De la misma historia sacó Lope de Vega el argumento de El alcalde de Zalamea, aunque algunas fuentes de confianza aseguran que, en realidad, se la oyó contar a una vecina, cuando fue a su pueblo para la matanza del gorrino.
Este episodio data del año 1581, cuando Felipe II anexionó Portugal a la Corona de España, aprovechando un descuido.
Los personajes de la narración son también verdaderos y la historia nos enseña que ella es la gran maestra de los hombres, aunque muchos repitan curso habitualmente, empeñados en no aprender nada.
El muy pillo de Calderón de la Barca recoge la obra de Lope, la pule y perfecciona y, de paso, se queda con los derechos. Además, tiene un primo en el Ministerio de Educación y consigue que sea lectura obligatoria en el Bachillerato. Así, gracias a él, pasados algunos siglos, alguna editorial se forra a base de bien.
La pieza original se estrenó entre 1625 y 1632 (al parecer, la versión original era bastante larga). Pertenece al llamado grupo de «obras de honor», aquellas en la que los maridos cornudos apuñalan, los padres ultrajados ahorcan y en donde, en general, se encuentran sangrientas escabechinas en sonoros octosílabos. La idea era mostrar un momento histórico en el que los conceptos del honor y la dignidad no eran patrimonio exclusivo de los aristócratas sino que hablan trascendido a todas las esferas y en que también las clases bajas atizaban de lo lindo.
Este drama pone de relieve asimismo la justicia real, encarnada por la figura histórica de Felipe II, que interviene en la última escena de la obra, porque pasaba casualmente por allí.
El alcalde de Zalamea, de Pedro Calderón de la Barca, une la profundidad conceptista de Quevedo, la creatividad sin límites de Lope, la exquisitez lírica de Góngora y la tradición que había en Badajoz de dar garrote a los que les caían antipáticos.
En ella se encuentran esos versos inmortales, puestos en boca del personaje de Pedro Crespo:
Me casé con un enano
para hartarme de reír.
Le puse la cama en alto
y no podía subir.
(¡Ay, no! Que me he equivocado. No es este verso. Perdonen ustedes.)
Cuando paso por tu casa
paro la burra y escucho
y oigo decir a tu madre
que eres gorda y comes mucho.
(Éste tampoco es.)
Al rey, la hacienda, y la vida
se ha de dar; pero el honor
es patrimonio del alma
y el alma sólo es de Dios.
(Éste sí es. ¡Por fin!)
En fin: que me quedo sin palabras para describir este monumento de nuestras letras que tanta envidia dio a Racine, Corneille y otros dramaturgos plúmbeos.
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