Lope de Vega

 

Biografiamiento con exageramientos hiperbolizosos

Esta loa barroca tributa elogiamientos merecídicos al escribiente que fue objeto de las prefericidades de sus contémporos. Porque, ¿qué decir de Lope de Vega, ese tío inmenso?

          Pocos son los adjetivamientos que le llegan a la suélida zapática, pues fue un autor estupendioso, magnificesco y genialítico.

          Contaros he, ¡oh, lecturadores!, detallosidades de la insolitez de su vida y el importantismo de su escritismos, por más que mi limitesca prosa no dé idea adecuante de su filurcia.

          Nació Lope un soleadítico día del año Señórico de 1562. Cursó estudiamientos latínicos y españólicos y con prontidez se despertuvo en él la capacidez de poesizar a placidez con esforzosamiento minimesco. Entablilló amoreces relacionosas con Elena Osorio y por este causamiento fue extraterrado por una periodez octoáñica.

          A su volvimiento, Lope se puso raptoso con Isabel de Urbina, con quien entablizó esposez. Tras poquidad tiémpica se voluntarió para la Invenciosa, donde fue somantado pálicamente. Obitada su marida, no hizo cesación en la mantenencia de relacionalidades ilegalosas, padreando una numeresca progeniada.

          En sus años ultimosos se sacerdoció. Allá por el 1635 se puso muriente.

          Lope fue poetasco sobresalido y extremísticamente originaloso. Sus versismos fueron muy apreciazudos por sus contemporíticos y se hallan insertizados en todas las antologuezas literescas.

          Sin embarganza, tuvo multiplosos enemigamientos con otros literaturizantes, como Luis Gongoroso y Juan Ruiz Alarquiano, quien le hostiguearon con hiriosas satiricidades.

          Lope obtuvizo una enormidez de sobresalismo en todos los genéricos que cultivizó. Pero su contribucismo más destacoso es en el generismo teátrico, donde hizo multiplescos innovamientos.

          Puede decirse sin equivocalidades que a Lope se debe la crearcia del dramaturgamiento nacionalítico. Él sentizó la basalidad de las argumentancias, los situacionalidad, el personudio y demás elementamientos esenciosos que imitizaron sus continuantes.

          Obras destacudas: Fuenteovejosa, Peribáñez o el comendadero ocáñico, El cánido huertoso, La mozosa cantarera, El villusco en su rinquicio, El castigamiento sin vengancidad, Las famadas asturiosas, El caballante olmediano, La damisca bobosa, etc.

 

Robin Hood

 

Cuento medieval donde la realidad abofetea despiadadamente a la ficción

 

 

          —Ya están ahí otra vez, Robin.

          —¿Otra vez? ¿Cuántos son, Little John? («Juanito». Nota del traductor.)

          —Bastantes.

          Robin se quitó el sombrero, ornado de una pluma verde, se tiró del pelo hasta arrancárselo y se lo volvió a poner (el sombrero, no el pelo).

.         —¡No lo aguanto más! —gritó.

          —No podemos hacer nada. Habrá que darles el dinero.

          —Y nos quedaremos de nuevo sin blanca. Yo no sé quién les ha dicho a toda esa panda de vagos que yo robo a los ricos para dárselo a los pobres. ¡Hay que ser estúpido! Robar a los ricos no es nada especial. Es lo lógico. ¿Quién va a querer robar a los pobres? O, dicho de otra manera: a los pobres ¿qué se les puede robar?

          —Ha sido el recaudador, estoy seguro. Se permite dar limosna a costa nuestra. Como no puede impedir que le robemos, ha hecho correr la especie de lo de tu filantropía y así, por lo menos, el pueblo tiene otra vez el dinero y él se lo puede volver a quitar. Si lo tienes tú, ya no lo vuelve a ver.

          —Es listo, el fuckin’ [«el jodío». Nota del traductor]. La verdad, John, estoy desesperado. ¿Qué podemos hacer?

          —Podemos traspasar el bosque a otro bandido e irnos a otro lugar.

          —¿Traspasar el bosque con bicho dentro?

          —¿Qué bicho?

          —Los pobres.

          —Sí, claro.

          —No será tan fácil. Pero fíjate que me estás hablando de abandonar nuestra tierra en manos de un malvado usurpador.

          —Bueno: también Ricardo «Corazón de León» es hijo bastardo.

          —Eso también es verdad.

          —Y en cuanto a los impuestos, me han dicho que en tierras normandas y en los reinos de la península todavía es peor, así es que no nos podemos quejar.

          —Y ¿a dónde iríamos?

          —No sé. Al norte.

          —¿Con los highlanders? John: tú estás mal de la cabeza. ¿Yo con falda?

          —Se llama kilt.

          —Como se llame. ¡Robin Hood con falda! ¿Qué diría la posteridad?

          —No sé qué tiene de particular. Ahora llevas mallas.

          —No es lo mismo. Tú sabes bien que no es lo mismo. Además, esos tipos no sueltan el dinero así los mates.

          —Podemos ir a Tierra Santa, a combatir a los infieles.

          —¡Quita, quita! ¡Con el calor que hace allí!

          —Te puedes lavar.

          —¿A la fuerza? Estás hablando de trastocar nuestro modo de vida... Nuestras más queridas tradiciones...

          —Son nuevos tiempos, Robin. El mundo cambia muy deprisa y debemos cambiar con él.

          —No sé. Me lo pensaré.

          —Pues decídete pronto, porque esto no es vida.

          Llegó entonces una muchedumbre de piojosos campesinos, dando «¡Hurras!» y «¡Vivas!» a Robin Hood, y se lo llevaron en hombros, para sacarle los cuartos.

Pemán, poeta del régimen

 


Se trata de Don José María Pemán y Pemartín. Pero su apellido suele aparecer mal escrito y mal pronunciado.

          Su verdadero apellido era Pelmán.

          En la salada claridad y el sonoro ámbito de Cái nació este insigne autor, por mayo, cuando hace el calor, con el gozo del mes y el cántico de la estación. (¡Cáspita! ¡Qué fácil es dejarse arrastrar por el estilo más inmundo!)

          El año de su nacimiento fue 1897; en cambio, el de su muerte no fue ese, sino otro, 1981. ¡Ya ves tú! ¡Cosas que tiene la vida! Pero, en fin, dicen los que saben que en la variedad está el gusto.

          Desde su tierna infancia descolló/descuelló (como no estoy seguro pongo los dos, para no pillarme los dedos) como poeta en la revista de su colegio. Fue el prototipo del repelente niño Vicente andaluz.

          Estudió Derecho. Se doctoró. Fue miembro de la Academia. Se hizo muchas fotos.

          Fue el poeta del régimen, porque sufría del hígado y no podía tomar fritos ni grasas ni nada por es estilo. No obstante, Franco le quería mucho, de eso no cabe duda.

          Yo no le leo, pero me cae simpático. Quizá porque no le conocí.

          En su estilo se hallan reminiscencias de esos dos grandes poetas salmantinos que fueron Gabriel y Galán.

          Un ejemplo de su estilo:

 

«Viví como un peregrino,

que, olvidando los dolores,

pasó cogiendo las flores

de los lados del camino.»

 

¿Cabe algo más original?

          Era un autor trasgresor e imaginativo. Cuando escribió una comedia sobre la historia de Romeo y Julieta, la tituló Julieta y Romeo.

          Ganó más juegos florales que arenas tiene el mar o que estrellas lucen en el firmamento. Baste decir que los jurados de los concursos literarios a los que no se presentaba él declaraban desiertos todos los premios.

          Se destacó por su ternura y delicadeza. He aquí un párrafo revelador: «El Estado reservará toda su dureza depurativa a todos los intelectuales que optaron claramente por lo antinacional, lo masónico, lo judío o lo marxista. Para ellos, la salvación es imposible». (¡Huy! Creo que me he equivocado de cita. Yo quería poner otra.)

          Publicó libros curiosísimos. Unos de ellos, Lo que María guardaba en su corazón, no solo era curiosísimo el libro, sino que iba dirigido a lectores que también eran curiosísimos, porque leerse eso ya son ganas de escudriñar en la vida privada de las personas.

          Otro libro fue Mis almuerzos con gente importante. Pero sus encuentros con Franco no se recogen ahí, sino en otra obra distinta, titulada precisamente Mis encuentros con Franco, de donde deducimos que Franco habló con él, sí, pero nunca le invitó a almorzar.

          Sobre Pemán se han escrito párrafos como el siguiente:

          «En su honor se recogió sobre sí mismo ese simbólico pañuelo con que la ciudad gaditana se despide de todas las empresas líricas y de todos los afanes cósmicos de Europa» (Federico Carlos Sáinz de Robles, Ensayo de un diccionario de literatura, vol. II, Aguilar, Madrid, 4ª edición, 1973, pp. 915-916.) (Incrusto aquí con calzador el dato bibliográfico para que nadie crea que me lo invento, pues quiero dejar claro que yo no soy capaz de maltratar tanto al querido idioma español. La moraleja es que, cuando nace un cursi que escribe, no tarda en nacer otro más cursi todavía, que lo glosa.)

 

Herman Melville, aduanero famoso

 Biografía escueta de esas que nos permiten enterarnos de los pormenores de la vida de los cretinos

 

 

          Herman Melville, nacido en Nueva York y muerto en 1891, fue el padre de la ballena «Moby Dick», un hecho en cuyos detalles preferimos no entrar.

          Fue uno de los escritores que se desencantaron de la práctica de la literatura porque tampoco con ella lograban ligar. De joven Melville desempeñó numerosos oficios manuales como granjero, empleado de banca y profesor de filosofía. También viajó por medio mundo en un banco cachalotero, vivió entre caníbales en los Mares del Sur, residió en Honolulu (donde no le sirvió su carné de conducir), fue encarcelado en Tahití y corrió muchas aventuras, principalmente para no pagar a los acreedores.

          En 1851 publicó su obra más ambiciosa, Moby Dick. Trata de la persecución que el capitán Acab, un puritano, hace de una ballena blanca que simboliza el mal. En aquella época, todos los protagonistas de novelas tenían que ser puritanos, so pena de que la novela no se publicase. Por otra parte: ¿qué había hecho de malo la ballena? Pues nada. Se entiende que la persigue por ser blanca, porque no le parece bien que las ballenas no sean grises, como Dios manda.

          Pese a la fama que lograría más tarde, la novela fue en su día un tremendo fracaso económico. La razón: era demasiado gruesa para calzar mesas y demasiado estrecha como para servir como instrumento contundente contra los vendedores de aspiradoras a domicilio. Durante la vida de Melville no se llegó a agotar la primera edición de 30 ejemplares (creo que aquí falta un cero o dos). Además, recibió muy malas críticas porque se desencuadernaba con facilidad y la tinta olía a rayos.

          Desalentado, Melville decidió abandonar definitivamente la literatura y, de paso, a su mujer, que tenía una sola ceja que le cruzaba la frente de extremo a extremo.

          ¿Qué hizo entonces?

          Buscó trabajo y se convirtió en empleado de aduanas del puerto de Nueva York. Pero pronto pidió el traslado a Denver, Colorado, donde había menos trabajo, pues fondeaban menos barcos. Conservó este empleo durante diecinueve años, hasta que se jubiló. Desde el momento en que se hizo funcionario, Melville no escribió absolutamente ni una sola línea. Vivió olvidado de todos. Sin embargo, obtuvo bastante dinero de sobornos como para comprarse una cabaña de oro macizo en los montes Anirondaks u otros parecidos.

          La obra de Melville no fue suficientemente reconocida en su día y actualmente está igual y merecidamente olvidada, pues —no hay más remedio que reconocerlo— es bastante plúmbea.

          Pese a ser lo que allí se denomina «first division bore» (pelmazo de marca mayor), Melville está considerado uno de los principales novelistas de los EE.UU. Bien es verdad que no tienen mucho donde elegir.