El burlador de Sevilla y convidado de piedra

 

Tirso de Molina

(1630)

 

 

          Don Juan, el notorio conquistador, está en su suntuosa casa de Sevilla comiéndose un cocido. Su criado, Catalinón, le escancia vino de cuando en cuando. Es de noche, por lo que el cocido que se toma el protagonista probablemente le sentará como un tiro, pero eso viene después. De pronto suenan unos golpes en la puerta.

 

          Don Juan.—Han llamado. ¿Quién será a estas horas? Abre, Catalinón.

          Catalinón.—Sí, mi señor. (Catalinón sale de la estancia y regresa al poco, mientras Don Juan le hace justicia a la sopa.) ¿No hay nadie, señor?

          Don Juan.—¿Nadie?

          Catalinón.—Nadie. He mirado bien: la calle está desierta y no hay nadie que haya podido llamar a la puerta, a excepción de seis gatos, dos mendigos, una vieja, cuatro alguaciles, tres músicos, seis o siete proxenetas, veinte fulanas y un hombre que viene de Cartagena.

          (Suenan más golpes dentro. Catalinón vuelve a salir, con más miedo que vergüenza, y regresa al cabo.)

          Don Juan.—¿Y bien?

          Catalinón.—No hay nadie, señor.

          Don Juan.—¡Qué raro! Bien, sigamos con la sopa. (Suena otro golpe.) ¡Abre de una vez!

          Catalinón.—Ya voy.

(Catalinón sale y regresa con una cara de asustado que parece que ha escuchado las trompetas del Juicio Final tocando una jota de «Gigantes y cabezudos».)

          Don Juan.—¿Qué diablos pasa?

          Catalinón.—Que los golpes han sonado en la escalera, esto es: dentro de la casa.

          Don Juan.—(Enfadado.) ¡Qué tontería! Como vuelvan a llamar, les mandas a hacer puñetas.

(Suenan nuevos golpes. Don Juan la emprende con los garbanzos mientras Catalinón sale de nuevo. Regresa al cabo de un rato.)

          Catalinón.—(Aterrorizado.) Señor...

          Don Juan.—(Muy malhumoradamente, porque es un borde.) ¿Qué?

          Catalinón.—Está ahí.

          Don Juan.—¿Quién?

          Catalinón.—¡El fantasma!

          Don Juan.—¿Qué dices?

          Catalinón.—¡El fantasma de Don Gonzalo!

          Don Juan.—¿De don... quién?

          Catalinón.—¡De Don Gonzalo, el Comendador! ¿No recordáis que le matasteis de dos estocadas en el corazón tras seducir a su hija y que luego, en un rasgo de bravuconería infinita, invitasteis a su espíritu a cenar con vos?

          Don Juan.—(Tras pensárselo un poco.) Pues, no me acuerdo, la verdad.

          Catalinón.—¡Vamos, señor! ¡No se invita a un fantasma a cenar todos los días!

          Don Juan.—Ya, ya, pero es que no consigo acordarme. ¡Cada vez estoy peor de la cabeza! La edad, que no perdona... ¿Don Gonzalo, dices?

          Catalinón.—¡Don Gonzalo, sí!

          Don Juan.—Pues no le pongo cara. Dame algún otro detalle, anda, a ver si se me refresca la memoria.

          Catalinón.—Don Gonzalo es el Comendador de Sevilla.

          Don Juan.—Alguien tenía que serlo; sigue.

          Catalinón.—Su hija, Ana de Ullóa, es muy hermosa y vos la sedujisteis con engaños.

          Don Juan.—¿Estás seguro de que la seduje a ella? ¡Seduzco a tantas al cabo del mes...!

          Catalinón.—Bueno, si no estaba seducida, lo disimuló muy bien, pues os recibió muy complacida en su lecho varias veces.

          Don Juan.—Vale, pongamos que la seduje, sí.

          Catalinón.—Y al padre no le ha hecho gracia.

          Don Juan.—Nunca les hace gracia. Parece que los padres de las mujeres guapas nunca fueron jóvenes y no entienden cómo funciona la cosa. ¿Y el resumen?

          Catalinón.—Invitasteis a cena a su espectro... ¡y ahora está ahí fuera, esperando! ¡¡Es un muerto y es de piedra!!

          Don Juan.—(Pensativo. Hablando consigo mismo.) ¿Y por qué le invitaría yo a cenar, si yo nunca ceno, sino que me limito a tomar algo de fruta o un yogur como mucho?

          Catalinón.—Lo haríais pensando que no vendría, que no podría venir por estar muerto. Y para presumir de macho, que no teme ni a los muertos.

          Don Juan.—¡Claro! ¡Eso es!

          Catalinón.—Pero el caso es que está ahí fuera, esperando. ¡Es una estatua de mármol, señor!

          Don Juan.—Bueno; si ha venido habrá que dejarle entrar, ¿no te parece? Si no cumplo con la ley de la hospitalidad, mi reputación quedará dañada. ¿Tenemos algo que ofrecerle? ¿Hay comida?

          Catalinón.—Sí, pero los sirvientes han huido despavoridos al verlo.

          Don Juan.—Pues entonces tendrás que servirle tú. Le agasajaremos un poco y luego le hablaré y le tranquilizaré sobre el asunto de su hija.

          Catalinón.—¡Buena idea!

          Don Juan.—¡Pero si vieras que no consigo acordarme de ella! Esa seducción de la que me hablas ¿fue hace mucho? Porque si fue hace tiempo, es normal que la haya olvidado.

          Catalinón.—Fue anoche mismo.

          Don Juan.—¡Vaya!

          Catalinón.—Hablad con él e intentad convencerle de que no fuisteis el primero y de que, por las mañas que se daba la chica y el entusiasmo que mostraba, no seréis el último, ni mucho menos.

          Don Juan.—Eso haré. Hazle pasar. (Catalinón inicia el mutis, pero Don Juan le detiene.) No, mejor que pase él. (A gritos.) Los fantasmas han de poder atravesar las puertas, conque ¡ya me estáis tardando, Don Gonzalo!

          (Un viento apaga las velas. Se oye un trueno. El fantasma de Don Gonzalo penetra, atravesando los muros y habla con voz ronca y siniestra.)

          Don Gonzalo.—¡Buenas! Vengo a cenar.

(Se sienta a la mesa y despliega la servilleta, mientras Don Juan le contempla asombrado y Catalinón se esconde debajo de una mesa supletoria.)

          Don Juan.—(Tras una pausa.) ¿Habéis venido a tomar venganza fiera de mis desmanes? ¿Acaso porque seduje a vuestra hija Ana?, porque hais de saber...

          Don Gonzalo.—(Interrumpiéndole.) Pásame la sal, ¿quieres?

(Don Juan le hace señas a Catalinón para que le dé el salero y el otro le hace señas de que la sal es mala para las arterias y de que es mejor que no la tome. Él, desde luego, no piensa acercarle ninguna sal que pueda perjudicar a la salud del muerto. Tras convencerse de que con Catalinón ya no se puede contar para nada, Don Juan le pasa la sal él mismo.)

          Don Gonzalo.—¡Gracias!

          Don Juan.—(Temeroso.) ¿Vuestra presencia indica que mi alma irá al infierno de cabeza? Decidme algo, estatua, fantasma, espíritu o cualquier cosa que seáis, porque que tengo curiosidad por saber a qué habéis venido.

          Don Gonzalo.—Tú mismo me convidaste.

          Don Juan.—Sí, eso parece; pero no me acuerdo de por qué lo hice.

          Don Gonzalo.—Don Juan: no me vengas con monsergas. Yo ya estoy muerto y no me importa ni un pepino si lo recuerdas o no. Me has invitado a cenar, ¿no es así?

          Don Juan.—Sí, claro.

          Don Gonzalo.—Pues venga, sírveme una cena decente. ¿A qué esperas?

          (Don Juan le hace una seña a Catalinón, que se marcha y regresa al cabo con viandas diversas, que va enumerando, mientras Don Gonzalo pone a trabajar sus muelas.)

          Catalinón.—Aquí tenéis una sopa de tortuga con almendras. (Le sirve, mientras el otro come.) Luego hay perdiz en salsa y rapé a la vinagreta.

          Don Gonzalo.—Trae vino.

          Don Juan.—¿De cuál queréis? ¿Chianti o Moscato? ¿Blanco o tinto?

          Don Gonzalo.—Me da igual tinto que blanco.

          Catalinón.—Aquí hay pollo con tomate y huevos con mayonesa.

          Don Gonzalo.—¿Y de postre?

          Catalinón.—Fruta del tiempo y natillas.

          (Cuando ha acabado con todo, Don Gonzalo se limpia cuidadosamente las barbas, pero no se levanta.)

          Don Gonzalo.—Me he quedado con hambre. ¿Ya no tienes nada más?

          Don Juan.—Vacía me hais dejado la despensa. Pero siempre hay un remedio final en estos casos.

          Don Gonzalo.—¡Cuál?

          Don Juan.—El ColaCao con galletas. ¡Tráelo, Catalinón!

          Catalinón.—Voy. Lo que no sé es si tendremos algo para mojar.

(Catalinón hace mutis, muy contento de tener un pretexto para desaparecer de allí.)

          Don Gonzalo.—Muy bien. Cuando me lo acabe, si lo hay, volveré a mi tumba. Pero antes de irme te haré una pregunta.

          Don Juan.—¿Qué?

          Don Gonzalo.—¿No tendrás bicarbonato?

          Don Juan.—Lo siento, pero no me queda. Os puedo dar sal de frutas. (Abre un frasco y le acerca una copa con agua.) ¿Cuántas cucharadas?

          Don Gonzalo.—Treinta, porque menos de eso no hace efecto en mi estómago de piedra.

(Don Juan se las echa y el otro bebe.)

          Don Gonzalo.—Ahora que me doy cuenta: se ha hecho tardísimo. Tengo que marcharme ya.

          Don Juan.—¡Qué pena! Venid otro día con más calma. Os acompaño hasta la puerta.

          Don Gonzalo.—Sí, gracias. ¡Adiós, Don Juan!

          Don Juan.—Don Gonzalo, ¡adiós! ¡Volved cuando queráis!

          Don Gonzalo.—Bien, y te convido para que vengas algún día al cementerio a comer gusanos y sierpes muertas, alacranes y murciélagos.

          Don Juan.—Os lo agradezco, pero mañana me voy a una aldea perdida del Piamonte a pasar diez u once meses, que tengo unos negocios allí de los que debo ocuparme. Así es que, si os parece, ya me invitáis cuando vuelva.

          Don Gonzalo.—Perfecto. Bueno, me vuelvo a despedir. (Inicia el mutis y, de pronto, se detiene, pensativo.) Pero el caso es que se me está olvidando algo.

          Don Juan.—¿También sufrís de esos lapsos de memoria?

          Don Gonzalo.—En ocasiones.

          Don Juan.—Son muy molestos.

          Don Gonzalo.—¡Y qué lo digas! ¿Qué podrá ser? (Haciendo memoria.) ¡Ah, ya caigo!

          Don Juan.—(Solícito.) ¿Lo habéis recordado?

          Don Gonzalo.—¡Ya lo creo que sí! Ahora me acuerdo de todo. Yo había venido aquí para llevarte al infierno, por todos tus pecados, pero con lo de la cena, se me había olvidado.

          Don Juan.—(Aterrorizado.) ¿Al infierno?

          Don Gonzalo.—¡Pues claro! Para que pagues por todo el mal que has hecho.

          (Se abre el suelo del salón y aparece una gran sima de la que salen lenguas de fuego, mientras se escuchan sonidos muy desafinados y los gritos de sufrimiento de los condenados.)

          Don Juan.—(Mirando para abajo.) ¡Recórcholis!

          Don Gonzalo.—(Cogiendo de la mano a Don Juan.) Vamos, que se hace tarde

          Don Juan.—¿Me muero, entonces?

          Don Gonzalo.—Al infierno es mejor llegar muerto que vivo, créeme. Se sufre menos.

          Don Juan.—¡Tened piedad!

          Don Gonzalo.—¡Ni hablar del peluquín! (Aparte.) ¡Menos mal que me he acordado a tiempo, que, si no, me vuelvo a mi casa tan contento sin haberme vengado de este canalla.

          (Don Gonzalo arrastra a Don Juan, saltando con él al abismo.)

          Don Juan.—¡Aaaaaaaaah!

(Su grito se va oyendo menos a medida que va cayendo hacia las profundidades del Averno. En ese instante aparece Catalinón con una bandeja, en la que lleva una taza, un plato con galletas y bollos, y el bote de ColaCao.)

          Catalinón.—(Mirando hacia abajo.) Se han marchado. ¿Y para esto me he tomado yo la molestia de acercarme a estas horas a la tienda de la esquina para comprar unas ensaimadas?

Países que mienten


(Topónimos engañosos)

 

Los Estados Unidos no están unidos, sino que unos estados con otros se llevan a matar.

Albania no es blanca, sino de un tono marronáceo bastante sucio.

En Costa Rica hay gente que no tiene una peseta.

La República Popular China no es nada popular estos días.

Los habitantes de Bulgaria no son b(v)ulgares, sino muy elegantes y refinados.

En la Isla de Cook los aborígenes se comen la carne cruda.

En Serbia son orgullosos y nada serviles.

En la República Checa no todo el mundo está prisionero.

En Chile la comida es más bien insípida.

En las Islas Vírgenes nace mucha gente.

En Cabo Verde los uniformes del ejército son grises.

San Marino no tiene barcos.

En Polonia no hay polonio ni ningún otro material radioactivo, si a eso vamos.

Los habitantes de las Islas Salomón son muy tontos.

En San Cristóbal y Nieves abundan los accidentes automovilísticos y el clima es siempre tropical.

Montenegro es una llanura.

En la República de Mauricio nadie se llama así.

Vista su situación reciente, no debería ser Malasia, sino Peorasia

En Macedonia no hay costumbre de tomar postre.

En Liberia sigue existiendo la esclavitud.

La gente de Honduras es muy superficial.

Los ciudadanos de Irán tienen la intención de quedarse allí para siempre.

Dominica se fundó un martes.

La situación política de Granada no es explosiva, pues es un país muy tranquilo.

Bielorrusia es un trozo de Rusia donde abundan el hielo y las erratas.

En Barbados, curiosamente, todos son barbilampiños

La Mancomunidad de Australia es en realidad una Manwomancomunidad.

En Costa de Marfil no han visto elefantes en toda su vida.

En Cuba el ron se guarda en botellas.

En Malta solo se bebe té y café.

En Colombia no veneran, sino que odian a Colón.

Por mucho que le busquen y que le esperen, casi nadie sabe dónde está El Salvador.

 

FIRMA DE LIBROS

 


Un drama nuevo

 

Manuel Tamayo y Baus

(1867)

 

 

          La historia de Un drama nuevo,

          pieza de Manuel Tamayo

          y Baus, va de unos actores

          —unos cómicos muy malos

          que hacen sufrir a las gentes

          en todos sus espectáculos

          con sus actuaciones pésimas—

          que se encuentran contratados

          en la compañía de William

          Shakespeare; ya saben: el bardo

          de Stratford-upon-Avon

          (¡qué cursi nos ha quedado

          esta frase!; en fin: hacemos

          lo que podemos). Contamos

          que en aquella compañía

          se encuentra un actor llamado

          Yorick, que hace de bufón

          (poniendo cara de palo

          e imitando a Buster Keaton),

          espero que sea halla emperrado

          en hacer, para lucirse,

          un personaje dramático.

         

          Y tanto le da la data

          a Shakespeare, le insiste tanto,

          que el otro, hastiado de oírle

          y solo para quitárselo

          de encima, accede y le da

          un papel la mar de trágico,

          de esos que hicieron famosa

          a la Nuria Espert (no estamos

          seguros de que este ejemplo

          resulte el más adecuado,

          pero no se nos ocurre

          ninguno más; prosigamos).

         

          Yorick comienza a ensayar

          más contento que un muchacho

          de esos que se alegran mucho

          cuando les compran zapatos

          nuevos, como dice el dicho.

          Pero, como hemos contado,

          el hombre es bastante infame

          encima de un escenario

          y lo hace tan mal, que Shakespeare

          —que de esto sabe un rato—

          anticipa que el estreno

          será un tremendo fracaso

          y que el público que acuda

          al Globo saldrá indignado

          y perseguirá al elenco

          para correrlo a gorrazos,

          pedirá que le devuelvan

          todo lo que haya pagado

          por la entrada y puede que

          le prenda fuego al teatro.

         

          Así la tragedia se

          masca por anticipado

          y, encima, el primer actor

          —un cafre llamado Walton—,

          dramático habitual

          (y que es a quien han quitado

          el papel más importante

          de la obra para dárselo

          a Yorick) está que trina,

          ofendido y cabreado,

          y planea una venganza

          catalana (aunque es británico).

         

          Hemos de decir que Yorick

          tiene a un joven adoptado

          a quien quiere como a un hijo

          y es también actor. El caso

          es que el hijo se la pega

          con su mujer. Y este dato

          es de todos conocido

          en la compañía (salvo

          por la víctima infeliz

          que lleva los cuernos, ¡claro!).

         

          Al comenzar la función

          (que, por cierto, va de algo

          parecido a lo que ocurre

          en realidad: de un pazguato

          a quien su mujer engaña

          todo el tiempo y a destajo),

          Walton escribe un anónimo

          para el marido burlado,

          dando señales y pelos

          de que se la están pegando

          y lo troca con la carta

          que se lee en el acto cuarto,

          de modo que cuando Yorick

          (que se encuentra interpretando

          pesimamente su parte

          ante un público quemado)

          tiene que fingir leer

          una carta que está en blanco,

          se encuentra con el anónimo

          que explica que le han cornado.

          A partir de ese momento,

          su actuación mejora algo,

          pues ahora siente de veras

          y su nivel sube un grado.

         

          Oculto entre bastidores,

          el traidor, vil y malvado

          de Walton se regodea

          viendo lo que está pasando.

          Mas lo del papel no es todo,

          porque también ha cambiado

          por un puñal de verdad

          el de mentira, el trucado.

          ¿Qué sucede? Que el marido

          le atiza en medio del bazo

          la puñalada al galán

          y este se pone muy pálido

          y se muere de verdad

          en medio de los aplausos

          de aquellos espectadores

          que se encuentran disfrutando

          de una actuación tan realista

          como no la han visto en años.

         

          Cuando Yorick se da cuenta

          del pelo que le han tomado,

          rompe a llorar en escena

          de tal modo que hace un charco

          de lágrimas sobre el suelo

          y maldice por lo bajo

          al drama y quién lo inventó,

          remontándose hasta Baco

          (que es la deidad mitológica

          a la que se ha adjudicado

          la invención del arte escénico

          ya desde los siglos clásicos:

          ese tiempo inmemorial

          del que no nos acordamos).

         

          La cosa no acaba aquí,

          pues sale William al patio

          de butacas y le cuenta

          a aquel público tan sádico

          que, por un error de atrezzo,

          el buen Yorick se ha cargado

          a otro actor y que este ha muerto

          de verdad: no está actuando.

          Luego anuncia otra desgracia.

          Parece que han encontrado

          en un sucio callejón

          a otro intérprete hecho un trapo.

          Es Walton, y más cadáver

          que don Alejandro Magno.

          ¿Quién ha sido su asesino?

          Se ignora (aunque especulamos

          que habrá sido el mismo Shakespeare

          quien le mandó al otro barrio,

          que de tener tal gentuza

          en nómina y trabajando

          para él en sus comedias

          debía ya de estar muy harto).