Alberto Vázquez-Figueroa

 


          Coincidí con el señor Vázquez-Figueroa en algún acto de alguna Feria de algún Libro, en Madrid. Compartimos mesa y dimos discursos sucesivos —espero que no demasiado parecidos— acerca de las bondades del libro sobre las del teléfono móvil. Hablé con él durante una hora  o así antes del acto (del acto cultural de aquella tarde, no vayan ustedes a pensarse otra cosa) y sus palabras y sus ideas me hicieron reverenciarlo como persona mucho más de lo que ya lo hacía como escritor.

          Para los despistados, indicaré que es un novelista prolifiquísimo (algo que yo admiro sobremanera, pues no les tengo nada de simpatía a esos autores vagos que escriben un libro cada cuatro años) y que tiene grandes libros en su haber. Tuareg y, sobre todo, El último tuareg, me parecen excelentes y los recomiendo.

          Pero curiosamente no hablamos de literatura. Alberto —así insistió en que le llamara, aunque no le conocía de nada—estaba muy preocupado por la ecología y se había dedicado en los últimos años a uno de sus varios inventos para mejorar el medio ambiente. En concreto, me habló en detalle y con gran entusiasmo de un sistema propio de desalinización de agua de mar, de sus obvios e innumerables beneficios y de los no menos innumerables trabas burocráticas con las que se enfrentó a la hora de pretender ponerlo en funcionamiento.

          Me sorprendió agradablemente su capacidad de creer tanto en las artes como en las ciencias y en su intento de aplicar la imaginación a la mejora de nuestro mundo. Por lo general, los que nos dedicamos a escribir pensamos que lo máximo que podemos ofrecer son unas bellas o entretenidas páginas: un poco de arte para que nuestros contemporáneos disfrute o aprendan. Solemos dejar el perfeccionamiento del mundo a los científicos.

          Vázquez-Figueroa, persona cultísima y amabilísima por lo que yo pude colegir, iba más allá. Aquella tarde, sin afectación alguna, sin darse en absoluto importancia, me ilustró a mí primero y al público después con su saber y su aportación efectiva al bienestar de la humanidad. ¡Qué bello sería que todos aquellos que gozan de fama, de cualquier tipo, contribuyeran de este modo u otro al bien común!

          ¡Y qué rematadamente cursi me ha quedado esta última frase! Pero me mantengo en ella, porque es una gran verdad.

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