El origen del faro

 

Los suizos no inventaron el faro, porque realmente no les hacía mucha falta. Pero en Grecia, allá por el 300 a. C. o así sí probó ser útil, porque los navegantes tenían que viajar mirando siempre la costa, ya que de otra manera tenían miedo, y el navegar junto a tierra provocaba frecuentes atascos en bancos de arena, arrecifes y demás. Por ello, todos en las islas griegas estaban impacientes y se decían: «¡A ver si alguien toma la iniciativa e inventa el faro de una vez!», hasta que alguien fue y lo inventó.

El primero conocido fue el de Alejandría (la de Egipto; hay que especificar, porque Alejandro fundó cuarenta y siete ciudades con ese nombre en toda Asia para que no nos olvidáramos de él).

El Coloso de Rodas era también un faro; es decir: tenía luz encima para indicar a los barcos a dónde tenían que dirigirse si los marineros querían vino y chicas. Esta construcción estaba en Rodas y era un coloso, como seguramente ustedes ya habrán deducido de su nombre.

Los faros romanos y también los de todos los demás pueblos antiguos eran torres de piedra, cascote y pladur (el poliespán les había resultado muy frágil para este menester), en cuya cima se emplazaba un fuego de madera o carbón. Los encargados de alimentarlo eran funcionarios del Imperio que trabajaban de nueve a seis, por lo que el faro, en un principio, permanecía apagado por la noche, hasta que alguien incidió en este absurdo, facilitado únicamente por la inercia administrativa.

En el siglo xviii se introdujeron mejoras que fueron mejores, porque introducir peores mejoras no habría tenido mucho sentido. La principal consistió en la instalación de placas de metal que reflejaban la luz de las candelas de Luis (su inventor, creemos). Luego se usó gas acetileno, lámparas eléctricas y tal. Con lentes se mejoró más tarde la capacidad de avisadora de los faros, aunque en la actualidad las modernas técnicas gepeésicas (de GPS) han obsoletado los faros, que solo sirven ya para que en sus paredes vivan felices las lagartijas.

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