Libros inmorales

(FRAGMENTO DEL LIBRO GRANDES PELMAZOS DE LAS LETRAS UNIVERSALES)




No se trata aquí de ponerse puritano porque sí, sino porque es un hecho palmario: los escritores —esa sub-especie humana que casi nunca paga el alquiler— ha venido socavando con sus ringorrangos los principios éticos de nuestra sociedad desde tiempo inmemorial.
En la competición del vicio, los libros superan con mucho a las impúdicas imágenes de las orondas desnudeces de Rubens y otros depravados de su misma calaña. Dicen los pedantes que la literatura recoge las gestas de los humanos, pero la realidad sucinta y escueta es que la tal literatura universal no es más que un compendio de porquerías que nos ofende a muchos en nuestra fe calvinista.
         Veamos de qué tratan, en esencia, algunas de las obras más reputadas de las letras mundiales y cuál es la catadura moral de sus protagonistas:

Un estudiante que no se lava casi nunca mata a una vieja de un hachazo y se pasa el resto de la novela dándole pistas a la policía para que le detenga, pues, a más de ser guarro, está como una cabra (Crimen y castigo, de Fiodor M. Dostoyevski).
Uno, que se lava aún menos que el de antes, asesina chicas hasta que las buenas gentes le detienen y se lo comen crudo y enterito (El perfume, de Patrick Süskind).
Un efebo seduce a una vieja pendona y se la lleva; el marido, en vez de alegrarse, le hace la guerra durante diez años provocando la tira de muertes de inocentes (La Ilíada, atribuida a Homero).
Un loco flaco y un tonto gordo van por el mundo haciendo el cretino; y la gente, en lugar de conmoverse, se dedica a darles palizas sin parar (El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes).
Un majadero, para vengar a su padre asesinado, hace que muera la única mujer que le ama y se carga a otros muchos que no tenían nada que ver en el asunto (Hamlet, de William Shakespeare).
Un profesor aburrido hace tratos con el demonio para trajinarse a una chica menor de edad (Fausto, de Johann W. Goethe.).
Una adúltera provinciana sin imaginación se envenena para no pagar a sus acreedores, que acaban en la ruina (Madame Bovary, de Gustave Flaubert).
Un rey imbécil encierra en prisión a su hijo toda su vida por haber leído un horóscopo (La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca).
Un amanerado comete tantos y tantos pecados que se le notan hasta en el carnet (El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde).
Un señor quiere volver a su casa, con su esposa y sus hijos, después de haber estado mucho tiempo en una guerra. Pero los dioses se divierten haciéndole mil perrerías para impedírselo (La Odisea, atribuida a Homero).
Unos frailes sodomitas se asesinan entre ellos y acaban destruyendo con sus jueguecitos uno de los mejores libros de todos los tiempos (El nombre de la rosa, de Umberto Eco).
Tres hermanos sensuales se hartan de su lujurioso y avaro padre, y la intriga queda reducida a ver quién se lo carga antes (Los hermanos Karamazov, de Fiodor M. Dostoyevski).
Una niña desvergonzada se dedica a incitar con sus encantos a un profesor que, para poder trajinársela, se casa con su madre, dando lugar a curiosas situaciones (Lolita, de Vladimir Nabokov).
Un montón de canallas se confabula para traicionar a una buena persona que, como buena persona que es, dedica un montón de años y de dinero a ejecutar en ellos las venganzas más horribles (El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas).
Unos probos burgueses se cargan lentamente a su hijo cuando éste se convierte sin querer en un escarabajo y ya no puede llevar el sueldo a casa (La metamorfosis, de Franz Kafka).
Un grupo de libertinos se encierra en un castillo con el firme propósito de no salir de allí hasta haber efectuado todas las guarradas imaginadas hasta el siglo xviii y muchas otras más que se inventan ellos sobre la marcha (Las 120 jornadas de Sodoma, del Marqués de Sade).

¿A que esto, contado así, hace albergar pocas esperanzas en el ser humano?

1 comentario:

Joaquín Dos Apellidos dijo...

¡Jjajaja! Y no solo eso; son también muy perezosos, creo que Flaubert cuenta cómo se da la vuelta en la cama; y para contar esto el tío escribe treinta páginas. ¡Si es que son una panda!