En día en que me encontré con Borges



          Yo una vez quise visitar la torre Eiffel, pero la cola para subir era tan larga que pensé: «Cuando vuelva el año que viene, ya subiré.»

          Pero al año siguiente me pasó igual. Y al otro.

          Cuando ya llevaba cinco años seguidos yendo a París con la intención de subirme en la dichosa torre sin conseguirlo, vi que solo me quedaba una opción obvia y sencilla: tenía que ir a la urbe parisina cuando no hubiera tanta gente.

          Hice entonces uso de la máquina del tiempo que guardo en el trastero para un caso de apuro y me trasladé al París de 1963, esa época en la que el «Chacal» todavía estaba intentando asesinar a De Gaulle.

          Y allí, en la fila en que aguardaba para subir (fila larga, pero algo más razonable) me encontré con alguien profundamente admirado.

          No lo podía creer, pero era él en persona. El genio. El argentino universal. Era Borges.

          —¡Maestro! —grité.

          El interpelado se volvió y me palpó un poco las narices, pues ya había perdido bastante vista para aquel entonces. Iba acompañado por una hermosa mujer que no hablaba nada (¡el ideal!) y que pronto se separó de nosotros.

          Me presenté al escritor como admirador suyo, le dije que venía del futuro y le convidé a un helado de fresa. Subimos juntos a la torre, luego bajamos y, sentados en una terraza, hablamos de cosas. Bueno, de cosas suyas. De él, en concreto.

          —Viajero del tiempo —me apostrofó—: añadiré con pluma febril a mi «Poema de los dones», aún inacabado por avatares incontestables, este momento tornasolado de encanto lutecio, que evoca en mi presente baldío ecos peregrinos de un futuro que aún no ha sido, como recuerdos de un olvido que perdura y transcurre calladamente sobre la pátina de los años sigilosos.

          Dicho esto, quiso enseguida saber si estaba considerado entre los mejores novelistas del siglo.

          —¿Novelistas? —repetí—. Novelistas no, maestro. De hecho no ha escrito usted ninguna novela.

          —Aún no —protestó—, pero lo haré pronto. Tengo varias elaboradas y en trance de publicación.

          Yo estuve a punto de tener una debilidad y decirle esa frase inane de «¡Pues va a ser que no!», afamoseada por comicuchos de tres al cuarto, pero al final, el buen gusto me lo impidió.

          —Pues no será así —dije, de otra manera—. Morirá usted sin publicar ninguna novela larga.

          El desencanto se reflejó en los ojos del genio.

          —Eso me entristece. ¿Quién lo iba a pensar? Claro que usted sabe lo que me sucederá, lo que sucedió, desde su punto de vista. ¿Así es que no seré recordado como novelista?

          —No. En el tiempo del que vengo, todo el mundo le considera un cuentista.

          —Bien. Entonces aceptaré los hechos. En cuanto vuelva a casa quemaré irremisiblemente los manuscritos de mis novelas. Es una lástima, pero si no se van a publicar...

          —Pero vivirá usted muchos años —le dije, para animarle.

          —Dígame cuándo moriré, por favor. No me gustan las sorpresas.

          —Es que —repliqué— no sé el año exacto. Creo que fue, que será en el 1992. No, espere: le estoy confundiendo con Asimov.

          Borges puso una cara muy rara.

          —Dejémoslo —pidió—. Hábleme de otras cosas.

          —¿Cómo qué?

          —Hombre, cosas importantes, de la historia.

          —Bien. Pero ha de prometerme no contarlas, porque, de lo contrario, se armaría un lío muy gordo.

          —Se lo prometo.

          —Pues le resumo: los americanos llegarán a la luna, ganarán la Guerra Fría y nombrarán al presidente más tonto que han visto los siglos. En España habrá democracia, pero el dinero lo seguirán teniendo los mismos de siempre. Argentina invadirá las Malvinas y las perderá acto seguido.

          —¿Y qué más?

          —No mucho más, créame. ¡Ah, se me olvidaba! Se inspirarán en usted para una película basada en un libro.

          —¿No me diga? —Borges se había interesado—: ¿Quién?

          —Un italiano: Umberto Eco. Escribirá una novela de crímenes en un monasterio benedictino. Y habrá un fraile hispano, llamado Jorge, viejo, ciego y bibliotecario como usted.

          —Yo no soy viejo —protestó.

          —Pero lo parece, maestro.

          —¿Y seré el protagonista?

          —No; será el asesino malvado, que se comerá a cachos el último ejemplar de la «Comedia» de Aristóteles.

          —Me deja usted epatado.

          —Bueno; ha sido un placer, maestro —aseguré—, pero se hace tarde y yo me tengo que ir.

          —Gracias por todo lo que me ha contado —me dijo—. Pero, antes de marcharse, infórmeme solo de una cosa más.

          —Usted dirá.

          —¿Me darán el Nobel? —preguntó, esperanzado.

          Sentí mucha lástima por aquel hombre insigne. Pero no pude mentirle.

          —No —afirmé, tajante—. Nunca le darán el Nobel.

          A Borges le dio un soponcio y cayó redondo al suelo. Yo reconozco mi cobardía: salí corriendo de allí, dejando al genio tirado en el suelo, como si fuera un envoltorio de un chupa-chups. Usé mi máquina y regresé al tiempo presente.

          Luego me enteré de que Borges no había muerto en 1963. Pero, señores, ¡qué susto!

          Al parecer, las novelas sí las quemó, debido a lo que yo le dije, porque nunca han aparecido.

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