Los analbafetos




SAINETE CORTITO

(La acción de este sainete se desarrolla en la sala de espera de la consulta de un médico. En escena, Doña Gabriela y Doña Eufrasia, ancianas venerables.)

Gabriela.—¡ Ay, señá Ufrasia! ¿Cómo usté por aquí, por la consulta?
Eufrasia.—Ya ve, doña Grabiela: he venío pa’ que el dotor le ponga a mi nieto la antibritánica. ¡Niño, siéntate ahí y estate quieto!
Gabriela.—¿Qué no estaba ya vacunao?
Eufrasia.— La inyición del tuétanos ya la tiée puesta, pero como s’ha cortao con un hierro osidao... ¡A ver! Y ya que l’he traío, voy a aprovechar para ver si le recetan un delirio, porque l’ha salío un anzuelo en un ojo.
Gabriela.—Por cierto: que siento muchísmo lo de su yerno. ¡Tan joven, el probe...!
Eufrasia.—Ha sío una desgracia mu grande.
Gabriela.—¿Y cómo fue?
Ufrasia.—De un cólico nefertítico.
Gabriela.—Querra usté decir de un cólico frenético.
Eufrasia.—Sí, eso. Mu doloroso. Lo pasó mu mal. Aluego los médicos dijeron que era un caso mu raro y se llevaron el cadáver al Instituto Autonómico de Orense.
Gabriela.—Si es que no semos nadie. Yo también estoy enferma. Tengo toos los güesos descalificados y por eso se me caen los dientes. Y como no tengo perras p’a pagarme una próstata dental, pues mi cara paice la de una anciana. Amás, padezco de falangitis en la garganta y sufro mucho.
Eufrasia.—¿Y no toma usté na?
Gabriela.—M’han mandao unas cláusulas para la tos y la irritación, pero no me hacen efeto. M’han asegurao que lo más eficaz es la asperina fluorescente.
Eufrasia.—Para la garganta es bueno tomarse una efusión de manzanilla con miel. Mano de santo.
Gabriela.—Eso dicen.
Eufrasia.—Pues no se enfigure usté que yo estoy mejor. Como usté ya no ignora muy bien que soy dialéctica, toos los días tengo que de pincharme y de inyetarme ursulina.
Gabriela.—¿Y su hija de usté? ¿Cómo lleva el embarazo? Está mú avanzá?
Eufrasia.—¡Huy! El otro día, que fue a comprar al mercao, había tanta gente que del calor casi fue y le dio una linotipia. Se desmayó allí mesmo. No sabían que la había dao, porque con lo del embarazo no podían hacerle una redundancia magnética. Pero paice que está bien. Ahora, que se ha emperrao en que en el parto le den la anestesia pendular.
Gabriela.—Hace mu bien. Si se pogresa centíficamente, habrá que aprovecharlo, digo yo.
Eufrasia.—¡Claro! ¿Y su hijo, el más mayor, cómo le va, que no le veo desque fue su cumpleaños?
Gabriela.—Está en África entavía, en una «ojejé» désas.
Eufrasia.—¡Qué bien! ¿Y qué hacen?
Gabriela.—Pos enseñar a leer y a escrebir a los negritos. Como allí no saben... Son... ¿cómo le dicen? Analba...
Eufrasia.—Analbafetos.
Gabriela.—Eso mismo.

TELÓN

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