Oda lacrimógena a Jardiel Poncela




A este nicho hemos llegado
cuatrocientos en cuadrilla
porque el rey de la cuartilla
está aquí dentro enterrado.

Que Enrique Jardiel Poncela
fue un escritor excelente
es una verdad patente
desde el Congo a Venezuela.
No me negará ninguno
que tuvo cómica vis
como de aquí hasta París
y la usó bien, el muy tuno.
Salvo que alguno discrepe,
diré que Jardiel Poncela
fue un maestro en la novela,
el teatro y el julepe.
Si le añadimos a eso
que era un encanto de hombre,
no creo que nadie asombre
que hable de él con embeleso.
Y, pues no hay quien le aventaje,
—que dicen en el “Tenorio”—,
me resulta obligatorio
darle un verso de homenaje.
A esta labor me consagro,
pero no he escrito un volumen,
¡tranquilos! Cuento, en resumen,
su vida y algún milagro.

A inicios del siglo veinte
y en esta localidad,
nació, a muy temprana edad,
como suele ser corriente.
En lo tocante a lo físico,
y en toda su juventud,
gozó de buena salud:
no estuvo loco ni tísico.
Se le ha achacado de todo,
principalmente fealdad.
No era un Narciso, es verdad,
más tampoco un Quasimodo.
Tenía cara de diablillo.
De joven lució bigote
y pelos en el cogote,
pero nunca uso flequillo.
Si hablamos de su osamenta,
era escasa: no creció
y, por más que lo intentó,
no llegó al metro cincuenta.
Más de ser enano, jura
que el complejo no le asalta:
para vivir no hace falta
tener excesiva altura.

En lo mental, su cerebro
fue recio hasta decir «basta!»,
y fue así porque su casta
viene de Quinto de Ebro.
Pero usó con reflexión
su carácter obstinado
para colocarse al lado
de Lope y de Calderón,
porque, puesto a renovar
nuestro teatro de humor,
lo dejó mucho mejor
que antes. ¡Dónde va a parar!

De niño, en lo literario
puso toda su ilusión,
porque no tenía intención
de ser fraile o funcionario.
Empezó a pegar plumazos
y a escribir como un demente
textos que, invariablemente,
su madre hacía pedazos.
Pero esta forma purista
de censura maternal
hizo, como es natural,
de Enrique un perfeccionista.
Así, a la chita callando,
su estilo fue superior,
y ha sido el espectador
el que ha salido ganando.
Es ameno de leer
y de fácil comprensión.
No es pelmazo ni un tostón,
lo que es muy de agradecer.
Al contrario: el jardielismo
es fruto de un gran artista
y entre él y el humorista
de hoy en día hay un abismo.

El ingenio chispeante
de Enriquito, el chiquitín,
le sirvió para otro fin
mucho más interesante:
con palabras seductoras
—en las que era un gran experto—
consiguió llevarse al huerto
a muchísimas señoras.
Tuvo fama merecida
de ser amante a destajo
y, aparte de su trabajo,
no hizo otra cosa en su vida.
Se ha dicho de él un dislate:
que las hembras le cargaban.
Es mentira: le gustaban
mucho más que el chocolate,
pero en las obras teatrales,
las mujeres de ficción
resultan mejor si son
malvadas o irracionales.
Hace de ellas vituperio
y las pone a caer de un burro,
pero es a causa del curro.
No hay que tomárselo en serio.

Amigos tuvo un puñado
que decían que le querían,
aunque desaparecían
cuando les pedía prestado.
Conocía a mucha gente
y he de hacer aquí hincapié
en que invitaba a café
a todo bicho viviente.




Fue Jardiel el arquetipo
del hombre entre bastidores,
entre empresarios, actores
y gentuza de ese tipo.
Allí daba directrices,
ensayaba sus montajes,
seleccionaba los trajes,
se ligaba a las actrices,
charlaba con comediógrafos,
redactaba los programas,
leía cientos de dramas,
cenaba con escenógrafos,
buscaba la utilería,
llenaba libros de apuntes,
instruía a los traspuntes
y estaba en Contaduría.

Así, feliz y contento,
fue pasando su existencia
hasta que una cruel dolencia
vino a chafarle el invento.
Eso fue su gran derrota,
pues del cáncer de laringe
—misterioso, cual la esfinge—
nadie sabía ni una jota.
Aquel mal no tenía cura,
los médicos sentenciaron.
Y luego se apresuraron
a cobrarle la factura,
no fuera a ser que, al final,
se declarara insolvente
y muriera alegremente
sin pagarles ni un real.
No obstante, aquellos doctores,
por cubrir el expediente,
indicaron al paciente
cómo paliar sus dolores.
Su tratamiento incluía
aspirina y testamento,
en espera del momento
de irse con la mayoría.
No es de extrañar que Jardiel
mandara a todos al cuerno,
ganándose en el infierno
un lugar junto a Luzbel,
un ser mucho más simpático
y amable con los mortales
que aquellos profesionales
del juramento hipocrático.

Enrique lo tuvo crudo
tras aquel aciago día;
estaba mal: se sentía
como si fuera un felpudo.
Escribía muy poquito
y le pagaban dos duros
Empezó a pasar apuros
por el dinero maldito.
Quedó pobre cual las ratas,
por lo que para comer
tuvo hasta que malvender
su colección de corbatas.
Al verle tan desprovisto
de dinero y propiedades,
dijeron sus amistades:
«No me acuerdo, si te he visto».

Por si fuera poca cruz,
le embargaron hasta el coche.
Pasó a oscuras una noche,
pues le cortaron la luz.
Fue a pedir un adelanto
a la Sociedad de Autores
y aquellos buenos señores
se carcajearon tanto
que el ruido provocó grietas
en el techo y el parqué,
y así Jardiel tuvo que
pasarse sin las pesetas.

En su pobreza se instala,
ya más solo que la una,
sin albergar duda alguna
de que la gente es muy mala.
Desengañado en extremo
de la condición humana,
fue y se dijo una mañana:
«¡Ya está bien de hacer el memo!»
Y decidió, por decoro,
—y por estar moribundo—
pasar ya de todo el mundo
y hacer mutis por el foro.
Se murió, según se cree,
en un plácido letargo.
¡Ahí te quedas, mundo amargo,
y el que venga atrás, que arree!

Aquí termino esta glosa
sobre el genio del humor.
Apláudanla, por favor,
y pasemos a otra cosa.

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