Eva al desnudo

 


Una reseña de una

película diferente:

Eva al desnudo, seis Oscars,

de Joseph L. Mankiewicz;

con Anne Baxter, Marilyn,

George Sanders y Bette Davis.

Mil novecientos cincuenta.

¿Es para tirar cohetes?

Pues sí, señores: lo es.

Tonto será quien lo niegue.

 

Si no la han visto, ¡mal hecho!

Si alguno de ustedes tiene

interés en el mundillo

del teatro o simplemente

en saber cómo funciona

ese instinto de la especie

que te hace sobrevivir

y trepar donde se puede,

no deben perderse esta

historia, que pone verde

a la ambición desmedida.

 

Va de una actriz que ya tiene

más años que el tren expreso

y que —halagada— protege

a una admiradora que

ve sus obras muchas veces.

La chica —mosquita muerta

donde las haya— parece

que es un encanto de niña,

tan dulce como un merengue,

tan buena como un masaje,

pero luego va y se mete

en el reparto a traición,

desplaza a la estrella y quiere

quitar novios, lograr premios,

ganar fama, comprar muebles,

pisar cráneos, ganar dólares,

tener lujos, hacer «pelis»,

mangonear el cotarro

y ser reina del ambiente.

 

¿Qué ocurre al final del film?

Pues sucede lo de siempre:

que la malvada triunfa,

aunque ya nadie la quiere.

Y cuando vuelve, contrita,

al hotel, pues se le mete

en la suite una mangante

aduladora. Y no advierte

que le va a pasar a ella

lo mismo, como es corriente.

 

Es una cinta exquisita;

vamos: no es para la plebe.

No hay sexo o violencia, sólo

un guión de rechupete

con muy buenas actuaciones

de grandísimo relieve

que la convierten en una

obra artística perenne

que hace saber a bastantes

directores del presente

cómo se hacen las películas

y qué es lo que vale un peine.

 

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