CALÍGULA LES DA UN DISGUSTO A LOS PATRICIOS





Acto úniquísimo (más de uno sería intolerable)

            (La escena está llena de patricios preocupados. Ya iremos viendo cómo se llaman a medida que vayan hablando algo.)
           
Floro Petunio.—¡No nos podemos reír!
            Algio Frígido.—La cosa no es que tenga ninguna gracia, Floro Petunio.
            Pomposio Fausto.—¡El muy mangurrino castiga con la muerte toda demostración de alegría en el Imperio!
Algio Frígido.—¡Es un tirano!.
Floro Petunio.—Dices bien. Y tiene muy mal gusto para conjuntarse las túnicas con los mantos y los calcetines.
Recio Bruto.—¡Hay que acabar con el!
Algio Frígido.—Este Calígula es un pájaro de mucho cuidado.
            Pomposio Fausto.—Ha prohibido la risa y la juerga para indicar que estaba muy triste por la muerte de su hermana, Drusila.
            Recio Bruto.—A la que probablemente él mismo se cargó.
Algio Frígido.—¡Chisssss! Habla con precaución, Recio Bruto. No se sabe quién puede estar escuchando.
            Recio Bruto.—¡Me da igual! Ya estoy hasta el moño. El Emperador nos tiene a todos acogotados y la cosa empieza ya a pasar de castaño oscuro.
            Floro Petunio.—¿Es que, de verdad, asesinó a su hermana?
            Pomposio Fausto.—¡Toma, claro! Con el pretexto de Drusila tenía tos, le dio un jarabe que le hizo mermelada a las tripas.
            Recio Bruto.—Y eso sin contar las quince puñaladas que tenía el cadáver.
            Algio Frígido.—Y ahora finge estar todo mohíno, el muy hipócrita. Os digo que es un malvado de los de padre y muy señor mío.
            Floro Petunio.—Pero ¿qué podemos hacer?
            Recio Bruto.—¡Rebelarnos!
            Floro Petunio.—¿Rebelarnos?
            Recio Bruto.—Y matarle bien muerto.
            Floro Petunio.—¡Su guardia pretoriana le protege!
            Recio Bruto.—¡Bah! Enseguida se pondrán de nuestra parte. Les paga muy mal.
            Algio Frígido.—¿Estás proponiendo un golpe de estado?
            Recio Bruto.—No: el golpe de estado aún no se ha inventado. Yo sólo sugiero un asesinato político.
            Pomposio Fausto.—¿Y cuándo sería la cosa?
            Recio Bruto.—¿Para qué más demora? Hoy mismo le apuñalamos en cuanto aparezca por esa puerta. (Todos miran hacia la puerta.)
            Floro Petunio.—Yo no me he traído el puñal: me lo he dejado en la otra ropa, cuando me cambiaba…
Recio Bruto.—No importa: yo llevo uno de repuesto y te lo prestaré con mucho gusto.
            Algio Frígido.—¿Y luego?
            Recio Bruto.—Luego, qué?
            Algio Frígido.—¿Quién gobernará el Imperio cuando Calígula muera?
            Recio Bruto.—¡Qué más da! Cualquiera lo hará mejor que él. ¿Estáis conmigo?
            Algio Frígido.—Sí. Así no podemos seguir.
            Pomposio Fausto.—Si no hay más remedio…
            Recio Bruto.—Bien. Entonces haceros a la idea. En cuanto asome la gaita, tú, Floro, te tiras a sus pies, como sueles hacer siempre que le ves, y con el pretexto de besarle la sandalia, le agarras por las canillas. Cuando le tengas inmovilizado, los demás le apuñalaremos con comodidad.
            Algio Frígido.—Es un buen plan.
            Recio Bruto.—Cuando hundáis el cuchillo, recordad retorcerlo un poco, para que las heridas sean mayores.
            Floro Petunio.—(Aparte.) ¡Qué bruto!
Recio Bruto.—¿Decías algo, Floro Petunio?
            Floro Petunio.—Decía que, Bruto, ¡eres un hacha! Te secundaremos.
Recio Bruto.—Tendréis que hacer acopio de valor. Mucho acopio.
            Algio Frígido.—Descuida.
            Floro Petunio.—Somos muy arrojados.
            Pomposio Fausto.—Acopiaremos todo el valor acopiable.
            Recio Bruto.—¿Estáis seguros?
Pomposio Fausto.—¡Que sí, hombre, que sí! ¡Que tenemos mucha valentía acumulada!
            Recio Bruto.—¡No vayáis a salir corriendo!
            Algio Frígido.—¡Qué dices! ¿Huir nosotros?
            Floro Petunio.—¡Somos unos fieras!
Recio Bruto.—Bueno. Si habéis hecho bastante acopio de valor, como decís, no habrá problemas.
            Pomposio Fausto.—Dalo por hecho.
            Algio Frígido.—¡Acabaremos con esta tiranía!
            Pomposio Fausto.—¡Venceremos al monstruo!
            Floro Petunio.—¡Viviremos libres de temor!
            Recio Bruto.—¡Se acabarán sus sanguinarios caprichos! (Por un lado aparece Calígula.)
            Calígula.—¡A la paz de Zeus, señores!
Floro Petunio.—(Inclinándose servilmente.) ¡Oh, insigne!
            Pomposio Fausto.—¡Oh, magnífico!
            Recio Bruto.—¡Oh, celestial!
            Algio Frígido.—¡Eres nuestro Dios!
            Calígula.—Gracias por la coba. Vengo a anunciaros que voy a darme un capricho. He pensado nombrar cónsul a mi caballo Incitatus.
            Algio Frígido.—¡Qué buena idea!
            Pomposio Fausto.—¡Muy oportuno!
            Floro Petunio.—Se lo merece, indudablemente, por los servicios que ha prestado a la patria.
            Calígula.—¿Qué opinas tú, Recio?
            Recio Bruto.—Que ya estabas tardando.
            Calígula.—(Mirando hacia el lateral.) Pasa, Incitatus. (Sale Incitatus, el caballo.)
Incitatus.—He oído tu decisión y te lo agradezco en el alma, Emperador.
            Calígula.—No tienes por qué agradecérmelo. Si no pudiera repartir los cargos del Imperio como me diese la gana, no merecería la pena gobernar.
            Floro Petunio.—¡Qué gran verdad!
Recio Bruto.—(Aparte.) A ver si el mes que viene hacemos más acopio.

TELÓN

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