El rey Arturo

 

Al rey Artús de Inglaterra

le dicen «el rey por chamba».

¿Por qué? ¡Vaya usté a saber!

Será por lo de la espada

incrustada en una piedra,

recubierta de cien plantas

y que estaba allí esperando

para ver quién la arrancaba.

Si alguno quiere saber

más de esta leyenda clásica

puede leer lo pone

la Enciclopedia Británica

o ver la «peli» de Walt

Disney, que es una monada

y en la que sale Merlín

con unas barbas muy largas.

 

Vaya: que le hicieron rey

de una nación de macarras,

que los feudales de entonces

hacían su santa gana,

la corona era impotente

y el rey casi no mandaba.

¿Cómo pudo hacer Arturo

una patria organizada?

Pues lo que tiene el Medioevo

es que no sabemos nada.

Pues parece ser, señores,

—aunque no es cosa probada—

que Arturo niño fue ardilla,

todo debido a una magia

que le hizo Merlín, en coña.

También estuvo en el agua

en forma de pez, o al menos

eso era lo que contaba

la película de Disney

más arriba mencionada.

 

Luego hubo un asunto extraño

en relación con la espada

que no se sabe por qué

razón estaba clavada,

en un yunque que allí había,

desde el año de la nana.

Según la leyenda, rey

sería quien la sacara

y no la sacaba nadie

por una razón muy clara:

los últimos doce reyes

no murieron en sus camas

que los nobles de la isla

eran gentuza muy mala

y mataban a destajo;

y aunque fueras el monarca,

si no les caías bien

te daban cien puñaladas

sabiamente repartidas

entre el talón y la calva.

Por eso, aquel que tenía

algo en la frente no osaba

acercarse al yunque aquél

y menos tocar la espada,

no fuera que se saliera

y, saliendo, te obligara

a reinar un rato antes

de que te escabechinaran.

Pero Arturo, que era tonto,

por hacer una machada

fue y la sacó. Y tuvo suerte,

porque les dio algo de lástima

y le dejaron reinar

sin sacudirle a mansalva.

 

Como fuere, allí tenemos

a Arturo, rey en su casa,

sin saber muy bien qué hacer

para lograr buena fama.

Se desposa con Ginebra

—que luego le saldrá rana

y se la pegará al rey

con Lancelot bien pegada—

y, llamando a su castillo

a toda la flor y nata

de la caballería andante,

va y los sienta en una tabla

(que no es sino una mesa

vulgar, pero mal nombrada).

Cuando los tiene allí a todos,

los lía para que vayan

en búsqueda del copón,

que no saben dónde para.

Los caballeros, contentos

de alejarse de un monarca

mucho más tonto que Abound*,

se van de muy buena gana.

Sólo Lancelot se queda,

por la razón apuntada.

No hay mucho más que decir:

la historia en esto es diáfana.

Arturo no hizo otra cosa

que ser cornudo y pelanas.

De él surge el linaje inglés

de los Estuardo, los Planta-

genet, los Windsor, de Churchill

y casi, casi de Marga-

ret Thatcher y Tony Blair.

¡Ahora la cosa está clara!

* Abound: Nombre sajón de Abundio.

 

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