Bombas y tiza

 


 


Como siempre apetece hablar de aviones malvados y compañías estafantes, no dejaré de mencionar las dos presuntas maletas-bomba con las que viajé en cierta ocasión en un avión de Indian Airlines.

Todo fue presunto, pero mosqueante. Y lo más divertido de todo fue la manera en la que se llevó a cabo la identificación y control del equipaje sospechoso.

Corría que se las pelaba el año de 1986 y yo viajaba de Nueva Delhi a Srinagar, la capital de Cachemira, paraíso en la tierra hasta que el terrorismo pakistaní comenzó a hacer de las suyas y a soliviantar a la gente del valle. El vuelo era directo y, tras los controles de seguridad de rigor, embarcamos y zarpamos.

(¿O es que los aviones no pueden zarpar, sólo los barcos? ¿Realmente en qué consiste eso de ‘zarpar’? Si el vocablo viene de ‘zarpa’ no sé qué tiene que ver con que un artefacto arranque y se mueva.)

A la mitad del camino el avión comenzó a bajar (seguro que se lo estaban suponiendo).

Indian Airlines es una compañía locuaz y dicharachera y por eso, mientras descendíamos sobre Amritsar (sede de otro movimiento terrorista de entonces, los sikhs khalistanis) nos contaron que iban en el avión dos maletas sospechosas por falta total de identificación; probablemente bombas, nos dijeron con toda soltura y sin darle demasiada importancia.

¿Cómo reaccionar ante eso?

El avión tocó tierra, frenó y se detuvo, como suelen hacer los aviones en esos casos. A los pasajeros unas azafatas muy amables nos hicieron bajar a la pista y nos dieron órdenes de que nos quedáramos muy quietos. Obedecimos.

Comenzaron a sacar todas las maletas de las tripas del avión y a depositarlas en medio de la pista. Entonces nos dieron un trocito de tiza a cada uno y nos pidieron cortésmente que identificáramos nuestro equipaje fidedigno. Cada uno de nosotros buscó sus maletas e hizo una cruz con tiza en ellas. Los mozos de equipajes las iban cogiendo y devolviendo al avión. Así hasta que sobre la pista sólo quedaron dos maletas huérfanas a las que todos mirábamos con desconfianza (sobre todo la tripulación y la gente del aeropuerto).

Los pasajeros no sabíamos entonces qué hacer con las tizas, si tirarlas al suelo o devolvérselas a las azafatas. Fue un problema muy tonto pero que nos aturulló bastante.

Nos hicieron subir de nuevo al avión, mientras el personal de tierra del aeropuerto miraba aquellos bultos con recelo, sin atreverse a acercarse mucho. Evidentemente, esperaban a los artificieros.

Despegamos y nos marchamos de allí tan alegremente. Al subir seguíamos viendo aquellas dos maletas malvadas sobre la pista.

Supongo que los artificieros eran buenos en lo suyo, porque, que yo sepa, no murió nadie.

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