HUMORADAS
de
Enrique Gallud Jardiel
de
Enrique Gallud Jardiel
LA LITERATURA PARA EL PLACER. EL ATAQUE A LOS MAJADEROS. LA SÁTIRA DEL MUNDO.
La cura mundial
(Cuentín moralizante)
—Perdonen que les moleste, señores.
Todos los ocupantes del vagón de Metro fruncieron el ceño y se dijeron: «Otro pedigüeño molestando».
—Soy mago —continuó el desconocido, levantando las dos manos, como si la policía le fuera a detener—. He adquirido enorme poderes, meditando en una cueva en los Himalaya, y ahora he venido a emplearlos para el bien de los hombres. Voy a curarles de todos sus males. Ahora mismo.
Antes de que los viajeros pudieran asimilar estas palabras, uno de ellos se levantó de su asiento y gritó:
—¡¡Veo!! ¡Soy ciego de nacimiento y ahora veo!
—¡Ya no me duele la espalda! —gritó otro.
Como se pudo comprobar luego, todos habían quedado aliviados de sus males.
No solo ellos. Todos los enfermos del planeta. Los poderes de aquel ser eran, en verdad, prodigiosos. La humanidad al completo quedó curada de repente por aquel milagro.
Los hospitales se vaciaron. El mundo vivió una breve época de felicidad sin parangón y los homenajes al Benefactor, como se le llamó, parecía que no iban a acabar nunca.
Los médicos, sin embargo, no estaban felices, ni los enfermeros ni otros muchos profesionales del ramo, porque todos se quedaron sin trabajo.
El Benefactor murió asesinado a los pocos meses. Dicen que fueron las farmacéuticas, pero nunca se pudo probar.
Quevedo va a la cárcel por presumido
(Antesala del palacio del buen Retiro. Sale el Conde-Duque de Olivares, gordo, y Francisco de Quevedo, cojo y miope. Vienen hablando de sus cosas.)
Olivares.—Siéntate.
Quevedo.—No hay ninguna silla, Excelencia.
Olivares.—Ya lo sé, pero es lo que se suele decir al empezar una audiencia. Vamos al grano. ¿Tienes idea de por qué te he mandado llamar?
Quevedo.—No tengo ni el más remoto barrunto, Excelencia.
Olivares.—¡Venga, Quevedo! No me seas marrullero. Sabes perfectamente de qué va la cosa. No te hagas el listo conmigo, que nos conocemos.
Quevedo.—Le aseguro a Su Excelencia que no me imagino qué hago aquí.
Olivares.—Pues yo te lo contaré. Ayer, nuestro bienamado monarca se dispuso a comer y ¿qué dirías que se encontró?
Quevedo.—¿Una mosca en la sopa? ¿Una cucaracha, quizá? (Tras una pausa.) ¿Dos cucarachas? El servicio de limpieza de palacio deja mucho que desear.
Olivares.—Tienen razón los que dicen que eres maestro en tomarle el pelo a la gente, caballero Quevedo. Nuestro rey se encontró un memorial.
Quevedo.—(Ingenuamente.) ¿Un memorial en la sopa?
Olivares.—¡Necio! ¿Te burlas de mí? Un memorial bajo la servilleta. Llevaba allí varios días.
Quevedo.—Pues eso quiere decir que nuestro rey es un cochino de tomo y lomo, si se me permite la expresión, ya que ha hecho varias comidas sin limpiarse la boca.
Olivares.—Tu lengua es venenosa. Pero no toleraré esos dardos. Si el rey se limpia más o menos no es de lo que se trata aquí, sino de una hoja vil, con viles argumentos y escrita con tinta también vil que llegó a sus ojos de forma traicionera.
Quevedo.—¿Y qué tengo yo que ver con la triste realidad de que a nuestros gobernantes haya que engañarles para conseguir que lean? ¿Qué ponía el memorial?
Olivares.—Nadie mejor que tú lo sabe.
Quevedo.—¿Yo, señor?
Olivares.—¡Claro! Todos estamos convencidos de que fuiste tú quien lo escribiste.
Quevedo.—¿Yo escribir algo gratis? Os habéis equivocado de autor.
Olivares.—Sí. Ese es el único aspecto de este asunto que me despista. Pero, bueno, supongamos por un momento que no lo hubieras escrito tú.
Quevedo.—Es que no lo he hecho.
Olivares.—Quiero conocer al responsable.
Quevedo.—¿Y yo que sé quién es?
Olivares.—Puedes saberlo. ¿No eres tú el más grande de nuestros poetas?
Quevedo.—Sí, eso es verdad.
Olivares.—¿No tienes una exquisita formación clásica? No has leído Aristóteles, a Epícteto, a Séneca y a todos esos pelmazos?
Quevedo.— (Orgulloso.) Los he leído.
Olivares.—¿No eres tú, muerto Lope, el príncipe de nuestras letras?
Quevedo.— (Halagado.) Sí, lo soy, en efecto.
Olivares.—¿Y el que más sabe y entiende de literatura?
Quevedo.—Me abrumáis; pero, sí: tenéis razón. Yo soy todo eso.
Olivares.—Entonces no tendrás dificultad en ayudarme a resolver este asunto. Juzga el estilo. Tú conoces bien a todos esos seres abyectos, cochambrosos y repelentes que pululan por la Corte.
Quevedo.—¿Os referís a los poetas?
Olivares.—A ésos. Lee el texto y di quién pudo haberlo escrito. (Le da un papel que Quevedo lee.)
Quevedo.—«Católica, sacra y real majestad, / que Dios en la tierra os hizo deidad, / un poeta pobre sencillo y honrado...» (Aparte.) ¡Mecachis! ¡Esto es muy bueno! ¿Quién lo habrá escrito? (Sigue leyendo para sí).
Olivares.— (Tras un rato.) ¿Te dice algo el estilo?
Quevedo.—Así… a bote pronto, no.
Olivares.—Tiene que tratarse de un autor de primera fila, porque los acentos están bien puestos y eso es raro. No tiene faltas de ortografía. Puede que no haya en la Corte arriba de tres o cuatro escritores capaces de tamaña proeza. ¿Pudo haber sido Fulanito? Es un autor muy bueno.
Quevedo.— (Gritando.) ¡¡No!! Fulanito es un inepto que no sabe rimar. No puede ser el autor.
Olivares.—¿Y Menganito?
Quevedo.—Menos aún. Menganito es torpe y no domina la medida, mientras que estos versos están muy bien estructurados.
Olivares.—¿Qué me dices del famoso Zutanito? Quizá fue él.
Quevedo.—¡Quia! Zutanito es un hortera y carece del refinamiento y la cultura necesarios para distinguir un terceto encadenado de una sopa de berros.
Olivares.—Entonces, ya está: tiene que haber sido Perenganito. No hay otra posibilidad.
Quevedo.— (Aparte.) Realmente el verso parece de Perenganito: el estilo y el léxico se parecen mucho a los que él emplea habitualmente.
Olivares.—Aparte de la injusta crítica que le hace a mi gobierno, he de reconocer que los versos son excelentes.
Quevedo.—No tanto, no tanto. No exageréis, Excelencia.
Olivares.—A mí me lo parecen y creo que yo entiendo algo de letras. Opino que son sublimes.
Quevedo.—(Aparte.) ¡Que me aspen si permito que Perenganito se lleve la gloria de estos versos!
Olivares.—Todo está ya resuelto. Gracias por tu colaboración, Quevedo. Puedes irte. Mandaré apresar de inmediato a Perenganito y haré que le torturen hasta que confiese. Morirá en el cadalso o se pudrirá para siempre en una prisión; pero indudablemente estos versos, que son su perdición en vida, le darán gloria imperecedera tras su muerte y su nombre será universalmente alabado por las generaciones futuras. Ya imagino lo que dirán: «Perenganito, el insigne poeta, muerto a manos del cruel Olivares, entra caminando orgulloso en el Panteón de la Gloria».
Quevedo.—(Explotando.) ¡Eso sí que no!
Olivares.—¿Cómo?
Quevedo.—¡Que no lo voy a tolerar!
Olivares.—¿Qué quieres decir?
Quevedo.—Perdonad, Excelencia. Perenganito no ha podido escribir estos versos.
Olivares.—Yo creo que sí.
Quevedo.—¡No! Debo confesarlo todo: yo soy el autor de ese memorial.
Olivares.—¿Tú, Quevedo? ¿De veras?
Quevedo.—(Tirándose al río.) Yo.
Olivares.— (Tras una pausa.) No me lo creo.
Quevedo.—¡Que sí, diantre, que soy yo, que fui yo!
Olivares.—Bueno: si insistes...
Quevedo.—Yo hice poner el escrito en la mesa del rey para… para… ¿Para qué lo hice? ¿Qué pone exactamente el memorial?
Olivares.—Tú debes saberlo, si eres el autor como aseguras.
Quevedo.—Veréis, Excelencia: es que no me acuerdo muy bien; lo escribí hace ya días… Y, además, tengo tantas obras entre manos que me confundo.
Olivares.—El memorial decía que el rey era un berzotas.
Quevedo.—¡Ya! ¡Ahora me acuerdo de lo que escribí! Efectivamente: un berzotas.
Olivares.—Que era grande, pero como los pozos: más grande cuanto más tierra les quitan.
Quevedo.—(Aparte.) Un símil muy original el de Perenganito. ¡Maldita sea su estampa! (Alto.) Exacto, eso decía.
Olivares.—Y que yo era el mayor bribón que han conocido las Españas.
Quevedo.—Bueno, eso era sólo una forma de hablar, una figura retórica, vamos.
Olivares.—Pero ya que has confesado, estoy dispuesto a perdonarte todo.
Quevedo.—(Suspirando aliviado.) ¡Aaaaah!
Olivares.—Claro que mi perdón es sólo a nivel personal.
Quevedo.—¿Y eso qué significa?
Olivares.—Significa básicamente que Gaspar de Guzmán y Pimentel, el hombre, te perdona. Pero el Conde-Duque de Olivares, valido del rey, no tiene más remedio que encarcelarte.
Quevedo.—¡Vaya!
Olivares.—De por vida.
Quevedo.—¡Vaya, vaya!
Olivares.—En un sitio muy frío.
Quevedo.—¡Vaya, vaya, vaya!
Olivares.—Y húmedo.
Quevedo.—¡Vaya, vaya…! En fin, me detengo, porque esto parece no acabar.
Olivares.—Pagarás cara tu traición a la corona. (A los soldados que están en la puerta.) ¡Lleváoslo!
Quevedo.— (Aparte, mientras le sacan a rastras.) La vanidad me ha perdido. ¡Malditos sean Perenganito y el padre de Perenganito! ¡Anda, y qué ocurrencia lo del memorial...! ¡Ya se podía haber estado quietecito!
La décima explicada
(Espinela sobre la espinela)
¿Quién inventó la espinela?
Pues fue Vicente Espinel
quien la puso en el papel,
como se enseña en la escuela.
Aunque décima se apela,
se llamó espinela antes
y sus partes contratantes
consisten en versos diez
que han de incluir a la vez
cuatro rimas consonantes.
Riman el cuarto y primero
versos junto con el quinto;
el segundo es ya distinto
y con el que es el tercero
tiene que andar del bracero;
para que el verso sea ameno
el octavo y el noveno
la riman compartirán,
que sexto y séptimo están
con el diez, pues no hay onceno.
La décima es una forma
de verso bastante guay
y entre todas las que hay
que respetan una norma
es la que menos deforma
el sentido de lo escrito,
que es poema pequeñito
de dimensión adecuada
y no cuesta casi nada
que te salga bien bonito.
La muerte de Julio César
Vamos a contar aquí
la muerte de Julio César,
que no falleció de anginas
ni de fiebre tifoidea,
sino de unas puñaladas
dadas con mano certera,
repartidas sabiamente
entre el cuello y las caderas,
entre un costado y el otro,
entre el bazo y la azotea.
La cosa comenzó el día
que dijo la frase esa
que se sabe todo el mundo;
ya saben cuál digo: «Alea
jacta est», lo que equivale
a decir que no hay más cera
que la que arde y que la Historia
le obligaba, puñetera,
a dar un golpe de estado,
a liarse a la cabeza
la manta y cruzar el río
Rubicón, que entonces era
(como dicen los imbéciles)
una «zona de no-guerra».
Como fuere: fue y lo hizo.
Y toda la patulea
de Roma le aclamó mucho,
bendijeron a su abuela,
le sepultaron en flores,
dieron vítores con fuerza
que casi le dejan sordo
y mostraron su aquiescencia
a acabar con la República
en unánime revuelta
y apoyar la dictadura,
que es una forma concreta
de gobierno que consiste
en que mande un sinvergüenza.
César, por todos sus actos,
tenía una fama tremenda:
conquistó toda la Galia
y un barrio de Pontevedra,
y cuando fue a Alejandría
hizo arder la Biblioteca.
Esto gustó mucho en Roma,
donde la tirria era intensa
al clan de los Ptolomeos,
por lo que hubo una gran juerga
entre los romanos cuando
lo leyeron en la prensa.
Además de estas hazañas,
César tenía cosas buenas,
le adornaban mil virtudes:
sabía tocar la muñeira
en una gaita que le
regaló un amigo celta;
tenía enormes aptitudes
para tenor de zarzuela;
podía recitar a Horacio
y pintar a la acuarela;
su mente era tan potente
que hasta comprendía el teorema
de Pitágoras, el griego;
era un tremendo estratega;
sabía redactar mejor
que Cervantes y Saavedra
juntos; según sus amigos,
hacía el arroz con almejas
mejor de todo el Imperio
Romano, con diferencia;
no sólo esto: era guapo,
hermoso y de gran belleza,
por lo que ligaba mucho,
debido a su buena percha;
no era calvo, no, ¡qué va!,
como la Historia nos cuenta
(escrita por enemigos),
sólo sufría alopecia,
una disfunción pelar
e insuficiencia melénica,
pero, con arte e ingenio,
solventó pronto el problema
y se encargó un peluquín
hecho con pelo de cebra
que la antiestética calva
le disimulaba entera.
Más César era ambicioso.
Quiso dominar la tierra:
Hispania, Galia, Bretaña
Murcia y hasta el Congo Belga,
por lo menos; se creía
que era el Alfa y el Omega,
poseía un ego más grande
que todo el Imperio persa
y era un tío más flamenco
que la Niña de la Puebla.
Así es que el hombre tenía
metido entre ceja y ceja
ser el dictador de Roma
con toda plenipotencia
y para ello estaba listo
a armar la marimorena.
Pero no nos dilatemos:
vamos a entrar en materia.
Al saberse que Julito
preparaba una revuelta,
los senadores, reunidos
a la hora de la merienda
—y tras tomarse tres tazas
de Cola-Cao con galletas—,
ni cortos ni perezosos
emprendieron la tarea
de conspirar en su contra
y pensar una estrategia
para librarse de él
y acabar con el dilema.
«La cosa no se resuelve
con ponerle una querella»,
dijo alguien. (No damos nombres,
que chivarse es cosa fea.)
«Según opinión de muchos,
César es una culebra
que se le ha enroscado a Roma
y le sube por la pierna»,
dijo otro. «Agradecería
que nos evitaras esas
comparaciones que haces
y que resultan tan desa-
gradables», le interrumpieron.
Otro iba a echar una arenga,
pero el líder, muy prudente,
le cortó la verborrea
diciendo: «La solución
es trágica, cual Medea,
pero no hay otro remedio:
¡hemos de endiñarle mecha!
Si tenéis fuerza y valor
todo irá como la seda.
Y si alguien se achanta, ya
sabe dónde está la puerta.
¿Estáis de acuerdo?» «¡Lo estamos!»
«¡Muy bien! Pues ya sólo queda
el cómo, el cuándo y el dónde».
(No piense mal el que lea;
no juzgue mal a estos tipos
viendo el crimen que planean,
pues comparados con Julio,
que estudiaba para déspota,
aquellos carcas traidores
parecían ser de izquierdas.)
La conversación siguió
hasta la hora de la cena.
«¿Le matamos en el Foro
cuando esté pasando cuentas
o cuando vaya a hacer jogging
junto al templo de Minerva?»
«¿Quién le pinchará primero?»
«Sorteemos papeletas
con nuestros nombres.» «¿Y cuándo?
¡Hay que elegir una fecha!»
«En marzo, que ya no llueve.»
«Tenemos aquí un problema:
no poseemos puñales.»
«Haremos una colecta
para comprar tres o cuatro,
o quizá media docena.»
«O uno y lo vamos pasando,
y así ahorramos.» «¡Buena idea!»
Por fin llegó el día fatídico
que inspiró muchas comedias
a Shakespeare y a otros señores
que no tenía materia
ni imaginación y usaron
la vida de Julio César
(yo estoy haciendo lo mismo:
no me lo tengan en cuenta.)
Dicen que hubo mil prodigios:
luces en el cielo, grietas
en las paredes, los gatos
maullaban por peteneras,
había tigres en las calles,
abogados y otras fieras.
Los presagios avisaban
de que lo sensato era
pasarse el día en la cama
y no aventurarse fuera,
para evitar los fantasmas
y no romperse una pierna,
que el asfaltado de Roma
siempre estaba hecho una pena.
Calpurnia, supersticiosa
y asustada hasta la médula,
aconseja su marido
que no acuda a la asamblea:
«No vayas al Capitolio:
diles que tienes paperas».
Pero César, emperrado
en que es un día de faena
y en que no hay que hacer ni caso
de trasgos y de pamemas,
desayuna y con su toga
se dirige con presteza
a su oficina (el Senado)
para ver lo que se pesca.
Unos tipos con aspecto
de no haber dormido esperan
a que llegue el dictador
y suba las escaleras.
El líder de los rebeldes,
al ver que César se acerca,
dice: «Limpiad el puñal.
Morirá, mas con asepsia».
Un segundo conjurado
saca el cuchillo (que era
alquilado por un día
y había que darlo de vuelta)
y se lo muestra a la víctima,
que enseguida se da cuenta
de que van con las del beri
(eso se veía a la legua),
de que ha metido la pata
y que, en realidad, hubiera
debido quedarse en casa
y hacer caso a la parienta.
Quiere evitar su destino
usando su don de lenguas,
por ver si puede liarles,
y exclama: «¿No os da vergüenza?»
Pero se ve interrumpido.
«¡No estamos para monsergas!»
Y entonces los asesinos
emplean la contraseña
(que, por cierto, consistía
en tocarse con la yema
del meñique la nariz,
sacando a un tiempo la lengua)
y como chacales fieros
dan un salto hacia su presa
dispuestos para una es-
cabechina, ¡los muy bestias!
César, que les ve venir,
la palma con gran presteza
del corazón, sin dar tiempo
a que se acerquen siquiera.
Muriendo así se libró
de pagar sus hipotecas
y en lo que respecta a él
allí acabó su tragedia.
Claro, queda su agresor,
a quien pilla por sorpresa
el infarto y se detiene
gritando: «¡Maldita sea!
¡Y yo que he estado ensayando
a apuñalar con destreza...!
Hemos hecho un gran ridículo.
¡Marte, qué suerte más perra!»
«No pasa nada», asegura
el líder. «Si se planea
algo, ha de llevarse a cabo.
Aunque esté muerto no es ésa
razón de no apuñalarle,
pues no le hace diferencia.
Acabemos de una vez
con lo nuestro y ¡allá penas!».
Dicho y hecho: los rebeldes
se metieron en materia
con lo que al fin y a la postre
le sacaron las mantecas;
de cuchilladas le dieron
al menos varias docenas,
pues le estuvieron pinchando
al menos una hora y media
sin parar, porque le apu-
ñalaban de pura inercia,
y le pusieron perdida
de sangre la vestimenta;
y así, al final, parecía
no un político ni un césar,
ni siquiera un hombre, sólo
mermelada de frambuesa.
Esta historia de ambiciones
contiene una moraleja:
a las gentes no les gustan
los hombres que las superan
en gloria, seso o virtudes.
Todos los mediocres llevan
muy mal que haya hombres mejores.
Y por eso, si te dejas,
en la primera ocasión
ponen tu nombre a una esquela.
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