(Una
nube en la Gloria. Está allí Pedro
Calderón de la Barca, paseando apaciblemente. Aparece de repente Leandro Fernández de Moratín.)
Calderón.—(Sorprendido desagradablemente.) ¿Eh? ¿Tú qué haces aquí?
Moratín.—¿Cómo que qué hago?
Calderón.—¿Quién te ha dejado entrar?
Moratín.—¿Por qué no iba a poder entrar en la gloria?
Calderón.—Porque este es un sitio para personas
decentes. ¿Cómo lo has logrado, dime?
Moratín.—Bueno. Uno tiene sus contactos...
Calderón.—(Indignado.) ¡Por
los cien mil poetas del Parnaso! ¡Han dejado colarse en la gloria a un censor!
Moratín.—Yo no me definiría así.
Calderón.—¡Un asqueroso censor! ¡El mayor censor
que vieron los siglos! ¡Ya tenía yo ganas de echarte la vista encima,
sinvergüenza! ¡Prohibiste todo nuestro teatro! ¿Sabes, hombre vil, de cuántas
comedias estamos hablando? Trescientas mías, otras trescientas de Tirso, mil y
pico de Lope, más las de Vélez de Guevara, Rojas Zorrilla, Moreto, Ruiz de
Alarcón, Rosete Niño, Valdivielso, etc., etc. ¡No menos de cuatro mil piezas!
Nunca nadie vetó tantos libros en toda su vida. ¡Ni Hitler ni ningún otro! Pero
tú prohibiste todo nuestro magnífico teatro barroco.
Moratín.—(Con chulería.)
Sí. Me pareció improcedente, absurdo y lleno de despropósitos.
Calderón.—Fuiste algo así como el ministro de
teatro en tu tiempo y censuraste gratuitamente nuestras obras. ¿Puedo saber por
qué lo hiciste?
Moratín.—Ahora que estoy en la Gloria, ya no
puedo mentir: hay como una fuerza superior que me lo impide.
Calderón.—¡Pues bien que mentiste en vida!
Moratín.—Sí, lo hice; pero aquí en estas
regiones etéreas y celestiales, no cabe la falsedad y noto que me veo obligado
contra mi voluntad a contar las cosas como realmente fueron.
Calderón.—¡Menos mal! Así nos enteraremos de por
qué hiciste lo que hiciste en contra del teatro. (Gritando.) ¡Tirso! ¡Tirso, ven!
(Aparece Tirso de Molina.)
Tirso.—¿Qué quieres, Perico? ¿Qué pasa?
Calderón.—Mira quién está aquí.
Tirso.—¡El canalla!
Calderón.—El mismo. Acaba de entrar por esa
puerta y voy a someterle al tercer grado.
Tirso.—Eso, eso: que se justifique, si puede.
Calderón.—Dinos, maldito de Dios, ¿quién te dio
autoridad para hacer todo el mal que hiciste?
Moratín.—Pues el hecho de que yo fui el mayor y más relevante
dramaturgo del siglo xviii
español.
Tirso.—¡Cómo serían los demás!
Calderón.—Espérate, Gabriel, empecemos por el
principio. Cuéntanos, malvado, como una nulidad como tú llegó a ser considerado
alguien tan importante en el mundo de Talía. Ya sabes que no podrás mentir.
Moratín.—Pues de joven, conseguí ganar un
premio literario, gracias a que mi familia conocía a Gaspar Melchor de
Jovellanos, que entonces mandaba mucho. Tuve también la protección de otros
nobles y el conde de Floridablanca me ofreció un beneficio de trescientos ducados.
Pero tenía que ordenarme de primera tonsura.
Calderón.—¿Y lo hiciste por tu fe religiosa?
Moratín.—¡Qué va! Lo hice para cobrar el
beneficio, porque estar ordenado era un requisito indispensable.
Tirso.—¡Qué tío hipócrita!
Moratín.—Eso me vino bien, porque obtuve otras
sinecuras eclesiásticas.
Calderón.—Sigue.
Moratín.—Fui favorito del favorito; y Godoy
hizo que se estrenaran mis comedias.
Tirso.—¡Ya sabía yo que tenía que haber
habido algo de eso! Ningún empresario las habría aceptado por ellas mismas.
Calderón.—Tuviste el respaldo de Godoy, pero no
se lo agradeciste y te cambiaste de bando.
Moratín.—En efecto. Supe afrancesarme a tiempo
y, adulando a la gente adecuada, llegué con el tiempo a ser bibliotecario mayor
de la Real Biblioteca, siendo nombrado por el rey José Bonaparte.
Calderón.—Chaqueteaste.
Tirso.—Casaqueaste, más bien.
Moratín.—¿Cómo?
Tirso.—Te cambiaste de casaca.
Moratín.—Siempre que hizo falta. Tuve así
cargos muy lucrativos y de cada vez mayor importancia.
Calderón.—Eso sólo indica que eres un trepador ambicioso. Pero
podías haberte dedicado a chupar del bote como tantos otros, pero sin
perjudicar a las artes. ¿Por qué tuviste que meterte donde no te llamaban y
atentar contra la escena española?
Moratín.—Bueno. Yo quería hacer un teatro
distinto.
Tirso.—¡Porque no podías hacerlo tan bueno
como nosotros!
Moratín.—Reconozco que es así. Para empezar,
escribí mis obras en prosa, lo que muchos han considerado algo muy moderno.
Calderón.—Sí. Pero ¿por qué lo hiciste?
Moratín.—Confieso que porque el verso no me
salía. Me parecía muy difícil y opté por convencer a todos de que estaba pasado
de moda y así poder dejarlo a un lado sin que nadie sospechara mi incapacidad
para escribirlo.
Tirso.—¡Mediocre!
Calderón.—Esa es la palabra que mejor te define,
Fernández.
Moratín.—¡Me llamo Moratín!
Tirso.—Porque ese apellido suena mejor; pero
no deberías avergonzarte del de tu padre. ¡Te llamas Fernández!
Calderón.—No sólo desterraste de la escena a la
poesía. Redujiste también las posibilidades dramáticas con esas infames tres
unidades. ¿A qué majadero se le ocurre que todas las historias que se cuentan
hayan de pasar en un día, en el mismo sitio y que no puedan tener argumentos
secundarios que las complementen?
Tirso.—¡Hasta la simple historia de
Caperucita tiene varios escenarios!
Calderón.—Y la del lobo y los tres cerditos,
también.
Moratín.—Era la moda francesa: no me eches a mí la culpa de eso.
Calderón.—La tienes de haber implantado esas
estúpidas unidades por la fuerza en España. ¿Qué necesidad había?
Moratín.—Yo quería hacer del teatro algo
distinto.
Calderón.—Explícate. Te escuchamos.
Moratín.—Quería que hubiera decoro en las comedias.
Tirso.—(Despectivamente.) ¡Decoro! ¿Sabes lo que hizo este hombre ruin, Perico?
Calderón.—¿Qué hizo?
Tirso.—¿Recuerdas esa magnífica escena de Hamlet con el sepulturero filósofo?
Calderón.—¿Cuando salen Hamlet y Horacio y el
primero llora al encontrar la calavera de Yorick, su bufón?
Tirso.—La misma. Bueno, pues este puritano
empedernido prohibió esa escena durante la representación por considerar que
era poco decoroso que el sepulturero cantase mientras cavaba una fosa.
Calderón.—¡No me lo puedo creer!
Tirso.—Pues lo hizo.
Calderón.—¿Censuraste una de las mejores escenas
del genial William por un criterio puritano?
Tirso.—Lo hizo.
Calderón.—¡Qué asco! Pero, dime, ¿estoy
equivocado o eres tú el que defendía el realismo en el teatro?
Moratín.—Lo defendí.
Calderón.—¡Pues los sepultureros existen,
estúpido! Y te aseguro que cuando se aburren mientras cavan fosas, cantan todo
lo que les apetece.
Moratín.—Pero tenéis que reconocer que en
vuestras comedias barrocas era todo invención y fantasía.
Tirso.—¡Claro! ¡Como tiene que ser!
Calderón.—Eran vida y pasión. El teatro no está
para describir con mayor o menor verosimilitud los comadreos de las viejas
sentadas junto a la fuente, sino para mostrar la intensidad, la grandiosidad y
la calidad de la vida humana en su esplendor, en todo tiempo y lugar.
Moratín.—Yo quería que el teatro fuera una
escuela de buenas costumbres y emplear las comedias para hacer virtuosos a los
públicos.
Tirso.—¡El puritano!
Calderón.—¿De veras pretendías una cosa tan
tonta y tan imposible? La gente no va hacerse ni buena ni mala por lo que vea.
Pero sí puede aprender de la vida al ver una comedia; y en la vida sucede de
todo, por eso nosotros lo contábamos todo: las grandes gestas y las grandes
fechorías del hombre.
Moratín.—Pero a los espectadores no se les
pueden contar todas las cosas: son como niños, de cuya educación debemos
ocuparnos los que sabemos más.
Calderón.—No: los espectadores son más listo de
lo que te puedan parecer y perfectamente capaces de entender y asimilar las
verdades del mundo, que nosotros les contábamos en toda su crudeza, hablándoles
de igual a igual. No éramos paternalistas ni déspotas ilustrados.
Tirso.—Además: ¿qué les enseñaste tú? ¿Qué
pudieron aprender de tus comedias? Por cierto, ¿cuántas escribiste en total?
Moratín.—Cinco.
Tirso.—¿Y no se te cae la cara de vergüenza
pretendiendo ser un dramaturgo habiendo escrito sólo cinco piezas? Nosotros
compusimos centenares, amén de otros libros.
Moratín.—El caso es que no me apetecía mucho
hacerlo y por eso mi producción fue escasa.
Calderón.—¡Menos mal que una fuerza misteriosa
te obliga a que seas completamente sincero! De otra manera nunca habrías
reconocido eso.
Tirso.—Vamos: que no te gustaba en verdad
escribir para el teatro. Si te hubiera gustado, lo habrías hecho a todas horas
y tendrías docenas de obras, ya que tu posición te permitía estrenar lo que
quisieras sin mayores dificultades. Lo único que te complacía era el dinero y
poder presumir de escritor, lo que quedaba muy bien en sociedad.
Moratín.—Sí. Reconozco que lo de ser un autor
famoso me ayudó mucho en mis aventuras galantes.
Tirso.—¡Acabáramos! Ya sé por qué lo hiciste:
para impresionar a las mujeres, que es uno de los principales motivos por los
que los hombres hacen las cosas.
Calderón.—No divaguemos. Háblanos de esas obras
y de qué pretendías decir con ellas, si es que pretendías algo. Aprovechemos
que no puedes mentir para enterarnos de lo que la gente nunca ha sabido sobre
tu teatro.
Moratín.—Mi primera comedia fue El viejo y la niña. La empecé en 1783 y
se estrenó en 1790.
Tirso.—¡Hola! ¡Siete años para escribir algo
que se lee en una hora! No sudaste mucho.
Calderón.—Refiérenos el tema de El viejo y la niña.
Moratín.—Trata de un viejo que se casa con una
niña.
Tirso.—(Irónico.) Viendo
el título, nunca me lo hubiera figurado.
Moratín.—Quería enseñar a los públicos que los matrimonios con
tanta diferencia de edad no están bien.
Tirso.—¿Y para decir algo tan inane y que ya
sabía todo el mundo tardaste tanto tiempo?
Calderón.—Sigue.
Moratín.—Compuse El barón, pero era un libreto de zarzuela hecho por encargo. No era
algo que me interesara especialmente.
Calderón.—¿Por qué lo escribiste, entonces?
Moratín.—Porque me lo pagaron muy bien. Tengo
otra obra titulada La mojigata. Trata
de la educación femenina.
Calderón.—¿Fue un éxito?
Moratín.—Un gran éxito. Los críticos dijeron
que era magnífica.
Calderón.—¿Cuántas representaciones se le
dieron?
Moratín.—Una.
Tirso.—¡Un gran éxito!
Moratín.—Otra obra mía, La comedia nueva, llegó a estar siete días en cartel. Es una de mis
producciones más famosas.
Calderón.—¿Qué pretendías con ella?
Moratín.—Pretendía ganar mucho dinero.
Calderón.—Quiero decir que cuál era su trama, su
mensaje.
Moratín.—¡Ah! Pues básicamente dividir el
teatro dos grandes categorías: las comedias nuevas, dignas de todos los elogios
y respetos, y las comedias viejas, detestables y merecedoras de que se la
prohibiese, como hice efectivamente.
Calderón.—¿Cuáles eran a tu juicio las comedias
nuevas y buenas?
Moratín.—Las mías.
Tirso.—¿Y las malas y desechables?
Moratín.—Las de todos los demás.
Tirso.—¡Bien por tu sinceridad!
Moratín.—No me queda otro remedio. Aunque me
hubiera gustado hacerlo, no puedo engañaros.
Calderón.—Dinos algo más sobre esa comedia tuya,
anda. Nos has picado la curiosidad.
Moratín.—Pues os contaré que transcurre todo en un rato, en un
café, donde un personaje habla y cuenta lo que opina del teatro sin que pase
ninguna otra cosa ni tenga lugar ninguna otra acción.
Tirso.—(Con sarcasmo.)
¿Y tan original argumento se te ocurrió a ti solo?
Moratín.—Pues... para ser exactos robé bastante
de La bottega del caffè, del italiano
Carlo Goldoni.
Tirso.—¡Ya me parecía a mí!
Calderón.—¿Cuál fue tu obra más famosa?
Moratín.—¡Ah! Esa es El sí de las niñas. Trata de un viejo que se quiere casar con una
jovencita. La madre de ella quiere obligarla...
Tirso.—¿Pero ésa no era El barón?
Moratín.—Es El
sí de las niñas.
Tirso.—¿No nos has contado ya antes lo del
viejo verde al que le gustan las lolitas?
Calderón.—Gabriel, no te enteras. Es otra
comedia distinta, sólo que con la misma historia. ¿No te das cuenta?
Tirso.—¿La misma historia?
Moratín.—En efecto.
Tirso.—¿De cinco comedias escribiste dos con
el mismo argumento?
Moratín.—Sí. Nunca poseí el don de la
invención. Por eso me repatea bastante la barriga que que vosotros lo tuvierais
tan grande. Me moría de envidia.
Calderón.—Por lo que decidiste acabar con
nosotros, suprimiéndonos los de un plumazo, ¿no es eso?
Moratín.—Algo así.
Tirso.—¡Qué tipo más inmundo!
Calderón.—Déjale seguir. Cuéntanos. El viejo se
quiere casar con la joven. ¿Cómo se resuelve el conflicto?
Moratín.—Al final de la obra, el viejo reconoce
que aquello no está bien y decide no casarse.
Tirso.—O sea, que no das ninguna solución.
Moratín.—¿Cómo?
Tirso.—Que evitas cobardemente mantener una
postura. Si el viejo se arrepiente de su pretensión, no hay conflicto alguno y
has hecho perder miserablemente el tiempo al espectador haciéndole presenciar
un problema que no existe.
Moratín.—No lo entiendo.
Calderón.—Lo que Tirso quiere decir es lo
siguiente: si el viejo se empeña en casarse, sólo hay dos finales posibles,
distintos y muy importantes.
Moratín.—¿Cuáles?
Calderón.—¿Ni siquiera has pensado en eso? Si la
joven obedece y se casa, es una defensa de la tradición y de la sumisión
femenina. Si decide no hacerlo y se enfrenta a su madre, es una rebeldía contra
lo establecido. ¿Qué postura recomiendas tú?
Moratín.—Ninguna. Recomiende lo que recomiende,
siempre habrá una parte del público que no esté de acuerdo y se enfade conmigo.
Tirso.—¡Ahí quería yo llegar! A que eres un
hombre sin ideales ni convicciones.
Moratín.—Me parece que eso es obvio.
Tirso.—Un autor que tuvo su mano la posibilidad de reivindicar
claramente el derecho de las mujeres a decidir su propio destino y que en la
última escena se acobardó y resolvió el conflicto haciendo que el viejo
desistiera.
Moratín.—Precisamente.
Tirso.—¡Qué pena, señor! ¡Qué pena!
Calderón.—Claro que no toda la culpa es tuya.
También tienen su parte los críticos cretinos que te han alabado y te han dado
un lugar preeminente en las historias de la literatura.
Tirso.—En resumidas cuentas: fuiste un
advenedizo del teatro, un escritor sin vocación, de arte limitado, que
aprovechó su posición de poder para intentar acabar con otros autores mejores a
los que envidiaba. ¿Es eso exacto?
Moratín.—No puedo mentir, ya lo sabéis. Debo contestar que tu
resumen es exacto.
Tirso.—Y no se metió sólo con nosotros, los
autores teatrales. A los novelistas y a los poetas también les zahirió sin que
éstos le hubieran hecho nada.
Calderón.—¿Ah, sí? No lo sabía.
Tirso.—Sí, Perico. Entre los prosistas a los
que definió como «malos», en su libro La
derrota de los pedantes, están Cervantes y Gracián.
Calderón.—(Sorprendido.)
¿Gracián? ¡Pero si ha sido el mejor de todos nosotros, quien mejor ha escrito
en lengua castellana?
Tirso.—Y despreció a grandes poetas como Gabriel Bocángel o al
mismísimo conde de Villamediana.
Calderón.—¡Qué me dices!
Tirso.—Todo eso hizo el pájaro éste.
Moratín.—Bueno, las opiniones son libres. Y os
diré...
Voz.—(Dentro.)
¡¿Cómo?! ¡¿Que está aquí quién?!
Moratín.—¿Qué es eso?
(Aparece Félix Lope de Vega,
que se dirige a Moratín.)
Lope.—¿Así es que eres tú en persona,
bribón! ¡Por fin nos vemos! ¡Te he estado esperando impacientemente durante
mucho tiempo, censor! ¡Ven, que te voy a dar lo tuyo!
(Se abalanza sobre él y le comienza a propinar una soberana paliza sin que
ni Tirso ni Calderón puedan impedírselo.)
TELÓN