Cristóbal Colón anunció a su tripulación
que los Reyes Católicos, en un rapto de generosidad rarísimo en ellos, habían
prometido un premio en doblones contantes y sonantes a aquél que avistase
tierra. Un marinero sevillano, conocido como Rodrigo de Triana, fue el prime
ro
en verla, desde su puesto de vigía de la nave capitana.
Hasta aquí esta anécdota que estamos narrando se desarrolla con normalidad y sin ninguna sorpresa. Diríamos que es más aburrida que otra cosa.
Pero entonces el Almirante, con una caradura aterradora, alegó que el único merecedor del premio era él mismo, puesto que ya había visto la tierra antes, en su imaginación. Así es que rehusó por completo pagarle a Rodrigo de Triana y no soltó la pasta, por más presión que le hizo toda la marinería.
Rodrigo cogió un cabreo importante y, a su regreso del viaje, se fue a vivir a Marruecos y se hizo musulmán, visto que de los cristianos no podía uno fiarse.
Con esta conducta, Colón quedó fatal, pero, puesto que se embolsó los doblones, aquello no pareció importarle lo más mínimo.
*
Allá por el año 1420 (o puede que fuera el 1422: es que ya no me acuerdo muy bien) el emperador de China, Yung-Lo, se ausentó de su capital durante un viaje y dejó a su consejero Kang Ping al cuidado de su harén.
El emperador era un paranoico de mucho cuidado y, además, tenía un carácter muy cruel y sanguinario. El consejero supuso que, a su vuelta, el monarca le acusaría de haberse ayuntado con sus concubinas y le haría rebanar el cuello, no sin antes haberle sometido a unos de esos tormentos chinos tan típicos que siglos más tarde harían famoso a Fu-Man-Chu.
Kang Ping quiso curarse en salud, por lo que se atizó unos cuantos copazos de vino de arroz, para coger valor, y luego se castró con toda la delicadeza de la que fue capaz. Después introdujo en el equipaje del emperador aquella parte que había dicho adiós al resto de su anatomía.
Cuando el emperador regresó de su viaje, acusó al consejero de haber gozado de las chinitas. En ese momento Kang Ping recuperó su miembro perdido del equipaje y demostró que a él de nada podía acusársele.
Yung-Lo le dijo entonces que sólo le había querido gastar una broma con la acusación, puesto que tenía completa fe en él y jamás se le habría ocurrido pensar en serio que Kang Ping le pudiera traicionar, por lo que aquel sacrificio había sido totalmente inútil e innecesario. Le sermoneó un rato sobre lo mala que podía ser a veces la precipitación.
El consejero quedó chafado al oír esto, pues dedujo —con razón— que la posteridad se reiría de él, en lugar de compadecerle. El emperador le recompensó y, a su muerte, mandó levantar en su honor un templo, nombrándole protector eterno de los eunucos y los cretinos.

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