(Adaptación
teatral de un clásico)
(La acción en 1955, el año en
que Mao Zedong cogió las paperas. A Ramsdale, un poblacho asqueroso en Nuevo
México, ha llegado un turista: el primero que va por allí desde que hay
constancia. Es Humbert, un
profesor de literatura a quien le gusta mucho la poesía de Emily Dickinson, que
es la poetisa que suele gustar a los profesores de literatura estadounidenses,
quizá porque no tienen otra. El hombre busca una habitación para alquilar.
Llega a la casa de Charlotte Haze
y, ¿qué hace?: pues pedir que le enseñen el cuarto, claro está. La acción
comienza al cabo de un rato. En escena, Charlotte,
que es una mollosa cuarentona de enorme busto y pintadísima que los cincuenta
ya no los cumple, y Humbert, que
tiene un perfil griego, aunque en una moneda, y que tampoco está en la edad del
acné. La habitación es extremadamente cochambrosa.)
Charlotte.—(Mirando a Humbert
con embeleso, porque se ve que, o ha recibido un flechazo cupídico o la mujer
está muy necesitada y acepta lo que le venga.) ... y la cena se sirve a las ocho, pero podemos
adelantarla, si usted prefiere.
Humbert.—(Sin poder disimular el asco que le producen tanto la casa
como su dueña.) Me gustaría quedarme aquí
para siempre, señora...
Charlotte.—(Melosa.) Haze.
Humbert.—¿Cómo?
Charlotte.—(Recogiendo velas.)
Que mi apellido es Haze, pero puede llamarme Charlotte. Es más íntimo.
Humbert.—(Intentando no ser hiriente.) Señora Haze, no se lo tome a mal, pero no es esto lo que
estoy buscando.
Charlotte.—(Poniéndole ojitos.)
¿Pues qué busca usted?
Humbert.—Estas habitaciones me parecen pequeñas.
Charlotte.—(Pegándose a él con su enorme delantera y sin dejar de
sonreír.) ¿Entonces es usted un amante del tamaño?
Humbert.—¡¿Pero qué dice?! ¡Y qué hace, señora Haze!?
Charlotte.—(Más insinuante, si es posible, y pegándosele aún más.) Le aseguro a usted, señor Humbert, que nada le faltará
conmigo... en esta casa. Si alquila las habitaciones, disfrutará usted de su
estancia como no puede ni imaginar.
Humbert.—(Dispuesto a ponerse grosero para librarse de todo aquello
de una vez y apartándola de sí.) Mire
usted, señora mía: no me gusta todo esto: no me gusta su casa.
Charlotte.—(Muy contrariada.)
¡Pero el precio es muy barato!
Humbert.—Pero yo no tengo problemas de dinero: tengo muchos
ingresos. Y su casa, como le digo, me parece un asco.
Charlotte.—¿Un asco?
Humbert.—Dos ascos; o tres, incluso. Está muy sucia.
Charlotte.—(Desolada.) ¿Qué dice
usted?
Humbert.—Las manchas de la moqueta son anteriores a la Segunda
Guerra Mundial, el papel de las paredes está hecho jirones, las sábanas parecen
alquiladas a un burdel con muchos clientes y las cucarachas del baño tienen el
tamaño de ratones de campo.
Charlotte.—¡Ratones de campo!
Humbert.—(Iniciando el mutis.)
Así es que gracias por su tiempo, pero yo me voy. ¿Dónde está la salida?
Charlotte.—(Agarrándole, desesperada.) ¡Pero Humbert, yo quiero que te quedes conmigo!
Humbert.—(Zafándose.) Suélteme,
señora. ¡Pero qué se ha creído! Es usted un foca reprimida.
Charlotte.—¡Una foca!
Humbert.—A juzgar por los bigotes, sí.
Charlotte.—(Llorosa y cogiéndole de una manga.) ¡Humby, no te vayas!
Humbert.—¿Humby?
Charlotte.—(Arrojándose de nuevo en sus brazos.) ¡Sé mi amante! ¡Te deseo!
Humbert.—(Soltándose y dirigiéndose a la puerta.) ¿Dónde me he ido a meter? ¡Socorro!
(En la puerta aparece Lolita. Es una hermosísima y
apetitosísima niñita de doce añitos cumpliditos la semana pasadita. Lleva una
bata muy ceñida al cuerpo. Al verla, Humbert se detiene y la mira intensamente.
La quiere saludar, pero no le salen las palabras.)
Humbert.—¡Fuirestos cías!
Lolita.—¿Cómo dice?
Humbert.—(Recuperándose un poco y sin quitarle de encima la
esclerótica.) ¡Que muy buenos días!
Lolita.—(Viendo a Charlotte llorando en un rincón y haciéndose
cargo de lo que ha pasado, que seguro que no es la primera vez que sucede.) Mama: vete.
Charlotte.—¿Eh?
Lolita.—Que te vayas. Déjame a mi tratar con este caballero.
Charlotte.—(Haciendo mutis, aún llorosa. A Humbert.) ¡Mal hombre!
¡Me has hecho sufrir!
Lolita.—(Tras una pausa.) Usted quería alquilar unas habitaciones, ¿no es así?
Humbert.—¿Lo sabe?
Lolita.—Claro: he escuchado detrás de la puerta.
Humbert.—Entonces sabrá que su mamá me ha... que su mamá...
Lolita.—(Interrumpiéndole.)
Que le ha querido meter mano: lo sé. Pero no hay que tomársela muy en serio. Es
que en mi familia somos así.
Humbert.—¿Somos?
Lolita.—(Coqueta.) Sí: a mí
también me gusta mucho abrazar a los hombres. Resulta muy agradable.
Humbert.—(Aparte.) ¡Caramba!
(Bueno, el personaje no diría
«Caramba», porque eso no se puede traducir. Diría algo inglés como «Good
Heavens!» o cosa parecida.)
Lolita.—Mi mamá es que es muy pasional.
Humbert.—Muy pasional.
Lolita.—Sí; como yo.
Humbert.—¿Y qué edad tienes tú?
Lolita.—Doce, pero estoy muy mayor. ¡Mire!
(Se quita la bata y aparece
vestida con un bikini en el que el fabricante ha ahorrado costes en tela.)
Humbert.—(Empezando a sudar y comiéndosela con la mirada.) Ya veo.
Lolita.—Por cierto: ¡qué calor hace aquí!
( Y Lolita empieza a quitarse cosas para ponerse más fresca.)
*
(Como ustedes comprenderán, la
escena se acaba aquí, porque, al intervenir una menor, la corrección política
imperante no nos permite que la continuemos. A Vladimir Nabokov se le dejó
escribir esto en 1955 y a nosotros en el 2025 no se nos deja. Luego dicen que
el mundo avanza. En cuanto al argumento, tendrán ustedes que imaginarse lo que
sucede a continuación y decidir si Humbert
y Lolita pasan el resto de la
tarde jugando al parchís o bien al Monopoly).