Alejandro Magno

 


 

          La película Alejandro Magno (2004), de Oliver Stone, va de un macedonio que mató mucho y mató muy bien: don Alejandro Magno (que no Maño, aunque algunos lo pronuncian así), monarca muy poderoso —eso no se lo vamos a negar— y bastante valiente, a decir de la leyenda, por más que en la película aparezca con rubias guedejas, como la Ricitos de Oro del cuento de los tres osos.

          Sobre su personalidad hay opiniones encontradas: hay quien dice que fue muy machote y otros que fue un moñas. Le gustaban las chicas y los chicos por igual, lo que no es sino un síntoma de que era un verdadero demócrata en su corazón y que no hacía distinciones. En cuanto a su vida religiosa hay que decir que era muy devoto del dios Baco y que le hacía ofrendas cada dos por tres, hasta que caía redondo de puro misticismo.

En el film le vemos tener problemas con el bruto de su padre y la furcia de su madre, y luego contemplamos cómo sale a conquistar el mundo, que en aquella época pertenecía a los persas, más que nada para no tener que estarse en casa.

          Pero antes de eso asistimos a su educación. Aristóteles fue su maestro, algo que no le envidiamos en absoluto. Buen estudiante no fue, pero memoria no le faltaba, pues se dice que se sabía los nombres de todos sus soldados (ya se llamasen Filoctitos, Epiglotas, Profilatos, Caliponcios, Octaedros, Mistroncios o cualquier otra cosa) y de qué pie cojeaba cada uno (los que cojeaban y hacían que se retrasase la marcha de todo el ejército).

          Realmente en la película le vemos más tiempo corriéndose juergas que conquistando nada, pero hay que tener en cuenta que siempre resulta más barato filmar una bacanal que una batalla con cien mil soldados vestidos de época, con elefantes y demás. Por esta razón, la cinta muestra varias batallas pegadas en una sola, para ahorrar metraje y desesperar a los historiadores.

          El director intenta presentarnos el lado humano del conquistador y no lo consigue en absoluto, pero tampoco se atreve a darnos la versión opuesta y enseñar cómo hizo pasar a cuchillo a un montón de gente simplemente porque no le caía bien, con lo que la película se queda en algo que no es ni chicha ni limonada y con lo que no se aprende demasiado (porque no está claro qué batalla se muestra en cada secuencia). Nos hubiera gustado más que se nos contara algún dato inédito y desconocido del conquistador, pero es obvio que Stone tampoco se sabía ninguno.

          Como retrato del hombre ansioso de poder que lo ejerce hasta decir «¡ya está bien!», no está mal. Hay quien quiere ver en esta película una crítica de algún gobernante moderno, pero no recordamos a ninguno que lleve falditas, por lo que el posible parangón no queda muy claro.

          Volviendo a la trama alejandromanguesca, le vemos darle matarile a Darío, el emperador de los persas, y luego llegar a la India y tener que volverse antes del poder dar ni una sola clase de yoga. Los soldados estaban cansados, como es natural, pues llevaban varios años ya cruzándose Asia a golpe de pinrel y estaban muy quemados. Además, la comida indostana le sentaba mal, porque el picante les producía gases y flato. Tampoco podían aprender la lengua de allí, porque tenía declinaciones, como el latín, y, finalmente, se querían volver a casa porque echaban mucho de menos a sus respectivas. Así es que la tropa le dijo a Alejandro que ya estaba bien de hacer el ganso por aquellas tierras asiáticas que estaban a tomar viento y le dieron un ultimátum: podía escoger entre volver a casa, regresar, desandar lo andado, hacer el camino al revés o retornar: lo que más le apeteciera. Él mandaba. Pero ellos, desde luego, no iban a dar un paso más.

          El emperador cogió una pataleta, pero no le sirvió de nada. La patria de Platón, de Anaximandro, de Zorba y de Aristóteles Onassis les llamaba y los soldados alejandrinos estaban decididos a volverse. Alejandro corrió tras ellos y los llamó a voces, pero no le hicieron ningún caso.

          El grecocabreo de Alejandro fue de aúpa y el emperador se quedó con ganas de mandar a todos a freír espárragos, pero no tuvo otra opción que regresar con el rabo entre las piernas a Grecia y, con tan mala pata, que  fue y se murió por el camino. Cogió unas fiebres y se puso muy malito, por lo que feneció al cabo de unos meses dejando su imperio hecho cachos. No faltó que dijera que le habían dado jicarazo.

          Cuando dieron por la radio la noticia de su muerte, se armó un revuelo importante. Sus sucesores se pegaron por los cachos del imperio y aquí se acaba la historia de un hombre que hizo más daño que un elefante en una cacharrería.

          No obstante, la historia le ha convertido en un héroe y muchos le quisieron imitar: César, Napoleón, Mussolini, Hitler, Stalin, Mao y algún otro dictador bajito del que nos estamos olvidando.

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