JARDIEL EN LA RADIO, OBRA IMPRESCINDIBLE


Jardiel Poncela escribió «Usted tiene ojos de mujer fatal» haciendo una versión todo lo libre que le dio la gana de su novela «Pero... ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?», que había sido un éxito de los de aúpa cuando se publicó. El mito de don Juan —el personaje más popular de la literatura mundial con diferencia, muy por delante de quijotes, hámletes y bovaries— tiene un encanto irresistible y siempre funciona a la perfección en el teatro. La versión jardielesca no iba a ser menos que las demás y su autor cosechó grandes triunfos con esa obra, divertidísima y magníficamente construida en lo que a «carpintería teatral» se refiere». Pero, siendo puñeteros, si alguna pega se le podía poner a tal comedia era su superficialidad, pues no dejaba de ser una historia de amor, inusual, eso sí, pero poco más que eso.
 

Y hete aquí que Ramón Paso viene a completar la obra de Jardiel y a añadir todos los elementos que en ella podrían echarse en falta. Su valiente adaptación respeta casi reverencialmente el original, al tiempo que aporta los elementos dramáticos que resultan imprescindible para que lo cómico resalte cuanto tiene que resaltar. Con el marco de una emisión radiofónica de la obra, Paso nos presenta a una compañía que intenta hacer arte durante el franquismo, empresa ya de por sí meritoria. En ese enrarecido trasfondo del mundillo teatral de los años cuarenta, vemos a un Jardiel muy humano, que sufre por tres amores: por una mujer que le ha traicionado y de quien no sabe si puede volver a fiarse, por un amigo que llega a un triste fin debido a la innata crueldad de los hombres y por una amada España en la que pensar es un lujo y opinar un peligro. Esta dimensión del autor-personaje que interviene en su propia obra añade profundidad, calidad y variedad al texto original, mejorándolo sensiblemente.
 

Y luego, la dirección de Ramón Paso, acertadísima, barroca, completa, plena de detalles y de sutilezas. No menos buena la interpretación. Un Oshidori fabuloso —difícil reto el de entusiasmarnos en ese papel a los que recordamos la versión televisiva de Ismael Merlo—, interpretado a la perfección por Juan Carlos Talavera con gran aplomo y dominio del personaje. Desde aquí le hacemos patente nuestra admiración por su arte. Un Jardiel Poncela profundo y lleno de matices dramáticos que David Zarzo encarna con intensidad y solvencia, pese a la dificultad del papel. Una deliciosa y graciosísima Ana Azorín en un muy jardielesco carácter —una señora de la limpieza metida a actriz que reacciona ante lo que ve y dirige la actitud del público—, que no le va a la zaga al personaje de Rodriga de «Los habitantes de la casa deshabitada». Una «dama joven» al uso de aquellos tiempos que Inés Kerzán interpreta muy bien, de manera pulcra, limpia y convincente, aportando gran simpatía a la obra. Y dos personajes secundarios con los que Ángela Peirat y Carlos Seguí nos deleitan y nos divierten. Bien es verdad que se ha dicho que en las obras de Jardiel no existen secundarios y que todos los papeles tienen su realce y su importancia.
 

En resumidas cuentas: una función de las buenas, «de las de antes de la guerra», como se decía después de la guerra. Una función que no hay que perderse porque es una logradísima mezcla de lo antiguo y lo moderno, de lo cómico y lo dramático, del talento de Jardiel y el de Paso (no escribimos ‘jardielesco’ y ‘pasiano’ porque este último adjetivo no es muy afortunado). Vayan a verla. Hágame caso. Si no les gusta, yo mismo les devolveré el dinero de mi propio bolsillo.

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