Network, un mundo implacable

 

Un film sobre porquerías

en el mundo periodístico

con una historia angustiosa

dentro de un marco satírico.

Se llama Network, un mundo

implacable y quién lo hizo

fue Sydney Lumet, un di-

lector de lo mejorcito.

Peter Finch y William Holden

hacen roles masculinos

y Faye Dunaway, de chica

(papeles bien repartidos).

 

Va de un locutor de tele-

visión viejo y feo (cual Picio)

que tiene el share por los suelos.

Como no da beneficios,

la cadena le despide

y él se ve pobre y solito,

porque no tiene ni un perro

que le ladre ni un ladrido.

Sin dinero y sin futuro,

Howard piensa, el pobrecito,

que le quedan dos opciones:

o matarse o el suicidio.

 

En su siguiente programa

inserta el siguiente aviso:

«Señores: esto se acaba,

si creo lo que me han dicho;

y por eso, cualquier día

me pegaré de improviso

dos tiros ante las cámaras

sin pensarlo mucho y ¡listo!»

Hace ese anuncio una noche

y se queda tan tranquilo.

 

¿Qué pasa entonces? Que el share

alcanza un récord altísimo,

porque la gente es morbosa

y disfruta de lo lindo

viendo el sufrimiento ajeno

o la muerte. ¡Ya te digo!

Y la posibilidad

de ver suicidarse a un tío

en una noche cualquiera

—después de un día de hastío

en la oficina— es gran cosa

y te abre el apetito

de drama más que un vermut

que tomes de aperitivo.

 

La cadena, por su parte,

junta a sus ejecutivos

(esos mismos tipos mise-

rables que le han despedido)

y en una reunión de lujo

con bebidas y con pinchos

deciden que tenga Howard

su espacio televisivo,

para que diga en antena

lo que le salga del sitio

de donde salen las cosas

y que sea provocativo,

pues el asunto tratado

es solo un detalle mínimo:

lo que vale es que te vean

muchos miles de individuos.

 

En la siguiente emisión

Howard pide que den gritos

las gentes en sus ventanas

con este mensaje explícito:

«¡Estoy hasta las narices

de este mundo en que vivimos

y ya no lo aguanto más,

que es un verdadero asquito!»

 

Entonces sucede que

el público, enardecido,

abre ventanas y grita

en todo Estados Unidos.

«¡Están gritando en Arkansas!»,

se dicen los directivos

de la cadena. «¡En Luisiana

están pegando alaridos!»

«¡En Colorado están roncos,

como en Hawaii! ¡Dios bendito!».

Y los estadounidenses

(o los estadounidinos

—que existen varias opciones

para usar los gentilicios—)

están de acuerdo con Howard

y le cogen gran cariño.

 

A partir de ahí se convierte

en un profeta divino

y el mundo cree sus diatribas

cual si fueran aforismos

de Einstein, Platón, Aristóteles

o Santo Tomás de Aquino.

Howard se pega el gustazo

de denunciar que los chinos

han comprado media América,

acabando enriquecidos

a costa del ciudadano

medio y que el gobierno mismo

está formado por cacos,

canallas y mangurrinos.

En fin: dice las verdades

que dice el barquero típico

y, acabando de liarla,

dice que se ha dado inicio

a una OPA hostil a la empresa

por los árabes saluditos.

Howard denuncia esta compra

y se hace pocos amigos.

 

La verdad no gusta a nadie

ni en este ni en otros siglos.

A aquellos que la han contado

siempre les han sacudido

a placer, les han echado

a patadas de los sitios,

les han metido en la cárcel

o les han dado un castigo

muy frecuente en otros tiempos

pero nada divertido

que se hace con una pila

de madera y con un mixto.

 

A Howard le invita el boss

a tomarse un capuccino,

pero aquella invitación

tiene un distinto objetivo.

El jefe le da una charla

diciendo que se ha metido

en camisas de once varas

(cuatro metros veinticinco

que es mejor, para enterarse,

usar metros y centímetros).

 

Le dice: « eres muy ingenuo

y naïf; no has entendido

que la vida es muy distinta

de cómo era. Te lo explico.

Ya no existen las naciones

ni los pueblos. Ya no hay sirios,

ni canadienses, ni rusos,

ni polacos, ni argentinos.

No hay ningún Oriente Medio

ni entero, solo un dominio

multinacional de dólares,

todo un sistema holístico

de sistemas de divisas,

círculos dentro de círculos,

engranajes económicos

complejos e interactivos.

Hay dinero en movimiento:

lo demás importa un higo.

Tú no puedes atacar

a este esquema tan bonito

que da a muchos de nosotros

beneficios tan magníficos.

Así, a ti lo que te toca

es convencer a los primos

de que este sistema es bueno.

¿Qué bueno? Óptimo. ¡Optísimo!»

 

«¿Tengo que decirlo yo?»,

pregunta Howard, contrito.

«¡Claro está!» «Pero ¿por qué?»

«Porque eres más efectivo.»

«¿Por qué razón?» «¡Porque sales

en televisión, cretino!»

 

Tras de varios episodios

y muchos puntos de giro

que no contamos aquí,

se llega a un final fatídico,

porque nuestro héroe empieza

con un discurso muy cínico

a defender lo contrario

de lo que había defendido.

Viene la desilusión,

pierde audiencia y el prestigio

y, como era previsible

(como estaba preveído

o previsto), se lo cargan

pegándole siete tiros

en un programa especial

para conseguir ser vistos

por muchos televidentes

que estaban muy aburridos.

Así funciona la «tele».

No exagero ni un poquito.

 

Aviso

 


La cura mundial

(Cuentín moralizante)

 

—Perdonen que les moleste, señores.

Todos los ocupantes del vagón de Metro fruncieron el ceño y se dijeron: «Otro pedigüeño molestando».

—Soy mago —continuó el desconocido, levantando las dos manos, como si la policía le fuera a detener—. He adquirido enorme poderes, meditando en una cueva en los Himalaya, y ahora he venido a emplearlos para el bien de los hombres. Voy a curarles de todos sus males. Ahora mismo.

Antes de que los viajeros pudieran asimilar estas palabras, uno de ellos se levantó de su asiento y gritó:

—¡¡Veo!! ¡Soy ciego de nacimiento y ahora veo!

—¡Ya no me duele la espalda! —gritó otro.

Como se pudo comprobar luego, todos habían quedado aliviados de sus males.

No solo ellos. Todos los enfermos del planeta. Los poderes de aquel ser eran, en verdad, prodigiosos. La humanidad al completo quedó curada de repente por aquel milagro.

Los hospitales se vaciaron. El mundo vivió una breve época de felicidad sin parangón y los homenajes al Benefactor, como se le llamó, parecía que no iban a acabar nunca.

Los médicos, sin embargo, no estaban felices, ni los enfermeros ni otros muchos profesionales del ramo, porque todos se quedaron sin trabajo.

El Benefactor murió asesinado a los pocos meses. Dicen que fueron las farmacéuticas, pero nunca se pudo probar.

Quevedo va a la cárcel por presumido

 

(Antesala del palacio del buen Retiro. Sale el Conde-Duque de Olivares, gordo, y Francisco de Quevedo, cojo y miope. Vienen hablando de sus cosas.)

 

Olivares.—Siéntate.

          Quevedo.—No hay ninguna silla, Excelencia.

          Olivares.—Ya lo sé, pero es lo que se suele decir al empezar una audiencia. Vamos al grano. ¿Tienes idea de por qué te he mandado llamar?

          Quevedo.—No tengo ni el más remoto barrunto, Excelencia.

          Olivares.—¡Venga, Quevedo! No me seas marrullero. Sabes perfectamente de qué va la cosa. No te hagas el listo conmigo, que nos conocemos.

          Quevedo.—Le aseguro a Su Excelencia que no me imagino qué hago aquí.

          Olivares.—Pues yo te lo contaré. Ayer, nuestro bienamado monarca se dispuso a comer y ¿qué dirías que se encontró?

          Quevedo.—¿Una mosca en la sopa? ¿Una cucaracha, quizá? (Tras una pausa.) ¿Dos cucarachas? El servicio de limpieza de palacio deja mucho que desear.

          Olivares.—Tienen razón los que dicen que eres maestro en tomarle el pelo a la gente, caballero Quevedo. Nuestro rey se encontró un memorial.

          Quevedo.—(Ingenuamente.) ¿Un memorial en la sopa?

          Olivares.—¡Necio! ¿Te burlas de mí? Un memorial bajo la servilleta. Llevaba allí varios días.

          Quevedo.—Pues eso quiere decir que nuestro rey es un cochino de tomo y lomo, si se me permite la expresión, ya que ha hecho varias comidas sin limpiarse la boca.

          Olivares.—Tu lengua es venenosa. Pero no toleraré esos dardos. Si el rey se limpia más o menos no es de lo que se trata aquí, sino de una hoja vil, con viles argumentos y escrita con tinta también vil que llegó a sus ojos de forma traicionera.

          Quevedo.—¿Y qué tengo yo que ver con la triste realidad de que a nuestros gobernantes haya que engañarles para conseguir que lean? ¿Qué ponía el memorial?

          Olivares.—Nadie mejor que tú lo sabe.

          Quevedo.—¿Yo, señor?

          Olivares.—¡Claro! Todos estamos convencidos de que fuiste tú quien lo escribiste.

          Quevedo.—¿Yo escribir algo gratis? Os habéis equivocado de autor.

          Olivares.—Sí. Ese es el único aspecto de este asunto que me despista. Pero, bueno, supongamos por un momento que no lo hubieras escrito tú.

          Quevedo.—Es que no lo he hecho.

          Olivares.—Quiero conocer al responsable.

          Quevedo.—¿Y yo que sé quién es?

          Olivares.—Puedes saberlo. ¿No eres tú el más grande de nuestros poetas?

          Quevedo.—Sí, eso es verdad.

          Olivares.—¿No tienes una exquisita formación clásica? No has leído Aristóteles, a Epícteto, a Séneca y a todos esos pelmazos?

          Quevedo.— (Orgulloso.) Los he leído.

          Olivares.—¿No eres tú, muerto Lope, el príncipe de nuestras letras?

          Quevedo.— (Halagado.) Sí, lo soy, en efecto.

          Olivares.—¿Y el que más sabe y entiende de literatura?

          Quevedo.—Me abrumáis; pero, sí: tenéis razón. Yo soy todo eso.

          Olivares.—Entonces no tendrás dificultad en ayudarme a resolver este asunto. Juzga el estilo. Tú conoces bien a todos esos seres abyectos, cochambrosos y repelentes que pululan por la Corte.

          Quevedo.—¿Os referís a los poetas?

          Olivares.—A ésos. Lee el texto y di quién pudo haberlo escrito. (Le da un papel que Quevedo lee.)

          Quevedo.—«Católica, sacra y real majestad, / que Dios en la tierra os hizo deidad, / un poeta pobre sencillo y honrado...» (Aparte.) ¡Mecachis! ¡Esto es muy bueno! ¿Quién lo habrá escrito? (Sigue leyendo para sí).

          Olivares.— (Tras un rato.) ¿Te dice algo el estilo?

          Quevedo.—Así… a bote pronto, no.

          Olivares.—Tiene que tratarse de un autor de primera fila, porque los acentos están bien puestos y eso es raro. No tiene faltas de ortografía. Puede que no haya en la Corte arriba de tres o cuatro escritores capaces de tamaña proeza. ¿Pudo haber sido Fulanito? Es un autor muy bueno.

          Quevedo.— (Gritando.) ¡¡No!! Fulanito es un inepto que no sabe rimar. No puede ser el autor.

          Olivares.—¿Y Menganito?

          Quevedo.—Menos aún. Menganito es torpe y no domina la medida, mientras que estos versos están muy bien estructurados.

          Olivares.—¿Qué me dices del famoso Zutanito? Quizá fue él.

          Quevedo.—¡Quia! Zutanito es un hortera y carece del refinamiento y la cultura necesarios para distinguir un terceto encadenado de una sopa de berros.

          Olivares.—Entonces, ya está: tiene que haber sido Perenganito. No hay otra posibilidad.

          Quevedo.— (Aparte.) Realmente el verso parece de Perenganito: el estilo y el léxico se parecen mucho a los que él emplea habitualmente.

          Olivares.—Aparte de la injusta crítica que le hace a mi gobierno, he de reconocer que los versos son excelentes.

          Quevedo.—No tanto, no tanto. No exageréis, Excelencia.

          Olivares.—A mí me lo parecen y creo que yo entiendo algo de letras. Opino que son sublimes.

          Quevedo.—(Aparte.) ¡Que me aspen si permito que Perenganito se lleve la gloria de estos versos!

          Olivares.—Todo está ya resuelto. Gracias por tu colaboración, Quevedo. Puedes irte. Mandaré apresar de inmediato a Perenganito y haré que le torturen hasta que confiese. Morirá en el cadalso o se pudrirá para siempre en una prisión; pero indudablemente estos versos, que son su perdición en vida, le darán gloria imperecedera tras su muerte y su nombre será universalmente alabado por las generaciones futuras. Ya imagino lo que dirán: «Perenganito, el insigne poeta, muerto a manos del cruel Olivares, entra caminando orgulloso en el Panteón de la Gloria».

          Quevedo.—(Explotando.) ¡Eso sí que no!

          Olivares.—¿Cómo?

          Quevedo.—¡Que no lo voy a tolerar!

          Olivares.—¿Qué quieres decir?

          Quevedo.—Perdonad, Excelencia. Perenganito no ha podido escribir estos versos.

          Olivares.—Yo creo que sí.

          Quevedo.—¡No! Debo confesarlo todo: yo soy el autor de ese memorial.

          Olivares.—¿Tú, Quevedo? ¿De veras?

          Quevedo.—(Tirándose al río.) Yo.

          Olivares.— (Tras una pausa.) No me lo creo.

          Quevedo.—¡Que sí, diantre, que soy yo, que fui yo!

          Olivares.—Bueno: si insistes...

          Quevedo.—Yo hice poner el escrito en la mesa del rey para… para… ¿Para qué lo hice? ¿Qué pone exactamente el memorial?

          Olivares.—Tú debes saberlo, si eres el autor como aseguras.

          Quevedo.—Veréis, Excelencia: es que no me acuerdo muy bien; lo escribí hace ya días… Y, además, tengo tantas obras entre manos que me confundo.

          Olivares.—El memorial decía que el rey era un berzotas.

          Quevedo.—¡Ya! ¡Ahora me acuerdo de lo que escribí! Efectivamente: un berzotas.

          Olivares.—Que era grande, pero como los pozos: más grande cuanto más tierra les quitan.

          Quevedo.—(Aparte.) Un símil muy original el de Perenganito. ¡Maldita sea su estampa! (Alto.) Exacto, eso decía.

          Olivares.—Y que yo era el mayor bribón que han conocido las Españas.

          Quevedo.—Bueno, eso era sólo una forma de hablar, una figura retórica, vamos.

          Olivares.—Pero ya que has confesado, estoy dispuesto a perdonarte todo.

          Quevedo.—(Suspirando aliviado.) ¡Aaaaah!

          Olivares.—Claro que mi perdón es sólo a nivel personal.

          Quevedo.—¿Y eso qué significa?

          Olivares.—Significa básicamente que Gaspar de Guzmán y Pimentel, el hombre, te perdona. Pero el Conde-Duque de Olivares, valido del rey, no tiene más remedio que encarcelarte.

          Quevedo.—¡Vaya!

          Olivares.—De por vida.

          Quevedo.—¡Vaya, vaya!

          Olivares.—En un sitio muy frío.

          Quevedo.—¡Vaya, vaya, vaya!

          Olivares.—Y húmedo.

          Quevedo.—¡Vaya, vaya…! En fin, me detengo, porque esto parece no acabar.

          Olivares.—Pagarás cara tu traición a la corona. (A los soldados que están en la puerta.) ¡Lleváoslo!

          Quevedo.— (Aparte, mientras le sacan a rastras.) La vanidad me ha perdido. ¡Malditos sean Perenganito y el padre de Perenganito! ¡Anda, y qué ocurrencia lo del memorial...! ¡Ya se podía haber estado quietecito!

         


 

 

 

La décima explicada

(Espinela sobre la espinela)

 

¿Quién inventó la espinela?

Pues fue Vicente Espinel

quien la puso en el papel,

como se enseña en la escuela.

Aunque décima se apela,

se llamó espinela antes

y sus partes contratantes

consisten en versos diez

que han de incluir a la vez

cuatro rimas consonantes.

 

Riman el cuarto y primero

versos junto con el quinto;

el segundo es ya distinto

y con el que es el tercero

tiene que andar del bracero;

para que el verso sea ameno

el octavo y el noveno

la riman compartirán,

que sexto y séptimo están

con el diez, pues no hay onceno.

 

La décima es una forma

de verso bastante guay

y entre todas las que hay

que respetan una norma

es la que menos deforma

el sentido de lo escrito,

que es poema pequeñito

de dimensión adecuada

y no cuesta casi nada

que te salga bien bonito.