La fuerza del humor



Según Mark Twain, que no se chupaba el dedo salvo cuando se pinchaba con algún alfiler, «el humor es el arma más eficaz de la especie humana».

En la Edad Media, los bufones eran los únicos que les decían a los reyes las verdades del barquero a la cara; bien es cierto que a muchos les daban una somanta que no olvidaban en mucho tiempo. Pero aun así, el humor se ha tomado tan poco en serio a lo largo de la historia que se ha podido usar como instrumento de crítica social y para zaherir a los gobernantes mangantes (una reiteración innecesaria, ahora que nos damos cuenta).

La pregunta que nos planteamos (o, más bien, que se nos plantea ella sola) es que, en efecto, el humor intenta con corregir las costumbres («castigat ridendo mores») pero, ¿lo consigue?

¿Se moderó Cleón tras los latigazos literarios que le propinó Aristófanes?

Felipe IV, católica, sacra y real majestad, ¿dejo de hacer injusticias tras leer el famoso memorial que Quevedo le dejó debajo de la servilleta?

¿Etcétera?

Sabemos al menos de un caso en que sí funcionó a la perfección y como es una anécdota bien bonita, la contamos aquí para que conste.

Corría que se las pelaba el año de 195... (no sabemos en qué año fue; lo hemos puesto sólo para hacer bonito; pero sucedió más o menos por aquella época), cuando Arthur Marx, hijo de Groucho Marx, a la sazón de unos diez años de edad (Arthur, no Groucho) fue invitado por unos amigos a bañarse en la piscina de un reputado club de Los Ángeles, que se llamaba... como suelen llamarse estos clubs tan refinados (es que no lo sabemos con seguridad).

Pero sucedió que en aquel club no se permitía la entrada a los judíos. Y así que se enteraron de que Arthur se estaba dando un ilícito chapuzón, le sacaron violentamente del agua y le pusieron en la puerta.

Cuando el famoso cómico se enteró, escribió a la dirección del club, manifestando su repulsa por aquel comportamiento. A la dirección del club aquella seria protesta no le hizo ni aire: respondió diciendo que la segregación a los judíos estaba en los Estatutos de su asociación, que era legal según las leyes de California y que no había más que rascar.

Pasaron unos días y aquel asunto quedó enterrado.

Entonces, viendo que la seriedad no le resolvía el problema, el gran Groucho optó por otra vía, la buena, la del humor.

Volvió a escribir a aquellos señores, esta vez con un enfoque completamente distinto. Se mostraba dispuesto a respetar al pie de la letra las normas internas del club, pero les hacía una especificación necesaria. Arthur no era totalmente judío, porque aunque su padre (él) sí lo era, su madre, en cambio, no. Así es que el niño no era cien por cien judío sino sólo medio judío. ¿No podrían entonces los directivos del club, teniendo en cuenta esta circunstancia atenuante, dejar que Arthur se bañase en la piscina, siempre y cuando no se metiese en el agua nada más que hasta la cintura?

Aquella carta sí trascendió. Se mencionó en los periódicos, se comentó en diversos círculos.

Algunos miembros del club (que habían aceptado tranquilamente la segregación hasta ese momento) manifestaron con hipocresía que aquel comportamiento con el niño no se podía tolerar y se dieron de baja. Al cabo de unos meses, por falta de clientes, aquel club racista hubo de cerrar sus puertas de manera definitiva.

Esta historia nos deja un rayo de esperanza.

     

No hay comentarios: