Hablaré aquí de mí (¡qué raro! ¡con lo modesto que yo soy...!) y de mis preferencias literarias, aunque no sé si al lector le importa o no saber qué autores me gustan, aparte de los que pueda ir deduciendo por mis escritos. Pero, le importe o no, lo voy a decir.
Tanto meterme y meterme con unos y con otros en libros y más libros de parodias literarias, hora es ya de que rinda un tributo (que no homenaje, que eso suena a plagio) a esos señores que me han hecho agradables tantas horas de mi vida.
No sé si ustedes coincidirán conmigo en algún nombre de esta lista de autores preferidos.
Para empezar, confesaré que yo todas las noches le rezo un rato a Lope de Vega, antes de acostarme. Lope es, ya digo, una enciclopedia del sentir humano. Escribe sobre todo lo escribible y sobre algunas cosas inescribibles. Yo tengo ganadas a mis amigos apuestas curiosas sobre este monstruo. Ellos mencionan un tema literario o no, a cual más raro y peregrino, y yo busco y les encuentro una comedia o un escrito de Lope donde ya aparece tal tema. Es inagotable.
Mi niñez quedó alumbrada y enriquecida por la lectura de los treinta y tantos libros de Guillermo, de la escritora inglesa Richmal Crompton Lamburn. Aventuras infantiles con crítica social de la Inglaterra victoriana: una delicia para los anarquistas y anglófobos como yo.
Julio Verne y Jack London abrieron mis ojos a la aventura.
Fiódor M. Dostoyevski los abrió a la pasión.
Herman Hesse también los abrió a algo interesante, pero ahora no podría asegurar muy bien a qué.
Me encanta Baltasar Gracián que, además, me sale más rentable. Sus libros me duran el doble, porque se ha de leer dos veces cada frase para sacarle el sentido.
Otro de mis ídolos, Góngora, convirtió a la literatura en una función fisiológica: escribía maravillas no por dinero o fama, sino porque se lo pedía el cuerpo. Compuso un soneto utilizando cuatro idiomas alternados (castellano, italiano, portugués y latín) y, después de tal lección para todos los que emborronamos papel, se quedó tan pancho.
Cuando se me rompe el equipo de sonido, leo en voz alta a Rubén Darío y la música inunda mi hogar.
Para literatura interior y buenísima psicología, nadie como Stefan Zweig, injustamente desconocido, olvidado, relegado o lo que sea.
Ortega y Gasset es mi maestro lingüístico. Su prosa es la más clara, lúcida, profunda y precisa que conozco. Su lectura continuada te obliga, literalmente, a redactar bien.
¡Gloria a Asimov, creador del Universo! La heptalogía de la Fundación puede considerarse «literatura de bucle»: cuando acabas el último libro, no te importa a empezar a leer de nuevo el primero.
(Todavía faltan muchos. Habría que ir resumiendo.)
Para escritos sugerentes, Jorge Luis Borges.
Para filosofía útil, Bertrand Russell.
Para conocimiento de la sociedad, Honorato de Balzac.
Para heroísmos en el mundo moderno, Ayn Rand.
Para entender la teoría del caos, Tom Sharpe.
Para conciliar el sueño cuando estás desvelado, «Azorín» (para algo tenían se servir sus escritos).
(Hay muchos más, pero, señores, ya estoy cansado.)
¿Cuáles son los vuestros?

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