El elocuente cuerpo de Friné

 


Acto primero

 

(Una sala de juicios en la antigua Grecia. Como ignoramos por completo cómo solían ser esas salas, nos abstenemos prudentemente de describirla y le pasamos la responsabilidad al escenógrafo. Los jueces del Tribunal están sentados, aunque en una silla cada uno, porque varios en la misma silla resultaría incómodo y hasta un poco sospechoso. Son, en orden alfabético, Tirrias, Poligatos, Karamelos, Aristóbulo y Filoteras. Si estos nombres de personajes son demasiado difíciles para que se los aprendan los actores que los interpretan, pueden llamarse entonces Juez 1º, 2º, 3º, 4º y 5º, aunque, si se diera ese caso, yo les rebajaría el sueldo. Llevan todos una túnica blanca —una túnica cada uno, claro está— y tienen cara de tener pocos amigos y de padecer úlceras estomacales.)

 

Tirrias.—(Que es el presidente del Tribunal y va derecho al grano, porque le esperan en otro sitio y no quiere perder el tiempo.) ¡Que entre la acusada!

(Dos soldados, con lanzas y faldita por encima de las rodillas, traen a Friné, la protagonista de esta tontería de historia, una mujer de bandera, de ésas que quisieras que te echaran por encima incluso después de haberte muerto, como a los soldados. Los miembros del Tribunal se ponen bastante, bastante inquietos y se remueven en sus asientos. A Friné le sigue Hipérides, su abogado, a quien no podemos describir porque sólo tenemos ojos para Friné.)

Poligatos.—Acusada: di tu nombre y linaje.

Friné.—(Con dignidad.) Soy Mnesareté de Tespias, pero se me conoce como Friné. Mnesareté era un nombre con unas rimas muy ridículas, por lo que las poesías que los vates me dedicaban parecían todas una chufla. Así es que decidí conservar Friné.

Poligatos.—¿Y ese nombre qué significa?

Friné.—Significa «sapo». Tiene algo que ver con mi piel, pero os aseguro que quien me puso ese apodo no estaba capacitado para juzgar a las féminas.

Karamelos.—¿Por qué dices eso?

Friné.—Porque fue el único hombre que se ha resistido jamás a mis encantos. (Murmullos de sensación en el Tribunal.)

Tirrias.—Eres osada y directa. ¿Reconoces, pues, tu condición de mujer liviana?

Friné.—Soy una hetaira, si es a eso a lo que te refieres, y me precio de la calidad de los servicios que ofrezco. Salvo la excepción que os he mencionado, nunca he recibido la menor queja por mi trabajo.

Aristóbulo.—(Aparte, contemplándola fijamente.) Me lo creo. (Alto.) Por cierto: ¿mantuviste relaciones... digamos, profesionales con el divino Praxíteles, no es así?

Friné.—Desgraciadamente.

Aristóbulo.—Explícate.

Friné.—Es bien fácil de suponer: el muy sinvergüenza me tomó de modelo repetidas veces para esculpir estatuas de Afrodita, la diosa del amor y la hermosura.

Aristóbulo.—¿Y bien?

Friné.—Pero aún me debe mi sueldo. El muy tacaño se forró a base de bien con su Venus de Cnido, pero a mí me adeuda aún un montón de sesiones. Y no me gusta trabajar y no recibir el dinero que me corresponde.

Tirrias.—Entendemos, pues, que ejercéis vuestra profesión por amor al dinero.

Friné.—¡Desde luego que sí! No lo hago por gusto. Si pudierais imaginar el grado de deterioro físico de los vejestorios que requieren mis habilidades, no me haríais esa pregunta. Y ya que estoy aquí, ¿que tal si tomáis nota de lo que me debe el escultorucho ese de Praxíteles y hacéis algo al respecto?

Tirrias.—Eso no es de la incumbencia del Tribunal. Pero, antes de seguir, hay algo que ha picado mi curiosidad.

Friné.—Hablad.

Tirrias.—Desde que se ha iniciado este juicio, vuestro abogado no ha pronunciado palabra alguna. ¿Es un abogado mudo que, por serlo, os hace una rebaja en sus tarifas?

Friné.—No, señor. Es un orador famoso, venido desde Olimpia especialmente para este proceso. Lo que pasa es que ha cogido un catarro por el camino y está completamente afónico, por lo que no puede intervenir eficazmente en mi defensa.

Hipérides.—(Con un hilo de voz.) En efecto... Y nadie lo siente más que yo, porque tenía escrito un alegato de inocencia que era una preciosidad.

Karamelos.—(Dirigiéndose a Friné.) También Apeles, el pintor, os retrató como una deidad, saliendo de las aguas.

Friné.—Lo hizo. Y tengo reuma por su culpa, pues me hacía posar dentro de una bañera y tardaba una eternidad en realizar sus bocetos, ¡Nunca he visto a un tipo más lento moviendo un pincel ni ninguna otra cosa! Sospecho que a los incautos que le encargaban los cuadros les cobraba por hora trabajada.

Tirrias.—Bien. Todo eso es historia antigua. Os halláis aquí acusada de impiedad, de falta de respeto por las creencias y los ritos de Atenas y por profanar los misterios eleusinos: un grave delito que solemos castigar con la muerte.

Friné.— Και σκατά. [Lo ponemos en griego para no escandalizar al lector.]

Filoteras.—¡Cómo! ¡Esa insolencia!

Friné.—No se me acusa de profanar los misterios eleusinos, que nadie tiene ni idea de lo que son..., porque por eso son misterios.

Tirrias.—(Aparte.) En ese punto lleva razón.

Friné.—Estoy ante este Tribunal porque un personaje influyente de la ciudad pretendía mis favores y le rechacé. El que me ha delatado injustamente se llama...

Tirrias.—¡No lo digas en voz alta! Acércate y menciónalo en mi oído.

(Friné se acerca y musita algo en la oreja de Tirrias.)

Friné.—(Susurrando.) Bisbisbisbisbis.

Tirrias.—Estás en lo cierto: ése es tu acusador. Vuelve a tu sitio. (Aparte.) Y qué bien huele, la condenada! (Alto.) De todas formas, con tu caso ya se ha hecho mucho papeleo y, si te dejáramos en libertad, todo ese trabajo se perdería. Así es que, para ser consecuentes con nuestra burocracia, este Tribunal te condena a muerte. ¿Tienes algo más que alegar en tu defensa?

Friné.—Pues, así, a bote pronto, no se me ocurre nada.

Filoteras.—¿Y tu defensor?

(Hipérides hace gestos de querer decir algo, pero no consigue articular ni una sola palabra que se escuche. Entonces, en un rapto de genialidad, se precipita sobre Friné y le agarra el peplo. El peplo era una especie de túnica que usaban los griegos. Hacemos esta especificación porque hay mucha gente que no sabe lo que es eso y puede pensar que Hipérides la agarró por otro sitio menos decente.)

 

Friné.—¿Qué haces?

(De un fuerte tirón, Hipérides despoja a Friné de su peplo, dejándola completamente desnuda ante el Tribunal.)

Todos.—(Asombrados de tanta belleza.) ¡¡Ooooooooooooooooh!!!

(No hay palabras en griego —y, si a eso vamos, en ninguna otra lengua indo-europea— para describir el grado de estupendez y sex-appeal de la prójima. La pausa admirativa de los miembros del Tribunal es tan larga que, para hacerle justicia, no queda otro recurso literario que echar el telón.)

TELÓN

 

 

Acto segundo

 

          (La misma sala del Tribunal. Ha transcurrido un buen rato desde que finalizara el acto anterior, pero no sabríamos precisar cuánto. Los personajes están en la misma posición y disposición en que quedaron al acabar el acto. Friné continúa allí, desnuda, y el Tribunal sigue concentrado en las curvas, como si fueran pilotos de Fórmula 1. Poco a poco empiezan a recuperar el balbuceante uso de la palabra.)

 

          Karamelos.—¡Por Hermes y su santa madre!

          Aristóbulo.—¡Es increíble!

          Poligatos.— (Turbado.) He tenido un percance que no he podido evitar. Permitidme, jueces, que me retire a asearme un poco. (Poligatos se levanta y se va, sin dejar de mirar a Friné.)

          Filoteras.—¡Qué belleza más heládica! (En la Hélade, ‘heládica’ era, lógicamente, el adjetivo más superlativo de todos.)

 

          Karamelos.—(Reaccionando y saliendo de su concentración.) ¡Me parece imposible que sea impía una mujer que tiene tales formas de diosa!

          Filoteras.—Estoy de acuerdo con Karamelos. Un ser tan angelical tiene, por fuerza, que ser inocente.

          Aristóbulo.—¡Dejémosla en libertad, Tirrias!

          Tirrias.—Pero los papeles la acusan...

          Aristóbulo.—Nos dan igual los papeles y las pruebas. Aunque fuera realmente culpable, no se puede acabar con la vida de una mujer tan bella. Sería un insulto a los dioses que la crearon.

          Tirrias.—Yo también me inclino por la clemencia, no creáis; pero el procedimiento jurídico...

          Aristóbulo.—Por mí, el procedimiento jurídico se puede ir al Hades y volver, que me da igual. Yo me inclino a perdonarla.

          Filoteras.—Y yo.

          Karamelos.—Me adhiero.

          Tirrias.—¿Y Poligatos? Ha de saberse qué piensa él.

          Aristóbulo.—Creo que Poligatos ha votado ya a su favor de una manera más espontánea que los demás.

          Karamelos.—Tenemos mayoría.

          Tirrias.—Sea. Cederé, porque la unanimidad siempre queda bonita. (A Friné.) Friné: este Tribunal te absuelve de toda acusación. Quedas en libertad. Puedes irte.

Friné.—(Aparte, recogiendo su túnica e iniciando el mutis.) De camino a casa me detendré a encargar algunas almohadas nuevas. Las que tengo están ya muy gastaditas y creo que en los próximos meses no me va a faltar trabajo.

 

 

No hay comentarios: