Las falacias

 

          La falacia es un género literario pequeño, pero matón (queremos decir eficaz). Se trata de un argumento que, a simple vista, parece válido pero que no lo es, porque tiene un truco oculto.

          Aristóteles, con su eterna manía de clasificarlo todo y meter al Universo en cajoncitos, enumeró hasta trece clases distintas de falacias. Nosotros, en nuestro escrito, hemos listado veinticinco e incluso nos hemos dejado algunas para usar en otro momento, lo que demuestra que somos más perspicaces que el Filósofo por antonomasia (dicho con toda modestia).

          Ilustraremos nuestro estudio lógico-lingüístico sobre este género falácico con ejemplos tomados de la política (terrorismos, separatismos y tonterías varias de nuestros líderes), que es lo tenemos más a mano y que nos demuestran que nuestros amadísimos próceres cometen no unas pocas sino todas las faltas de coherencia conocidas en el discurso lógico.

          He aquí la serie de falacias, escuetamente explicadas, a modo de clase enumerativa, para que al menos este escrito sirva para algo:

 

Falacia de la ambigüedad

No se sabe quién ejecuta la acción. «El Presidente le dijo al Líder de la Oposición que era tonto.» Lingüísticamente, no sabemos a cuál de ellos dos se refería el Presidente.)

 

Falacia de la afirmación gratuita

Que se explica por sí misma. «Nosotros somos distintos porque tenemos el factor Rh no-sé-cómo.»

 

Falacia del argumento ad baculum

En el que se recurre a la fuerza. «Los ciudadanos podéis hacer lo que queráis, puesto que vivís en un país libre. Pero si no hacéis lo que digamos los que mandamos, os arrepentiréis.»

 

Falacia de la casuística

Basada en un caso específico y de excepción. «Este banquero (o tesorero o presidente autonómico) es una persona muy buena, puesto que reza mucho a Dios.»

 

Falacia de la composición

Donde se aplica al todo lo de las partes. «El Barça es independiente de los otros equipos de fútbol españoles. Luego Cataluña debe ser independiente del resto de España.»

 

Falacia de la concesión desmesurada

Se sacan conclusiones exageradas de una premisa. «Fernando VII fue un tirano, luego en nuestra comunidad autónoma no queremos saber nada del país donde reinó.»

 

Falacia ad consecuentiam

Que saca conclusiones irrelevantes. «—La Iglesia dice que matar es pecado. —¡Ah! —respondió el terrorista—: Yo es que mato porque soy agnóstico.»

 

Falacia del continuum

Es el argumento de continuidad. «—¿Si nuestra organización mata a una persona, puede considerarse una masacre? —No, a una persona, no. —¿Y a dos? —Tampoco. —Entonces, si las añades de una en una, nunca se podrá demostrar que nuestra organización cometió ninguna masacre.»

 

Falacia del ignoratio elenchi

Por elusión del asunto. «—No hay ningún motivo para que esas comunidades sean independientes. —Nosotros es que queremos serlo.»

 

Falacia del embudo

Alegando un caso especial. «—Matar es un crimen. —Es que si somos nosotros los que matamos, es distinto.»

 

Falacia genética

Que apela al origen. «¿Cómo puede el gobierno español querer mandar en nuestra comunidad, si los reyes tartesos no lo hicieron?»

 

Falacia ad hominem

Descalificando a la persona. «Los concejales muertos por bombas están bien muertos, porque eran todos unos cursis.»

 

Falacia ad ignorantiam

Apelando a la incapacidad de responder. «Merecemos la independencia de nuestra comunidad. Si no, demuestre usted lo contrario.»

 

Falacia ex silentio

Con evidencias negativas. «A las víctimas de nuestras bombas les gustaba que las matáramos. De hecho, ninguna de ellas nos demandó.»

 

Falacia del jugador

Basada en las probabilidades aleatorias. «Nuestra comunidad ha estado sometida a España durante el siglo xix y durante el siglo xx. Ahora, durante el xxi, lógicamente le toca no estarlo.»

 

Falacia de la lealtad

Apelando a las emociones. «Tenemos razón, porque somos nosotros.»

 

Falacia de la pendiente resbaladiza

Mediante una concatenación negativa. «Si nuestra comunidad no es independiente pronto, morirán muchos, no se podrán pagar las pensiones de jubilación, España se arruinará y será invadida por Portugal.»

 

Falacia de la petición de principio

Donde se parte de aquello mismo que se quiere demostrar. «Nuestra organización nunca mata sin causa justificada. La causa por la que matamos es que somos unos asesinos.»

 

Falacia ad populum

Que apela a la multitud. «Lo que propone el partido X tienen necesariamente que ser mejor que lo que propone el partido Y, puesto que tiene más votantes.»

 

Falacia del sequndum quid

Consiste en una mala generalización. «—¿Por qué no les quitaron las armas a los terroristas en el momento de detenerles? —Porque eran suyas: las habían comprado con su propio dinero.»

 

Falacia del tu quoque

Que alega la inconsistencia del oponente. «¿Por qué nuestro partido tiene que abandonar la corrupción si los del otro partido no la abandonan?»

 

Falacia ad verecundiam

Apelando a una autoridad. «A Gandhi le adoran por conseguir la independencia de su país. ¿Por qué no adorar a cualquiera que pida la independencia de su comunidad?»

 

Falacia del muñeco de paja

Desafía las tesis del contrario. «¿Por qué no darnos la independencia? Si, total, España no tiene futuro...»

 

Falacia del non sequitur

Cuando la conclusión no se sigue de las premisas. «Nuestra comunidad es bonita, luego debe ser independiente.»

 

Falacia ad misericordia

Consiste en pedir lo que no se merece. «Queremos un país para nosotros solos, donde podamos hacer lo que queramos con los que no estén de acuerdo con nosotros. Dádnoslo, por favor, porque, si no, nos vamos a poner muy tristes. Y ya sabéis lo que pasa cuando nos ponemos tristes.»

 

 

Contribución de Aragón al mundo de la invención

 

Listado de inventos maños para beneficio de todos

 

 

Hoy daremos un listado

exhaustivo (que ya toca)

que mencione detalladas

las invenciones más gordas,

aportación de Aragón

a la cultura de Europa.


He aquí una lista cabal

de enumeración de glorias:

inventos aragoneses

de una importancia hiperbólica:

 

La jeringa desechable,

inventada en Zaragoza,

que, en vez de desinfectarse

y usarse una vez tras otra

—lo que es una cochinada

altamente peligrosa—,

tras de emplearse, se tira,

lo que evita contagiosas

enfermedades que pueden

dejar a la gente pocha.

 

*

 

El cachirulo: un pañuelo

que usas, a falta de gorra,

atándotelo a la frente

con un nudo, cuando sopla

allí en Zaragoza el viento

de manera que te corta

la respiración de un golpe,

es decir: a todas horas.

 

*

 

Ese palo con bayeta

conocido por fregona,

que sirve para limpiar

sin tener la espalda incómoda

y sin tener que agacharse,

y que se ha hecho muy famosa

bajo los nombres de ‘mocho’,

‘trapeador’, ‘lampazo’ y ‘mopa’.

 

*

 

La anestesia epidural,

que las caderas te dobla,

permitiendo que te operen

de modo que ni lo notas,

lo cual es una ventaja

cuya importancia no es poca,

pues si tienen que operarte

(por ejemplo, de la próstata)

y te lo hacen en directo

sin anestesia, no es cosa

placentera en absoluto,

sino un tanto fastidiosa.

 

*

 

El lenguaje de los signos,

para que las gentes sordas

puedan también dar discursos,

charlar con otras personas,

cotillear, maldecir,

jurar y hacer muchas otras

actividades del habla,

salvo, quizá, cantar ópera.

 

*

 

Otro artilugio genial

e imprescindible: la olla

exprés, summum del progreso

y que no es cosa de poca

monta sino importantísima

aportación gastronómica

para cocinar judías

o garbanzos o lentojas

(queremos decir «lentejas»,

pero la rima forzosa

nos ha obligado a cambiar

una palabra por otra).

 

*

 

Y, para finalizar

esta relación, la jota:

ese baile popular

con más fuerza que la pólvora,

cantado a grito pelado,

en el que la gente bota

en medio de un gran jolgorio

como si estuviera loca,

padeciera de San Vito

o sufriera de hidrofobia,

pero que divierte mucho

y es, en fin, la repanocha.

 

El príncipe Rama

 

Relataré en este verso
la historia del Ramayana,
una epopeya muy gorda
escrita en hojas de palma,
tan famosa allá en su tierra
como en Europa la Ilíada,
que se debe conocer
para presumir de vasta
cultura, por más que el libro
tiene tal montón de páginas
que, al verlas, flaquean las fuerzas
y se te quitan las ganas.

Pues el asunto comienza
con que el buen rey Dasharatha
—hijo de otro rey famoso
que no sé cómo se llama,
nieto de quien no recuerdo
y bisnieto de un monarca
muy conocido en su época,
cuyo nombre se me escapa—
se marcha al monte a cazar
montado en una caballa
(ustedes perdonarán
esta incoherente palabra,
pero ‘caballo’ no rima
y me chafa la asonancia.)

Como fuere; pues cree ver
un ciervo en la lontananza
y le dispara flechazos
hasta que estira la pata.
Pero resulta que el ciervo
aquel no es ciervo ni nada,
—pues Dasharatha es miope
y no ve bien lo que caza—:
es un muchacho que vive
en una astrosa cabaña
con sus padres, que son viejos
y están hechos una lástima.

Los ancianos le maldicen:
«¡Malvado! ¡Feo! ¡Canalla!
¡Te maldecimos con que
sufras herpes y almorranas
y pierdas también a un hijo
en trágicas circunstancias!»
El rey se asusta al principio,
pero luego dice: «¡Anda!
Yo no tengo ningún hijo.
La maldición no me espanta.»
Y se vuelve a su palacio
antes que le den las tantas.

¿Y la maldición, dirán
ustedes? ¿Se cumple? ¿Pasa
lo que se ha apuntado? Pues,
de momento, se retrasa.
En rey, en cuestión, se muere
tras unos años, encarna
de nuevo y la maldición
en otra vida le aguarda,
porque Dasharatha —el pobre—
diversas veces se casa
y la que es segunda esposa
—una arpía muy malvada—
para que herede su hijo
obliga al rey a que le haga
la pirula al primogénito,
le desherede a mansalva
y, no contenta con esto,
envíe al destierro a Rama,
(que el primer hijo del rey
es así como se llama),
junto con su esposa, Sita,
y su hermanastro, Lakshmana.

Rama, obediente a su padre,
no duda en irse a hacer gárgaras;
coge a su esposa y a su
hermano, que no hace nada
de provecho, y se destierra
una larga temporada,
mientras que en el reino el pueblo
llora tal montón de lágrimas
que rebosan los pantanos
y baja el precio del agua
mineral. Y, mientras tanto,
los exiliados se instalan
en una selva muy cuca,
toda llena de lianas,
de arbustos y, ¿por qué no
decirlo aquí?, de alimañas.

Allí pasan varios años
los tres, jugando a la taba,
hasta que un día de agosto
se lía todo, verbigratia:
llega a la selva un diablo
con diez cabezas contadas
—de todas a cuál más fea—
al que le dicen Ravana.
Se encuentra con la princesa
y le gusta la chavala
(por sus curvas muy bien puestas)
y quiere beneficiársela.

Ni corto ni perezoso,
coge Ravana y se planta
ante ella. Al ver sus bigotes,
la muchacha se desmaya.
Ese era el plan del demonio
quien, velozmente, la rapta
y la lleva por los aires
hasta su reino de Lanka
(llamada también Ceilán
por una burla geográfica),
agarrándola del moño
para que no se le caiga.

Vuelven esposo y cuñado
y pronto la echan en falta
al ver, para su disgusto,
que se han quemado las gachas
que estaban puestas al fuego,
lo cual resulta una lástima.
Se preguntan sobre el pa-
radero de la muchacha:
«¿Qué le puede haber pasado?»
«¿Habrá ido a hacer la colada?»
«¿Dónde estará mi princesa?»
«¿Quién cocinará mañana?»

Tras un rato de suspense
y conjeturas, un águila
llega allí y cuenta que ha visto
al demonio secuestrarla,
dejándola K.O. de un golpe
y llevándola en volandas
rumbo a esa isla que antes
ha quedado mencionada,
por lo que decir su nombre
no hace ya ninguna falta.

Resumimos, que, si no,
este verso no se acaba:
al ver que la han secuestrado,
al marido le da rabia.
Parten los dos al rescate,
cruzan la India en seis etapas,
llegan al mar que hay abajo,
se dan un baño en la playa
y solo entonces se fijan
en que carecen de barca
para cruzar a la isla,
que no dominan la braza
y menos, la mariposa.
No importa. No pasa nada,
pues si algo caracteriza
a estas leyendas indianas
es que en tales situaciones
siempre pasan cosas mágicas.
Un ejército de monos
decide ayudar a Rama.
Echan piedras en el mar
que flotan sobre las aguas
y así, pegando saltitos,
llegan todos hasta Lanka.

No quieran saber ustedes
el follón que allí se arma.
El príncipe reta al malo
a una igualada batalla
(porque si Rama está fuerte
porque consume espinacas,
Ravana, por no ser menos,
va al gimnasio y está cachas).

Durante un mes, los rivales
se sacuden a mansalva
y, como suele pasar
que el criminal nunca gana,
al final de la contienda
saca Rama de su aljaba
una flecha poderosa
—que hacía tiempo que guardaba
para un momento especial—
y la dispara a la napia
del demonio que, alcanzado,
se pega una costalada,
y agoniza un cuarto de hora
antes de estirar la pata.

Aquí se acaba la historia
de Sita, esposa y cuñada,
quien, por estar de buen ver,
metió a su esposo en jarana
y le hizo cruzarse toda
la India de una sentada.
Les he evitado que tengan
que leer cosa tan larga,
por lo que espero, señores,
que, al menos, me den las gracias.