 

Los franceses habían hecho

la revolución francesa

y acababan de cortarle

el cuello a Maria Antonieta,

y al mando de un tenientillo,

—dueño de la Europa entera

llamado Napoleón

Bonaparte y otras hierbas—

tomaron toda Castilla

y el distrito de Arganzuela,

llegando con sus ejércitos

hasta la calle Carretas,

en donde se detuvieron

para no subir la cuesta.

 

Las huestes napoleónicas

no cobraban muchas dietas

por lo que se dedicaron

con energías tremendas

a robarle a los hispanos

el fruto de sus cosechas,

su dinero, sus mujeres,

sus comidas, sus meriendas,

sus calamares, sus pinchos,

sus vinos y sus cervezas.

 

Decididos a acabar

con circunstancias tan pésimas

y lograr que los franchutes

se fueran a hacer puñetas,

los heroicos españoles

van cogiendo por sorpresa

a los franceses y les

pinchan con sus bayonetas,

les arrojan a los pozos,

con anís les envenenan,

los encierran en graneros

donde les ponen enemas,

les pegan el sarampión,

les casan con las más feas,

en fin: que en muy poco tiempo

aquellas huestes soberbias

conquistadoras de Europa

quedan hechas una pena.

A esto hay que sumar también

las hazañosas proezas

de Agustina de Aragón,

que era una maña muy fiera

(aunque dicen los expertos

que no era de aquella tierra,

pues sus padres emigraron

y ella había nacido en Cuenca),

y las del tambor de Bruch

(que tocaba la trompeta

también, por más que la historia

este pormenor no cuenta).

 

Al final, Napoleón,

para evitarse jaquecas

dijo: «Yo salgo por pies

y ¡que sea lo que Dios quiera!»

La península quedó

durante un periodo huérfana

hasta que llegó Fernando

Séptimo, ese rey que era

un poquito narizotas

y experto en hacer calceta.

 

Mas no todo fue nefasto,

pues quedaron cosas buenas

que nos dieron los gabachos:

la tortilla a la francesa,

las obras de Julio Verne,

el comer con servilleta,

el mus, el paté de foie,

el cuento de Cenicienta

y una variedad erótica

que es una cosa estupenda.

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