Dándole vueltas a Sartre

 

Análisis y comentario ultimísimo a El

existencialismo es un humanismo, de Jean-Paul (como somos amigos y tenemos confianza, nos tuteamos y llamamos por el nombre de pila)

 

 

El autor comienza enunciando los reproches que se le han hecho

al quietismo y a una filosofía burguesa, dando además

ha suprimido los mandamientos y los valores trascendentales.

Sartre intenta justificarse afirmando que es el existencialismo

naturalismo en que deja al hombre la posibilidad de elección, la libertad.

Distingue dos tipos de existencialismo: el cristiano y el ateo. Ambos

la existencia es anterior a la esencia, pues primero existe y sólo luego

hay, por lo tanto, una «naturaleza humana» prefijada.

Es el hombre quien se hace a sí mismo y es responsable de su propio

cómo quiere ser él y también lo que quiere para los demás. De

que produce angustia. El hombre sufre igualmente de desamparo,

al contar únicamente consigo mismo carece de la esperanza en

no debe refugiarse en la inacción, en el quietismo o la contemplación

que conformar el modelo de humanidad que ha elegido. Esta

la mala fe en dicha elección. Habla de una moral de autenticidad,

con el que titula el escrito. El sentido existencialista del humanismo consiste

intentando construirse a sí como hombre. Además, el único universo

sumir al hombre en la desesperación. Su objetivo tampoco es demostrar

importante —dice Sartre— no es la existencia de Dios sino que

una doctrina de la acción.

Tras analizar el texto he de reconocer que, aunque

además, una orientación negativa: más que exponer lúcidamente

que sufre. Pese a la rotundidad de sus afirmaciones, se nota un tono

por muchos. Personalmente hubiera considerado más enriquecedora

Literariamente me parece de destacar la fuerza expresiva

 

(Hoy tocaban las líneas impares de mi escrito. En otro momento publicaré las pares. ¡Hay que ser original!)



Soneto lipogramático

 

Composición poética, que no tiene otro mérito que estar escrita sin emplear la letra ‘a’

 

Este soneto insulso que pergeño

persigue sólo un único objetivo

(que veremos si luego lo consigo

y quedo victorioso en este empeño):

 

con un tono y estilo muy risueño,

con léxico preciso y divertido

componer un soneto definido

que no muestre ese signo en su diseño.

 

¿Cómo he de conseguir este propósito?

Pues con muchos sinónimos distintos.

Substituyendo voces, exprimiendo

 

el seso y lo que tiene en su depósito,

con términos precisos y sucintos

voy, brevemente, el texto concluyendo.


 

Arde el trópico

 

Tremebunda crónica de un incendio quemante en el cine «El trópico», durante la película Nerón y su lira

 Para que no faltase de nada, mientras se mostraban en la pantalla las llamas subiendo por las colinas de Roma, se prendió fuego también el cine.

¿Cuál fue la causa? Creemos que el incendio pudo ocasionarse:

1.— O bien por ósmosis con la pantalla;

2.— O bien porque un espectador, para buscar una moneda de veinte céntimos de euro que se le había caído debajo de la butaca, encendió un fósforo demasiado cerca del polyester de la camisa del de delante.

El fuego creció, como si hubiese tomado un complejo vitamínico, no porque en el interior de la sala hubiese material combustible, que —aparte de la alfombra y el algodón y la madera de los asientos— no lo había, sino debido al incentivo que le proporcionaban los inspirados versos que se oían por los altavoces. En medio de la confusión y el gritería imaginables, el César seguía recitando su Oda al fuego en los tejados como si tal cosa y su voz se convirtió en la música de fondo del siniestro.

Fuera del local, muy poca gente se enteró al principio de lo sucedido. Claro es que se oían voces que decían «¡Fuego! ¡Fuego!», pero todos creían que eran de la película.

Pronto se vio que las precauciones que se habían tomado eran algo inútiles. No había que preocuparse, se habían dicho los del público entre sí, mientras se pisoteaban unos a otros, huyendo despavoridos de acá para allá. Aquel cine estaba hecho a prueba de fuego (lo que sólo quería decir que, si se quemaba, no había peligro de que se hundiera, pues la estructura era de sólido hierro... como un horno cualquiera).

Estaba el local, además, asegurado de incendios, lo que era un verdadero alivio para el dueño, que se estaba quemando allí también. Un espectador que, pese a haber perdido la cartera, había conseguido conservar la serenidad, hizo sonar la alarma, lo que sólo sirvió para que se pusieran a salvo las gentes de las casas de alrededor del cine. Otro quiso hacer funcionar el extintor de incendios pero, para que no se lo llevaran, los del cine lo habían cerrado en una vitrina con candado y no se sabía quién tenía la llave.

Tras preguntar a varios empleados del cine que se quemaban por allí, el hombre desistió de su propósito.

La gente se dirigió hacia la salida de incendios, pero sólo había una salida y mil personas, lo que resultaba algo desproporcionado. Además, en dicha puerta se amontonaban ya cantidades ingentes de cadáveres que no acababan de salir.

Las llamas subían ya hasta el techo, lo que no era de extrañar, pues ya se sabe que la llamas tienen la capacidad de subir a grandes alturas por lo que se las utiliza con preferencia a otros animales.

El fuego arreciaba y hasta el mismo Nerón de la pantalla quedó algo chamuscado.

Por fin llegó un parque (móvil) y los bomberos pensaron con lógica que si no salía primero toda la gente que estaba en el interior del edificio, no iban a caber ellos, así que se quedaron en la puerta, limitándose a echar agua con una manguera hacia las llamas que se divisaban por un agujero de la pared y que, ¡oh, desdicha!, era sólo las de la pantalla.

El local ardía por dentro. La gente se abrasaba con el calor de «El Trópico», muriendo a granel. Varios espontáneos aflamencados cantaron un «¡Ay, pena, penita, pena!» que todos aplaudieron durante dos minutos, dejando de quemarse mientras tanto ex profeso para hacerlo. Todos los del público buscaban iracundos al dueño del cine que había desaparecido entre las llamas haciéndose, literalmente, humo. Todos estaban enfadados con los bomberos que no acababan de entrar y echaban fuego por los ojos, por las orejas, por todas partes.

Cuando, al poco rato, no quedó ya nada que quemar, el fuego, aburrido, se apagó. El cine ya era un cine mudo, pues no hablaba nadie. Sólo dos espectadores se salvaron de la quema por el simple procedimiento de mantenerse alejados de las llamas. Habían permanecido sentados, contemplando a las víctimas: mujeres cuyos aceites habían hecho de sus rostros una fritura y maridos que despedían un asqueroso olor a cuerno quemado.

Considerando a la multitud chamuscada, hemos pensado en la aplicación masiva y controlada de lo sucedido como medio de resolver los dos problemas principales del mundo moderno: el problema de la superpoblación y el problema del combustible.

 

La cultura (del) general

 


Se llama «cultura general» a saber algo sobre los sucesos más frecuentes en nuestro mundo.

Así es que, si queremos parecer cultos, tenemos que saber muchos datos sobre la guerra, que es de las cosas que se dan con más frecuencia de todas las que hemos inventado.

Yo, con ayuda de una enciclopedia, tendré sumo gusto en ayudarles a aprender. Vamos allá.

Hay muchos tipos de guerra:

Guerra sin cuartel: Es ésa en la que los soldados no tienen donde ir a dormir por las noches y tienen que quedarse al raso.

Guerra bacteriológica: Cualquiera, en cuanto la infantería lleve un mes sin ducharse como es debido.

Guerra fría: Aquella en la que no se atizan, pero en la que se odian mucho.

Guerra caliente: La hecha con bombas térmicas, por ejemplo.

Guerra galana: (¿A que ésta no la conocían, eh?) En un barco es aquella en que se usan cañones, pero no se llega al abordaje. En tierra, es la poco sangrienta, por falta de puntería de los que disparan.

Guerra civil: La que es civil porque en ella no intervienen los militares. (O sea: hasta la fecha, ninguna, porque a los militares les encantan las guerras —por eso son militares— y no se pierden ninguna.)

Guerra biológica: Es aquella en la que combaten los biólogos.

Guerra química: Es aquella en la que combaten los químicos.

Guerra abierta: En la que se admiten combatientes voluntarios sin hacerles demasiadas preguntas.

Guerra, Pedro: Cantante y compositor tinerfeño. Ganó el premio Ondas con la canción Contamíname, en 1994. Necesita una ortodoncia.

Guerra de trincheras: Aquella en la que los ejércitos no tienen ninguna intención de avanzar, sino que sólo aspiran a quedarse donde están.

Guerra de guerrillas: Es una guerra gorda, construida juntando muchas guerras más pequeñas.

Guerra total: Los pijos llaman «guerra total» o «guerra guay» a la guerra que está muy bien hecha.

Guerra santa: Todas absolutamente, si hemos de creer a quienes las organizan.

Guerra justa: ¡Ja, ja, ja! ¡Qué buenos juristas-humoristas tuvimos en España durante la Contrarreforma!