Escritores asquerosos



          Seamos sinceros: la literatura es ocupación propia únicamente de gente indecente y más fea que otra cosa.
          Hoy en día ser escritor no carece de glamour, lo reconozco; pero eso es solo una falsa imagen creada por los medios de comunicación, que pertenecen al mismo dueño que las editoriales y tienen que hacer que los libros que publican estas se vendan como sea.
          Pero, pese a la admiración que algunos literatos suscitan en las gentes mal informadas, su realidad no es en absoluto de envidiar.
          Un estudio estadístico demuestra que la mayoría de los autores famosos la han constituido personas harto defectuosas en lo físico y no digamos en lo moral; o, para decirlo de otra manera, tarados y gentuza.
          Lamento tener que exponer tan tristes verdades, que acabarán con las ilusiones de más de un fan.
          Para demostrar mi anterior aseveración me veré en la necesidad de proporcionar ejemplos abundantes y convincentes, para que nadie pueda decir que son un embustero de marca mayor.

Miguel de Cervantes
          A más de manco y de tener cara de mala uva, este supravalorado escritor amateur (ya que nunca consiguió vivir de lo que le proporcionaban sus escritos) fue a la cárcel por malversación de fondos. Con lo difícil que es que eso suceda en nuestro país, nos imaginamos que las pruebas en su contra serían abrumadoramente contundentes.

William Shakespeare
          Este señor tenía que estar siempre escondiéndose en los portales para no encontrarse por la calle con Christopher Marlowe, al que había robado varios argumentos de obras teatrales y que buscaba al vate de Stratford-upon-Avon para reestructurarle la forma de las narices.

Lord Byron
          Este poeta inglés era cojo y bajito. Además, le olía bastante mal el aliento y se lavaba menos que el Cid Campeador. Pese a tener una exuberante melena de color castaño claro, no se la peinaba nunca y huía del perfume como del diablo. Consiguió su fama de una manera poco elegante: haciendo correr falsos rumores sobre su pervertido gusto por el incesto y la sodomía y exagerando las dimensiones de su miembro viril, que luego, a la hora de la verdad, resultó ser de lo más normalito.

Fiódor M. Dostoyevski
          EstE famoso ludópata estaba como una cabra y dio muchos disgustos a su pobre mujer, María Dmítrievna Isáyeva. Alternaba sus ataques de epilepsia con sus infidelidades conyugales, por lo que su vida familiar no era ninguna juerga. Si a eso le añadimos que ganó poquísimo dinero, no estamos hablando de un marido modelo, que digamos.

Rubén Darío
          Este poeta reservaba toda su elegancia para sus versos. En persona era feo como un mono de rostro y, además, gordo y seboso. Su tacañería en lo tocante a canapés hacía que sus invitados se quedasen siempre con hambre canina. No solo eso: se vestía como un verdadero hortera, con unos chaquetones de unos colores imposibles. ¡Quién lo iba a decir!, ¿verdad?

Edgar Allan Poe
          Estamos hablando de un señor de mente calenturienta y febril, que pidió prestado muchísimo dinero a unos y a otros y jamás lo devolvió. Fue, además, un virtuoso de la borrachera, al que hubo que recoger de las cunetas muchas veces; tanto es así que sus amigos adquirieron en hacerlo tal práctica que acabaron profesionalizando esta actividad y establecieron un servicio de pago de recogida y devolución de beodos a domicilio.

Francisco de Quevedo
          El gran satírico era cojo, miope, puñetero y pendenciero. No se podía ir con él a ningún sitio porque, a la mínima, ya se estaba peleando con alguien por cualquier «quítame allá esas pajas», vulgo insignificancia, y los amigos se veían obligados a batirse innecesariamente con desconocidos, por mor de la amistad y por el aquel del «con quien vengo, vengo».

Gustavo Adolfo Bécquer
          El lírico tenía la cabeza muy gorda y chepa. Siempre se estaba quejando de que las mujeres no le hacían caso y se hacía de todo punto insoportable. Por si esto fuera poco, era muy vanidoso y, al menor descuido, ya les estaba leyendo sus poemas a los que tenía alrededor. Y, ¡ay de ellos si no le alababan lo suficiente!

Julio Cortázar
          Este escritor era argentino.

          Creo que esta relación de defectos insufribles resulta lo bastante convincente. Mi argumento es que si todos estos señores, en vez de feos y viciosos, hubieran sido guapos, elegantes, limpios y formales, las mujeres les habrían amado por sus prendas personales y su carácter y, en lugar de escribir, hubieran podido dedicarse al amor y a otras actividades placenteras, en vez de ser siempre unos amargados de tomo y lomo.




1 comentario:

Marcelo dijo...

Genial la descripción de Julio Cortázar, totalmente de acuerdo, ... pero ... yo también soy argentino. Horror!!!