El Cid

 


En los sesenta, rodar

en España era barato;

por esa razón se hicieron

aquí muchos films muy malos.

Rememoraremos uno

regularcillo, aunque largo:

El Cid, con el Heston, quien

estaba especializado

en héroes épicos como

Moisés, Ben-Hur, Espartaco...

(¡Huy! Esperen; éste no.

Parece que me he liado.

Espartaco era Kirk Douglas,

ese señor tan simpático

del hoyuelo en la barbilla,

de difícil afeitado.)

 

Sigo. Cuando Anthony Mann

precisó un actor barbado,

bajito y moreno para

hacer del Cid, contrataron

—sin pensárselo un momento—

por mucho dinero al Charlton,

que era alto, rubio, lampiño,

de ojos azules, más anglo-

sajón que el té de las cinco

o que el Ku Klux Klan de Baltimore.

 

¿Por qué lo hicieron? No sé.

Y no me importa ni un átomo,

porque al lado de otras pifias

de que el film está plagado

no tiene mucha importancia

que el Cid parezca polaco.

 

Diré algo bueno del film

antes de contar sus fallos:

la virtud es que tenía

un presupuesto muy alto

y por eso las batallas

están llenas de soldados

con turbantes de colores,

túnicas, chilabas, mantos

y muchos otros ropajes

perfectamente planchados.

 

En fin, quien mejor actúa

son, sin duda, los caballos.

Raf Vallone no interpreta,

Heston parece de palo

y el que hace de Ben Yusuf

mantiene el rostro tapado

y no sabemos si llora,

si ríe o va colocado.

 

La historia se simplifica:

Los árabes han cruzado

el estrecho. El Cid los echa.

Se van todos con el rabo

entre las piernas. The end.

(Según nos cuenta el relato

la Reconquista acabó

más o menos por el año

mil ochenta y tres, en junio.

Todo lo demás es falso

y del siglo xii al xv

no hay moros en ningún lado.)

 

Lo curioso es que le hizo

Samuel Bronston un contrato

al gran Menéndez Pidal,

(ya saben de quién les hablo:

del famoso historiador

considerado un oráculo

en estos temas cidescos)

con el propósito claro

de que ayudara un poquito

al guionista despistado.

Pero aun así la película

está tan mal que da asco.

Hay cien mil fallos históricos;

las iglesias son palacios;

las catedrales, castillos.

Los trajes están mezclados

con las modas de tres siglos;

no casan con los zapatos.

Como se rodó en Peñíscola

—que tiene un castillo intacto—

dicen que Valencia está

encima de un altozano.

Hay defectos de ese tipo

y otros mucho más palmarios.

 

Ramón Menéndez Pidal

cobra por «asesorarlos».

Y cuando meten la pata

los necios americanos

Pidal no protesta. ¿Qué hace?

Pues mira para otro lado.

«Total —piensa— ¡qué más da!

Los públicos son pazguatos

e ignorantes. ¡Que se chinchen!»

Lleva su dinero al banco

—un dinero que ha obtenido

sin hacer ningún trabajo—

y, aunque la «peli» está mal,

él va y se queda tan pancho.

 

 

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