Carmen, la de la navaja en la liga




Todas las óperas tratan de lo mismo: de amores infortunados y trágicos. Cuando, por error, el libretista hace que las cosas acaben bien, todo el mundo dice que aquello es una opereta, un género inferior y sin valor alguno, no importa cuán majestuosa sea la música. Y es que a la gente refinada que va a la ópera le gusta lo indecible ver sufrir a los demás, aunque sean personajes de mentira.
Por eso da igual que ustedes conozcan una ópera u otra o catorce diferentes. Con una sola les basta.
          Y para ponérselo facilito les daremos información sobre lo que nos pilla más cerca: Carmen, de Bizet, un dramón ambientado en España (y eso porque las poquísimas óperas españolas han pasado siempre sin pena ni gloria y no han conseguido ni un lugarcito en las historias de la música, para entrar en las cuales hace falta la recomendación de los públicos de la Scala de Milán y sitios por ese estilo). 
          La música es de Georges Bizet (¡anda, esto ya lo habíamos dicho!), aunque no toda, pues su célebre habanera es del vasco Sebastián Yradier. Bizet creyó que era de un autor anónimo, una pieza folclórica (o eso dijo) y la robó tranquilamente.
La historia es de Ludovic Halévy, que la había copiado de Prosper Mérimée, que a su vez la había copiado de Aleksandr Pushkin, que a su vez la había copiado... (lo dejamos aquí, para no cansar).
Se estrenó en París en 1875, no gustó nada y obtuvo unas críticas como para morirse. Y eso fue precisamente lo que hizo Bizet al final de la temporada. A los pocos meses se repuso en Viena (se repuso la ópera, Bizet no se repuso de haberse muerto, que conste), lográndose gran éxito. Bizet, desde el otro mundo, lo que sí hizo fue decirse: «¡Si lo llego a haber sabido, no me muero! Esto es lo que tiene obrar precipitadamente».
          Tiene narices (por decirlo de una manera más elegante de la que se nos había ocurrido en un principio) que esta pieza, que presenta una visión de España más falsa que un billete de ocho euros, se haya catalogado como ejemplo paradigmático del verismo; esto es: de un estilo literario costumbrista caracterizado por contar las cosas como son, con todos sus pelos y todas sus señales.
          La historia de Carmen está ambientada en Sevilla (aunque no se ven las fallas, como en alguna reciente película hollywoodiense de infausta memoria), a inicios del siglo xix, antes de que se inventaran los chupa-chups. La protagonista es una bella gitana, porque en ninguna obra literaria apareció nunca una gitana que no fuese bella. La razón es que se trata de una raza muy orgullosa que no se anda con bromas en cuanto a la posible fealdad de sus mujeres y ningún escritor ha querido arriesgarse a que algún enfadado tomase represalias.
          Quedamos en que Carmen es muy bella y que, además, es brava. Lleva un cuchillo en la liga y, por eso, no gana para medias, porque se le enganchan en la navaja y se le rompen con gran frecuencia. Es, además, más coqueta y casquivana que las gallinas, también para decirlo con elegancia. Seducirá a un cabo con esas cosas que usan las mujeres tradicionalmente para seducir y luego, después de que él se haya vuelto loco de amor por ella, se liará con un torero, provocando que el cabo, al cabo, la mate.
          Claro que pasan otras cosas, pero sólo de relleno. Estamos ante un triángulo equilátero de los de toda la vida. Contémoslo en detalle para beneficio de los que quieran enterarse sin ver la ópera.
          En el acto I hay una plaza, vendedores de barquillos, niños jugando a la versión francesa de «¡churro va!» y un cambio de guardia. El cabo don José se da bruces con Carmen, que no lleva sujetador bajo la blusa, y ella le canta algo que tiene que ver con un pájaro que está en una jaula y que ella quiere agarrarle o cosa parecida. Todo esto nos parece altamente inmoral.
          En la fábrica de cigarros donde trabaja, Carmen se pelea con una compañera por un quítame allá esas vitolas y acaba arañando a la otra. El cabo tendría que llevarla al calabozo, pero la blusa se le ha desgarrado durante la reyerta y don José se siente sin fuerzas para hacerlo ante argumentos tan poderosos. Por ello, deja escapar a la joven, que se va a su casa a cenar, y él es degradado y encarcelado, lo que lo que le está muy bien empleado, por lascivo.
          En una taberna asquerosa —en la que el camarero remueve con el dedo el azúcar de los cafés— se encuentra Carmen hablando con una banda de contrabandistas (¿‘banda’ de contrabandistas?, ¿no debería ser ‘contrabanda’ de contrabandistas?) que planeaba asaltar una charcutería próspera. Entonces aparece Escamillo, un torero que iba camino de Granada para ver la Giralda (el pobre no tiene estudios y hay que perdonarle su incultura), se toma unas cuantas copas y queda prendado de Carmen, que sigue con su costumbre de prescindir del sujetador siempre que puede. Escamillo canta la marcha del toreador y tras cantar la marcha, para no parecer incoherente, se marcha.
          Llega a la tasca don José y Carmen le intenta convencer de que se contrabandice. El cabo se niega. Pero aparece un oficial de la guardia —que ha entrado en el local a preguntar de quién es un carruaje que está aparcado en doble fila— y se pelea con el cabo. Don José le pincha y ya no le queda otra opción que huir cobardemente.
En el acto tercero vemos un paraje salvaje en las montañas: la guarida de los contrabandistas, con sus paredes adornadas con las cabezas de sus víctimas y pintadas todas al gotelé y en un color gris perla muy elegante. Carmen está cansada de los celos del cabo. Aparece el torero y pasan cosas, pero no muy interesantes, créannos. Así es que nos las saltamos.
          Finalmente vemos la plaza de toros. La real moza se ha ido con el torero, que gana millones, ya que los aficionados le arrojan muchos puros habanos a la cabeza cuando hace una buena faena, razón por la que ha montado una expendeduría y se ha hecho doblemente rico vendiendo el tabaco.
Don José le pide a Carmen que abandone a su nuevo amante y vuelva con él. Ella pega una carcajada que hace que se rompa el botijo que tienen los toreros en el burladero para beber mientras ponen las banderillas. El cabo se enfada y, como tiene ya la mano sueltecita y hecha a pinchar (ya lo ha practicado dos actos antes), pincha también a Carmen, que expira. Mientras tanto el torero ha tenido otro éxito, recibe los aplausos del público y firma un contrato ventajoso para para torear la próxima temporada en la plaza de toros del Real Sitio de Gerona.
La ópera acaba, el público aplaude una hora y cinco minutos a los solistas, como es obligatorio, y luego se va a su casa.
Pocas cosas quedan por decir de esta pieza músico-teatral tan afamada. Se hicieron versiones cinematográficas en 1907, 1909, 1912, 1913, 1915, 1915 otra vez, 1918, 1922, 1927, 1931, 1933, 1940, 1943, 1945, 1948, 1954, 1978, 1983, 1983 de nuevo, 1984, 1984 otra vez (¡qué lata!), 2003, 2005, 2011 y las que te rondaré, morena.
          Podemos decir con orgullo patrio que en la versión española de 2003, dirigida por Vicente Aranda, se veían muchas más partes de la anatomía de Carmen que las otras películas.
          Algunas de estas versiones son dignas de ser comentadas. Por ejemplo las ocho primeras, que son películas mudas. ¿Cómo puede hacerse una ópera muda? Evidentemente, eso es algo que tiene mucho mérito, más que nada por parte del público, que es el que ha de saberse de memoria la partitura para irla recordando al tiempo que ve las escenas.
          La película de Raoul Walsh de 1927, en lugar de llamarse Carmen, se tituló Los amores de Carmen, pues el director consideró imprescindible especificar el tema y que nadie se pensara equivocadamente que era una película de vampiros.
          La última de las que tenemos noticia es Carmen in 3D, lo que en un principio resultaba prometedor, pero que acabó siendo un chasco mayúsculo, porque es una producción de la London’s Royal Opera House y la actriz que hace de Carmen no se quita nada.

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