¡Los actores a la calle!

 

(Crónica política)

Entre la cantidad de papelitos con notas para escritos que tengo por diversos cajones desde hace años esperando inútilmente mi atención me he compadecido de uno que está ya totalmente amarillento por el paso de los años, el pobre. He decidido sacarlo de su miseria y proporcionarle sus merecidos cinco minutos de gloria.

Es una noticia del 2009 en la que se dice que en Sevilla dedicaron una calle a la finada Pilar Bardem, a la que iba yo ahora a calificar de «excelente actriz», pero que es cosa que decido no hacer, porque no viene en absoluto al caso si es buena o mala actriz.

La calle, antes, tenía el nombre de un general: Merry Gordon, cuyas gestas yo desconozco, porque a mí la incultura me corroe.

La noticia desató las críticas más feroces, alegando que tal cambio está muy mal hecho y que ¡pobre general!, y que si la patria, y que si la bandera, y otras majaderías por el estilo.

Comento este suceso porque no es meramente una noticia antigua, sino desgraciadamente aplicable a nuestro presente hispano.

Ya he dicho que yo no sé quién fue Merry Gordon (ni me importa): me da igual que fuese un inútil o el mejor estratega militar desde Alejandro Magno. Por lo mismo que me da igual que la Bardem fuera buena o mala en lo suyo.

Pero ante la disyuntiva de homenajear con calle a una trabajadora de un oficio consistente en agradarle la vida al prójimo o a un miembro de una profesión consistente en matarlo de forma eficaz y definitiva, no entiendo cómo se pueden tener dudas.

En Madrid, que es donde yo controlo, hay más de setenta calles con nombre de general (dato para los que lo ignoren) y ninguna con el nombre de un Premio Nobel de la Paz, por ejemplo.

El caso es que la disyuntiva es más simbólica de lo que uno se imagina: bohemios contra burgueses, artistas contra militares. Mi padre —que fue actor toda su vida— contaba que por esos pueblos de España había recibido varias pedradas por su condición de «cómico». Así es que entenderán que sea parcial en este tema.

Durante siglos a los actores se les consideraba tan mal socialmente que no se permitía que se los enterrase en sagrado. Los generales, en cambio, han pertenecido siempre a ese sector de la sociedad que ha dado esos casos de intolerancia dignos del Guinness.

La Bardem podría ser, en mi opinión, la peor actriz que jamás hubiese pisado un escenario y aun así sería muchísimo más digna de calle que todos los generales que en el mundo han sido.

No volvamos a dejarnos arrastrar por lo que nos parece normal tan solo porque lo hemos conocido así siempre y reflexionemos sobre la esencia de las cosas. No todos los hombres son iguales. Entre los que dedican su vida a aprender y a ejercer la fontanería o los que la dedican al oficio de las armas hay una diferencia que ninguna mente honesta, debido a la inercia mental, puede permitirse ignorar.

Felipe II

 

Poema elogioso que tiene más mérito que ningún otro de los que se ha compuesto nunca sobre ningún monarca, porque al autor no le han pagado por escribirlo, como suele pasar con los versos sobre reyes

 

El rey Felipe Segundo

nunca usaba servilleta

para comer, mas las manchas

que le caían a las prendas

no se notaban, pues siempre

se vestía con ropas negras,

con lo que disimulaba

la grasa de la panceta,

el tomate del arroz

a la cubana o la crema

de los pasteles y bollos

que comía por docenas.

Además de estos ropajes,

se ponía en la cabeza

un gorro de forma rara,

parecido a una maceta,

sólo que al revés, y así

gobernaba España entera

y un trozo del extranjero

sin que nadie se atreviera

a reírse de él en su cara

por esa pinta tan fea.

 

Fue un rey que hizo muchas cosas

—porque no dormía la siesta—

y tenía mucho tiempo

para meterse en cien guerras,

perseguir a protestantes,

hacer conventos e iglesias

y hasta jugar a la brisca

con toda su parentela.

 

Para contar su reinado

hay que mencionar primera-

mente que tuvo mil líos

con la monarquía francesa,

que se quería quedar

con un buen cacho de tierra

que España robó en Italia.

Como no hubo componenda,

España y Francia llegaron

a las manos (y a la jeta)

y se dieron de tortazos

en cien batallas cruentas

como la de San Quintín,

que fue una marimorena

de tres pares de narices

y que dicen que hizo época.

Yo les contaría sus causas,

caso de que las supiera,

pero como no estoy nada

ducho en la historia del Rena-

cimiento, no puedo hacerlo,

por lo que ustedes se quedan

sin conocer las razones

que armaron aquella gresca.

 

Otro tanto me sucede

con el follón de Inglaterra,

que era nación enemiga

por barullos de la Iglesia

y a lo largo de los siglos

hizo mucho la puñeta

a España, por lo que el rey

dijo: «¡Ya está bien, jopetas!»

y armó la Armada Invencible

para zurrarle a la inglesa;

sólo que salió muy mal

la cosa, que una tormenta

convirtió a la flota hispana

en un paté a la pimienta.

 

¿Qué hace bien Felipe? ¡Ah, sí!:

el asunto de la herencia

que le permite ceñirse

la corona portuguesa

(aunque, por ser cabezón,

le quedaba un poco estrecha).

Esto sucede en el año

de mil quinientos ochenta

y, para hacerlo bonito,

diremos que en primavera.

El rey se dirige a

Portugal y se lo anexa

o anexiona (ahora no sé

cuál es la forma correcta

de conjugar); lo que quiero

decir es que se lo queda

y lo conserva hasta el año

de mil seiscientos cuarenta,

cuando los lusos se hartan

y logran la independencia

así, a la chita callando,

sin que nadie se dé cuenta.

 

(NOTA ACLARATORIA.—Los portugueses se lograron independizar porque la corona estaba entretenida, sofocando otra rebelión en Cataluña, y no había bastantes soldados para mandarlos a los dos sitios. Se tuvo que optar por uno u otro y el conde-duque de Olivares decidió que era mucho mejor quedarse con Cataluña que con Portugal y sus ricas colonias de ultramar (incluyendo el Brasil y posesiones por toda Asia. Preferimos no hacer comentarios a esta decisión de gobierno.)

 

Otro logro de este rey

es que encargó a Juan de Herrera

un bonito monasterio,

hecho en piedra berroqueña,

que tuviera mil ventanas

para ver lo que había afuera.

También fijó para siempre

en Madrid su residencia,

porque es que estaba cansado

de ir de la Ceca a la Meca

y eso de la Corte móvil

sólo causaba problemas.

 

Más cosas. Venció en Lepanto

y hundió la flota turquesa

(no era azul, sino de turcos),

mano a mano con Venecia

y el Papa (aunque España fue quien

tuvo que poner las perras,

que el otro se limitó

a bendecir a la guerra).

Se cargó al príncipe Carlos

(porque estaba majareta).

Se lio con la de Éboli,

una maciza (aunque tuerta),

e inventó lo de poner

un saco por la cabeza.

Impulsó la Inquisición

con subvenciones y dietas,

hizo polideportivos,

inauguró carreteras,

aprendió a tocar la flauta,

comió coles de Bruselas,

rezó el rosario a diario,

causó la Leyenda Negra

e hizo más cosas que no

caben en este poema,

por lo que si algún lector

curioso quiere saberlas

sólo puedo aconsejarle

que se lea una enciclopedia.