Agustina
de Aragón
era
heroica, aunque feúcha,
lo
cual no le quita mérito
a
su valor en la pugna,
pues
contribuyó de lleno
a
arrearles una tunda
a
los soldados franceses,
con
tenacidad de mula.
Pero,
aunque duela contarlo,
era
peor que Medusa.
Tenía
el pelo estropajoso
y
la cara bigotuda,
con
la nariz aguileña
y
una voz bastante hombruna.
A
nosotros nos hubiera
gustado
que fuera rubia,
con
ojos negros y grandes,
delgadita
de cintura,
sinuosa
de caderas
y
abundante de pechuga,
mas,
¡qué le vamos a hacer!:
hemos
de contar la cruda
verdad
y centrarnos en
lo
eficaz que era en la lucha.
La
maña por excelencia
nació
en Reus, en Cataluña;
se
casó con un milico
que
murió o se dio a la fuga;
como
el tipo no volvió,
pues
Agustina Raimunda
—que
era su nombre completo—,
que
se había quedado mustia
sin
marido, se casó
otra
vez, creando una
situación
comprometida
y
de solución confusa,
pues
el marido primero
volvió
vivo a Zaraguza[1].
El
otro marido, el nuevo,
se
puso como una furia
y
en la casa de Agustina
se
montó un follón de aúpa
que
ella resolvió casándose
—para
evitarse una úlcera—
con
un tercero, mostrando
ser
algo terca y obtusa
y
que había cogido gusto
al
asunto de las nupcias.
Dejemos
los cotilleos:
toquemos
temas de enjundia
y
contemos ya qué pito
tocó
ella en la trifulca.
Tras
haber caído muertos
(bien
por bala o por alguna
otra
razón) los soldados
que
se hallaban de patrulla,
se
crea una situación
militar
muy peliaguda,
pues
los soldados franceses,
amigos
de dar la murga,
se
disponen a invadir
para
así hacer de las suyas.
Agustina,
que venía
de
la adoración nocturna,
contempla
aquel panorama,
se
pone de mala uva
y,
sin pensarlo dos veces,
con
la izquierda (que era zurda),
ni
corta ni perezosa,
el
encendedor empuña
y,
a fuerza de cañonazos,
remedia
aquella chapuza.
Este
acto la hizo famosa
desde
Pontevedra a Murcia.
Diéronle
el nombre de «Agus-
tina, la Artillera Bruta».
Palafox la hizo sargento,
le dio una pensión muy cuca
y refrendó con medallas
la gesta de la baturra.
[1] Hemos tenido que escribir
‘Zaraguza’ porque si hubiéramos puesto ‘Zaragoza’ el verso no habría rimado en
absoluto. Los lectores nos permitirán esta licencia poética un tanto traída por
los pelos, pero es que no se nos ocurría otra solución.
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