Una bonita semblanza de
la historia de la Franza
(Francia, quiero decir.
Ha sido por la velocidad adquirida.)
El cerrajero fue Luis XVI, que reinó
en Francia después de Luis XV e inmediatamente antes de Luis XVIII, porque los
franceses no saben contar y se dejaron a Luis XVII en el tintero.
Este señor, tripón y bonachón, fue amo
y señor de Francia, un monarca absoluto y todopoderoso que hacía todo lo que le
decía su mujer, María Antonieta (¡sea usted rey para esto!). Vivió durante el
siglo xviii, porque los
revolucionarios no le dejaron llegar al xix.
Habitó los más suntuosos palacios y pudo escoger los más variados caminos del
placer, como dormir con una cuerda atada a la muñeca en cuyo opuesto extremo se
hallaba un criado atado dispuesto a traerle un vaso de agua con azucarillo
cuando hiciera falta.
Pero este monarca, marcado por el destino
como marido consentidor (y si lo dudan, que se lo pregunten al conde sueco Axen
de Fersel —o Axel de Fersen, no estoy del todo seguro), no gastó enormes sumas
en fiestas ni mantuvo a favoritas. Eligió para su disfrute personal un pequeño
taller de cerrajería donde dedicarse al humilde oficio de hacer llaves para
meterlas en cerraduras. (Un análisis freudiano del hecho de que no pudo
consumar su matrimonio hasta pasados cinco años, debido a que le daba miedo
operarse de su fimosis, aclararía bastantes cosas.)
El monarca había crecido entre
cerraduras. Los palacios en los que habitó desde su niñez incorporaban una como
mínimo en cada puerta, para mantener el secretismo de la corte. Raras veces se
hallaba abierta una puerta y existía el cargo de abridor real de puertas,
cancelas y similares (royal abrideur,
creo se dice).
Se dice que Gamain, un sencillo
artesano, le enseñó la técnica, pero es mentira: Luis XVI se hizo cerrajero de
oído. Y, pese a su miopía, resultó ser un alumno aventajado en cerrajería y en
todo tipo de manualidades (con hierro y madera, ¡no me sean pícaros!) Todavía
se conservan en Versalles vestigios suyos que dan testimonio de su habilidad en
la fragua. Él se hallaba especialmente orgulloso de una caja de seguridad que
él mismo había diseñado y construido. La empotró en la pared y la empleó para
guardar en ella sus documentos privados. Cerraba tan bien que, después de
cerrarla, no se pudo abrir nunca más.
Con motivo del nacimiento de su hijo
varón, hubo celebraciones en el reino (y en la casa del conde Axel o Axen). El
gremio de cerrajeros, conociendo la afición del monarca y en un desesperado
intento de conseguir pagar menos impuestos, le obsequió pelotilleramente
durante un desfile con un artilugio diseñado especialmente para la ocasión: una
cerradura de seguridad de gran tamaño (dos metros de alto). Luis olvidó el
protocolo de la ocasión y se dedicó durante unos minutos a intentar abrirla,
sudando la gote gorde. Cuando lo consiguió,
apareció dentro del artilugio una pequeña figura que representaba al recién
nacido Delfín, heredero de la corona. Cómo puede ser delfín el hijo de un
merluzo es uno de esos misterios de la Francia que escapan a nuestra
comprensión.
Luis XVI nunca quiso ser rey, aunque,
por otra parte, tampoco quiso ser quesero ni mozo de cuerda. La responsabilidad
le abrumaba. Tenía el gusto rutinario de un burgués y nada le producía más
angustia que la toma de decisiones y el aceite de ricino. Era tímido y
flemático. No se le daban bien las personas ni el trato social. La construcción
de cerraduras aportó un elemento de serenidad y sosiego a su vida, pero le
granjeó el desprecio de una corte aristocrática, obsesionada con los tonos
pastel, el protocolo, los lunares en la mejilla y la distinción de clases
sociales.
Este espíritu sencillo «se vio
envuelto en el torbellino de la revolución»,
como escriben los cursis. Cedió ante todos —y eso que le pidieron cosas que
pocos habrían aceptado— y «se dejó
arrastrar, como cometa al viento»,
que escriben también los cursis. Fue acusado injustamente de tirano y murió
guillotinado en 1793, durante el Terror y en ayunas.

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