El gato que iba solo

 


Rudyard Kipling, 1902

 

 

Escucha atentamente y fíjate en lo que voy a contarte. Pues sucedió, ocurrió y acaeció, hijo mío (¡cómo me gusta repetir verbos para hacer más largos mis cuentos!), cuando los animales que son hoy domésticos eran aún salvajes y más brutos que una artesa, que el Gato andaba por la Húmeda Selva sin más com­pañía que su salvaje presencia. Iba siempre solo y todos los lugares le daban lo mismo.

El Hombre era también salvaje en aquel entonces (y en este ahora también), pero la Mujer no gustaba de vivir tan silvestremente y se buscó una caverna para dormir a pierna suelta, porque el casado casa quiere ahora y en los Primeros Tiempos.

Fuera, en la Húmeda Selva, todos los animales sal­vajes se reunieron para cotillear y el Perro Salvaje olió los eflu­vios del carnero asado que en la cueva se guisaba y exclamó:

—¡Guau! ¡Guau guau guau guarraguau!

(Que quería decir que se iría a vivir con la pareja, para aprovechar las sobras de sus carneros.)

Y le propuso al Gato que fuera con él, pero el otro era muy independiente y se negó.

—¡No! Yo soy el Gato que va solo y todos los lugares me dan lo mismo. No iré.

—¡Guau![1]

El Perro Salvaje trotó hacia la Cochambrosa Caverna y allí se quedó a vivir, ayudando al Hombre a cazar.

Lo mismo hizo el Caballo, aunque este tuvo más problemas para comer cordero, sobre todo por las noches, porque le sentaba como un tiro. Y a la Vaca le pasó tres cuartos de lo mismo.

Al Gato le entró la cosa de ver si podía sacar algo para sí mismo de todo aquello y se dijo para sus adentros, porque no quiso hacerlo para sus afueras: «Todos los lugares me dan lo mismo. ¿Por qué no ir yo también, ver lo que ocurre y volverme cuando me venga en gana?»

Eso hizo y se plantó delante de la Cueva Humana (de los Humanos, queremos decir: la cueva no era humana en absoluto). Vio a la Mujer ordeñando a la Vaca (porque el Caballo y el Perro se habían negado y habían marchado de caza con el Hombre) y husmeó la leche tibia y blanca.

—¡Oh, Enemiga mía y Esposa de mi Enemigo! —di­jo el Gato—. ¿Puedo dejarte mi currículo?

La Mujer se echó a reír y dijo:

—Silvestre Desconocido de la Húmeda Selva: vete a la Selva otra vez, pues ya no nos hacen falta más ayudantes.

El Gato contestó (molesto):

—Yo no soy amigo ni servidor. Soy el Gato que va solo y quiero entrar en tu Caverna.

—¡Ni hablar del peluquín! —respondió la Mujer.

—¿Nunca podré venir a la Caverna? —preguntó— . ¿Nunca podré sentarme a la buena lumbre ni beber la leche tibia y blanca que sale de esta Vaca tan simpática?

La Mujer dijo:

—Vale. Cerraré, pues, un trato contigo. Si llego a pronunciar una palabra en elogio tuyo, podrás entrar en la Caverna.

—¿Y si pronuncias dos? —preguntó el Gato.

—Nunca lo haré —contestó la Mujer—; pero si alguna vez llego a pronunciar dos palabras alabándote, podrás sentarte junto a la lumbre.

—¿Y si dices tres palabras? —insistió el Gato.

—Jamás lo haré —dijo la Mujer—. Pero si llego a pronunciar tres palabras en elogio tuyo, podrás beber siempre, tres veces al día, la leche tibia y blanca.

Entonces el Gato dijo:

—Que la Cortina de la entrada de la Caverna y el Fuego de lo hondo de la Caverna y los Cacharros de la Leche que están al Fuego recuerden lo que acaba de decir mi Enemiga, la Esposa de mi Enemigo.

Y cuando el Gato se enteró, meses más tarde, de que había un Nene en la Cueva, se dijo: «¡Esta es la mía!».

El Gato se escondió muy cerca de la Caverna para ver al Nene y cuando el Hombre, el Perro, el Caballo y la Vaca salieron de caza (realmente, llevarse a la Vaca de caza era un error: no ayudaba mucho, que digamos), la criaturita se puso a llorar como un cruasán (como un cruasán, no: como una magdalena). La Mujer estaba muy atareada y el llanto del Nene la interrumpía. Ya se disponía a darle al bebé un lingotazo de coñac para que se callara (procedimiento que luego usarían durante siglos muchas amantísimas madres en semejantes circunstancias) cuando el Gato se puso a jugar con el niño. Este dejó de llorar.

—¡Menos mal que alguien lo ha hecho callar! —exclamó la mujer, antes de saber quién había sido—. ¡Estaba ya hasta el moño de este maldito hijo mío!

(La literatura debe ser realista y no idealizar las relaciones humanas, sino contarlas tal como son.)

Y en aquel preciso instante, hijo mío, la Cortina de la entrada de la Caverna cayó al suelo —¡chas!—, recordando lo que ha­bía convenido la Mujer con el Gato.

—¡Oh, Enemiga mía y Esposa de mi Enemigo y Ma­dre de mi Enemigo! —dijo el Gato—. Soy yo, pues has pronunciado una palabra en mi elogio y ahora puedo sentarme para siempre en la Caverna. Pero sigo siendo el Gato que va solo y todos los lugares me dan lo mismo.

La Mujer tuvo que reconocer el éxito del Gato, aunque se enojó mucho, algo que solo hacen los personajes literarios, porque la gente de verdad nunca se enoja, sino que se enfada. Lo de enojarse no lo dice nadie y es solo para los libros.

El Gato continuó:

—¡Oh, Enemiga mía y Esposa de mi Enemigo y Madre de mi Enemigo! Toma un hilo de los que estás hilando, átalo a la rueca y déjalo en el suelo. El Nene se echará a reír.

Ella lo hizo, el Gato jugó con el hijo, el Nene rio y la Mujer dijo otro elogio:

—Lo has hecho a las novecientas cincuenta maravillas, ¡oh, Gato! Eres listo de verdad.

En aquel preciso instante, hijo mío, el humo de la lumbre que estaba en el fondo de la Caverna la atufó toda —¡puf!—, recordando lo que había convenido la Mujer con el Gato. Este se sentó junto al fuego.

—¡Ahora puedo hacerlo. Has pro­nunciado una segunda palabra en elogio mío y ahora puedo ya sentarme para siempre junto a la lum­bre. Pero sigo siendo el Gato que va solo y todos los lugares me dan lo mismo.

Entonces la mujer se puso que no veas de enfadada, pero no tuvo más remedio que aguantarse.

(Vamos a ir resumiendo el cuento, que ya se está haciendo muy largo.)

Vino un Ratón, asustó al Nene, el Gato lo ahuyentó, la Mujer le elogió sin pensárselo mucho ni poco, el Cacharro de la leche que estaba junto al fuego se partió por la mitad —¡zas!—, recordando lo que había convenido la Mujer con el Gato y este se regodeó con su triunfo:

—Has pronunciado ya tres palabras en alabanza mía y ahora puedo beber siempre, tres veces al día, la leche tibia y blanca. Pero soy todavía el Gato que va solo y todos los lugares me dan lo mismo.

—Sí, pero acuér­date de que no cerraste ningún trato con el Hombre ni el Perro y no sé lo que harán cuando regresen.

—¿Y a mí qué me importa? —dijo el Gato—. Mien­tras tenga sitio en la Caverna, junto al fuego, y leche tres veces al día, me resbala lo que esos cretinos puedan hacer.

Cuando el Hombre y el Perro volvieron, se enteraron de lo sucedido y, aunque se enfadaron mucho con lo que la Mujer había concedido al gato, se tuvieron que chinchar, porque ya entonces eran las Mujeres las que mandaban en las Casas.

Pero el Perro le dijo al Gato:

—Tú ganas; pero si no te portas bien con el Nene, te per­seguiré siempre hasta alcanzarte y morderte. Y lo mismo harán todos mis descendientes que se estimen.

El Gato contó los colmillos del Perro (que parecían, en verdad, muy afilados) y dijo:

—Lo haré, si no me tira demasiado de la cola.

Desde entonces, el Gato cumple lo pactado. Mata a los ratones y se muestra cariñoso con los nenes mientras no le tiren demasiado de la cola. Se lleva a matar con el Perro, bebe leche hasta hartarse y se tumba junto al fuego.

Pero por la noche, vuelve de cuando en cuando a ser el gato que va solo y al que todos los lugares le dan lo mismo. Entonces se marcha a los Húmedos Bosques, o se sube a los Hú­medos Árboles, o camina por los Tejados Húmedos y solitarios meneando su cola salvaje, sin más compañía que su salvaje presencia.


 



[1] Allá tú. (Nota del traductor.)

Miguel Strogoff

 

Jules Verne, 1876

 

 

Hay novelas de mensajes

con variedad de argumentos

y, si me paro a pensarlo,

se me ocurren cien ejemplos;

pero aquí he de hablar de Mi-

guel Strogoff, el correo

del Zar, que es de Julio Verne

y es un relato estupendo

que pasa en Rusia durante

el año mil ochocientos

setenta y seis (que creo yo

recordar que fue bisiesto,

aunque yo era pequeñito

y no estoy seguro de ello).

 

Hay que decir que don Jules

(que ese es su nombre correcto)

escribió desde su casa,

nunca salió de su pueblo,

solo vio Siberia en fotos

y aun así tuvo el talento

de describir de la estepa

mantecados y conejos

con una destreza tal

que piensas que la estás viendo;

y la lectura del libro

casi te hiela tus miembros,

por lo que conviene usar

guantes y un gorro de pelo

de castor, que te mantenga

caliente, abrigado y seco.

 

Vamos con la historia. Un ruso

traidor, pérfido y gamberro

—Iván Ogareff— se opone

al Zar, se marcha al destierro,

traba amistad con los tártaros,

les organiza un ejército

y se monta una invasión

de aquellas de «aquí te espero».

 

El Gran Duque, que es hermano

del Zar (aunque más pequeño),

vive en Irkutsk, que se encuentra

situada en el extremo

más oriental del país,

donde alguien perdió el sombrero

(cual dice el popular dicho

basado en los Evangelios),

y está este lugar remoto

tan alejado del centro

que mandas la carta en marzo

y no llega hasta febrero.

 

Claro, el Duque está ignorante

de que corre un grave riesgo.

Hay que hablarle del peligro

del invasor extranjero

para que se ponga a salvo,

pero han cortado el telégrafo.

Alejandro está en un brete

(el Zar a quien me refiero)

y convoca a Miguelito,

capitán de coraceros

y, a la sazón, encargado

del servicio de correos.

«Marcha a Irkutsk y da el aviso»,

le ordena en tono muy regio.

«Son solo seis mil kilómetros

de nada: casi un paseo».

«Majestad, ¿qué es un kilómetro?»,

pregunta Miguel, perplejo.

«Poco menos de una versta.

¿Te haces idea?». «Comprendo».

«Date prisa. No me tardes.

Camina a paso ligero.

Salva al bobo de mi hermano

a quien, en verdad, no quiero;

más no puedo permitir

que se le dé para el pelo

a nuestra estirpe Románov,

que viene de mis abuelos.

Adelántate a Ogareff

y no olvides, al regreso,

traer factura de todo

lo gastado en el trayecto».

 

Sin hacer ni la maleta

Miguel agarra un expreso

que no llega a ningún sitio,

no por descarrilamiento;

es que en Nóvgorod la vía

se termina por completo,

porque Rusia es un país

que está aún en el proceso

de construcción y, así, el tren

carece de presupuesto.

 

Junto con Miguel viaja

en el vagón un portento

de belleza, una katiuska

angelical: Nadia Fédor,

que va a buscar a su padre,

que está en la Siberia preso.

Ambos deciden ir juntos

y caminar, ¡qué remedio!,

que por allí no se alquilan

troicas ni dando dinero.

 

Miguel es caballeroso

y las chicas le dan miedo,

por eso le ofrece a Nadia

pasar como su gemelo

y decir que son hermanos

si aparece un indiscreto

y les pregunta algo. Avanzan

patinando sobre el hielo

y da la casualidad

de que atraviesan el pueblo

natal de Strogoff. Su madre

lo ve, pero él se hace el sueco,

pues finge ser comerciante

y ha de guardar el secreto

de que es militar: si no,

pueden hacerle algo feo,

porque las huestes de Iván

dominan aquel terreno.

Y cuando ella grita: «¡Hijo!

¡Te me has quedado en los huesos!

¿Es que en Moscú no se come?»,

él simula estar molesto

y le responde: «Señora,

yo no soy el hijo vuestro,

que yo estoy aquí de paso;

soy viajante de comercio,

voy vendiendo enciclopedias

y soy aquí forastero.

Necesitáis unas gafas

potentes, por lo que veo».

 

Él abandona el lugar,

pero tiene un mal encuentro

y el canalla de Ogareff

va y le agarra por el cuello

diciendo con voz terrible:

«Strogoffín, ¡ya te tengo!

Antes de acabar contigo,

he de partirte algún hueso,

que les tengo a los espías

manía desde pequeño».

 

Le atan muy fuerte las manos

con un nudo marinero

y, para hacerle la pascua,

deciden dejarlo ciego.

Ponen una espada al rojo

templándola sobre el fuego

y le chamuscan las córneas

como si fueran torreznos.

 

A Miguel, que ve a su madre

contemplando aquel tormento,

le entra una llorera tal

que a sus pies forma un riachuelo.

Viendo a Strogoff chamuscado

y más cegato que Homero,

Ogareff se ahorra una bala

y no mata al prisionero,

sino que lo suelta y dice:

«Esto te pasa por memo,

por servir a un Zar cretino

que no se merece un reino

y no va a darte las gracias.

Gánate ahora tu sustento

tocando en la balalaika

Ochichornia o Va pensiero

por las esquinas, como hacen

los mendigos pedigüeños».

Con una gran carcajada

se despide el traidorzuelo

y deja a Miguel tirado

sobre el siberiano suelo,

bituerto de los dos ojos

y con un mortal cabreo.

 

Pero el ucase del Zar

ha de cumplirse con celo

hasta el final si no quieres

que te dejen sin empleo,

porque allí en Rusia no hay paro

y no comes sin un sueldo.

Miguel, decidido, hace

corazón de su duodeno

(queremos decir «de tripas»)

y comienza a andar de nuevo

apoyado en Feodorovska

y dando muchos tropiezos.

 

En fin; ¿para qué cansar?

Por un misterio de esos

que pasan en las novelas

de aventuras y de duelos

Strogoff y Ogareff llegan

a Irkutsk casi al mismo tiempo,

aunque el primero anda a pata

y el segundo va en jamelgo.

Iván se presenta al Duque

de sopetón y fingiendo

ser el correo. «Me manda

vuestro hermano». «¿Qué es de Alejo?

¿Cómo está?», pregunta el otro,

que, además de Duque, es necio.

«Con salud. Dice que abráis

los portones, permitiendo

la entrada a unos batallones».

(Esto es un ladino intento

de meter en la ciudad

a los tártaros a cientos).

 

El Duque va a dar la orden,

pero entonces, como un trueno,

entra Miguel dando voces

y armando enorme jaleo.

«¡Yo soy Strogoff!», exclama.

«Y, si alguien lo duda, puedo

demostrarlo y enseñar mi

partida de nacimiento».

«¡¡Mentira!!», ruge Ogareff.

«No os creáis, Duque, ese cuento».

El Duque, por decidir,

echa mano al monedero,

se saca un rublo y anuncia:

«Si sale cara, me creo

al uno y, si es cruz, al otro»

y es porque el gen majadero

es muy frecuente en las casas

reinantes del mundo entero.

La moneda cae de canto,

con lo que el procedimiento

resulta inútil y quedan

igual que estaban primero.

 

Y como siempre sucede

en estos enfrentamientos,

al final hay bofetadas

a mansalva, que es el método

que emplea la especie humana

para resolver enredos.

 

Iván y Miguel se baten

como si fueran dos huevos,

mas con espadas y entonces...

(¿Cuento el final? ¿Lo desvelo?

¿Se me permite que haga

spoiler-destripamiento?

¡Qué narices! Quien no quiera

saber en qué acaba esto

que deje de leer el libro

y salga a dar un paseo).

 

Pues resulta que Strogoff

puede jugar al «veo, veo»,

porque tiene la esclerótica

en un estado perfecto.

No está ciego, ¡no señor!;

y fue porque el lagrimeo

que soltó cuando acercaron

a sus ojos el acero

formó un muro de vapor.

(Esto se llama el «efecto

Leidenfrost». No les estoy

metiendo ningún camelo).

 

Y así llegamos al clímax

de la historia. Resumiendo:

Strogoff pincha al rival

justo en el medio del pecho

(más como Ogareff no tiene

corazón, queda tan fresco);

pero al darle en los pulmones

Miguel logra su deseo

y el malo queda difunto,

cadáver, finado y muerto.

 

Strogoff salva a la patria

rusa con su heroico esfuerzo

y se casa con el Zar

Alejandro... no, un momento:

el Zar no; con quien se casa

es con Nadia (no recuerdo

muy bien algunos detalles

y esto ha de ser lo correcto,

que lo otro hubiera sido

un escándalo tremendo

que hubiera echado por tierra

la dignidad del Imperio).