La barca sin pescador

 

Alejandro Casona

(1945)

 

 

Un gran drama de don Ale-

jandro Casona es La barca

sin pescador, en que sale

Satanás a liarla parda.

 

El protagonista es

un businessman (que es palabra

sinonímica de ‘pillo’,

de ‘ladrón’ y de ‘canalla’).

Solo piensa en el dinero,

en efectivo y en pasta,

en dólares y en pesetas,

en libras, yenes y dracmas,

en cruceiros de Brasil

y el riyales de la Arabia.

Se especializa en negocios

en los que puede hacer trampas

y ha conducido a la ruina

a muchas gentes honradas.

Solo sueña en dividendos,

intereses y ganancias

y no ha vendido a su madre

incluso a precio de ganga

—sin importarle un comino

que ella fue quien le alumbrara—

porque en la Bolsa las madres

se cotizan a la baja.

¿Quién es este personaje

tan vil? Se nos olvidaba

presentárselo: es Ricardo

Jordán, al que todos llaman

«el rey de los intereses»,

«el chacal de las finanzas»

y «el hieno de las acciones

bursátiles» (a su espalda,

claro está, pues nadie quiere

ganarse una bofetada

o un puñetazo en el ojo

por llamárselo a la cara).

 

Pues un día como otros

que estaba en una semana

que había dentro de un mes

y que era la doceava

parte de un año, la empresa

de Jordán se va a hacer gárgaras.

Ricardo se arruina y llegan

diez banqueros en comanda

a exigirle que devuelva

las cantidades prestadas.

Como él ya no tiene un duro

(ni otra moneda más blanda)

y no les puede pagar,

le obligan a hacer mudanza

a un sitio estatal que tiene

barrotes en las ventanas,

donde todas las personas

visten ropa muy baratas

con un número en el pecho

para así diferenciarlas.

Ricardo se desespera

porque estar al sol le encanta

y, en cambio, estar a la sombra

le hace muy poquita gracia.

 

Allí se presenta entonces

—haciendo de Deus ex machina—

un hombre que tiene pinta

de persona burocrática,

de oficinista común,

de vendedor de corbatas,

de señor de clase media,

en resumen: de pelanas.

Es «El caballero negro»,

como el reparto proclama.

Ricardo, con sus angustias,

no tiene tiempo ni ganas

de hablar con desconocidos

y por eso le da largas;

pero aquel recién llegado

se saca un as de la manga

y consigue su atención

con sus tretas demoníacas,

evitando de este modo

que el otro le eche a patadas.

Le dice que es Satanás,

que viene a comprarle el alma

y que esta oportunidad

no debe desperdiciarla,

que el hecho de que el demonio

venga una tarde a tu casa

a proponerte negocios

es una cosa muy rara

que no ocurre diariamente

en la existencia ordinaria.

 

«¿Y por qué quieres hacer

este trato? ¿Tú qué ganas?»,

pregunta Jordán, curioso,

mientras Satán se arrellana

—porque le duelen los pies

de andar— en una butaca.

«Pues, verás: tú eres un tipo

malvado donde los haya,

que comete toda clase

de crímenes a mansalva.

Y aun siendo un malo de libro

de texto, una escoria humana

y ejemplo de maleantes,

en tu palmarés no se halla

registrada muerte alguna,

lo que es necesaria cláusula

para que optes a premio

y puedas llevar la palma

de «Pecador del Milenio».

Esta, Jordán, es la causa

de que te ofrezca riquezas

a cambio de tu alma guarra.»

«¿Dónde firmo?», inquiere el otro,

con la pluma preparada.

«¿No quieres saber a quién

has de matar?» «Me resbala.

Tú dime el cómo y el quién,

y en menos que un perro ladra

(que la de que canta un gallo

es frase ya muy gastada)

mataré a quien tú me ordenes

y a alguno más si hace falta.»

 

«Como quieras», dice Lu-

cifer. «No habrás de hacer nada.

Con solo tú desearlo

y de manera automática

hallará la muerte algún

pringado, en Escandinavia.

Hay un pescador que vuelve

por la noche a su cabaña

y va subiendo una cuesta

bajo una lluvia mojada

y con un viento aireado

que sopla por la montaña,

tan violento, que se lleva

al pescador en volandas

y puede hacer que se pegue

una tremenda castaña

y quede más muerto que

Marco Antonio y que Cleopatra.

Solo habrás de desear

que se cumpla este programa

y el pescador morirá.»

«¿Y a cambio obtendré ganancias?»

«Serás rico para siempre.

¿Qué has decidido? ¿Lo matas?»

 

Sin pensárselo un segundo

Jordán dice: «¡No faltaba

más! ¡Claro! ¡Por supuesto!

¡Obviamente! ¡Que se caiga

rodando por la ladera

y que se haga mermelada!»

 

En ese instante se escucha

un grito. «¿Y eso?» «Que acaba

de caer y de morir.»

«¿Dónde firmo? Que ya tardas

en cumplir lo prometido.

Llena mi cuenta bancaria.»

 

Satán, tras firmar también,

se va. Llega un telegrama

que anuncia que están al alza

las acciones o algo así

(pues no sabemos ni papa

de cómo funciona el mundo

económico) y que gana

Ricardo muchos millones

y sin trabajar ni nada.

 

Esto es solo el primer acto

de la comedia de marras.

No les contamos el resto

no solo porque no caba

(queremos decir ‘no quepa’)

en el verso, por ser larga

narración, sino también

porque todo lo que pasa

a continuación aburre

y hace dormir a las vacas.

 

          Para los que tengan curiosidad por conocer el final, lo contamos. Jordán se arrepiente de lo que ha hecho y viaja al pequeño pueblo báltico para ver de compensar su error. Al llegar, se encuentra con que la viuda del muerto está maciza y se la trajina.

Fin de la obra.

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