Qué es la comida y por qué comemos

 

           Comida es todo aquello que nos metemos en la boca (bueno, no todo; por ejemplo: Demóstenes se metía piedrecitas para ayudarse a pronunciar y es probable que otras personas se hayan metido otras cosas a lo largo de la historia, aunque nosotros carecemos de esos datos).

          Ha habido espíritus inquietos y curiosos que han intentado prescindir de los alimentos, a ver qué pasaba, pero no les fue muy bien y los que sobrevivieron al experimento acabaron bastante escarmentados. Por eso, la ingesta de sustancias nutritivas se considera algo tan esencial para la vida como el aire, la fuerza de la gravedad o los calcetines. Es este un exquisitísimo tema y pasamos a ocuparnos de él de manera exhaustiva en este magnífico libro, en este muy necesario manual para cuchipandas, para beneficio de todos aquellos que ignoren lo que es comer caliente.

          Para ahorrarnos trabajo nos hemos hecho con una enciclopedia y de ahí iremos sacando detalles sobre el proceso fisiológico de la digestión, que tan necesario es y que tanta modorra produce.

          El proceso comienza en la boca, aunque no necesariamente, pues hay individuos originales y excéntricos que han desarrollado el arte de masticar usando otras partes de su anatomía. Conviene mascar bien, pues los alimentos tienen que acabar convertidos en moléculas para que el organismo los pueda absorber. Por eso, no debemos dejar de dar vueltas a cada bocado hasta que notemos las moléculas por separado en la boca.

          Las glándulas del sistema gástrico trabajan sin cesar todo el año, sin vacaciones (por lo que nos tememos que cualquier día de estos salgan a la calle con reivindicaciones) y su labor es producir jugos tan gástricos como ellas, para descomponer los alimentos sin que nosotros nos enteremos de cómo lo hacen y para cambiar el pH del medio, sea esto lo que fuere y signifique lo que signifique.

(Lo hemos consultado y el pH se define habitualmente como el logaritmo negativo de base 10 de la actividad de los iones hidrógeno, con lo cual tenemos pH = –log10 aH+ , lo que deja todo clarísimo.pH = − log 10 ⁡ a H + {\displaystyle {\mbox{pH}}=-\log _{10}{a}_{\rm {H^{+}}}} )

           Las enzimas de encima de los jugos (¡uy, que mal suena esto!) son muy simpáticas y tienen unos nombres muy divertidos. Se llaman cosas así como tialina, pepsina, amilasa, lipasa, maltosa o tripsina, por lo que resulta más práctico —y hasta más íntimo— llamarlas por sus diminutivos respectivos: Tía, Pepsi, Ami, Lipa, Malta o Tripsi.

          Dentro de nosotros, en un lugar que no querríamos conocer de cerca, hay vellosidades intestinales que van chupando lo que pueden del quimo, que es una mezcla alimenticia líquida que sale del estómago: una porquería, vamos. Los materiales absorbidos —glúcidos y cosas por el estilo— pasan a la sangre y se van distribuyendo acá y acullá para que echemos mano de ellos a medida que nos vayan haciendo falta.

Podríamos darles ahora algunos detalles sobre la motilidad colónica, la función rectal y otros temas igual de apasionantes, pero no queremos ponernos excesivamente técnicos, porque eso cansa al lector.

          Esto en lo referente al comer.

En cuanto al no comer, diremos que es algo que se puede deber a distintas causas. Una de ellas es la vanidad pura y dura, que se traduce en dietas adelgazantes de diversos formatos, que dejan a los individuos esbeltos y temblando.

(Entre las dietas más eficaces se cuentan la del alpinista y la del supermercado. La dieta llamada «del alpinista» consiste en irse a escalar el Everest (el K2 también vale) y olvidarse la mochila con la comida en el campamento base. Al regreso —de tener lugar—, la pérdida de peso es sensible. La dieta «del supermercado» es más sencilla y no precisa de muchos desplazamientos. Lo que hay que hacer es realizar una suculenta compra, tirarla de inmediato a la basura y estarse dos semanas sin consumir ningún alimento y tan sólo chupando tres veces al día el ticket de compra.)

           El SMI (no nos estamos refiriendo a la Santa Madre Iglesia, sino al «sueldo mínimo interprofesional») es también una causa reconocida de desnutrición, pues los productores de alimentos tienen la absurda costumbre de querer cobrárnoslos y hay individuos a los que después de pagar la tarifa del teléfono móvil no les queda bastante dinero para comprar comida.

          Otra razón para no comer puede ser simplemente que se te olvide hacerlo. Esto pudiera parecer una exageración, pero es más frecuente de lo que que pensamos, porque hay gente muy rara por el mundo. No comer debería conducir directamente a la muerte, pero parece ser que nadie se ha muerto nunca de inanición, porque si te ves en una situación extrema (desierto, mazmorra), mucho antes de morir de hambre, te mueres de sed, por lo que la cantinela de la muerte por famelismo resulta ser tan sólo un concepto teórico.

          Lo que sí es malo, malísimo, es no descomer. No lo recomendamos a nadie bajo ninguna circunstancia. Si no acudes obedientemente cuando la Naturaleza te llama, te verás en un serio problema. Tu cuerpo se declarará en huelga, tu cerebro se ralentizará aún más y acabarás tan lleno de sustancias prescindibles que probablemente empezarás a disfrutar con los programas de telebasura y acabarás votando a algún partido político indeseado e indeseable.

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