(Aparecida en el Herald
Tribune el 16 de diciembre de 1939,
después de la página de los crucigramas.)
Nos hemos trasladado en patines desde New York a Palm
Island, en Miami Beach, para tener una conversación en exclusiva con el que
fuera famoso gánster Al Capone. Sólo hemos tardado tres meses en llegar y ya
estamos dispuestos a ofrecer a nuestros lectores unas declaraciones que seguro
que serán sensacionales.
Alphonse Gabriel Capone, conocido como Al «Scarface»
Capone, ya ha cumplido su deuda con la sociedad y, tras ser liberado el mes
pasado de la prisión en la que hacía ganchillo desde 1934, reside en su finca
de Florida, donde tiene plantados unos tomates en el patio de la entrada que,
por lo que vemos, crecen estupendamente. El ex delincuente ha accedido a esta
entrevista, que será interesantísima, porque en ella el excéntrico y experto ex
convicto se excusará, se exculpará y se extenderá explicando sus experiencias y
exponiendo ex catedra el expediente
de sus éxitos y un extracto de sus extraordinarias y excitantes experiencias
cuando exigía en exceso y extorsionaba exorbitantemente a extraños.
Hallamos a nuestro entrevistado en su jardín tomándose una
cerveza con unas gambas. Amablemente nos invita a sentarnos, pero su amabilidad
no llega hasta el extremo de invitarnos a las gambas. Comenzamos la entrevista.
—Señor Capone: ¿cómo se originó su apodo de «Scarface»?
—Todo sucedió en 1893, creo recordar. Tuve una disputa con
Frank Gallucio, por unas hermanas pelirrojas que estaban muy bien, en el
transcurso de la cual Frank me propinó una patada en la espinilla. De ahí me
quedó el apodo de «cara cortada».
—Pero en 1893 usted aún no había nacido.
—¿Ah, no? Entonces me he debido de confundir de anécdota.
—¿Siempre quiso ser un gánster?
—Desde que yo recuerdo. De pequeño mi mayor deseo era ser
el dueño de una tienda de caramelos. Como esto era algo demasiado ambicioso y
totalmente fuera de mi alcance, acabé siendo un as del crimen. Teníamos
entonces muchos modelos de los que aprender. Johny Torrio, sin ir más lejos: un
famoso delincuente que salía todos los días en los periódicos. Todo el tiempo
en que no estaba asaltando bancos o apiolando «polis» lo pasaba dando
entrevistas y haciéndose fotos para las portadas de los diarios. Era grande. En
el barrio todos queríamos ser como él.
—¿Pero no piensa usted que eso de querer conceder
entrevistas es una soberana tontería?
—¡Hombre! Me extraña que me lo pregunte, porque usted vive
de eso, ¿no es así?
(Reconocemos nuestra
metedura de pata, recogemos velas y continuamos con nuestras preguntas.)
—¿Cuándo comenzó exactamente a su vida delictiva?
—Fue en 1905. En el colegio. Yo tenía seis años y me comí
la goma de mi compañero de pupitre. Ese fue mi primer robo.
—¿No tiene inconveniente en reconocer sus crímenes
abiertamente para mi periódico, ahora que ya ha conseguido la libertad?
—¡Oh, no! No pueden
juzgarme dos veces por el mismo delito y, de todas maneras, en el FBI tienen
por norma no leer nunca la prensa.
—Cuéntenos más. ¿Cómo se profesionalizó?
—Bueno. En aquella época no había escuelas de delincuentes,
como en la actualidad. Entonces tenías que empezar de jovencito y hacer un
meritoriaje. Yo comencé en bandas juveniles y luego llevando cafés en la
organización del mafioso Frankie Yale, que tenía su sede social en Brooklyn.
—¿Fue usted su guardaespaldas?
—No. Aunque algunas veces sí que me pedía que le rascase la
espalda, porque él era gordo y no llegaba.
—¿Y después?
—Cometí un par de asesinatos y Yale me envió a Chicago, para
quitarme de en medio durante un tiempo.
—¿A quién mató? ¿Y por qué?
—Pues si quiere que le diga la verdad, no lo recuerdo en
este momento. Pero no debió de ser nadie especialmente interesante, porque si
no, me acordaría.
—¿Cómo llegó a dirigir la organización?
—Torio y Yale murieron: uno asesinado y el otro del hígado.
Pero no recuerdo qué le pasó a cada uno. Todo sucedió muy deprisa. Hacía falta
alguien que continuara dirigiendo el negocio, porque si no, mucha gente
perdería su puesto de trabajo y muchas familias de mafiosos pasarían hambre.
Así es que por compasión hacia ellas y por pura hombría de bien di un paso
adelante y me ofrecí a encabezar la organización. Fue una acción completamente
desinteresada, hecha por el bien de mi prójimo. Quiero creer que soy una buena
persona y que en aquella ocasión lo demostré.
—¿No encontró oposición?
—¡Oh, sí! Hubo algunos
que no me querían al mando, pero les convencí de que se fueran a darse un baño
en el lago Michigan.
—Pero el clima de Chicago es muy frío y ventoso.
—Sí. Y por eso me costó más convencerles. Pero al fin lo
conseguí. Por alguna razón, nunca volvieron y yo tuve el camino libre.
—¿En qué consistían sus actividades?
—Pues ya se sabe: un poco de todo. Yo y mis hombres
controlábamos el juego, la prostitución y la venta de alcohol, además de tener
el monopolio exclusivo de las napolitanas de crema, que vendíamos a unos
precios muy elevados, obteniendo sustanciales ganancias. Yo me ocupaba de dar
las órdenes, llevar la contabilidad y asustar a los chicos.
—¿Qué es eso «de asustar a los chicos»?
—Pese a lo que han
contado en las películas, matar a alguien no sale rentable. Si matas a un
enemigo, el matará a uno de los tuyos. Y si tú matas a uno de tus hombres por
traición o desobediencia, pierdes todo lo que hayas invertido en su formación
criminal. Por eso resulta más rentable mantenerles asustados para que no tengan
la tentación de engañarte. Ahora bien: asustar no es fácil. Hacen falta
constancia y unas cualidades especiales. Yo, afortunadamente, las poseía en
extremo. Llamaba a mis hombres a mi despacho cada cierto tiempo y les hablaba
muy despacio, poniendo una voz gutural. No me fallaba nunca. Salían de allí
pensando que a la próxima acabaría con ellos y no se les ocurrió ni por asomo
serme desleales.
—¿Cuánta gente mató o mandó matar durante sus años al
frente de la mafia de Chicago?
—No puedo saberlo. Pero está todo apuntado en los libros.
—¿Apuntaba los asesinatos que mandaba cometer?
—Claro. Es imposible dirigir una organización criminal o de
cualquier otro tipo sin tener constancia escrita de todo lo que se hace. Todo
debe estar apuntado de manera detallada y precisa.
—Pero las autoridades nunca consiguieron ninguna prueba con
la que achacarle crimen alguno: le tuvieron que encarcelar simplemente por no
pagar impuestos, ¿no es así?
—En efecto. Pero es que el FBI, con toda su fama, está
lleno de inútiles enchufados que no saben hacer su trabajo. En cuanto a la
Agencia de Prohibición donde trabajaban Elliot Ness y los cursis de los
«intocables», se podría decir prácticamente lo mismo. Por mucho que registraron
mi despacho, no encontraron ninguna prueba.
—¿Existen aún esos libros incriminatorios?
—Ya no. Cuando me jubilé,
al salir de la cárcel, vendí todos los papeles a un trapero.
—Pero ¿obraban en su poder cuando le detuvieron?
—Sí.
—¿Dónde los tenía?
—En un cajón de mi
despacho. Pero a los del FBI no se les ocurrió que estuviesen tan a mano.
Registraron las tres cajas fuertes, pero dentro sólo encontraron un frasco de
pepinillos.
—¿Guardaba los pepinillos en la caja fuerte?
—Sí. Porque, si no, mi segundo de a bordo y mano derecha,
Jack «Machine Gun» McGunn, se los comía.
—¿Y los libros los guardaba en un cajón de su misma mesa?
—Claro. Los tenía a mano, porque los consultaba con mucha
frecuencia.
—Pasemos a otra cosa. Cuénteme algo de sus conflictos con
otras bandas.
—Bien. Para ser considerado «rey del hampa» tenías que
deshacerte de tus enemigos y eso fue lo que hice.
—¿Y usted deseaba ser el «rey del hampa»?
—Yo lo deseaba mucho.
—¿Por qué?
—Si eras el delincuente más importante de la ciudad, el
alcalde te invitaba a todas las fiestas oficiales, con barra libre y canapés.
—¿A qué bandas tuvo que enfrentarse?
—A Miles.
—¿Tantas bandas había en Chicago?
—Digo que tuve que acabar
con Miles O’Donnell, que controlaba las casas de prostitución, haciéndonos
competencia desleal.
—¿En qué consistía esa competencia?
—En sus locales, aparte del servicio habitual, te daban un
refresco gratis. Y los martes y jueves hacían importantes descuentos.
—Usted acabó con O’Bannion.
—Le mandé una tarta explosiva por su cumpleaños.
—¿Una carta explosiva?
—Una carta no: una tarta. Algo muy habitual entonces.
Cuando la cortabas, explotaba, sembrando la muerte y el merengue en un radio de
diez metros. Todas las confiterías de la ciudad preparaban esas tartas, aunque
tenías que encargarlas con al menos tres días de antelación.
—¿O’Bannion murió?
—O por lo menos no se le volvió a ver el pelo. Yo creo que
sí murió durante aquella fiesta, aunque años más tarde me dijeron que creían
haberle visto vendiendo perritos calientes en una calle céntrica de Seattle.
—¿Y los integrantes de la banda?
—Se reagruparon en dos:
la de Aiello y la de Bugs Moran. Pero invité a esos dos capos a charlar un rato
en un garaje un 14 de febrero y los hice acribillar. Se habló de ello como «la
matanza del día de San Valentín», pero no fue tan tremendo, ni mucho menos una
matanza: sólo unas cuantas muertes sueltas.
—¿Murieron ambos?
—Aiello sí. Pero Moran llegó tarde a la cita, porque era
muy poco serio para los negocios, y se libró por los pelos. De cualquier
manera, tuve la ciudad para mí solo durante unos años.
—Se dedicó usted al tráfico ilegal de bebidas alcohólicas
durante la Ley Seca.
—Efectivamente. Pero no lo hice porque me fue especialmente
rentable. Lo hice a petición del público. Recibí cientos de cartas de
honradísimos ciudadanos que me pedían por favor, que me suplicaban que les consiguiera alcohol a cualquier
precio. Estaban que trinaban contra el gobierno. Organicé una red clandestina
de venta de licor para beneficio de mis conciudadanos. Ya le he dicho que
siempre he sido un filántropo. Además, era lo justo: Chicago siempre me había
tratado muy bien y consideré que era mi deber hacer más agradable la vida de
sus habitantes.
—Su carrera criminal fue un verdadero éxito.
—No me puedo quejar.
—Pero finalmente le procesaron por evasión de impuestos.
—Ese fue mi fallo. Que no consideré que evadir impuestos
fuera una actividad mafiosa, ya que la hacía todo el mundo. Dediqué mucho
esfuerzo a ocultar mis crímenes y en lo de los impuestos me descuidé y me
empapelaron.
—¿Cómo fue su estancia en
la cárcel?
—No lo pasé mal. Me enviaron a una prisión de Atlanta en
1932 y allí fui muy popular. Hasta los mismos carceleros me pedían que les
firmara autógrafos, porque me admiraban mucho. Todos me decían que hubieran
querido parecerse a mí y tener una vida como la mía. A excepción del
encarcelamiento, claro está. Me trataron muy bien. Me enseñaron a jugar al
póquer (yo no sabía) y sospecho que siempre me dejaban ganar. Por ejemplo: si
yo ligaba un trío, uno de ellos me podía decir: «Pues yo sólo tengo una doble
pareja de comodines y reyes. Tú ganas.» Y me pagaban el dinero que habíamos
apostado.
—¿Estuvo todo el tiempo en Atlanta?
—No. En 1934 me
trasladaron a la isla de Alcatraz. Decían que en Atlanta, desde la prisión, aún
era capaz de controlar mis negocios.
—¿Y era cierto?
—El Evangelio. Por aquel entonces ninguno de mis
subordinados se habría atrevido a traicionarme y mis negocios estaban tan bien
planteados que funcionaban solos, como quien dice. Mis hombres iban ingresando
mis ganancias en el banco y todos estábamos tan contentos.
—¿Usted se carteaba con ellos desde la cárcel?
—Sí. Pero ya le dicho que casi no hacía falta decirles nada
ni darles directrices. Les mandaba a todos, eso sí, christmas por Navidad.
—¿Y en Alcatraz le prohibieron la comunicación con el
exterior?
—En efecto. Pero dio
igual. Yo me seguía comunicando igual que antes.
—¿Es que los funcionarios de prisiones eran corruptos?
—No eran corruptos. Simplemente eran funcionarios. Y como
tales, vagos e ineptos.
—Y el mes pasado fue puesto en libertad, ¿no es cierto?
—Sí. Prometí al fiscal ser bueno.
—Señor Capone, le deseamos lo mejor. Para acabar esta
entrevista nos gustaría hacerle una última pregunta: ¿qué aconsejaría usted a
los jóvenes que le tienen por modelo y que quisieran seguir sus pasos en su
vida profesional?
—Les aconsejaría constancia y trabajo duro, que son la
clave del éxito. Y determinación para eliminar los obstáculos que se encuentren
en el camino, ya sean abstractos o humanos.

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