El síndrome de Lutero

 


En un museo italiano

que a San Pedro está cercano,

junto al Metropolitano,

vi una estatua de Trajano

—emperador sevillano—

(o de algún otro fulano

del Imperio: Domiciano,

Diocleciano, Vespasiano,

Valentiniano, Juliano,

Emiliano, Triboniano

o Escipión «el Africano»),

cuyo esplendor soberano

en mármol nada liviano

me dejó chafado y plano.

 

En ese almacén cristiano

de lo robado al pagano

de uno a otro meridiano,

del que se está tan ufano,

hay un tesoro romano

menos santo que profano,

enorme y poco espartano,

más bien gigante que enano,

que llena piso y rellano

y no lo salta un gitano.

 

Y aunque yo sé de antemano

que mi juicio volteriano

y un tanto republicano

resulta inútil y es vano

en el mundo ultramontano

de sesgo antediluviano,

mi cerebro cartesiano

entre estoico y franciscano

piensa al modo luterano

y considera malsano

que esté en una sola mano

tal patrimonio mundano

y tal fortuna de indiano

que pertenece de llano

al pueblo y al ciudadano.

 

Por lo tanto, si el anciano

de profesión puritano

y del clero veterano

que es rey en el Vaticano

fuera un buen samaritano

con compasión por su hermano

—ya fuera este aldeano

o bien habitante urbano,

europeo, americano,

ya bien tirio o bien troyano,

budista, hindú, confuciano,

sintoísta o mahometano—,

vendería su Tiziano

y su grupo de Vulcano,

su mobiliario artesano

de gran lujo cortesano,

sus coronas de oro arriano,

su depósito otomano,

sus libros de gregoriano

y sus mil bustos de Adriano,

y ayudaría al paisano

pobre, de Asia o africano,

cortando así por lo sano

el cruel nudo gordiano

del problema cotidiano

de medio género humano,

que en invierno y en verano

(por culpa de algún tirano

o un gobierno draconiano)

pasa un hambre de hospiciano,

no tiene de arroz ni un grano

y menos jamón serrano.

 

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