Mi poema de los dones

 

 

Gracias quiero dar al divino

laberinto de los efectos y las causas

por todas esas maravillas

que hacen amable la vida del hombre;

por la belleza de los atardeceres;

por las minifaldas y lo que va dentro;

por esos días en que los estudiantes

se saltan tu clase

y tú te puedes ir a la cafetería;

por las napolitanas rellenas de chocolate

y las rellenas de crema también;

por la pagas extraordinarias;

por el invento genial de la Thermomix;

por las novelas de Julio Verne

y las películas de los hermanos Marx;

por el chocolate, fuente incesante de placeres;

por el cruzado mágico;

por la cola de contacto,

de la que siempre te puedes fiar;

por los perros;

por todos los demás animales;

por la lengua castellana, mágica herramienta;

por los hijos;

por los padres;

por el invento del café con leche;

por Mozart y Tchaikovski,

que sabían lo que hacían;

por los diccionarios temáticos,

tan útiles cuando no sabes cómo acabar una historia;

por los garzones que persiguen pinochetes;

por el queso semicurado;

por los queridos lectores,

que te motivan;

por el Aerored, que te viene muy bien a veces;

por Lope, maestro insigne de bellezas;

por la siesta, signo de civilización.

El «Tenorio» a cachos

 

 

El rey de los sinvergüenzas

es el tal Don Juan Tenorio:

más mentiroso que Trump,

más doloroso que un cólico,

más guapo que George Clonney

y más chulapo que un ocho.

Las mujeres se lo rifan

y él, como no es nada tonto,

las toca a todas y queda

más contento que un bizcocho.

 

Ha apostado con Don Luis

a quién hará más destrozos

en corazones hembriles

con engaños amorosos;

y en una taberna, donde

hasta el nombre es infeccioso,

presume de sus victorias,

como es lo normal y propio.

 

Don Luis pierde y, mosqueado

por ello, propone al otro

una prueba más difícil

que cruzar de un salto el Bósforo:

raptar y «hacerse» una monja

de cualquier convento próximo.

Don Juan acepta tal reto

entre gritos jubilosos

de sus fieles partidarios,

que le piden mil autógrafos.

 

(Pasan muchas otras cosas

que me salto, a bote pronto,

porque es que, si no, no acabo

este relato curioso.)

 

Rapta a la monja. La lleva

sobre un caballo fogoso

a un quinta en las afueras

y que ha amueblado a propósito

para casos como éste.

Pero allí ocurre algo insólito:

Juan va y se nos enamora

de la monja (¡hay que ser tonto!),

y promete reformarse,

ser un hombre decoroso,

pagar lo que debe a Hacienda,

pedir perdón a los ocho-

cientos muertos por su espada,

dejar de ser un demonio,

hacerse vegetariano

y alcohol no probar ni un sorbo.

 

Mas llega el Comendador

Gonzalo de Ulloa, que es gordo

a más de gallego, padre

de la monja y muy retrógrado.

Don Juan le pide la mano

de su hija en matrimonio.

Don Gonzalo le responde

pegándole un soplamocos

que le deja de un color

tirando a morado un pómulo

y diciéndole a Don Juan

que tiene bastante morro

en pretender su permiso

y que va a ir a un calabozo.

Ante tal reacción, Don Juan

se cabrea, como es lógico.

Pega un tiro a Don Gonzalo

y hace mutis por el foro.

 

¿Qué pasa después? Señores,

¡no me atosiguen! ¡Supongo

que no querrán que les cuente

de un golpe todo el Tenorio!

Jenófanes, el unista

 

Semblanza un filósofo poco conocido, pero que nos cae muy bien

 

La semblanza no es más que una biografía escrita por un vago.

Por ello, es mucho más corta, se salta alegremente trozos de la vida del biografiado o semblanzado e incluye muchísimos menos datos.

Este subgénero conjuga la prosopografía con la etopeya, con lo que muchos lectores pensarán que les estoy metiendo un camelo. Pero no es así. La prosopografía no es más que la manera pedante de referirse a una descripción física y la etopeya es la descripción del carácter de un individuo. Lo que pasa es que si los escritores no usamos palabras ininteligibles de cuando en cuando, los editores y los críticos no nos toman en serio.

Incluyo la semblanza de un filósofo de ésos a los que se hace menos caso que a los demás. La he tenido que escribir yo mismo. Quería encargársela a Plutarco, pero no me contesta al teléfono: debe de estar de viaje.

 

*

 

Lo más importante de la vida de Jenófanes fue el lugar de su nacimiento, puesto que éste tuvo lugar en la ciudad de Colofón, que se encuentra (como todos ustedes saben) al sudoeste de Kokkinoplos.

Este filósofo, al parecer eleático, vivió nada menos que noventa y dos años y catorce meses. Y, en cuanto a la época en que lo hizo, se sabe solamente que era posterior a Pitágoras y anterior a Zorba, con lo cual, la verdad, no queda muy exacta su biografía. Pese a todo, se teme que viviera en el siglo vi.

Más que la agudeza de sus teorías filosóficas, lo que le ha dado a Jenófanes una amplia fama, aunque no precisamente buena, es el hecho de que recorría la Hélade recitando unas deleznables poesías de su invención, creando la «gira artística», tan de moda entre los cantantes de hoy en día.

Se sabe asimismo que en un principio se fabricaba sus propias botas para caminar y que un día tuvo que utilizar los cordones de dichas botas para sustituir tres cuerdas de la lira que se le habían roto. Se habría visto, pues, en la necesidad apremiante de caminar descalzo si no hubieran sido botas y zapatos los premios que obtenía de sus oyentes eventuales. Claro está que estas piezas de calzado no casaban unas con otras, pero a Jenófanes, soltero de nacimiento, no le importaba nada que las botas casaran o dejaran de casar.

La obra de Jenófanes estaba escrita en verso, más concretamente en pies dáctilos, que son, como la palabra lo dice, y como es lógico, los que tienen dedos. Su pensamiento se hallaba todo en estos versos y también se encuentran en ellos, si se busca bien, atisbos de doctrina cosmológica y un sí es no es de panteísmo.

Como Jenófanes era muy delgadito, a causa de la austera vida que llevaba, sentía el orgullo de la sabiduría y le parecía despreciable la simple fuerza o la destreza física. Una vez le partieron una costilla por abuchear en el circo a los atletas laureados.

La única idea que Jenófanes tuvo en su vida fue la de decir que había un sólo Dios, en vez de los ochocientos cuarenta y siete que los filósofos anteriores a él decían que había. Por eso afirmó Aristóteles —ese señor famoso por meterse donde no le llamaban— que Jenófanes fue el primero que «unizó», es decir: que fue partidario del uno o «unista».

Y por esta razón, aunque no nos guste en absoluto, no tenemos más remedio que admitir que Jenófanes fue el precursor de la doctrina de los eleáticos.