Con unas cuantas latas de anchoas (ya caducadas, por cierto), un mecano en el que me faltaban algunas piezas, el motor de un cepillo de dientes eléctrico y un pequeño transformador que me prestó un amigo, construí el año pasado en el garaje de mi domicilio una máquina del tiempo portátil que funciona estupendamente, que me ha llevado a algunos momentos memorables del pasado (que ahora les mencionaré) y me ha traído de vuelta sin percances.
Cuento esto para demostrar que el Estado obra bien al no destinar fondos a la investigación, ya que los verdaderos genios no necesitamos casi nada para hacer avanzar nuestra civilización tecnológica a pasos agigantados.
Los viajes en sí (a distintos lugares y momentos de la historia) fueron una experiencia satisfactoria, pues sólo se sentía un cosquilleo en la espalda, agradable, por otra parte.
No así las experiencias con la gente que encontré.
Me había propuesto conocer a genios ya muertos y decirles cosas sobre su futuro que ellos desconocieran, pero la cosa no salió muy bien.
Borges lloró cuando supo que no le iban a dar nunca el Nobel. Aquella escena me dejó muy contrito.
Cuando le dije a un joven Van Gogh que sólo iba a vender un cuadro en su vida, y ése a su hermano, me atizó de lleno en el rostro con la pala de minero que siempre llevaba consigo y me espetó en holandés un insulto tal que, cuando lo escribo en el traductor de Google para saber qué fue lo que me llamó, hace trizas ipso facto el sistema operativo.
Intenté advertir a Hitler de que era mejor que dejara el asunto del Reich, pues la cosa no iba a acabar bien. Pero yo acabé peor; y antes de conseguir teletransportarme a otro lado con mi máquina, le hicieron a partes sensibles de mi anatomía, con cables, pinzas y electrones, algunas barrabasadas que prefiero no mencionar aquí por si me leen menores.
A Julio César también lo vi y hablamos un buen rato, pero, visto lo visto, no me decidí a adelantarle nada.
Pensé entonces que era inútil (o al menos peligroso) intentar cambiar el pasado y me resigné a la posición de contemplador de la historia, personándome en lugares y momentos específicos, para ver de qué iba todo (de lejos, por si acaso).
Supe así —entre otras cosas— que Colón era gay (no es que me importe, entiéndame: sólo hago constar un dato ignorado); que Don Rodrigo no murió en la batalla de Guadalete, sino en su tienda, un día antes, de apendicitis; que Marco Polo tradujo al chino unos epigramas de Marcial, los hizo pasar por suyos y los cobró, el muy sinvergüenza; y que Cleopatra era más bien feúcha, pero lo compensaba todo con habilidades amatorias especiales.
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