La cocina y la mesa eran un completo desastre en aquellos renacentistas tiempos y el gran Leonardo decidió poner algo de orden, con una serie de inventos morrocotudos y mejoras sustanciales cuyo mérito la posteridad no ha sabido o querido adjudicarle. Pero como nosotros somos mucho más generosos y agradecidos que la posteridad, listaremos aquí todas aquellas contribuciones de Leonardo a las actividades del comer y el descomer.
La servilleta
Los invitados a las comilonas usaban los manteles de brocado para limpiarse la grasa de la boca y de los dedos, y, ¡señores!, el brocado se lava muy mal. Un tanto avergonzado por las guarrindonguerías de sus compatriotas y compatriotos (hay que ser políticamente correcto en el discurso), Leo decidió que cada comensal tuviera su propio paño para ensuciar, para que así sus babas no se mezclasen necesariamente con las del vecino.
Se preguntó: ¿cómo debía llamarse aquel trozo de tela destinado a evitar que la apariencia de la mesa quedara profanada por la suciedad? Pues con harto dolor de nuestro corazón hemos de decir que no se le ocurrió ningún nombre mejor que ‘mantelillo’, pero si más de cincuenta maneras de plegar aquellas protoservilletas, dándoles forma de pájaros, flores y hasta de cocodrilos con la boca abierta. Al principio el éxito no le acompañó ni dos metros. Los comensales no sabían qué hacer con aquel paño que les daban. Algunos se sentaban sobre él, otros se sonaban las narices; los hubo quienes hacían con ellos una bola y se la tiraban a los vecinos que les caían antipáticos y no faltó quien los empleara para envolver en ellos algunas viandas, para merendárselas luego. Todos siguieron limpiándose en el mantel, porque, como todo el mundo sabe, es muy difícil ir contra la tradición.
La tapadera
Aunque parezca mentira y diga muy poco el favor del Homo sapiens, hasta el Renacimiento los pucheros a la lumbre se cubrían solamente con un lienzo húmedo que había que cambiar con frecuencia para que el humo del fuego no se confundiera con el contenido del puchero y el guiso acabará sabiendo a rayos.
Entonces Leonardo se dijo: «¿Y si yo diseñará una cubierta permanente para el puchero que fuera del mismo material que éste, que no se rompiera, que no hubiera que lavarlo en el río y que no precisará cambiarse?» Pero luego le pareció que aquello ya tendría que existir. No era así; y cuando Leonardo se percató de que nadie había inventado una tapadera, fue y la inventó él y todos tenemos que agradecérselo.
El anti-sandwich
Más bien tendríamos que llamarlo ‘anti-emparedado’, si quisiésemos ceñirnos al léxico castellano más correcto.
El plato inventado por Leonardo consistía en un trozo de pan, colocado entre dos pedazos de carne. No son necesarios los comentarios.
Sólo después de varias semanas después de tener esta ocurrencia, Leonardo apuntó en su diario la posibilidad de poner la carne entre dos trozos de pan. El duque o marqués de Sandwich (porque ahora no nos acordamos de qué título tenía) se arrogó injustamente la fama de la invención, cosa que los ingleses han hecho en numerosas ocasiones.
Bailarinas para la digestión
Después de comer, Ludovico Sforza, señor de Milán, se echaba una siesta de esas de pijama y orinal, y se levantaba con muy mal cuerpo por la digestión pesada. Para favorecer el proceso digesto-asimilativo, Leonardo propone un remedio novedoso (aunque caro): unas bailarinas licenciosas que danzasen y moviesen sensualmente sus cuerpos, lo que provocaría en los contempladores una sensación de bienestar y haría que su sangre fluyera alegremente por el cuerpo, facilitando el proceso digestivo. Y si esto se programara no sólo a los postres, sino también entre cada plato, el efecto sería aún más beneficioso.
Aditamentos para banquetes
Para embellecer las comidas, Leonardo propuso lo siguiente:
—plantas de dulce olor para perfumar el ambiente;
—libélulas, no se sabe con qué propósito;
—fuentes de agua cantarina, lo que siempre hace elegante;
—sonido de grillos, para darle a la comida un toque bucólico;
—agua de rosas para que se lavaran las manos los comensales (nunca se usó);
—polvo de oro para embellecer los nabos;
—gelatinas coloreadas en forma de palacios, barcos, etc.;
—música con trompetas y timbales que metieran ruido cuando salieran los platos;
—avestruces que se paseasen entre las mesas, para que ningún comensal se olvidara de la ocasión.
El «avecrem»
El genio de Vinci propone lo siguiente para un mejor aprovechamiento de la carne: sumergir una vaca o un buey en un gran caldero y dejarlo hervir un ratito —15 ó 16 horas podrían bastar— hasta que la carne se desprenda de los huesos. Poner luego la carne en un prensador y sacarle el jugo. Dejar que el jugo coagule y seque, y luego cortar el resultado en cuadraditos para añadirlo posteriormente a los guisos.
(Esto es así. Si alguien duda de la veracidad, puede consultar el Codex Romanoff, que incluye los apuntes de Leonardo. Claro, que nos enfadaremos con aquel que lo consulte, pues no nos gusta que nos tomen por mentirosos.)
El cucurucho del helado
Con la intención de ahorrarse el sueldo del que fregaba los platos, Leonardo estuvo siempre imaginando formas de evitar el uso de dichos platos.
Pensó entonces en un cucurucho de mazapán o polenta en el que pudiese servirse la sopa, que acabo siendo de galleta y empleándose para los helados. Pero la idea ya estaba ahí. Otro invento más para el inventario.
La congelación
Leonardo mantuvo toda su vida un feroz contencioso con la ranas. La causa era que infestaban los barriles de agua de lluvia que guardaba en las cocinas. Por ello llego a diseñar un ingenioso artilugio, consistente en un brazo con un martillo que golpeaba a la ranas en la cabeza cuando éstas saltaban dentro del barril. Pero esto no es lo que queríamos contar. Como es algo frecuente en nosotros, hemos desbarrado y hablado de otra cosa distinta de la que pretendíamos describir.
Lo que queríamos decir es que se las apañó para conducir hasta un lago a muchos cientos de ranas y, cuando el lago se heló durante el invierno, cortó el hielo con una sierra y obtuvo bloques de hielo con ranas dentro, lo que permitía comer ranas frescas durante meses. Aplicó el sistema de congelación a brotes de col, carne de vaca y otros alimentos, y así les tomó el pelo a las estaciones y obtuvo una victoria sobre el clima.
Otros inventos que también inventó pero sobre los que no nos apetece entrar en detalles
El afilador de cuchillos.
El cortador de jamón en lonchas.
La barbacoa.
La secadora del mantelillos (servilletas).
El triturador de huevos (¿qué es esto?).
El amasador.
El desplumados de patos.
El moledor de cerdos.
El pensador de ovejas.
El cortador de berros
También diseñó Leonardo un cortador un cortador de berros gigante, tirado por varios caballos, pero no tuvo con él tanta suerte como con otros ingenios. Durante la demostración, el cortador de berros se desmandó y mató a dieciséis criados de cocina y a tres tres jardineros, que quedaron hechos picadillo. ¡No se puede triunfar siempre!
(Ludovico empleó más tarde este cortador de berros contra las tropas invasoras francesas con notable éxito.)

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