José Luis Sáenz de Heredia, 1955
Para hacer publicidad de lo buena que es la Radio se hizo este entrañable panfleto cinematográfico que incluso hoy se ve con muchísimo agrado.
El mensaje que se quiere transmitir es que ese medio —y en particular los concursos radiofónicos—fueron un rayo de esperanza e ilusión en un tiempo más bien oscuro en casi todo lo demás.
El film tiene tres historias, porque con una sola no les daba para llenar el metraje.
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En la primera, una fábrica de raticidas —que prospera gracias al lema «Donde veas un ratón, pon Alirón, pom, pom» y que asegura que a las ratas las mata callando— establece un premio para el primer ciudadano que llegue a la emisora antes de una hora especificada llevando consigo un perro y un trineo, y vestido con pieles de esquimal. (Huelga decir que la acción sucede en verano).
Los dos infelices y septuagenarios inventores de un pistón superpropulsor y lógicamente pistonudo que necesitan dinero para completarlo antes de que lo haga la competencia deciden participar, pese a su congénita timidez. Consiguen una apolillada alfombra a guisa de pieles, clavan dos sillas a modo de trineo, le piden prestado su caniche a una vecina y se lanzan a correr por Madrid.
Como era de esperar, en la calle se encuentran con otro esquimalista que les arrebata el taxi que les esperaba y con un grupo de gamberros que se burlan de ellos y le dan una paliza al ayudante del esquimal, mientras este huye corriendo.
Un buen samaritano en camioneta lo recoge, pero hay otro candidato al premio que va en un coche y tiene lugar una carrera de autos, como en el final del cincuenta por ciento de las películas americanas.
Tras un aparatoso accidente, el inventor sube las escaleras de la emisora peleando con otro rival y peleando por cada escalón a golpazos de trineo. Están ambos tan agotados que incluso hacen una pequeña tregua para recuperar el aliento. Entonces se preguntan para qué quieren el dinero del premio.
El inventor dice que para su pistón. El otro, que para una señorita. «¡Pero eso no es importante!», alega el primero, indignado. Y la respuesta de su adversario es demoledora: «Podemos vivir sin pistones, pero no podemos vivir sin señoritas».
Finalmente, el inventor consigue subir primero y ya cree tener en su bolsillo las tres mil pesetas prometidas cuando advierte que un tercer esquimal sale del estudio de grabación con cara de felicidad.
La película se pone triste. Vencido, humillado, el anciano inventor manda por el micrófono un mensaje a su sufrido compañero (herido en la cabeza durante la refriega) para contarle que, pese a sus esfuerzos, no ha conseguido llegar a tiempo.
Pero como el presupuesto de que la Radio es estupenda va a quedar un tanto malparado si todo acaba así, el locutor se conmueve y decide aportar las tres mil pesetas de su propio bolsillo, con lo que los espectadores de la película se conmueven y lloran a moco tendido.
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El segundo episodio es más elaborado. La emisora llama a un número al azar y promete un premio si se contesta a una simple pregunta. El teléfono suena en una casa en la que un ladrón está desvalijando un armario. Este contesta, haciéndose pasar por el dueño de la finca, y acierta. Pero, ¡oh, desilusión!, para obtener el premio ha de presentarse en la emisora y demostrar su identidad con documentos.
Necesitado de dinero, busca al dueño de la casa, le confiesa el intento de robo y le propone que el otro se presente, atestigüe su identidad y luego se repartan el premio. El dueño de la casa no está convencido y le sugiere que sea un sacerdote de su confianza quien les aconseje.
Le explican al cura la situación y este dice que hay que perdonar a los ladrones si lo hacen por necesidad. De hecho, él también tiene su ladrón particular, que a diario le roba del cepillo de la iglesia, por pura hambre. El sacerdote le suele poner pan para que se lo lleve y le espía mientras lo hace. Este gesto conmueve al dueño de la casa y también al ladrón, por lo que al final —¡sorpresa!— el cura se queda con el dinero del premio, aunque se supone que lo destinará a la caridad. Preferimos creérnoslo que entrar en averiguaciones.
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La última historia transcurre en un pueblo remoto en donde un niño está muy enfermo y va a morir de todas todas. El maestro del lugar va a su casa a diario a torturarlo, mediante el procedimiento de hacer que se aprenda los ríos de España y la lista de los reyes godos, lo que no le va a servir de mucho en la otra vida.
Entonces un médico estocolmés ofrece una solución: operará gratis al niño con garantía de salvarle la vida. Pero hay que enviarlo para allá y las pesetas del pasaje no las tienen ni la pobre madre... ni todo el pueblo junto. Hacen una cuestación y recogen diecisiete pesetas con cincuenta céntimos (y varias de esas pesetas, falsas).
La Radio viene al rescate, pues hay un macroconcurso de preguntas dificilísimas del estilo de «doble o nada» con un superpremio para concursantes megalistos. Las fuerzas vivas del pueblo (el alcalde, el teniente de la Guardia Civil, el cura y el dentista) poco menos que obligan al renuente maestro a que se presente al concurso. Lo facturan para Madrid y le despiden con pancartas y banda de música cuando se sube al autobús.
Ya en la emisora, le van haciendo preguntas de cultura general, cada vez más difíciles, y el maestro las va acertando todas. También identifica —ya bañado en sudor— fragmentos de música clásica.
Pasando a la siguiente ronda, conseguiría la cantidad necesaria para salvar la vida del niño.
Preocupados por los conocimientos del concursante, los organizadores deciden preguntarle algo a lo que no pueda responder. Y deciden que el fútbol estará fuera de su especialización.
La pregunta que le hacen es: «¿Quién fue el delantero centro que marcó el primer gol oficial en el antiguo Campo Ciclista de San Sebastián cuando se inauguró?».
Ya hace falta tener mala idea.
Al escuchar la pregunta, el maestro directamente se desmaya.
Pero cuando vuelve en sí, insiste en que le repitan la pregunta. Y, cuando lo hacen, responde, enardecido: «¡Fui yo! ¡Anselmo Oñate, “Pichirri”, en 1915 y de penalti!».
Apoteosis.
Por si hubiera alguna duda, saca la documentación y una foto de aquel gol, que llevaba guardada en la cartera durante los últimos cuarenta años.
Y los sinvergüenzas del raticida tienen que aflojar la pasta.
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Bien mirado, las moralejas son terribles.
España deja en la miseria a sus científicos.
Cualquier dinero que haya por ahí es muy posible que acabe en manos eclesiásticas.
El fútbol triunfa sobre la cultura.
No queremos ser críticos, pero esto es lo que se entiende.