Cariñosa relación de la historia de Aragón

 

 

209 — Los ilergetes pactan con Publio Cornelio Escipión, pero, como lo hacen en secreto, nadie se entera de lo que pactan.

237 — Los cartagineses de Amílcar Barca penetran en Hispania y les sacuden a base de bien a los nativos de Aragón.

128 — Mal año para la borraja.

357 — En este año no sucede nada de particular.

470 — Eurico gobierna el reino visigodo con capital en Tolosa. Se toma un vaso de vino de allí y comienza a sufrir ataques de epilepsia, aunque nada tiene que ver una cosa con la otra.

589 — Durante el Tercer Concilio, Recaredo se convierte al cristianismo y, para celebrarlo, sube los impuestos.

712 — Los zaragozanos se despiertan una mañana y se encuentran con que reinan los musulmanes sin que nadie sepa cómo ha sido. Pero como ese día llueve mucho, nadie sale a la calle a protestar y el emirato se consolida.

777 — Carlomagno invade Hispania, pero los zaragozanos resisten y, además, inventan una nueva forma de preparar las morcillas de arroz.

1019 — La dinastía de los Beni Hud de Saraqusa se entrampa para varios años por comprar una alfombra persa de tres millones de nudos.

1134 — El rey Alfonso I se muere (q.e.p.d.), harto ya de vivir. Le sucede Ramiro II, que se caracteriza por ser monje y porque no sabe mover bien los alfiles en el juego del ajedrez.

1137 — Ramón Berenguer, gracias a un histórico braguetazo con Doña Petronila, se convierte en rey de Aragón y hace bordar su nombre en todas sus toallas.

1156 — Ramiro II comienza a quedarse calvo.

1204 — Reinado de Pedro II, quien mantuvo la paz en el reino... hasta que consiguió armarse lo suficiente como para iniciar la guerra. ¿Contra quién? Poco importa. La guerra es la guerra.

1212 — Pedro II interviene en la batalla de las Navas de Tolosa, aunque, por no estar acostumbrado a madrugar, llega tarde al campo de batalla, lo que hace que sus todos sus correligionarios le tomen el pelo.

1213 — Tiene lugar la batalla de Muret. Como no se sabe con exactitud qué bandos pelearon en ella ni para qué, este período de la historia aragonesa continúa siendo un enigma para los historiadores.

1233 — Jaime I conquista Valencia y (hecho que la historia no recoge) la pierde enseguida, por apostársela al julepe sin saber jugar. Afortunadamente, consigue recuperarla antes de que nadie se dé cuenta.

1282 — Pedro III, con el pretexto de atender a sus intereses en el Mediterráneo, se toma unas largas vacaciones en un improvisado crucero por Sicilia y alrededores.

1348 — Gran victoria de Pedro IV en Épila, no está muy claro en qué guerra.

1443 — Alfonso V de Aragón se equivoca de camino y conquista Nápoles (con macarrones y todo) sin saber muy bien dónde está. La paradoja es que su conquista dura bastantes siglos.

LOS MALOS ASPECTOS

 


(La celda de un manicomio. Se abre la puerta y salen el Loquero y Menéndez, un astrónomo anciano, que lleva una camisa de fuerza muy grande.)

 

Loquero.—¡Anda, anda, pasa de una vez!

Menéndez.—Con respeto joven, con respeto. Hágame el favor de no tutearme, que soy bastante mayor que usted y, además, una eminencia.

Loquero.—Eminencia. ¡Buenas están las eminencias!

Menéndez.—¿Qué?

Loquero.—(Con ironía.) Que no sabía que tuviéramos tantos sabios en el país. Ahora que usted ha tenido suerte.

Menéndez.—Oiga: quíteme esto, haga el favor, que le aseguro que no ya no muerdo más.

Loquero.—Eso se lo tendrá que contar al bedel, al guardia de seguridad y al de la ambulancia. O, a lo mejor, se lo tiene que contar a su futura viuda, porque al pobre lo dejó usted hecho unos zorros.

Menéndez.—Confío en que se recuperará. Le aseguro que mi demencia y mi ansia de morder fueron solo pasajeras.

Loquero.—Más le vale.

Menéndez.—Ande, no me tenga miedo y quíteme esto. Por cierto, ¿qué es?

Loquero.—Una gabardina de fuerza. Como las camisas, pero mayor. Como estamos en diciembre... La Dirección no quiere que se le constipen los internos.

Menéndez.—¡Pues qué pena no haber venido en agosto!

Loquero.—En fin... Correré el riesgo.

Menéndez.—Oiga, ¿qué quería decir antes con que he tenido suerte? Me acaban de meter en este manicomio de las narices...

Loquero.—(Quitándole la camisa de fuerza.) De las narices, no. De la Reina Doña Juana. Se llama Sanatorio de la Reina Doña Juana, en honor de su fundadora. También conocido como «El Hogar del Orate Feliz». Data de 1505 y es uno de los más antiguos de la península.

Menéndez.—Bueno, como sea. Me han metido aquí en esta celda acolchada y me dice usted que he tenido suerte. ¿Cómo se explica eso?

Loquero.—Porque con usted ya son sesenta los astrónomos que hemos ingresado desde ayer.

Menéndez.—¿Así es que no me ha pasado a mí solo, eh?

Loquero.—No le ha pasado ¿el qué?

Menéndez.—Nada. Cosas mías. Siga, siga contándome.

Loquero.—Pues ha tenido suerte por haber protestado desde un principio, pues así le han dado una celda para usted solito. A los más comprensivos les han convencido para que se instalen dentro de unas vitrinas. Como el establecimiento es del Estado y gratuito... Solo esperamos que no nos lleguen más.

Menéndez.—Pues en Madrid los astrónomos, entre profesionales y aficionados, debemos de ser algunas docenas más. Así es que vayan preparándose para lo peor.

Loquero.—¿Usted cree?

Menéndez.—Estoy seguro. (Sale el doctor Costa.)

Dr. Costa.—¡Buenos días, Profesor Menéndez! Que, ¿ya no mordemos?

Menéndez.—¡Y dale!

Loquero.—Bien, doctor, yo les dejo solos.

Dr. Costa.—Muy bien, Coscollo. Si necesito algo, ya le avisaré. (El Loquero hace mutis.) Soy el doctor Costa y, ahora que está más tranquilo, vengo a hacerle un reconocimiento general. Hemos de saber qué le pasa, qué es lo que siente, lo que piensa...

Menéndez.—Estoy a su disposición. Pero antes he de saber qué es lo que ha sucedido.

Dr. Costa.—A nosotros también nos intriga esta situación. Así que le pediré que me relate todo al detalle. Porque los otros científicos que han ingresado, ante nuestras preguntas se limitaban a mostrar ampliamente la glotis en un «¡Ah!» de estupor y no han dicho ni palabra de lo que les había sucedido.

Menéndez.—¿De verdad quiere que se lo cuente?

Dr. Costa.—No suelo escuchar las historias de los internos si no son necesarias: mi mujer me lo tiene prohibido. Pero esto es un caso insólito, así es que...

Menéndez.—Pues verá. Yo soy el astrónomo jefe del Observatorio Astronómico del monte del Cuclillo.

Dr. Costa.—Ya. Pero eso no es bastante razón para morder a los empleados.

Menéndez.—Conforme. Pero el caso es que, cuando hacía una inspección de rutina, miré por el telescopio...

Dr. Costa.—¿Y qué vio?

Menéndez.—No vi nada, salvo algunas estrellas lejanas, porque Júpiter, Mercurio, Venus, Marte, Urano, Plutón, Saturno y Neptuno habían desaparecido misteriosamente del cielo.

Dr. Costa.—¿Qué me cuenta?

Menéndez.—La pura verdad. Esto es lo que sucedió. Cualquiera lo puede comprobar. De hecho, los que lo comprueban son los que enloquecen.

Dr. Costa.—Ya veo. ¿Y usted? ¿Qué le pasó a usted?

Menéndez.—Pues que me desmayé. Caí hacia atrás, como un fardo. Me chafé el occipital y... Oiga, ¿usted cree en los sueños?

Dr. Costa.—¡Pchsss! Lo normal.

Menéndez.—Porque, yo no sé si sería la impresión o qué, pero el caso es que mientras estuve desvanecido tuve una visión singular. Yo no creo mucho en mancias, pero aquello parecía tan real...

Dr. Costa.—Cuente, cuente. (Acerca dos sillas y ambos se sientan.)

Menéndez.—Pues vi un paraje bucólico y muy placentero, con un lago y... ¡Entonces aparecieron ellos!

Dr. Costa.—¿Quienes?

Menéndez.—¡Ellos! ¡Los dioses!

Dr. Costa.—¡Mechachis!

Menéndez.—Se lo juro.

Dr. Costa.—Oiga: yo le escucho. Pero eso no significa que me vaya a creer todo lo que me cuente.

Menéndez.—Ya lo supongo. ¿Sigo o no?

Dr. Costa.—Siga, siga. (Aparte.) Habrá que seguirle la corriente.

Menéndez.—Pues estaban todos. Mercurio, Marte, Venus... Y muchos otros que no conozco.

Dr. Costa.—¿Júpiter también?

Menéndez.—No, Júpiter no. No sé quién preguntó por él y se le dijo que se había ido a hacer rayos de repuesto, porque nunca se sabía cuándo podían hacer falta. El caso es que Mercurio tenía unas botellas muy sospechosas, que decía haber robado de las bodegas del Tonante. Baco le estaba dando el pienso a la burra y no le vio.

Dr. Costa.—(Riendo.) ¡Ja, ja! Usted se está quedando conmigo.

Menéndez.—Le aseguro que aquellos dioses se preparaban a correrse una juega importante. Pero si me interrumpe, me callo.

Dr. Costa.—Venga, no diré nada. Continúe.

Menéndez.—Marte protestó, diciendo que las buenas gentes del mundo estarían extrañadas, ya que habían todos abandonado sus sitios en el firmamento.

Dr. Costa.—(Con cara de no creerse nada.) ¿Y qué?

Menéndez.—Pues Plutón dijo que a las buenas gentes del mundo les podían ir dando morcilla. Y se apresuró a abrir la botella aquella.

Dr. Costa.—¿Vio en su sueño qué tenía la botella?

Menéndez.—Néctar del mono. Semiseco.

Dr. Costa.—Siga.

Menéndez.—Entonces Venus dijo: «¡Chicos, a la mesa!» y todos se pusieron a comer. Tomaron sopa, un plato de carne, otro de pescado. De postre, bizcochos. Y luego la emprendieron con la preciada botella. Neptuno brindó por todos ellos, que nunca se reunían. Todos vaciaron sus copas. Luego las llenaron y las volvieron a vaciar. Y las volvieron a llenar y a vaciar y, bueno, ¿para qué cansarle?, al cabo de un rato estaban ya todos borrachos.

Dr. Costa.—Esto se pone interesante.

Menéndez.—Entonces empezó lo bueno. Mercurio, el alado mensajero, perdió la vergüenza y comenzó a meterle mano a Venus, que se reía tanto del chistorro que acababa de contarle Plutón que no se dio cuenta de lo que pasaba.

Dr. Costa.—(Irónico.) ¡Caramba con Mercurio!

Menéndez.—Marte, el señor de la guerra, la tomó con su padre, Júpiter, diciendo que por qué no había acudido al convite. Le insultaba en términos pintorescos. ¿Quién se había creído que era? ¿Es que no se le había invitado como a los demás? ¿Por qué no había venido? Y cosas así.

Dr. Costa.—Los hay que se pelean por todo. Y Neptuno, el dios del mar, ¿qué hacía?

Menéndez.—Neptuno, como dios marítimo, había sido el primero en coger la merluza y se dedicaba a comer sándwiches sin parar, mientras Urano cantaba, con muy mala voz, una tonadilla basada en unos versos de Juvenal. Saturno, por su parte, la había cogido llorona y sollozaba a gritos, mientras que Plutón se marchaba para darle de beber néctar a su perro, el Cancerbero.

Dr. Costa.—O sea, que se corrían la gran juerga.

Menéndez.—Sí. Al cabo de un rato, se pusieron a jugar a eso de seguir al primero o como se llame y comenzaron a imitarse unos a otros. Mercurio se bajó de la mesa donde se había subido y se acercó a Saturno. «¿Qué te pasa, abuelito?», le preguntó. Y comenzó a llorar. Todos empezaron a llorar con él y, durante un rato, aquello fue un sollozo continuo.

Dr. Costa.—(Aparte.) ¡Qué imaginación! (Alto.) ¿Y después?

Menéndez.—Después volvió Plutón, que había ido a dar de beber a las demás divinidades del panteón. Según informó, Diana cazadora había cogido una zorra, Vulcano tenía una chispa, los espíritus de los bosques tenían un tablón, el Cancerbero tenía una perra y Caronte, el de la barca, tenía resaca. Luego le tocó el turno de líder a Marte y ¡ay, la que se armó! Como estaba metiéndose con Júpiter, todos le imitaron. Así es que Marte le insultaba, Venus le injuriaba, Neptuno le ultrajaba, Plutón le denostaba, Urano le denigraba y Mercurio se limitaba a acordaba de su propio padre.

Dr. Costa.—¿Cómo terminó aquello?

Menéndez.—Estuvieron cantando un rato, con voz tan estridente que se rompían las vasijas. Luego rieron a carcajadas, tirados por el suelo y, por último, como clímax del jolgorio, sin ningún recato, se abalanzaron todos incestuosamente sobre Venus, que era la única mujer allí y...

Dr. Costa.—¿Y?

Menéndez.—¿Cómo se le contaría a usted?

Dr. Costa.—Bueno, no hace falta que me lo cuente. Ya me lo figuro. Pero recuerde siempre que sólo fue un sueño.

Menéndez.—Parecía demasiado real. Como fuere, durante toda la noche aquellos dioses se lo pasaron divino. Luego se fueron quedando dormidos, en posturas inverosímiles. Y yo soñé que a la mañana siguiente les veía despertarse.

Dr. Costa.—Siga.

Menéndez.—Pues que estaban todos hechos asco, con el rostro amarillento, los ojos hundidos... Hechos polvo, vamos, tras los excesos de la noche anterior.

Dr. Costa.—Era lo natural.

Menéndez.—Y, al verse unos a otros, los comentarios que se hicieron fueron prácticamente los mismos.

Dr. Costa.—¿Qué se decían?

Menéndez.—Pues se decían: «¡Qué mal aspecto tienes!», «¡Qué cara se te ha puesto!», «¡Tienes un aspecto muy raro!», «¡Qué mal aspecto!», «¡Tienes un aspecto horroroso!»

Dr. Costa.—¿Y bien?

Menéndez.—Entonces, viendo los malos aspectos de todos aquellos planetas, se me ocurrió pensar que el hecho de que estuviesen juntos no podía significar nada bueno. (Se escucha una sirena de alarma.)

Dr. Costa.—¡Eh! (Levantándose de la silla apresuradamente.) ¡La alarma! ¡No sé qué ha podido suceder! ¡He de irme!

Menéndez.—Oiga, que no he acabado. (Le coge por un brazo.)

Dr. Costa.—Ahora no tengo tiempo. Déjeme. (Sale el Loquero, agitadísimo.)

Dr. Costa.—¿Qué sucede?

Loquero.—(Gritando.) ¡Pónganse a salvo! Ha ocurrido una catástrofe, señor! ¡Hay que sacar a todo el mundo! Lo han dicho en las noticias. Ha habido un ataque nuclear en Oriente Medio. No se sabe quién ha empezado, pero van a continuar todos. Hay varios países movilizándose. ¡Váyanse de aquí, no pierdan tiempo!

Dr. Costa.—¡¡¡Cómo!!!

Loquero.—Han pedido a la gente que se meta en los túneles del metro. ¡¡¡Es la Tercera Guerra Mundial!!!

Dr. Costa.—¿Qué? ¡¡¡Socorro!!! (Hace mutis corriendo.)

Menéndez.—No si... Con unos aspectos tan malos. ¡Ya lo sabía yo!

 

TELÓN

Frío en Tashkent

 

Se acaban las vacaciones, cosa que suele suceder casi todos los años. Uno no deja de recordar todos esos momentos en que las diversas compañías que monopolizan el tránsito por los cielos le han hecho a uno... —¿cómo las definiríamos sin atentar contra el buen gusto?—... diversas «trastadas» gratuitas, innecesarias y eminentemente relatables.

          No son realmente aventuras como las de Indiana Jones. Ni siquiera mi vida peligró (quiero creer), pero quizá su curiosismo interese a todos aquellos que también han sufrido en alguna ocasión a causa de las aerolíneas (o sea: absolutamente todo el mundo).

          Este episodio se podría titular «El misterio de la parada inexplicable» y su protagonista es Aeroflot.

          En enero de 1990 viajé de Bangkok a Moscú por razones que no quiero recordar y que, probablemente, les aburrirían soberanamente.

          Iba a ser un vuelo tedioso (los tardocomunistas no «echaban» películas en el avión). Se salía de Bangkok por la noche y se llegaba a Moscú a las 11 de la mañana en un vuelo sin escalas (ni desayuno). Hasta ahí, todo bien.

          Pero hete aquí que el avión empieza a perder altura a eso de las 6 de la mañana y aterriza de repente y sin aviso en un sitio desconocido: un aeropuerto en medio de una planicie que no solo parecía un páramo feísimo, sino que lo era de verdad. Se asemejaba a un país en blanco y negro (blanco y gris, más bien). Un pequeño cartel indicaba modestamente «Tashkent».

          Han pasado años y cosas y, ahora todo el mundo sabe que Tashkent existe y que es la capital de algún sitio. Pero en aquellos años les juro a ustedes que aquel lugar no era muy famoso a este lado del telón de acero.

          Los ayudantes de vuelo no nos dijeron ni «mu» (obviamente, porque inglés se negaban a hablar —contraviniendo la normativa aerolínica europea— y porque hablarnos en ruso a pasajeros que claramente no éramos de allí no iba a servir para nada y a los rusos que sí entendían el ruso no se les decía nada nunca ni a ellos se les ocurría preguntar). Se limitaron a abrir la puerta del avión para que nos apeáramos. Todos los gansos (pues así es como las azafatas llaman a los pasajeros) bajamos por la escalerilla sin rechistar.

          Helaba. Estábamos sobre la pista de un gran aeropuerto vacío y desolado, con edificios de hormigón, para más señas. A lo lejos (pero muy a los lejos) se veía un edificio gris estilo funcional (caja de zapatos). Un fornido azafato nos indicó que le siguiéramos y allí dirigimos nuestros pasos.

          Llegamos, entramos y comprobamos que el edificio se hallaba tan desprovisto de encanto por dentro como por fuera. No había nada. Paredes grises, sin adornos ni carteles. Nada más. Ni sillas ni nada. Era un cubículo vacío.

          Estuvimos allí cosa de una hora, tras la cual el fornido de marras volvió a buscarnos. Regresamos al avión, despegamos y nunca más se supo qué demonios hicimos allí.

          Pero yo ahora puedo presumir de haber sido uno de los primeros españoles en Khazakistán o Uzbekistán o dondequiera que esté aquello. Bien es verdad que presumir de ello no sirve para nada.

 

La goda que gustó a un rey

 

Dicen que España fue mora

por la culpa del lunar

que tenía en la barbilla

la hija de don Julián,

el conde, aunque de estas cosas

no se puede uno fiar

pues siempre estuvo reñida

la Historia con la verdad

y los cronistas son gente

que solo piensa en cobrar,

hacen guapo al rey más feo

y lo demás les da igual.

 

Estaban los godos de-

mográficamente mal

por una razón muy simple

que pasamos a explicar:

la monarquía electiva

es un sistema que está

muy mal pensado. Si eligen

a quien no te gusta, vas,

apuñalas al monarca

y así vuelves a votar.

Si esto se repite mucho

(como sucedió en Hispa-

nia), el resultado es muy claro:

la gente se va a enfadar,

los diversos partidarios

del rey finado se van

a poner en contra tuya,

te van a vapulear;

tú, a tu vez, querrás venganza:

les escabechinarás;

ellos responderán luego

con matanzas y demás,

y así sucesivamente.

Y es obvia ley natural

que, a los pocos siglos de esto,

los hombres escasearán.

Si entonces alguien te invade,

¡claro!, te viene fatal.

 

Estos son los prolegómenos.

Hay que volver al lunar.

La situación era esta:

tocante a lo militar

los visigodos estaban

en gran inferioridad.

En eso, el rey don Rodrigo

—que era mujeriego y tal—

se encaprichó de «La Cava»

(no se habla aquí de champán,

pues «La Cava» era el apodo

de la hija del Julián,

aunque se ignora por qué).

En fin, seguimos. Pues va

el rey y se la trajina

con su regio trajinar.

Ella se chiva a su padre,

que se lo toma fatal.

 

Y como resulta que

se da la casualidad

de que el conde está en Tarifa

con empleo de guardián

del Estrecho, procurando

que nadie cruce la mar,

decide tomar venganza

por un medio singular:

se coge diez días moscosos

en que no va a trabajar.

Los moros, viendo su ausencia,

dicen: «¡Abdal delajá

tajalí, walla jilú

fateh zalí majará!»,

que significa en su lengua

«¡Esta es la mía y de Alá!»

 

En efecto: al ver sin guardia

la península de Espa-

ña, pues cruzan, nos invaden

más contentos que unas Pas-

cuas, pillando en puras bragas

a la goda Cristiandad.

Al Rodrigo le sacuden

en Guadalete y le dan

por muerto (aunque el rey escapa

corriendo hasta Perpiñán

y no se sabe más de él).

También muere don Julián.

A «La Cava» la repasan

muchos más de un centenar

de morabitos que estaban

con apetito voraz,

por lo que fue peor el re-

medio que la enfermedad.

 

La moraleja del cuento

no la vayan a olvidar:

Si un rey quiere con tu hija

varias noches pernoctar,

es mejor que seas monárquico

y digas: «Sí, Majestad».