Homero, el hombre grupal



         
 Todo esto sucedió hace ya un año.
          Estaba yo en mi casa, pasando la tarde tan ricamente, cuando sonó el timbre. Y, como sonó el timbre, pues yo abrí. Y hete aquí que entró un señor muy raro, vestido como le daba la gana, y me dijo:
          —Soy Homero.
          Y se quedó más ancho que largo.
          Yo, ¿para qué mentir?, puse cara de no creérmelo ni pizca. Ante mi actitud inquirió:
          —¿No me conoces?
          —Todos los Homeros que conozco son cubanos —repuse—. Parece ser que Fidel prohibió los nombres del santoral cristiano o cosa así; y por eso los varones de toda una generación se llaman Homero, Nelson, Ulises, Orestes o cosas todavía más feas.
          —No, no —insistió—. Soy Homero en persona: el vate.
          —Pues vate de aquí —le dije yo, intentando hacerme el gracioso (sin conseguirlo mucho, la verdad).
          —¿No te honra recibir la visita del fantasma de uno de los literatos más egregios de todos los tiempos, del autor de la Ilíada y la Odisea? —preguntó.
          —En primer lugar —contesté—, no sé muy bien qué quiere decir exactamente «egregio»; y en segundo lugar no he leído esas obras, ni pienso hacerlo.
          —¡Pero si las tienes aquí, en esta estantería! —protestó.
          —Es que las regalaban con el periódico —expliqué.
          El hombrecillo aquel masculló algo en griego y parecía realmente enfadado.
          —¡No te impresiona mi visita! Y, sin embargo, he sido el padre literario de muchos: cientos de autores se han inspirado en mi obra.
          —Di cinco nombres —le reté.
          Este es un procedimiento que me ha servido siempre muy bien para desarmar a los que intentan apabullarme con cifras.
          —Bueno, pues... —aquí el supuesto Homero se mostró dubitativo. Frunció el entrecejo y se esforzó por recordar algún nombre viable de literato influido.
          —¡Eurípides! —gritó, al cabo de un rato, aliviado—. Eurípides se basó en mis poemas épicos para escribir algunas de sus tragedias. Y, además, dijo taxativamente: «Yo me alimento de las migajas que caen de la mesa de Homero.» Conque, ¡ahí tienes! —añadió, con orgullo. Y me miró desafiante, como diciendo: «Refuta eso, ¡anda!»
          Yo no me amilané.
          —Da la casualidad que mí me importa muy poco lo que comía Eurípides, a quien no tengo el gusto de conocer, pero que seguro que era un soberano pelmazo. ¿No fue el que murió porque a un ave que había capturado a una tortuga se le cayó en mitad del vuelo y le dio en la calvorota, matándole en el acto?
          —No. Te confundes —especificó—. Ese fue Esquilo.
          —¿El del tortugazo no fue Eurípides? —insistí.
          —Te digo que no. Además, no estoy seguro de que esa historia sea verdad.
          —Si a eso vamos —repliqué— tampoco yo estoy seguro de que tú seas verdad.
          —¿Qué puedo ser entonces? —quiso saber.
          —Una alucinación. Debe ser algo que he comido y que me ha sentado mal.
          —¡Yo existo! ¡Yo existí y existo! Fui un famoso corresponsal de guerra y poeta.
          —Demuéstralo, pues. Háblame en verso.
          —¿Qué?
          —¿No dices que eres o eras poeta? Que se vea.
          Dijo entonces:
          —Yo te juró que tuve honor y fama
          de periodista, allí, en la agencia «Gamma»,
          la popular agencia de noticias
          que daba informaciones muy enteras
          y, si no podía darlas verdaderas
          las noticias, pues dábalas ficticias.
          Era su lema: «El público es quien paga
          y algo hay que darle que le satisfaga.»
          Yo fui quien hizo en Troya el reportaje
          de su muralla y todo su andamiaje
          porque en todos los medios de la tierra
          yo fui el mejor corresponsal de guerra.
          Dio noticias mi agencia a cien periódicos
          que informaban al pueblo de la Hélade:
          El Correo Ateniense, Los Argólidos
          Mundo Heleno, Los Tiempos de la Heliópolis,
          Nueva Esparta, La Crónica de Épiro,
          La Voz Cretense, El Eco Macedónico,
          La Gaceta de Apolo y un gran cúmulo
          de muchos otros, como Mundo Jónico...
          —Ya basta, que te pones soporífero.
          Las Polis, Macedonia Libre, etcétera.
          La verdad es que al gachó aquel, para ser un producto de una mala digestión, no se le daba mal la métrica.
          —¿Te convences?
          Yo no quise dar mi brazo a torcer. Así es que para desembarazarme de aquel fantasma, visión o lo que fuera, le dije:
          —Aguarda un momento.
          Mi fui a la biblioteca y volví con un ejemplar de El legado del mundo helénico, de Hans Helmut Hauptmann. Busqué un párrafo y se lo mostré.
          —¿Ves? Aquí dice que nunca exististe. Que no eres nada más que un nombre grupal que se adjudicó a un gran número de compiladores anónimos que recopilaron leyendas antiguas de tradición oral.
          Homero (sigámosle llamando así, por mor de la claridad) se puso pálido.
          —¿Que no existo?
          —Según Hauptmann, no. Y ya sabes que los alemanes son los que más saben de esto.
          Ese argumento le convenció.
          —¿Solo soy un autor anónimo?
          —No —especifiqué—. Eres muchos autores anónimos, que vivieron, además, en épocas diferentes.
          Aquello resultó demoledor.
          La verdad es que me dio lástima y, cuando le acompañaba hasta el rellano de la escalera para que se fuera de una vez, le di el teléfono de un psicólogo amigo mío, que entiende mucho de complejos.
          Y ahí tendría que haber acabado todo.
          Pero mi amigo me ha escrito el otro día una nota, comunicándome que, tras un año de dos sesiones semanales, ha llegado a la conclusión de que efectivamente Homero no existe.
          Y me dice también que, como no existe, es insolvente y que, por lo tanto, me va a tocar a mí pagarle las sesiones de psicoanálisis.
          Desde entonces, ya puede sonar el timbre todo lo que quiera, que yo ya no abro la puerta ni a tiros.

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