Umberto Eco, 1988
Diotallevi, Casaubón
y Belbo, tres camaradas,
tienen una editorial
en una ciudad de Italia
(pongamos que es en Milán
y no en Mantua ni en Ferrara),
dedicándose a cobrarles
las liras a paletadas
a los ilusos «autores»
que se avienen a pagarlas
y es porque la autoedición
es lo que da más ganancias.
Los tres son aficionados
a conspiraciones varias
y hacen apuestas por ver
cuál es la más insensata:
si son los illuminati,
los rosacruces, la cábala
los que mandan en el mundo
sin que nadie sepa nada.
Pero hete aquí que un buen día
les trae un tipejo mil páginas
que supuestamente indican
de manera detallada
secretos de los templarios
y que aportan hasta un mapa
de las corrientes telúricas
de la bolita terráquea
y las antenas que emiten
todas estas fuerzas mágicas.
El hombre desaparece
(porque ya no le hace falta
el autor en la novela),
pero les deja picada
la curiosidad a todos
y se deciden —por chanza—
a unificar las teorías
conspiratorias más raras
que promulgan los que están
más orates que una cabra.
Dicho y hecho. Se procuran
una novísima máquina
(un procesador de textos
al que llaman Abulafia)
y meten en él mil datos
que inventan sobre la marcha
para unir las sociedades
secretas y sus chorradas
en una conspiración
internacionalizada
que mantiene que las guerras
que hubo desde las Cruzadas
las ha provocado una
institución muy malvada
que controla lo telúrgico
para hacer barrabasadas,
para dominar el mundo
haciendo su santa gana.
La llaman «El Plan» y juegan
un tiempo, hasta que se cansan.
Pero ¿qué sucede? Pues
que ha sido tan acertada
su invención, que los fanáticos
que por esto se entusiasman
se creen que es de verdad
y lanzan una campaña
para apresar a los tres
y torturarles con tanta
crueldad como se precise
para saber dónde se hallan
las corrientes energéticas
de las que Abulafia habla,
ya que la computadora
es lenguaraz redomada,
A partir de ese momento
comienza el follón y se arma
la de Dios es Cristo. Dio-
tallevi ve el panorama
y elige morirse antes
de que vengan en comanda
para cargárselo. A Belbo
lo secuestran y lo mandan
a París, porque parece
que en la capital gabacha,
en el Museo de Artes
y Oficios, en una sala,
el péndulo de Foucault
es el sitio en que se marca
el lugar del mapa en donde
están las fuerzas buscadas.
Casaubón compra un billete
(consiguiendo una rebaja)
y, para salvar a Belbo
de los malos, se va a Francia.
Entra en el Museo. Se esconde
debajo de una peana
(no sabemos cómo lo hace,
que es tarea complicada)
y presencia la tortura
que aquella turba fanática
da a su amigo, que asegura
que allí no hay nada que valga
la pena, que era una trola
más enorme que una casa
de más de cuarenta pisos,
con piscina en la terraza.
Los sectarios no le creen
y, como son muy canallas,
le cuelgan del mismo péndulo
y luego salen por patas.
Viendo que la situación no
tiene maldita la gracia,
el pobre de Casaubón
en cuanto que puede, escapa,
vuelve a su país natal
y se esconde en una granja
(durmiendo concretamente
en el sitio de las vacas),
aunque sabe con certeza
mortal que cualquier mañana
llegarán los neotemplarios
con intenciones muy malas
y le darán matarile
de la manera más rápida.
Aquí acaba la novela.
La moraleja es diáfana:
si subes algo a las redes,
si compartes con la basca
tus datos o tus ideas,
puedes meterte en un drama
más tremendo que el de Otelo
o que el de Bernarda Alba.
Para tu seguridad
te doy un consejo: apaga
tu ordenador y tu móvil,
líbrate de esa amenaza
y juega al parchís, lee un libro,
haz ciclismo, planta plantas,
haz colección de estampitas,
haz macramé, monta en barca,
domestica cocodrilos,
juega al mus, toca la flauta,
vete a visitar parientes,
fríe huevos, haz gimnasia,
haz cualquier cosa en el mundo
menos entregar tu alma
a esa virtual realidad,
que no hay cosa más macabra.