Ben Hur

 

 

Esta historia es de un judío

conocido por Ben-Hur

que era amigo de un romano:

don Mesala, ¡ya ves tú!

 

Como era rico tomaba

la vida con lasitud.

¿Y qué más tomaba el hombre?

¡Ah, sí! Tomaba vermouth.

Vestía con ropas caras,

con sus volantes de tul,

también con su camisita,

también con su canesú,

con túnicas de brocado

y con un turbante azul

adornado con cien perlas

y una pluma de avestruz

que le había costado un ojo,

pues vino del Camerún.

 

Pues Mesala va y se enfada

y toma con acritud

que del tejado del Ben

—así como al buen tun tun—

le tiren un tejo gordo

para darle en la testuz.

Ni corto ni perezoso,

Mesala coge a Ben-Hur

le prende, le juzga y dicta

la pena de esclavitud.

Ben-Hur dice que le suelten

y el otro, que «Tururú».

 

Pronto vemos al judío

diciendo a su gente «¡Agur!»

y en menos que canta un gallo

(o que rebuzna un cebú)

está remando en trirreme

con rumbo a otra latitud.

Eso no le gusta nada,

porque es Ben-Hur muy gandul

y remar cansa las mollas

y te deja hecho yogur.

 

Tiene suerte, porque hay guerra

eterna, como en Beirut,

y la flota del romano

pronto se queda kaput.

Ben cae al agua y se moja,

grita palabras tabú

y rescata a otro romano

que estaba haciendo gluglú.

 

(Me he metido en un problema

con este romance en ‘u’

y ahora no encuentro las rimas.

¡Me va a dar un patatús!)

 

 

El patricio le prohíja,

le enseña a jugar al mus,

vamos: que le hace un romano

completo, de cara y cruz.

 

Pero hete aquí que Mesala

—que estaba allí y no en Moscú—

le desafía a que corra

ante una gran multitud

con un carro de caballos

de madera de abedul.

Hur accede, corre y mata

en la carrera al besu-

go de Mesala y se venga.

¡Qué a gusto se queda! ¡Uf!

 

¿Pero, y su hermana y su madre

prisioneras en un tu-

gurio infecto? ¿Qué les pasa?

Pues que están llenas de pus

porque es que en Roma hay más lepra

que por los mares del Sur.

 

Pero pasa que se forma

un viento, como un simún

con lluvia que va y las moja

y como un santo champú

lava las llagas de ambas

con milagro y pulcritud.

 

Como ya no queda nada

por hacer, nuestro Ben-Hur

vuelve a Israel, donde aprende

a manejar el laúd,

se compra una alfombra persa,

se compra un perro lulú,

come manjares exóticos

y pimientos con atún,

se lee todas las novelas

escritas por Pearl. S. Buck,

se suscribe al Boston Herald,

estudia a John Locke y a Hume,

visita a muchos amigos,

se hace adicto al Chupa Chups

y se dedica al disfrute,

viviendo mejor que un dux.

 

(Aquí se acaba la historia

del idiota de Ben-Hur

y el majadero Mesala.

La contó Enrique Gallud.)

Un liante entre los clásicos



 

La fundación de Cesar Augusta

 

Crónica histórica (porque todas las crónicas son históricas) del pasado de Zaragoza

  

Caesar Augusta pudo resultar en su momento un lugar polvoriento y hasta oler de una manera peculiar y no especialmente agradable, pero, en cambio, su historia y su legado cultural son apasionantes hasta el paroxismo y dejan patidifuso al estudioso. Fue la principal exportadora de alcaparras del mundo clásico, estaba hermanada con Tegucigalpa y tenía su propio equipo olímpico de ping-pong. Todos sus edificios, tanto sacros como civiles, mantuvieron durante siglos alquileres de renta antigua.

La ciudad se fundó en el año 14 a. C. en que, como recordarán, nevó bastante. Se hizo encima de la ciudad ibérica de Salduie, machacándola de manera inmisericorde.

La colonia tenía 44 hectáreas y varias puertas: unas para entrar y otras para salir. Los caesaraugustanos comenzaron a construir como locos y, al cabo de pocos años, el tráfico de carruajes era ya insoportable.

En el siglo I se remodeló el foro, que pronto se llenó de tiendas y de mendigos peruanos que tocaban carnavalitos con sus quenas y sus charangos. También se construyó un teatro, donde en seguida comenzaron a representarse piezas de Plauto, de Terencio y de Bretón de los Herreros. El arquitecto, amigo íntimo del duunviro (especie de cónsul romano de ámbito local), copió los planos del Teatro Marcelo de Roma y se llevó sus buenos miles de sestercios, inaugurando una duradera costumbre. El teatro era uno de los más grandes de Hispania, con capacidad para albergar aproximadamente a 60.000 espectadores, siempre que estuviesen de pie y no tuvieran inconveniente en apretarse un poco los unos contra los otros. También se hicieron termas para lavarse, aunque los habitantes de la urbe les dieron escaso uso.

Para hacer más cómodos y habitables los alrededores, se trajeron de tierras lejanas tres ríos: el Jalón, el Huerva y el Gállego, que se colocaron en las cercanías de la ciudad, próximos al Ebro, para que le hiciesen compañía.

Los domus o casas pijas unifamiliares proliferaron, con mosaicos de temas mitológicos hasta en el cuarto de la plancha, en los que igual se veía a Júpiter con forma de toro secuestrando a la ninfa Europa que a Leda haciendo porquerías con un cisne, como nos describe el gran poeta Ovidio en su superventas Las metamorfosis.

En el siglo III se erigió una muralla alrededor de la ciudad o se empapeló con papel de flores la que estaba ya de antes.

El retrato de Dorian Grey

 

 

Como muestra de fusión

de un señor con una cosa,

de un humano y un objeto,

de un ser vivo y una obra

no existe ejemplo ninguno

como El retrato de Dorian

Gray, un libro inquietante

y tremebundo de Oscar

Wilde y que se considera

novela de terror gótica,

con connotación faustiana

y un asunto que es la órdiga,

que da canguelo y te pone

toda la piel gallinosa,

el cuerpo pelierizado

y el corazón en la boca.

¿La han leído? Puede ser

que sí, pues es muy famosa,

pero por si acaso hay

alguien que no la conozca,

yo la cuento en este verso

y a otra cosa, mariposa.

 

Trata de un joven, de un dandy

más cursi que una pianola,

un lechuguino británico,

 

un petimetre a la moda

que nunca dio un palo al agua

porque es un lord y aristócrata.

Es dueño de diez castillos,

está montado en el dólar

(bueno: la libra esterlina)

y alegremente derrocha.

Es guapo, tiene ricitos

rubios como una madonna

y piel aterciopelada

y algo melocotonosa,

pero pese a su belleza

es una mala persona

y aquí me quedo muy corto,

porque es más malo que el cólera

y ante la desgracia ajena

se ríe, vamos: se troncha.

 

En una fiesta conoce

a un artista de la brocha

que va y se prenda de él

perdidamente, ¡qué cosas!

Le hace a Dorian un retrato

preciosísimo, de nota,

y el otro le da las gracias

y lo coloca en su alcoba,

pues tiene lleno el salón y

si lo pone allí, le estorba.

 

El joven sigue viviendo

su existencia licenciosa

 

llena de ocio y placeres,

de desenfreno y de tómbolas,

de manjares escogidos

(caviar, paté de foie, ostras,

trufas, chorizo, altramuces

y ensaimadas de Mallorca),

de fumaderos de opio

(y de varias otras drogas

de nombres impronunciables

con las cuales se coloca),

de teatros de varietés

y veladas de la ópera

(escuchando El Parsifal,

Aïda y otras más latosas),

de borracheras continuas

(pues bebe como una esponja

y le da al whisky y al brandy,

al ron, al chinchón y al vodka,

acabando por las noches

con merluzas y cogorzas).

Una vida, en fin, de vicios

y costumbres asquerosas.

 

Una fría noche en que está

en casa tomando sopa

y admirando su retrato,

ve que no desea otra cosa

que no envejecer jamás

y seguir como una momia,

conservando su belleza

y sin una arruga sola.

 

Entonces se obra el prodigio

—aunque al punto no se nota—

y en vez de su rostro es

el cuadro el que se transforma

y se pone poco a poco

más feo que Vargas Llosa.

 

En el siguiente capítulo

Dorian Gray se echa una novia

de nombre Sibyl, que es

más tonta que una alcachofa;

pero a las pocas semanas

le aburren sus carantoñas

y decide abandonarla

con lo que además se ahorra

—lo que no es moco de pavo—

el convite de la boda.

Ella —de quien ya hemos dicho

que era imbécil y hasta idiota—

se lo toma muy a mal,

opta por volverse loca

y se suicida poniéndose

cianuro en la Coca-Cola.

 

Cuando Dorian Gray se entera

de su muerte, no le importa;

no solo eso: el muy canalla

va y se lo toma a chacota.

Pero en su casa contempla

el cuadro y dice: «¡Zambomba!

No me creo lo que veo.

 

Tengo que ir a óptica»,

porque su rostro ha cambiado

y ya no hay quien le conozca:

su faz está avinagrada

como si fuera una anchoa

y su cutis, que era terso,

ahora tiene la carcoma.

 

A partir de aquí se ve

bien por dónde va la cosa:

a medida que el malvado

arma broncas y camorras,

traiciona a diestro y siniestro,

seduce, mata y deshonra,

la cara del cuadro va

poniéndose más odiosa,

con patas de gallo, ojeras,

manchas y verrugas gordas,

por lo que se ve obligado

a esconderlo por la posta

para que nadie se entere

de que el cuadro le devora

y que sus muchos pecados

se le adhieren como goma.

No contaré más detalles

del argumento, que sobran;

iré directo al final

que es morrocotudo: oigan.

 

Después de un montón de crímenes

y más maldades que asombran,

de seducir a mujeres

saltando desde oca en oca,

tras un montón de delitos

merecedores de horca,

Gray medita y considera

que aquello es la repanocha

y se arrepiente, y decide

ser ya bueno, ¡el muy hipócrita!

Para acabar con aquella

maldición tan espantosa

que ha destrozado su vida

y tiene tan mala sombra,

coge un cuchillo de postre,

le saca filo a la hoja

y apuñala su retrato

una y otra vez y otra,

dejando el lienzo, señores,

hecho tiras y tapioca,

cual si lo hubiese cortado

con la navaja de Ockham.

 

Pero, ¡ay!, en el momento

en que lo hace, le explota

el corazón en el pecho

como si fuera una bomba

puesta por un anarquista,

como era entonces la moda.

Queda Gray más muerto que

San Ignacio de Loyola (†1556)

con lo que así se termina

la maldición. ¡Ya era hora!