La metamorfosis

 


(Una ciudad provinciana de Alemania en 1915. Un dormitorio cursi, con papel pintado en las paredes. En la cama, tumbado boca arriba, Gregor Samsa, que se ha convertido en un bicho de enorme tamaño, algo parecido a una cucaracha, esos inofensivos animalitos que no pican ni muerden, pero que tanto miedo dan a las amas de casa y a las féminas en general. Suenan golpes en la puerta.)

 

Voz de la Madre.—(Dentro.) ¡Gregor, levanta de una vez, que vas a llegar tarde al trabajo y tu jefe se va a cabrear con razón!

Gregor.—No puedo, madre. Me he convertido en un bicho repugnante.

Voz de la Madre.—(Dentro.) Siempre has sido un bicho repugnante: no sé por qué ahora iba a ser distinto.

Gregor.—No, madre, no me entiendes; quiero decir que me he convertido en un bicho de verdad.

Voz de la Madre.—(Dentro.) ¡Déjate de pretextos absurdos, levántate y lávate los dientes de una vez!

Gregor.—(Gimoteando.) ¿Cómo me voy a lavar los dientes? ¡Soy un monstruo!

Voz de la Madre.—(Dentro.) Ahí exageras un poco. Eres un mal hijo, perezoso como el que más, que no se preocupa por su familia y que solo piensa en sí mismo. Pero de eso a llamarte monstruo... Al fin y al cabo, yo te he parido.

Gregor.—(Llorando ya abiertamente.) Entra y te convencerás. Algo me ha pasado. Tengo ocho patas, pese a lo cual no me puedo rascar la barriga, que me pica mucho, y unas antenas que se mueven solas y me marean.

(Sale a escena la Madre. Aquí se advierte claramente que si hay alguien vago en esta historia es el propio escritor, Kafka, que no se molestó ni en buscarle un nombre a sus personajes.)

Madre.—(Mirando a Gregor detenidamente.) ¡Deja de llorar, Gregor! Pareces una nenaza. (Tras una pausa.) ¡Hum...! Pues sí eres un monstruo, sí.

Gregor.—Ya te lo he dicho.

Madre.—Aquí tenemos un problema, porque así no te van a dejar subir al tren y hoy tenías que salir sin falta de viaje para ofrecer tus telas, que últimamente ganas muy pocas comisiones. Tendrás que darle una propina al revisor.

Gregor.—Me he convertido en una cucaracha tamaño «king size» ¿y a ti te preocupa que no pueda ir a trabajar?

Madre.—¡Por supuesto! El trabajo dignifica al hombre. Y el que te hayas buscado una excusa más original que de costumbre no te exime de cumplir con tus obligaciones.

Gregor.—¡Pero, madre...!

Madre.—Anda: ponte en marcha antes de que se entere tu padre. Tienes preparada la maleta con el muestrario.

Gregor.—(Agitando las patas en el aire.) ¡¡Soy un insecto!! ¡¡Soy un insecto gigante!!

Madre.—Bueno; no hay que tomarlo por la tremenda. Imagino que no serás el único.

Gregor.—¿Qué dices?

(Salen a escena el Padre —más vagancia de Kafka— y la hermana pequeña de Gregor, que sí tiene nombre, aunque muy feo: se llama Grete.)

Padre.—¿Qué son esos gritos?

Grete.—¡Huy, qué mal huele aquí!

Padre.—¿Qué pasa?

Madre.—Ya lo ves: tu hijo, tan perezoso como siempre, que no quiere ir a trabajar.

Padre.—Pues eso no se puede tolerar. Yo comencé a ganarme la vida de muy joven y si he llegado a donde he llegado, ha sido gracias a mi esfuerzo. Pero en mi casa no quiero señoritos que estén a la sopa boba.

Gregor.—Pero, padre: si yo he trabajado siempre...

Madre.—Ganando poquísimo.

Gregor.—Es que la gente cada vez alarga más el uso de las prendas y compra menos.

Padre.—¡Ya te dije yo que la de vendedor a domicilio no era una profesión lucrativa! Pero, claro, te negaste a estudiar una carrera...

Gregor.—No, padre; si yo sí quería hacerla, si fuiste tú el que te negaste a pagarme los estudios, quien me obligó a trabajar desde los doce años para contribuir a los gastos de la casa.

Padre.—Porque el trabajo...

Gregor.—... dignifica al hombre, ya lo sé.

Padre.—Así es que acabemos de una vez esta conversación, coge la maleta y vete a trabajar. Mientras vivas bajo mi techo, harás lo que yo te diga. Y, si no te conviene, ya sabes dónde está la puerta.

Gregor.—¡Si no me puedo ni bajar de la cama!

Madre.—Todo es cuestión de voluntad, hijo; hay que echarle ganas.

Grete.—(Mirándole detenidamente.) Yo creo que este no va hoy a ninguna parte.

(Suena el timbre de la puerta.)

Padre.—Han llamado.

Madre.—¿Quién puede ser a estas horas? Grete, ve a abrir. (Grete hace mutis.)

Gregor.—Aprovechando este lapsus, ¿se os ocurre algo que podamos hacer? Deberíamos llamar a un médico para que me eche un vistazo.

Padre.—Los médicos son unos sacacuartos y me fío muy poco de ellos. Vienen, hacen como que te miran y te cobran una burrada de dinero sin resolverte el problema.

Madre.—Yo puedo darte aceite de ricino; a lo mejor eso te ayuda.

Gregor.—¡Madre! ¡Aceite de ricino!

Madre.—Tiene muchas propiedades.

(Salen Grete y el Gerente —al que Kafka tampoco puso nombre—; este último viene de muy mal humor.)

Gerente.—¡Buenos días! (Con ironía.) Veo que nuestro joven trabajador está todavía en la cama. Seguro que ahí se está muy cómodo. pero de seguro perderá el tren y nuestra compañía verá hoy reducidos sus beneficios.

Gregor.—Señor, tenga en cuenta que...

Gerente.—Además, nosotros somos una empresa muy seria y no fomentamos este tipo de comportamientos. (Dirigiéndose al Padre.) Espero que no se tome a mal lo que le voy a decir, pero el rendimiento de su hijo ha sido muy deficiente en estos últimos meses; ahora, el que decida convertirse en un bicho repelente de la noche a la mañana para quedarse en la cama es una conducta que no podemos tolerar de ninguna de las maneras.

Padre.—Estoy de acuerdo con usted, señor. Yo soy el primer desilusionado con el hijo que me ha salido. Estoy avergonzado.

Madre.—(Interviniendo.) Nosotros hemos intentado criarle y educarle adecuadamente, pero ha sido inútil. Vea usted en lo que se ha convertido.

Padre.—Ahora, que esto lo arreglo yo de inmediato. (Coge un bastón y comienza a golpear inmisericordemente a Gregor.) ¡Toma, toma y toma! ¡Por vago! ¡Ah, qué desgracia de hijo!

Gregor.—¡Socorro!

Padre.—(Sin dejar de golpearle.) ¿Qué he hecho yo para merecer un hijo así? Yo nunca le falté el respeto a mi padre convirtiéndome en nada raro.

Gregor.—¡Ay!

Madre.—¡Eso! ¡Dale fuerte! ¡Que aprenda de una vez!

Gerente.—(Contemplando complacido la escena.) No es que yo esté a favor del maltrato físico, entiéndanme, pero hay ocasiones en que una buena bofetada a tiempo endereza a los hijos más díscolos.

Madre.—(Deteniéndose.) No voy a pegarte más por ahora, Gregor, porque no quiero hacerte de menos en presencia de tu jefe.

Gerente.—Siga usted, siga. Por mí no se cohíba.

Madre.—Pero ya continuaremos cuando estemos a solas. (Al Gerente.) Caballero: solo puedo pedirle disculpas por la conducta imperdonable de mi hijo.

Gerente.—Las acepto, pero no se preocupe más por ello. Le concederemos dos días de baja médica, para justificarlo de alguna manera. Confío en que su correctivo haya funcionado, que se reincorpore al trabajo en breve y que en lo sucesivo sea un empleado más cumplidor que antes, pues si persistiera en su conducta actual, nos veríamos obligados a despedirle.

Padre.—Lo entiendo perfectamente y no le culparía por ello.

Gerente.—Entonces, con su permiso, me despido. Señora, señorita, a sus pies... Señor Samsa... (Hace mutis.)

Padre.—(Muy enfadado, a Gregor.) ¡Estarás contento, con la vergüenza que nos has hecho pasar!

Gregor.—(Pataleando en el aire.) ¡No me puedo mover!

Madre.—¿Y no es eso lo que más te gusta, estar sin dar golpe, vago, más que vago?

Grete.—Mamá, hay que hacer algo con este olor: ya apesta toda la casa.

Madre.—Tendremos que sacar los muebles y quemarlos.

Padre.—Ese será el menor de nuestros problemas.

Madre.—¿Qué quieres decir?

Padre.— (A la Madre y a Grete.) Venid aparte. Tenemos consejo de familia.

(Se van a un rincón de la habitación y hablan aparte mientras Gregor sigue llorando y moviendo las patas.)

Padre.—(Explicativo.) La cosa es como sigue: la ciencia moderna todavía no puede convertir en hombre a las cucarachas y, de poder hacerlo, seguro que costaría un dinero que no estoy dispuesto a gastarme. Así es que tendremos que soportar a este bicho en casa de por vida.

Grete.—¿Cuánto suelen vivir las cucarachas?

Madre.—Ni siquiera sabemos si es exactamente una cucaracha o cualquier otra cosa.

Padre.—Uno o dos años, creo. Pero Gregor es un hombre; transformado, pero hombre, y acaba de cumplir los veintitrés, por lo que igual dura cincuenta más sano como un roble.

Madre.—(Aterrada ante la idea.) ¡Dios nos libre!

Padre.—Así es que se impone una solución drástica, porque tanto si Gregor muere como si permanece así y no trabaja, nos quedamos sin ingresos de ninguna clase.

Madre.—(Apresuradamente.) Yo soy asmática y reumática y no puedo hacer ningún tipo de trabajo.

Grete.—Yo no he aprendido a hacer nada de nada y seguro que no querréis que me ponga a trabajar en una esquina: eso sí lo sé hacer muy bien, pero sería una deshonra para la familia.

Padre.—¡Claro! Y yo ya he trabajado mucho en esta vida, tengo cuarenta y un años cumplidos y ya me merezco jubilarme y descansar de una vez.

Madre.—¿Y qué vamos a hacer?

Grete.—Afortunadamente, nuestra casa está en un barrio muy elegante. Podemos alquilar el cuarto y vivir de eso.

Madre.—¿Qué cuarto?

Grete.—¡Anda! Pues este.

Madre.—¿Y dónde ponemos al chico? Bueno: a lo que sea que se haya convertido el chico.

Grete.—No sé... ¿En el armario de las escobas?

Madre.—Demasiado pequeño.

Padre.—Os diré cómo lo veo yo. El pobre desgraciado se ha convertido en un engendro. Esto es lamentable, qué duda cabe, pero es más triste aún el hecho de que ya no vaya a poder disfrutar de la vida. Porque ¿qué puede hacer una cucaracha de su tamaño en nuestro mundo actual? No puede echarse novia, no puede ir al cine ni pasear en barca; si saliera a la calle, probablemente la gente le hostigaría y le haría la vida imposible, por lo que se verá condenado a estar siempre encerrado el resto de su existencia. Y eso, creedme, no es vida. Yo preferiría morir a tener que soportar ese tipo de existencia y seguro que él pensaría lo mismo.

Madre.—¿Entonces?

Padre.—Estoy convencido de que lo mejor para él es... por decirlo suavemente... resolver de un golpe su problema.

Grete.—¿Qué?

Padre.—Que deje de sufrir, simplemente.

Madre.—Ya entiendo. (La cara se le ilumina por una idea.) En la droguería de la esquina venden un producto para cucarachas que aseguran que es muy efectivo. Es rápido, indoloro y bastante barato.

Padre.—Aunque no lo fuera: me parece una excelente idea.

Madre.—No, es muy barato, como te digo. Además, creo que tengo por ahí unos cupones.

Grete.—En todo caso, siempre sería más económico dejar de darle de comer.

Madre.—¿Que se muera de hambre, dices?

Grete.—Realmente no sabemos qué es lo que comen estos insectos.

Padre.—Tiene razón. Es mucho más humano y compasivo dejarle morir que matarle nosotros.

Grete.—Y de esta forma no es pecado.

Padre.— Entonces ¡está decidido!

Grete.—Habrá que comprar otra cama, sin embargo.

Madre.—¿Otra cama?

Grete.—Para los huéspedes, digo.

Madre.—¡Oh, no! Bastará con lavar y desinfectar bien esta.

Gregor.—(Lloroso.) ¿Habéis encontrado una solución para esta situación horrible en la que me encuentro?

Padre.—(A Gregor, tras una pausa.) Sí, hijo, sí; efectivamente. Hemos encontrado una solución.

 

TELÓN


No hay comentarios: