HUMORADAS
de
Enrique Gallud Jardiel
de
Enrique Gallud Jardiel
LA LITERATURA PARA EL PLACER. EL ATAQUE A LOS MAJADEROS. LA SÁTIRA DEL MUNDO.
Romeo y Julieta
Capuletos y Montescos,
dos familias en vendetta
de la ciudad de Verona,
famosa por sus paellas.
En una nace Romeo,
en otra nace Julieta.
¿Quién nace en dónde? No sé,
pero no hace diferencia.
¿Tan antigua enemistad
cuándo empezó? No se acuerda
nadie, ni falta que hace.
El caso es que si se encuentran
ambos bandos por la calle
hay cadáveres a espuertas,
por lo que no tiene paro
el gremio de plañideras.
El destino, caprichoso,
hace una vil jugarreta
y el cretino de Romeo
va a emborracharse a una fiesta
y se enamora a lo bruto
de una doncella coqueta.
Ella, entonces, al muchacho
al principio no le encuentra
especialmente atractivo,
porque él, por una apuesta
se ha presentado en la casa
disfrazado de hamburguesa
y, tras echarse dos bailes,
le ha dejado todas llenas
de ketchup sus vestiduras
hechas de brocado y seda.
Pero luego, entre los dos
saltan dos chispas eléctricas,
él va y se salta la valla
del jardín a la torera,
y ella se salta el decoro
y se vuelve pizpireta,
y él salta de la alegría,
y luego salta sobre ella,
y a nosotros nos asalta
enseguida la sospecha
de que en el primer asalto
de aquella amorosa guerra
ambos han quedado K.O.
y chafado las apuestas.
A partir de este momento
el amor de la pareja
es ardiente como el fuego,
dulce como una galleta,
resistente como el hierro,
monumental como Lérida,
es honesto cual novicia,
serio como una abadesa,
poderoso cual tornado
y embriagador cual taberna.
Un tal fray Lorenzo casa
en secreto a la pareja
que se ahorra de esta forma
listas de boda y tarjetas.
Pero Romeo, un buen día
que se halla comprando setas
en el mercado con ánimo
de hacerlas a la cazuela,
tiene un mal encontronazo
con un sujeto que apesta,
con Teobaldo, que es un primo...
que es un primo de Julieta.
Se mira, se reconocen,
Teobaldo saca la lengua
y le hace burla a Romeo,
que enseguida se cabrea
y le insulta: «¡Vil! ¡Tontaina!»
El otro le abofetea.
Ambos se escupen. Romeo
coge y le tira una berza
que había allí mismo a Teobaldo
dándole entre ceja y ceja.
Su enemigo, con un rábano...
(Mas fue muy larga pelea
y no he de contarla toda,
señores, que el tiempo apremia.)
El caso que es va y lo mata
y el príncipe le destierra
y Romeo se va a Mantua
sin casi hacer la maleta.
A Julieta se le ocurre
la estratagema perfecta.
Fingirá su propio óbito
con pócima farmacéutica,
engañará a su familia,
que creerá que está bien muerta,
y escapará con su amado
sin que nadie se dé cuenta.
Mas Romeo ha de saber
que es tan sólo una pamema
su defunción, y una carta
le envía por la estafeta.
(No sé si es así la historia
o es el fray o una alcahueta
quien lo tiene que decir.
Mejor será que me lea
el cuento antes de narrarles
el final de la tragedia.
O mejor: me salto un cacho
y así el problema se arregla.)
Él cree fiambre a su amada
y, el muy copión, se envenena.
Cuando Julieta después
se despierta y despereza
y contempla hecho piltrafa
al que antaño fue guaperas,
se atiza con un puñal
entre la quinta y la sexta
con fuerza tal que el temblor
hace olas en Venecia.
Esta historia nauseabunda
de italianos majaretas
no gusta a nadie al principio,
nadie a nadie se la cuenta,
hasta que llega un inglés
(que está muy falto de ideas
y tiene que robar muchas
para escribir sus comedias)
y va y la pone de moda
en la corte elisabeta.
Desde entonces y debido
a que los necios respetan
cualquiera majadería
si viene de Angalaterra,
esta historia es conocida
de Vladivostok a Huelva,
Verona es más visitada
que el Monasterio de Piedra,
Romeo se hace más famoso
que el Minotauro de Creta
y Shakespeare gana más pasta
que Camilo José Cela.
Jorge Llopis
Mucha gente no recuerda —o conoce— a Jorge Llopis; y hace mal, porque este buen señor fue el autor de uno de los libros más divertidos que se han escrito jamás: Las mil peores poesías de la lengua castellana, donde hacía, en sus propias palabras, «critica donosa y suavito cachondeo de las reglas y normas que aprietan de lo lindo a los poetas, apretón que se llama preceptiva literaria».
Además autoró[1] una graciosísima comedia muy representada en los circuitos aficionados: Los Pelópidas (básicamente una mezclilla cómica de la Odisea y de Edipo rey de Sófocles), que, junto con La venganza de don Mendo de Pedro Muñoz Seca y Angelina o el honor de un brigadier de Enrique Jardiel Poncela, forma la trilogía de las reconocidas mejores parodias del teatro hispano.
Mi madre era muy amiga suya le había representado algunas de sus obras. Las comedias de Llopis ya dejaban claro en su título su ingenio (Susana quiere ser decente, Genoveva de Bramante, Niebla en el bigote, La tentación va de compras o Si te mueres, nos casamos).
Estuvimos con él —mi madre y yo—varias tardes en el café Dorín[2], en 1973, creo recordar. Yo era un chaval y me divertí mucho con aquel señor muy simpático (y algo melifluo) que derrochaba en su conversación mil bromas que, puestas en una comedia, le hubieran supuesto muchas risas del público y muchos duros.
Llopis se enfrentó en vida a dos problemas. El primero fue que se llamaba igual que otro comediógrafo de su tiempo —Carlos Llopis—, por lo que muchas veces se les confundía. Y el segundo es que su teatro de los años sesenta tuvo que competir con el fenómeno de Alfonso Paso, que por ser muy afín al Movimiento (falangilófilo, diríamos), copaba los teatros de su tiempo.
Durante aquella tardes de charla y tortitas con nata, Llopis no dejaba de apuntar cosas en un cuaderno, al tiempo que conversaba sin perder el hilo.
«Tomo notas», dijo, «porque todos los que escribimos tenemos cada día cien ideas magníficas, pero se nos olvidan al cabo de un minuto. Es preciso apuntarlas. La regla primera del escritor es: no guardes en la cabeza lo que puedes tener en una lista, porque las listas son mucho más fiables que las cabezas».
Así es que aquella fue la primera vez que vi a un escritor en funcionamiento, porque todo aquello que apuntaba pasaría luego a sus libros y a sus comedias. Era la primera instrucción que yo recibía de un escritor de verdad.
«Eso lo aprendí de tu padre», le dijo Llopis a mi progenitora, refiriéndose a Jardiel, de quien él se declaraba abiertamente discípulo. «Porque Jardiel se espió a sí mismo una vez durante veinticuatro horas y apuntó todo lo que se le había ocurrido. Luego lo publicó todo junto en un artículo. Resultaba apabullante la cantidad de argumentos, frases y detalles que surgieron en esas horas».
Esta norma de práctica literaria me ha servido muy bien durante mis años adultos, porque tengo varios cuadernos repletos de temas para cuentos, comedias y versos. He acumulado muchísimo material y no podré usarlo todo en esta vida. Si alguno de mis descendientes se dedica a esta grata y a la vez ingrata tarea de ser escribidor, los heredará y empezará su carrera literaria con ventaja.
¡Gracias, Llopis, donde quiera que estés, si es que estás en algún sitio, por aquel consejo tan útil!
El nombre de la rosa
(Esta narración se debe
a Umberto (sin hache) Eco,
un profesor de semiótica,
que ¡sabe Dios lo que es eso!)
El caso es que la novela
gustó mucho en su momento
y hasta hicieron una «peli»
que dio bastante dinero.
«Ahora que soy ancianito
y estoy bastante decrépito
quiero contarles mi historia,
porque si voy y me muero
ya no la podré contar.
Mi nombre es Adso de Melko.
¿Qué puedo decir de mí?
Fui fraile y lo sigo siendo.
Y nunca pensé salirme
de mi orden, pues prefiero
pasarme la vida orando
que hacer de picapedrero.
Mi historia trata de crímenes,
robos, mentiras, incendios,
laberintos, manuscritos,
abades y cillereros,
inquisidores, verdugos,
herejes y majaderos.
(Me temo que he destripado
casi todo el argumento
antes de empezar siquiera
a hablarles de fray Guillermo.
Como no me dé más prisa
estamos aquí hasta enero.)
Pues el caso es que llamó
el abad de un monasterio
a fray Guillermo de Bas-
kerville, un inglés muy serio,
alto, chupado, delgado,
(en fin: un saco de huesos)
para ejercer el oficio
de Hercule Poirot del convento,
de Sherlock Holmes franciscano,
de Chuck Norris del Medioevo.
Yo fui su ayudante entonces:
vi al gran hombre desde dentro,
le lavé los calcetines,
compartí con él mi queso,
heredé su par de gafas
y le ayudé en el misterio
del robo del manuscrito...
Pero otra vez me estoy yendo
de la lengua, adelantando
cosas que pasaron luego.»
Como el narrador se cansa
porque está bastante viejo
sigo contándoles yo
aquel asunto tremendo.
Resumiendo, que es gerundio:
Un fraile bastante bello
aparece asesinado,
luego otro, ¿se llama Bencio
el primero o el segundo?
(Creo que me estoy confundiendo.)
Luego matan a un tercero,
después del tercero, al cuarto,
y luego al quinto y al sexto.
No se sabe quién ha sido,
que el asesino es discreto.
Todo apunta a que el motivo
del escabechinamiento
es un manuscrito antiguo
escrito en idioma griego
sobre un pergamino en tela,
no sé si tergal o fieltro.
Para resolver el caso
tienen que meterse dentro
de la inmensa biblioteca
que está más fría que el hielo,
donde hay ratones y moho
y un mal olor del infierno.
Además, es laberíntica
y sin un plano completo
del sitio donde te encuentras
tu futuro está muy negro,
porque no sales ni a tiros
de aquel sitio tan siniestro.
Y encima de los estantes
arden unos pebeteros
donde se queman mil hierbas
que te trastocan el seso
y te hacen ver cosas raras:
monstruos, dragones y elfos,
curcios, porfulios, cestones,
argonichos, panderetos,
trifos, pelurcios y frascios,
sierpes, brujas e ingenieros.
Pero descubren al fin...
¿Quién? Pues Adso y fray Guillermo.
¿De quién estamos hablando,
señor mío? Pues de ellos.
Ellos descubren —decía—
un escondrijo secreto
donde un monje guarda el libro
por el que todos han muerto.
(Hace falta ser cretino:
yo veo la «tele» y no leo
y mi vida no peligra.)
Pasan muchas cosas luego
y en el final se produce
un atroz enfrentamiento:
por un lado el Sherlock-cura
y por el otro el artero
monje censor, que prefiere
devorar el libro entero
antes de que otros lo lean.
Se lo come. ¡Buen provecho!
Pero como va y resulta
que hay en el libro un veneno
—destinado al que se chupe
de vez en cuando los dedos
para pasar cada página—
pues acaba patitieso.
Y el manuscrito valioso
que era parte de un compendio
escrito por Aristóteles,
Platón o alguno de ésos,
desaparece del todo
en un estómago hambriento.
Y, por si esto fuera poco,
Adso inicia un torpe intento
de apoderarse del libro
y produce un gran incendio
al darle un codazo a un cirio,
por lo que salen ardiendo
cien mil libros y una gaita
escocesa que le dieron
como regalo al abad,
quien la guardaba allí dentro.
Unos mueren, otros huyen;
otros se queman los pelos
intentando llevar agua
para así apagar el fuego
(que es sistema patentado
que se emplea con acierto
desde el periodo neolítico,
de cuando data el invento);
otros van a las cocinas
a tomarse un refrigerio;
otros muchos se dedican
a un piadoso lloriqueo
por los tesoros perdidos;
otros juran en hebreo
y buscan al responsable
para atizarle de lleno.
Guillermo y Adso, prudentes,
hacen un mutis discreto
y se toman unos días
de vacaciones y asueto
en una playa cercana
donde se ponen morenos.
Los dioses védicos
EL VEDISMO Y SUS DEIDADES EXPLICADAS. (E-book 3€ - Tapa blanda 10€) https://www.amazon.es/dp/B0H56CF6ZF
Fernando Sánchez DRagó
Fernando vino a la India en 1992, allí nos encontramos y allí nos hicimos amigos, pues en la primera conversación encontramos tantos puntos en común que no podía ser de otra forma. Los dos nos interesábamos por el shivaísmo, ambos amábamos intensamente la literatura y ambos éramos rebeldes y teníamos por héroe y por modelo alñ inefable Guillermo Brown, que un hada benéfica y británica (por más que esto parezca un oxímoron) —Richmal Cromptom Lamburn— había imaginado como alegoría del anarquismo mejor entendido.
Tras mi regreso a España, Fernando me invitó a participar en muchos de sus programas televisivos: »Las Noches Blancas», «El Faro de Alejandría», «Negros sobre Blanco», etc. También me llamó para sus Encuentros Eleusinos, donde hablábamos de filosofía y misticismo.
Cada conversación con él era para mí como el descubrimiento de las fuentes del Nilo, porque hablábamos de los libros que me apasionaban a mí (Fernando se los sabía todos por sopas) y luego él me descubría otros muchos, magníficos, que yo no conocía.
Hay quien le moteja de distante y de hosco, quizá porque en su contestador automático tiene un mensaje que te dice que no intentes venderle nada. Pero yo he de decir que es una persona educadísima, cercana, siempre afable y sonriente, y que valora en extremo el contacto humano y la conversación.
Si hay un escritor español actual que se ha ganado mi admiración es, sin duda, Fernando Sánchez Dragó. Y conste que no lo digo porque sea amiguete, sino por un merecimiento objetivo, considerando mis parámetros de juicio y cómo va el mundo.
Para empezar, tendrán todos que reconocer que es quien más sabe de literatura en nuestro país, con diferencia, cosa que demuestra una y otra vez ante las trasnochadoras audiencias a las que las cadenas le permiten asomarse.
Esta afirmación mía, que de seguro no podrán refutarme, le haría merecedor —en cualquier país amante de sus hijos preclaros— a estatua en paseo público, nombre en calle céntrica, pensión vitalicia, corona de laurel o tomillo (a elegir), etc. Como me consta que nuestro país y sus gobernantes le han propinado, en uno u otro momento, bofetadas desde todos los ángulos, tomo esto como una queja más que añadir a nuestro trasnochado afán de españolismo.
Entrando ya en sus méritos literarios, es de destacar que realizó algo dificilísimo: consiguió alcanzar la fama con un libro cuyo título es totalmente impronunciable: Gárgoris y Habidis (o Hábidis, ¡vaya usted a saber!).
Estilísticamente consigue, como pocos, esa famosa «calidad de página» de la que en su día hablara Julián Marías, y que no se encuentra ni buscando con candil.
Tiene escritas novelas magníficas. Y también tiene novelas magníficas que no ha escrito aún, pero que escribirá de seguro cualquier día de éstos. Lo afirmo por la confianza que me inspira su capacidad.
Además, está el impagable libro El sendero de la mano izquierda, al que podríamos definir como el Avecrem de Dragó: la substancia condensada de su aprendizaje de años, consejos sabios para la vida, reflexiones que al leerlas las consideramos de inmediato como nuestras, como verdades olvidadas que volvieran a nosotros por los oscuros y pedregosos caminos del recuerdo (¡Huy, qué cursi me ha quedado este final!).
Y siguiendo con este palmarés hay que mencionar su generosidad: si le invitas a que hable una hora, habla dos. Y lo hace, además, con inusitada rapidez, con lo cual podríamos decir que tienes tres o cuatro conferencias por el precio de una. O sea, que Dragó es rentable. Usando la jerga mercantilista que nos invade, te devuelve el valor de tu dinero.
Efectivamente: yo admiro a Dragó. Como también admiro a Fernando Savater, a Eduardo Mendoza y a... (esperen que lo piense) y a... (así, a bote pronto, no se me ocurren más nombres) y a... (me parece que en nuestras letras patrias actuales no admiro a nadie más).
Y ahora diré lo que aprendí de él: a ser espléndido con los elogios merecidos. Porque él lo fue conmigo tras la publicación de un libro mío.
Yo había escrito sobre él años antes, diciendo poco más o menos lo que he dicho más arriba. Y Fernando habló de mi libro en la radio, en un programa con Luis Alberto de Cuenca y José Luis Garci (ya hablaré de ese programa en otro lugar, porque fue muy curioso) y publicó dos artículos sobre mi obra, titulados «Viva mi dueño!».
Transcribo el texto que apareció en El Mundo:
«Enrique Gallud Jardiel es nieto de quien ustedes se imaginan, doctor en Filología Hispánica, especialista en asuntos relacionados con la historia, cultura, mitología y religión de la India, y autor de más de treinta sesudos ensayos, que, tan harto de sí mismo como yo de los blogueros venenosos, acaba de publicar en la colección “Los Humoristas” de la editorial Espuela de Plata una descacharrante, desopilante, tronchante, refrescante e inquietante Historia estúpida de la literatura (2014).
»En ella ridiculiza con un sentido del humor que no desmerece del que adornó a su abuelo al noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de los grandes nombres de la historia de nuestra literatura, entendiendo por ésta la que se escribe en supuesto español a los dos lados del charco, con alguna que otra cala y cata en el acervo —a menudo acerbo— de lo que escriben (o creen que escriben) los guiris.
»El porcentaje que manejo es hiperbólico, pues de no serlo, considerando que no existe escritor (incluyéndole a él e incluyéndome a mí) que no pueda y no merezca ser dejado en ridículo, el libro al que me refiero tendría más páginas de las que en su día escribió el Tostado. Y, por suerte para el lector, no es así. Doscientas cinco le bastan a Gallud Jardiel, maestro de la parodia, de la sátira, de la ironía, de la burla, de la zapateta y de la zapatiesta, para remedar, poner en solfa, sacar los colores, rasgar la taleguilla y descubrir las vergüenzas de gentes como Pedro Abad, Azorín, Rubén, Espronceda, Antonio Machado, Aleixandre, García Lorca, Góngora, Kafka, Deföe, Dostoievski, Fray Luis de León, Neruda, Shakespeare, Lope, Cortázar, Zorrilla, Umberto Eco, un larguíiiiiiiiiiiisiiiiiiiiiiiiimo etcéeeeeeeeeeeeeetera y, por supuesto, last but not least, el mismíiiiiiiiiiiiiiisimo Cervaaaaaaaaaaaaantes, del que se atreve a decir que es un pelmazo y que, además, escribía muy mal. ¡Benditos sean quienes no se casan con nadie y se ríen hasta de la sombra de los dioses!
»Gallud Jardiel no sólo sacude con su inmisericorde, aunque sonriente, zurriago a los autores. También los géneros —el romance, el villancico, la zarzuela, los haikus, los boleros— se llevan lo suyo.
»En fin: una delicia... Baste citar, para demostrarlo, el comienzo de la Oda a la matanza, de Fray Luis: “Amada, en esta lira / de dulce rima y verso cantarino / sólo mi musa aspira / ante tu ser divino / a describir la matanza del gorrino”.
»O un fragmento del Romance de la niña vestida, de Federico (¡oh!) García Lorca: “El viento en los olivares / va tocando el clarinete / sin que este verso se sepa / por qué está aquí, ni a qué viene. / Los gitanos, con sus ropas / muy bien dadas de azulete / se meten en el poema / sólo para dar ambiente / y hay un olor de jazmines / que no está mal, porque siempre / es mejor que huela a flores / que a vertedero o retrete”.
»El libro de Enrique sólo tiene un defecto: en él no aparece ni un solo plumilla vivo, de ésos, tan abundantes hoy, que escriben con palotes, desconocen la gramática, la morfología, la sintaxis, el léxico, la retórica y no digamos la semántica (horrenda palabreja), y son leídos con meliflua devoción de beguinas y sacristanes por el rebaño de los asnalfabetos.
»Pero no ha lugar a alarma. Es el propio Gallud quien reparte estopa a los malditos que tanto gritan y que aún gozan de buena salud en su blog (humoradas.blogspot.com). Léanlo y corran, desalados y babeantes, a la librería más cercana para comprar la Historia estúpida de la literatura. Si saben ustedes leer y siguen mi consejo, seguro que se lo pasan pipa este fin de semana.
»Y lo mismo tiemblan, como los lectores de La Codorniz, que se leía con un dedo en la nariz, después de haber reído a mandíbula machacante.»
Y remató su artículo diciendo:
«Gallud Jardiel tiene, como siempre, razón. Ya decía Terenci Moix, mediocre escritor y bonísima persona, que la modestia es una horterada. ¡Viva Guillermo Brown y sus proscritos! ¡Abajo los humbertolanitas! ¡Viva mi dueño! ¡Viva yo! ¡Viva Enrique! ¡Los putrefactos no pasarán!»
Y hermanándonos a ambos de una manera conmovedora, firmó los artículos mestizando nuestros nombres en Fernando Gallud Jardiel y Enrique Sánchez Dragó.
La Ilíada
Lo sé de muy buena tinta
y se lo juro: no existe
ningún poeta en el mundo
que poemée o versifique
que no escriba alguna vez
sobre aquel suceso insigne
inmortalizado en odas,
en epopeyas (o en cine)
que tuvo lugar en Troya
hace ya un montón de abriles.
(¿Que cuántos abriles? Pues
ocho o nueve o diez mil, dicen.)
Y yo, para no ser menos
me estrujaré las meninges
para describir aquí
la gran cólera de Aquiles
que fue uno más famoso
que el que inventó los patines.
Contaré los prolegómenos.
Era retoño de Tites,
digo, de Tetis. Su padre
tenía un nombre de chiste,
pues se llamaba Peleo.
En él acabó su estirpe
porque, fuera por descuido
o por ser poco proclive
al humano apareamiento,
no hizo lo imprescindible
para procrear jamás.
¡Zeus, qué vida tan triste!
Era inmortal, sí señor.
O casi, según se mire;
pues su madre le cogió
y, para hacerle invisible
lo sumergió en la laguna
Estigia hasta las narices.
Mas pasó que en el talón
tenía pegado un chicle
y ese trozo de su anato-
mía se quedó sensible.
Tenía otro punto débil
situado en la laringe
y en los inviernos helénicos
cogía todas las gripes.
Sin embargo, era muy guapo
pese a toda su calvicie,
su cuerpo era muy robusto
y, aunque medía uno quince,
era bastante más sexy
que aquel que anuncia el «Martini».
Y, como era coqueto,
se hizo especialista en tintes,
se maquillaba y se daba
todo tipo de potingues.
Mas no vayan a creer
que Aquiles fuera algo Piscis,
cosa en Grecia muy corriente.
¡No hay que hacer caso de chismes!
Sus hazañas se contaban
desde Sabadell al Níger
y cuando Paris robó
a la Helena con los fines
que todos sabemos y
se la llevó a su escondite,
a Aquiles le tocó ir
para vengar aquel crimen
con todos los demás griegos
sin importarle un ardite.
Agamenón era el jefe
de aquel ejército pigre,
pero el hombre se llevaba
bastante mal con Aquiles
pues el héroe le contaba
a aquel que quisiera oírle
que Agamenón le solía
quitar todos sus botines
(botines de guerra, ¡claro!,
no zapatos ni escarpines).
Por lo tanto, en los diez años
que duraron esas lides
Aquiles no ayudó al rey,
diciendo: «¡Que se fastidie!»
Mientras los otros reñían
¿qué hizo él? Pues divertirse
cual si estuviera pasando
un verano en Tenerife.
Pasaba el día en el baño
hasta que cogió bronquitis,
jugó tres mil ajedreces
y unos siete mil parchises,
leyó las Obras completas
de Bertold Brecht y de Ibsen,
construyó con mondadientes
cuatro docenas de buitres
y se durmió tantas siestas
como para un récord Guinness.
Pero sucedió un suceso,
y el suceso fue que el príncipe
Héctor, troyano y rotario,
le hizo polvo las narices
a Pátroclo, que era un mozo
muy amiguete de Aquiles.
El héroe se cabreó
y así blasfemó: «¡Jolines!»
Cogió su lanza y su escudo,
se cambió de calcetines
y a las murallas de Troya
fue corriendo como un lince.
«¡Héctor!», grita, «Si eres hombre
y no sólo un alfeñique,
si aún te queda algo de honor
y si tienes cataplines
sal a guerrear conmigo.»
Héctor responde: «¿Qué dices?»
(porque era un poco sordo).
«¡Que salgas.» «¡Es imposible!
Has de ponerte a la cola
pues hay muchos adalides
que me retan a combates.
Puedo hacerte un hueco el quince,
entre la una y las dos,
aunque de comer me prive.»
(Como no quiero chafarles el suspense, lo dejo aquí. Quien quiera saber cómo acabó la cosa, que lea La Ilíada. Son sólo 8,654 versos, divididos en 24 cantos. ¡Animo!)


