Marconi

 

Bonita biografía brebe de un bersátil y claribidente inbentor del siglo beinte. 

(A esto se le llama «inercia ortográfica».)

 

 

Guglielmo Marconi fue un verdadero pionero del mundo moderno.

¿Por qué?

Porque fue el primer hombre en solicitar un cambio de apellido por vía judicial. Lo hizo eliminando una ‘i’ de su apellido, porque su patronímico original (Mariconi) le había causado graves molestias durante su etapa escolar.

(También inventó la radio.)

Como a todos los grandes genios, a Marconi se le negó el acceso a la universidad y hubo de contentarse con montar en laboratorio en un ático que tenía en el sótano, lo cual ya entraña su dificultad.

Marconi no partió de cero. Entre los ilustres físicos a los que robó ideas se cuentan Maxwell, Hertz, Branly y otros señores igual de desconocidos. Parece ser que para la conceptualización de su invento se inspiró en una famosa canción popular gallega que aseguraba que «ondiñas venen, ondiñas venen e van». Con ello, y consultando el opúsculo Los trabajos de Hertz, su perro y alguno de sus sucesores, así como el texto de una conferencia que el científico británico Oliver Lodge pronunció sin beber agua un jueves de abril en la Royal Institution de Londres, Marconi se puso a la tarea y registró la patente de su invento, empleando para ello el dinero que tenía apartado para la ortodoncia de su hija.

(Ésta, al no poder corregir sus dientes, quedó fea, no se pudo casar, se metió monja, fundó un monasterio, marchó a misiones y fue devorada por la tribu de los Mau-Mau. Gracias a este sacrificio, hoy podemos beneficiarnos de la sabiduría de los tertulianos que pueblan nuestras emisoras.)

El 12 de diciembre de 1901, a la hora de merendar, Marconi consiguió transmitir una señal (la letra ‘s’ del código Morse, que era la única que se sabía) desde San Juan de Terranova, a 3.250 kilómetros del otro sitio, que no sabemos cuál es. No existía explicación para este comportamiento de las ondas radioeléctricas, por lo que Marconi ni se molestó en preguntarse qué había pasado.

La radio se popularizó enseguida, sobre todo gracias a su humanitario uso durante la Primera Guerra Mundial. Los náufragos del «Republic» (1901) y del «Titanic» (1914) también se beneficiaron de su uso.

A continuación se perfeccionó la válvula de diodo (?), después el triodo (?) y luego, más cosas.

Marconi recibió el Premio Nobel de Física en 1909, aunque lo tuvo que compartir con el ingeniero alemán Karl Braun, inventor de la batidora eléctrica.

Marconi pensó en invertir el dinero obtenido en algún proyecto filantrópico y humanitario de relevancia internacional, pero al final su pragmatismo le llevó a comprarse un yate de recreo, al que puso por nombre «Electra», en recuerdo de una tortuga que había tenido de pequeño.

En el yate instaló su laboratorio y bogó sin parar. En 1923 se afilió por correo al Partido Fascista. Su ascenso social fue vertiginoso. En 1929 ya era marqués. En 1930 ya era miembro de la Academia Italiana. Y en 1937 ya era cadáver, porque se murió.

Su fallecimiento conmovió a toda Italia, que lo celebró con cucañas y bailes del país, porque el hombre era un imbécil de mucho cuidado.

Vincent Van Gogh

 

Destriparé aquí la vida

de un señor que fue pintor

amateur o aficionado,

porque es que nunca cobró

por un cuadro ni un florín

(situación que le llevó

a una pobreza extremada

y poco colesterol,

pues sólo comía los lunes,

no poseía ni un perol,

ni jamás vio una chuleta

ni supo qué era el arroz).

 

El tipo del que les hablo

era don Vincent Van Gogh,

un hombre con mala suerte,

una figura contro-

vertida del diecinueve,

que en su vida no logró

ni vender una pintura

ni hacer una exposición.

(Miento: que a su hermano Theo

un cuadro le colocó

—por empeño de su madre—

que mostraba un girasol

de color verde aceituna

sobre un campo de algodón,

detrás de unos tulipanes

que crecían con fervor

en una playa del trópico

cercana a Sebastopol.)

 

¿Por qué no vendió más cuadros,

se preguntará el lector?

La razón es bien sencilla

y a dar la respuesta voy:

«Sus cuadros eran muy feos,

aunque se diga que no».

Bien es verdad que hoy se venden;

y que cuestan un pastón,

alcanzando en las subastas

un precio muy superior

que el de algunos calzoncillos

de alguna estrella de rock

(pero hay gente que está loca

y muy propensa a hacer ton-

terías cuando, de pronto,

deja su medicación).

 

Vincent madrugaba mucho

para ir a sacar carbón

en una mina asquerosa

y, un día, se suicidó;

no bebiéndose cianuro

ni leyendo a Hegel, no,

sino yéndose a un trigal

y allí pegándose con

gran indiferencia estoica

y certera precisión

entre el píloro y el bazo,

un tiro con un cañón.

(Este dato, que parece

que es una exageración,

lo he sacado de la «Wiki»,

no me lo he inventado yo.)

 

Luego hicieron una «peli»:

El loco del pelo ro-

jo, con Anthony Quinn

y Kirk Douglas, con guión

tomado de una novela:

Lust for Life, de Irving Stone;

dirigida por Vincente

Minnelli y que ganó...

Esperen: no gano nada.

Y es justo, porque era un ro-

llo de padre y señor mío,

una inmensa aburrición,

pero que tuvo la suerte

de gustar a los esnobs

lo que le valió a Vicente

subir su cotización.

El general Custer

 

          En la famosa batalla de Little Big Horn («Pequeño gran cuerno» ¡Eh! ¿Cómo? ¿Qué porquería de traducción es ésa? No, si la traducción está bien. Pero, entonces, ¿qué clase de nombre es ése? Estos americanos, tan absurdos como siempre.)

          En aquella famosa batalla —decíamos— los guerreros sioux (y también algunos comanches que estaban de visita y a los que se invitó a participar en la juerga), masacraron al Séptimo de Caballería un 25 de junio de 1876 (que amaneció nublado, aunque luego se despejó).

          Contemos, para ilustración de nuestros lectores, cómo y por qué sucedió la cosa. Y hagámoslo desglosando un poco.

 

Protagonista 1º:  George Armstrong Custer, que siempre hizo por tener fama de duro, quizá para compensar que en el colegio, para tomarle el pelo, los compañeros pronunciaban su apellido como Custard («natillas»). A decir de sus arruinados biógrafos (porque los libros sobre su vida no se vendieron casi nada), era hombre al que no le gustaba nada obedecer, por lo que ingresó en el ejército para defender ese adagio latino tan famoso que ahora no recuerdo pero que dice que el hombre es un animal absurdo. Se dejó desmesuradamente largo su sedoso cabello de color pajizo, por lo que los cheyennes le conocían como Tsêhe’êsta’éhe, que significa «el blanco que se lava menos que los otros».

 

Protagonista 2º: Toro Apeado (porque, cuando se bajaba del caballo, ya no tenía sentido llamarle Toro Sentado).

 

Protagonista 3º: Nube Roja, sioux de gustos un tanto más delicados que los de sus compañeros de masacres (¿Ven con qué elegancia he dicho lo que quería decir?)

 

Protagonista 4º: Caballo Loco, que no era Tiro Loco McGraw (el amigo de Huckleberry Hound), sino un caudillo sanguinario, llamado así porque le gustaban mucho las alcachofas fritas (no sabemos qué tiene que ver esto con que llamaran lo del caballo, pero es que el hombre blanco nunca ha conseguido entender por entero a los pueblos indígenas).

 

Campo de batalla: Los alrededores que estaban en la vecindad de las cercanías próximas a las inmediaciones limítrofes y contiguas que había junto a los confines propincuos y adyacentes a las riberas del río Little Big Horn. (¡Uf!)

 

Razones socio-políticas del conflicto: «Quítate tú para ponerme yo». El Presidente Grant quiso reservar a los indios (léase «meterlos en reservas») y los indios dijeron que a la reserva iba a ir Mrs. Catherine Pomfried (la tía del Presidente Grant). Se envió una expedición de castigo contra los cheyennes, organizada por un burócrata que no tenía ni idea del tema (¿les suena esto de algo?).

 

Suceso concreto: Los indios les sacudieron a base de bien a los del 7º de Caballería.

 

Cochinadas: Custer, arrinconado, mandó a sus hombres que mataran a sus propios caballos para que les sirvieran de parapeto o trinchera. (A partir de aquí, las tropas de Custer dejan de darnos pena.)

 

Consecuencias: Los indios mataron a Custer, que murió, quedando completamente muerto.

Los otros valientes estadounidenses murieron con las botas puestas (aunque luego los sioux se las quitaron para cocinarlas).

          No hubo supervivientes, a excepción de un caballo yanqui, al que se consideró héroe nacional, se disecó y se exhibió en la Universidad de Kansas. (¡Palabra que es verdad!)

          Según algunos historiadores, las tropas de Custer ofrecieron poca resistencia.

          Y, según los datos que he encontrado bebiendo en distintas fuentes (algunas de sabor asqueroso), la causa eficiente de ello fue que no vieron venir a los indios porque estaban soberanamente borrachos.

La gran aventura del Dr. Livingstone

 


Comedieta de exploradores

 

(Una cuasi impenetrable selva tropical en lo más recóndito del África Austral. Salen el Dr. Livingstone, famoso explorador inglés, rentista, miembro de la Royal Geographic Society y del Reform Club, de salacot, y el Porteador negro resignado, con taparrabos, como mandan los cánones.)

 

Dr. Livingstone.—¡Qué sofocante calor hace en esta selva!

Porteador negro resignado.—¡Sí, bwana!

Dr. Livingstone.—Un mosquito se ha atrevido a picarme.

Porteador negro resignado.—Sí, bwana: suele pasar con frecuencia.

Dr. Livingstone.—Pero ¿por qué me ha picado?

Porteador negro resignado.—Los mosquitos pican, bwana.

Dr. Livingstone.—Sí, pero es que yo soy inglés.

Porteador negro resignado.—Los mosquitos de la selva no saben eso.

Dr. Livingstone.—Deberían saberlo.

Porteador negro resignado.—A mí me pican todo el rato.

Dr. Livingstone.—Eso me parece normal. Hagamos un alto.

Porteador negro resignado.—Aún queda mucho camino, bwana.

Dr. Livingstone.—Son las cinco. (Pausa larga.) No me mires con cara de no entender nada. Son las cinco, te he dicho.

Porteador negro resignado.—Sí, bwana.

Dr. Livingstone.—La hora del té.

Porteador negro resignado.—¿...?

Dr. Livingstone.—Me servirás el té.

Porteador negro resignado.—¿En la selva, bwana?

Dr. Livingstone.—¡Pues claro!

Porteador negro resignado.—¿Y de dónde voy a sacarlo?

Dr. Livingstone.—¡Qué pregunta tan absurda! ¿Pretendes que yo la responda?

Porteador negro resignado.—Con todo respeto, sí, bwana.

Dr. Livingstone.—Tú eres el criado y yo tu amo. Servir el té es tu deber. Cada persona debe responsabilizarse de las obligaciones inherentes a su clase social. Ésa es la base de la civilización. ¿O es que tú no quieres ser civilizado?

Porteador negro resignado.—Esto..., sí, bwana; supongo que sí quiero serlo.

Dr. Livingstone.—Pues entonces tráeme el té y las pastas. Y, por supuesto, que no se te olviden las tostadas y la manteca.

(El Porteador se va y de su éxito en su misión de obtener té y pastas depende el futuro de Occidente. Si no hubiera podido conseguirle la manteca al inglés en medio de la selva, Inglaterra no hubiera podido mantener sus colonias y seguir siendo la dueña del mundo. Pero el Porteador ha cumplido.)

Porteador negro resignado.—(Saliendo con los bártulos.) Aquí está el té y las demás cosas, bwana.

Dr. Livingstone.—Veo que hay manteca abundante. ¿De dónde la has sacado?

Porteador negro resignado.—Será mejor que no lo pregunte, bwana.

Dr. Livingstone.—¡Así me gusta!

(Los valores occidentales se han salvado y el Dr. Livingstone se dispone a merendar, orgulloso de haber defendido la supremacía de Inglaterra sobre el mundo salvaje.)

TELÓN