Como
me aburro un montón
desde que estoy en chirona
y tengo papel y lápiz
para escribir cualquier cosa
voy a hacer una poesía
de elegancia empalagosa
sobre el arte de la lidia:
esa costumbre española
que ha dado a su gente fama
de castiza y de ceporra.
(Y como a los españoles
lo de los toros nos mola,
en la cárcel hemos hecho
una corrida asquerosa
banderilleando a un preso
que especulaba en la costa,
pero con poquitos medios,
por lo que no quedó airosa
esta fiesta improvisada
en el penal de Santoña.)
Son las cinco de la tarde
(o la siete, que la hora
cambia cada dos por tres
y es un lío en toda Europa).
El torero ya se ha puesto
encima toda la ropa
con la ayuda de once tipos
cuyo trabajo es dar coba
al diestro y decirle a ratos:
«¡Maestro!», con voz gangosa,
para así inflamar su ego
y animarle a que se ponga
ante el toro, que si no,
jamás haría tal cosa.
Ya vestido, le ha rezado
a San Sadurní de Noya,
a San Cugat del Vallés,
San Estanislao de Kotska
y a varios más, por si acaso
va y tiene una tarde tonta.
Ya están los tendidos llenos;
toda la plaza rebosa
de puros y de mantillas,
de «Fantas» y «Coca-Colas».
La banda municipal
interpreta cualquier cosa:
el pasodoble de El gato
montés o un aria de Tosca.
Sale el toro del toril
y con cabreo resopla.
El diestro hubiera querido
haberse ido a Formosa
de viaje, mas no ha ido
y no tiene escapatoria.
Le da tres pases de pecho,
dos largas y una verónica
y, tras de ganarse el sueldo,
quiere irse por la posta.
Mas primero ha de clavar
la espada en la cocorota
del bicho aquel, que parece
más peligroso que el cólera,
más grande que el Mato Grosso,
más alto que las Rocosas,
más malo que Fredy Krugger,
más feo que Vargas Llosa
y a quien no le gusta nada
que le tomen a chacota.
El diestro saca el estoque
—él preferiría un bazooka,
para acabar con la res
desde una distancia lógica,
pero el reglamento impide
esto y muchas otras cosas—
y se dirige al cornudo,
temblando como una hoja
y encomendándose a
San Ignacio de Loyola
(ya que más vale que sobre
que no que falte, razona).
«¡Qué de cosas hay que hacer
para montarse en el dólar!»,
piensa el diestro. «¿Por qué no
soy batelero del Volga,
gondolero de Venecia,
traficante de Colombia
o alguna otra profesión
mucho menos peligrosa?
¿Por qué no hice oposiciones?
¿Por qué no me metí monja?»
Pero ya no hay vuelta atrás:
cierra los ojos, resopla,
pincha al toro con crueldad,
los pantalones se moja,
abre los ojos a ver
qué ha pasado y se emociona
al contemplar al astado
más muerto que Luis de Góngora († 1627).
Entonces se pone chulo,
camina con parsimonia,
presume más que un macaco,
bebe vino en una bota,
recoge las dos orejas
(que están bastante pringosas
y que ha pagado con una
corrupción escandalosa)
y el rabo, que lo empleará
para espantarse las moscas.
La cuadrilla —contratada
para hacerle la pelota—
le lleva en hombros un rato,
para que salga en el ¡Hola!
Y esta gran majadería
es nuestra fiesta española...
¡A veces quisiera haber
nacido en el Alto Volta!
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