My Fair Lady (George Cuckor, 1965)




Una noche londinense
va a la ópera un pelmazo
y a la salida se encuentra
allí con un amigacho
a quien no había visto nunca
—no es suceso tan extraño,
que era amigo por correo—.
Charlan y, al cabo de un rato,
establecen una apuesta:
que en mucho menos de un año
conseguirá que hable bien
y no diga nada raro
una florista que allí
les quiere vender un ramo
y por cuya boca salen
—además de escupitajos—
unas frases muy terribles,
unos conceptos muy malos,
unos insultos atroces,
anacolutos, pleonasmos,
miles de cacofonías,
rayos, culebras y sapos.

(Pero ahora que me doy cuenta:
aún no les he presentado
a los actores del drama.
Henry Higgins es el raro
y el coronel amiguete
se llama Pickering o algo;
ella es Eliza Doolitle,
la que habla que da asco.
Ya está hecho. Proseguimos.)

Pues bueno, se dan un plazo,
se lleva a la chica a casa
(mas no para nada malo);
nada más llegar allí
la desnuda… y le da un baño
y empieza a hacerle ejercicios
aburridos y diarios
sobre cómo pronunciar
el idioma shekspiriano,
cómo lavarse los dientes,
cómo comer en un plato,
cómo hacerse bien el moño
y otros ejercicios básicos
de la buena sociedad
de ese mundo victoriano.

Pero de pronto aparece
su padre, un tipo simpático,
que le guiña un ojo a Higgins
y le propone un buen trato:
usufructuará a la niña
al profesor, siempre y cuando
éste le pague un pastón.
El otro accede encantado,
porque el precio que le piden
le parece bien barato.
Compra a Eliza y se la queda
para su uso privado
mientras el padre se larga
tan contento con sus cuartos.

¿Qué pasa a continuación?
¿Lo que nos imaginamos?
Pues no, porque el Higgins ni
siquiera le mete mano,
bien porque eso está mal visto
en el Imperio Británico
o porque el profesor tiene
su pizca de ramalazo.
Se limita a darle clases
para que pueda ir a Ascot
con una pamela más
grande que un circo romano.
En fin: la chica se aprende
por lo menos lo más básico:
cómo saludar a un duque
y cómo pelar un plátano
sin emplear, por error,
el cuchillo del pescado.

Bien. La llevan a una fiesta
que da la Reina en palacio
y le dicen que es princesa
a un conde checoeslovaco
que no descubre el embuste
porque está un poco tocado.
Vuelven a casa de Higgins
a celebrar el engaño
y a la pobre de la Elisa
no le hacen ningún caso,
con lo que ella, mosqueada,
va y le pone como un trapo
al profesor majadero,
que no se había percatado
de que la chiquita estaba
tan maciza como el mármol,
con un cuerpo que invitaba
a pegarle un buen bocado.

Ella se siente dolida
de que le ignore el pazguato
y se dedica a ligarse
a uno que no ha dado un palo
al agua en su vida, porque
es noble y «aristocrato».

¿En qué acaba esta historieta,
este ingente despilfarro
de imaginación inglesa?
(Perdonen por el sarcasmo.)
Pues en que Elisa le quita
al profesor los zapatos
y le trae las pantuflas
y así se acaba el relato.
(Esta concatenación
de sucesos tan extraños
es un non sequitur en
cualquier tierra de garbanzos.)

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