La comedia que contamos
en este precioso verso
(aunque decirlo nosotros
ya sabemos que está feo)
se titula mismamente
La venganza de don Mendo.
Es una parodia histórica
en cuatro actos, de Pedro
Muñoz Seca, un andaluz
que fue un autor muy
experto
en hacer reír a la gente
y en fastidiar a los
serios.
El protagonista de la
comedia es un caballero
de noble linaje, que es
más godo que Recaredo,
un dechado de virtudes
con tan solo dos defectos
a destacar: el primero
es que es más tonto que
Abundio
(ya saben: aquel del
cuento),
que siempre mete la pata
y arma unos líos
tremendos;
y el segundo, que a pesar
de ser de rancio abolengo
y todo eso, siempre anda
muy escaso de dinero.
Es pobre como las ratas,
sin un real en el talego,
no tiene para comer,
por lo que está muy
famélico
y parece más chupado
que un personaje de El
Greco.
Le gusta la Magdalena
(que es un goloso
confeso),
hija del conde don Nuño,
y ha proyectado el
proyecto
de raptarla y de
llevársela
a algún sitio de paseo,
porque sabe bien que al
conde
no le gusta como yerno,
porque quiere para ella
a un príncipe (por lo
menos)
o a un dentista (que
también
es un oficio muy bueno).
Él la ama intensamente
pero a ella él le importa
un bledo,
así es que para librarse
para siempre de aquel
muermo
le convence de que se
marche a matar sarracenos
a algún lugar. Él no puede
irse ni cerca ni lejos
—mucho menos a la guerra—
como no consiga un
préstamo,
que está a la cuarta
pregunta
y es más pobre que un
maestro
de escuela, no puede dar
de comer ni a su jamelgo
y él mismo tiene tanta
hambre
que mataría por un huevo
frito. Magdalena entonces
le entrega un collar de
hierro
bañado en oro y le manda
a alguna casa de empeños.
Llega entonces una dueña
y anuncia que un caballero
ha trepado hasta el balcón
y entrará en cualquier
momento.
Mendo se emboza y esconde
y ve llegar a don Pero,
con quien Magdalena quiere
casarse, por opulento.
Ambos luchan, se dan
golpes
hasta abollarse los
yelmos,
pero no llega la sangre
al río, pues como un
trueno
sale don Nuño a enterarse
de quién arma aquel
estruendo
que le ha despertado
cuando
estaba en su mejor sueño,
soñando en algo que no
contamos, porque era
obsceno.
Don Mendo, para explicar
su presencia allí, en un
gesto
noble que le honra un
montón
y muestra que es caballero
de esos que tienen honor
—aunque muy poco cerebro—,
para no liar a la chica,
larga a todos un camelo:
les dice que es un ladrón
que se entró en el
aposento
para robar un collar
con objeto de venderlo
y sacarse unos reales
para pagar al casero.
Le detienen enseguida
para llevárselo preso
y es entonces cuando sabe
que ella no le ama ni un
pelo.
Él ha jurado no hablar
y mantener el secreto,
pero al verse traicionado
Mendo se pone estupendo
y mientras es aherrojado
lanza al cielo un
juramento
que hace temblar las
columnas
y rajarse los espejos:
a poco que pueda se
vengará de todos esos
malvados que le han tomado
por el pito del sereno.
El preso ya se ha chupado
más de un mes de
cautiverio
en una triste mazmorra
donde hay restos de
esqueletos,
ratas, ratones, arañas,
bichos, sapos y culebros.
Es, en fin, como imaginan,
un calabozo muy puerco.
Mendo se halla encadenado
con un tremendo mosqueo
y recuerda mucho a Segis-
mundo de La vida es sueño.
Un día —martes y trece—
viene a verle un carcelero
jorobado, que es más raro
que un acento circunflejo,
y le cuenta una noticia
que le deja patitieso:
la boda de Magdalena
se celebrará un día de
ésos
y mientras ella se casa
él está haciendo el
canelo.
Allí se presentan todos
y a él no le llega el
chaleco
al cuerpo, como se dice
vulgarmente; tiene miedo,
temor, pavor y además
un poquito de canguelo.
Sin embargo, al verla a
ella
el corazón le da un
vuelco.
Mendo tiene una porrada
de honor y ha de
mantenerlo
y no delata a la harpía,
porque es cabezón y terco.
Como ven que ha confesado
ser ladrón, caco y ratero,
ninguno de los presentes
da un duro por su pellejo.
Magdalena exige que
lo maten sin perder tiempo
y que antes, por
diversión,
les cercenen algún
miembro:
un pie, una mano, una
oreja,
la nariz o algo de dentro.
El conde aplaude la idea
y se inventa un cruel
tormento:
emparedará al ladrón
y dejará un agujero
para que saque una mano
con el anillo en el dedo,
para que cuando allí
lleguen
excursiones del IMSERSO
a visitar el castillo
sepan dónde está su
cuerpo.
Se marchan. Llega Moncada,
amigo del prisionero,
que ha urdido para sacarle
de prisión un plan
perfecto.
Ha conseguido agenciarse
en el mercado a buen
precio
un cadáver en perfectas
condiciones, aunque
muerto.
Dejarán el cuerpo en la
torre en el lugar del
preso
y don Mendo escapará
bajo el hábito de un
clérigo.
Dicho y hecho. Él se
disfraza
para marcharse muy lejos
y tras lograr que le
olviden,
cuando haya pasado un
tiempo,
volverá para vengarse
de aquella panda de
abyectos
y hasta que no mate a
todos
no quedará satisfecho.
Desde lo contado antes
han pasado seis inviernos,
veranos y primaveras
y once otoños por lo
menos.
Magdalena se ha casado
y Pero tiene más cuernos
que un ñu, un alce, un
cebú,
un corzo, un ciervo o un
reno,
que ella tiene un lío de
cama
con el rey Alfonso
Séptimo,
un tipejo repelente
que es una bola de sebo
y que no solo está gordo
sino también está obeso
y que, aparte de otros
vicios,
es un rey muy mujeriego,
como es costumbre en
España
desde tiempos de
Tartessos.
Don Mendo llega de
incógnito,
porque tras teñirse el
pelo
y rasurarse la barba
ha quedado como nuevo,
viene metrosexual,
garrido y con buen aspecto
y las hembras ve en él
solo a un fermoso mancebo.
Regresa para vengarse
tras un penoso destierro,
pero como hay que comer,
tiene que ganarse el
sueldo
desempeñando el oficio
de trovador andariego.
Ha sido muy oportuno,
pues llega cuando hay
festejos
y la gente está propensa
a fundirse todo el sueldo.
Tiene cuatro moras que
se quitan los siete velos
y hacen unas contorsiones
que te entra dolor de
huesos
solo de verlas. Y hay una,
Azofaifa, que, en
concreto,
ama locamente a Men-
do y está como un
cencerro.
Magdalena ve al juglar
y enseguida pierde el
seso;
y como es bastante
imbécil,
no reconoce a don Mendo.
Se le insinúa, coquetea
y él la trata con
desprecio.
Entonces ella le pide
que se citen en secreto
para hacer cosas de esas
que se denominan sexo
y que son tan populares
en uno y otro hemisferio,
desde Groenlandia en el
norte
hasta la Tierra del Fuego
en el sur. Don Mendo
accede
a servirle de bombero,
ya que si ella arde de
amores,
él puede apagar su fuego.
Al cabo de poco rato
el monarca con su séquito
aparece por allí,
que sale a tomar el fresco
un rato, antes de cenar.
Y el juglar peripatético
echa mano del laúd,
en el que es un rato
diestro
tras haber hecho tres años
de cursillos por correo.
Canta un romance en que
cuenta
sus conflictos con don
Pero,
la traición de Magdalena
y algunos otros sucesos
como si fuera una historia
tomada del Romancero.
Magdalena se desmaya;
vamos, que se cae al suelo
y se da una costalada
que le hace un daño
tremendo,
quedándose con la
incógnita
de cómo ha sabido aquello
aquel trovador hermoso,
si siempre ha sido un
secreto.
Al otro día, en una gruta
tiene lugar el enredo,
porque el rey planea pasar
un ratito muy ameno
con su amante; y Magdalena
quiere ver a su mancebo;
y la reina, que posee
carácter de gallinero,
se ha encaprichado del
«prota»
a quien ve con embeleso.
En fin, tras varias
escenas
que son solo de relleno,
Mendo se descubre a Magda.
Ella cree que es un
espectro
y se desmaya otra vez
dándose un morrón inmenso.
Mendo, cuando vuelve en
sí,
la agarra por el pescuezo
y no la mata allí mismo
porque ella sale corriendo
como alma que lleva el
diablo
y se salva por los pelos.
Por otro lado suceden
otro montón de sucesos
sucesivamente: el rey,
como tiene muy mal genio
y no aguanta que le
chisten,
monta bronca con don Pero.
El duque de Toro tiene
un importante cabreo
y al ver su honor hecho
migas
por un cretino, aunque
regio,
para no vivir sin honra,
se autoinflige un
descabello.
Cuando muere, contra
Alfonso
saca la espada su suegro.
El rey hace que se gire
diciéndole: «¡Mira eso!»
Y cuando el conde se
vuelve
con rápido movimiento,
el rey usa este despiste
para atravesarle el pecho
con una espada que estaba
muy afilada exprofeso,
comprada en una excursión
que hizo una vez a Toledo.
Entonces sale la mora,
que se encontraba al acecho,
acusando a Magdalena
de haber armado el jaleo.
Ella niega y Azofaifa,
para demostrar su aserto
—y vengarse ya de paso
de aquella que le dio celos
y le hizo sufrir la tira—,
efectúa un sortilegio,
un abracadabra árabe
que resucita a los muertos.
Pregunta quién es culpable
de aquel lío tan horrendo
y los dos muertos, a una,
la señalan con el dedo.
La mora, con un puñal
que medía metro y medio,
le sacude a Magdalena
con un odio congoleño.
Don Mendo, en aquel instante,
aparece del bracero
de la Reina, ocasionando
un follón que ni te cuento.
Ve fiambres a los dos nobles,
que ya empiezan a estar tiesos,
y a su lado a Magdalena,
con un pie ya en el infierno.
Con un grito atroz y horrísono
se dice: «¿De quién me vengo
ahora, si ya no queda
nadie a quien matar? ¡He hecho
un ridículo espantoso
y he quedado como un necio
para el resto de mis días,
sin comerlo ni beberlo!».
¿Qué puede hacer un señor
de hidalgo temperamento
en situación tan extrema?
Van enseguida a saberlo.
Don Mendo se lía la manta
la cabeza, y el cuello
corta a Azofaifa, y pincha
con su puñal (¡ya iba siendo
hora!). Y se muere veloz
por no malgastar el tiempo.
Aquí se acaba esta historia
de honor, venganza y magreo,
que ha dado mucho que hablar.
¿Qué moraleja aprendemos?
Que quien ama a las mujeres
no solamente es un memo,
sino que acaba muy mal,
como se ve en este ejemplo.
Por eso, lo más sensato
es seguir nuestro consejo:
si quieres querer a alguien
es mejor comprarse un perro.